ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

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                                                                       Circular nº  9, año XVI

                                                     Bunyola, 1º   de Septiembre  de 2.010.

AGUSTÍN DE HIPONA.-

El estudio de “Hortensius” no consiguió abrirle las puertas del cristianismo pero dejó en su alma una duda saludable, una gran desconfianza en la virtud redentora de la filosofía pagana. ¿Sería capaz el hombre de alcanzar por un esfuerzo personal las alturas de su destino? ¿Sería el intelecto una escala lo bastante fuerte y alta para llevar al hombre hasta el trono de la divinidad?

Agustín abrió la Biblia en cuyas páginas decían las Iglesias se encontraba Dios hablando a la humanidad. Procuró penetrar en ese mundo incógnito, pero en breve se desanimó y desistió de su intención. Habituado al clasicismo de los períodos ciceronianos, ¿cómo podía encontrar gusto en la sobria y, a veces tosca, singularidad del Génesis o de los Evangelios? ¿Cómo podía el vicioso orador de Cartago, habituado a las elegancias literarias de Virgilio, a los festines poéticos de Horacio, sentarse en la frugal mesa de un pobre hijo de carpintero?

“Lo que se recibe es recibido según el carácter del recipiente” dice un antiguo axioma filosófico. La disposición del sujeto da a los objetos la forma y el color del propio sujeto. Todo hombre contempla el mundo a través del prisma característico de su carácter individual.

No era la posible que la Biblia agradase al espíritu de un adolescente de 19 años. El Libro Sagrado supone cierta madurez de espíritu y madurez de carácter para ser debidamente comprendido y saboreado.

Así como el científico que disecciona meticulosamente tejido por tejido, analizando célula por célula un organismo humano no descubrirá jamás el alma, aunque ella exista, así también el exegeta por más que estudie e investigue cada una de las frases, palabras, sílabas y letras de la revelación, no topará jamás con la divinidad. Pero sólo la visión panorámica del conjunto nos hace comprender el principio vital de un organismo humano o el principio divino de la Sagrada Escritura. Y Agustín todavía no poseía esa visión.

Decía más tarde: “Encontré un libro que no sólo era impenetrable para el hombre orgulloso, sino que también al espíritu simple daba solamente media revelación; un libro cuya entrada estrecha se alarga gradualmente y termina en una cúspide envuelta en misterios. En aquél tiempo no llegara yo todavía al punto de curvar la cabeza para poder entrar en ese santuario”.

Abandonó, pues el Libro Sagrado, así como abandonara la obra de Cicerón.

Ni Cicerón ni Cristo podían satisfacer el espíritu inquieto de Agustín. No era todavía lo suficientemente cristiano para comprender el Evangelio, ni lo bastante pagano para encontrar sosiego en la filosofía del “Hortensius”.

Pero, ¿no sería posible armonizar las especulaciones de la inteligencia con las doctrinas bíblicas? ¿Lanzar un puente sobre el abismo que separaba la ciencia y la fe? ¿Escuchar los ecos del Mas Allá, sin despreciar las voces del más aquí? ¿Creer en un Cristo platónico y admirar a un Platón cristianizado?

En el ansia de descubrir el nuevo elixir de la felicidad topó Agustín con un libro del persa Manes, que admitía dos seres eternos, uno luminoso y bueno (Ormuzd o Mazda), y otro tenebroso y maléfico (Ahriman). Se hallan esos dos seres empeñados en un eterno conflicto: luz como tinieblas y tinieblas como luz. En el hombre se encuentran mezclados esos dos elementos eternos. De ahí la lucha en su interior. El hombre es bueno o malo, no por el uso o abuso del libre arbitrio, sino por necesidad física y hasta metafísica. No es el hombre que vence o cae derrotado, es el bueno o mal genio que habita en él. Jesús el Cristo vino al mundo - decía Manes – para liberar de la materia oscura las buenas y luminosas partículas dentro de nuestro ser.

Es de admirar que la clara inteligencia de Agustín abrazara sistema tan confuso y arbitrario como el llamado maniqueísmo. Entretanto…..”el corazón tiene razones que la razón no comprende”. Él mismo, confiesa más tarde por qué se hizo maniqueo. “Quien pecaba no era yo, pero dentro de mí pecaba otra naturaleza; mi espíritu se alegraba por estar exento de culpa, y cuando practicaba una mala acción, no tenía que confesar que era yo quien lo cometía”.

En efecto, quien pecaba en el pecador era Ahriman, el dios del mal; el único responsable era ese mal espíritu.

Alega Agustín otros motivos que lo llevaría a abrazar la doctrina de Manes: una amistad con un maniqueo, así como los aplausos que recogía en la lucha con los adversarios del sistema.

Había entre los maniqueos dos clases: los “elegidos” y los “oyentes”. Aquellos se obligaban a una rigurosa continencia, a fin de derrotar en sí el principio del mal y llevar a la victoria el elemento bueno; mientras que los “oyentes” se contentaban con la admiración platónica de ese ideal y la contribución para el sustento de los “electos”.

Agustín nunca pasó de la clase de los “oyentes”.

