ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

                        Mallorca

                        Las Palmas

                                                                                 

Circular Extra Verano   , año XVI

                                                                 Bunyola, 1º   de Julio  de 2.010.

 

SOBRE UN UNIVERSO DINÁMICO.-

El Universo del Espíritu es dinámico, porque tiene como llave fundamental el Poder.

Hay mucha diferencia entre los conceptos estático y dinámico del Universo, pues el primero implica construcción y el segundo movimiento. Comprenderemos mejor esta diferencia si consideramos la forma humana desde los dos puntos de vista.

Desde el punto de vista estático, vemos la construcción del organismo humano y analizamos cómo el cuerpo está construido, qué órganos contiene, indicando su forma y estructura, para tener un concepto del hombre físico, tal cuál es en una determinada fracción de tiempo. Cristalizaremos la viviente forma humana como si ella estuviese en una congelada inmovilidad y la describiremos en tal estado.

Si, al contrario, observamos el cuerpo humano desde el punto de vista dinámico, vemos que se mueve, crece y evoluciona. No nos limitamos a describir la construcción de cualquiera de sus partes, y sí antes y por encima de todo, su funcionamiento. De esta forma, al considerar el corazón, lo vemos cómo funciona y cuál es su significado y acción en el organismo y su forma, construcción y estructura sólo tendría un significado como expresión del funcionamiento a qué se destina. Fácilmente se puede ver que el punto de vista dinámico es mucho más vivo que el estático. Éste desconoce el aspecto de vida al cual está destinada la forma; ella comienza introduciendo la ficción de la inmovilidad en aquello que considera y, consecuentemente, no percibe la función que es, sobre todo, el propósito que todos los seres y cosas realizan en la vida.

Durante muchos siglos todos los objetos de estudio han sido considerados desde el punto de vista estático y hasta hace poco tiempo no prevalecía el punto de vista dinámico, lo que es otro indicio de la llegada de la edad del Espíritu o de la actividad creadora, de crecimiento, cambio y evolución.

Uno de los síntomas de este concepto dinámico del Universo, fue la teoría de la evolución, que adquirió tanta importancia en la intelectualidad del siglo pasado. Ahora ya no se puede concebir el Universo sin la teoría evolutiva, pues la Naturaleza que rodea el mundo de las formas sería un caótico conglomerado de millones de formas sin ligazón, orden ni armonía, desde el momento en que fueron creándose por extrañas y sorprendentes circunstancias materiales. Admitida la evolución, o mejor, considerando el mundo bajo el concepto dinámico, se presentan coordenadas o millones de formas que se van desenvolviendo desde los simple a lo complejo, viendo que de la línea troncal de la evolución se diversifican numerosas ramas en las cuales aparecen varias especies de seres vivientes, todas ellas unidas a esa raíz.

Por ejemplo, al considerar la forma humana, inmediatamente percibimos las formas que precedieron a la misma al tiempo que las consideramos como un paso para formas más elevadas; sin embargo, no podemos considerarlas aisladamente en sí misma y desligada de las que las antecedieron y de las que seguirán.

Aunque casi nadie niegue la evolución de las formas, todavía está muy lejos el concepto general de la evolución de la vida, a pesar de ser una realidad tanto o más importante que el de la forma.

En lugar de ver los millones de diferentes manifestaciones de vida aisladamente creadas como resultado fortuito de procesos bioquímicos, contemplamos cada expresión de la vida como parte de un magno proceso de evolución de la propia existencia, y así como la evolución de las formas nos demuestra que nuestra evolución física es un largo proceso de desarrollo corporal, así la evolución de la vida nos indica que nuestra existencia es el resultado de una multisecular evolución, desde la más primitiva manifestación hasta etapas cada vez más elevadas y, finalmente, en el gran ritmo de la creación la vida separada retorna a la unidad con la Fuente de quien emanó.

El concepto dinámico del Universo aplicado al alma humana, a nuestra propia vida y consciencia, da como resultado la enseñanza de la reencarnación en muchas vidas terrenales, durante las cuales alcanzamos nuestro actual estado evolutivo. Mientras que la enseñanza del karma que enlaza nuestras diferentes vidas, cada una con su corolario, enseña la deificación del hombre en el cual la vida culmina en su perfección.

