| ALCORAC SALVADOR NAVARRO |

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Dirigida a la Escuela de: Mallorca
Bunyola, 1º de Octubre de 2.004. VIDA DE SAN PABLO.- Sin embargo, era llegado el momento. Sucedió al doctor de la ley lo que ocurría a los predicadores cristianos de todos los tiempos y países: en el momento en que de las serenas alturas de la “teoría” descienden al campo de batalla de la “práctica” - ¡adiós popularidad! ¡Allá se fue el encanto! El más inteligente orador del mundo, desde que exija de sus oyentes algún sacrificio personal, pierde su “intelectualidad” y pasa a ser considerado como un mediocre o vulgar misionero, cuando no un “fanático”, un “retrógrado”, un “espíritu sectario”. Si Dios enviase al mundo el más genial de sus serafines o el más elocuente de sus arcángeles y esos espíritus exigiesen del auditorio que mortificase sus pasiones, practicase la humildad y proclamase la soberanía del espíritu sobre la tiranía de los instintos, está fuera de duda que esas inteligencias serían tachadas de retrógradas, intolerantes y oscurantistas. “Es que el corazón tiene razones que la razón no conoce.” Después de aquellas exposiciones filosóficas, lanzó Pablo rápidamente en medio del auditorio cuatro pensamientos, que no consiguió terminar: 1) tacha de ignorantes a los que no conocen ni sirven a Dios; 2) exige sincera conversión del error para la verdad, del vicio para la virtud; 3) habla del Juicio Final; 4) menciona la resurrección de entre los muertos.
Cuando el orador acusó de oscurantismo el período pagano de los pueblos, inclusive Grecia con todas las luces de su ciencia y arte, comenzaron los oyentes a murmurar descontentos. Cuando exigió conversión, algunos se levantaron y salieron. Y, cuando comenzó a discurrir sobre el Juicio Universal al que tendrían que comparecer todos los hombres, para dar cuenta de su vida, rompió el auditorio en risas y los que habían señalado a Pablo de comediante, apelaron a su intuición psicológica, gracias a la cual habían adivinado desde el principio, a la llegada de aquél pobre payaso y narrador de fábulas pueriles.
Después de esto ya no se entendió nada más, tan grande era la confusión y vocerío que llenaba las alturas del Areópago. El presidente de la asamblea se sentía un tanto vejado frente a ese ruidoso fiasco. Entretanto, como buen ateniense, no podía dejar de ser un correcto caballero y bien educado; fue hasta Pablo, apretó su mano y con la más amable de sus sonrisas, le dijo: “Enhorabuena. Muy interesante . . . Sobre este punto desearíamos escucharte en otra ocasión.” De hecho, está claro que no deseaba escuchar el discurrir nunca más sobre punto alguno. Pero es siempre más delicado consolar al derrotado con la perspectiva de “otra ocasión”, que prohibirle rotundamente una nueva ascensión a la tribuna. Es cierto que Pablo no dejó de percibir la sutil ironía que iba envuelta en esas palabras. Más que una descompostura en regla recibió un sarcasmo velado envuelto en amabilidad, Pablo descendió del Areópago sin haber proferido siquiera el nombre de Jesús, sin haber lanzado al espacio nocturno de Atenas el nombre adorable que le ardía en el alma y que le valía más que todas las filosofías de Grecia y del mundo entero. Con un sentimiento de amarga decepción se retiró a su modesta hospedería, absorto en sus pensamientos. ¿No habría sido mejor silenciar, por ahora, las verdades del Evangelio? ¿No sería más prudente contar la vida del Nazareno antes de recordar los horrores de su muerte y el misterio de su resurrección? Pero el amor no calcula, ama simplemente. Pablo, desde que salió de Bereia, andaba con el alma repleta del Cristo . . . Y tanta soledad y el forzado silencio en Atenas, habían potencializado en el espíritu el entusiasmo por el Maestro divino. Y así, sin calcular ni medir las consecuencias, derramó este flujo sobre un auditorio de escépticos, la abundancia de su fe y el torrente reprimido de su gran amor al Cristo Crucificado. El mensaje divino no encontró eco en esas almas demasiado humanas. Para el futuro, decidió Pablo, no más citas filosóficas paganas y más hablar del Cristo y su reino. Escogería como auditorio obreros y lavanderas, comerciantes y campesinos. Estaba probado que el hombre esclavizado por el placer material y el orgullo intelectual, no comprende al Cristo; para comprenderlo es necesario haber sufrido mucho . . . y ser humilde. También los genios tienen sus frustraciones. También los santos tienen sus desánimos.
