|
Dirigida a la Escuela de:
Mallorca
Circular nº 6, año IX
Llubí,
1º de Junio de 2.003.
Viene de la Circular de Mayo
VIDA DE SAN PABLO.-
Después de su primer
fracaso apostólico en la Sinagoga de Damasco, el recién converso se
retiró al desierto de Arabia. Sentía en sí la necesidad de quedar a
solas consigo mismo y con Dios. Era demasiado grande y vasto el nuevo
mundo para que Pablo lo pudiese comprender y organizar debidamente en
medio del bullicio de la sociedad. Presentía que, en los años venideros,
tendría que repartir en abundancia y por eso convenía recoger todas
las riquezas espirituales que pudiera alcanzar.
Pablo nunca habló de esos tres años de silencio;
se limita a mencionarlos de pasada.
Así como nada sabemos de los 18 años que Jesús pasó en
la soledad de Nazaret, tampoco sabemos nada de los 3 años que Pablo
pasó en el silencio del desierto de Arabia.
El término “Arabia” comportaba en ese tiempo
un amplio sentido. Alcanzaba toda la península y se extendía hasta Damasco
y más allá, hasta las aguas del Eufrates. El alma de ese país estaba
formada por el reinado de los nabateos, con el famoso centro de las
caravanas que venían de Asia, Petra. Aretas IV, el rey de los árabes
nabateos, vivía entonces en pie de guerra contra Herodes Antipas, tetrarca
de Galilea, el cual repudiaba a su legítima esposa, hija de Aretas,
por amor a Herodias.
Calculó Pablo que en ese lugar se encontraría seguro contra
los esbirros del Sanedrín que, súbditos de Herodes, difícilmente penetrarían
en los dominios del rey nabateo.
Se internó el discípulo de Gamaliel en uno
de los retiros que ocupan la vasta zona de la península árabe. Vestido
de beduino, con larga túnica blanca, cinta de cuero y turbante de varios
colores, fue a habitar en una caverna o pidió asilo en alguna modesta
tienda de una familia nómada, de las que vivían en la monotonía de esas
estepas, donde más tarde se espiritualizarían tantos eremitas cristianos.
De tal manera, comenzó el segundo yogui del
cristianismo, tomando como ejemplo al Maestro de Nazaret, construyendo
la vertical de la mística antes que la horizontal de la ética.
La soledad ejerció siempre una fascinación
extraña sobre las almas dotadas de gran potencialidad. Moisés y Elías,
Gregorio y Juan Crisóstomo, Francisco de Asís e Ignacio de Loyola, Juan
el Bautista y el propio Jesús, fueron grandes amigos de la sugestiva
soledad del desierto y las montañas, donde el hombre parece ser más
él mismo y donde Dios parece hablar mejor al alma que en el profano
bullicio de la sociedad.
Meditación y trabajo, ese es el ambiente cotidiano
de Pablo en ese período de introspección.
Aún hoy, como en aquél tiempo, venden los beduinos el negro
pelo de cabra que los tejedores fabrican en un grosero tejido para las
tiendas de los nómadas que cruzan esas regiones, en el incesante vaivén
de su vida errante.
Aquí está, el tejedor de Tarso, el doctor de
la Ley de Jerusalén, sentado nuevamente al pie del telar, a la escasa
sombra de una palmera. Los vientos cálidos del desierto vuelven morena
su piel. Los incendios de su alma dan intenso fulgor a sus pupilas.
Las manos acompañan mecánicamente las ásperas trenzas de lana y los
ojos vigilan los movimientos rítmicos de la lanzadera, mientras profundiza
con su espíritu en las misteriosas profundidades de la divinidad. A
su lado, sobre la escasa alfombrilla, yacen los rollos amarillentos
de las Sagradas Escrituras, pergaminos preciosos, inseparables compañeros
de ese gran aventurero del Evangelio. Los vaticinios de Isaías, Jeremías,
David y Daniel, que les son tan conocidos, aparecen ahora con una nueva
luz. Lo que más tarde, en sus epístolas escribiera a los cristianos
de Asia y de Europa, sobre la persona del Mesías aquí, en el silencio
de la estepa, entre el susurrar del aire en las palmeras y el ruido
monótono del telar, meditó, vivió y sufrió Pablo en solitarios coloquios
con el espíritu del divino Maestro.
Arabia, donde el gran Moisés viviera su vida
solitaria de pastor durante cuarenta años, vino a ser como un noviciado
y seminario para el gran discípulo del Cristo.
Treinta años de fariseísmo en Tarso y Jerusalén,
tres días de concentración en Damasco, tres años de retiro espiritual
en Arabia, treinta años de indefenso apostolado mundial y todo esto
rubricado por la sangre del martirio; es la síntesis de su vida.
En esa profunda sentó Pablo las bases para
una nueva filosofía cristiana, que culmina en esa paradoja: que tan
sólo la luz del Evangelio es verdad y vida. “Pero lo que tenía por
ganancia lo reputo ahora por Cristo como pérdida y aun todo lo tengo
por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura . . . “
Si el carácter de Pablo no se distinguiese precisamente
por una acentuada racionalidad, si fuese más platónico que aristotélico,
¿quién sabe si esa prolongada soledad e intensa introspección no habría
acabado envolviéndole en nieblas de un sentimentalismo soñador y estéril?
¿Quién sabe si no se habría dejado dominar por los fuegos fatuos de
un misticismo incierto y vago? ¿ O por los espejismos encantadores de
un ascetismo subjetivo y ajeno a las crudas realidades de la vida humana?