El concepto dinámico del Universo no prevalece sólo en los dominios de la Biología y de la Religión, y sí en todas las modalidades de la actividad humana: en el Arte, en la Ciencia, en la Economía y en la Política. La tendencia de la época dejó de considerar las instituciones sociales aisladas e independientes unas de otras, pero sí como parte de un proceso evolutivo, resultante de una energía creadora. Cada vez más va siendo reconocida la realidad del Universo del Espíritu y comenzamos a ver todos los seres y las cosas como parte del gran ritmo de la Creación, en el cual se manifiesta el Espíritu.

Gradualmente, la medida que obtenemos con el concepto dinámico, toda la historia con el ciclo de la evolución de una cosa, ser o movimiento, se hace mucho más real para nosotros en un momento aislado de su historia. Realmente no existe nada, en un particular momento del tiempo. Por ejemplo, cuando nos preguntamos a nosotros mismos quienes somos y nos creemos satisfechos por decir que somos seres existentes en aquel momento, en el lugar donde nos encontramos, vemos que cuando pronunciamos la frase “en aquel momento”, ese momento ya ha pasado y, por tanto, no existíamos en él. Análogamente el ser que debe existir en otra fracción de segundo todavía no está en él, esto es, todavía no ha llegado al tiempo presente.

El momento presente es fugitivo, intangible, pues al pensar en él ya es presente y por tanto, lo que llamamos “presente” tiene una duración definitiva en el tiempo. El presente está separado del futuro por una lucha matemáticamente ideal, sin existencia propia. De esta forma, quedamos en la absurda posición de que en el presente no existimos, porque no tiene duración; en el pasado ya no existimos, y en el mundo ya no existiremos, por donde se sigue que sumando estos tres ceros a la suma total, no existimos de ninguna de las maneras, lo que es absurdo.

Desaparece la dificultad de considerar las cosas y los seres bajo el concepto dinámico del Universo, o mejor, desde el punto de vista del Espíritu, pues de esta forma tendremos considerado el ciclo de la evolución del ser. Así, cada uno de nosotros es en realidad lo que fue y será, desde el primer momento hasta el último de su existencia separada. Lo que llamamos nosotros en el momento presente es apenas un paso mutable del verdadero ser. Es erróneo decir que el pasado se fue y que el futuro se ha de ir, pero que el presente existe. Mejor diríamos que el pasado y el futuro son conjuntamente la existencia real, y lo que llamamos presente es un mutable y parcial concepto del ser, tal como existe en realidad.

Así, en el dinámico Universo del Espíritu, cada ser, cada objeto, cada suceso, cada movimiento social, cada período de la historia, existen en su integridad, no como la suma total de diferentes pasos que uno después de otro siguen el camino de su evolución, y sí como un ser real cuyo pasado y futuro están ahí siempre presente.

No es posible al intelecto comprender lo que es inherente a la mente de los dioses, muy superior al intelecto humano. Más adelante explicaremos la diferencia entre la percepción de lo real por la mente superior y la interpretación de tal percepción por el instrumento al cual llamamos intelecto.

Por tanto, intelectualmente no podemos concebir el ser en toda su integridad, tal cual existe en el Universo, bajo el concepto dinámico y todavía menos podemos comprender por medio del intelecto aquello que determinamos como movimiento, mudanza, crecimiento y evolución, que es una perpetua realidad en la Mente Divina. Pero experimentamos esto cuando nos ponemos en contacto con el Espíritu, cuyo punto de vista es el dinámico; y el tiempo, la evolución, la historia y sus ciclos de manifestación, son partes del ritmo de la Creación, del verdadero ser del Espíritu.

Hemos oído hablar de la posibilidad de investigar en los registros del pasado, o Anales Afásicos, y en ellos conocer acontecimientos pasados como si todavía estuviesen presentes. Cuando comprendemos el concepto dinámico del Universo, ya no es absurda esta posibilidad, ni tampoco la de investigar el futuro, pues pasado y futuro son denominaciones artificiosas dadas a las diferentes etapas de la evolución de un ser, del cual conocemos solamente la transición mutable que llamamos presente.