En aquella noche, cuando Pablo descendió del Areópago entre las risas de burlas de los engreídos atenienses, marchó a su modesto albergue, sintiendo en el alma un inmenso dolor y un desánimo tan grande, que con amor y añoranza recordó a Filipos y Tesalónica. Verdad es que en Atenas no fue flagelado ni encarcelado, como en las otras ciudades, ni apedreado como en Listra; pero el tormento íntimo era como un martirio más atroz que el que había sentido cuando caían sobre su espalda desnuda la violencia de las flagelaciones, o le alcanzaba en plena cara la dureza de las piedras. Como el profeta Elías, se dejó caer, desanimado. Así, extendido en el suelo, con los miembros laxos sobre la pobre estera que le servía de lecho . . . Había fracasado su “plataforma”. Los filósofos no querían saber del Cristo. Confiados en su sabiduría orgullosa, no necesitaban de redención. Para creer no basta saber intelectualmente. Para abrazar la fe en el Cristo es necesario saber orar, suplicar, reducirse a la condición de mendigo; y los filósofos paganos despreciaban todo eso, como desdoro de la dignidad humana. El paralelo que Pablo trazó más tarde en sus Epístolas, entre la ciencia y la fe, tiene como fondo las dolorosas experiencias recogidas en sus excursiones misioneras por las afamadas metrópolis de la sabiduría humana. Atenas era un Narciso que miraba en las aguas de la fuente su viril semblante y se enamoraba de su propia hermosura. ¿Cómo podrían simpatizar con el “hombre de los dolores” esos sonrientes gozadores de la vida fácil? ¿Cómo comprenderían esa profana liviandad del paganismo la inmensa seriedad de la vida cristiana? A la mañana siguiente fueron a ver a Pablo algunas personas solicitándole una entrevista. Al frente del grupo venía un miembro del Areópago, de nombre Dionisio, ilustre senador de Atenas y unos pocos más. Entre ellos, una señora de la alta sociedad, llamada Dámaris. Deseaban conocer con más profundidad la religión de aquél sabio a quien se refería Pablo en el Areópago. Con un sentimiento de silenciosa gratitud en el alma, acogió el apóstol a los visitantes y comenzó a explicar más exactamente el espíritu de la doctrina del Cristo. Hablaba con fuego y amor, como quien defiende un ente querido injustamente agredido por unos sicarios. Esa hora de catequesis íntima levantó un tanto el espíritu abatido del sufridor solitario. Era un grupo pequeñísimo, pero diferente y de almas sinceras. Además, Dionisio, dada su posición social podía venir a ser un excelente elemento de propaganda. Y Dámaris, la noble dama ateniense, sabría abogar la causa del Cristo con el espontáneo ardor y dedicación del alma femenina. Entretanto, a pesar de ese embrión de discípulos, Pablo no tenía grandes ilusiones con respecto a Atenas. Sabía que más fácilmente abrazaban el Evangelio los esclavos de la carne que el Lucifer del orgullo. En ninguna de sus cartas se refiere a los atenienses. Los conocemos por las Epístolas a las Iglesias de Corinto, Tesalónica, Filipos, Éfeso, Colosences, de Roma y de la Galacia: pero no hay constancia de una carta paulina a los cristianos de Atenas. Y Pablo no llegó a fundar en la capital de Grecia una cristiandad cohesionada, con vida propia. Todavía en el siglo II era muy precario el estado del Evangelio en Atenas. Esta ciudad, al decir de Renán, fue el más fuerte baluarte que se opuso a la marcha triunfal del cristianismo.
