DESECHOS URBANOS

Autores:

Rubén Ávila Martino

Salvador Navarro Zamorano

Isabel Navarro Reynés

Ilustración y Diseño:

Isabel Navarro Reynés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I N D I C E

 

Prólogo
La petición
Una historia como tantas
Cayuco
Educación para la ciudadanía
El efecto mariposa
El sueño de Juanito Laguna
Et Arcadia ergo sum  (poema)
Nacido para sanar
Hacer el bien sin mirar a quien
Reflexiones después de la lectura de un periódico
El futuro en la cartomancia
La historia se repite
Anuncios de contactos
Los medios de comunicación
Drogas y otras adicciones
El desecho global – El Tercer Mundo
Epílogo


PRÓLOGO

 

Existe un alto en la cuestión del pensamiento que es refractario a cualquier creencia: la audacia a cuestionar.

Existe una verdad original que no tiene medida: la realidad que desencadena la aventura de escribir denunciando y que nos hace pensar. Y hay grandeza cuando nos mantenemos fiel a tal misión.

Hay también una verdad original en la fe, donde mora y vive el escritor. Y toda esa grandeza puede ser mezquina, cuando desviamos la mirada hacia otro lado y hacemos dejación de nuestro deber de poner el dedo sobre las llagas sociales, cediendo la palabra a las ideologías de las tiranías o las corrupciones de cualquier sistema de gobierno.

Se trata de ejercer la libertad esencial que no es ni negativa ni positiva. Lo que está en cuestionamiento es la historia del pueblo, que tiene que aprender y volver a aprender sobre sus libertades, derechos y responsabilidades, sintiendo y viviendo en cada una de las formas posibles la muerte esencial de aquello que genera como desecho.

El hombre social es una realización que jamás alcanza la perfección. Pero, a veces, produce realizaciones que parecen abolir las diferencias de temporalidad. Pues da pasos al desafío de la realidad.

El siglo XX fue un siglo vespertino y el hombre del siglo XXI es un tiempo de transición. Somos como un puente y no un punto final. Hemos vivido un tiempo de acumulación y de vacío, donde conquistas, recursos humanos, instituciones, grupos, fue protegido y favorecido, pero a costa de la originalidad. Hoy impera por todas partes un vacío saturado por las dependencias del tener y no ser.

En un siglo vespertino el hombre es transitivo. Sólo habla del pasado, y no sintoniza con lo que ha de venir. La provocación para pensar que nos trae la avalancha informática, se concentra en la ambigüedad, en la inseguridad.

Cada vez más circulamos en circuitos integrados. El desafío social es el de una sociedad informatizada que se ha vuelto algo así como una apisonadora. Y la sociedad rueda de arriba hacia abajo. Ninguna fuerza tradicional parece poder resistir este atropello.

Este es un libro de pequeñas narraciones de la vida cotidiana, con una poesía y un ensayo, comentadas de distintas maneras, pero cada una reflejando un mal social, producto de una sociedad indiferente a todo lo que no sea hedonismo y comodidad. Denuncia el desamparo que vivimos por nuestra pobreza espiritual y señala caminos a ser pisados de nuevo para encontrar una solución a nuestros problemas creados por nuestra indiferencia y abulia.

Pero nunca llegaremos a las metas trazadas si no somos originales desde el primer paso. Los mecanismos de acción solamente son vehículos de creación cuando libera los caminos que entorpecen su paso. Entonces los hechos, la obra social, será el lenguaje de la creación.

Socialmente parece que somos alimentados de sofismas y la verdad es un alimento de difícil digestión. Nos dan las frases hechas y toda nuestra evolución mental gira en torno de esa frase, terminando por aceptarla sin definirla; como masa amorfa y semi-letrada que piensa por clichés.

Y la vida se hace oscura, triste, cruel. ¿Por qué falta luz en la vida? ¿Por qué el ensueño ha huido de nuestros corazones? Ya no hay cimas y, sobre las cimas, ya no hay águilas, se han perdido las alas; los prados de la poesía están condenados a la mediocridad, al olvido; los poetas se van, los héroes han muerto….. sin el ensueño, sin la poesía, sin el escritor, la vida es anónima, se aminora, se envilece….no es ya la vida, sino el fantasma de lo que vivimos.

¿Qué queda de una sociedad, de un hombre, que no sueña un poema, que no vive un ideal, que no aspira a vivir en las nubes de la inspiración? Nada.

Toda la potencia de la vida está en aspirar a la grandeza; toda la grandeza de la vida está en el arte, la literatura, la poesía; toda la gloria de la vida está en el heroísmo cotidiano.

Y para defender todo este ideario está el libro. Y detrás del libro, el autor enamorado de la libertad. Héroe, soñador y poeta. Las tres unidades de la grandeza.

Un mundo que tiene miedo a las garras ¿qué queréis que ame sino las pezuñas? El cerdo es el león del mundo actual.

La civilización actual es como una digestión, donde el héroe, el soñador y el poeta no es asimilado. ¿Qué hacer entonces? Desterrarlo, darle por morada la soledad, el desierto. Y eso hace el mundo moderno.