Algunos espiritualistas tratan de investigar sus vidas pasadas y se interesan en saber lo que fueron; pero es mucho más provechoso sería indagar en su futuro. Todos sabemos que evolucionamos y que nuestro futuro, conforme se ha dicho, es de ilimitado y espléndido progreso. Todos tenemos que llegar a ser Iniciados algún día, y la futura grandeza de cada uno de nosotros es una realidad ya existente, de la misma forma como todavía existen las primeras etapas de nuestra evolución, y en vez de volver la vista hacia las imperfecciones que hemos dejado atrás, mejor haríamos en ponernos en contacto con nuestra perfección futura.

Existen algunas personas capaces de investigar el pasado y muy pocas o ninguna de explorar el futuro, como si ello no fuese tan posible de serlo como la posterioridad. Todavía, los que no creen en la realidad del futuro no pueden de la misma forma creer en la realidad del pasado, cuyos resultados están encontrando en todo momento. Saben que el pasado ya aconteció y les parece natural la posibilidad de investigarlo. La imaginación de algunas personas puede ser tan viva que tengan la posibilidad de volver a experimentar las impresiones causadas por acontecimientos pasados, pero no aceptarán la sugestión de que los eventos futuros son tan reales como los posteriores. Entretanto, no hay mayor inconveniente en explorar el futuro como el pasado y ser más beneficioso investigar el futuro, pues nuestro verdadero ser abarca toda la evolución, y si pudiéramos ponernos en contacto con la etapa en que seamos hombres perfectos, este contacto sólo nos servirá de auxilio e inspiración.

En efecto, conforme espero demostrar, lo que llamamos inspiración consiste en ponernos en relación con el verdadero ser, existiendo en el Universo dinámico y con la energía creadora que lo mueve, hasta cumplir su ciclo de evolución. Si de esta forma nos relacionamos con el futuro de alguna institución social o religiosa, o como de alguna nación, o con un período artístico o una reforma social, nos sentiremos impelidos por la dinámica energía que preside su marcha evolutiva hasta su futuro y seremos invadidos por la inspiración y entusiasmo, para trabajar a favor del futuro.

Es fácil comprender la importancia que tiene para nuestra vida cotidiana el concepto dinámico del Universo del Espíritu. Esto nos capacita para considerar todo bajo su aspecto energético y entrar en contacto con el poder creador que lo impulsa todo hacia la perfección. Este contacto infunde en nosotros la energía creadora del Espíritu, inflamando en nosotros el Fuego creador, y entonces somos capaces de comprender y realizar obras que generalmente éramos incapaces de realizar.

El contacto con el Universo dinámico convierte al hombre en vidente y profeta, en reformador entusiasta, y le vitaliza todas las modalidades de su existencia. Ciertamente el de profecía es uno de los dones del Espíritu, pues pasado y futuro son una constante realidad en el ritmo de la creación, en el cual se manifiesta el Espíritu, a cuyo reino pertenece el conocimiento del ciclo máximo de la creación y de los innumerables ciclos menores de la historia de la Naturaleza, de las razas, de las naciones y de los individuos.

Una de las manifestaciones del Espíritu en el conocimiento humano es la Astrología, no en su aceptación vulgar de “adivinar el futuro” sino en su sentido profundo y esotérico, del conocimiento de los ciclos cósmicos de la evolución y de cómo la vida en las naciones y en los hombres está entrelazada. Por algún motivo el pueblo desconoce esta ciencia  y la doctrina hindú del yoga está tan veladamente expuesta, que sólo con sacrificio se consigue percibir su verdadero significado, pues el conocimiento de los ciclos de evolución otorga el don de la profecía. Aquél que conoce todo el ciclo evolutivo y su parte ya pasada en lo que denominamos Tiempo, será capaz de predecir con seguridad el futuro. Mientras tanto, tal previsión no está exenta de peligros.

La ciencia de la evolución cíclica, con el conocimiento que da de las diversas razas y naciones del mundo, será en un futuro la base del gobierno de las naciones.

Todo sistema de partidos políticos con su régimen de mayorías y artificiales métodos de determinar el futuro de una colectividad apelando a intereses egoístas y compromisos entre partidos adversarios, desaparecerá ante la definida y clara ciencia de la evolución cíclica, que capacitará a los que poseen conocimiento del pasado de la nación a dirigir, para determinar su futuro inmediato y saber cómo mejor guiar hasta este futuro sus actuales costumbres e instituciones.

