ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

 

Dirigida a la Escuela de:

                        Mallorca

                        Las Palmas

                                                                                 

Circular nº5 , año XV

Bunyola 1 de Mayo de 2009

 

A.EINSTEIN – MÍSTICO Y CIENTÍFICO.-

Cuando Moisés, Elías y Jesús pasaron 40 días en silencio y soledad; cuando Francisco de Asís se aisló durante varios meses en el monte Alverne; cuando Pablo de Tarso, después de la caída a las puertas de Damasco, se internó durante tres años en las estepas de Arabia; cuando R.Tagore y otros se rodearon de profunda soledad, ¿qué otra cosa hicieron sino cerrar los canales de fuera para que la fuente del interior se rompiesen y los inundara con sus aguas?

Cuando Einstein, partiendo de un principio puramente matemático, dijo por “puro raciocinio” que el hombre puede descubrir las Leyes Universales, afirma la misma verdad, pero no dice generalmente lo que debemos hacer para despertar en nosotros la fuente de la verdad.

Para ese despertar es necesario que el hombre se entregue a un largo período de silencio escuchando su interior, silencio mortífero para el ego empírico y analítico, pero vivificante para el Yo metafísico, místico y matemático.

Parece que la élite de la humanidad, en este ocaso del segundo milenio, está abriendo los ojos para esa gran verdad, preludiando, posiblemente, una humanidad más sana y feliz.

Repetidas veces afirma Einstein que las leyes fundamentales del cosmos no puede ser descubiertas por simples análisis, sino solamente por la intuición. Afirma, que en las Matemáticas reside el principio creador y que son estas las que están absolutamente ciertas en cuanto se mantienen en lo abstracto y pierden su certeza en razón directa de su concretización.

Lo que Einstein dice de las Matemáticas puede ser aplicada también a la mística, porque tanto ésta como aquella son una captación cósmica y no una construcción mental.

Aquí está la bifurcación de dos líneas fundamentales de la filosofía de todos los tiempos: esencia – existencia. Platón, los neoplatónicos y muchos otros, admiten una esencia más allá de las existencias, una realidad como fuente de actos múltiples, mientras que otros, sobre todo el ala existencialista, niegan el Uno del Universo, y solamente aceptan lo que le es opuesto.

Einstein afirmaba categóricamente que está con los antiguos, según los cuales la verdad es descubierta por la intuición precedida por el análisis.

Sin embargo esta intuición es una captación cósmica. El radical de la palabra griega “matemática” es mathein que quiere decir captar, aprender, atraer. La captación es mathem de lo que deriva nuestra palabra “matemática”, designando no una construcción mental sino la captación de una realidad ya existente.

Lo que Einstein dice de la matemática puede ser dicho casi íntegramente de la mística, que es la captación de una realidad cósmica, del alma del Universo, como diría Spinoza. El verdadero místico tiene absoluta seguridad de que la Divinidad intuida no es una fabricación mental. Ambas, matemática y mística, giran en torno de una realidad captada o aprendida por el hombre. Los derivados de las matemáticas, como aritmética, álgebra, geometría, etc., pueden ser construcciones mentales, pero la matemática en sí consciencia la propia esencia del cosmos, razón de su absoluta certeza. Einstein nunca admitió que la certeza viniese de las pruebas, sino que era anterior a cualquiera de ellas.

La intuición  o visión interna, inspiración o soplo desde dentro, revelación o retirada del velo, dan certeza, mientras que el análisis no va más allá de las probabilidades, porque juega con los actos que de él se derivan.

Ningún místico cree en Dios, sino que lo ve y lo sabe mediante una intuición o una visión interna; y, como la seguridad que un místico tiene, no fue construida mentalmente, tampoco puede ser destruida por ningún análisis mental. La mística es la consciencia de la propia realidad y en esto coincide ella con la visión de la matemática. La realidad cósmica se revela en hechos telúricos, así como la mística se transmuta en ética humana.

En este sentido, afirma el matemático de sí mismo, él es un hombre profundamente religioso e incide que solamente en este sentido cósmico es religioso, por ser la experiencia de la realidad. De esta consciencia mística derivaba la vivencia ética que todos admiraban.

