ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

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Dirigida a la Escuela de:

                    Mallorca

                                                                                  

                                                                                   Circular nº 12 , año X

                                                                                   Bunyola, 1º de Diciembre de 2.004.

 

 

 

 

          VIDA DE SAN PABLO.-

 

          Se ha afirmado que la doctrina de Pablo, así como los escritos de otros autores, nacieron de la idea de una inminente destrucción del mundo y del próximo retorno del divino Juez. No es bien exacta esta afirmación. Verdad es que era muy común entre el pueblo esta idea y también muchos de los jefes espirituales de la época la compartía hasta cierto punto. Cuando Pablo en sus epístolas dice “nosotros que vivimos”, se sirve de esta expresión en el sentido de los interpelantes, sin determinar si él mismo se considera incluído o no en la lista de los vivos, refiriéndose al gran acontecimiento. Además, nada se dice de que él haya encontrado posible, incluso probable, la inminencia del exterminio universal, una vez que ante Dios “un día es como mil años y mil años son como un día”. Nunca dudó de que “el Padre reservara a su poder” el conocimiento exacto de ese día y tal hora.

          De una cosa todavía se convencerá Pablo, y cada vez más profundamente: que el Evangelio representaba una súbita y vehemente invasión del mundo superior en la esfera de la vida cotidiana: que era un solemne desafío del reino del espíritu al reino de la materia: que equivalía a una radical inversión de los antiguos valores: que los verdaderos confesores del Cristo serían considerados por el mundo como indeseables, revolucionarios, peligrosos innovadores y hombres politicamente impresentables. Y ¿no tenía él razón? Ciertamente, el cristiano integral puede ser un buen ciudadano; pero como el espíritu del Evangelio es de una lógica diferente de la lógica común, no es fácil una armonía entre el reino del Cristo y el mundo profano.

          Todas las epístolas paulinas, aunque no silencien el destino final que aguarda al género humano, giran en torno a los problemas espirituales de la vida presente. Porque, sin la conveniente solución de esos problemas, nada bueno puede esperarse del futuro. Pablo era demasiado realista para no clavar los ojos en los reflejos de los arreboles crepusculares y perder de vista el fulgor meridiano del día normal; no sacrifica las realidades concretas del presente por los sueños vagos del futuro. Si hubiera sido Pablo de espíritu menos occidental y más oriental habrían, tal vez, sacrificado los imperativos de la ética del presente a las sugestiones de la mística del futuro; pero el caso es que él revela en todas sus epístolas un acentuado “occidentalismo”, si así pudiera decirse. Sin dejar de ser asiático de corazón y sentimientos, sabía ser europeo de inteligencia y voluntad.

          Por eso, envía a sus predilectos tesalonicenses una serie de instrucciones y directivas para la vida cristiana del presente, como preparación para la vida feliz del futuro. Castidad en las relaciones sexuales, sinceridad en las transacciones comerciales, caridad fraterna con todos: estos son los puntos capitales que les recomienda con gran insistencia.

          “¡Sé lo que eres!” – estas palabras aparentemente paradojales, resumen la ética paulina. Eres un hombre nuevo en Cristo, un regenerado en Cristo y un santificado en Cristo, por la inmersión en las aguas bautismales – pues realiza ahora en ti ese hombre nuevo, regenerado, santificado. Procura llenarte de plenitud ética la forma ontológica de tu cristianismo. Conforma tu vida con tu nombre. Identifica el hacer con el ser - ¡sé lo que eres!

                                                 *   *   *   *   *   *   *   *

          Vivían algunos neófitos de Tesalónica preocupados con la suerte de sus parientes y amigos difuntos, como si ellos fuesen menos felices que los que viviesen todavía en el tiempo de la gloriosa “parusia” del Cristo.

          “Parusia” es el término técnico con que los cristianos de ese tiempo designaban el adviento del Señor en el fin del mundo. La palabra es tomada del lenguaje de la vida civil de la época, cuando “parusia” significaba la solemne visita del César a una provincia o ciudad del Imperio. Mensajeros recorrían las calles, clamores de trompetas, vibraciones de clarines, llenaban los aires. Los juegos públicos fascinaban a las multitudes. Sacrificios y holocaustos implorando los favores de la divinidad.

