ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

revista alcorac, salvador navarro  

 

       

Dirigida a la Escuela de:

                        Mallorca

                                                                                 

                        Circular nº2 , año X

                     Bunyola, 1º de Febrero de 2.004.

            VIDA DE SAN PABLO.-

         Horas silenciosas de la noche . . .

            Entre las tinieblas se van divisando dos figuras que avanzan con cautela, con el rostro cubierto de velos negros como el color de la noche: Lidia y Eunice. Poco después, aparecen también Timoteo y Bernabé, de regreso de su labor de apostolado. Profundamente afligidos se desploman sobre el cuerpo de la víctima. Lo retiran de la montura donde lo llevan y lo trasladan a una casa vecina; a la luz de una lámpara de aceite, lavan el rostro ensangrentado y comprueban las numerosas contusiones de las que está cubierto todo el cuerpo.

            Súbitamente, Pablo abre los ojos y murmura unas palabras ininteligibles. Un estremecimiento de júbilo recorre los corazones de los presentes. ¡Gracias a Dios que el maestro vive!

            Eunice solicita enfermera, corre a buscar un tónico y lo instila entre los labios macerados de Pablo, así como hacía antes a su pequeño Timoteo cuando estaba enfermo o sin apetito.

            Y el grupo nocturno, hermoso panel de caridad humana y heroísmo cristiano, sigue su vigilia silenciosa alrededor del herido luchador, ansiosos por verlo fuera de peligro.

            De madrugada recobra Pablo fuerzas suficientes para apoyarse en brazos de Bernabé y Timoteo y arrastrarse hasta la casa de Eunice.  Y al día siguiente partió con Bernabé para Derbe.

            Es maravillosa la resistencia física y el dinamismo moral del apóstol. Él, que era de constitución débil y salud precaria; él que había llegado enfermo desde Antioquía; que sufriera malos tratos en Iconio y acababa de ser levantado casi muerto después de haber sido apedreado, ese convaleciente casi redivivo, antes de clarear el día cruza la arenosa estepa, en busca de un nuevo campo de actividad apostólica.

            El hombre sólo es grande y solamente se educa para levantar a sus semejantes, cuando tiene el coraje de vivir y morir por sus ideas.

            En Derbe estuvo un año aproximadamente. Sus adversarios le daban por muerto.

            Derbe era un poblado insignificante, situado en la línea fronteriza de Galizia. Quedaba a las márgenes del pintoresco lago de Ak-Goel.

            Más que la insignificante soledad de la localidad, contribuía a la relativa tranquilidad de ese período el estado físico del apóstol. Había llegado de Listra más muerto que vivo y, después de aquella fuga precipitada, debía de haber pasado en Derbes largos meses de dolorosa convalecencia, de fluctuaciones inciertas entre la vida y la muerte. Las heridas eran profundas. Abundante la pérdida de sangre. El rostro desfigurado. El cuerpo entumecido, hinchado y cubierto de manchas lívidas.

            Pablo escribe más tarde a los gálatas (4. 13 -14) que pasó en medio de ellos “enfermo corporalmente” y que gran prueba les fue su estado físico, que bien podría ser una alusión a ese tiempo de sufrimientos.

            Hay quien considere al apóstol de las gentes como un frío intelectual, un insensato fanático del Evangelio. Esos tales, ciertamente, no han comprendido el alma del héroe, dotada de una amplia escala sentimental.

            “Hijitos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto, hasta que el Cristo se forme en vosotros”  -  quien tales palabras sabe escribir y sentir tiene alma de madre cariñosa, que sólo recela de una desgracia: perder el hijo de sus dolores.

            “Hijos de mis dolores” – podía decir Pablo señalando con toda la razón a los nuevos cristiano de Galazia, cuya generación espiritual le costara tan fuertes dolores físicos y atroces martirios morales.

            Desde que lo permitió su estado de salud, comenzó el convaleciente a reanudar sus actividades apostólicas por los alrededores del lago Ak-Goel y del viejo poblado de Heracléia hoy Eregli. El joven Timoteo, probablemente, acompaña al maestro y le prestaba relevantes servicios en la evangelización de esos pueblos y territorios limítrofes de la Capadocia, donde florecía en los primeros siglos, tan magníficas comunidades cristianas, ilustrando a la Iglesia con preclaros talentos de saber y virtud.

            ¿Qué ha sido de ese paraíso espiritual?

            Unas tristes reliquias señalan el antiguo esplendor del cristianismo en esas regiones de Asia. Abjuraron de las directrices del maestro, estos pueblos volubles e inconstantes y sustituyeron la “adoración en espíritu y verdad” por el fetichismo de un culto pleno de ceremonias exteriores, estéril y sin alma. Pero, cuando la sal se desvirtúa ¿con qué se ha de restituir?

            Cuatro años habían transcurrido desde que Pablo y Bernabé habían abandonado la Iglesia – madre de Siria. Sólo Dios sabe con qué añoranzas bebían ellos de labios de los conductores de caravanas noticias de sus colaboradores apostólicos en otras tierras.