Es difícil apreciar debidamente las posibilidades que posee el concepto dinámico del Universo, en el cual objetos, seres, sucesos y períodos de tiempo existen como partes del eterno ritmo de la creación, del cual millones de mayores y menores ciclos de evolución son los diversos acordes de la grandiosa Sinfonía del Universo, todos ellos vibrantes de energía creadora y, por tanto, capaces de crear y destruir. Cada uno de nosotros es una nota o acorde de esa Sinfonía, y al ponernos en armonía con la nota a la que pertenecemos, recibimos la inspiración creadora de nuestro ciclo evolutivo.

Así, no solamente adquirimos un conocimiento más profundo de lo que somos realmente, sino también ser inspirados en lo que seremos en el futuro. Nuestro mundo se transforma y dinamiza al contemplarlo como parte del dinámico Universo de la creación. Entonces comenzamos a vivir en un mundo de Vida, siempre mutable, movible y creciente, en un mundo creador en todos sus átomos: en el mundo del Espíritu.

Hay sólo una energía en el Universo: la del Espíritu. Todo cuanto llamamos fuerza o energía, esté a nuestro alrededor o en el mundo que nos circunda, es solamente una modalidad de ese eterno y único poder de los dioses.

La actividad creadora del Logos, del Espíritu, establece la nebulosa o vórtice de materia estelar que da origen al Universo. El poder creador del Espíritu establece la base fundamental de energía al cual llamamos último átomo, o sea, Luz.

En el laboratorio del Espíritu, del Demiurgo, del Ptah de los egipcios, del Vulcano de la mitología romana, se efectúa la divina alquimia, que es la base de nuestro Universo material.

Recordemos que el mundo físico desaparecería su por un único instante fuese retirado de él la actividad creadora y cesara de fluir la energía del Espíritu en el Universo, en el último átomo y en la nebulosa estelar.

La incesante re-creación del mundo por los Creadores lo mantiene tal cual es, y en verdad debemos nuestra existencia a tales dioses o Espíritus.

Es interesante notar que no obstante haber la moderna ciencia progresado mucho más allá de los conceptos de fuerza y materia, ha perdido algo de los profundos conocimientos que en los tiempos antiguos el hombre poseía, con relación a la actividad del Espíritu como Alquimista divino.

Hay una ciencia de las actividades del Espíritu con los denominados elementos químicos y sus combinaciones que del Egipto pasó a la Grecia antigua y llegó a Europa en la Edad Media, con el nombre de Alquimia y aunque sus cultivadores tuviesen escasas nociones de nuestra alquimia actual, conocían algunos principios fundamentales sobre la naturaleza íntima de la materia y de sus elementos.

Ese conocimiento capacitó a los alquimistas para realizar lo que denominamos mágnum opus o “magna obra” que como se expresa en su lenguaje peculiar, consiste en “extraer la quintaesencia de los metales viles” y por ese medio transmutarlo en plata o en oro.

No hay duda de que hubo en la Edad Media millares de falsos alquimistas, que sólo tenían en común con los auténticos el lenguaje simbólico, pero carecían de sus profundos conocimientos. La abundancia de tratados estériles con que inundaron el mundo modificó seriamente el concepto del verdadero misterio hermético, de la alquimia real. Pero el investigador imparcial y riguroso distingue, después de un primer examen, lo auténtico de lo falso, en la bibliografía alquimista. Al seleccionar las obras de los verdaderos alquimistas y estudiarlas con la clave necesaria a su acertada interpretación, comprendemos algo del vasto conocimiento, de las posibilidades y energía creadora de la materia.

Es indudable que entre los antiguos alquimistas hubo los que conocían las fuerzas internas del átomo y sabían cómo utilizarlas para transmutar los elementos.

Durante los siglos en que floreció la alquimia, hubo numerosos testigos de la existencia de personas que no sólo sabían transformar en oro los metales despreciables, sino que conocían profundamente las fuerzas internas de la Naturaleza y las utilizaban de manera que a los profanos le parecía magia.