El proceso de captación se manifiesta de modos diversos en la matemática y en la mística, pero indica siempre una fuente única que se revela en múltiples canales. Según principios infalibles, donde hay un vacío sucede una plenitud. El problema del hombre consiste en establecer en sí esa vacuidad en la expectativa de la plenitud.

Los genios tienen facilidad en ese proceso de ego-vacío, mientras que los talentos operan solamente con el contenido de sus canales humanos.

La actividad del ego humano precede casi siempre a la captación de la fuente cósmica. Einstein dice que si que piensa noventa y nueve veces y sólo después de dejar de pensar y profundizar en un gran silencio la verdad le es revelada. Thomas Edison dijo que necesita un noventa por ciento de esfuerzo personal para recibir el diez por ciento de intuición.

El talento es productivo, pero el genio es creativo.

El contenido de la captación del matemático y del místico es esencialmente el mismo, unos lo llaman la verdad y otros el alma del Universo. La esencia, fuente, realidad, es una sola; muchas son las existencias, los canales de los hechos.

Por desgracia en los tiempos actuales muchos confunden la inteligencia analítica con la razón intuitiva. Pero los antiguos pensadores de Grecia hacían nítida distinción entre intelecto y razón (entre nous y logos).En tal sentido escribe Albert Schweitzer: “El amor es la más alta razón”.

En el tiempo en que Einstein residía en la Universidad de Princeton, cierto periódico propaló el rumor de que el filósofo era ateo, por lo que un rabino de la Sinagoga de Nueva Cork mandó un telegrama pidiéndole si aceptaba a Dios: La respuesta fue: “Acepto al mismo Dios que Spinoza llamó el alma del Universo; no acepto un Dios que se preocupe con nuestras necesidades personales”.

Muchos de los grandes místicos son considerados ateos por los teólogos dogmáticos porque no aceptan un Dios personal. El alma del Universo es el Dios de los matemáticos y el Dios de los místicos.

Ya hemos citado que Einstein afirmaba que el puro raciocinio puede alcanzar la Realidad., sin necesitar los sentidos sensoriales ni análisis intelectuales.

Dijimos lo que Einstein entiende por puro raciocinio. Raciocinio deriva de ratio (razón), que no es el intelecto, el noos, de los griegos, sino el logos. La razón, el logos, está en contacto directo con la Realidad del Uno, con el alma del Universo. Einstein toma el “puro raciocinio” en este sentido, como intuición directa e inmediata.

Ciertamente los sentidos pueden, así como el intelecto, condicionar el contacto directo con la Realidad, pero no lo pueden causar.

El contacto intuitivo con la Realidad no depende causalmente de los hechos externos, empíricos-analíticos. Estos pueden sólo condicionar, incluso dificultar, la intuición racional.

Con estas palabras niega la teoría de los materialistas y los intelectuales de que nuestro conocimiento real venga de los objetos externos, canalizados por medio de los sentidos y después modificados por el objeto interno del intelecto; niega que por el empirismo de los sentidos y el análisis del intelecto, pueda el hombre alcanzar la Realidad. En otras palabras. Admite que todo lo que gira en el plano de los hechos está en una dimensión meramente cuantitativa, sujeta a las categorías ilusorias del tiempo, espacio y causalidad, y que de este mundo de actos cuantitativos no hay ningún camino causal para el mundo de la Realidad cualitativa. Sumando o multiplicando cantidades y más cantidades, nunca tenemos cualidades; sumando o multiplicando 0 nunca llegaremos a tener el valor positivo de 1. Horizontal más horizontal no da ninguna vertical.

Sigue en la Circular de Junio de 2009.

LA REALIDAD OCULTA.

Dado que las raíces de la crisis ambiental son en gran parte religiosas, el remedio debe ser esencialmente religioso. Dudo que el deterioro ecológico pueda evitarse sin más que aplicar a nuestros problemas soluciones científicas o tecnológicas. Por esta razón, se sugiere que la única solución tal vez sea un retorno a la actitud humilde de los primeros franciscanos. Francisco de Asís rendía culto a todos los aspectos de la naturaleza y creía en la virtud de la humanidad, no sólo como redentora del ser humano individual, sino también de la especie humana.

