ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

 

 

 

                                                                                  

                                                                                   Circular nº 3 , año XI

                                                                                   Bunyola, 1º de Marzo de 2.005.

 

 

VIDA DE SAN PABLO.-

 

 

          En el puerto de Panormus, saltaron los viajeros apostólicos y tomaron un bote que, por un canal de dos kilómetros, los llevó a un pequeño puerto interior al pie de los soberbios edificios de Éfeso.

          Al desembarcar, Pablo y sus amigos se giraron en plena Ágora. No lejos de allí se divisaba el inmenso semicírculo del teatro griego.

          Éfeso, abierta al mar y cerrada al norte, este y sur por los montes Coressus, Pion y Gallesión, recordaba una gigantesca concha aún verde, con la opulencia de sus edificios en primer plano y la sonriente poesía de sus hermosos palacetes situados en las lujuriantes faldas de las montañas. Por la espalda de los montes adyacentes todavía se descubren restos de la muralla con que Lisímaco, sucesor de Alejandro Magno cercó la ciudad.

          Existía en Éfeso una colonia israelita con la correspondiente sinagoga. Ya que el navío permanecía en el puerto hasta la próxima semana, aprovechó Pablo y el día del sábado habló sobre el Mesías que apareciera en la persona de Jesús de Nazareth. Tan grande fue el entusiasmo despertado por su disertación, que el apóstol tuvo que prometer volver a su regreso.

          Partieron.

          En Jerusalén parece no fue muy afectuoso el recibimiento al gran evangelizador. Lucas refiere que “Pablo subió y saludó a la cristiandad.”

          ¡Hecho extraño! En la capital de Judea no llegó a florecer propiamente el Evangelio del Cristo, como por ejemplo en Antioquía, Roma, Corinto, en las ciudades de Macedonia, etc. Los cristianos palestinos vivían aferrados a las estrecheces del antiguo formalismo de la ley mosaica: el “paño nuevo” del Evangelio no sentaba bien a los “vestidos viejos” de las tradiciones paternas: los “odres viejos” de la mentalidad judaica demasiado ritualista no comportaba el espíritu del “vino nuevo” cosechado en el Gólgota. Los cristianos venidos del gentilismo comprendían mejor el alma libre, amplia y universal del cristianismo que los hijos de Abraham.

          El islamismo nacido en Arabia es, hasta hoy, una religión esencialmente arábiga; su centro de gravedad coincide con su lugar de nacimiento, mientras que la cuna del Evangelio nunca desempeñó un papel importante en la evolución posterior del cristianismo; en el primer siglo se trasladó la central de la ideología cristiana de Asia para Europa, y los pueblos que mejor comprendieron las doctrinas del rabí galileo no fueron semitas, sino los otros pueblos de la Tierra. Prueba esto que el carácter del Cristo no era judío-nacionalista, sino internacional, global, genuinamente universal.

          Pablo parte de Jerusalén y va para Antioquía y otras ciudades del Asia Menor, que había conocido en su anterior viaje evangélico.

          Con esta tercera expedición alcanza la vida de Pablo la plenitud de sus glorias externas.

          Pero, en este año 52 o 53, comienzan a acumularse también en todos los horizontes las nubes oscuras de la oposición contra su persona y su obra. El héroe va al encuentro de su catástrofe, pero va con paso firme. En ese cuerpo frágil y enfermo habita un alma de inquebrantable energía e iluminada por un ideal sublime.

          Nada grande ocurre en el mundo sin que alguien sufra o muera. El anfiteatro y la hoguera, la horca y la cruz, las piedras y la espada señalan los marcos milenarios de la historia donde nació algún torrente de nueva vida espiritual. Ningún paso decisivo de la humanidad, sin que alguno de sus hijos expire en aras del sacrificio. No nace una vida nueva sin que la  preceda una muerte. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quedará estéril . . .”