          Así, más o menos representaban los cristianos de ese tiempo la nueva venida del Mesías, del Hijo del Hombre. Y lamentaban la suerte de los que habían muerto antes de ese glorioso día.

          Más todavía. Los tesalonicenses, imbuídos de ciertas ideologías judeo-paganas, consideraban el estado después de la muerte como una extinción de la consciencia, una especie de sueño psíquico, como un vago y perpetuo sonambulismo de las almas en las penunbras del hades, del sheol o Infierno. Y así estarían esas almas privadas del glorioso espectáculo de la deslumbrante “parusia” del divino Rey.

          Pablo, ante todo, defiende la idea de que el estado del alma separada no es un sueño semi-consciente y, mucho menos, una completa extinción del Yo consciente, como juzgan “aquellos que no tienen esperanza” en la inmortalidad; es un estado de perfecta consciencia, una vida más real e intensa de la que vivimos actualmente. Cristo es la vida por excelencia y la vida con él después de la muerte no es un reflejo o un vacío eco de la vida terrenal, sino una potencialización y una intensificación de nuestro vivir actual. Quien considera la vida presente  como el día, y la vida futura como un crepúsculo vespertino o una noche, trabaja con un error fatal. La vida que ahora vivimos es antes un crepúsculo matinal y la vida que más tarde viviremos es un día eterno el sol meridiano de una beatitud consciente que no conoce ocaso.

                                                 *   *   *   *    *    *    *

          Por eso, conlcuye el apóstol, lo que importa es que vivamos tan intensamente unidos al Cristo por la gracia y la práctica de las virtudes, que con él podamos vivir eternamente en la gloria.

          “Soís hijos de la luz, hijos del día – exclama él, aureolando de poesía las verdades de la fe – no somos de la noche, no somos de las tinieblas. Vigilemos, pues, y seamos sobrios.”

          Y evocando la visión de un centinela del César, de coraza y casco, compara el discípulo del Cristo a un soldado de guardia aguardando la orden de su superior. “Armémonos de la coraza de la fe y del amor, y del casco de la esperanza, para alcanzar la salvación que Dios nos destinó por nuestro Señor Jesús el Cristo. . . Sea vigilando, sea durmiendo, vivamos en unión con él.”

          Por fin, recomienda a sus queridos tesalonicenses la alegría, la oración y la acción de gracias.

          Vibra, en la epístolas de Pablo, el mismo himno de alegría cristiana, entonando en el “Magnificat” por la insxpirada cantora de Nazareth; repercute, intenso, por todas los libros del Nuevo Testamento; porque el cristianismo es la religión de la alegría espiritual, por ser el evangelio de la renuncia y de la cruz, o mejor, el evangelio del amor crucificado. Nunca brotaron de árbol alguno tan abundantes flores de profunda alegría como del tronco áspero de la cruz del Calvario. Nunca florecerán tan bellas rosas de satisfacción sobre un sepulcro como en torno de la cámara sepulcral del Gólgota, ruborizado por la sangre del crucificado.

          Casi todas las oraciones litúrgicas del cristianismo cantan la alegría y hacen subir al trono de Dios el perfume de acción de gracia. El cristianismo primitivo, a despecho de persecuciones externas, era todo él, una jubilosa acción de gracias por el beneficio de la Redención, una alegría perenne por la perspectiva de la eterna unión con el Cristo. Si hoy en día encontramos una religión privada de estos atributos, podemos dar por cierto que ella rechazó el camino del Evangelio del Cristo y de las epístolas de Pablo.

          Terminada la carta Timoteo la relee una vez más en voz alta. No hay nada que corregir. Está aprobada en su integridad.

          El secretario va pegando una a una los diversos pliegos de papiro y los cierra dándole forma de rollo. “Timoteo – exclama Pablo – quiero añadir lo siguiente: “Os conjuro en el nombre del Señor para que esta carta se aleída a todos los hermanos.”

                                                 *    *    *    *    *    *

          Vemos por esta orden perentoria que Pablo tenía interés en que todos los neófitos tomasen conocimientos de sus instrucciones. Bien necesaria era, además, esta recomendación, porque no todos los cristianos de Tesalónica se hallarían presentes en la primera lectura de la epístola, que habría de ser repetida en próxima reuniones.

          Por fin añade todavía Pablo de su propio puño, con letras grandes, como dijo en otra ocasión: “La gracia de Nuestro Señor Jesús el Cristo sea con todos vosotros. Amén.”