En mi opinión, la teoría de que las actitudes judeo-cristianas son responsables del desarrollo de la tecnología y de la crisis ecológica es, a lo sumo, una verdad a medias. La erosión de la tierra, la extinción de especies animales y vegetales, la explotación excesiva de los recursos naturales y los desastres ecológicos no son propios únicamente de la tradición judeocristiana y de las tecnologías científicas. En cualquier época y en todo el mundo, las insensatas intervenciones del hombre han tenido consecuencias desastrosas o, como mínimo, han alterado profundamente la faz de la naturaleza.

El proceso comenzó hace unos diez mil años, mucho antes de que se escribiese la Biblia. En los primeros compases del Neolítico y coincidiendo con la expansión de la agricultura, varias especies de grandes mamíferos y de aves terrestres se extinguieron dramáticamente. El ansia de los primeros agricultores de proteger sus sembrados y sus rebaños podría ser el origen del “si se mueve, mátalo” tan arraigado en la tradición popular de gran parte del mundo. En muchos casos, ni siquiera se daba muerte a los grandes animales por razones prácticas; en Egipto, los faraones y la nobleza disponían que gran número de animales fueran encerrados en cercados donde morían a flechazos; los asirios eran tan feroces exterminadores de animales – leones y elefantes, por ejemplo – como de hombres. Las antiguas prácticas cinegéticas redujeron considerablemente el número de algunas especies de grandes animales y, en algunos casos, llevaron a su erradicación. Este proceso destructivo perduró en tiempos históricos y no sólo en los países de la periferia del Mediterráneo oriental, sino también en otras partes del mundo. Los primeros exploradores del continente australianos hicieron referencia a la costumbre de los aborígenes del provocar incendios que en las condiciones de semi-aridez que prevalece en Australia producían drásticas alteraciones en la vegetación, causaban erosión y sembraban la muerte entre la fauna nativa. Enormes extensiones de zonas boscosas fueron convertidas así en praderas abiertas y la población de grandes marsupiales se vio considerablemente reducida.

Ya hemos mencionado la afirmación de Platón en el Critias de que Grecia había sufrido erosión en otros tiempos como resultado de la deforestación y del exceso de apacentamientos. El fin de la antigua civilización mexicana de Teotihuacan probablemente se debió a la erosión provocada por las actividades del hombre. Los hombres primitivos, ayudados especialmente por el más útil y a la vez más nocivo de los animales, la cabra mediterránea, seguramente causaron más deforestación y erosión que todas las excavadoras del mundo judeocristiano.

Tampoco hay razón para creer que las civilizaciones orientales se han mostrado más respetuosas hacia la naturaleza. Hasta el siglo XVII China aventajó con mucho a Europa en desarrollo científico y tecnológico y el uso masivo de este poderío tuvo a menudo resultados destructivos. Muchos pasajes de la poesía Tang y Sung indican que las desoladas colinas de la China central y septentrional estuvieron en otros tiempos cubiertas de densos bosques, y hay razones para creer que, como en muchos otros lugares, la deforestación y la erosión del suelo se deben al fuego y al exceso de apacentamiento. Incluso los budistas tuvieron una considerable participación en la deforestación de Asia; se ha calculado que en ciertas zonas son responsables de más de la mitad del consumo de madera.

De hecho, la actitud china de respeto a la naturaleza probablemente surgió como respuesta al daño causado por la antigüedad. Además, este respeto no va tan lejos como la expresión artística y poética parecen indicar. Los poetas clásicos chinos escribían como si hubieran alcanzado una total identificación con el Cosmos, pero la mayoría de ellos eran burócratas retirados que vivían en propiedades donde la naturaleza estaba cuidadosamente atendida por meticulosos jardineros. Asimismo, los hermosos jardines del Japón con sus pinos de extrañas formas – tan artificiales los unos como los otros – difícilmente pueden considerarse como expresiones directas de la naturaleza; más bien constituyen la expresión simbólica de una actitud intelectual. La vida salvaje está tan diezmada en el Japón actual que de la docena de especies de aves que hace un siglo sobrevolaban Tokio no quedan más que gorriones y golondrinas.