Procuraban los adeptos de Manes eliminar de los libros sacros todo cuanto les parecía contradictorios o indigno de Dios, presentando así una Biblia racionalizada como decían. Acabaron por rechazar casi todo el Antiguo Testamento, y “expurgaron” el Nuevo Testamento de las pretendidas interpolaciones judaicas, a fin de adaptar la Sagrada Escritura a los fines peculiares de su secta.

En este ambiente vivió Agustín largos años. Para ese credo captó numerosos seguidores.

Contaba Agustín 20 años.

Terminaba los estudios en Cartago. Era llegado el momento en que el joven orador tenía que abrazar la carrera de jurisconsulto, que le esperaba con honores y fortuna.

Inesperadamente abandonó Cartago y volvió a Tagaste. Ahí comenzó a enseñar gramática y lenguas, siendo nominado por Romanianus, preceptor de su hijo Licentius.

Ridiculizando su profesión de maestro de retórica, escribe: “Víctima de la estupidez, yo vendía mi victoriosa locuacidad”.

¿Por qué este repentino cambio de ideas?” ¿Por qué esta renuncia a los altos proyectos y reducirse a la condición de profesor de aldea?

Nunca nos reveló Agustín los motivos de este paso. Posiblemente contribuyeron para esta resolución razones de orden económico, tanto más cuando el autor de las “Confesiones” afirma desdeñosamente que abrió en Tagaste una “taberna de palabras”.

¿O será que Romanianus, el rico y señor del municipio, insistió con su joven protegido en el sentido de consagrar sus talentos a la gloria y prosperidad de su tierra natal?

Agustín pasó en Tagaste casi un año. Había dejado en Cartago a la mujer de sus amores.

Forma parte de las características del genio de Agustín esa extrema facilidad y rapidez con que abandona viejos caminos de la inteligencia y del corazón, y se adapta a nuevos ambientes. Precisamente ahora, en la alborada de una nueva vida de amor, casi en una “luna de miel” de su primer amor, se separa de la querida compañera y de la seductora metrópoli, para enterrarse en la soledad de una insignificante ciudad provinciana.

Agustín es un verdadero nómada del espíritu y del corazón. No es amigo de una residencia fija y definitiva. No simpatiza con rutinas y tradiciones. Pésimo padre de familia habría sido, si hubiese fundado un hogar. No toleraba ninguna especie de barrera. Así como abrazó sucesivamente diversas ideologías filosóficas y religiosas antes de arribar al puerto seguro del cristianismo, así también durante su larga vida de apóstol y apologista, modificó repetidas veces su táctica y estrategia, y hasta en el fin de sus días escribió un libro “Retractaciones” obra en la que revoca y corrige muchas de sus ideas y opiniones expuestas en los primeros tiempos de su conversión

Sigue en la Circular de Octubre de 2010.

LA REALIDAD OCULTA.-

No hay razón para creer que los animales y las tribus primitivas estén más interesadas que nosotros en la limpieza del entorno. Todos los antropoides son descuidados al comer y destruyen más que lo que comen. Entre los pueblos primitivos, la voracidad que impera en las celebraciones tribales suele ir asociada al descuido y al despilfarro, como ocurre en las ceremonias de ciertas tribus indias de Norteamérica en las que el prestigio se mide por la cantidad de posesiones que se destruyen. La razón de que los animales y los pueblos primitivos no contaminen tanto como nosotros estriba en que los desechos sólidos que se producen y que abandonan con toda tranquilidad suelen ser rápidamente eliminados por procesos naturales, mientras que nuestros desperdicios son casi indestructibles. Los huesos, los restos de fruta y las prendas de vestir que quedan tras las fiestas tribales no tardan en descomponerse, pero las latas de aluminio, los envoltorios de plástico y la basura en general que dejamos tras nuestras excursiones de fin de semana, permanecen en las cunetas de los caminos y carreteras.

La mayoría de sistemas naturales se aproximan a una cierta estabilidad, es decir, a una situación en la que la comunidad biológica se halla más o menos en equilibrio con su entorno. En condiciones ideales, los sistemas naturales limitan la población a un nivel compatible con la renovación de los recursos y con el mantenimiento de las diversas condiciones que requiere la buena salud ecológica. Cuando los mecanismos naturales de regulación no funcionan correctamente, los organismos y el entorno sufren profundas perturbaciones que suelen provocar diversos tipos de enfermedades y enfrentamientos entre la población.

En la naturaleza, la estabilidad parecer ser, pues, una condición para la buena salud y a menudo para la supervivencia. Sin embargo, se dice muchas veces que esta regla no es aplicable a las sociedades humanas modernas. La razón de esta presunción es que durante los últimos doscientos cincuenta años la civilización occidental se ha interesado únicamente por los efectos inmediatos de la tecnología, por los bienes y servicios que produce. En realidad hay que decir que existía una justificación aparente para ignorar sus efectos secundarios desfavorables, ya que éstos no alcanzaron magnitud alarmante hasta época reciente. Además, hicieron falta muchos años de labor científica para determinar claramente los efectos nocivos de los innumerables productos e influencias que forman parte integral de la vida en el mundo tecnológico: radiaciones ionizantes, carcinógenos químicos, DDT y otros insecticidas, óxidos de nitrógeno producidos por los automóviles, amianto y contaminantes volátiles del aire, ruido constante y exceso de estímulos sensoriales. Pero ahora se ha visto que el impacto acumulativo de todos estos efectos secundarios desfavorables está causando perturbaciones ecológicas globales. En consecuencia, se está produciendo un cambio en la escala de valores, la conservación de la calidad de vida puede en breve tener prioridad sobre el fenómeno del crecimiento económico a la hora de valorar los méritos sociales de los adelantos tecnológicos.