          Timoteo introduce el rollo en un tubo de pergamino, pone la dirección y lo asegura con lacre o cera.

          Y ahora, ¿quién llevará la carta?

          El servicio postal del imperio romano se limitaba a mensajeros oficiales. Las noticias particulares las transmitía cada uno como mejor pudiese. Las iglesias cristianas de aquel tiempo había organizado una especie de correo, aunque primitivo y precario.

          La 1ª epístola a los tesalonicenses fue, probablemente, entregada en el puerto de Cencréia, a una persona de confianza que embarcaba para la Macedonia, y fue entregada por este mensajero a los “epíscopos”  (supervisores) de la naciente cristiandad.

                                                           *    *    *    *    *

          Con esta epístola se inaugura en la Biblia un nuevo género literario: la instrucción religiosa por medio de cartas.

          La correspondencia epistolar es una de las formas de comunicación humana más simple y personal: es una conversación por escrito.

          Pablo de Tarso no era escritor, en el sentido actual de la palabra. Le faltaba para ese trabajo el necesario sosiego. Pero, como dice acertadamente un gran pensador contemporáneo, si viviese en el presente siglo, no dejaría de usar la imprenta o cualquier otro medio electrónico para divulgar, en gran escala, las ideas y los ideales que le llenaban la inteligencia y el corazón. Hoy, sería Pablo escritor y hombre de la letra impresa.

          Las epístolas paulinas – algunas bien extensas – dan a entender cuanto el autor estimaba ese medio de intercambio espiritual.

          Según los rabinos de aquel tiempo, era un instrumento divino que Yahveh llamara a la existenciaen el crepúsculo del último día de la creación y es cierto que el culto Gamaliel no dejó de imbuir a su inteligente discípulo una gran idea sobre el arte de escribir; tanto más que todo israelita sabía leer y escribir y tenía una pronunciada propensión por las cosas espirituales.

          Afirma Tertuliano que Tesalónica era una ciudad donde las epístolas de San Pablo eran leídas en los propios originales. “Los hermanos – dice él – juzgaban necesario percibir todavía la lectura de ellas, el timbre de voz y la mímica de Pablo.”

          Hoy en día no poseemos un solo fragmento de esos preciosos originales, pero el pensamiento de Pablo que brilla en las páginas de las epístolas que leemos en el siglo XXI son, en sustancia, los mismos que entusiasmaron a nuestros hermanos del primer siglo.

                                                 *    *    *    *    *    *     *

          Sigue en la Circular de Enero de 2.005.

 

 

 

 

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

          Aunque tal vez podamos ver principios de organización más fácilmente en la Naturaleza que en los problemas humanos, el espiritualismo anuncia que el orden de la fuente divina también está operando en nuestras vidas. Con frecuencia no podemos ver secuencias ordenadas en aquello que nos sucede y nuestras vidas parecen inconstantes, imprevisibles. Consideramos que el orden lucha contra el caos de un modo acentuado y oculto en la estructura convulsiva del mundo.

          A pesar de todo esto, la mente divina está en nuestro ser. En todo momento estamos vinculados con la mente universal, un principio siempre presente y legítimo que nos apoya y da vida desde nuestro interior. En esta esfera superconsciente reside un modelo ordenado que nos afecta en todos los niveles y se refleja en nuestras vidas. Como este aspecto de orden se imprime en la Naturaleza, él también procura expresar armonía en nuestro interior.

          Podemos aprender a usar este potencial de forma más plena, aplicándolo en situaciones prácticas, así como en tareas intelectuales y artísticas. Cuando nos sentimos desorganizados y perturbados, podemos recurrir a este nivel más profundo de la mente que se refleja en nosotros a partir de la Mente Divina. Si a través de la contemplación llegamos a una convicción sólida de que el mundo se origina de la Mente Divina y es básicamente regido por leyes, aquello que parecía caótico puede llegar a presentarse como parte de un patrón armonioso que puede ser detectado a partir de una visión de largo alcance. También podemos llegar a comprender que el desorden en los problemas humanos resulta del desorden y desarmonía dentro de cada uno de nosotros y entre nosotros y no de la Naturaleza. Aunque a veces el caos y la violencia parezcan predominar, en el fondo siempre hay sistema y armonía. Bajo los movimientos caóticos de las causas se encuentran sistemas eternos de armonía cósmica.