Uno de los ejemplos mejor documentados de deterioro ecológico acaecido en la antigüedad es la progresiva destrucción de los bosques de cedros y cipreses que antaño fueron la gloria del Líbano. Las abundantes referencias a estas nobles arboledas que aparecen en las antiguas inscripciones y en el Antiguo Testamento  revelan que los faraones egipcios y los reyes de Asiria y Babilonia se llevaron cantidades ingentes de la preciada madera para los templos y palacios de sus capitales. En una inscripción dirigida a Nabucodonosor, el profeta Isaías menciona los efectos destructivos de estas expediciones madereras. Los Emperadores romanos, principalmente Adriano, agravaron aún más el proceso de deforestación. Los escasos y majestuosos cedros que sobreviven son el testimonio vivo de lo que fueron los bosques de coníferas del Líbano antes de esta implacable explotación, muy anterior a la era judeocristiana y tecnológica.

En todo el mundo y en todas las épocas, los hombres han saqueado la naturaleza y alterado el equilibrio ecológico; generalmente lo han hecho por ignorancia, pero también porque siempre se han interesado más por las ventajas inmediatas que por los objetivos a largo plazo. Además, no podían prever que estaban contribuyendo a lo que acabaría por ser un auténtico desastre ecológico ni tenían tampoco alternativas de elección. Que ahora seamos más destructivos que en el pasado se debe a que como somos más y a que contamos con un mayor poder de destrucción, pero no a que estemos influidos por la Biblia. De hecho, los pueblos judeocristianos fueron probablemente los primeros en interesarse por el trato dado a la tierra y por fomentar una ética de la naturaleza.

De entre los grandes maestros cristianos, el más conocido por lo profundamente ético de su actitud hacia la naturaleza es Francisco de Asís (1182-1226), que trataba de hermanos y hermanas a todas las criaturas vivientes y a todas las cosas inanimadas. Su tradición ha seguido viva entre los pueblos judeocristianos; así puede descubrirse en el concepto filosófico de que todas las criaturas vivas pueden disponerse en una serie continua; “La gran cadena del ser”, en el respeto de Albert Schweitzer por la vida; en las manifestaciones de escritores como Thoreau o Walt Whitman. La teoría darwiniana de la evolución proporcionó una base científica a la creencia intuitiva en la hermandad universal de todos los seres vivientes. En la actualidad, la gran mayoría ha llegado a aceptar  - o por lo menos tolerar – la idea, tan alarmante hace sólo un siglo, de que el hombre forma parte de una línea natural de descendencia que incluye a todos los animales y a todas las plantas. No resulta nada descabellado creer que el culto franciscano a la naturaleza, en sus diversas formas filosóficas, científicas y religiosas, haya jugado cierto papel, más o menos importante, en la gestación de las diferentes tendencias conservacionistas y ecologistas de los países occidentales, así como en la dinámica propagación que experimentaron durante el pasado siglo.

Continuará en la Circular del mes de Junio de 2009.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

La Gnosis, al definir el mal, había establecido jerarquías en las almas. Dirigiéndose sólo a un corto número de éstas que consideraba privilegiadas por ser espirituales, consagraba la predestinación de unas a la perfección suprema de otras a no poder entrar a gozar de la perfección divina. Elevando el espíritu a una región superior a todo lo humano, desde la cual aparecían el Bien y el Mal como meros accidentes del mundo y, por lo tanto, como cosas despreciables para las almas superiores, legitimaba todos los vicios y aun todos los crímenes. Esas castas del espíritu al poco tiempo se hicieron insoportables; esa inmoralidad mística se presentó como odiosa, y la mayoría no tardó en seguir de preferencia a la Iglesia ortodoxa más práctica en su organización, y que no excluía a nadie de llegar a ver a Dios frente a frente, como lo hacía la Gnosis, pues la inteligencia humana trabaja sin obstáculo alguno, con entera libertad, pero partiendo de lo absoluto, va a parar constantemente al Panteísmo cualesquiera que sean sus desarrollos. Si los ortodoxos no han acabado por caer en este sistema es porque se han puesto vallas a sus propias especulaciones. Orígenes, que dio todo el desarrollo posible a sus raciocinios, acabó por ser panteísta. En el fondo todo desarrollo libre y lógico del pensamiento humano conduce a un panteísmo o a un relativismo según sea la aspiración a lo absoluto o a la observación de los fenómenos, el punto del que parta.