          La clarividencia de los grandes hombres de la humanidad es tenida por la masa de los mediocres, como locura o presunción. La rutina crucifica al genio. Tan puro es el idealismo de las grandes figuras que los impuros no les perdonan jamás esa superioridad y sienten como ofensa personal toda y cualquier excelencia ajena.

          Desde el gran conflicto de Antioquía entre el partido de los étnicos cristianos de la ciudad  y los judíos cristianos de Jerusalén, se organizó en el seno de la comunidad de los judíos cristianos una poderosa facción anti-paulina. No reconocían a Pablo igual que a los otros apóstoles que habían visto al Señor. Con los crecientes triunfos de Pablo en Asia y en Europa crecía también la envidia en aquellas almas mezquinas. La progresiva celebridad del gran evangelizador, las simpatías y el amor que millares de neófitos le consagraba, provocaron entre judíos y cristianos del otro partido una intensa propaganda, una campaña sistemática e difamación y descrédito, que sólo terminó con la muerte del apóstol y la destrucción de Jerusalén.

          La iglesia del Cristo consta de un elemento divino y de elementos humanos, y esos últimos están sujetos a todas las miserias de los hombres. Si el cristianismo no fuese mejor que la mayor parte de los cristianos, sería blasfemia designarlo como obra del Cristo. Si la Iglesia fuese destructible, ciertamente los cristianos habrían desaparecido; no lo conseguirán y esta es la prueba máxima de su divinidad. “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella . . . “ A despecho de los cristianos, existe y florece el cristianismo, o mejor, el mensaje del Cristo.

          En Antioquía “demoró Pablo algún tiempo”, dice Lucas; descansó en placentera convivencia con sus amigos y grandes auxiliares evangélicos. Probablemente se hospedó en  la calle Singon, donde residiera la vez anterior. Es posible que en esa ciudad haya encontrado a Simón Pedro, Juan Marcos y, tal vez, a Bernabé.

          Se adelantaba el otoño y, como Pablo acostumbraba iniciar sus grandes viajes en primavera, es de suponer que hubiera pasado el invierno en Éfeso.

          En esta ciudad, parece se le asoció el joven Tito, cuyo nombre no es citado en los Hechos de los Apóstoles, pero que desde ahí en adelante, desempeña un papel saliente en la vida del apóstol y den la primitiva iglesia. Silas, a su vez, desaparece del escenario. ¿Posiblemente Pablo lo cedió a Pedro, de quien se tornó más tarde colaborador y secretario?

          Pablo se despide de sus amigos en Antioquía y, trasponiendo el Taurus y el desfiladero de Cilicia, regresa al norte, rumbo a la Galacia, “a fin de visitar sucesivamente” las comunidades que había fundado: Derbe, Listra, Iconio, Antioquía de Pisidia . . . y sus ramificaciones.

          A mediados de Junio del 53 llegó a Derbe, donde ganó un nuevo discípulo, de nombre Gaio. Por más prisa que se diera, imposible realizar ese “viaje de inspección”, en menos de dos o tres meses. A principios de Septiembre partió, atravesando las montañas Frigia, hasta alcanzar después de un viaje de más de 500 kilómetros, la ciudad de Éfeso. Quiero decir que sólo de Tarso a Éfeso recorrió una extensión de más de 1.000 kilómetros. En el caso de que, como algunos historiadores admiten, haya visitado la Galacia Septentrional, se añade 600 kilómetros más, con un total de 1.700 kilómetros. En la antigüedad, el recorrido diario de un caminante era de una media de 25 kilómetros y si fuera un “correo imperial” de 37 kilómetros. De manera que Pablo habría recorrido esos 1.700 kilómetros en unos 68 días.

          En cualquier caso, hay que confesar que era magnífica la resistencia física de este organismo de salud tan precaria, pero servido por un gran espíritu dotado de una inquebrantable energía. Bien podía afirmar Pablo a sus oyentes y lectores: “Mantengo mi cuerpo en disciplina y sujección . . .”

          El hombre sólo es verdaderamente grande cuando es animado por un ideal superior a sí mismo. Solamente esto merece la admiración den sus semejantes y la inmortalidad a través de los siglos.