            Hacia el Sur, unos 200 kilómetros, más allá del Taurus quedaba Tarso, que evocaba en el alma de Pablo tan extraños recuerdos. Mientras tanto, en vez de tomar esa dirección, acordaron los dos mensajeros de la verdad volver por el mismo camino por donde habían venido, a fin de confirmar en la fe a los neófitos y consolidar las nuevas comunidades cristianas.

            Después del último acto de culto divino celebrado en Derbe, pasaron por Antioquía y volvieron a internarse en los bosques y quebradas del Taurus, en dirección a la pequeña ciudad de Perge.

            Siete importantes baluartes habían sido conquistados en nombre del divino general en jefe: Salamina, Pafos, Antioquía, Icónio, Listra, Derbe y Perge.

            Pero la más preciosa conquista que Pablo hiciera era él mismo, la toma estratégica de su propio Yo. Aprendió, a través de un mundo de sufrimientos corporales y martirios íntimos, a poseerse a sí mismo, a dominar sus impulsos, hacer de su propio Yo el voluntario “prisionero del Cristo”.

            Y el hombre que consigue conquistarse a sí mismo, conquista fácilmente el mundo entero; para Dios.

            Las luchas y sufrimientos por las que pasó Pablo en las mencionadas excursiones apostólicas no representan una sombra siquiera de los martirios que lo aguardaban en Antioquía. Hasta esa fecha sólo encuentra adversarios fuera del ámbito del cristianismo; en breve se afrontará con una peligrosa ideología dentro de su propia iglesia; peligro tan grande que, si no velara sobre los destino del Evangelio una especial providencia, no hubiera tardado en dividirse en dos religiones antagónicas, creando un verdadero cisma religioso en los albores del Nuevo Testamento.

            Ocurría en el año 48 d.C.

            De regreso a Antioquía, Pablo y Bernabé fueron recibidos con intenso júbilo por los hermanos de esa gran central del cristianismo asiático.

            “Llegados, reunieron la iglesia y contaron cuanto había hecho Dios con ellos y cómo habían abierto a los gentiles la puerta de la fe. Y moraron con los discípulos bastante tiempo.” (Hechos de los apóstoles 14. 27-28).

            Todo paz y armonía.

            Todo alegría y fraternidad.

            Sin embargo, no tardaron las siniestras nubes en proyectar sombras de mal presagio en esa deslumbrante aurora del Evangelio.

            En Antioquía eran todos un solo corazón y una sola alma. De Judea y, sobre todo de Jerusalén, venían severas recriminaciones a los cristianos antioqueños y sus pastores. Se acentuaba cada vez más una divergencia de ideas sobre un problema de vital importancia, que se resumía en estas palabras: ¿deben los gentiles, para ser perfectos cristianos, abrazar primero el judaísmo o pueden pasar directamente del paganismo al cristianismo, mediante la fe en Jesús el Cristo y la recepción del bautismo?

            Para Pablo y sus amigos no había duda alguna. Para ser auténtico discípulo del Cristo bastante tener en él una fe sincera que se manifestara por la caridad universal. Frente al Evangelio no había hebreo ni gentil, ni romano ni griego, ni asiático ni europeo; había sólo hombres creados por Dios y necesitados de redención. Pablo, aunque hijo de judíos y un día fanático celoso de la ley mosáica, fuera educado en la “diáspora”, en pleno ambiente heleno – romano, tenía espíritu observador para aquilatar las líneas maestras del cristianismo y esa alma era esencialmente mundial y veía más allá del tiempo.

            No pasaba lo mismo con sus compañeros de Palestina. Judíos de sangre, de espíritu, de sentimiento y educación, no conseguían emanciparse de la idea milenaria de una religión nacional. Consideraban la ley de Moisés  como indispensable para el Evangelio, como un curso preliminar para un cristianismo perfecto. Gentiles que del paganismo pasen directamente al cristianismo, no debían ser cristianos integrales ni podían participar plenamente de la nueva alianza. Decían que era necesario que los neófitos venidos de entre los gentiles profesaran la ley mosáica, recibiesen la circuncisión, observaran el sábado, las lunas nuevas, las numerosas abluciones rituales y acompañasen las ceremonias y tradiciones paternas que, como una especie de laberinto enredaba la religión de Israel.

            Era tan grande y tan caótico ese acervo de formalidades religiosas que el alma de la religión agonizaba asfixiada bajo el peso de ese cuerpo, pleno de ceremonias engendradas en el transcurso de los siglos.

            Con terror escuchaba Pablo semejantes noticias y tan funestas sugestiones. ¿Qué sería de sus neófitos de Licaonia, de la Pisidia, de Galacia, si fuesen obligados a observar el ritual mosáico?  Que los adultos fuesen obligados a la circuncisión. ¿No equivaldría esto a degradar el Evangelio hasta reducirlo a una religión nacional o a un culto racial? ¿No sería levantar barreras dentro de la propia iglesia? ¿Establecería diferencias entre recién convertidos y cristianos plenos?

            Pablo estaba resuelto a luchar por la libertad del Evangelio y dar por ella hasta su último aliento.