          Una manera de comenzar el proceso de aumentar el orden interno es notar la simetría que nos circunda, en las formas naturales, en el arte, en la arquitectura, en la música y hasta en los tejidos. En la medida que nuestras mentes se saturan con la idea de la simetría, podemos pasar a un concepto más profundo del orden. Percibimos la naturaleza como un orden en movimiento, como la música donde ritmos y tonos están en armonía y todas las partes mantenidas en una estructura dinámica. Podemos así hasta vislumbrar la realidad del orden puro como principio, no dependiente de objetos. Esta percepción puede restablecer un orden interno, regenerando y renovándonos. Como los cristales se precipitan a partir de un núcleo dentro de un caos de moléculas en movimiento en la solución básica, podemos crear un núcleo interno de orden que continuará creciendo en la medida que se alimenta de una masa amorfa de experiencia. Nuestra personalidad externa y mundana puede quedar llena de orden y belleza, de la misma manera que los niveles más profundos de la mente superior están plenos del orden de la Mente Divina. Aunque nosotros raramente alcancemos esta realidad en nuestras profundidades, somos portadores del orden divino, que podemos aprender a proyectar dentro de nosotros mismos y para el mundo .

          Hasta hace poco tiempo se consideraba el mundo visible, tangible, como la única realidad. Desde los principios del pensamiento humano, las personas creyeron que estaban rodeadas por reinos invisibles. Hasta hoy mismo, pueblos tribales realizan ceremonias y ritos para contactar con el mundo invisible. En el antiguo Egipto y en las Escuelas de Misterios, en todas partes y épocas, la importancia de reinos y seres invisibles ha sido reconocida en rituales sagrados. Las religiones del mundo aún reconocen estos aspectos insondables con sus ceremonias, en las cuales procuran contactar con algo que está más allá del mundo físico.

          La ciencia moderna, basada en el dualismo cartesiano con su “sólido” materialismo, produjo un clima que no fue favorable a la aceptación de los supersensible. En esta visión, el mundo físico es el mundo real. Esta creencia que ha prevalecido en Occidente desde hace unos 300 años, lleva valores materialistas que han predominado en el siglo XXI. Con todo, la propia ciencia que se originó de la filosofía materialista, apunta hacia reinos en todas partes, a nuestro alrededor, no accesibles a nuestros sentidos, reinos que son contactados a través de la tecnología y no por medio de rituales. Nadie jamás ha visto la electricidad, pero nuestras ciudades son iluminadas durante la noche por sus efectos visibles. Los aparatos de televisión y radio hacen visibles y audibles energías que no vemos. Los rayos X, los ultrasonidos, arrojan sobre las áreas internas de nuestros cuerpos y las revelan en forma de imágenes visibles. La ciencia nos enseñó a utilizar energías que jamás veremos o sentiremos directamente. Actualmente, a través de tecnología, lo invisible y lo no visto, actúan y afectan nuestro mundo de los sentidos, a semejanza de los antiguos que estaban vinculados con mundos invisibles a través del ritual.

          Los científicos reconocen ahora la validez de las realidades que jamás experimentaremos directamente, desde partículas subatómicas hasta galaxias detectables apenas por las ondas de radio que emiten. Nuestros sentidos pueden responder escasamente a una faja limitada de frecuencias. Las abejas ven la luz ultravioleta y las serpientes responden a frecuencias infrarrojas, imperceptibles para nosotros.

          Los ultrasonidos es sonido real, aunque no esté en la banda que nuestros oídos puedan sentir. Los rayos X, rayos cósmicos, ondas, microondas, se mueven constantemente de forma no detectable a través del espacio y a nuestro alrededor. Si pudiésemos ver todas las influencias supersensibles en nuestra vecindad inmediata, nos veríamos bombardeados por intensos movimientos energéticos, como una confusa mezcla de sonidos y luces, mucho menos comprensible que el extraño mundo nuevo visto por los recién nacidos. En la ciencia, simplemente podemos escasamente tener un conjunto de principios sobre cómo opera la realidad. Necesitamos llevar en cuenta varias realidades alternativas.