 
 

Continuará en la Circular de Abril de 2.005.

 

 

 

 

 

 

 

 

SAN FRANCISCO.-

 

 

 

 

San Francisco tuvo entonces la inspiración que le permitió, de un solo golpe, resolver todas las dificultades. Dictó su primera regla transcribiendo algunos versículos del Evangelio: los mismos que Jesús le dictara en la Porciúncula, al revelarle la misión que le estaba reservada: “Id y pregonad el reino de Dios; no guardéis ni oro, ni dinero, ni moneda en vuestros cintos, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el trabajador es digno de su sustento.” El Santo Padre, pensaba Francisco, no irá a censurar y mucho menos repudiar la palabra de Cristo, con la cual hago mi regla . . .

El trovador de Dios tenía razón. Su simplicidad y, ¿por qué no decirlo? La santidad de su ser, estaba destinada a vencer las oposiciones de la curia romana, pues era necesario contar con oposiciones. Imaginemos la llegada, en plena corte de Roma, en medio de la pompa de los príncipes de la Iglesia, de ese extraño grupo, conducido por el Pobrecito de Asís; una docena de vagabundos desarrapados, de los cuales se decía que pacificaban las ciudades, abatían las consciencias, transformaban los corazones, conversaban con los pájaros, domesticaban los lobos y venían a pedir permiso para vivir según el Evangelio.

Pero la aguda inteligencia de Inocencio III no se dejó engañar. Vio el peligro que había en oponerse a tal petición, así como la ventaja de la Iglesia en asegurarse la participación de aquellas almas fervientes y sinceras. Se trataba sólo de consagrar un movimiento que se anunciaba como aliado posible en la lucha del papado contra las numerosas herejías que habían aparecido en aquellos años. Después de algunas consideraciones inevitables, ante la firmeza de Francisco, provisto de la autoridad que le daba su profunda fe, el Pontífice aprobó la regla y dio su bendición a la Hermandad. Era el verano del año 1.210; nacía la Orden Franciscana.

La creación laica de San Francisco era ahora, para bien o para mal, una institución eclesiástica. El movimiento franciscano, aunque contra su voluntad, era desde ahora en adelante infiel a sus orígenes; el profeta abdicaba, y no podía actuar de otro modo, en las manos del sacerdote. Un aspecto más entre tantos otros, de la lucha perpetua que siempre se opone al espíritu puro por necesidades de la vida. Pero las leyes del espíritu son las leyes de la libertad. Entre los hijos de San Francisco, muchos deberían morir para reconquistarla. En cuanto al maestro, ninguna alteración en su naturaleza ni en su vida. En el momento en que la dirección de la Orden se transformó en tarea de importancia, Francisco la transfirió en manos de otros; él, sin embargo, el creador de ese vasto movimiento espiritual que se debía de expandir por todo el mundo, permaneció hasta el fin siendo el Pobrecito de Asís, el simple amigo de los hombres y los animales, el puro místico, el poeta de la Naturaleza y del Alma, el trovador de Dios.

Francisco era un hijo de su tiempo  y, a veces, se sentía tentado por el deseo de esa dulce paz total, que en la Edad Media se consideraba la suprema felicidad de los elegidos. Pero, en oposición a esas aspiraciones del alma, en Francisco se exaltaban el sentimiento del deber y la compasión humana, que le mostraban el camino que lleva al hombre a la acción entre sus semejantes. El Señor no le dijo en Porciúncula “¡Id a predicar!” ¿No había sido designado para aliviar el sufrimiento de los demás?