            Mientras tanto, dígase la verdad, no todos los evangelizadores palestinos pensaban como ciertos cristianos – judíos. Los mejores de entre ellos, habían comprendido perfectamente la voluntad de divino Maestro: “Id por el mundo entero, pregonad el Evangelio a todos los pueblos . . .”

            Pero . . . Jesús no había dado directrices sobre las condiciones y circunstancias en las cuales debían los paganos ser admitidos en el seno de la Iglesia. La visión que Pedro tuviera en Jope y que lo llevara a incorporar a la iglesia el oficial gentil Cornelio, podía ser interpretada como una excepción y un privilegio. Pedro, Juan y, sobre todo, Tiago, unos de los “hermanos del Señor” , aunque no excluyesen del cristianismo a los candidatos paganos, no los igualaban a los judíos cristianos. A falta de una liturgia cristiana, observaban en las reuniones el ceremonial de la ley mosáica.

            Destacaba bruscamente de esa prudente tolerancia de los jefes de la iglesia palestina el procedimiento de no pocos cristianos venidos del fariseísmo. Con la exclusión de la indumentaria de su casta no se habían despojado del espíritu de la secta. Trabajaban activamente para “coser remiendos nuevos en el viejo vestido”, según la expresión del Maestro. Si hubiese vencido la mentalidad de esos judíos – cristianizados no tendríamos hoy un cristianismo mundial, sino un parodia del judaísmo. No acababan esos neófitos de convencerse de que, frente a Dios, era tan auténtico discípulo del Cristo el gentil de Roma o Atenas que hubiera abandonado sus ídolos por el Dios verdadero, como los hijos de Abraham que, por espacio de siglos habían profesado el monoteísmo y recibido extraordinarios privilegios divinos.

            Aunque fuesen cristianos los primeros gentiles, cristianos integrales y completos solamente eran (en opinión de los judíos – cristianos) aquellos en cuyas venas fluía la sangre de Abraham, Isaac y Jacob y cuyo espíritu se orientaba por la ley de Moisés.

            Vivía en ese tiempo en Jerusalén, un personaje en torno del cual se cristalizaban los elementos judeo – cristianos; un hombre que parecía la más legítima encarnación de la piedad patriarcal de Israel por un lado, y del espíritu del Evangelio por otro.

            Era Tiago el Menor, “hermano” de Jesús.

            Centro y alma del movimiento espiritualista de Judea; asceta, penitente austero, pastor de rara prudencia, perpetuo nazareno y célibe, gozaba Tiago de elevado prestigio en la primera iglesia palestina, que le confería el título de “justo” y el apellido de “baluarte del pueblo elegido”, interpretando mal las palabras de Jesús: “Todo es posible a quién tiene fe”  (Marco 10.27; 9.23), decían ciertos devotos de la época que Tiago, con un simple levantar los brazos, podía crear un mundo nuevo. Tan extraña era la forma de vida de este asceta de larga cabellera, que se había tornado un mito en vida. Ni fariseos ni saduceos, ni Herodes tuvieron valor de enfrentarse a ese misterioso eremita de Jerusalén.

            Allí estaba, según opinión de los judíos, el tipo clásico del santo del Nuevo Testamento. La prueba viva de que la ley de Moisés armonizaba perfectamente con el Evangelio.

            Con el último suspiro de Esteban parecía haber muerto el espíritu grande y libre del Evangelio.

            Pero ese espíritu no había muerto. Vivía en el corazón de Pablo, un día asesino del mártir y ahora heredero de su genio.

            Cierto día apareció en Antioquía una embajada enviada por los cristianos palestinos que cerraban filas en torno de la venerada figura de Santiago.

            Fueron recibidos con gran reverencia, tanto más que detrás de esos emisarios, se erguía la sombra sagrada de uno de los mayores hombres de la iglesia primitiva.

            Pero, a pesar de la fraternidad y armonía de los sus ideas comunes, los cristianos antioqueños se sentían como que, remontados los siglos de penumbra de los patriarcas y profetas de la ley antigua, cuando los recién llegados se negaban a sentarse a la mesa sin primero proceder a una serie de abluciones rituales, ni aceptaban convites a comer con un “incircunciso”, ni tomaban en la boca un pedazo de carne de cerdo o animal inmundo.

            Cuando en una de las primeras reuniones entre judíos – cristianos y étnicos – cristianos, los palestinos declararon perentoriamente: “Si no os hicierais circuncidar no os podréis salvar”, la tempestad se desbordó.

            En las Epístolas de Pablo y en las exhortaciones de Bernabé, los cristianos oriundos del gentilismo son titulados constantemente “santos”, “elegidos”, “hijos de Dios”, “ciudadanos del cielo” y a los ojos de los piadosos ascetas de Jerusalén no dejaban de ser “impuros”, “profanos”, “pecadores” . . .

            Estaba el cristianismo a punto de ser reducido a una secta palestina y perder su carácter de religión mundial.

            Y esas divergencias alcanzaban las raíces divinas del Evangelio; porque, en último análisis se reducía la cuestión a esta alternativa: ¿ es por la ley de Moisés o por la gracia de Jesús el Cristo, que el hombre alcanza la salvación?