Entretanto, gracias a esa serena racionalidad de su alma, no valió la
suave poesía de las divagaciones místicos-ascéticas lejos del rudo y
prosaico trabajo de las luchas, que forman el “pan nuestro de cada día”
de todos los hombres.
Ya en ese tiempo elaboró Pablo su “concepción
del Cristo”.
Cada uno de los autores sacros tiene del Cristo
su idea peculiar. Ideas verdaderas todas ellas, pero cada uno con su
colorido especial, como una tonalidad característica.
Para Juan el Evangelista la historia de la
redención se resumen en estas palabras: Hasta tal punto amó Dios
al mundo que le envió a su Hijo Unigénito para que todos los que en
él crean tengan la vida eterna”.
Pablo de Tarso, educado en la atmósfera del rigor jurídico
de la legislación romana, ve en el cuerpo lacerado de Jesús el título
de la deuda de nuestros pecados, título roto por los clavos y cancelado
por la sangre de Cristo, constituido en fiador nuestro, debedores insolventes
ante el creador justiciero.
Si, para el discípulo del amor, la epopeya
de la redención es un espontáneo transbordamiento del Divino Amor, para
el doctor de la ley ella es un acto de severa justicia, la ejecución
de un contrato bilateral, el pago de un débito que el hombre hace a
Dios.
Pablo comprendió nítidamente la verdadera “catolicidad”,
o sea, el carácter universal de la redención. Nacido y criado en la
atmósfera libre y amplia de uno de los grandes centros culturales de
la época; conocedor de las miserias del hombre, sea judío o gentil;
convencido de la ineficacia de las obras puramente rituales, proclama
Pablo al mundo entero que no hay salvación sino en Cristo, el Crucificado;
que él es el Dios de la misericordia; que frente a ella nada vale la
circuncisión ni la descendencia natural, sino sólo la “nueva criatura”.
Para Pablo, es Cristo el segundo Adán, que
con su obediencia salvó a la humanidad expuesta a la perdición por la
desobediencia del primer hombre.
¿Cuánto tiempo tuvo Pablo para elaborar, desde el caos
de su ideología judeo-farisaica, al cosmos de esa cristología, base
de muchos de los tratados teológicos de los siglos posteriores?
No lo sabemos. Lo que sí se supone es que,
en esa tarea, van juntas la naturaleza y la gracia, confundiendo sus
fulgores con la luz de la inteligencia y la fe.
Y, de improviso, reaparece en Damasco ese hombre,
más extraño que nunca. Semblante ascético, pálido, con los ojos espiritualizados
de tantas meditaciones.
En Damasco estaba todo cambiado. Al régimen
despótico de Tiberio sucederá, en la metrópolis del imperio, el gobierno
caótico de Calígula, que concedía amplias libertades a los nacidos en
Oriente. Bajo los ojos complacientes del legado imperial, Vitelio devuelve
Damasco a la jurisdicción de Aretas IV, rey de los beduinos nabateos.
En ese tiempo, gobernaba la ciudad en cualidad
de etnarca o comandante de policía, un acólito de Artesa. Los judíos
aprovecharon ese período de libertad para organizar una vasta e intensa
campaña de proselitismo religioso.
Pablo de Tarso volvió a hospedarse, probablemente,
en casa de su amigo Judas, recordando el memorable acontecimiento ocurridos
tres años atrás.
El primer sábado se dirigió a la sinagoga local y, en calidad
de doctor de la ley, subió al estrado del rabí comenzando a leer algunos
vaticinios de Isaías, mostrando seguidamente cómo se habían cumplido
en la persona de Jesús de Nazaret el cual, por tanto, era el Mesías
prometido.
A los pocos minutos se estableció un tumulto
en la sinagoga. ¡Abajo con él! . . .¡traidor! . . . ¡desertor! .
. . ¡blasfemo! . . . ¡de la secta de los nazarenos!”
Los jefes de la sinagoga reconocieron al antiguo
emisario del Sanedrín. Tenían órdenes terminantes de prender al tránsfuga.
Pablo consiguió evadirse. Se ocultó en la casa de un amigo.
Los judíos, sin embargo, no desistieron de
su intento. Fueron al etnarca del rey Aretas y le pidieron que mandase
cerrar y vigilar las puertas de Damasco, a fin de impedir la fuga de
un criminal.
¡Pero le fallaron sus cálculos!
Los amigos de Pablo pensaron un plan de fuga
que tanto tiene de genial como de aventurero. Por la noche, cuando los
guardias estaban de plantón en las puertas de Damasco, armados hasta
los dientes, subió Pablo a las murallas de la ciudad, en un punto retirado
y oscuro. Ayudado por sus amigos, se ocultó dentro de un cesto suspenso
por cuerdas y, pasando cuidadosamente por una de las almenas, fue arriado
lentamente muro abajo . . .
Ya en el suelo, saltó a tierra, saludó con un último adiós
a sus amigos y, cruzando los campos, desapareció en la oscuridad de
la noche.
¡Ese extraño aventurero del reino de Dios
. . . ¡
Cuando los cristianos pacíficos de Damasco
supieron de la fuga de Pablo en plena noche y lo creían a buena distancia,
respiraron aliviados y un aire de gratitud pasó entre ellos. Porque,
a final de cuentas, ese tal hermano Pablo era un amigo peligroso, una
cabeza de fuego que no admitía medios términos entre el sí y
el no, entre el todo y la nada, entre el hombre
profano y el cristiano integral; no todos los discípulos de Cristo
se sienten bastante héroe para profesar esa intransigente lógica, que
no respeta conveniencias oportunistas ni admite posiciones indefinidas.
