ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

 

 

 

Dirigida a las Escuelas de:

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                                                                                    Circular nº 7  , año VII

                                                                                    Llubí, 1º Julio de 2.001.

          Con esta Circular termina este breve paseo por la filosofía de la Antigüedad, y haré unas breves anotaciones al pensamiento budista, antes de entrar de lleno en la filosofía contemporánea. Prometo, que después haré una ligera inmersión por todo el pensamiento filosófico oriental. Quiero aclarar que no soy filósofo ni estudiante de filosofía; solamente me he dedicado a tomar apuntes de la extensa colección de libros que poseo sobre filósofos de todos los tiempos y sintetizado sus ideas con más o menos suerte. Espero de la comprensión del lector disculpe los inevitables errores que pueda haber podido cometer y vea, por otro lado, la intención de servir a quienes no pueden acceder a este acervo cultural de todos los tiempos. Gracias.

          Conclusión de la primera parte de estos apuntes sobre filosofía antigua.

          7.- El Principio de Género

          “Todo es género, masculino y femenino, en todos los planos del Universo”.

          Género.- Del latín genus, o del griego genos; indica un sistema de dualidad entre dos fuerzas coordenadas, de modo que una de ellas sea donadora y la otra receptora, no pudiendo la segunda producir sin que sea forzada por la primera.

          Nótese, desde el principio, que género no quiere decir sexo. Sexo, como la propia palabra indica, significa sección, corte, parcela, segmento, es una aplicación peculiar en el mundo de los organismos superiores del principio universal del género, que abarca el universo entero, material, mental y espiritual, orgánico e inorgánico. La confusión de género con sexo, ha llevado a muchas religiones y países a deplorables excesos, atribuyendo bisexualidad (hermafroditismo) a la Divinidad y procurando “divinizarse” por lujuria ritual. En el tiempo que el apóstol Paulo visitó la opulenta ciudad de Corinto, a mediados del primer siglo cristiano, existía en la parte más elevada de la ciudad, un famoso templo dedicado a Afrodita (Venus), con nada menos que un millar de sacerdotisas, que en virtud de un voto religioso se prostituían periódicamente  en público, durante las ceremonias de culto, en honor de la diosa del amor. Procuraban de esta manera simbolizar la naturaleza dual, masculino – femenina, de la divinidad. Una de las causas de la decadencia de la antigua India está, sin duda, en el culto del linga, emblema del órgano sexual masculino, representado públicamente, y venerado como divinidad procreadora.

          Debido a la facilidad que tiene el hombre inmaduro para no comprender, para detrimento suyo, las verdades profundas, los grandes iniciados de todos los tiempos rodearon esas verdades de impenetrables murallas de profundo silencio o misterioso simbolismo, permitiendo solamente a un selecto grupo de hombres superiores penetrar en ese “círculo esotérico”, mientras que otros, menos preparados para el conocimiento sólo conocían los “atrios exotéricos” del santuario. La palabra “hermético” equivalía en Egipto al término “esotérico” o “iniciado”. Los “exotéricos” o “profanos”, naturalmente interpretaban al revés ciertas verdades profundas que, por ventura, llegara a sus oídos, trastornando completamente el verdadero sentido de la gran Verdad o enterrándola bajo una montaña de supersticiones. Fue lo que ocurrió con el principio de “género”. El cristianismo primitivo de las catacumbas era profundamente “esotérico”; más tarde, desgraciadamente, prevaleció en la iglesia católica, sobre todo entre los líderes políticos, el elemento “exotérico”, degenerando en poco tiempo en mera teología eclesiástica  o dogmática. A la vista está que la teología exotérica ha hecho de las grandes verdades de los sacramentos (misterios, en griego), de la Divina Trinidad, de la concepción virginal de Jesús, de su muerte, resurrección y ascensión a los cielos y, sobre todo, de los misterios del bautismo y la eucaristía. Se conservó la cáscara externa de esas verdades, después de haberle sacrificado la médula interna. En efecto, el cristiano iniciado en la verdad profunda, del “tomad y comed que este es mi cuerpo; tomad y bebed que esta es mi sangre”, sólo puede presenciarse con dolor ante el deslumbrante vacío de algún “Congreso Eucarístico” o escuchando  las frases huecas de algún predicador en torno del efecto automático del bautismo.

          Bien previno Jesús a sus discípulos que no diesen las cosas sagradas a los perros, ni diesen perlas a los puercos . . .

          Volviendo a nuestro asunto: el principio hermético del género no equivale a la idea del sexo en el terreno orgánico, sino al principio masculino – femenino en el panorama metafísico, absoluto, universal.

          El mundo entero, desde lo Divino hasta los fenómenos, está penetrado por una dualidad de fuerzas que se complementan e integran, como ya he dicho cuando traté de la Polaridad y la Correspondencia.

          Dios es UNO en esencia, pero MUCHOS en su actividad. Lo que sabemos de Dios es plural, pero esa pluraridad sienta sus bases en la unidad. Esta es, el principio activo, positivo, masculino, fecundante; el otro es el principio pasivo, negativo, femenino, fecundado. La “natura naturans” de Spinoza es el principio receptor o causado. Cuando el gran filósofo afirmó que el mundo era el cuerpo de Dios y que Dios era el alma del mundo, la sinagoga de Amsterdam, incapaz de tan altos pensamientos, excomulgó al mayor y más espiritual de sus hijos, como hereje, panteísta y ateo, cuando en realidad Spinoza no hizo más que repetir la quintaesencia de la sabiduría de todos los siglos de la humanidad, enunciando la dualidad fenomental de Dios basada en su unidad divina.

          San Agustín, después de vivir tres decenios de doloroso dualismo dentro de sí mismo, procuró abolir esa dualidad de Dios uno, no en el sentido de unidad neo-platónica y hermética, sino en el sentido de un nihilismo teológico, profundamente ilógico e irracional. Rechazó la idea del género, esto es, que fuese de la íntima naturaleza de Dios revelar la unidad de su esencia en la pluraridad de sus apariencias o de los mundos; quiso hacer creer que el acto creador de Dios, lejos de ser de esencia divina, era el resultado de una libre decisión de su voluntad; Dios creó los mundos, no porque esto fuese parte de su naturaleza divina, sino porque así resolvió hacerlo, libre y arbitrariamente. Y los mundos surgieron de la inmensa vacuidad de la nada, y no de la inmensa plenitud del Todo.