            Pablo de Tarso fue el hombre providencial del que Dios se sirvió para proclamar la serenidad del cosmos sobre la agitación del caos.

            Sin tardanza se preparó la partida rumbo a Jerusalén, a fin de hablar con Simón Pedro y defender la libertad del Evangelio y la universalidad del reino del Cristo.

Continuará en la Circular de Marzo de 2.004.

             

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

         La visión del pasado, presente y futuro como siempre existente podría sugerir determinismo, a semejanza de una película que presenta fotograma tras fotograma en el tiempo, pero con las escenas rígidamente predeterminadas. Pero no es esta la implicación a la que pretendo llegar. De acuerdo con la filosofía espiritualista, la existencia permanece fluida y dinámica, no es fija ni predeterminada. Otra analogía pudiera ser una sinfonía que existe completa en un estado intemporal. Mozart decía que su mente podía abarcar una composición recién elaborada, y no en varias partes en sucesión, sino toda en su conjunto. Nosotros presentamos la música en forma de secuencias, un movimiento cada vez, compás por compás, nota por nota. Pero cada composición es única. Los directores imponen sus interpretaciones individuales. El ritmo varía. Lo imprevisto sucede: el miembro de la orquesta queda enfermo y necesita ser sustituido en el último minuto; el solo de una flauta suena de manera diferente, la percusión tiene otro ritmo. No existe un modelo de eventos rígidamente predeterminados  en la composición pero, aun así la sinfonía permanece como un todo en su naturaleza esencial. Tal vez, de manera semejante, la vida está envuelta en el Siempre en la Duración como un todo y se desdobla  secuencialmente en el tiempo y la exteriorización de sus fenómenos permite determinado grado de autonomía, de libertad. Puede ser como un arquetipo, un patrón o matriz inmaterial que, aunque inmutable, puede generar varias formas, cada cual única en sí misma, pero todas reflejando la estructura arquetípica.

            A veces distinguimos este dominio intemporal donde pasado, presente y futuro se funden en una unidad, en que el futuro aunque no se haya concretizado en la existencia, asimismo es. La sorprendente precisión que a veces encontramos en pronósticos, premoniciones de sucesos futuros o en casos eventuales realmente auténticos, de memorias de vidas pasadas, etc., apuntan un mundo que se sitúa más allá de nuestra actual estructura temporal. El misterio de la sincronicidad, como lo denominó Jung, la concurrencia simultánea de fenómenos significativos y relacionados entre sí, también nos llama para adoptar una visión más amplia sobre el tiempo y la causalidad. Dos eventos, aparentemente separados, uno interno y otro externo, convergen en un momento significativo para proporcionarnos una visión y un crecimiento interno. ¿Por qué encontraríamos, accidentalmente, un viejo amigo que pasó por problemas que ahora tenemos o encontraríamos causalmente un libro que encierra en su interior la llave para la cuestión que nos está preocupando? Esas experiencias hacen sentir que no vivimos en un universo frío y mecánico, sino que nuestras vidas tienen significado.

            Si comprendemos personalmente que la sincronicidad está actuando en nuestras vidas, nos sentimos unidos en vez de solitarios y alienados recíprocamente; sentimos que somos parte de un universo divino, dinámico y relacionado entre sí.

            La sincronicidad es otra forma en la cual todo lo intemporal penetra en la secuencia de fenómenos que integran nuestra experiencia. El tiempo que conocemos es finito, pero no es el opuesto del infinito, sino algo así como un extracto de él.

            Una característica universal de la experiencia espiritual es la trascendencia del tiempo, el sentimiento de liberación de la temporalidad. En momentos de unidad mística, una persona queda perdida en una profundidad intemporal que parece ilimitada, inamovible. Para tal persona, esta infinidad del tiempo existe en el presente inmediato, en un eterno ahora, no en un tiempo lineal, secuencial, que se agota en cada instante, sino en un punto de encuentro entre lo mortal y lo inmortal, el tiempo y la eternidad. En esa experiencia de Duración, el ahora y mil años de distancia son esencialmente idénticos de alguna manera, ambos están aquí y ahora en la simultaneidad de la Eternidad, donde nada tiene un “cuando”, sino que existe “siempre” y “ahora”. El Todo está en cada momento, como si la línea del tiempo ampliado se fragmentase para componen un solo punto que incluye cada segmento de la línea. En tal momento el pasado y el futuro, el espacio y el tiempo, desaparecen y se hacen presente.

            Los espiritualistas informan que, en comunión con la Realidad más allá del tiempo, se sienten rodeados por la quietud. Cesa el flujo y movimiento del tiempo y se sienten como suspendidos en un universo eterno e inmutable, intemporal, absorbidos en la naturaleza inmutable de la Fuente Trascendental. Aunque jamás podamos alcanzar o comprender este estado con nuestras mentes secuenciales, hay en nosotros, en lo íntimo de nuestro ser, aquello que está más allá del tiempo. Tenemos la habilidad de percibir un estado intemporal, pues nosotros mismos somos esencialmente intemporales. Surgimos de la Duración o Siempre y expandimos nuestras líneas del mundo en el tiempo y el espacio. Aún así, en el fondo, nunca estamos apartados del “punto en el que el mundo gira”, según dice el poeta T.S.Eliot. Y, aunque vivimos nuestros días y pasamos por una serie de actos que componen el conjunto de nuestras vidas, de ninguna manera estamos en el tiempo, pues hasta en este momento estamos rodeados de Eternidad. Por el cultivo del silencio, la meditación, podemos comprender nuestra verdadera naturaleza, intemporal, y aprender a armonizarla con el mundo del tiempo que corre en nosotros. Cuando aquietamos el flujo del tiempo, distinguimos nuestras raíces en el Uno intemporal.