Todo genio, sea de orden intelectual o espiritual,
actúa sobre la rutina pacífica de la sociedad humana como un terremoto
sísmico que perturba el curso cotidiano de las energías telúricas.
Pablo conocía por su convivencia, la profunda
tragedia del paganismo y, por experiencia propia, probado la triste
vacuidad del formalismo religioso de Israel. Para él no había alternativa:
o todo del mundo o todo del Cristo. Es como si ya hubiese roto definitivamente
con el mundo, que reputaba como “basura” y se apartara de la sociedad
que sabía “hipócrita”; tanto le valía la vida como la muerte, porque
ni una ni otra podían separarle del Cristo.
De ahí su serena tranquilidad, su grandiosa
libertad de espíritu y su marcha rectilínea, que no todos los santos
de su tiempo compartían . . . .
Sigue
en la Circular de Julio

(Viene de la Circular de Mayo)
LA
SABIDURÍA ANTIGUA.-
La holística no es una teoría bien definida,
pero constituye una visión unificada, en varios niveles, que integra
armoniosamente muchas visiones centrales en una visión central global
de unidad. Enfatiza la interdependencia y naturaleza dinámica de los
sistemas y apunta hacia paralelos, conexiones y unidades subyacentes.
Veamos una descripción de su naturaleza jerárquica.
“La visión holística considera el universo como una gran
jerarquía de unidad, cada una siguiendo su propia trayectoria de desarrollo
histórico. Cada patrón, sea un cristal, un organismo, una comunidad,
un sistema solar o una nebulosa, posee su propio orden interno y forma
parte de un orden más amplio, de modo que el universo es reconocido
como un Sistema de sistemas, un Gran patrón de patrones.”
A partir de esa perspectiva, vemos toda la naturaleza
consistiendo en “todos”, que se interligan. Un organismo, un árbol o
una persona, consiste en estructuras complejas que están constituidas
por unidades completas. Los átomos de cualquier cuerpo son integrales,
coherentes, independientes hasta cierto grado. Se unen para componer
campos de moléculas, que a su vez son completas e integrales. Estas
se organizan en cuerpos microscópicos dentro de las células, las cuales
constituyen células y estas en tejidos, después órganos, luego sistemas,
que componen el organismo biológico. Cada nivel de los “todos” es formado
por “todos” menores y, al mismo tiempo, sirve como parte de los “todos”
mayores. La naturaleza se muestra más allá de “la totalidad” que son
parte de otras “totalidades” aún mayores. Ellas componen niveles, desde
los simples hasta los altamente complejos, estando cada nivel conectado
e inter-relacionado con todos los demás niveles, componiendo estructuras
de niveles múltiples, sistemas dentro de sistemas.
Esos “todos” son dinámicos, reconfigurándose
constantemente en la medida en que los cambios en cualquier nivel repercuten
a través de los demás. En los sistemas biológicos podemos ver como los
patrones en niveles superiores regulan los niveles inferiores, como
las moléculas hacen más que interactuar con otras próximas, comportándose
de tal manera que atiende a las necesidades del organismo. Al contrario,
células cancerosas desordenadas determinan el destino de todo el organismo.
Niveles inferiores se alimentan del dinamismo de todo el sistema, aún
cuando los niveles superiores impongan sus patrones propios.
Este proceso de progresiva integración no se
detiene en el nivel biológico. Hay organismos que forman parte de un
todo social; las cosas vivas pertenecen a familias, comunidades, poblaciones.
Los seres humanos y otros animales sociales componen grupos organizados,
colonias, escuelas, organizaciones comerciales, comunidades de todos
los tamaños y especies.
Una ciudad, como Madrid
o Barcelona, puede ser vista como un organismo gigantesco. La entrada
de fuentes de energía puede ser vista de forma conflictiva por la mañana,
cuando largas filas de camiones transportando mercancías para sus habitantes,
aguardan para atravesar túneles y vías de acceso a la ciudad. La producción
de desperdicios es obvia durante una huelga del sistema de recogida
de basura, cuando montañas de detritus quedan apiladas en las calles.
La contaminación de los basureros se eleva en el aire y los árboles
desempeñan su papel en el sistema, absorbiendo toxinas mientras liberan
oxígeno para el aliento colectivo de la ciudad. En cada nivel hay una
interconexión entre sistemas de una ciudad, como el sistema de flujo
del tránsito, el sistema educacional o el económico. Un esquema de tránsito
deficiente hace que las organizaciones comerciales abandonen la ciudad,
lo que tendrían un impacto sobre el sistema económico; el resultado
sería una menor recaudación de impuestos para el sistema escolar que,
a su vez, podrá entonces producir un menor número de operarios cualificados
para actividades comerciales. Los hábitos, valores y estilos de vida
de varios grupos afectan también los sistemas de muchas formas, tanto
sutil como directamente. La compleja unidad de la ciudad hecha por el
hombre, exterioriza el principio de la holística.
La perspectiva de la holística se expresa actualmente
en muchas áreas, siendo la más conocida la de la salud. En las prácticas
medicinales holísticas, el paciente es visto como una persona viva,
total, en vez de ser portador de una enfermedad. Factores psicológicos
y espirituales son tan importantes como la dieta e higiene en la preservación
de la salud. La terapia tiene en cuenta la orientación total del paciente
con relación a la vida, no sólo la enfermedad localizada en alguna parte
de su cuerpo.
Eminentes pensadores de varias áreas de actividades
basaron sus conceptos del mundo en la perspectiva de la holística. Se
habla de integridad y totalidad de cada individuo, así como sobre todas
las interconexiones entre todos sus componentes. Explican que la ciencia
moderna, junto con su filosofía de niveles integrales y organismos completos,
se aproxima a la antigua visión del mundo que tenía el pueblo chino.