Si por un momento deslumbró por su brillantez de imaginación, por su aparato metafísico y su argumentación lógica, fue sólo un instante de la historia humana, fue como una ráfaga luminosa, como un relámpago que pierde su duración lo que gana en intensidad; su período brillante apenas pasa de un siglo. Y no obstante, la Gnosis era el producto de la razón. Pero de la razón aplicada a lo absoluto, y como al razonar sobre lo absoluto se aparta el hombre de las realidades terrestres, y sólo de la comparación de éstas puede surgir la ley moral, la Gnosis fue tanto más absurda cuanto más lógica era con el principio de que partía. Por esto la Iglesia, menos lógica que ella, y por tanto más práctica, más conforme con la realidad de la vida, la eliminó en la lucha.

Los Padres de la Iglesia latina fueron los primeros en oponer sus teorías a la Gnosis.

San Ireneo es el que se ocupa más especialmente en combatirla. Sigue y modifica la teoría de San Pablo. Cree como él que Adán pre-contenía a todos los hombres en germen, en estado latente, por esto todos pecamos en Adán. Jesucristo fue un segundo Adán que contenía en sí concentrada la suma de todo el espíritu, que nos extiende y transmite  por medio de su Iglesia dejándonos divinizados. La comunión de la Iglesia forma una humanidad nueva que se presenta a Dios pura y sin reproche. Como que en Adán pecamos todos, todos pertenecíamos al diablo; éramos sus esclavos, su propiedad. Para arrancarnos al poder de Satanás, Cristo ofreció a este su vida y su alma. Y el diablo se la tomó a cambio de las nuestras, que bien valía todas las nuestras el alma del hijo de Dios. Jesucristo fue vendido y crucificado y bajó a los infiernos. Entonces ¿Cristo se ha condenado? Replican los gnósticos. Pero varios doctores les contestan: “No, que el diablo fue engañado. Al alma de Cristo de naturaleza divina, no pudo Satán retenerla; apenas la había tomado, que ya se le escapaba de las manos”. Y en el siglo IV, Ambrosio y Gregorio de Niza, se adhirieron a esta interpretación aseverando que el diablo hizo un mal negocio, que fue víctima de una superchería, que la “cruz fue el cebo que le hizo tragar el anzuelo” con que quedó cogido. “De aquí su rabia contra el género humano; de aquí el que intente hacer en él de nuevo presa”.

Formando contraste con la Gnosis también, formula Tertulio su sistema en todas sus obras. Áspero y enemigo de la ciencia, expone una teoría bárbara, con una ingenuidad que espanta. “El mal es el pensar; el Bien, la sumisión absoluta, ciega, a los poderes eclesiásticos”. Para él, al hereje sólo debe cerrársele la boca y excomulgarle”. Razonar, convencerle ¡vaya quimera! “Para mejor seducir a los hombres inventó el diablo la Filosofía. En ella mezcló algunas partículas de verdad, para poder hacer penetrar esta mezcla de terror y corrupción en el espíritu humano. Lo mismo comete el mal el filósofo, que la chusma pagana; sólo que ésta lo hace sin conciencia, y el otro con pleno conocimiento de causa. ¿Qué es un filósofo sino un animal glorioso? Todos arderán en el infierno dentro de una fragua, en compañía de los discípulos a quienes persuadieron de que Dios era indiferente a todo, que no había alma o que ésta no podía revestir un cuerpo terrestre”. Para él los pensadores son “Patriarcas de herejes, de inteligencia asaz oscura para demandarse de donde viene el mal y por qué se comete”. Sus argumentos los encuentra como argucias de mala fe; sus conclusiones mentiras artificiosas; sus negaciones herejías trabajadas. Filósofo, hereje y condenado, le son sinónimos. Más increpa que discute, y para ello usa palabras groseras, comparaciones materiales, argumentos palpables. No concibe la virtud sin la recompensa. Ni la mejora sin el castigo. Proclama una justicia cruel que más parece venganza que justicia; La más leve falta merece una pena eterna, y ésta debe ser el fuego, pero un “fuego que queme y no consuma, que reconstituya todo lo que abrase” para que en el dolor no pueda hallarse alivio.

