ALCORAC

SALVADOR NAVARRO                                 

 

 

 

 

Dirigida a la Escuela de:

Mallorca

Las Palmas

 

Circular nº 4 , año XIII

 

Bunyola, 1º de Abril de 2.007.

 

 

 

VIDA DE SAN PABLO.-

Desde el segundo siglo antes de Cristo formaban los judíos una numerosa colonia en la capital del Imperio. Proscriptos por el Emperador Claudio, volvieron después de su muerte, llegando a un número superior al de 20.000 almas. Debido a sus particularidades nacionales y religiosas acostumbraban establecerse en la periferia de las grandes ciudades; pero su inteligencia y dinero penetraban todas las capas sociales.

Ellos tenían en Roma sus sinagogas, de organización algo diferente a las de Palestina. Al frente del “consejo de las sinagogas” estaba el “padre”. Existía también una “madre de la sinagoga”, así como un escriba, un tesorero, sacerdotes, ministros y funcionarios inferiores.

En la Corte de Nerón vivía en ese tiempo un famoso judío, Alityrus, director del Teatro Imperial y amigo del César. Por su intermedio fue el historiador Flavio Josefa presentado a la favorita de Nerón, Popeia Sabina, que constaba ser una prosélita del judaísmo.

Para concentrar el odio de la Corte sobre Pablo bastaría que los judíos lo desacreditasen ante tan influyente protectora.

Transcurridos tres días, invitó Pablo a los principales entre los judíos. Su estado de prisionero no le permitía hablar en la sinagoga.

Después de estar todos reunidos, comenzó a hablarles repitiendo su invariable protesta: “Es por causa de la esperanza de Israel que estoy preso con estas cadenas”.

La “esperanza de Israel” era el Mesías, por quien suspiraba el pueblo. Pablo siguió insistiendo en que el verdadero israelita es él, como lo fueron Abraham, Isaac, Jacob, David, Jeremías, Isaías, Daniel; porque todos ellos preanunciaron el adviento del Mesías que él, Pablo, pregonaba por todas partes.

Mostró Pablo a sus oyentes que se vio obligado a apelar al César y así llegar a Roma.

Los judíos escucharon en silencio las exposiciones de Pablo y respondieron:

“No hemos recibido de Judea ninguna información por escrito con respecto a ti, ni tampoco ha llegado ninguno de los hermanos que hablase mal de ti ni diese alguna referencia. Pero desearíamos conocer más de cerca tu opinión; lo que sabemos de esta secta es que está impugnada por todas partes”.

 

El invierno retardaba mucho el correo procedente de Oriente, porque hacía impracticable muchos caminos terrestres e imposibilitaba la navegación. Así, era posible que los judíos de Roma no tuviesen noticias recientes sobre Pablo. Pero, ¿qué de él nada hubiesen oído? ¿Y que fuesen tan ignorantes en materia de cristianismo, cuando era intenso en la capital romana el nuevo movimiento espiritual? La única cosa que ellos sabían de esa “secta” era que por todas partes eran objeto de contradicciones y que serían muy agradecidos a Pablo por darles algunas explicaciones al respecto.

Gran diplomacia la de esos judíos, induciendo a su ilustre patricio a declarar sin ambages lo que piensa con respecto al Cristo y su doctrina.

Pablo señaló un día y corrió por el ghetto romano la noticia de esa entrevista religiosa.

Entretanto, Pablo había escogido el local donde iba a residir, en custodia militar, con un legionario en la puerta.

Compareció gran número de oyentes a la entrevista, que dice Lucas se prolongó desde la mañana a la noche. Pablo habló del reino del Cristo, tomando como base la ley de Moisés y los profetas, esto es, desarrolló una vez más la armonía de la revelación divina, que transcurre lógica y organizadamente, desde los albores de la humanidad, a través de los grandes iniciadores espiritualistas de la historia de Israel hasta culminar en la persona de Jesús el Cristo.

Unos dieron crédito a sus palabras, al paso que otros permanecieron incrédulos.

Discordando entren sí se retiraron los judíos, discutiendo en pro y en contra de Pablo, en pro y en contra del Cristo.

Permaneció Pablo dos años en el aposento que alquilara, recibiendo a todos los que lo visitaba. Públicamente y con toda libertad predicaba el reino de Dios y la doctrina sobre el señor Jesucristo.

Con estas palabras remata los “Hechos de los Apóstoles” y Lucas desaparece del escenario de la historia.

También de Pablo, pocas noticias tenemos en adelante a no ser las cartas que escribió durante su prisión romana desde el año 61 al 63 d.C.