“La cooperación armónica de todos los seres surgió
no de las órdenes de una autoridad superior, exterior a ellos mismos,
sino del hecho de que todos forman parte de una jerarquía de totalidad,
componiendo un sistema cósmico y aquello que ellos obedecían eran los
dictados internos de sus propias naturalezas”.
Teilhard de Chardin, paleontólogo jesuita, estaba profundamente
convencido, tanto por la ciencia como por la filosofía, de que el universo
es un todo. Lo vislumbró como una especie de átomo gigante que no puede
ser fraccionado.
“Cuanto más distante y profundamente penetramos en la materia,
a través de métodos progresivamente más poderosos, más somos confundidos
por la interdependencia de sus partes. Cada elemento del cosmos fue
positivamente tejido por todos los demás . . . Es imposible cortar
este tejido para aislar una parte sin que quede deshilachada y rasgada
en todos sus extremos”.
A partir de la perspectiva holística,
nada puede ser visto aisladamente; todo refleja e influencia al resto.
La analogía de Platón, representando al mundo como un animal gigante,
tal vez capte la esencia de esta visión, en la cual todo se interpenetra
de forma compleja. En vez de ejes rígidos conectados de forma lineal,
las cosas son como son en virtud de las interconexiones en varios niveles
y en muchas dimensiones. Esto se evidencia de forma más dramática en
el desarrollo de la personalidad. Varios factores ambientales y relaciones
impuestas al niño ejercen su influencia en la modelación de su carácter,
mientras la crianza, al mismo tiempo, afecta su ambiente.
No sólo todo se refleja en el ambiente inmediato,
sino que hay conexiones con todo el mundo, con el universo. Una guerra
a millares de kilómetros de distancia o una explosión en el espacio
exterior, repercute en nuestra proximidad, en nosotros y, en alguna
medida, contribuye a aquello que somos.
“ . . . la unión íntima de las cosas entraña
alguna doctrina de inmanencia mutua. En uno u otro sentido, esta comunión
de las actividades del mundo significa que cada acontecimiento constituye
un factor en la naturaleza de todos los demás acontecimientos . . .
Estamos en el mundo y el mundo está en nosotros.”
Aunque frecuentemente podamos sentirnos aislados
y separados, tenemos siempre un rico inter-relacionamiento con el mundo,
las personas, en todos los niveles de nuestro ser. Podríamos transformar
la visión de nosotros mismos y del mundo si pudiésemos aprender a trabajar
nuestro enfoque en las conexiones, cultivando en nuestro interior el
espìritu de unidad. En vez de centrarnos en distinciones y aislamiento
de las cosas, podríamos trabajarlas como partes conectadas para formar
un todo orgánico. Cuando expandimos nuestra consciencia y tomamos esta
dirección en vez de nuestro aparente aislamiento, podemos comenzar a
vivir más plenamente de una forma más amplia.
Nuestra imaginación puede llevarnos más lejos.
Por ejemplo, cuando apreciamos algo bello, podemos considerar sus inter-relaciones.
Un árbol tiene raíces profundas no sólo para sustentarse, sino absorbe
agua de la tierra, de igual manera que las hojas absorben energía del
Sol. El árbol transforma un gran volumen de gases de la atmósfera, absorbiendo
dióxido de carbono y liberando vapor de agua y renovando el aire con
oxígeno. Da sombra y nidos a los pájaros, a pequeños mamíferos, insectos
que encuentran alimento en sus frutos, en las hojas y en las cáscaras.
Su madera es procesada y transformada en muebles y otros útiles, sus
frutos pueden ser transportados a miles de kilómetros. El árbol no nace
en forma de belleza aislada, sino en un tejido de muchos niveles de
relación.
Objetos hechos por el hombre pueden ser tratados
de forma semejante. Un vaso tiene conexión con la arcilla, con el torno
del alfarero, con el cual se configuró nuestra cultura.
Las personas con quien contactamos diariamente esconden
en su interior actitudes y valores familiares y ambientes culturales,
la influencia de su educación, personas importantes en su vida, ideas
que asimilan de muchas fuentes. No estamos ante un individuo con límites
rígidos y definidos, sino que se trata de alguien que constituye un
sistema abierto y canaliza muchas corrientes, como así sucede con nosotros.
Si practicamos ejercicios mentales como esos,
podemos entrenar nuestras mentes para buscar conexiones y ver la amplia
base y el ambiente de personas y objetos. Podremos comprender estas
palabras: “no se puede concebir cosa alguna manifestada a no ser
como formando parte de un todo”. Comenzamos a romper el hábito profundamente
arraigado de dividir la realidad en compartimentos estancos y percibir
el mundo como separado en partes.
Esos ejercicios son técnicas que podemos usar
para vivenciar el mundo de forma más holística, para comprender que
nuestro ser está mezclado de innumerables maneras con otras personas
y el medio ambiente. Podemos encontrar muchas otras maneras para ir
más allá de nuestro sentido de soledad y ver aquella gran unidad descrita
por Hipócrates, cuando dijo: “Existe un flujo común, un aliento común,
todas las cosas están en armonía”.
Continúa en la Circular de Julio.
HISTORIA
DE LA FILOSOFÍA
Spencer es en la filosofía el gran enamorado de la teoría de la evolución,
de la cual espera la solución de todos los enigmas. La evolución abarca,
no solamente el mundo mineral, vegetal y animal, sino también el mundo
humano: intelectual, psíquico, ético, espiritual y religioso.