Lo de Dios, lo bueno, para él, es lo inculto, lo salvaje. El Mal es la Industria, el Arte, la Ciencia. “Todo lo que nace es de Dios; todo lo que es producto del trabajo es del Diablo”. Sólo hay de verdadero lo primitivo, lo antiguo; todo lo innovado es falso. Así en sus escritos, el Diablo comparece como una especie de razón de ser de la progresión constante.

Creyéndose vivir al fin de los tiempos, aseguraba que Cristo, si había venido a salvarnos, era para llevarnos con él. Su ignorancia traspasaba todos los límites. Afirma con un aplomo que aturde que “todas las religiones paganas son posteriores a la Biblia, son su parodia hecha por el diablo, pues que el demonio es el mono de Dios”. “Si el hombre peca es porque tiene el alma deteriorada; el alma huma fue alterada en Adán por el demonio de la culebra y su alteración se ha hecho hereditaria. Así cuando engendramos los hijos, les damos un alma enferma, de la misma manera que da un cuerpo enfermizo a su hijo el que le engendra en alguna dolencia”. “El hombre es malo no por la organización de sus sociedades; es malo forzosamente, pues que lo malo en él es la sustancia, la pasta de su espíritu”.

La reacción contra la filosofía griega de algunos Padres del siglo II, era prematura. Al cristianismo no le había llegado aún la época de excluir, muy al contrario, debía de asimilarse todo lo que le fuera asimilable para crecer y desarrollarse. El elemento judaico no había traído al cristianismo el elemento filosófico, y el Occidente se resistía a aceptarlo sin éste. Los primeros judeocristianos y sus prosélitos, consideraban la filosofía como un mal. Ireneo, a pesar de sus resabios helénicos, combatió la Gnosis por demasiado explicativa. Tertuliano condenaba el saber como obra del diablo. Los Padres alejandrinos fueron los que se opusieron abiertamente a esta tendencia. Más humanos, menos estrechos de miras, quisieron deducir sus dogmas de la razón y volvieron a reconciliarse con el saber antiguo. ¿Por qué no, si en su última etapa la filosofía griega había llegado a las mismas conclusiones que la teología cristiana? ¿No había Platón proclamado el Dios Uno y el Verbo en Logos? ¿No había formulado el dogma de la caída, haciendo descender los seres de los arquetipos hasta la materia última de las emanaciones de la Divinidad? Así Orígenes y San Clemente no tienen inconveniente en acudir a las fuentes de la Gnosis de Filón y de los neoplatónicos saturándose de helenismo. Son gnósticos moderados, neoplatónicos cristianos. Para ellos el conocimiento de Dios, es superior a la fe, pues sin ella ésta no puede existir.  

Los cristianos alejandrinos eran iniciados en el conocimiento de la Divinidad, en unos misterios análogos a los de Eleusis y a los de Isis. En esto estriba la Gnosis. San Panteno, San Teognoste, San Eulogio, San Metodio y el mismo Orígenes eran gnósticos ni más ni menos que Bardesanes, Basilides y Valentín, seis que la Iglesia católica, después del Concilio de Nicea ha separado los unos de los otros.

San Clemente dice: “Las cosas que contiene el verdadero conocimiento, el fondo de los dogmas, han sido diseminadas por todas partes para que las santas tradiciones no pudieran ser encontradas por el primer advenedizo, por cualquiera que no fuera iniciado en los misterios”.

San Teognoste dice: “El Cristo nace cuando se conoce el secreto divino”.

San Eulogio, jefe de la Iglesia de Alejandría, dice: “Se han transmitido ciertos dogmas con una oscuridad preparada, de modo que los santos misterios no queden descubiertos para los profanos y que las perlas no sean pasto de los puercos. Existen dogmas más escondidos aún, los cuales están completamente disimulados por el silencio y confiados como secretos solos a aquellos que poseen la Sabiduría por el Verbo vivo”.

El dios nacional judaico, con sus rencores, sus iras y sus venganzas no podía admitirlo el Occidente. Sin embargo los filósofos desacreditados por las mitologías habían llegado a un Dios Uno que a su vez lo era de todos.

Sigue en la Circular de Junio de 2009.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.