En los últimos años de su vida, cuando se sentía impotente ante la enfermedad, hizo su retiro en Verna. Antes de eso, aún debería transcurrir quince años. Tiempo de inmensa labor en los cuales, aunque confiando sucesivamente la dirección de la Orden a otros hermanos, Francisco continuó siendo el padre y consejero supremo. Ello le forzó muchas veces a sustentar luchas dolorosas y, a pesar de todo, fructíferas, por la defensa de los principios evangélicos de su primera regla. De hecho, el crecimiento cada vez más considerable de la Orden, dificultaba cada vez más la aplicación estricta de esos principios y la realización de la pobreza que Francisco deseaba fuese no solamente individual, sino sobre todo colectiva para cada una de sus comunidades. Contra su voluntad, más de una vez tuvo que modificar su regla original: poco a poco esa regla ampliada acabó transformándose en el estatuto de un poderoso organismo de la Iglesia, con ramificaciones en los países principales de Europa, enviando misioneros más allá de los mares. El propio Francisco tomó parte en dos de estas misiones: en 1.214 estuvo en España y en 1.219, junto con otros compañeros de la Orden, fue a reunirse con la Cruzada en Egipto. En esa ocasión, consiguió atravesar las líneas enemigas y llegar hasta el Sultán, al cual expuso la belleza de la fe cristiana. Su encanto personal le permitió salir vivo de esa aventura y ser devuelto con honor hasta el campamento de los Cruzados.

Pero fue, especialmente en Italia, donde sus predicaciones incansables se realizaron. Las biografías abundan en relatos edificantes y conmovedores al describir ese período de su vida. Desde los primeros años de sus predicaciones, la fama de santidad comenzaba a formarse en torno a su nombre. Las conversiones que hacía no podían calcularse. En cada ciudad que visitaba, la multitud corría a la plaza pública, lugar preferido por Francisco para sus prédicas. Su persona ejercía una influencia magnética en el auditorio y sus palabras llegaban al fondo de los corazones. Después comenzaron a traer enfermos, ciegos, que él curaba con la imposición de las manos, liberando a los posesos de sus obsesiones. Además, las crónicas relatan numerosas pruebas de facultades misteriosas que le permitía ser comprendido por los animales  y hablar con ellos; se destaca sus sermones a los pájaros, ya muy conocidos.

Sea como fuere, el poder de sugestionar, carácter tan esencial del verdadero maestro, le fue ampliamente concedido. Ese poder le trajo innumerables triunfos espirituales. Uno de los más bellos, sin duda alguna, fue la adhesión de una suave muchacha a la Orden Franciscana. Ella iba a ser una de las columnas de esa Orden. Esa mujer, oriunda de una familia aristocrática de Asís, iba a ser la futura Santa Clara.

En una noche de Marzo de 1.212, numerosas antorchas iluminaban el bosque de la Porciúncula hasta la carretera que conduce en dirección a Asís. A la luz de los fuegos, los hermanos franciscanos iban al encuentro de Clara que, acompañada de una de las hermanas había huido de la casa paterna para unirse al maestro y hacerse consagrar por él al servicio del Señor. Tenía 18 años de edad. La escena, tan rica de poesía medieval, era característica de ese tiempo. Los monjes acompañaron a la neófita hasta la capilla de la Porciúncula donde Francisco la esperaba. Postrada ante él, Clara declaró su voluntad de entrar en la religión y pronunciar los votos. Entonces, el maestro rapó el cabello de la joven y la vistió con la túnica rústica franciscana. Seguidamente, en medio de las oraciones y cantos de alegría de los frailes que portaban las antorchas, el maestro llevó a Clara a un convento de benedictinas no lejos de la ciudad, donde ella permaneció algún tiempo. Más tarde, de acuerdo con el obispo de Asís y el desagrado de la oposición de la familia, Clara y su hermana, que en ese tiempo había hecho los votos, fueron transferida a San Damián, la capilla restaurada algunos años antes por Francisco y a la cual se había añadido un presbiterio.

Así nació la Orden de las Clarisas. Orden de religiosas clausuradas, consagradas a la oración, al trabajo y a cuidar enfermos. Francisco dictó la regla de esa segunda Orden, aprobada por Inocencio III. La regla prescribía a las hermanas vivir de acuerdo con el Evangelio; y ellas recomendaban la manutención de un privilegio: el de la pobreza. Para defenderlo, Clara, del mismo modo que Francisco, tuvo que luchar contra los representantes de la Iglesia que, con alguna razón, querían garantizar la existencia material de las Clarisas, de la misma forma que la de los frailes menores.