          Hermes Trimegisto, de acuerdo con todos los grandes genios de la humanidad, sabía que Dios es creador en virtud de su divinidad. En ella se revela su paternidad, y en la creación su maternidad. El invisible UNO de la paternidad, aparece visible en los MUCHOS de la maternidad; esta da a luz lo que aquél generó. Dios es un “Dios desconocido” en su eterna esencia divina, pero un “Dios conocido” en sus creaciones temporales; el Dios – Padre revelado como Dios – Madre. Brahma se revela en Maya.

          En la Circular anterior, ya nos referimos al maravilloso principio de la Polaridad y Correspondencia, o sea, diferenciación e integración del mundo físico, sobre todo en los dominios de la electro – física y de la técnica nuclear.

          Sabemos hoy en día, que los protones o núcleos atómicos, representan el polo positivo eléctrico, mientras que las diversas órbitas, 1 a 7, que los electrones describen alrededor de ese centro, equivalen al polo eléctrico negativo.

          Sabemos, asimismo, que el mundo está lleno de electrones libres, esto es, focos dinámicos negativos no asociados a focos positivos (protones). Todos los fenómenos de la electricidad, rayos X, de la luz, del calor, etc., están basados en la existencia y actividad de esos electrones libres.

          El nombre “negativo” dado a esos centros dinámicos es profundamente inexacto, injusto e ilusorio, por cuanto no hay nada más positivo y activo que esos electrones emancipados. Por esto, la ciencia moderna hace bien en llamarlos “cátodos” (derivado de katá y hodos, camino descendente, descenso). Hay quien considera los cátodos como elementos femeninos de cuya presencia, aparentemente negativa, dependen las actividades multiformes, los más grandiosos y más deslumbrantes fenómenos de la naturaleza. La propia vida vegetal, animal y racional, no funcionaría sin la actividad de esos misteriosos electrones, que representan la más etérea condensación de energía “materializada”, principio básico de la llamada “materia”. Los electrones se hallan como si estuvieran en una zona fronteriza, entre el mundo de la energía y el de la materia, participando de las propiedades de ambas; energía materializada o materia energetizada. Cuando el electrón se torna ambivalente, se llama neutrón, especie de ser hermafrodita.

          El electrón es “soltero”, el neutrón es un electrón “casado”.

          Los electrones o centros catódicos de la energía universal, revelan carácter nítidamente “femenino”, atrayendo con su propaganda de la dinámica “negatividad” las tendencias positivas de los protones (masculinos), obligándolos a salir de su aparente inactividad y vibrar en dirección a los electrones. Estos actualizan las latentes potencialidades de los protones. No obligan al protón a vibrar, pero este, percibiendo la presencia del electrón, siente despertar dentro de sí un irresistible instinto de unión; es atraído, encantado, arrebatado por el silencioso desafío del electrón y comienza a corresponder a la suave violencia de la fascinante compañera electrónica. El resultado de ese “casamiento” del electrón y el protón es el átomo, que es como la familia fundada por ella y él (lo digo por este orden, porque quien comienza el romance electro-protónico es ella, el electrón, señal de que su pasividad es aparente, siendo en realidad una vehemente actividad y positividad).

          Posiblemente, el protón “juzga” que fue él quién inició la fundación de esa familia atómica, ignorando que el electrón, negativamente positivo, pasivamente activo, es quien dio el primer impulso para la formación de ese consorcio.

          Es tiempo para que se escriba un romance sensacional sobre los “amores” que se desarrollan en el mundo atómico.

          La psicología y psiquiatría de nuestros tiempos, saben que el mismo principio dualidad – unidad está presente en toda la vida humana. ¿Qué es lo objetivo y lo subjetivo, el consciente y el subconsciente, lo voluntario y lo involuntario, lo activo y el pasivo, sino otras manifestaciones de la dualidad de nuestro Yo mental y espiritual en vías de unificación? Los “pares” e “impares” de Pitágoras son otra manera de explicar esta misma verdad antiquísima.

          Nada grande acontece en el mundo humano sin que haya una cooperación del subconsciente y del consciente, de las potencias nocturnas de las profundidades y de las potencias diurnas de las alturas. Del subconsciente viene el material; del consciente viene la dirección; aquello es “Dionisos”, esto es “Apolo”.

          Fuerza sin luz es destructiva; luz sin fuerza es impotencia. ¿Qué puede hacer un vidente paralítico? Pero la fuerza del vidente puede realizar maravillas.

          ¿Qué sería un amor creado únicamente  por las potencias abismales del instinto subconsciente; y qué sería un amor engendrado exclusivamente por actos de la voluntad consciente? Entretanto, la unión de los demonios del subconsciente y de los ángeles del consciente, celebran prodigios de fuerza, verdad, belleza y felicidad.

          El Yo individual no integrado en el Nosotros universal, genera un egoísmo insoportable. Por otro lado, una sociedad que constase sólo de Yoes amorfos y sin individualidad, sería intolerablemente monótona.

          Mientras tanto, una sociedad de Nosotros compuesta de Yoes fuertemente individualizados y al mismo tiempo plenamente integrados en el Todo, sería un paraíso terrestre.

          Es voluntad del Absoluto que el hombre sea al mismo tiempo individual y universal; un Ego altamente diferenciado, un original inédito, y no algún plagio de otros Egos, porque el Cosmos no conoce copias ni imitaciones, sino originales vírgenes, sin precedentes, sin paralelos. Pero ese Ego único y original debe integrarse armónicamente en el gran Todo, sin perder ni disminuir su individualidad.

          Un individuo sin la necesaria individualización, es de naturaleza amorfa.

          Un individuo altamente diferenciado pero no integrado, es satánico.

          Un individuo altamente diferenciado y plenamente integrado, es un Cristo.