Preso en Roma, Pablo no dejaba de liderar una organización mundial.

No es posible encadenar al espíritu.

“¡Pablo está preso!”; ese grito corre rápidamente por el Oriente. Y todas las iglesias fundadas por él, rezan por la libertad del querido maestro. Muchas de ellas mandaron mensajeros, cartas de amistad, protestas de solidaridad. Otras envían donativos para suavizar su vida en la prisión. Macedonia está representada por Aristarco; la Galacia por Timoteo; Éfeso por Tíquico; Colosses, manda a su fundador, Epafras; Filipes, envía a Epafrodito. La casa de Pablo se transformó en lugar de romería. ¿Qué habría pensado el taciturno legionario, al ver a su preso en medio de tantos homenajes?

Pablo, frenado en sus actividades apostólicas externas, continuó evangelizando el mundo con sus escritos. Él está preso, pero “la palabra de Dios no está encadenada”.

Las Epístolas que Pablo escribió en la prisión y después de ella, se caracterizan por un nuevo aspecto de la ideología cristiana.

La primera serie, del tiempo de sus grandes viajes, gira en torno a la obra de redención del individuo. Como remate y transición de esta para la siguiente serie, figura la Epístola a los Romanos.

La segunda serie, escrita en prisión trata, preferentemente, sobre la redención de la humanidad.

Finalmente, el tercer grupo, son las epístolas pastorales, y tratan de la jerarquía eclesiástica y de la formación de sus miembros.

La Epístola a los Hebreos que, aunque no sea de la mano de Pablo, refiere asimismo su pensamiento, centraliza toda la vida divina en su mensaje, el pontífice de la nueva alianza, Jesús el Cristo.

Continúa en la Circular de Mayo de 2007.

 

 

 

LA REALIDAD OCULTA.-

 

Es cierto que algunos pueblos han perdurado e incluso han hecho florecer culturas dignas de consideración en ámbitos tan inhóspitos como el propio Sahara, pero incluso las regiones más desoladas ofrecen una gama de sensaciones mucho más amplia que la que pueda ofrecer la Luna. El hielo, la nieve, el agua, los espectaculares cambios de estación y las migraciones de los caribúes y otros animales, proporcionan dramatismo y emoción a la vida del esquimal. Los nómadas tuareg tienen que soportar el Sol cegador y la arena ardiente, pero también saborean las delicias del oasis.

Estar expuesto a las diversas presiones ambientales y tener que sobrevivir en ellas es muy diferente que vivir encerrado en un traje espacial o confinado en una cápsula, por amplia que ésta sea, donde todos los aspectos ambientales están controlados y que elimina casi por completo todo estímulo exterior.

La participación en los infinitos caprichos de la naturaleza proporciona la clase de contacto vital con las fuerzas cósmicas que resulta esencial para mantener la cordura. Los seres humanos normales tienen pocas probabilidades de salir adelante en zonas carentes de vida visible. Por ejemplo: no suelen permanecer mucho tiempo en los desiertos, como si esa clase de escenario, a pesar de su magnificencia, fuera fundamentalmente ajeno a la humanidad.

En aquellos lugares que, como en esta región de piedra erosionada por el viento, los seres vivos han dejado de ser lo bastante comunes o visibles para parecer algo más que accidentes triviales, el hombre siente algo semejante al terror. Ésta es una tierra donde domina lo inanimado y en la que no sólo el hombre sino las mismas plantas parecen intrusos. Podemos contemplarla como contemplamos la Luna, pero nos sentimos rechazados. No es para nosotros ni para nuestra especie.

El hombre busca el contacto de los demás seres vivos probablemente porque su propia especie ha evolucionado en constante asociación con ellos y ha conservado de su pasado evolutivo la necesidad biológica de esta asociación.

La naturaleza humana se ha visto tan profundamente afectada por las condiciones bajo las cuales ha evolucionado que la mente es, en cierto modo, un espejo del Cosmos. Los primeros padres de la Iglesia ya tuvieron conciencia de esta relación, como puede leerse en Orígenes que dice al hombre: “Tú eres un segundo mundo en miniatura, el Sol y la Luna están e ti, y también las estrellas”. Casi dos mil años después, el biólogo inglés Julian Huxley, reformuló el pensamiento de Orígenes en términos modernos y lo amplió para incluir sus propios conceptos de la evolución psicosocial.

“El tipo humano se convirtió en un microcosmo que, gracias a su capacidad de autoconsciencia pudo incorporar partes cada vez mayores del microcosmos, organizarlas en formas nuevas y más ricas y luego, con su ayuda, ejercer nuevas y más poderosas influencias sobre el macrocosmos”.