La Orden de las Clarisas fue también llamada la segunda Orden Franciscana. En cuanto a la tercera orden, la Orden Terciaria se constituyó en principio de numerosas personas que, permaneciendo en el mundo, manifestaron a Francisco el deseo de vivir según sus preceptos y siguiendo su ideal. Francisco hizo también una regla para esos simpatizantes. Ella les facultaba la posibilidad de, sin dejar las cosas de este mundo, participar de la Orden Franciscana. Actualmente esta Orden cuenta con casi tres millones de miembros esparcido por todo el mundo.

La entrada de Clara en la vida de Francisco fue un acontecimiento feliz para él, le trajo la ternura. Hay en todo eso algo muy bello y extraño por su rareza: la comunión espiritual de dos almas de elite, unidas por un ideal superior. Francisco retornó a San Damián numerosas veces para volver a ver a Clara y sus hermanas; principalmente en los últimos años de su vida, donde encontraba gran alivio para sus preocupaciones crecientes y sufrimientos físicos.

 

 

Durante su permanencia en Oriente, Francisco había contraído un grave problema en los ojos que lo volvió casi ciego. Todavía más, su organismo frágil estaba especialmente delicado por la vida severa que llevaba. De hecho, se imponía a sí mismo todas las fatigas de un intenso apostolado que le obligaba a viajar en todo momento, mal alimentado, mal vestido, sin cuidar su salud.

Al final llegó el momento. Era Agosto de 1.224 y el maestro contaba 42 años de edad. Francisco sintió la necesidad de un aislamiento prolongado. Utilizó entonces la donación generosa que el conde Orlando di Chuise había hecho a él y sus hermanos. La donación incluía un monte situado en el Casentino, entre los altos valles del Arno. Era la famosa Verna, también denominado Monte Alverne. Fue en esa montaña solitaria y llena de matas, que Francisco y un pequeño grupo de hermanos, mal abrigados en cabañas hechas de ramas, pasaron dos meses enteramente entregados a la devoción, oración y meditación. Francisco ocupaba una celda apartada de los demás frailes y falta de cualquier comodidad, cerca de la cual era colocada su escasa comida diaria.

Se comprende que en tales condiciones su estado enfermizo sólo pudiese empeorar. Pero el golpe más grave para su minado organismo, fue al mismo tiempo el acontecimiento crucial de su vida. Esto ocurrió el 14 de Septiembre de 1.224; el fenómeno de los estigmas que se producía en esos momentos, el milagro.

Considerada en sí misma, libre de cualquier interpretación, la estigmatización de San Francisco es un hecho objetivo, cuya autenticidad nos es probada por gran número de testimonios y de tal cualidad, que no tenemos derecho a colocarlos en duda. Francisco pasa los días orando, absorbido por el intenso deseo de sufrir por Jesús, con Jesús, de sus iguales padecimientos. De repente, tiene una visión y un dolor agudo atraviesa todo su cuerpo. Al levantarse, observa que sus manos, sus pies, su costado, tienen el trazo de las heridas del Crucificado. Esas heridas jamás cicatrizaron; por más que procuró esconderlas, las conservaría hasta la muerte.

Ese fenómeno o milagro de estigmatización de un Santo se realizó varias veces en el pasado. Actualmente, es conocido por muchas personas. En el año 1.935, en un convento del Sur de Italia, otro monje franciscano, el Padre Pío de Petralcina, recibió los estigmas. Un análisis riguroso, llevado por una comisión de médicos, confirmó el hecho. El Padre Pío también realizó, aunque contra su voluntad, diferentes acciones milagrosas atribuidas a San Francisco y a otros santos: curas a distancia, lectura del pensamiento de otros, levitación, etc.