Maldición del orgullo de la inteligencia. Entristecido por la casi total falta de éxito, dejó Pablo la capital de Grecia y prosiguió su itinerario desde el Este al Sudeste, en demanda de Corinto. No sabemos si embarcó en el puerto del Pireo y saltó en el de Cencreia o si recorrió a pie aquellos 65 kilómetros, tomando por Eleusis y Megara y por la playa del golfo de Saron hasta alcanzar el istmo que separa los dos mares que bañan la histórica ciudad. El tópico “después de dejar Atenas, se dirigió a Corinto”, parece favorecer la última hipótesis. Mucho antes de entrar en el gran emporio comercial avistó Pablo el gigantesco baluarte “Acrocorinto”, que parecía pender entre las nubes, como la cumbre de un volcán extinguido. En lo alto de la colina se encontraba el santuario de Venus. Corinto, destruida por Mummius y reedificada por Julio Cesar, contaba en ese tiempo con casi medio millón de habitantes. Difícil sería imaginar población más heterogénea, más extraña mezcla de razas y clases sociales que la de esa ciudad, corazón de la Acaya y llave del Peloponeso, centro industrial de Roma y, por la parte septentrional del istmo, puerto comercial de Asia y por su lado meridional con África. El bronce leonado de Corinto era exportado a todas las latitudes y longitudes del imperio romano, constituyendo una inagotable fuente de riqueza. Los aristócratas romanos adquirían por fabulosos precios vasos antiguos procedente de excavaciones en las tumbas y ruinas de Corinto. No faltaban astutos “profesionales” que fabricaban hábilmente estos vasos y los vendían a los ingenuos como “hallazgos históricos”, así como en nuestros días se fabrican “momias de Egipto” y se venden a coleccionistas inexpertos, de reliquias faraónicas. El elemento romano entraba como un contingente pequeño en la composición etnológica de ese caos cosmopolita. Los vicios de la lujuria y del juego eran parte de los deportes más interesantes de Corinto. Una célebre meretriz del puerto contaba a sus amigas que en pocas semanas arruinaría a tres propietarios de navíos. En todas las calles y plazas de la ciudad, se veían templos y altares dedicados a divinidades de la tierra o importadas del extranjero. Neptuno con el delfín y el tridente tuvo que ceder la hegemonía a Venus, llamada “Afrodita Pandemos” o “Cipris”, especie de Astarté fenicia, que tenía su majestuoso santuario en lo alto del Acrocorinto. Un millar de sacerdotisas moraban en casas hermosas alrededor del santuario, sirviendo a la fantástica divinidad con el sacrificio voluntario de su pudor y la prostitución del cuerpo. Soldados y marineros, negociantes e industriales, operarios y gladiadores, millares de forasteros, dejaban en poder de las famosas hierodulas su dinero y llevaban por el mundo la proverbial “molestia corintia.” La Venus de Corinto era simbolizada por la efigie de una hierodula, representada por una leona devorando su víctima entre las garras. Esas sacerdotisas de la lujuria cultural gozaban en Corinto de los mismos honores que en Roma se tributaban a las vestales; por todas partes, tanto en el templo como en el teatro, en la plaza o en el forum, les competía los primeros lugares: eran “personas sagradas”, porque sacrificaban a la diosa el tesoro de su dignidad femenina. ¡Extraña ideología, la de los gentiles!