La ciencia moderna ha descubierto algunas de las antiguas verdades alquímicas, tales como la existencia de la materia primordial o materia última, la relación entre los diferentes elementos y la posibilidad de su recíproca transmutación.

Pero lo que hay de admirable en la antigua exposición de estas verdades es que sólo afirmaban la posibilidad de realizar las transmutaciones naturales por medio del poder creador, sino que también creían en la posibilidad de transmutación, el mágnum open, en el propio hombre.

Cuando en las antiguas obras de alquimia leemos que el hombre debe extraer la quintaesencia de los metales groseros y con su ayuda transmutar la plata en oro; o cuando leemos que con el auxilio de fuerzas ocultas en el centro de la tierra, se puede convertir la Luna en Sol, esta afirmación tanto se aplican a transmutación de la materia en el laboratorio del alquimista, como a la transmutación interna que tiene lugar en el laboratorio de la propia naturaleza interna del hombre, en el crisol del alma.

En esta última transmutación, los metales viles son símbolos de los deseos y pasiones carnales del hombre; y extraer la quintaesencia de estos metales innobles equivale a emancipar la energía creadora de nuestra naturaleza, liberarla de la esclavitud de los sentidos. Con el auxilio de esta energía creadora emancipada, la plata del alma puede transmutarse en oro del espíritu; o usando otra terminología, con el auxilio de la fuerza extraída del centro de la Tierra, la Luna, esto es, el alma, puede convertirse en el Sol, o en el espíritu.

Los antiguos alquimistas conocían el poder creador del hombre, que llamamos Kundalini, el fuego serpentino, Su símbolo se representa con el cuerpo humano y la serpiente ígnea enroscada en la base de su espina dorsal bajo la forma de un dragón, y los diferentes centros en el cuerpo, indicados como centros etéricos, por los cuales debe ser llevado ese fuego.

Ese flujo interno y ascendente de la centrar de energía creadora del hombre, que en su manifestación inferior se exterioriza en deseo sexual, es el mismo magnus opus, o divina transmutación, que constituye el ideal de los verdaderos alquimistas.

Una de las manifestaciones del poder del Espíritu en el hombre es el deseo sexual. En las primeras etapas de su evolución, el hombre dirigió su energía creadora hacia el mundo material que lo rodeaba y ansiaba la unión con el mundo de la diversidad; pero el sufrimiento le hizo finalmente comprender que la unión sólo es posible con la sempiterna unidad del Espíritu.

Incluso en las primeras etapas de su evolución la energía creadora del Espíritu se manifiesta en el hombre y por el misterio del sexo él es capaz de crear. Pero, a medida que el hombre evoluciona, aprende a transmutar el deseo sexual y elevarlo a niveles superiores, de modo que sucesivamente se torna creador en el mundo de las emociones y los pensamientos, y por último en el del espíritu.

La misma energía creadora inspira las grandes obras de arte, capacita al filósofo y al científico para tributar su talento a la humanidad y el sociólogo así como el reformista para mejorar la situación de los hombres. Es la misma energía cuya manifestación inferior crea la energía sexual, que por la transmutación y no por la represión, deseos y pasiones, puede convertirnos en creadores en niveles superiores.

Una profunda verdad está contenida en la antigua fórmula alquímica, enseñando que el hombre no debe destruir los metales bastos y sí extraerles la quintaesencia y con la ayuda de esta, es decir, con el auxilio de la divina energía creadora, oculta en los deseos y pasiones, transmutar la humanidad en divinidad.

Durante muchos siglos la cuestión sexual ha sido despreciada como indigna de consideración. Las manifestaciones de la energía creadora en el dominio del sexo han sido tratadas de manera superficial, y tanto como fuere posible, reprimidas, cuidándose del asunto con exageración y falso pudor, que imposibilita aclarar su verdadera importancia en la vida del hombre. De esta manera nunca podemos cumplir el mágnum opus o divina transmutación y desdeñando como torpe todo lo que se refiere al sexo, no será posible extraer la divina energía creadora que en él se dirige hacia fuera y hacia abajo, en vez de continuar hacia dentro y para arriba.