 

 

Después de los hechos relatados San Francisco viviría dos años más. Fueron dos años de sufrimientos supremos y grandes realizaciones. Los sufrimientos le venían de los ojos, de todo su organismo tan debilitado y, sobre todo, de los estigmas que, entre otras cosas, dolorosamente le impedían caminar. Quince días después del milagro, Francisco estaba completamente agotado. Entonces los frailes resolvieron trasladarlo a Asís a lomos de un burro. Podemos imaginar, la emoción del estigmatizado al decir adiós para siempre, a la montaña donde se había desarrollado el drama de amor y sufrimiento, que había concretizado la completa unión de su ser con Jesús el Cristo.

El 30 de Septiembre de 1.224, el pequeño grupo de frailes se puso en marcha. Fue un viaje triunfal; por todo el trayecto el pueblo aclamaba al santo, traían enfermos para sanarlos, niños para ser bendecidos. En Porciúncula, San Francisco se detuvo un poco: quería proseguir su obra de evangelización y siempre a lomos del burro viajó por Italia durante varios meses. Pero, en el verano de 1.225, un terrible recrudecimiento de sus males le forzó a interrumpir su viaje. Se refugió en San Damián. Con sus manos, Clara construyó para él una celda hecha de cañas, en el jardín del monasterio. Allí pasó San Francisco algunas semanas, durante las cuales tuvo que sufrir las más duras pruebas. Su ceguera era casi completa; los dolores de las heridas difícilmente soportables: sufría tanto como puede sufrir un ser humano. Además, una legión de ratas que infestaban el lugar pasaban continuamente sobre su cuerpo, le impedían la última posibilidad de reposo. Entonces ocurrió otro milagro, esta vez completamente espiritual. De repente, las hermanas clarisas escucharon un canto melodioso, conmovedor, que parecía venir de la celda de cañas. El santo cantaba. Atormentado por los más profundos sufrimientos, cantaba un canto de alegría y de amor. El Trovador de Dios cantaba su última canción. Era el Cántico de las Criaturas, también llamado el Cántico del Sol, que de la miserable cabaña se elevaba en dirección al cielo.

La composición de ese maravilloso cántico pareció haber producido cierta mejora en el sufrimiento del enfermo. Durante toda una semana, el Santo lo repetía todos los días. El lego, el poeta, el artista de los viejos tiempos, parecían revivir en él. Entonces accedió a las peticiones del cardenal Ugolino, protector de las Órdenes Franciscanas y amigo de Francisco, instándole a tratarse con un médico conocido que residía en la ciudad de Rieti. El tratamiento, que consistía en una cauterización extensa sobre la cabeza que el Santo soportó sin pestañear, no tuvo el menor éxito. A pesar de eso, quiso volver a predicar y con una fuerza de voluntad indomable, prosiguió su apostolado en varias ciudades de la región. Una serie de mejoras súbitas y recaídas sucedieron hasta el verano de 1.226.

 

 

 

 

 

En ese momento, los frailes que lo acompañaban juzgaron que el fin del Santo había llegado y de acuerdo con él, decidieron transportarlo definitivamente paran Asís. Después de llegar, Francisco pidió ser llevado a la Porciúncula.; pero fue necesario instalarlo en el Palacio Episcopal, debido a la imposición del pueblo, que deseaba mantener al Santo a su alcance. Para mayor seguridad, fueron dispuestos guardias en las proximidades del Palacio.

Fue una lenta agonía desde Julio hasta Septiembre agravada por las preocupaciones del moribundo, atormentado por el futuro de su Orden, que veía se apartaba cada vez más del ideal de su inicio. Es necesario comenzar de nuevo, pensaba. Crear nuevos grupos que no olvidaran la humildad, ir como antes a servir a los leprosos, colocarse no de palabras sino de actos, al nivel de los pobres, de los desheredados.

Aunque agonizante, aún tuvo fuerzas para dictar sus últimas instrucciones a los hermanos, en una larga carta que fue célebre. Dictó otra carta dirigida a Clara, prometiendo que en breve iría a San Damián. Y, para tranquilizar a su amiga espiritual, muy inquieta con su estado de salud, adjuntó a la carta una canción en lengua vulgar, a la que había puesto música.