 

Las palabras de Huxley implican dos actitudes distintas pero complementarias ante la Tierra. El hecho de que el hombre incorpore parte del Universo a su ser constituye una base científica para el sentimiento de reverencia que siente hacia el mundo que vive. Pero el hecho de que pueda actuar sobre el mundo exterior lo hace comportarse a menudo como si fuera extraño a él e incluso su amo, una actitud que durante los dos últimos siglos ha llegado a ser casi universal.

La expresión “conquista de la naturaleza” es sin duda una de las más censurables y engañosas de las lenguas occidentales, pues refleja la ilusión de que todas las fuerzas naturales pueden ser totalmente controladas y expresa el concepto criminal de que la naturaleza debe ser considerada principalmente como una fuente de materia prima y energía al servicio del hombre. Esta opinión de la relación del hombre con la naturaleza es tan destructiva como filosóficamente insostenible. Una relación con la tierra basada únicamente en su utilización con miras al enriqueciendo económico está destinada a provocar no sólo su degradación, sino también la de la propia vida humana. Es una perversión que, de no corregirse en breve, se convertirá en una enfermedad fatal de las sociedades tecnológicas.

Los dioses del hombre primitivo estaban íntimamente vinculados a la Tierra, y su culto infundía veneración y respeto por ella. Pero el respeto no implica una actitud pasiva; evidentemente, el hombre primitivo manipulaba la tierra y utilizaba sus recursos. Todos los cultos primitivos estaban ligados a la magia, que era un intento de dominar la naturaleza y la vida a través de las influencias ocultas que supuestamente habitaban en el mundo invisible. Entre religión y magia existe una diferencia fundamental. La religión hace referencia a las cuestiones fundamentales de la vida humana, mientras que la magia gira en torno a problemas específicos, concretos y detallados. Nuestra salvación depende de nuestra capacidad para crear una religión de la naturaleza y un sucedáneo de la magia que convenga a las necesidades y al conocimiento del hombre moderno.

Los problemas de pobreza, enfermedad y deterioro ambiental no pueden resolverse simplemente mediante el uso cada vez mayor de tecnología científica. Los remedios tecnológicos suelen acabar en un embrollo de consecuencias imprevisibles y a menudo entrar en conflicto con las fuerzas naturales. Ciertamente, la magia tecnológica no es mucho mejor que la primitiva en lo que respecta a las cuestiones fundamentales de la existencia humana, pero es mucho más destructiva.

Un mayor conocimiento de las relaciones del hombre con la Tierra podría permitirnos ser todavía más cuidadosos con el mundo natural de los que lo fueron nuestros antepasados; probablemente la razón informada sea una guía mejor para la correcta administración de los recursos naturales de lo que lo fue la superstición o el temor. Sabemos que la parte del planeta que vivimos no es materia muerta, sino un complejo organismo vivo con el cual somos interdependientes; también sabemos que ya hemos utilizado un gran porcentaje de los recursos que se han acumulado en el curso de su pasado geológico. De hecho, la situación de las reservas de recursos naturales es tal que los intereses prácticos y egoístas de la raza humana estarán mejor servidos si se adopta una actitud ética.

Desde el principio de los tiempos, la relación del hombre con la Tierra ha trascendido de la simple experiencia directa de la realidad objetiva. Los pueblos primitivos se sienten aún inclinados a dotar de poderes misteriosos a las criaturas, a los lugares e incluso a los objetos; ven dioses y diosas por doquier. Con el tiempo el hombre comenzó a creer que los diversos aspectos de la realidad eran las expresiones locales o diferenciadas de una fuerza universal, del culto a los dioses pasó a profesar el culto a Dios. Dado que en el mundo moderno tanto el politeísmo como el monoteísmo están perdiendo su antigua fuerza, se da por sentado que la época actual es irreligiosa. Sin embargo, quizá estemos ascendiendo a un estado superior de religiosidad. Actualmente, la ciencia se ocupa menos de la descripción de objetos y acontecimientos concretos que del estudio de las relaciones que se dan en sistemas complejos. Con nuestro conocimiento científico de los procesos por medio de los cuales la Tierra pudo albergar vida humana y de los mecanismos que relacionan al hombre con el Universo, quizá estemos a punto de recuperar la experiencia de la armonía y de la intimidad con lo divino. Toda visión verdaderamente ecológica del mundo posee resonancias religiosas.

Sigue en la Circular de Mayo de 2007.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿POR QUÉ EL DIABLO?