          El espiritualismo tiene en consideración las “realidades alternativas” en forma de esferas suprafísicas que interpenetran el mundo físico. Entre la unidad numénica fundamental y la solidez y diversidad del mundo físico, hay estados o campos intermedios. Esos estados se extienden desde las dimensiones suprasensibles más tenues, próximas a lo inmaterial, hasta las densidades materiales más profundas del mundo físico. Como la energía electromagnética forma un espectro de rayos X de alta energía extremedamente cortos, hasta ondas de radio de baja energía, esos campos descritos en filosofía esotérica componen un espectro que se extiende desde el más fino hasta el más denso, desde lo más energético y poderoso hasta la inercia comparativa del mundo físico.

          De acuerdo con la espiritualidad existen siete niveles y cada cual se caracteriza por su estado propio, singular, de materia, siendo todos, excepto el plano físico, demasiado diáfanos para poder registrarlos con nuestros sentidos. Podríamos imaginar este mundo séptuplo como una serie de esferas concéntricas que se interpenetran, cada una compuesta de su especie única de materia supersensible. Estos siete reinos eran conocidos por nuestros ascentros y recibieron varios nombres en diferentes épocas. Pueden ser relacionados con la filosofía yogui, la religión del antiguo Egipto, el sistema filosófico kabalístico, los skandhas del budismo y muchas otras tradiciones.

          Gran parte de la moderna literatura espiritualista escrita a final del siglo XIX y comienzos del siglo XX, fue publicada antes de ser conocida la teoría de los campos de energía. Los primeros escritos se referían a esos reinos como “planos”. Ese término es útil, sin embargo implica un concepto bidimensional, de capas de cebolla, al revés de interpenetración que nos es transmitida por la palabra “campos”. A fin de hacer una conexión con la literatura tradicional, emplearé los dos términos de forma intercambiable, aunque “campo” sea un término más moderno y preciso.

Sigue en la Circular de Enero de 2.005.

 

 

 

 

 

 

LOS VALORES.-

          Cuando se ha llegado a la conclusión de que el quehacer del hombre consiste primordialmente en la búsqueda y ordenación de los elementos que van a formar su sistema de vida, se puede definir  como que: “Valores son los elementos, materiales y espirituales, que se necesitan para la construcción del Paraíso.” Son, pues, como los ladrillos del edificio, o las piezas del rompecabezas.

          Se habla de esferas y escalas de valores, clasificándolos en grupos y sometiéndolos a grados comparativos, como cantidades medibles, incluso cotizables.

          En todo sistema, cada cosa ocupa un lugar determinado, una función. Si ese lugar es el perfectamente idóneo, diremos que asume su pleno valor. Pero dado que los sistemas humanos, por nuestra limitación están sujetos a cambios, e incluso las cosas, mal conocidas, por ulteriores análisis o descubrimientos en su estructura, pueden ser sujetas a revisión en cuanto a su papel o función, concluímos que los valores relativos humanos son variables. Las cosas o elementos cambian de lugar en el sistema.

          A veces, ciertas situaciones límites pueden alterar completamente el sistema de valores, o mejor dicho, la escala de los mismos. Pensemos, por ejemplo, en un sediento perdido en un desierto, y el papel primordial del agua, como valor principal. Ya hemos visto muchas veces en la vida como, a veces, confundimos un valor con la totalidad del Paraíso.

          Por otro lado, por imperfección del sistema, colocamos o pretendemos colocar en un mismo lugar o papel varios elementos o valores, y necesariamente hemos de optar  por uno sólo, lo que obliga a establecer un orden preferencial o una escala.

          Todas estas consideraciones explican los grados comparativos y la escala de valores.

          Pues bien, quiero dejar sentado que, si en efecto existiera un Paraíso absoluto y perfecto, cada cosa, ser o ente ocupará en él su sitio o papel adecuado y exacto, y asumirá su pleno valor. Todas las piezas serán valores; sin desperdicio alguno.

          En tal sistema podremos hablar de valores, pero no de valor de las cosas en el sentido comparativo o de cambio, porque la gradación es cosa de la apreciación humana en sus sistemas particulares e imperfectos.

          También suele aplicarse la idea de valor a un grupo de cosas que forman un sistema relativo parcial, tal como la justicia, la estética, la salud, etc., lo que constituye la clasificación de los valores por esferas.

          Finalmente, a la luz de las consideraciones anteriores, podemos expresar nuestro paraíso particular como nuestro particular sistema de valores. El Progreso trata de encontrar el definitivo.