Finalmente, debido a su insistencia, lo trasladaron a Porciúncula. Su voluntad de morir cerca de la humilde capilla tan querida por su corazón iba a ser cumplida. Los últimos años de la vida de Francisco son de una belleza radiante. Para resumir la impresión de aquellos que lo vieron en tal ocasión: dicen que el santo fue cantando al encuentro con la muerte.

El cambio de lugar pareció haber sido favorable al enfermo; una calma relativa le permitió dictar su testamento que, al lado de las instrucciones transmitida a los frailes, representa la manifestación más pura y solemne del pensamiento franciscano. Tenía entonces cuarenta y cinco años.

Deseó terminar su vida con un acto simbólico, que recordase la escena del Obispado, cuando el joven Francisco se despojó de sus vestiduras para no guardar nada que proviniera de la fortuna paterna. Pidió lo extendiesen en el suelo, porque deseaba morir en brazos de su Dama, la Pobreza. Pero los amigos lo repusieron luego en el lecho y, para atender su voluntad, cantaron nuevamente el Cántico del Sol. Era el 1º de Octubre.

El 3 de Octubre de 1.226, durante el crepúsculo, el Santo, sin dolor, expiró. En el mismo instante, viniendo de todos los puntos del horizonte, una nube de alondras – sus amigas – descendió cantando y ocupando todo el techo de la celda de Francisco, expandiendo por todo el espacio sus trinos.

F I N

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

 

 

 

La evolución no pertenece sólo al período de los primitivos volcanes de la tierra, de los dinosaurios y primates del pasado distante, una historia antigua, totalmente fuera de nuestra vida diaria. Constituye un principio vivo que está actuando dentro de nosotros ahora. Siempre cuando, sin esfuerzo, movemos una mano para tomar algo, para construir, para escribir o para acariciar, estamos haciendo uso de unas habilidades que ha llevado millones de años para desarrollarse. Cuando inconscientemente concentramos nuestros ojos para calcular una distancia, con percepción de profundidad o cuando clasificamos y damos categorías  o pensamos con lógica, debemos eso a secuencias complejas de desarrollo que tuvieron su inicio en un pasado distante. Cuando usamos las sorprendentes habilidades, compartidas por un organismo altamente evolucionado, como es nuestro cuerpo, raramente pensamos en las eras de evolución que hay detrás de ellas, o reconocemos que toda la secuencia evolutiva está presente ahora en nosotros y que, latente en las profundidades de nuestro subconsciente, se encuentra la semilla de todas las capacidades futuras que nosotros y nuestra especie desarrollamos. Comprender la evolución es comprendernos a nosotros mismos.

El espiritualismo conoce la evolución cósmica y espiritual, así como la física. Visualiza la Realidad fundamental inmaterial como la Fuente creadora de la cual emergen las innumerables corrientes de la vida. Nuestro mundo finito evoluciona desde dentro hacia fuera, como resultado final de una lenta y gradual emanación de la Fuente infinita: la Mente Divina. Así, el espiritualismo se aparta de la ciencia en su relato de la rica y diversa manifestación de formas vivas que la evolución produce. Mientras que los hombres de ciencia consideran generalmente la materia como origen de la vida, el espiritualismo cree que fuerzas espirituales invisibles moldean las diferentes formas, en la medida que nacen y mueren, obedeciendo a una ley oculta. La Fuente trascendente continuamente sustenta y apoya toda la existencia, así como mantiene unidas todas las partes en dinámica relación con el Todo.

El espiritualismo afirma que la voluntad para la evolución de las formas se origina del ansia de liberar el potencial de la consciencia y no, como creen los científicos de cambios fortuitos en la materia. La ciencia, que puede estudiar sólo la historia de las formas no puede ver la potencialidad subyacente de la consciencia, actuando a través de la Mente Divina para crear formas adecuadas para su encarnación en diferentes fases. Todas las cosas tuvieron su origen en el Espíritu. La forma no es sino la expresión de la consciencia en un determinado nivel de evolución. La consciencia, bajo el aspecto de lado subjetivo de la Naturaleza, es la fuerza motora de la evolución.