          Jesús explica esta gran verdad, con sus palabras: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y amarás al prójimo como a ti mismo”.

          Es de esta manera que los siete principios de la filosofía hermética, al ejemplo de los siete colores de un prisma, irradiando de la luz sin color, establecen el Uno y el Todo, la unidad y la diversidad, el monismo absoluto dentro del pluralismo relativo, creando un vasto cosmorama de la Verdad y la Belleza.

           

                                          BUDA – GAUTAMA EL ILUMINADO

          La filosofía de la negación y afirmación de la vida.-

          Entre el sexto y quinto siglo antes de Cristo, nació en la provincia de Nepal, en la India, el hijo de un poderoso príncipe del trono de Kapilabastu. Vio la luz debajo de un árbol a la orilla del camino, cuando su madre, la reina, se hallaba de viaje.

          Pusieron al recién nacido el nombre de Gautama Siddhartha.

          Gautama fue educado entre la comodidad y el lujo del palacio real de sus padres, desconociendo el sufrimiento del resto de la humanidad. Cierto día, a los 19 años de edad, cuando emprendía un paseo a caballo por los dominios reales, el joven se encontró con un mendigo a la orilla del camino, casi muerto de hambre y fatiga. Se entristeció profundamente el alma del Príncipe, que nada conocía del mundo aparte del bienestar y las grandezas de la corte.

          Al día siguiente, prosiguiendo su paseo, Gautama se encontró con un viejo lisiado que se arrastraba penosamente por el camino, apoyándose en una muleta, sufriendo grandes dolores.

          En el tercer día, el príncipe tropezó con un cortejo fúnebre, que llevaba al lugar de cremación el cuerpo de un joven fallecido en la flor de su juventud.

          Pobreza, enfermedad y muerte, ¿esta es la quintaesencia de la vida humana, aquí en la tierra?, se preguntaba Gautama, cuando regresaba al palacio real.

          ¡No es posible!, gemía su alma, ávida de vida y felicidad. No es posible que esta sea la condición normal de la existencia humana. Si la naturaleza que nos rodea es un permanente himno a la vida, la alegría, belleza y felicidad, ¿por qué sería el hombre un depósito de miseria, fealdad y sufrimiento? ¿De dónde vienen todas esas tribulaciones? ¿Son ellas la expresión de la voluntad cósmica, de las leyes del universo, o es el propio hombre autor de esas miserias? Y, si él es causante de las mismas, ¿por qué no puede abolirlas?

          Desde ese día, fue la vida de Gautama una permanente meditación sobre los males que afligen a la humanidad, su causa y su remedio.

          Una de aquellas noches, a la media noche en punto, se levantó del lecho el joven príncipe, abandonó a su esposa e hijo que dormían, dejó el palacio real y, sin nada más que la ropa que tenía puesta, desapareció del palacio. Durante 16 años peregrinó de incógnito por la India y más tarde por China, mendigando sus sustento de puerta en puerta o alimentándose de raíces y hierbas silvestres, y sufriendo voluntariamente todos los horrores a los que está expuesta la vida de un mendigo anónimo. No podía tolerar el pensamiento de que millones de seres humanos viviesen entre dolores y miserias, cuando él vivía en la abundancia. Quiso ser igual al más pobre de los pobres, porque en su alma era intenso el sentido de solidaridad con la familia humana. A fuerza de ayunos y maceraciones, llegó a tal extremo de delgadez que, según su propia expresión, cuando con la punta del dedo apretaba el estómago, sentía a través de él la espina dorsal.

          Lo que Gautama había descubierto era la gran verdad, como la entendía en ese tiempo: que todos los sufrimientos humanos vienen de una única fuente: del deseo impuro del individuo. El hombre, en su esencia, era eterno y universal; pero concibió el deseo impuro de ser un ego personal. Como consecuencia de ese deseo, la eterna esencia del hombre (su alma) se individualizó por medio de la encarnación (concepción), y comenzó a vivir en este planeta material, dominado por el egoísmo, que no es sino la voz de la naturaleza personalizada. El estado natural del hombre era el de la universalidad (nirvana), de donde sufrió la caída. 

          Ahora, siendo que el gran pecado del hombre es la personalidad, base de su egoísmo y de todos los sufrimientos que de ella se deriva, es lógico que el remedio de esos males deba consistir en su opuesto, esto es, en la universalización. El hombre, descendido del nirvana de la beatitud impersonal, hacia el plano de la existencia ilusoria (maya), debe, por esfuerzo propio, volver al nivel de donde cayó. Este regreso es posible únicamente por la destrucción de la ignorancia y por adquisición de la sapiencia o visión de la verdad. El hombre ignora su verdadera naturaleza, identificándose con su ego personal, físico y mental, volviéndose así egoísta, pecador y sufridor. Debe, pues, el hombre llegar al conocimiento de su verdadera naturaleza, que es impersonal, superindividual, universal y eterna. Debe convencerse de que él no es aquello que parece ser, por el testimonio de los sentidos y del intelecto; él es la Realidad Universal, Absoluta, Eterna, transitoriamente concretizada en este individuo.

          El conocido lema socrático “Conócete a ti mismo”, grabado en la fachada del templo de Delfos, no es como se ve, monopolio de los pensadores de Grecia; sintetiza antes, la convicción de todos los grandes genios de la humanidad: el conocimiento del verdadero Yo humano es la llave de la redención, porque en cuanto el hombre vive en la ignorancia de sí mismo, no puede ser liberado de las consecuencias negativas de esa ignorancia, que acarrea sufrimientos de todo género. La ignorancia esclaviza, la sabiduría libera. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

          Cierto día, después de muchos años de dolorosa odisea, estaba Gautama sentado a la sombra de un frondoso árbol, inmerso en profunda meditación sobre estas verdades, cuando le vino la iluminación definitiva sobre el hombre. Desde entonces, sus discípulos le llamaron el “Iluminado”, o “Buddha” en sánscrito.