Toda sociedad actual es una decrepitud. Y el progreso es decadencia. Por esos senderos entraremos en la desaparición y en la muerte como pueblo. Es así como hemos entrado en agonía. No se necesita ser profeta para decirlo. Tal vez los profetas no fueron hombres que miraron al futuro, sino que volvieron los ojos al pasado y vieron lo que habían sido.

Europa no tiene héroes. Tiene miedo de no afrontar la gloria. De todas las ruinas de dos guerras mundiales no ha salvado sino el becerro de oro. Y la multitud codiciosa pasea al viejo dios ante el cual se inclinan todas las democracias.

El mundo tiene el alma en la espina dorsal.

Y siente le faltan más vértebras para inclinarse ante la palabra sagrada: el dinero.

Contra este estado de cosas se escriben libros como este. Mal o bien escrito, es un espejo donde nos podemos ver reflejados como hombre social.

Reflexionemos y pongamos nuestra voluntad en acción para luchar contra este estado de cosas.

Que así se escriba y así se cumpla.

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 


Una historia como tantas


Miguel, paralítico a raíz de un accidente laboral, hoy vendedor ambulante de cupones, aparecía con heridas en la cara y los ojos amoratados, en su parada habitual, en la entrada de un supermercado.

Cuando los curiosos de turno le preguntaban qué le había ocurrido, él se limitaba a responder que había sufrido un accidente casual en su domicilio. Las ancianas del barrio, más observadoras, comentaban que esas heridas en la cara no podían ser causadas por los accidentes que Miguel argüía. Sostenían que eran arañazos de su mujer.

Como el hombre callaba y no daba mayores detalles, la historia no dejaba de ser una de tantas, otra más, que motivaba un breve comentario y luego un rápido olvido.

Vivía Miguel en una barriada de las afueras de la ciudad, habitada por marginados, drogadictos y delincuentes de vida extraña. Antes les llamaban “gentes de mal vivir”. Estaba casado con Margarita, una mujer obesa de 140 kilos y una estatura de un metro ochenta. Le llamaban “hipopótamo” y ella ni se inmutaba. Le daba igual. No salía mucho a la calle y cuando lo hacía era por fuerza mayor: hacer algunas compras menores porque las de cada día las hacía Miguel; también para ir al ambulatorio en busca de recetas para su diabetes galopante y su permanente tensión alta, o para comprar crucigramas en el quiosco de la esquina. La mayor parte del día lo pasaba ante el televisor llorando a moco tendido con las historias dramáticas de unos culebrones importados de países del otro lado del charco.

Miguel, antes del accidente, trabajaba en la construcción y era un albañil muy hábil y bien considerado por sus compañeros. No faltaba nunca al trabajo, era responsable y cuando llegaba la hora del cafetito en el bar, mientras sus compañeros se atiborraban de carajillos, él se quedaba a pie de obra saboreando un bocata que él mismo se preparaba cada mañana antes de salir de su casa. El día de su desgracia, Miguel subió al andamio y como era habitual comenzó su tarea de colocar ladrillos. No llevaba casco protector porque la Empresa no se lo daba, explicando que no era necesario porque nunca había ocurrido ningún accidente, además de que la pared que levantaba no revestía riesgos porque no llegaba a los 4 metros de altura.

Pero la desgracia ocurrió. El andamio cedió y Miguel cayó con tan mala suerte que su cabeza dio contra la hormigonera mezcladora donde los peones preparaban la argamasa a base de arena, cal, cemento y agua. Cuando despertó, tras varias semanas de estar en un coma profundo, se encontraba en la cama de un hospital.

Ingresado durante algunos meses, después de diversas operaciones infructuosas, le dieron el alta con un diagnóstico concluyente: estaba condenado a vivir sobre una silla de ruedas durante el resto de sus días. La Empresa constructora le indemnizó con una ridícula cantidad de dinero y al cabo de un año el matrimonio estaba en la indigencia.

La exigua pensión de una invalidez permanente no cubría las necesidades básicas. A partir de ese momento, su esposa comenzó a maltratarlo. Le acusaba de ser el culpable de todo cuanto les ocurría y se ensañaba con él y presa de ataques de histeria le arañaba la cara, golpeándolo sin piedad.

Cuando Miguel consiguió una plaza en la Once la situación se estabilizó. Pero su mujer cambió bruscamente la manera de agredirlo: como no había motivos para acusarle de una mala situación económica y el salario que ganaba les alcanzaba para terminar el mes sin grandes agobios: se volvió celosa, engordó a base de una alimentación malsana, y le hizo la vida imposible. Cada noche cuando el inválido regresaba a casa la trifulca estaba servida. Y el sufrido Miguel, víctima de la saña de su esposa, soportaba resignado el continuo maltrato. En el fondo la quería. Pero, un mal día, harto de aguantar tantas penurias llegó a casa y cuando su esposa comenzó la bronca habitual, con un garrote que traía ex profeso la mató a golpes. Le condenaron por maltrato familiar y en el presidio, por fin, recuperó la dignidad perdida. Allí nadie le arañó.