 

 

 

 

Todos los principios metafísicos básicos están implicados y desempeñan un papel en ese fenómeno evolutivo: unidad, tiempo, espacio, movimiento, polaridad, campos y planos, ciclos. Cada principio es activado y viene a la existencia en el mundo siempre cambiante, a medida que evoluciona para acentuar el potencial divino, de una forma cada vez más precisa. El espacio y el tiempo, o el espacio-tiempo de la teoría de la relatividad, son el escenario en la cual se desarrolla el drama de la evolución. Pero es un escenario extraño, vivo, en el cual los actores están constituido de la misma materia que el plató, tal vez de un modo parecido a un película, cuyas imágenes básicamente no son diferentes de las que vemos en la pantalla. El tiempo surge con la primera palpitación de la vida que despierta en las profundidades del Espacio Oscuro. En aquél momento tiene inicio todo el maravilloso ciclo evolutivo, tal vez de manera semejante a las que los astrónomos modernos describen con la expresión “Big Bang”. El movimiento y el cambio, dan inicio a una cadena infinita de existencias que origina ejes cada vez más complejos y abarcando períodos de tiempo inimaginables.  Finalmente, todo el enorme esquema es reabsorbido en un pralaya o noche del Espacio Oscuro, cuando una vez más “el Tiempo no existía porque estaba adormecido en el Hondo Infinito de la Eternidad.” Hasta entonces el tiempo y el Espacio de Luz de un universo vivo apoyarán la evolución, en la medida en que ella desarrolla formas cada vez más sensibles.

          Se ha insistido que la evolución es causada y está lejos de ser una secuencia aleatoria como sustentan algunos científicos. Indica claramente que la evolución  tiene dirección: “todo el orden de la naturaleza revela una marcha progresiva en dirección a una vida superior.” Todo el vasto esquema evolutivo libera los poderes de la consciencia a través de la sensibilidad más elemental de la planta y hasta de los reinos minerales, así como de la inteligencia humana, aún no terminada de desarrollar. Modelos como el de la forma humana, con un cerebro extraordinariamente complejo pueden funcionar con nuevas órdenes de una inteligencia que está mucho más allá de aquellas formas primitivamente simples. La evolución avanza para producir formas cada vez más sensibles, a través de las cuales puedan manifestarse grados mayores de consciencia y hasta potencialidades más amplias de la Mente Divina.

          La dirección de la evolución se hace obvia cuando miramos los reinos de la Naturaleza, Como mostró Teilhard de Chardin, el impulso es la dirección de la complejidad de las formas acompañada de la evolución de la consciencia. En la medida que las formas se vuelven más complejas, la vida consciente se vuelve más rica, sutiles y variadas. Hasta en el nivel material más básico, las rocas reaccionan al inmenso calor y presión en las profundidades de la tierra, hasta la lenta presión del agua corriente, extendiéndose al efecto desintegrador de la vida vegetal. Aunque T.de Chardin concuerde con el espiritualismo de que hasta aquí existe una vaga consciencia, la vida interior de los minerales debe ser tenue y difusa. Las plantas se proyectan en dirección al Sol con sus hojas a medida que sus raíces penetran en la tierra. Responden a la música y hasta a la comunicación humana. Los animales, desde los gusanos a los chimpancés, sienten un determinado grado de dolor y placer, sea resultante de un ligero ardor de un ambiente ácido o como resultado por los juegos graciosos de sus pequeños. Juntamente con la complejidad del cuerpo humano, la evolución dio a los hombres sensibilidad y capacidad tales como para las matemáticas y las artes, que jamás podrían ser pronosticadas como base en nuestro parentesco animal más próximo.

Sigue en la Circular de Abril.

    

 

 

 

 

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