          La verdad definitiva era esta: que el gran mal  del hombre no está en el hecho objetivo de ser individuo, sino en su actitud subjetiva de personalizarse egoístamente. Ningún hombre  es responsable por el hecho histórico de ser una persona, sino que lo es por medio de terceros. Ahora, la felicidad del hombre no puede depender de algo que no dependa de él. El hombre no puede ser un autómata irresponsable, sino un agente consciente y verdadero autor de su destino.

          La filosofía de Gautama, el Buda, culmina en el punto  donde comienza el Evangelio de Jesús el Cristo. El hombre-persona puede y debe ser un ser totalmente distinto lleno de amor. La universalización consiste en el hecho de expandirse la consciencia individual hacia la consciencia universal. Debe el hombre sentirse uno con Dios, la humanidad y el mundo. El hombre cósmico es el hombre perfecto y feliz. El hombre perfecto es cosmocéntrico.

          Desde entonces, casi a los cuarenta años de su vida, comenzó Gautama a recorrer el mundo oriental, proclamando la gran verdad por él vivida; que la felicidad del hombre consiste en la victoria sobre su personalidad, así como su infelicidad es la de ser víctima de ese personalismo. Querer un bien para sí que no quiera del mismo modo para todos sus semejantes, es pecado, error, ignorancia e infelicidad. La experiencia de la unidad cósmica redime al hombre de todos sus males, porque es la expresión de la verdad liberadora.

          Después de su iluminación, regresó de incógnito, peregrino de cuerpo y alma, al palacio real donde encontró a su esposa e hijo ya adulto, ambos se unieron a la vida de sabiduría y santidad del esposo y padre, abandonando el lujo supérfluo y contentándose con los necesario, iniciando una vasta cruzada de beneficencia social.

          Cuando Buda sintió aproximarse el término de su vida terrestre, pidió a sus amigos que lo colocasen debajo de un árbol, donde su alma dejó el cuerpo físico. Nació, fue iluminado y desencarnó a la sombra de un árbol . . .

Las cuatro verdades nobles

          Gautama sintetiza toda su filosofía  de la vida  en cuatro puntos, generalmente conocidos como las “cuatro verdades nobles”. Son las siguientes:

          1.- El acto. La vida humana está hecha esencialmente de sufrimiento físico y moral.

          2.- La causa. Ese sufrimiento universal es el deseo de personalidad, que proyectó el alma universal del hombre al plano concreto de materialización.

          3.- El remedio. Los males de la humanidad pueden ser liberados por el conocimiento de su verdadera naturaleza y, por tanto, en la liberación de toda ilusión sobre sí mismo.

          4.- El modo. Para conseguir ese conocimiento se aplica la mediación intensa y frecuente, o sea, por la profunda introspección que faculta al hombre para descubrir el elemento eterno y universal de este cuerpo efímero y temporal que los sentidos y la mente perciben.

          El camino óctuple de la redención10

               A fin de condensar sus propias experiencias y enseñar a sus discípulos el camino de la verdadera felicidad, Gautama cristaliza su sabiduría en ocho sentencias, el llamado “camino óctuple de la redención”. Es, en resúmen, una jornada sistemática y profundamente psicológica de maya (ilusión) la verdad del nirvana (extinción del egoísmo).

          1.- Rectitud de conocimiento – Ante todo, debe el hombre alcanzar la realidad objetiva, sobre sí mismo y sobre el mundo. Buda es considerado como ateo por algunas religiones, porque nunca habla de Dios, en el sentido de la teología universal. Para él, Dios no existe como una determinada entidad personal y consciente. Pero quien lee con atención los escritos de Gautama, no puede dejar de percibir que él admite un Ser Universal, superconsciente. Nada se gana con proyectar una filosofía o religión sobre meras fantasías y espejismos, por bellas que sean. La verdad es el realismo absoluto. La mejor y más cruda de las verdades, es la más bendita de las ilusiones. De hecho, la verdad conocida como tal, es infinitamente bella. Por esto, debe el hombre poseer el recto conocimiento sobre el microcosmos de su Yo y el macrocosmos del Universo. La verdad es esta: que la Realidad es una sola, eterna, absoluta, infinita; y todas las cosas individuales no son sino sombras, reflejos de esa única Realidad. Quien toma por realidades autónomas esas manifestaciones derivadas, es víctima de maya, palabra traducida por “ilusión” aunque su verdadero sentido sea “gran poder”, que quiere decir, la naturaleza visible considerada como el aspecto concreto de un gran poder invisible. El recto conocimiento de la realidad objetiva es, pues, el requisito número uno de la redención subjetiva.

          2.- Rectitud de motivos – Lo que determina la vida del hombre, su felicidad y su desgracia, no es éste u otro acto aislado y transitorio, sino la actitud permanente de su Yo interior, de su alma; lo que decide no son las pequeñas o grandes ondas en la superficie del amor (actos), sino el propio mar (la actitud). El  actuar del hombre es externo, pero los motivos que lo empujan a actuar son internos, la fuerza motriz de su existencia.

          Esa actitud interna, permanentemente subconsciente, es la resultante de innumerables actos conscientes e individuales; es como una vasta estratificación, un extenso subsuelo inconsciente de nuestro Yo consciente. De esa zona nocturna del Yo humano es de donde brotan las fuerzas que motivan nuestros actos y que estando en la parte diurna, más o menos superficial, funcionando como motivos conscientes. Cada uno de nuestros actos es un compuesto de subconsciente y consciente; del subconsciente viene la fuerza, de la consciencia viene la luz, o la dirección. Son los dos factores que Nietzsche presenta como “Dionisos” y “Apolo”. Es de decisiva importancia para la vida humana practicar tales actos en la zona consciente que, cuando desciendan a las profundidades del subconsciente contribuirá a construir unos cimientos positivos y buenos, que ejerza influencia benéfica sobre los actos que de él brotaren, caracterizando la totalidad de la vida humana.

          3.- Rectitud en el hablar – Siendo que las palabras son la expresión externa de la actitud interna, y al mismo tiempo el vehículo que comunica al ambiente social esa actitud, es de suma importancia que nuestras palabras sean siempre verdaderas, puras y benignas, llevando a nuestros semejantes algo de nuestra propia verdad, pureza y bondad interior. Una actitud negativa produce palabras negativas, así como una actitud positiva produce palabras positivas.