            Hay momentos en que el movimiento, el tiempo y el espacio, no nos parecen separados y distintos y su unidad se hace aparente. Cuando miramos el cielo en una noche clara, sin luna, sabemos que la luz de las estrellas que vemos ha viajado centena de millares de años luz desde fuentes que tal vez ya no existan. Con todo, en apenas un momento, somos capaces de registrar el resultado de la luz, al moverse por distancias y tiempos inimaginables. El tiempo, el espacio y el movimiento no sólo parecen estar relacionados entre sí, sino que nos figuran como formas diferentes de enfrentarnos a los mismos fenómenos.

            Einstein demostró la unión del tiempo y el espacio en una continua cuarta dimensión. La línea del mundo de las partículas ilustra este punto; su posición en el espacio depende del tiempo y viceversa. El tiempo y el espacio están irremediablemente entrelazados y son interdependientes: solamente la unión de los dos puede tener realidad independiente. Como un hecho de pura experiencia, no existe espacio sin tiempo ni existe tiempo sin espacio, ellos se entrelazan.

            El movimiento es parte intrínseca de esta unidad espacio – tiempo. El tiempo no puede tener significado sin algo que esté sucediendo, sin movimiento. El mundo en un estado inamovible sería como el mundo de la Bella Durmiente, en el cual las personas estaban como congeladas y el tiempo se había paralizado. Aristóteles adivinó que el tiempo es una propiedad del movimiento. Para el físico, el tiempo y el espacio son coordenadas de un evento, de alguna forma de movimiento. Sabemos que el tiempo depende del sentido del movimiento. Cerca de la velocidad de la luz el ímpetu del tiempo se reduce; y aumenta si la el movimiento se vuelve más lento. El tiempo es un producto del movimiento en el espacio.

            Estos no son principios metafísicos abstractos, separados de nuestra realidad práctica. Están en nuestro mundo familiar en todos los puntos. Operan constantemente en nuestros cuerpos y representan la base de todos nuestros procesos mentales. Dentro de nosotros, como dentro del universo, hay profundidades intemporales, ilimitadas, de quietud, pues en el propio centro de nuestro ser se encuentra aquello que está más allá de todo el espacio y el tiempo. Aquello que fue, es y será para siempre.

            Vivimos en un mundo de contrastes  - luz y sombra, montañas y valles, exaltación y abatimiento, crecimiento y decadencia. La rica variedad en la Naturaleza y en nuestra propia vida interior resulta de las distinciones y oposiciones. Sin estas, la vida  sería homogénea, falta de interés, carente de color y contraste, sería una experiencia tediosa, sin alegría o sufrimiento.

            Aunque todo lo que exista sea una expresión de una unidad fundamental, esto no explica que todas las cosas sean iguales y similares. Continuo y diferente en sí mismo, el Uno aún así contiene la posibilidad de todas las diferencias y opuestos, una infinidad de relacionamientos. Aquí, a nivel de manifestación, la unidad se expresa como un equilibrio dinámico, una interacción en permanente separación entre componentes desiguales pero que, aún así, mantienen la armonía y la totalidad dentro del proceso de cambio y crecimiento. En todas partes hay unidad en la multiplicidad. Nuestro cuerpo es un ejemplo de interacción de una variedad de sistemas orgánicos especializados y de procesos que cooperan con un Todo. El mundo también es un sistema vivo único. El cosmos es visto como una realidad única, en permanente movimiento, vivo, orgánico, espiritual  y material al mismo tiempo.

Continúa en la Circular de Marzo de 2004.

 

            Historia de la filosofía.-

         El más influyente de los filósofos germanos, después de Kant y Hegel, fue Nietzsche, ese genio nocturno de las afirmaciones y negaciones categóricas, ese brillante estilista que, cual ciclón devastador, pasó por el cielo de Europa en el siglo XIX.

         Profundamente frustrado por la civilización occidental, procura Nietzsche diagnosticarle el mal y aplicarle el remedio. En muchos casos acertó con el diagnóstico; pocas veces supo administrar el remedio eficaz a la humanidad enferma. La filosofía de Nietzsche es más bien destructiva que constructora.

         De dos males fundamentales acusa el filósofo a la sociedad occidental: 1) de un intelectualismo árido, 2) de un moralismo mórbido, enfermizo. El primero viene, principalmente, de la raza germánica y del segundo hace responsable al judío Pablo de Tarso.