Al entrar en la ciudad, se dirigió Pablo a la zona de los judíos, procurando un trabajo para ganarse el pan de cada día. Después de recorrer algunas calles, quiso su buena estrella que encontrase la tienda abierta de un tejedor; por tanto, un colega de trabajo. Ese tejedor tenía nombre latino. Aquila (águila) y era natural del Ponto. Latino era también el nombre de su esposa, Prisca (vieja) o como prefiere decir Lucas, Priscila (viejita). Aquila había vivido algún tiempo en Roma. Tal vez en esa ciudad encontrara la compañera de su vida. En el año 49 anunció el emperador Claudio un decreto expulsando de Roma a todos los judíos, cuyo número alcanzaba los 50 o 60.000. Afirmaba el historiador Suetonio, que ese decreto fue provocado por un motín suscitado por un tal “Chrestos.” Es posible que ese “Chrestos” sea idéntico a Cristo, aunque el historiador, mal informado, localice su vida en Roma, cuando en esa ciudad apenas se encontraban adeptos de él. En aquél tiempo muchos confundían a los cristianos con una secta judía: eran los “nazarenos”, que luego fueron exterminados por los judíos. Cuando el decreto de Claudio Cesar fue revocado, Aquila y Prisca se habían retirado de la capital del imperio y fueron a fijar su residencia en Corinto, ciudad abierta a todos. Entre los israelitas montó Aquila su tienda y su telar. Más tarde encontramos esta pareja en Éfeso. Esa vida inestable no les permitía, naturalmente, prosperidad económica. Priscila parece haber sido mujer de una cultura notable, espíritu emprendedor, corazón idealista y poseedora de grandes dotes de inteligencia. Tanto en Corinto como en Éfeso, y más tarde en Roma, en la colina del Aventino, ponen su casa a disposición de los apóstoles del Evangelio, para reuniones culturales de la iglesia primitiva. Cuando Pablo tocó en la puerta de Aquila y Priscila, parece que ellos eran ya cristianos, pues, cuando el apóstol, en la primera epístola a los Corintios (1.15) enumera las personas que bautizó en esa ciudad, no menciona sus huéspedes. La casa de Aquila era un bazar de tapetes, situada en una calle con mucho movimiento. En esa tienda alquiló Pablo un modesto telar, adquirió una determinada cantidad de materia prima y comenzó a trabajar con ardor, a fin de “no ser pesado a nadie.” - “Nunca comí de gracia el pan de nadie - escribe, y mostrando las manos encallecidas, añade - estas manos ganarán lo necesario para mi y mis colaboradores.” - Ese trabajo monótono, en un bazar abierto y accesible a todos los transeúntes, proporcionaba al apóstol una magnífica oportunidad para lanzar en el espíritu de visitantes y feligreses, la simiente de las grandes ideas que les vivía en el alma. Sólo Dios sabe cuántos negociantes, pescadores y marineros de Corinto, supieron la primera noticia de Jesús el Cristo, en esa barraca de tablas y cueros, donde un par de operarios y una mujer confabulaban sobre la redención de la humanidad por el Nazareno y la conquista del mundo por el Evangelio. Tal vez, nunca más , en los siglos venideros, fue el cristianismo tan glorioso, simpático y tan él mismo, como en esos primeros años, cuando sus discípulos, en algún bazar, en la plaza pública o en la ribera de un río, vivían en cuerpo y alma para esa gran realidad y llenaban de sonriente plenitud todo el mundo de su vida individual, familiar y social. Nunca despuntó en la tierra más bella primavera que la de esos tiempos. Las humildes labores del carpintero de Nazaret y del tejedor de Tarso, hicieron mil veces más por la rehabilitación de la clase proletaria, por la dignificación del trabajo y por la armonía social, que las medidas policiales y legislativas de los gobiernos, la literatura de los sabios y la deslumbrante oratoria de los oradores sacros y profanos. En aquél tiempo era el operario un ser despreciado, hasta tal punto que Cicerón llega a afirmar, en uno de sus discursos, que ningún proletario podía ser hombre honesto, porque el trabajo material le cortaba las alas del espíritu. El propio Plutarco da a entender su menosprecio por el trabajo mecánico, aún cuando sea prestado por artistas de la talla de Fidias o Arquíloco. La actitud del discípulo de Gamaliel vale, pues, por una verdadera revolución en el terreno social, inaugurando una prometedora “confraternización de las clases.” Los sábados hablaba Pablo en la sinagoga del lugar. Judíos, griegos y romanos, así como los futuros cristianos, lo escuchaban. Escarmentado por el fracaso de Atenas, parece que Pablo se limitaba a preparar el suelo, avanzando cautelosamente, paso a paso. Dice el historiador que exponía las profecías “intercalando el nombre de Jesús”, como sondeando el terreno que pisaba. En uno de esos días llegaron de Macedonia, Silas y Timoteo. Inmensa fue la alegría de Pablo. ¿Por qué había de ser él insensible a los voces de la amistad? Sigue en la Circular de Noviembre