          4.- Rectitud de actos – Gautama el Buda, como se ve, establece una igualdad rigurosamente lógica entre sus ideas: del conocimiento verdadero resulta una actitud correcta; de esa actitud derivan palabras positivas; y más tarde o temprano, esa actitud produce buenos actos, en armonía con esa disposición permanente del Ego; por cuanto todo el árbol, bueno o malo, produce frutos correspondientes a su naturaleza buena o mala. Esos actos positivos son, naturalmente, incompatibles con los actos negativos contrarios. Por esto, el gran Iluminado enumera una serie de actos negativos que el hombre espiritual evita espontáneamente por ser irreconciliables con su atmósfera interna positiva.

a)      El hombre espiritual no mata y no hiere ser vivo alguno. En este particular, los discípulos de Buda se dividen en varios ramos. Algunos entienden son contra la Voluntad Cósmica destruir cualquier forma de vida; mientras que otros, más moderados, limitan ese concepto a la vida animal, tanto más que la vida humana sería prácticamente imposible sin la utilización de seres vivos vegetales.

          La utilización de seres vivos como alimento ha sido, y sigue siendo, asunto de intensas controversias. Está claro que no se trata de abuso de seres vivos, condenado por todo hombre sensato, sino del uso moderado y razonable de los mismos para fines alimentarios.

         

Continúa en la Circular de Agosto de 2.001

                                               POEMAS DE KABIR

                              He parado mi inquieta mente, y mi corazón

                              está radiante; pues en lo Absoluto he

                              visto más allá del Absoluto, en soledad

                              he visto al Compañero mismo.

                              Viviendo en esclavitud me he liberado; me he

                              desligado de las garras de toda posible

                              estrechez.

                              Dice Kabir: “He conseguido lo inalcanzable, y

                              mi corazón está teñido del color del amor”.

                              Eso que ves no es; y para aquello

                              que es no hay palabras.

                              A no ser que veas, no creas: lo que se

                              te dice, no lo puedes aceptar.

                              Aquél que posee discernimiento conoce por medio

                              de la palabra; y el ignorante se queda boquiabierto.

                              Algunos contemplan lo Sin forma, y otros meditan en la

                              forma; pero el sabio sabe que Brahma se encuentra

                              más allá de ambos.

                              Su belleza no se ve a través del ojo;

                              su melodía no se escucha con el oído.

                              Dice Kabir: “Aquél que ha encontrado tanto el amor

                              como la renuncia nunca desciende a la muerte”.

          Era una linda mañana y el Sol estaba saliendo por el horizonte; los primeros rayos estaban brillando entre las hojas de los almendros y vi una lechuza posada en una rama. Ella me dijo: “Está anocheciendo; este es un buen lugar para descansar hasta el amanecer”. Solamente la escuchaba un conejo y le respondió: “¡Señora, si está amaneciendo! Usted ve las cosas al revés.”

          El entendimiento de una lechuza es totalmente diferente: la noche es día para ella, y el día es la noche. El amanecer es su atardecer. Y toda esta diferencia existe entre el místico y el materialista. Lo que es el amanecer para un místico, es una noche oscura para ti, y lo que es la noche para el místico, es todo en lo que consiste tu vida. De ahí viene la incomprensión.

          Los místicos han sido siempre mal comprendidos. Ellos dicen algo y nosotros entendemos otra cosa totalmente diferente. La incomprensión es tan natural entre un místico y un ateo, que el entendimiento sería un milagro.

          “Permite que tenga el placer de ayudarte o te ahogarás”, dice el mono colocando al pez a salvo en la rama de un árbol.

          Ahora está intentando tener compasión, salvar al pez de morir ahogado. Matará al pez por compasión. Esto tiene que ser profundamente entendido; es el punto de mutación.

 Kabir es un gran místico. Lo que está queriendo decir, en primer lugar, queda distorsionado en el momento que lo dice, porque él lo levanta a un estado donde las palabras nunca penetran, donde el silencio es eterno. Él conoce, experimentó, encontró, pero fue en el momento en que no era una mente.

          Él quiere transmitir esto: la mente tiene que entrar, tener cierto papel. La mente intenta transmitir, pero en ese esfuerzo se distorsiona. Ahora, el silencio tiene que entrar en el sonido, en su opuesto; aquello que no tiene palabras tiene que estar confinado dentro de ellas, lo indefinible ha de ser reducido a una definición; y una cosa misteriosa, ha de tener una explicación. . . . todo está perdido. Si no todo, casi todo. Solamente una pista de la verdad permanece, una onda.

          Aun así, el místico tiene que decirlo. Ha de compartirlo. Es parte de su experiencia transmitirlo a los demás. Es como una flor que se abre para expandir su fragancia. Tiene que hacerlo; nadie puede contener esto en sí mismo. Lo debe a la humanidad y a todos aquellos que están luchando en la oscuridad. Tal vez no pueda transmitir toda la luz; pero sabe que aunque sea un reflejo de ella puede ser útil para muchos. Aunque sea una forma distorsionada de ella puede ayudar a muchos a buscar. Puede traer sed de saber para muchos. Entonces, el místico tiene que decirlo. Y siempre que un místico habla, llora – porque puede ver lo que era y cómo se tomó sus palabras – habiéndose perdido el noventa y nueve por ciento. Porque cuando tú escuchas sus palabras, las traduces de acuerdo con tu experiencia.

          Primero la experiencia; entonces el místico tiene que hablar de acuerdo con tu estado mental. Y la mente te es dada por la sociedad en que vives. La mente no es más que una experiencia de vivir con las personas. Él tiene que traducir aquello que conoce como soledad, aquello que experimenta plenamente, ha de ser traído al mundo corriente, reducido a lenguaje de masa. Así se pierde casi todo.

          Y entonces, escuchas la palabra y, al revés de escuchar lo que no tiene palabras, te atas al lenguaje, que no es lo esencial. Y pierdes de nuevo la esencia. Traduces las palabras de acuerdo con tu propia mente, con tu experiencia. Ahora estás a mil millas de distancia de la experiencia original.