         Después de 40 años de estudios y observaciones Carlos Darwin había publicado su obra “El origen de la especies”, probando la realidad de una evolución constante en el mundo orgánico. La naturaleza está empeñada en una intensa lucha por la vida, de donde resulta la supervivencia del más apto, y la correspondiente eliminación del más débil. Así, por la constante eliminación de los elementos frágiles y negativos y la conservación sistemática de los elementos fuertes y positivos, era posible un progreso en sentido ascendente, porque de la conjugación de los mejores resultaba necesariamente la aparición de lo perfecto.

         Esa selección natural de los elementos más aptos es un instinto inherente en todos los organismos. La naturaleza, gracias a su profunda sabiduría, no quiere lo imperfecto sino que lucha por obtener lo mejor. Esa lucha universal que observamos en el seno de la naturaleza no es una guerra de exterminio, sino una búsqueda del equilibrio y del mejoramiento. No se matan los seres unos a otros para destruir, sino para construir un mundo cada vez mejor.

         Quiero decir que esa “lucha por la vida” no tiene un carácter meramente horizontal, el simple deseo de existir, sino que tiene una esencia de elevación, el impulso de vivir mejor. Los organismos no quieren sólo una vida cualquiera, precaria y primitiva, porque aspiran a una vida más abundante y rica de la que hoy poseen. Las potencialidades latentes en cada ser faculta esa ascensión progresiva.

         Nietzsche pensó haber descubierto en ese principio inherente en el mundo orgánico la solución para los problemas de la humanidad: era necesario que el hombre hiciera conscientemente lo que los seres inferiores hacían inconscientemente: eliminar lo que es débil e incrementar lo poderoso, con el fin de elevar cada vez más ese “fuerte” hasta alcanzar el “fortísimo”. El hombre de ayer ha de alcanzar al hombre de hoy, pero el hombre de hoy está destinado a alcanzar la plenitud de superhombre del mañana.

         Por esto, concluye Nietzsche, proteger, tener compasión y piedad con los elementos débiles de la humanidad está contra la voluntad cósmica y, por tanto, éticamente reprobable, pecado contra la naturaleza. El hombre, consciente de su gran destino, debe eliminar sin piedad todo lo que es débil y afirmar con valor todo lo que es fuerte; esta es la gran ley de la selección en el plano humano.

         Por tanto, es necesario pasar “más allá de las fronteras del bien y del mal”. Vendrá el gran “crepúsculo de los dioses”, cuando el hombre y el superhombre del futuro se ría complaciente de nuestra ética propia del jardín de la infancia que, en nuestra ignorancia, proclamamos como la última palabra de la sabiduría humana y divina.

         Como en el mundo inferior, las masas no tienen razón de ser en sí mismas; solamente son un medio, un vasto pedestal, para que una pequeña élite pueda alcanzar su alto destino. La naturaleza no es democrática, es aristocrática; el pie de la pirámide evolutiva tiene como finalidad soportar el vértice.

         La voluntad última de la naturaleza es la creación del hombre perfecto, el superhombre. ¡Mueran millones de hombre comunes y vulgares, anónimos, con tal que aparezca el superhombre!

         El intelectualismo árido, según el filósofo alemán, patrocinado sobre todo por Universidades alemanas y el moralismo enfermizo, iniciado por el apóstol Pablo y continuado por los teólogos cristianos, son los grandes impedimentos para la aparición del hombre integral y perfecto.

         El hombre erudito y moral vive prácticamente en el presente, no sabe soñar con el futuro; es necesario que volvamos a soñar más y pensar menos. ¡Soñar es vivir!

         La voluntad de poder es el imperativo categórico de la naturaleza y debe ser el sueño supremo de la humanidad. Sólo el hombre consciente de su poder es feliz, profundamente feliz.

         Se comprende, frente a esta orientación general de la filosofía de Nietzsche, el porqué los nacionalsocialistas haya visto en él un precursor de la política de la violencia, profundamente estructurada por las ideologías de Hegel. Del superpueblo ariano debería nacer un día el superhombre germano. Verdad es que Nietzsche nunca fue racista ni antisemita, como las nazis; para él, el superhombre surgiría del seno de la humanidad como tal y no de una raza determinada. Tampoco proclamó a ningún superhombre por la violencia física.

         Schopenhauer había proclamado como principio básico de la vida y la filosofía, la voluntad de vivir y había considerado ese deseo vital como la raíz de todos los males de la existencia. Nietzsche a su vez, no pregona solamente la voluntad de vivir, sino la voluntad de vivir poderosamente como el secreto de la redención y elixir de la perfecta felicidad.

         Con el fin de ilustrar su pensamiento, recurre a la comparación entre Apolo y Dionisio, figuras de la mitología greco-romana que, para el filósofo simbolizan la inteligencia abstracta (Apolo) y la voluntad concreta (Dionisio). Dice que el Occidente sufre de hipertrofia unilateral del intelecto y de una atrofia vital; el hombre occidental sacrifica la vida por el pensamiento en vez de fecundar la vida por el pensamiento; vive para pensar en vez de pensar para vivir.

         En su libro “Así hablaba Zarathustra” expone la quintaesencia de su filosofía ética y vital, casi siempre en forma de aforismos inconexos, basados en sentencias categóricas. Nunca se da al trabajo de probar, mediante concatenación lógica de conceptos. Sus discípulos debían creer lo que el maestro decía. Habla más como profeta que como filósofo.