 

A partir de aquí se ordenó una persecución en contra del culto del dios prófugo, sus estatuas fueron derribadas y hechas pedazos. Su nombre, sus insignias, su imagen, sus inscripciones, fueron buscadas con afán por todas partes y borradas y mutiladas encima de los mismos monumentos en que se hallaban, de tal manera que apenas si escapó algo de tales requisas. En los cartuchos reales su nombre fue sustituido por el de otro dios. Los sacerdotes egipcios dirigían las persecuciones y las llevaban a cabo con al ahínco, que en los monumentos que no podían ser mutilados ni destruidos, al borrar su nombre y su imagen, lo sustituían por el nombre y la imagen de Osiris para que las generaciones venideras, no encontrando un vacío, ni siquiera pudiera sospechar que Seth había existido. Al subir al trono la XXI dinastía ya no quedaba en Egipto de él ningún vestigio; y a partir de esa fecha, ya no se le encuentra como un dios, sino como un ser perverso, representado por un reptil, al cual combate Horus, el dios de la Vida sobre la Tierra, del día naciente, de la vegetación que florece, del nuevo Sol que brilla en el espacio.

A partir de aquí sólo se le dan nombres de significación siniestra, y se le llama el dios malvado que se sacia de cadáveres, que devora los corazones, que aterra a los débiles. Los días dedicados a él, son días nefastos; lo invocan todos los que quieren producir maleficios. Su figura es la de una serpiente y, algunas veces, la de un cuervo o un asno. Cuando está en las constelaciones celestes del período de invierno, se presenta bajo la forma de un hipopótamo. Se le cree padre del feroz cocodrilo; se le atribuye haber creado dioses malvados de Fenicia, como Annata y Astarté, grandes diosas que conciben y paren. Y se afirma que él es quien sale al atajo del divino Osiris para detenerlo en su carrera, que él es quien se apodera de la luz y derrama las tinieblas, y que no sólo reina sobre los bárbaros pastores de Asia, sino que también es el dios de los negros etíopes, de esos hombres tan feroces que tienen el propio color de las tinieblas.

A partir de aquí, Osiris viene a cumplir el puesto que antes ocupara Seth, y reina con Isis su esposa, diosa de la Naturaleza, y con Horus, su hijo, emblema de la vida. Osiris, Isis y Horus todos tienen la misma edad y juntos forman la sagrada Trinidad del Universo, que no es distinta de Osiris, sino que es Osiris mismo, que en sí mismo se engendra y se renueva. Pero Tifón quiere vengarse, y un día ayudado de setenta y dos demonios, coge a Osiris, lo encierra en una caja de madera, la hace sellar con plomo derretido y lo echa al Nilo, en donde el dios muere ahogado.

El Nilo al sentirse en su seno el dios muerto, crece, brama, se desborda e inunda los campos con sus enrojecidas aguas. Entonces Seth esparce sobre la Tierra su hálito frío, amortigua la luz, y seca las llanuras. Al ver todos los seres la muerte del dios, todos le lloran; hasta las plantas participan del dolor universal, tanto que de tristeza languidecen y mueren. El escarabajo se esconde debajo de las piedras, el ibis huye a otros países, el cocodrilo se sumerge en el cieno, y el Egipto desolado va en peregrinación gritando, “el dios ha muerto” mientras que el maléfico Seth todo lo agosta.

La diosa Isis, desesperada va recorriendo la Tierra llamando a gritos a su divino esposo, hasta que lo encuentra en Biblos, donde las aguas habían llevado la caja que lo contenía, y que el malvado Seth arrojara al Nilo. Al llegar la caja en tierra de fenicios se había detenido debajo de un pino, el cual creció enseguida a causa de la fuerza del dios que la caja contenía encerrado, y la envolvió, quedando convertido en un gigantesco cedro.

El árbol fue cortado y llevado al palacio del rey de Biblos para hacer de él una columna que sostuviera el techo que era el propio cielo, y se apoyara en el infierno. Isis lo sabe, informada por Anubis, y tocándola con la mano, hace salir de ella la caja y el cadáver de su esposo, el cual esconde en el interior del bosque. Pero es en vano. Seth lo ha visto y coge el cadáver, lo corta en catorce pedazos y lo esparce con furia a su alrededor. Isis los busca y los encuentra todos, todos menos uno; el que le faltaba era el órgano que la fecundizaba. Entonces, reconstruyendo el cuerpo, pone en lugar del miembro ausente una espiga de sicómoro y el difunto Osiris se levanta resucitado, y envía a su hijo Horus para que mate a Seth, y Horus, con el auxilio de Toht, el tiempo, le vence pero no le mata, y luego reina en el cielo brillando en el espacio azul, al tiempo que Osiris viene a ser el dios de las regiones inferiores.