 

 

 

LIBERTAD HUMANA.-

          La Cosmología estudia las leyes de los fenómenos naturales. Tal mundo está sujeto, en su devenir, a un determinismo que puede llegar a expresarse en leyes matemáticas. Incluso los instintos animales son impulsados por tales leyes. El hombre, como animal, tampoco se sustrae a las mismas, en cuanto a su parte corporal e instintos subconscientes.

          Pero, si lo interpretamos correctamente, en su comportamiento exclusivamente humano, es decir, cuando obra por razones de su construcción racional (de su sistema de valores), su voluntad está determinada también, por esas mismas razones.

          En efecto, no puede menos de elegir el bien suyo, cuando éste está perfectamente definido; y aún en el caso contrario, al elegir un camino entre varios obedecemos a razones que lo han seleccionado.

          En definitiva, el hombre no tiene opción entre el bien y el mal, pues el estrato fundamental de su naturaleza es el impulso ineludible hacia el bien propio y la felicidad y sólo cae en el mal por error.

          Entonces: ¿a qué llamamos libertad? Pues bien; pensamos que llamos libertad (humana) a la posible opción a elegir o recorrer los caminos hacia el bien o paraíso; a construir el mismo mediante la elección y acceso permitido a los valores elegidos; sin que lo impidan las leyes materiales deterministas, entre ellas nuestros propios instintos animales, ni la acción de los otros, en competencia y disputa por poseerlos, ni ninguna otra causa ajea a nuestra voluntad.

          En definitiva: “Libertad es el posible acceso a los valores.”

          En otros términos: libertad es el predominio de las razones humanas racionales sobre el determinismo físico y la competencia del otro. Pero, en último resultado, venimos a parar en que siempre hay un determinismo. El actuar sin ninguna razón no tiene sentido; sería el predominio del caos. Suscita el ejemplo de un caminante por un desierto, sin caminos ni señales de orientación, ni referencia alguna.

          La historia individual y colectiva humana es un constante esfuerzo por alcanzar el predominio del sistema racional sobre los determinismos naturales y, al mismo tiempo, por armonizar el sistema o bien individual con el colectivo, señalizando los caminos por los que circular (ética, moral, derecho, etc.).

          Hemos dicho que entre los determinantes naturales que pueden bloquear nuestra libertad están los instintos animales, es decir, las reacciones o mandados de esa máquina que es el cuerpo humano, cuyos impulsos no se pueden anular, sino sólo desviar o neutralizar, del mismo modo que sucedía con las fuerzas de la Naturaleza. Constituyen sin duda el mayor obstáculo para la libertad, y son los que nos hacen caminar o navegar por el proceloso mar de la vida, como nave conducida por piloto automático. Sólo la doma de semejante fiera, a base de constituir hábitos para canalizarlas, podrá lograr que sirvan a nuestro sistema racional, lo que constituye la educación.

          Y el peligro mayor de estos instintos es que, con frecuencia elevamos su objeto al rango de transcendente, confundiendo lo relativo o contingente con lo absoluto.

 

 

LA ANTIGUA CIENCIA GRIEGA.-

          Comenzamos por el gran hecho de una explicación científica del cosmos. Este hecho se presenta en el siglo VI, antes de Cristo, cuando en las colonias jónicas e itálicas de Grecia se aplican elementales ideas y métodos matemáticos y astronómicos al problema que había ocupado también a la represenación mítica: el nacimiento del cosmos. Las colonias jónicas habían avanzado, en un desarrollo rápido, hacia la constitución democrática y la emancipación. Merced a la organización espiritual en ellas dependía menos del sacerdocio que en los estados civilizados del viejo Oriente que les rodeaban. Y la riqueza almacenada en ellas presstó a los hombres independientes el ocio y los medios de investigación. Pues el desarrollo autónomo de un nexo final singular dentro de la sociedad humana se halla vinculado a su realización por una clase especial de personas. Con el incremento de las riquezas se creó la condición para que personas aisladas se dedicaran por entero y en histórica continuidad al conocimiento de la naturaleza. A estos hombres independientes, cosmopolitas, se les abrieron, por una rara conyuntura histórica, las viejas ciudades de la cultura del Oriente, especialmente el Egipto en la segunda mitad del siglo VII a.C. La geometría, que se había desarrollado en Egipto como arte práctico y suma de proposiciones aisladas, y la tradición de una observación y registros astronómicos seculares conservados en los observatorios del Oriente, fueron utilizados por esos hombres para la orientación en los espacios cósmicos, cuya imagen había sido transmitida por la representación mítica.