          Un maestro zen, fue interrogado para explicar las últimas enseñanzas de Buda. Respondió: “No irás a entenderlas antes de tenerlas”.  Entonces, ¿qué explicación tiene el comprenderlas? Si la tienes, no hay necesidad de comprenderlas. Cuando no la posees, existe la necesidad de comprenderlas. Esta es la paradoja: puedes entenderlas solamente cuando las tienes. No hay manera de entenderlas antes de tenerlas; sólo la experiencia te las podrá explicar. Nadie más puede hacer este trabajo, ni es posible ningún sustituto. Exactamente es como cuando te alimentas: cuando comes, no eres la comida. ¿Lo has observado? De lo contrario, tendrías que ser una fruta. Tú la comes; ¿te transformas en la fruta o ella se cambia por ti? Lo mismo ocurre cuando conoces a Dios: Dios será tú mismo. Cuando conoces la verdad, ella eres tú; al digerirla, ella corre por tu sangre,  será tus huesos, tu presencia. No hay necesidad de comprenderla, porque tú eres ella. Tú comprensión es ella ahora. La necesidad existe porque no comprendemos. Continuamos buscando explicaciones y nada puede ser explicado.

          Esta es la paradoja de la experiencia religiosa: quien conoce no necesita de ninguna comprensión sobre ella. Estaremos tremendamente contentos conociéndola; es más que suficiente. Ellos pueden cantar, reír, pero de ninguna de las maneras han de explicarla. Pueden vivirla, guardar silencio o extasiarse con ella, pero no se molestan en explicarla.

          Esta es la razón por la cual todas las grandes escrituras del mundo, son simplemente exposiciones, no explicaciones. Las Sagradas Escrituras no prueban la existencia de Dios, sino que la afirman. No argumentan. No proponen ninguna hipótesis, están simplemente declarando. Es así. Es una declaración. No dan ninguna prueba del por qué afirman que existe. Simplemente dicen: es así, tómalo o déjalo. No hay necesidad de probarlo: ellas son la prueba.

          Para aquellos que aún están en la noche oscura del alma, tropezando, tanteando, es necesaria alguna explicación. Estará lejos de la verdad, será una mentira, pero necesaria de todas formas.

          Entonces, los místicos hablan. Tienen que hablar, derramar su esencia, sabiendo que esto puede ayudar a unos pocos. Ayuda a aquellas personas que están preparadas para confiar, porque de lo contrario no servirán de mucha ayuda. Si argumentas estás perdido; un místico no puede argumentar, no puede convencerte. En ese sentido, el místico es frágil. No puede probar. No puedes llegar cerca de él, sentir su ser, mirarle a los ojos, tomar sus manos, sin apasionarte con su amor, confiar en este hombre loco e ir con él por caminos desconocidos. Si dudas, no tienes posibilidad alguna de ser un puente. Tienes que confiar.

          Si confías en la palabra del místico, entonces existe la posibilidad de que esto cree una pequeña onda en ti. De lo contrario, con la duda, hasta esa onda desaparece.

          Oyendo a Kabir, a Cristo, o Krishna, recuerda: ellos tienen que ser escuchados de cierta manera; no es un escuchar común. Tienen que ser escuchados con tal amor, confianza, que te vuelves femenino, receptivo, como un niño. No puedes tener cualquier idea y no intentes interpretarlo. En vez de estar con prisas de traducir eso dentro de ti y pensar si estás con la verdad o no, tú simplemente escucha como quien oye música.

          La música no tiene lenguaje, no puedes traducirla. Estás en presencia de ella, rodeado por ella, inundado por ella. Pero no estás decidiendo si ella está bien o mal, si es lógica o no. Escucha a partir de tu corazón.

          El místico tiene que ser escuchado como si oyeras música. Pero es una música más profunda de lo que cualquier música pueda crear. Una vez que comienzas a traducir, las cosas se hacen difíciles.

          Los versos de Kabir están en hindú, han sido traducidos al inglés y después al castellano. Son ecos distantes y muchos han sido perdidos. Por ejemplo: “He parado mi inquieta mente, y mi corazón está radiante; pues en lo Absoluto he visto más allá del Absoluto, en soledad he visto al Compañero Mismo”.

          “He parado mi inquieta mente . . . “ El original tiene un sabor diferente. Si tuviera que traducirlo diría: “Mi Señor, ¿entonces lo has conseguido? ¿Eres la inmovilidad para mi mente que se mueve?” Este es el significado de esto: “La mente que siempre se movía . . . mi Señor, ¿entonces Tú lo has conseguido?”  Kabir dice: “¡Mi Dios, ¿qué has hecho? Lo he intentado tantas veces y no he podido aquietarla, y ¿Tú lo has hecho? Era difícil abandonar un solo pensamiento y ahora no están en lugar alguno. No los puedo encontrar. Todas aquellas vibraciones de mi mente, aquellas ondas continuas, tantas procesiones de pensamientos, todo ha desaparecido”. La traducción dice: “ He parado mi inquieta mente . . .” No: Kabir no está diciendo esto. La frase puede traducirse así. No estoy diciendo que la traducción esté gramaticalmente incorrecta; está místicamente incorrecta.

          También puede ser traducido así: “Yo aquieté mi mente. Pero esto es i’imposible, porque “yo” es la mente; entonces, “yo” no puede aquietarse a sí mismo. Esto sería como si te levantaras tirando de los cordones de tus zapatos. Tú estás preparado para hablar siempre. Solamente Dios te puede aquietar . . .” Entonces digo que es gramaticalmente correcto, pero místicamente incorrecto.

          Solamente Dios puede aquietar tu mente. Es un regalo. Es una gracia que desciende sobre ti, no es una cosa que tú hagas, porque sea lo que sea te propongas hacer, tú permaneces. Tu actuar no puede disolverte. Lo que haces te hará más fuerte. Tus esfuerzos son un alimento para tu ego.

          ¿Cómo puedes aquietar tu mente? ¿Quién lo hará? Es la propia mente. Será como un perro corriendo detrás de su propio rabo. Por tanto, es místicamente incorrecto. Yo no conozco mucho sobre lenguaje, pero sí de mística, aunque no hay necesidad de saber tanto sobre ella; se trata de mi experiencia.