LA SABIDURÍA ANTIGUA.-
Según la visión espiritualista, las formas concretas de nuestra experiencia son expresiones imperfectas de esos arquetípicos ideales. Constituye la naturaleza más profunda y genérica de las cosas, que en la realidad es apenas aproximada. Tal aproximación es evidente en la formación de los cristales. Si hubiera un amplio espacio y una solución pura de las sustancias químicas adecuadas, los cristales llegarían a la forma perfecta, afinando exactamente la geometría de su estructura espacial. No obstante, tales condiciones son raras. Los cristales necesitan profundizar en lugares estrechos; los impedimentos surgen en su camino; las impurezas se disuelven en la solución de la que son formados. Pueden sólo aproximarse a la simetría ideal, por más deformado que esté, pero el ángulo entre las caras es siempre exacto. Debido a su complejidad, las plantas son incluso menos perfectas. Con todo, aunque nunca seguidos con precisión, los arquetipos sirven como esquemas para orientar las formas en crecimiento. Son como la canción perfecta en un nivel conceptual a la que cantores individuales dan origen de una manera única y frecuentemente imperfecta. Podemos vislumbrar esta perfección ideal de los arquetipos brillando a través de las facetas del cristal, en el diseño del pétalo de una flor, en la simetría fluida de un animal, en la forma graciosa de una mujer o de un hombre de buenas proporciones. A través de la penetración en una forma natural como una rosa o un cristal en la meditación y con ella unificar nuestra consciencia, podemos llegar a percibir como realidad viva la delicada armonía que gobierna su forma. Para los ojos abiertos del vidente, toda la Naturaleza no es más que un símbolo, una expresión parcial y oscura de la radiante belleza de los arquetipos en la Mente Divina.
La Matemática es el lenguaje natural de la simetría y sus características se expresan en ella, como por ejemplo, en la teoría de los conjuntos. Entre las formas de simetría que pueden ser descritas matemáticamente, está la simetría radial alrededor de un punto, como en una margarita; simetría del plano de un espejo, como en un animal donde los lados izquierdo y derecho se reflejan recíprocamente; la traslación de lado a lado a lo largo de una línea, como las hojas que aparecen en una rama en nódulos opuestos; o el eje en espiral donde las hojas crecen en círculos alrededor de la rama. Los mismos patrones de simetría se repitan en la Naturaleza y en el arte. Un ejemplo es la curva logarítmica que aparece en las nebulosas espirales, en el modelo de la semilla en la superficie de los girasoles, en las decoraciones en lo alto de las columnas griegas. La simetría está realzada de forma más intensa en los cristales. Todos quedamos maravillados con las delicadas formas de los cristales de hielo en los flecos de la nieve, con su simetría radial. La simetría tridimensional de minerales cristalizados no es menos determinante que la aguja de cuarzo octogonal o los puntos piramidales cuadriláteros de la amatista. Esta detonante belleza resulta de una estructura interna; de átomos en moléculas que siguen un modelo geométrico preciso. Por ejemplo: la sal de mesa común está formada por cubos que semejan una superficie tridimensional: cubos “rojos”, llenos de átomos de sodio y cubos “negros” de átomos de cloro. La propia base del mundo de los sólidos, así como la rica variedad de sustancias en el mundo tangible, resultan del patrón simétrico de átomos en moléculas. Los átomos de los elementos químicos son energía electromagnética organizada. La tabla periódica de los elementos dicen elocuentemente del orden así como lo hacen los sistemas de los cristales. El principio de indeterminación, que indica que el trayecto de un electrón particular no puede ser especificado, sino sólo el comportamiento de un gran número de electrones delineados, no rechaza las propiedades matemáticas que son encontradas en la química. Hasta la danza compleja de la materia subatómica, las partículas y sus interacciones obedecen a las leyes de la simetría y los físicos verificaron que esas representan un instrumento poderoso en la clasificación de las partículas subatómicas. Las cosas vivas también presentan