No hay en la vida humana nada definitivo, dice él; todo es relativo,
provisional, variable. Entonces, los valores supremos de hoy no serán
necesariamente los valores más altos del futuro.
Dice que la evolución no es indefinida en sí misma. Ella alcanza un
punto de saturación y entonces se dará el fenómeno del equilibrio; a
partir de ahí comienza el movimiento de involución. Ese proceso, según
Spencer, se refiere a los fenómenos individuales, pero no necesariamente
al universo considerado como un Todo. Puede otros planetas encontrarse
en vías de evolución cuando el nuestro estuviera empeñado en el proceso
de involución.
Frente a este interminable relativismo no puede existir una ley estática
absoluta, dice él. La ética es determinada por el confort de la vida;
lo que determina el concepto moral del hombre es, en último análisis
el hedonismo innato e inextirpable, el ansia de bienestar, de placer,
por más que ese eterno egoísmo se revista de formas altruistas. Todo
altruismo, explica Spencer, está en último análisis sub-estructurado
por alguna forma de egoísmo, por más sutil y sagazmente camuflado que
esté.
La
norma ética fluctúa y varía conforme la evolución del individuo y del
grupo social al que pertenece.
Spencer, como el lector verá, repasa aquí una de las más antiguas ideologías
tangentes al problema milenario de la norma ética “absoluta” o “relativa”.
Opta integralmente por el código de ética relativa. Otros prefieren
el código absoluto. Hay pocos que sepan hacer la debida síntesis entre
lo absoluto y lo relativo en el terreno de la ética, síntesis esa que
representa la verdad. En vez de repetir esa explicación de la norma
ética absoluta-relativa, quiero remitir al lector a las primeras Circulares
sobre la Historia de la Filosofía, en el apartado titulado “Dharma”
sobre filosofía oriental.
La filosofía “social” y “política” de Spencer tiene un color profundamente
obsoleto, debido a su negativismo estatal. Como buen demócrata que era
o quería ser, se comprende esa tendencia del filósofo británico. Es
un hecho que los Estados actuales asumen carácter cada vez más socialista;
hace decenios que se está realizando una imperceptible “ósmosis” entre
democracia y dictadura, proceso ese en que elementos básicos pasan de
un lado para otro, en beneficio de ambos modelos, hasta que aparece
una forma de gobierno que no es dictatorial ni propiamente demócrata,
en el sentido actual del término. Es evidente que la humanidad no puede
vivir feliz sin “libertad” y sin “seguridad”. Las dictaduras afirman
la segunda y las democracias abogan por la primera, pero ni una ni otra
dan realmente lo que prometen tan enfáticamente. La humanidad de hoy
no parece todavía estar madura para la gran síntesis. Tiempo vendrá
en que gozaremos de una “libertad segura” y de una “seguridad libre”;
la ley de la disciplina, aunque hoy sea compulsiva, pasará a ser un
factor libre y espontáneo; el hombre integral del futuro cumplirá la
ley, no por el miedo a sanciones ingratas (multa, prisión y muerte),
sino por motivos de consciencia y comprensión, pudiendo decir como el
salmista: “Yo amo, Señor, tus preceptos; tu ley es mi delicia”.
Cuando
ese tiempo despunte ya no habrá dictadura ni democracia, sino que ambas
se fundirán en un régimen más profundo y vasto, que se podría llamar
“cosmocracia”, en el sentido de ser el hombre gobernado por la voz de
su propia consciencia, que no le permitirá entrar en conflicto con la
voz cósmica de la consciencia de sus conciudadanos, porque el cosmos
no se contradice a sí mismo; el cosmos es la gran armonía del universo,
sea en el macrocosmo sideral o en el humano.
En
este particular, Spencer es genuinamente democrático, no permitiendo
que el gobierno se inmiscuya en los intereses particulares de sus gobernados.
Esa reverencia por las libertades individuales que él señala es, ciertamente,
mejor que la supresión de las mismas por la dictadura; pero no abre
camino para una solución final del conflicto democracia-dictadura. Spencer
parece ver un mal básico en cualquier proceso de “infiltración osmótica”
de parte a parte, cuando esa infiltración recíproca es la única válvula
de seguridad contra una explosión catastrófica y el único medio de establecer
pacíficamente un estado de equilibrio en que la humanidad pueda vivir
y prosperar en una paz dinámica y sustituir la vana competición de hoy
por la saludable colaboración de mañana.
La debilidad de Spencer no está en ser evolucionista, sino en no serlo
lo suficiente. La semi-evolución crea conflictos, mientras que la plena
evolución los resuelve y establece una armonía universal.
Sigue
en la Circular de Julio.
Del libro “PROCESO A LA ESPIRITUALIDAD”
Destruir el deseo de crecimiento.
Parece absurdo,
pues si lo destruyes, ¿qué necesidad habrá de evolucionar hacia Dios?
¿Cómo se puede alcanzar la verdad? ¿Cómo llegar a la Iluminación? ¿De
qué sirve la meditación? Hay que profundizar en esta afirmación.
Hay dos tipos de
crecimiento. Uno, del cual tú puedes hacer algo; otro, del que nada
puedes hacer. Para el primero, tu esfuerzo es necesario; para el segundo,
la ausencia de esfuerzo es imprescindible.
El crecimiento espiritual
es del segundo tipo. Tu esfuerzo no ayudará y sólo creará barreras.
Tú no puedes hacer nada con el crecimiento espiritual. Lo único que
puedes hacer es entregarte. Y eso es no hacer. Puedes hacer sólo una
cosa: permitir que lo Divino actúe en tu interior. Sólo puedes cooperar,
eso es todo, puedes fluctuar, no es necesario nadar. Un profundo dejar
hacer: este es el significado de destruir el deseo de crecimiento.