La idea metafísica de este mito nos la sugieren los escritores griegos. A pesar de la interpretación exacta de los jeroglíficos sería hoy difícil precisar si en épocas anteriores no se tuvieron otros conceptos de la idea del Mal.

En el Egipto la vegetación surge casi por sí sola, basta que el hombre o las aves viertan la semilla en los campos sobre los que el Nilo ha depositado su limo, para que las plantas broten lozanas a la siguiente estación. El egipcio veía al vegetal crecer a impulsos del Sol que hace germinar los granos hundidos en el seno de esta tierra preparada naturalmente; veía los animales esconderse en una época y reaparecer en otra; veía las inundaciones periódicas del Nilo, que cada año se reproducían con una exactitud casi matemática. Las aguas bajaban enrojecidas por la tierra, se derramaban sobre los campos y luego se retiraban y todo se secaba. La inundación duraba 72 días, y durante este tiempo el Sol palidecía no volviendo a cobrar su fuerza hasta la estación siguiente. Pues bien, el Egipto creyó que el Sol, Osiris, era un dios intermitente, que era asesinado por Seth, el invierno, con la ayuda de los 72 días de inundación. Los vegetales que crecían después de la inundación, lo hacían por contener la fuerza del divino Osiris y eran simbolizados por el cedro de Fenicia. Isis, la Naturaleza pasiva, representada por la Luna, la evocaba; aparecía luego el Sol más potente de la primavera que hacía surgir la vegetación; era Horus, que triunfante de Seth, se levantaba radiante en el cielo para reinar en él. Y este drama se repetía en Egipto cada año al cambiar las estaciones, en el inmenso teatro de la Naturaleza.

La lucha de Osiris – Horus con Seth, no sólo se reproducía cada año, sino que era también cotidiana. La noche y el día, la luz y la oscuridad, eran el resultado del triunfo del uno o del otro de los dos divinos adversarios.

Para los egipcios, el cielo era una bóveda de agua que nos circunda como un hemisferio cuyos bordes se apoyaran sobre los límites de la superficie plana de la Tierra. Debajo de la Tierra estaban unas regiones inferiores llamadas el Amenti, que equivalían al infierno cristiano. Allí moraban los diablos tifónicos, y allí iban a parar los hombres después de la muerte para atravesar aquellas regiones y sufrir en catorce lugares diferentes las pruebas para la resurrección. Los muertos pasaban por debajo de la Tierra para resucitar luego, cual el Sol se sumerge para salir al día siguiente, y los espíritus maléficos de Seth les disputaban el paso, lo mismo que a Osiris.

El Sol era Ra durante el día, y recorría el océano celeste con su barca seguido de una infinidad de dioses y de espíritus luminosos, que eran las inteligencias de los puros que vivieron ya lo bastante sobre la Tierra y salieron triunfantes de sus pruebas en el infierno. El Sol, cuando llegaba a la puerta, entraba en él por la boca de occidente. Entonces moría y era Osiris, y sufría un combate con Seth, que en forma de serpiente Apofi quería detenerle en su curso. Él, lo mismo que los que sucumbían sobre la Tierra, sufría la prueba de ultratumba a que le sujetaban los demonios de Seth que se hallaban en los pliegues del infierno; pero Osiris triunfaba lo mismo que los muertos puros, y entonces salían resplandeciente como dios hijo, dios resucitado u Horus. Los rayos resplandecientes de sus ojos penetraban, animaban y fortificaban todos los seres, y se remontaba por la boca de Oriente con su barca siguiendo el curso de las aguas celestes, con el séquito de las inteligencias luminosas de los que triunfaron en el infierno y se le habían unido en su viaje subterráneo.

Para el egipcio el dio que ordenó el mundo al levantar las aguas de la bóveda celeste, al hacer flotar en ellas los dioses resplandecientes de los astros, al hacer correr las aguas de los ríos y brotar los vegetales, provocó las fuerzas malhechoras de la Naturaleza, y éstas luchaban continuamente para destruir la obra divina. Los enemigos de la luz y de la vida, presididos por Seth, en forma de serpiente, amenazaban de continuo el orden de la Naturaleza y cada día lo destruían. Pero a fin de resistir la acción destructora, el dios vivificador cada día la creaba de nuevo, lo mismo que cada año.

Tal era la concepción filosófico-religiosa del Mal en el dogma egipcio.

Continuará en la Circular de Mayo de 2007.

 

 

 

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