Esta es una historia narrada con frialdad, digna de una gacetilla cualquiera en un periódico de la mañana. Pero, ¿qué es lo que guarda tras de sí una tragedia que parece cotidiana? ¿Qué apenas conmueve al público que alcanza a leer la noticia sin hacer un comentario sobre las dos víctimas del mundo proletario?

Se puede pensar en la rebeldía de Miguel desde el principio de su infortunio, que fue el principio de su rebelión, que había de hacer tan desgraciada toda su vida. De ahí la tristeza infinita que cubría su alma de una lluvia de cenizas, como venidas de un íntimo volcán en erupción, siendo con el tiempo la única música que había de sonar en sus oídos, juntamente con los reproches y acusaciones de su esposa.

Miguel no solamente había entrado en las filas de los lisiados para toda la vida, sino en el silencio, en las horas donde no hay amigos, en el tiempo donde no hay amor. Solamente palabras sin caricias en su casa. Y en la esquina donde vendía los cupones que le ayudaban a vivir, pasaba sus lentas horas sin voces amables; tiempo vacío como dos órbitas sin ojos, como una boca sin lengua. La soledad es aullante y terrible, como el vientre de un animal carnicero.

Y cuando regresaba a su hogar, volvía a su pensamiento la imagen viva y terrible de su mujer, apareciendo ante él aureolada de maldiciones y de improperios, rompiendo la calma habitual de sus silencios meditativos en su silla de lisiado.
Las noches de insomnio pasaban llenas de pasados recuerdos. Las memorias de toda una vida. A veces recordaba a su madre. La misteriosa analogía del dolor presente y del amor ausente, que son la presencia del mundo, luchando por revelarse en su alma. Ahora el viento impetuoso de la suerte lo había empujado sobre una peña de soledad en medio de la multitud indiferente.

A veces, alguien se le acercaba y estrechaba su mano, alguien le hablaba, alguien había desarticulado la mano brutal del silencio que le apretaba la garganta.

Sus ojos habituados al viento y a la contemplación del mar, no habían llorado nunca un llanto de dolor y ahora su vida era como una lluvia de cenizas que hubiesen caído sobre sus ojos, ardiendo sus pupilas y haciéndose ciego también los ojos de su espíritu.

Margarita, la esposa de Miguel perteneció al grupo de mujeres que sienten instantes irrazonables de crueldad, en las cuales gozan en hacer sufrir a aquellos que aman.

Es como una revancha a su debilidad.

Pienso que la mujer es como la vida, atractiva y traidora a veces, fiel y amorosa otras. Ella nos enseña la armonía sensitiva de los colores, los aspectos de belleza ocultos en el fondo de las cosas. Sin las mujeres, los poetas no tendrían razón de ser, No ha oído música verdadera, aquel que no ha escuchado la musicalidad de su nombre dicho por unos labios de mujer.

Pero en la teología judeo-cristiana es la figura del pecado y la serpiente del deseo murmura en sus labios la eterna seducción, arrollada en las curvas de su cuerpo. Margarita, ante la figura inmovilizada de Miguel, era como la araña que devora al macho después de ser fecundada. Una vida sin futuro ni razón de vida familiar, era como un desierto devastado por una tormenta de arena. Significaba la muerte del cariño por el dolor. Nada más complejo que este sentimiento de frustración oculto en lo más oscuro del alma, que permanece casi siempre inexplicable y por eso nos engaña.

Todo eso le había sucedido a la esposa de Miguel.

La mujer que no siente el amor, rara vez siente la compasión y si ese estado sin amor significa un deber, el odio y la rebeldía lo sustituyen. Y se venga buscando un suplicio. Era como un círculo cuyos extremos se juntan y se confunden no se sabe dónde.

Si Margarita hubiera sido una mujer libre le habría bastado abandonarlo; pero como lo necesitaba económicamente era una mujer esclava y le era necesario odiar.

Y dos mundos separados dentro de un recinto cerrado inevitablemente tenían que estallar en una llamarada roja de sangre, dolor y venganza.
Y así fue.

Algunos dirán que es obligación moral de la mujer obedecer al marido, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Pero la obediencia no es un deber, sino que es la base de un contrato hecho entre una persona y otra con autoridad que ella ayuda a crear y en la cual delega sus atribuciones; la ruptura de ese contrato la libera de toda obligación. Y se entra en la rebelión. Y el crimen de la rebelión es un delito imaginado por la persona que ejerce la tiranía para castigar al rebelde.

Todo este problema no es más que el excremento de una sociedad, que ama la fuerza y adora el éxito, dos divinidades de las bestias y de los mediocres.

El cáncer de parejas y matrimonios es la injusticia por cualquiera de las partes. Y al final no queda más esperanza que la violencia y la locura.

Las afrentas sufridas se convierten en un infortunio cuando se transforman en brutalidad ciega.


        


 

 

 

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