Crece como la
flor, inconscientemente, pero con el deseo de abrir su alma al aire.
Así tú también debes impulsarla para abrirse a lo Eterno”.
Pero es necesario que sea abierta a lo Eterno.
Pero debe ser
lo Eterno quien induzca su fuerza y belleza a expandirse, no el deseo
de crecimiento. Pues, en el primer caso, te desarrollas en la exuberancia
de la pureza y, en el otro, te tornas insensible por la pasión impetuosa,
por el desarrollo personal.
Repito: pero debe ser lo Eterno quien induzca su fuerza
y belleza a expandirse, no el deseo de crecimiento, porque toda avidez
es un obstáculo, incluso la de alcanzar lo Divino; toda ambición es
una esclavitud, aún la de ser libre. El deseo como tal, es el problema.
Por tanto, no puedes desear a Dios. Eso es contradictorio. Tú sólo puedes
desear el mundo, no lo Divino, porque el deseo es el mundo. Cuando
estás en un estado de ausencia de deseos, la liberación llega a ti.
Permite que lo Divino
mueva todo lo que está oculto en ti. No busques el crecimiento. Entrégate,
para que ocurra. Y la evolución ocurrirá, no a través de tu esfuerzo,
y sí de tu propia gracia. Vendrá por sus propios medios y vendrá por
intermedio de ti mismo.
Hay razones para
que sea así.
Lo que quieras que
hagas, nunca será mayor que tú; no puede serlo. Será siempre menor que
tú. El agente es siempre superior al acto. Lo contrario no es posible.
El pintor es superior a su pintura, el meditador es superior a su meditación.
Todo lo que tú hagas será siempre inferior a ti; por tanto, ¿cómo podrás
alcanzar a Dios? Lo Divino no es inferior a ti, así que tú no puedes
alcanzarlo a través de tus propios esfuerzos. Si hubiese cualquier posibilidad
a través de la cual pudiese alcanzar a Dios por tus propios medios,
ese Dios sería inferior a ti; este Dios no dejaría de ser un objeto
utilizable, algo que tú asegurarías en tus manos, algo que tú habrías
conquistado. Así que recuerda: Dios no puede ser alcanzado por tus esfuerzos.
Dios puede despertar en ti, pero no se tratará de una conquista.
Siendo así, ¿qué
se puede hacer? Necesitas sólo un esfuerzo negativo. Esto significa:
no crear barreras, obstáculos. Permanecer abierto, esperando, preparado
para moverte, para ir. Si el imán comienza a actuar, tú debes permitir
que él actúe.
De esta manera,
¿cuál es la función de la meditación? Ella sirve para destruir tus barreras.
Por la meditación nadie alcanza a Dios, pero a través de ella tú serás
accesible a la acción divina. Por la meditación, estarás abierto, tu
oración llegará hasta Él. Estarás diciendo que estás preparado, que
cooperarás.
Eso es todo lo necesario
de tu parte. Permitir, dejar pasar, entregarte. A través de la voluntad,
nada se puede hacer. En la dimensión divina, nada puede ser hecho por
la voluntad, sino a través de la entrega. Y entonces todo puede pasar.
Has de ser como
un niño. Olvida tu civilización, tu cultura, tus modos, tus posturas,
tu personalidad, tus caras. Todo eso sólo es fachada. Échala fuera.
Parecerá locura.
Abandonar la mente y retornar a tu infancia, parecerá cosa de loco.
Sea cual sea el precio, sé como un niño. Jesús dice que sólo los que
son como niños pueden entrar en el Reino de los cielos. Yo digo lo mismo.
Retorna al punto donde la civilización comenzó a corromperte, la educación,
la sociedad entró en ti. Vuelve al punto donde no había sociedad en
ti. Hasta ese punto eras inocente y puro, y a menos que retornes nuevamente
hasta ese espacio, las barreras continuarán existiendo.
Durante el proceso
sentirás que estás volviéndote loco, pues arrojas fuera todos tus valores
de adulto: educación, cultura, religión, comportamientos. Retornarás
al punto donde eras tú mismo. No es un proceso hacia la locura, es una
catarsis. Y si la atraviesas, saldrás más sano, menos loco. Y serás
más limpio, más puro, más justo, más perfecto.
Desea sólo lo que
está dentro de ti.
Esto vuelve a parecer
absurdo y paradojal, ilógico. Deseamos básicamente aquello que no está
en nosotros. Desear significa querer algo que no tenemos. Si ya estuviese
o fuera de nuestra propiedad, ¿cuál sería la necesidad de desearlo?
Nosotros nunca nos
deseamos tal como somos. Siempre queremos algo más. Nadie se desea a
sí mismo; no hay necesidad. Tú ya eres eso y no echas nada en falta.
Tú deseas lo que te falta.
Dice el mensaje:
Desea sólo lo que está dentro de ti, y esto es por muchas razones.
En primer lugar, si deseas algo que no está dentro de ti, podrás obtenerlo,
pero nunca será tuyo. No puede serlo. En verdad, tú nunca podrás ser
su dueño, sino su esclavo. El poseedor es siempre poseído por sus posesiones.
Cuanto mayor es la cantidad de cosas poseídas, mayor es la esclavitud
creada.