          De esta suerte los griegos entran en un movimiento espiritual cuya gran trama, que llega hasta Oriente, nos es todavía poco conocida. No es posible someter la realidad al pensamiento más que distinguiendo contenidos parciales de la misma y sometiéndolos a uno conocimiento especial, pues en su forma compleja no es captable por el conocimiento común. La primera ciencia que surgió con este método fue la matemática. El espacio y el número han sido destacados tempranamente de la realidad y son accesibles por completo a un tratamiento racional. Fácilmente se abstrae de la intuición de las cosas reales la consideración de superficies y volúmenes; la investigación geométrica arrancó de tales figuras cerradas; la geometría y la aritmética fueron, en correspondencia con la naturaleza de su objeto, las primeras ciencias que llegaron a formular verdades claras. Esta marcha del análisis de la realidad había sido ya iniciada antes de la entrada de los griegos en la vida del conocimiento, pero se le añadió la idiosincracia del espíritu griego. Entre las cualidades más salientes de este espíritu tenemos su fuerza intuitiva y el sentido de la forma; esto se muestra de manera patente en la imagen, tan plástica y coherente, que del cosmos nos ofrecen los poemas homéricos. Ya en sus comienzos la ciencia griega, especialmente con la escuela pitagórica, apartó la investigación de las relaciones especiales y numéricas de las tareas prácticas y la estudió sin mira alguna por su aplicación. En una forma paralela, la astronomía partió de la construcción de la esfera cósmica y comenzó a trazar líneas en ella. La matemática, especialmente la geometría, la astronomía decriptiva y la lógica, que se les añade en una etapa posterior, como teorías que se demoran contemplativamente en la región de las formas puras y aplicadas, constituyen las aportaciones intelectuales más perfectas del espíritu griego.

          Transcurrieron cien años de este desarrollo progresivo de la ciencia griega antes de que estos físicos sometieran a una consideración general rigurosa la naturaleza de las primeras causas de las que derivaban el cosmos. Y esta era, sin embargo, la condición para el nacimiento de una ciencia metafísica especial. Si Tales se halla en el cenit de su actividad en el primer tercio del siglo VI, la vida y los trabajos de Heráclito y Parménides, que realizaron este paso, se deslizan ampliante dentro del siglo V a.C.

          Durante estos cien años ocupa el primer plano del interés la orientación progresiva en el universo con los recursos de la matemática y de la astronomía; a este interés se juntan los ensayos por establecer un estado inicial y un fundamento real del universo. La mirada circunspecta del hombre se encuentra, allí donde el mar le ofrece un amplio horizonte, con un plano que se cierra en el círculo del horizonte y sobre el que se curva la bóveda de los cielos. Los conocimientos geográficos determinan la extensión de ese ámbito y el reparto de aguas y tierras. Ya con arreglo a una visión de los griegos de la época homérica, de índole marinera, se consideró al mar como la fuente de todas las aguas. En esto se apoya Tales de Mileto. En su visión se amplía el océano que en Homero rodea el gajo terrestre: en el mar sobrenada la tierra, de él ha salido todo. Tales promovió, sobre todo, la obra de orientación en este espacio cósmico y aquí encontramos el núcleo esencial de lo que ocurrió después. Anaximandro continuó la obra, trazó un mapa, introdujo el uso del gnomon, que por entonces representó el instrumento más importante de la astronomía. Del estado de una inundación general, en cuya hipótesis coincidía con Tales, pasó a un infinito que antecedió temporalmente a este estado; a partir de él se ha ido formando todo lo particular y limitado; imperecedero, abraza todo esto espacialmente y lo dirige. Y según buenos testimonios, ha designado este infinito, vivo, inmortal, como “principio”, introduciendo así esta expresión tan importante para el pensamiento metafísico (primeramente en el sentido de comienzo y causa). Esta expresión indicaba que el conocimiento tenía ya conciencia de su tarea y de este modo se particularizó la ciencia.

Concluye en la Circular de Enero de 2.005.

       

 

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La Cueva de los Cuentos

 

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