Cuando enseñamos que el poder creador del sexo es una energía divina, concedida igualmente a todos los seres humanos, conseguimos enaltecer la cuestión sexual, sacándola del lodo de la sensualidad y la lujuria en el que está oscurecido en el presente, y mostrándola en todo su verdadero y espléndido significado.

Los falsos conceptos y abusos del poder creador del hombre constituyen el pecado contra el Espíritu, tal mal comprendido. En la humanidad del futuro, el poder creador sexual y la procreación de la especie humana por la unión del hombre y la mujer serán considerados como un misterio sagrado. La unión sexual no será más la satisfacción momentánea del deseo, sino una oración dirigida al alma humana para que se prepare un tabernáculo terrenal. Entonces nacerá una genuina y noble raza. La solución de este misterio está en la antigua fórmula alquímica de transmutación y no en la usual e ineficaz práctica de represión.

La presencia del gran poder del Espíritu en el hombre puede ser santa y pura, incluso en su manifestación terrenal, como poder sexual. Todavía son mayores las posibilidades, cuando el hombre, al evolucionar, transmuta la energía sexual en modalidades superiores de actividad creadora.

Lejos de desalentarnos por deseos y pasiones que nos perturban, debemos afrontarlos francamente y reconocer que en ellos y en la energía creadora que manifiestan, se encuentra la oportunidad de ser creadores en los más altos niveles.

El hombre sin pasiones ni deseos no puede llegar a ser un creador superior, ni tampoco aquél que se deja dominar por ellas; y sí el que tiene una robusta naturaleza pasional y consigue extraer de ella como de los viles metales, su quintaesencia o energía creadora, emancipándolas de la sujeción en la que se encontraba y conduciéndola para lo alto, a fin de que se transforme en poder creador del Espíritu.

Una naturaleza fuerte y pasional puede ser sumamente perversa, pero al menos ofrece la posibilidad de convertirse en intensamente buena, mientras que un temperamento débil y sin fuerzas es demasiado insignificante para ser malo o bueno. No es en vano que en el Apocalipsis se condena a los tibios y estos no tendrán entrada en el Paraíso ni en el Infierno.

Ahora podemos comprender por qué el Espíritu es también purificador. El Fuego Creador que arde en nosotros, aunque en las primeras etapas de evolución sólo se manifieste en niveles inferiores, poco a poco va consumiendo las escorias terrenales de la naturaleza y nos capacita para efectuar la gran transmutación hacia niveles cada vez más altos, y finalmente queda el oro del puro espíritu.

Uno de los dones del Espíritu fue siempre la de expulsar toda la impureza, purificar y ayudar al hombre en la magna obra de transmutar en divinos los deseos pasionales.

Es interesante observar cómo la moderna Psicología ha estudiado el mismo tema y llegado a la misma conclusión desde el punto de vista puramente científico.

El Psicoanálisis también reconoce que hay en el hombre una sola energía creadora, de la cual todos sus deseos, pasiones y ansias son sus varias modalidades.

A este único impulso se le denomina líbido y afirma que su manifestación se centraliza en el deseo sexual. El Psicoanálisis también reconoce la necesidad de transformar la líbido en formas superiores, aunque raramente consiga realizar esta sublimación  o introversión de manera satisfactoria, porque el Psicoanálisis o por lo menos la primitiva escuela psicoanalista, consideraba el deseo sexual como la energía creadora fundamental, y todo esfuerzo creador superior como una modalidad de manifestación de la propia líbido o deseo sexual.

Por el contrario, nosotros consideramos el deseo sexual y el poder creador del sexo como una mera manifestación física, exteriorización de la divina energía creadora en el hombre, que es el poder del dios o Espíritu que vive en nosotros.

Así nos enfrentamos a la transmutación de esta energía como el retorno del divino poder creador al nivel que le es propio, en cuanto que Freud y su escuela consideran toda manifestación superior del poder creador como modalidades sublimadas de un poder que tiene su origen y verdadero nivel en el plano físico, en aquello que llamamos deseo sexual. Esa es la diferencia fundamental. Consideramos el poder material como un temporal absurdo de una energía divina espiritual, en cuanto que los psicoanalistas consideran toda energía creadora superior como la manifestación temporal de un poder inherente al mundo físico, el creador poder sexual. Podríamos decir que esta forma de psicoanálisis es la presentación materialista o invertida de la verdadera doctrina del Espíritu y de la divina Alquimia por la cual se libera ese poder.