Tú eres poseído
por tus propiedades y deseas ser el señor de ellas. La frustración se
inicia porque toda tu esperanza ha sido perdida. Llegas a un punto en
el cual las cosas que deseabas están presentes. Todo lo que deseabas
ya ha ocurrido, pero tú eres el esclavo. Ahora, tu reino parece una
prisión y todo lo que tienes o piensas tener, no es realmente poseído,
pues te puede ser quitado en cualquier momento. Y aunque nadie te lo
quite, con seguridad la muerte lo tomará.
En la terminología
religiosa, lo que puede ser tomado por la muerte no te pertenece. Hay
sólo un criterio para juzgar si realmente posees alguna cosa: ver si
aún poseerás esa cosa después de muerto. Si la muerte te la quita, tú
nunca la tuviste. Era sólo una ilusión.
¿Hay algo que la
muerte no te pueda quitar? Si no hay nada, la religión es inútil, no
tiene sentido. Pero hay algo que la muerte no puede tomar, y ese algo
está oculto dentro de ti. Tú ya lo posees. Es tu naturaleza esencial.
Ella vino contigo; naciste con ella o mejor decir, que tú eres ella,
no que tú la posees. Si la poseyeses, ella podría ser quitada.
Tú eres ella, es
tu propio ser. Es tu propia base, tu individualidad, tu existencia.
Ni la misma muerte puede destruirla. Desea sólo lo que está dentro de
ti, desea tu Yo más profundo, el centro que ya tienes, pero que has
olvidado completamente.
¿Por qué el hombre se olvida? Eso es una necesidad
para poder sobrevivir. Para vivir se precisa dar atención al mundo exterior.
Comer, abrigarse. El cuerpo necesita atención. Puede enfermar, es propenso
al sufrimiento. El cuerpo se esfuerza para sobrevivir, porque para él,
la muerte existe. Está en constante lucha con la muerte; por tanto,
una atención permanente debe serle dada.
El cuerpo está siempre
en estado de emergencia, porque la muerte puede llegar en cualquier
momento. Por tanto, toda tu atención se mueve hacia fuera. No sobra
ninguna energía para moverla hacia dentro. Es una necesidad de sobrevivencia
física. Por ese motivo, continuamos olvidando que existe dentro de nosotros
un centro inmortal, eterno, de absoluta bienaventuranza.
El dolor atrae la
atención, así como el sufrimiento. Si estás con dolor de cabeza, tu
atención se dirige hacia ese punto, eres consciente de que tienes una
cabeza. Si no hay dolor, te olvidas de la cabeza, como si no la tuvieras.
El cuerpo es sentido
sólo cuando estás enfermo. Si tu cuerpo es saludable, no lo sientes.
Es como no tenerlo. Ese es el criterio de la auténtica salud: el cuerpo
no es sentido. Caso contrario, hay enfermedad, reclama tu atención.
Hay tantos problemas que vienen del exterior
que tu atención está ocupada con ellos. Por eso olvidas que existe
una cosa exactamente en el centro de tu ser, algo inmortal, divino:
“Desea sólo lo que está dentro de ti”.
Pues dentro de ti está la Luz
del Mundo, la única luz que puede iluminar el Camino. Si ere incapaz
de verla en tu interior, es inútil buscarla en otra parte.
Desea sólo lo
que está más allá de ti.
Desea siempre lo
imposible, porque a través de ese deseo tú creces. Y, ¿qué es lo imposible?
Escalar la montaña más alta, ir a la Luna, es ya posible: difícil, pero
no imposible. Sólo una cosa es imposible, está más allá de ti: tu Ser
más profundo.
¿Por qué? Afirmo
que los planetas no son difíciles de alcanzar, aunque estén distantes;
afirmo que tu Yo más profundo es más imposible de alcanzar aunque esté
exactamente dentro de ti. ¿Por qué es tan difícil de alcanzar? Porque
está dentro de ti, sólo por eso. Tú sabes alcanzar lo que está fuera.
Tus manos pueden tomar cosas del exterior, tus ojos pueden ver lo que
está cerca y lejos. Tus sentidos se abren al exterior; no tienes sentidos
que ayuden a mirar hacia dentro. Tu mente se mueve hacia fuera; no puede
hacerlo hacia dentro. Es por eso que la mente ha de ser abandonada.
Entonces entrarás en meditación.
La mente es un movimiento
hacia fuera. Siempre que piensas, lo haces en algo que está fuera de
ti. ¿Has pensado alguna vez sobre algo que está dentro de ti? No hay
necesidad de pensar sobre algo interior porque puedes experimentarlo.
Basta cambiar tu actitud de fuera, te vuelves hacia dentro y puedes
experimentarlo. ¿Cuál es la necesidad de pensar sobre él?
Pensamos: ¿qué es
el cielo? Y creamos filosofías, teorías, teologías sobre significados
y definiciones. Las teorías son necesarias para lo que está distante,
porque no puedes tenerlo en este momento. Hay que crear un puente. No
son necesarias para alcanzar tu centro interior, porque no hay distancia.
Sólo necesitas cambiar de actitud y podrás ver el centro.
Pero eso está más
allá de los sentidos. Y como estos no pueden abrirse para aquello que
está dentro se abren en dirección opuesta. También está más allá de
la mente, porque ella no puede llevarte más allá, siempre te lleva a
otro lugar. Es un instrumento para el mundo; es un mecanismo que permite
el movimiento hacia el exterior. Sirve para eso. Por esa razón se habla
de un estado no-mental. Todo el esfuerzo consiste en dejar de ser una
mente, abandonarlo, parar de pensar, en alcanzar un instante dónde no
exista ningún pensamiento, “no-pensar” significa que no hay mente, sólo
la consciencia. En esa consciencia, tú estás dentro.