          La información es conocimiento recibido a través de la instrucción; el conocer es el conocimiento revelado en la intuición. Yo soy místico, más que poeta. Rabindranath fue un gran poeta, y cuidó para que las traducciones de los poemas de Kabir fuesen poéticos, gramaticalmente correctos, pero perdió una cosa de tremendo valor.

          Kabir es un místico agradecido; esta es una canción de gratitud. Él no cree en métodos. No cree que el hombre tenga que hacer nada para alcanzar a Dios. ¿Qué podemos hacer? Las manos son pequeñas y su alcance no puede ser muy grande. Nuestro alcance será nuestro alcance; ¿cómo podemos alcanzar a Dios a través del esfuerzo humano? Es imposible. Solamente Dios nos puede alcanzar. Podemos quedar disponibles, esto es todo.

          Kabir no cree en el esfuerzo, sino todo lo contrario. Esto es lo que se llama éxtasis espontáneo. Kabir es un amante; su camino es el camino del amor. El amor no conoce el esfuerzo.

          ¿Has observado tu propia vida? ¿Puedes hacer algo sobre el amor? Si te digo: “Vete y ama a aquella mujer u hombre”, ¿qué harás? Dirás: “¡Qué tontería! ¿Cómo se puede amar de esa manera?” No puedes mandar a alguien que ame a una persona. Si el amor viene, pues llega; caso contrario, no amarás. No hay manera de que pueda producirse con una orden. Y esta es una de las miserias del mundo; hemos aprendido a producirlo bajo una orden, entonces está claro que es falso.

          Si la madre dice al hijo: “Tú me amas,  porque soy tu madre”. El niño está sin ayuda, es dependiente, y entonces finge: “Sí, te quiero”. Y la madre sonríe. Corrompemos a los niños. Él no quiere decirlo, pero está obligado a hacerlo. ¿Qué puedes hacer para amar a una persona? Fingir, jugar el juego del amor, pero no será amor de ninguna de las maneras. Es el juego de la política, de la diplomacia. No puedes forzar tu corazón para que sonría. Como mucho, puedes ejercitar los labios.

          De esta manera, toda tu vida seguirás amando de la misma manera falsa. Seguirás fingiendo y nunca permitirás que el amor real tome posesión de ti. Y siempre tendrás miedo del amor real, porque te parecerá como una inundación, peligrosa porque viene de lo desconocido, incontrolable.

          Un amor controlado es un falso amor. Está en tus manos, puedes hacer lo que quieras con él. El amor real es mayor que tú; es vasto, enorme, te inunda, eres llevado, no estarás de pie en lugar alguno. Cuando un amor es real pierdes tu ser; él es tan grande que se derrama de los cielos.

          Y es exactamente lo mismo con la meditación; la meditación real se derrama del cielo. No es una cosa que tú haces, es algo que acontece. De tu parte, sólo una cosa es necesaria: tienes que estar receptivo, fluyendo, preparado para ir con Dios.

          Cuando la veleta de la torre apunta hacia el norte, ella no hace que el viento vaya en esa dirección. Simplemente registra que el viento sopla hacia esa orientación.

          Así es la meditación, así es el amor, así es la oración: ellas no hacen fluir a Dios en tu dirección, sino que registran que Dios está soplando hacia ese punto. La meditación no es un método, no para Kabir. Esta es la diferencia entre algunos místicos y Kabir. Muchos son metódicos; Kabir cree en el amor. Lo que unos llaman éxtasis, Kabir lo ve como una espontaneidad, simple, porque todo lo que se fabrica sería inútil, sin valor. Cuando no tienes valor, cualquier cosa que hagas lo tendrá, claro está que sin valor. Tu firma estaría en ella.

          Samadhi significa: no está hecho por ti. Es dado por Dios. La firma no es tuya, es de Dios. Esta es la razón por la que te digo que el camino de Kabir es el camino del amor.

          “He parado mi inquieta mente . . .” No. “ La mente se aquietó. Yo vi mi mente volviéndose quieta y asistí a ese acontecer. ¡Mi Dios!  ¡Lo has conseguido! Mi corazón está radiante”.

          Cuando la mente está en silencio, el corazón irradia luz. Cuando la mente está masticando pensamientos y palabras, el corazón está muerto. No puede existir el corazón, si la mente está calculando. La mente es celosa y posesiva;  no te permite que te muevas hacia el corazón. Ella te absorbe totalmente. Y, si consigues pensar con el corazón, la mente crea un falso corazón en la cabeza y comienza a fabricar sentimientos.

          A veces me escriben o me dicen que están enamorados. Yo digo: “¿Realmente?” Me responden: “Yo pienso que sí”. Pero, un sentimiento no puede ser un pensar. Pensar es una cosa falsa, pero la mente produce monedas falsas para mentirte. Te dice: “¿Necesitas amor? Pues enamórate”. Y crea un pensamiento de amor, de sentimiento. La mente tiene mucha inventiva, está siempre creando juegos. Y esto tiene que ser observado, de lo contrario te perderás en la cabeza. Ella está llena de trampas y te sigue engañando siempre. Es una tremenda trampa, y puede crear cualquier cosa. Es eficiente en producir bienes falsos.

          Una joven me decía un día que no podía llorar, que sus lágrimas se habían secado. Me decía que lo había intentado, porque entendía que llorar era necesario, que iba a romper tensiones y relajarla, y que lo intentaba frecuentemente. Yo le dije: “Si lo intentas, puedes conseguirlo, y ese es el peligro. La mente hasta puede producir lágrimas. Puede forzarla y fluir en los ojos, pero no tendrá ninguna relación con tu corazón. Y, cuando llores, te convencerás que ha sido necesario, que has tenido éxito. Pero la mente te ha engañado”.