El tiempo que no se detiene, que se mueve como la serpiente en su animación y agitación comparable al Caos y los animales, evoluciona rápidamente, varía, no dejando que los entes permanezcan inmutables, pues que los envuelve, progresivamente, en su oscilación acelerada. Tiempo y Caos no pueden ser dominadas si no es ritualmente. Su curso indefinido se caracteriza como irreversible, diseminando la corta duración, la transitoriedad en el seno de la cual todo lo que ES le pertenece, acentuando más aún la lucha de los individuos y de las especies para permanecer en la vida, tal como son. Lucha desesperada, batalla infructuosa cuyo resultado es llegar al propio espacio donde los entes se preceden incesantemente. Quedar suspenso, interrumpirse en un cuándo que no se domina, experimentar el sufrimiento: esto designa morir; perder el equilibrio individual o cósmico súbitamente o en lento proceso de agonía. La muerte, soporte del devenir para el hombre que de ella tiene consciencia es siempre insoportable, en su ruidoso galope rumbo a las tinieblas.

Esta motivación por el itinerario explica la indiferente relación del caballo con el Sol o la Luna: las diosas lunares de los griegos, de los escandinavos y los persas, viajan sobre vehículos llevados por caballos. El cuadrúpedo es, por tanto, símbolo del tiempo, porque está asociado a los grandes relojes siderales.

El Tiempo, memoria de los mortales, reloj que no se puede atrasar porque camina rápido rumbo al transcurrir de las horas, los días, los ciclos, pleno de sí, poderoso como un dios responsable por los fenómenos meteorológicos, en su figura equina.

En lo tocante al caballo, no podemos dejar de mencionar, aunque brevemente, su presencia en la mitología griega. Poseidón o Neptuno, hijo de Cronos, es el dios del mar y del Infierno, que surge en su carro llevado por blancos caballos, clavando su tridente en la Tierra haciendo nacer las fuentes. Teniendo poder sobre el agua, provocaba tempestades, llevando consigo el rayo, para ser entregado a su hermano Zeus. Su hijo, Pegaso, el caballo alado, nació de la sangre de la madre, Medusa. En lo tocante a la analogía del caballo alado con el rayo, surgen los Centauros, monstruos con la mitad del cuerpo humana y la otra mitad equina, criaturas brutales, siendo representadas como divinidades de las nubes y del viento veloz. Las nubes representan el sonido, teniendo en el viento y en el rayo la representación del ruido del caballo que relincha en el reino de las tinieblas, reproduciendo el temor ante su estruendo, de tempestades, inundaciones y otros fenómenos meteorológicos, que traen consigo la catástrofe, la muerte. El mismo caballo que, llevando a Apolo, designa el aspecto solar, victorioso sobre el Caos y la Noche.

Los símbolos bovinos aparecen como duales precarios de la imagen del caballo. Los cuernos de los bovinos son símbolos directos de los “cuernos” de la Luna creciente, morfología semántica que se refuerza por su isomorfismo con la guadaña del tiempo, Cronos, instrumento de mutilación, creciente lunar, el “cuarto” de la Luna.

Se suele citar al toro, el lobo y el león, aproximándolos al tenebroso Cronos “que devora el tiempo humano o ataca incluso a los astros medidores del tiempo”, siendo también “símbolo del tiempo destruido”.

Mutilar como acto de capar una parte del cuerpo, de falta, de ruptura, nos remite directamente a Hesíodo: a un momento en el cual, por intermedio del canto como medio de presentar la vivencia de lo Sagrado, el poeta se expresa. Este pastor, incitado por el mito, por un decir inspirado, en el cual cada ente eclosiona en su Ser, es descubierto en su voz propia, recreado por la memoria, como fuente de preservación de los dioses y del Cosmos, en su plenitud y por el Tiempo, con la intuición de hacerlo volver a su fuente original, a su génesis. La Teogonía habla de Zeus, el dios que inspira la palabra; siendo así el dar nombre, es un cántico que celebra el cantor esencial. Retorna al Caos como momento generador, como si quisiera retrasar la Cosmogonía y, en ella, el combate constante entre Tinieblas y Luz.

Sigue en la Circular de Junio de 2009.

I N T E R E S A N T E

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Nueva Narrativa (Narraciones y poesía)Isabel Navarro/Q
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El camino del Mago Ensayo Salvador&Quintín
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