         La humanidad de hoy, dice él, es fea e infeliz, mientras que el animal es, casi siempre, sano, bello y feliz. ¿Será que el hombre es inferior al animal? ¡No! Es que el hombre de hoy no hay llegado todavía a la perfección alcanzada por el mundo inferior. Mientras tanto, el destino del hombre es incomparablemente más glorioso que el de cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra. Basta que el hombre se guíe por el más profundo instinto de la naturaleza: la voluntad de poder.

En la próxima Circular de Marzo de 2.004, concluye la Historia de la Filosofía hasta el siglo XIX.

En fecha no determinada se redactará la última parte, con el estudio de los filósofos del Siglo XX.

                               NUEVOS AFORISMOS

            1º.- Debe valorarse la opinión de los estúpidos; están en mayoría. Lev Tolstoi.

            Dicen que la democracia es la mejor opción entre los gobiernos posibles. La dictadura así como el absolutismo son perfectos en sí, como sistema de poder.

         La mayoría es estúpida como toda masa informe. Si aceptamos que los valores humanos, como inteligencia, ética, prudencia, comprensión, cultura, etc., están en manos de unos pocos, no podemos menos que suponer que el resto, o sea, la mayoría, adolece de estas virtudes.

         Si en una democracia el poder lo tiene la mayoría, entonces la capacidad de decisión, aunque legal, no tiene valor intrínseco y las personas elegidas para detentar el poder suelen carecer de las virtudes citadas o las tiene en pequeñas dosis, estando impregnadas de cualidades que pertenecen a sus votantes, con los que se identifican.

         2º.- No hay mucho inconveniente en mirar con ternura el humo de la patria, como el humo de la patria no ciegue al que lo mira. Fray Benito Jerónimo Feijoo.

            Patriota, nacionalista, todos las cualidades derivadas de la pasión por la tierra donde se nace, son cortinas de humo que esconde un egoísmo absurdo o un fanatismo ciego. La ceguera del hombre y de los pueblos ante estos amores, han provocado guerras, separatismos, sufrimientos e insolidaridad.

         La tierra es de todos los hombres. Las fronteras artificiales han servido y sirven para separar, extrañar y hacer del hombre un paria donde quiera que vaya. Si a eso se añade la discriminación por el color de la piel, el idioma y la cultura, tenemos el por qué de las guerras, el odio y la señal de Caín que nos ha marcado desde el nacimiento de la humanidad.

         3º.- Quien busque el infinito, que cierre los ojos. Milan Kundera.

            La vista es el sentido que nos permite ver y distinguir las cosas. Pero también son los causantes de distracciones y asombros que los fenómenos de este mundo causa en nuestra mente.

         En lenguaje místico, cerrar los ojos, equivale negar nuestra atención a las cosas que vemos y nos separa del objetivo, es decir, el rumbo hacia el Infinito.

         La vida está hecha de escollos y arrecifes que sirven de experiencia: los primeros nos desvía del camino y los segundos causan naufragios. Los sentidos corporales juegan un papel importante en estas maniobras seductoras que nos descalifican en esta carrera hacia el océano que lleva a la Eternidad por un puerto que, cuando desembarcamos llamamos nacimiento y cuando partimos decimos es la muerte.

         4º.- No vivas como si tuvieses mil años por delante. El destino está a un paso, hazte bueno mientras la vida y la fuerza sean todavía tuyas. Marco Aurelio.

            Los escritores latinos desde Séneca, han sido pródigos en cultivar la moral ciudadana, aunque personalmente no la cultivaran en toda su extensión.

         Parecen más auténticos los místicos orientales que sincronizaban su pensamiento con la acción.

         El hombre es proclive a derrochar su vida, el tiempo y la energía durante su juventud y gran parte de la madurez, y cuando llega el momento de la reflexión puede ser muy tarde para rectificar muchas cosas que necesitan de estos tres bienes ya perdidos o malgastados.

         5º.-  Morir es penetrar en un cuarto oscuro donde no hay un solo mueble en que tropezar. Fernández Moreno.

            Moreno hace humor del abismo donde la muerte es soberana.

         Aunque no tengo experiencia de una muerte real, he de suponer que ha de ser como un caer en un precipicio sin final donde, a medida que descendemos se van diluyendo los principios materiales que el ego ha ido coleccionando y que lo han sostenido como base de una vida material orgánica.

         Es como un desnudo vivencial durante el cual nos vamos despojando de las ropas que han cubierto nuestras miserias hasta la desnudez total, o sea, la verdad absoluta y sin máscara alguna.

         Dicen los místicos que así nos hemos de presentar ante el Tribunal que ha de juzgar nuestras mentiras e hipocresías.

         6º.- Somos los hombres intranquilos/ en sociedad./ Gozamos, gozamos, volamos./ ¡Qué malestar!. Jorge Guillén.

            El poeta describe en este verso al hombre social entregado a lo que él llama goce y que no es otra cosa que ver como el tiempo vuela y se pierde sin utilidad. Ello va creando desasosiego, malestar e incomodidad.