ejemplos determinantes de armonía y proporción matemática. La belleza de las flores se basa en la disposición de los pétalos y componentes de las flores en múltiplos de tres (en el caso de las monocotiledóneas), o de cuatro o cinco (en el caso de las dicotiledóneas), todas obedeciendo a un modelo geométrico. El bello formato piramidal del abeto rojo es el resultado de la proporción correcta de los ramos. Todo aquello que crece mantiene un orden notable y proporción a medida que aumenta su tamaño. Por ejemplo, a medida que la calabaza común crece, la tasa de crecimiento de su circunferencia en cualquier lugar permanece en constante proporción con la tasa de crecimiento de su altura, de manera que su formación es constante a medida que va creciendo. Para alcanzar este resultado, las células necesitan dividirse en varias direcciones. Aunque se sepa que las hormonas y otros agentes químicos participan en el proceso, su mecanismo exacto sigue siendo un misterio. Con todo, está claro que las proporciones en las cosas vivas y el movimiento constante de crecimiento no es aleatorio, sino que sigue un modelo consistente. Los seres vivos muestran una arquitectura fluida, en la cual el funcionamiento de cada parte se adapta exactamente a las necesidades del todo. Todos los niveles, desde los átomos hasta las células, tejidos y órganos, son interdependientes y coordenados, como procesos vitales que cooperan. Los organismos son auto-formadores y también dirigidos a una meta, y no aleatorios. Muestran dirección y propósito en sus actividades, operando de acuerdo con un principio de orden, de geometría dinámica. En términos espirituales, este principio ordenador, matemático, es la Mente Divina. Continuará en la Circular de Noviembre
NICOLÁS DE CUSA.-
Una figura de las más importantes y características de la filosofía renacentista es Nicolás de Cusa, el gran cardenal alemán que parece barruntar toda la metafísica moderna. Nació en Cusa justamente al comenzar el siglo XV; su vida de eclesiástico, cardenal y obispo de Brixen, de gran relieve en su tiempo, se extiende de 1401 a 1464. Su pensamiento, de gran amplitud, parte de la tradición escolástica inmediata: Santo Tomás, Escoto, Ockam; más aún, del maestro Eckehart, de tan honda influencia en su filosofía; por otra parte, tiene un conocimiento profundo y familiar de los griegos, sobre todo de los pitagóricos y Platón, en quienes se apoya para su interpretación matemática de la realidad. Humanista, como cumple al siglo en que le tocó vivir, vuelve los ojos a la Antigüedad y se maravilla con los viejos libros recobrados; precursor de los físicos modernos, concentra su atención sobre el mundo, ante el que siente profunda admiración, y quiere comprenderlo según número y medida; y más que nada, Nicolás de Cusa, en el umbral de la modernidad, acentúa la realidad del hombre, sobre todo del hombre pensante, que envuelve el mundo en su conocimiento y lo refleja en el espejo de su mente. Todas las tendencias de la Edad Moderna están presentes en el Cardenal cusano; pero éste es, al mismo tiempo, un hombre de fe, un cristiano. Por eso, con pulcritud que sería erróneo llamar cautela, porque emerge de lo más profundo y auténtico de su pensamiento, el cardenal va sorteando escollos que amenazan la audaz navegación que emprende, donde van a tropezar tanto sus continuadores. No cae en el paganismo, aunque guste del saber antiguo y lo posea como pocos; sabe distinguir el mundo de Dios, sin confusión panteísta, a pesar de lo atrevido y nuevo de sus fórmulas y de su afán por ver toda oposición conciliada en la Divinidad; y cuando piensa en el hombre y parece que va a divinizarlo, tiene presente al Cristo, en quien encuentra lo que el hombre puede ser como máximo, al unirse a la naturaleza divina, y mide así el abismo infinito que lo separa de su Creador. En Nicolás de Cusa está, pues, el pensamiento medieval, poseído con excepcional claridad y agudeza, sin el lastre un tanto muerto del atavío formalista, y a la vez se encuentran en él germinalmente los temas capitales de la filosofía moderna. Difícilmente se hallará un filósofo que permita contemplar mejor el tránsito del mundo medieval al moderno. Mientras todavía resuena en él el eco distinto de la especulación escolástica, aparece en sus páginas vislumbres de lo que va a ser la física de Copérnico, Kepler y Galileo, el pensamiento de Giordano Bruno, las ideas capitales de Spinoza, la filosofía dinámica y personalista de Leibniz; hasta el idealismo alemán está en cierta medida prefigurado.