El alquimista medieval y el moderno psicoanalista emplean frecuentemente el mismo lenguaje pero con diferente significado.

Por ejemplo, el psicoanalista, al tratar de las enseñanzas alquímicas referentes al proceso de transmutación, interpreta en el sentido materialista todo cuanto los alquimistas hablaron sobre ese tema, empleando la misma terminología, pero siempre apreciando el problema desde el punto de vista material y no espiritual.

La magna obra de transmutación no podrá cumplirse en cuanto el hombre no reconozca que sus pasiones son temporales manifestación de la divina energía creadora, pues sólo entonces habrá probabilidad de emancipación de la aprisionada energía creadora y sus transferencias a los niveles que le pertenece. Los psicoanalistas que consideran la manifestación de la energía creadora material como realidad fundamental, y todo esfuerzo creador superior como la sublimación de estas realidades materiales, jamás podrán conseguir la verdadera transmutación.

La definitiva transmutación, el mágnum opus  de los alquimistas requiere, sobre todo, no sólo la creencia, sino también la certeza de que viene primero lo espiritual y después lo material; de que lo inferior es una manifestación de lo superior y no lo más alto manifestación de lo más bajo.

Primeramente, nos debemos convencer de la realidad de las cosas espirituales, si queremos levantar hasta niveles superiores las esclavizadas fuerzas de nuestra naturaleza inferior. A menos que el psicoanalista se sitúe en niveles superiores, no podrá auxiliar a sus infiernos y realizar la sublimación, y sí arriesgarse a ser para ellos un peligro mortal, caso después de desvelar sus ocultos complejos y liberar la líbido, durante la transmutación en divina actividad creadora.

El camino del Psicoanálisis está pavimentado de las angustias de infelices criaturas, en las cuales la líbido fue despertada pero no sublimada.

La persona capaz de realizar con seguridad la obra que los psicoanalistas intentan ciegamente, ha de ser un Maestro de la Sabiduría, disciplinando a su discípulo. Sólo él sabe cómo descubrir los complejos ocultos y transferirlos a la consciencia común. Sólo él es capaz de observar el progreso del discípulo y ver hasta qué punto éste podrá soportar y superar el trabajo de transmutación. También el Maestro es el capacitado de liberar la energía creadora, el fuego serpentino y conducirlo, interna y ascendente por los diversos chakras o glándulas internas, para que el discípulo pueda tornarse espiritualmente creador.

En sus tentativas de operar la gran transmutación, el Psicoanálisis no pasa de ser un plagio de la senda oculta. Es de inmenso valor en el tratamiento de anormalidades psíquicas, pero es insuficiente para conseguir la consumación final de la evolución humana, que los alquimistas denominaron el mágnum opus, la gran obra.

Otro sistema de proximidad del reinado del Espíritu, es que no solamente el psicoanálisis, sino todo cuanto tienen que ver con la energía creadora, tanto en el campo sexual como en el mental, ha adquirido una importancia y un interés imposible en otros tiempos.

Gracias a este creciente interés por la manifestación de la energía creadora en nuestra naturaleza, es finalmente posible que la cuestión de la relación entre los sexos alcance la pura atmósfera a la que pertenece, y liberar al mundo de la pesadilla de la incomprensión, la ignorancia y la del peor empleo del deseo y la pasión que han sido y sigue siendo la causa de tantos sufrimientos.

Confiemos en que una mejor comprensión del Espíritu, el gran purificador, que con el fuego de su energía creadora quema las escorias de todo cual es vil y material, ayudando al hombre a realizar la gran Obra, de la cual los alquimistas hablan veladamente, pero que ahora puede ser tratada y claramente comprendida; la obra de la transmutación de la energía creadora, de su manifestación física y material en espiritual y divina actividad creadora.

Entonces el misterio de la creación, incluso en su forma de procreación sexual, será visto en su verdadera luz, como la sagrada y maravillosa manifestación de la presencia de un dios en nosotros mismos, el Creador en el hombre.

Concluye en la Circular Extra de VERANO de 2010.

 

 

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