         La falta de tranquilidad es propia del hombre que ignora el descanso y ocupa su tiempo entre el trabajo para poder subsistir y la búsqueda del placer, ignorante de lo que ello significa.

         Es una proyección continua hacia el mundo exterior por un proceso de fuga, de miedo a enfrentarse a su Yo Superior.

         7º.- Dios no está muerto: está vivo, saludable y trabajando en un proyecto mucho menos ambicioso. Pintada en Londres, 1.975.

            ¿Qué proyecto?  No puedo creer que en el mundo material, físico, pueda haber algo más perfecto que la Vida.

         Si el proyecto no es ambicioso, entonces el material carece de calidad y no estará a la altura del Arquitecto Universal.

         Dios o como se llame, no estaría muerto pero sí posiblemente dormido, inactivo, y su trabajo no merecería recibir tal nombre.

         No deja de ser una pintada (graffitty) escrita con humor británico.

         8º.- Para toda clase de males hay dos remedios: el tiempo y el silencio. Alejandro Dumas, padre.

            El tiempo diluye sentimientos, pasiones, mentiras y traiciones: todo un mundo de sensaciones y emociones. El silencio actúa sobre el pensamiento, el mundo de las ideas.

         Cuando tiempo y silencio se conjuntan y sincronizan, pueden borrar acontecimientos, palabras y hombres, cayendo todos en el olvido hasta que alguien sea capaz de rescatar una parte o toda la Verdad.

         Dice Alejandro Dumas “para toda clase de males”, pero también es eficaz para todo lo contrario. Ahí está la Historia demostrando esta realidad.

         9º.- La humanidad masculina se divide en dos grupos: arena y acantilado. La mujer es siempre el océano. Claude Aveline.

            El hombre es una consecuencia de la mujer y su origen es femenino. De ella venimos y, en cierto modo, retornamos al seno de la Madre Tierra.

         El océano es como el subconsciente: grande, inmenso y matriz de la vida que conocemos. No sin razón, Tales de Mileto teorizó sobre el agua como origen de todas las cosas.

         La mujer es el agua donde nadamos antes de nacer, para después volvernos duros, pétreos o moldeables como la arcilla.

         Supongo que el lector pensará en todo esto que le sugiere múltiples ideas que enriquecería el comentario, pero lo escrito es suficiente para añadir a la cita literaria.

       10.- Es suplicio verse privado de cualquier cosa. Pero verse privado de todo es un gran alivio. Sacha Gutry.

            Cada satisfacción cumplida genera una nueva necesidad. La rueda puede ser infinita, como los deseos que se suceden en una cadena inacabable.

         La nada no genera frutos. A partir de una causa se inicia una serie de efectos, de fenómenos.

         La posesión engendra voluntad para seguir poseyendo y atormenta la mente que, insatisfecha, se cree necesitada e incapaz de soportar la carencia de las cosas. Las secuelas son, egoísmo, celos, envidia, crueldad, tiranía, codicia y otros monstruos de la imaginación humana.

         Renunciar puede ser un placer por la sensación de liberación que produce, de plenitud del alma por la transmutación de la necesidad de objetos por el interés por la vida.

       11º.- Los gobiernos pasan, las sociedades muere, la policía es eterna. Honoré de Balzac.

            ¿El escritor cita a la policía como sinónimo de orden o de limpieza? Es de suponer que se refería a la primera, pues gobiernos y sociedades precisan de autoridad para ejercer su función pública, social.

         Hay una pregunta que se formula pocas veces. ¿Es necesario el orden? No forzosamente. Donde hay cultura, educación y respeto, el orden es prescindible o se reduce a unas normas que se acatan sin discusión.

         Hemos de edificar un cuerpo social basado en la educación dentro de la familia, en el respeto social y a nivel de Gobierno disponer de un tejido educativo no estancado en los individuos ni cerrado en las escuelas, sino fluido, corriendo por las venas de todos los hilos conductores que conectan los estamentos sociales, no dejando resquicio en el olvido.

      12º.- Hay quienes pasan por el bosque y sólo ven leña para el fuego. Proverbio ruso.

            La vida es como un espejo. Reflejamos lo que somos en todo lo que vemos. Los que ven leña en el bosque, revelan  su nivel o condición social. Otros, pueden ver un tratado maravilloso de botánica; algunos, motivos para componer un poema. Cada ser proyecta  su imagen en el espejo de la vida.

         Imaginemos estafadores, ladrones, violadores. Codiciosos, usureros, asesinos, mirando el escenario del mundo y visualizando lo que desean obtener de él, como supuesto beneficio. ¡Triste humanidad la que cuenta con millones de hombres haciendo esta guerra particular a la vida!

NOTA.-

            Estos comentarios a citas literarias de autores famosos, es parte de un programa más extenso que se ha dividido en dos partes: la primera con Aforismos propios y la segunda con frases célebres de autores universales.

            La presente entrega es un obsequio que hizo el autor a sus amigos de la tertulia literaria “Ave Fénix” en ocasión de la Navidad del año 2.003.

                                                                       Salvador Navarro Z.

                                                                                  Escritor.

                       

 

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