Ahora, unos fragmentos de sus obras. “El Microcosmos.-“ La naturaleza humana es la que ha sido puesta por encima de todas las obras de Dios y poco por debajo de los ángeles, ella que encierra en sí la naturaleza intelectual y la naturaleza sensible, y que resume en sí el universo: es un microcosmo o mundo pequeño, como le llamaban los antiguos con justa razón. Ella es la que, elevada a la unión con la maximidad, sería la plenitud de todas las perfecciones universales y particulares, de suerte que en la humanidad todo fuera elevado al grado supremo. (De Docta Ignorancia) “Los dos mundos.-“ Es menester, necesariamente, que la criatura dotada de razón, que quiere recibir la luz, se vuelva hacia las cosas verdaderas y eternas, por encima de nuestro mundo y de nuestra corruptibilidad. Las cosas del cuerpo y las del espíritu son contrarias. Pues la virtud vegetativa del cuerpo incorpora, mediante una transformación, el alimento recibido de fuera a la naturaleza del ente alimentado. Y no se transforma el animal en pan, sino a la inversa. Por su parte, el espíritu dotado de entendimiento, que se ejercita por encima del tiempo, como en el horizonte de la eternidad, cuando se vuelve hacia las cosas eternas no puede incorporárselas, porque son eternas e incorruptibles; mas tampoco él, siendo incorruptible, puede incorporarse a ellas hasta el punto de dejar de ser una sustancia intelectual; pero se incorpora a ellas hasta el punto de estar formado a imagen de la eternidad; con diferencia de grados, no obstante; si se vuelve hacia ellas con más fervor, su perfección por las cosas eternas es mayor y más profunda, y su ser se oculta en el ser eterno mismo. (De Docta Ignorancia) “La mente humana.-“ La fuerza de la mente, que es una fuerza comprensiva de las cosas, no tiene poder para sus operaciones si no es excitada por las cosas sensibles, y no puede excitarse sino mediante imágenes sensibles. Necesita, por tanto, de un cuerpo orgánico, sin el cual no podría realizarse una excitación. La mente es una descripción viva de la sabiduría eterna e infinita; pero en nuestras mentes aquella vida es semejante desde el principio a un durmiente, hasta que se excita a moverse por la admiración que nace de las cosas sensibles. Me extraña que la mente (mens) como dices, se llame así por la medida (men-sura): ¿por qué se precipita tan ávidamente a la medida de las cosas? Para alcanzar la medida de sí misma. Pues la mente es una medida viva, que alcanza su capacidad midiendo otras cosas. Si todas las cosas están en la mente divina, como en su precisa y propia verdad, todas están en nuestra mente como en imagen o semejanza de la verdad propia, es decir, nominalmente. El conocimiento, en efecto, se hace por semejanza. Todas las cosas están en Dios, pero allí son los ejemplares de las cosas; todas están en nuestra mente, pero aquí son semejanzas de las cosas. Entre la mente divina y la nuestra hay la misma diferencia que entre hacer y ver. La mente divina, al concebir, crea; la nuestra, al concebir, asimila nociones, o al hacer visiones intelectuales. La mente divina es una fuerza entificativa; nuestra mente es una fuerza asimilativa. (Idiota)
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