Cuando estás en
la mente, estás en el exterior; y cuando estás en la no-mente, estás
dentro. En esa transferencia de la mente para la no-mente, consiste
todo el problema.
Desea sólo lo
que está más allá de ti, de tus sentidos, más allá de la mente, de tu
Ego.
Todo cuanto conoces sobre ti, es sólo el exterior: tu nombre, tu identidad,
tu imagen. Tú eres blanco, negro, cristiano, mahometano, budista. Tu
país, tu raza, tu cultura, todo eso pertenece al exterior; todos tus
condicionamientos están en la periferia.
El mundo no puede
entrar en tu centro. Sólo toca tu superficie, donde puedes ser cristiano,
budista. Tú no perteneces a ningún país, raza, religión. Tú perteneces
a la vida. En el centro, todas las divisiones son falsas, insignificantes;
sólo en la superficie son alguna cosa.
Lo que conoces respecto
a ti mismo se refiere a tu ego. “Ego” es nada más que una palabra utilitaria.
Todo tu exterior significa “Ego”. Pero ese “Ego” desaparecerá cuando
comienzas a ir hacia dentro. Ese “Ego” se evaporará, se desvanecerá.
Nacerá un momento en que tú serás, auténticamente, tú mismo; tu viejo
“Ego” no estará presente. Por eso se dice: Desea sólo lo que está
más allá de ti. Está más allá de ti, pues cuando lo alcanzas, tú
te pierdes, desapareces.
Desea sólo lo
que es inaccesible.
Mira a tu alrededor. Todas las cosas son accesibles. Puede
ser que no las hayas conseguido, pero ellas están a tu alcance. Si hicieras
el esfuerzo necesario, podrías obtenerlas. Potencialmente, están dentro
de tus posibilidades.
Alejandro Magno
construyó un imperio. Puede ser que tú no lo hayas construido, pero
lo que él pudo hacer, también tú lo harías. No es imposible. Puede ser
que no tengas tanto dinero como un Rockefeller, pero lo que él hizo,
lo puedes hacer tú. Eso es humano, está al alcance de tu capacidad.
Puedes fracasar, no ser capaz de obtener riquezas, pero ellas son posibles.
Siendo así, ¿qué
es inaccesible? ¿Lo que no puede ser alcanzado? Si ese es el significado,
¿cuál es la finalidad de desearlo? Si algo no puede ser alcanzado, el
deseo es inútil. ¿Por qué desear lo inaccesible? ¿Eso que significa?
El significado es
profundo, esotérico. El significado es que tu Yo más profundo es inaccesible
porque ya fue alcanzado. Tú no puedes alcanzarlo porque tú eres él.
No debes hacer de eso una conquista. Es tu propia naturaleza. Eres tú,
en tu ser más profundo. No puedes alcanzarlo, sólo descubrirlo. No
puedes llegar a él, pero sí reconocerlo. No es posible inventarlo. El
ya está ahí. Necesitas prestarle atención y, súbitamente, aquello que
nunca fue perdido es encontrado.
Cuando Buda se iluminó,
le preguntaron:
“¿Qué has alcanzado?”
Dijo Buda: “Nada,
porque cualquier cosa que yo haya alcanzado, ahora entiendo que siempre
estuvo conmigo. Nunca la perdí. Simplemente la descubrí. Tomé conocimiento
de un tesoro que siempre estuvo dentro de mí”.
Desea sólo lo
que es inaccesible.
Es inaccesible porque fluye
continuamente. Tú entras en la luz, pero nunca tocarás la llama”.
También es inaccesible en otro sentido. Nunca serás capaz
de decir: “Yo he llegado al conocimiento” pues, ¿quién dirá que llegó
hasta él? Aquel “ego” que reclama ya no existe. Aquel “ego”, la superficie,
ha desaparecido. Para alcanzar el conocimiento, descubrirlo, se necesita
que sea perdido. El “ego” ha de ser arrojado, abandonado. Alcanzas el
conocimiento cuando no tienes “ego”, porque él es la barrera.
De esa forma, ¿quién podrá reivindicar? Dicen
los libros sagrados que si alguien dice que alcanzó el Conocimiento,
no tengas dudas, él no lo tiene, pues la afirmación es egoísta. Si dice:
“conocí a Dios”, no hay dudas que no lo conoce; pues si Dios es conocido,
¿quién está para afirmarlo? El conocedor se pierde en el conocimiento,
y esto ocurre cuando el conocedor no está presente.
Había un monje al
que le hicieron la pregunta siguiente:
“¿Tú conoces la
Verdad?”
El monje rió y guardó
silencio. Volvieron a preguntarle:
“No puedo comprender
esa risa misteriosa. Tampoco el silencio. Usa palabras. Dime algo que
sea claro. Dime sí o no. ¿Conoces la Verdad?”
El monje contestó:
“Haces las cosas difíciles para mí. Si contesto sí, las Escrituras dicen:
“Aquél que dice, “yo conozco”, no conoce”. Por tanto, si te digo que
sí, significará que no. Y si te digo que no, eso no es verdad. Así,
¿qué debo hacer? No me obligues a usar palabras. Reiré y estaré callado.
Si puedes comprenderlo, bien. Pero no hablaré. No me obligues, porque
si digo sí, significará que no conozco. Y si digo que no, eso no será
verdad”.
Tú alcanzarás el
Conocimiento, pero en su pureza, y ahí el “ego” no estará. El “ego”
es el elemento impuro, extraño, dentro de ti. Él no eres tú. Desnudo,
alcanzarás el Conocimiento. Tu “ego” es como tus ropas. Desea sólo
lo que es inaccesible.

|