          La persona tiene que ser observadora. Kabir dice: “Solamente cuando Dios aquieta tu mente, esto ocurre. Entonces, ¿qué debe ser hecho de tu parte? Kabir dice: “De tu parte, tienes que ser receptiva. Tienes que observar y esperar. No debes hacer nada, porque cualquier hacer, es el propio  deshacer”. Y esta es la dificultad. Inténtalo. Es muy fácil hacer alguna cosa; la cosa más difícil del mundo es no hacer nada. En Oriente llaman a esto zazen: sentado en silencio sin hacer nada.

          Voy a contarte una historia Zen.

          “Detrás de un templo había un campo, donde muchas calabazas estaban madurando. Un día, una de ellas comenzó una pelea. Las calabazas se dividieron en dos grupos e hicieron una gran algarabía, gritando unas con las otras. Y está claro, vivían en un templo, crecían en su terreno y se suponía que los dos grupos debían ser religiosos: como cristianos y judíos o musulmanes y judíos, algo así. Comenzó un gran debate teológico. El sacerdote del templo escuchó el tumulto. Gritó: “¡Calabazas! ¡Qué idea es esa de pelearos entre vosotras! ¿En un templo Zen? ¡Todas a sentarse sin hacer nada, a hacer zazen ¡”.

          El sacerdote les enseñó como hacer zazen. “Doblen las piernas de esta manera; se sientan y enderecen las espaldas y el cuello”. Mientras las calabazas estaban sentadas en meditación, la rabia fue disminuyendo y se calmaron. Entonces les dijo el sacerdote: “Pongan todas las manos sobre la cabeza”. Cuando las calabazas sintieron el contacto de las manos con sus cabezas, encontraron una cosa extraña en ellas. Venía a ser la rama que las conectaba a todas. Y comenzaron a reír. Dijeron: “¡Esto es realmente ridículo! Todas somos una, y estamos luchando sin necesidad alguna!”

          Sentado en zazen, se descubre que el universo es uno. Sentándose silenciosamente, se descubre que no existe conflicto en ningún lugar, que el enemigo no existe; que todo no es más que nuestra propia ilusión, creada por nosotros. Aquella tensión, ambición, lucha, es todo un juego de la mente. No hay nadie contra quien luchar, todo es uno.  Cuando sabes de esta unidad, que estamos todos conectados unos a otros, que somos miembros de la misma familia, que yo soy parte de ti y tú de mí, de repente te abres. Esta comprensión no viene de tu esfuerzo, sino sentado silenciosamente, sin esfuerzo, apenas esperando, y naturalmente consciente. Porque si te duermes, nada de esto ocurrirá.

          Hay dos cosas fáciles: hacer algo es sencillo y caer en el sueño es fácil. Siempre que no estés haciendo nada, te sientes soñoliento. Conoces dos caminos: hacer alguna cosa, y entonces estar despierto; o no hacer nada, y comenzar a sentir sueño. La cosa está exactamente entre estos dos caminos. No hagas nada, queda quieto como si estuvieras durmiendo y, aun así, tan despierto como si estuvieras luchando contra un peligroso enemigo. Donde el sueño y el estado de alerta se encuentran existe el samadhi, el éxtasis espontáneo. En ese momento, de repente, sientes que toda tu energía se ha movido hacia el corazón. La cabeza ha desaparecido.

          Esto ocurre cuando la energía comienza a moverse en dirección al corazón; un día, comprendes que no existe la cabeza. Ahora ella no es el centro de tu ser; está ahí, pero no es el escenario central, ni el controlador de tu vida.

          La mente aquietada, el movimiento sin movimiento. La mente cuando no se mueve es una no-mente. El pensamiento para existir tiene que moverse. Si el proceso mental se detiene, la mente desaparece, porque ella no es más que un proceso de pensamientos. Entonces un sol amanece en tu corazón. Quedas lleno de luz, de alegría, de amor.

          . . . pues en lo Absoluto he visto más allá del Absoluto . . . .  

          Allá encuentras el más allá. Vienes a lo que es Realidad. Por la mente sólo encuentras tus propias proyecciones, nunca llegas a lo real. La mente sigue creando ideas sobre la realidad. Nunca te enfrentas a la vida tal como ella es; hay siempre una tela de pensamientos, y ellos distorsionan la realidad. No serás objetivo, porque nunca ves aquello que és. Tu imaginación trabaja, tus posesividades y deseos continúan coloreando las cosas. Nunca podrás ver nada como son, a menos que la mente pueda ser dejada de lado completamente. Cuando ves a través del corazón, contemplas la realidad.

          . . . pues en lo Absoluto he visto más allá del Absoluto . . .

          En aquella tremenda luz, radiante en el corazón, miré en la profundidad, miré en el más allá.

          . . . en soledad he visto al Compañero Mismo . . .

          Y, ahora sé, que quien estuviere a mi alrededor, no es otro sino Tú. Acompañado, ví mi Propio Compañero; ahora mi esposa no es más mi esposa, sino que es Dios haciendo el papel de esposa. Mi hijo no es más mi hijo; mi marido no es más mi marido. Es Dios haciendo el papel de marido y de hijo. El enemigo ya no es tal, sino Dios haciendo este papel para hacer la vida más inspiradora, un poco más rica, hacer la vida más creativa y dinámica. Para enriquecer la vida, Dios asumió muchas formas.

          .  . . en soledad he visto al Compañero Mismo.

          Viviendo en esclavitud me he liberado;

          Ahora, no hay necesidad de ir a ningún lugar. Kabir dice: “viviendo en la limitación, me he liberado”. Ahora está en una libertad mucho mayor que la que existe contra la limitación. Esta es la verdadera liberación: no está contra la limitación, sino más allá de ella. Si puedes ser libre en la prisión, entonces lo eres en verdad. Tu libertad tiene una cualidad espiritual. Puedes estar preso del lado de fuera, y aun así profundamente libre como un pájaro en el espacio. No estarás luchando, aunque estés encadenado.

          La libertad verdadera está más allá de la limitación. Si estás contra los límites, no eres realmente libre. Puedes escapar a las montañas sólo porque tienes miedo de la sociedad, de tu esposa, de tus hijos, pero no eres libre. Las montañas no te darán la libertad.

Concluye en la Circular de Agosto de 2.001.

         

          

 

 

 

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