Parece natural que los seres humanos corrientes no han de tener dificultad en abandonar su interés por el volumen de producción y poner sus miras en la calidad de vida. Sin embargo, en la práctica, el cambio resultará difícil a causa del lavado de cerebro de que hemos sido víctimas y que nos ha hecho creer que toda mejora en nuestras vidas depende del crecimiento cuantitativo de la economía de extracción.

Para la gran mayoría, la mera expresión “situación estable” implica estancamiento seguido de decadencia. Sin embargo, numerosos ejemplos históricos demuestran que puede producirse grandes y beneficiosos cambios cualitativos sin necesidad de un crecimiento cuantitativo importante. La civilización minoica se mantuvo en evolución durante más de mil doscientos años y llegó a alcanzar un nivel de cultura y refinamiento sin parangón en el mundo antiguo, no obstante la isla de Creta en la cual se desarrolló no es mayor que el archipiélago balear o el canario y sus contactos con África y el Oriente Medio se reducía prácticamente al comercio. En el mundo moderno la evolución social ha sido más rápida y de mayor alcance en algunos de los países de menor extensión, como Dinamarca, por ejemplo. Sin duda hay argumentos de peso en favor de la opinión de que será más fácil concentrar nuestros pensamientos y esfuerzos en la consecución de una mayor calidad de vida una vez nos hayamos liberado de nuestra actual obsesión por el crecimiento cuantitativo. En última instancia, debemos reconsiderar el significado del concepto “progreso”.

Etimológicamente hablando, la palabra “progreso” significa sencillamente marcha hacia delante en una dirección concreta y por un determinado camino, aunque se trate de un camino peligroso. Actualmente, la palabra “progreso” se asocia al tipo de movimiento hacia delante que permite producir cada vez más y más deprisa todo lo que puede producirse, sin tener en cuenta el daño causado al entorno y a los valores humanos.

Stephen Vincent Benét hablaba muy en serio cuando dijo en su poema Western Star (Estrella de poniente), publicado en 1943, que la verdadera manifestación del carácter norteamericano era simplemente avanzar, moverse hacia delante. Expresó en palabras la fe ciega del norteamericano en la virtud del crecimiento como si “más cantidad”, mayor volumen, mayor distancia y mayor velocidad, fuera una fórmula segura para mejorar la vida humana. Desde comienzos del siglo XVIII hasta nuestros días esta creencia ha dominado la civilización occidental. Un eminente sociólogo americano dijo en 1971 que era oportuno defender una vez más el valor del mito del crecimiento, en un ensayo titulado “América es un país en crecimiento”, una de cuyas frases, “no podemos excluir el crecimiento y el progreso de nuestra sociedad”, implica que, según el autor, el progreso se basa en el crecimiento.

De todos modos hay indicios de que el mundo occidental comienza a superar el mito de la expansión. Pocos años antes de su muerte, el novelista Jean Cocteau sugirió seriamente, pero con su habitual humor, que el progreso no podía ser más que el desarrollo lógico de unas falsas premisas. Si en el desarrollo de las sociedades tecnológicas ha habido un defecto fundamental, éste ha sido el de identificar el concepto de progreso con la creencia de que la abundancia de bienes contribuye a la felicidad humana, cuando es obvio que, a partir de cierto punto, la riqueza pierde todo sentido. Además, la riqueza desmedida es un absurdo social  y una monstruosidad ética si coexiste con la más absoluta pobreza.

A diferencia de los pioneros de los tiempos de Bénet, queremos saber dónde vamos y cuáles son nuestras metas; hoy en día, progreso no significa únicamente hacer camino. Aunque de manera irregular, la gente exige cambios. Por todas partes se han abandonado proyectos de autopistas, de centrales eléctricas y de fábricas a causa de la hostilidad local. Si es legítimo generalizar a partir de ciertos casos concretos, como la ubicación de incineradoras, centrales atómicas y cementerios de residuos nucleares, diremos que el ritmo del desarrollo tecnológico deberá reducirse a corto plazo o habrá que hacer un cambio cualitativo en su programa.

La idea de que hay que poner fin a la era del crecimiento cuantitativo no es exclusiva de espíritus soñadores, humanitarios y amantes de la naturaleza; en repetidas ocasiones, técnicos y hombres de negocios se han adherido a ellas.

La solución a estos problemas ambientales y de recursos consiste simplemente en reducir nuestra necesidad de bienes y servicios. En otras palabras, consiste en abandonar esta ansia de crecimiento que ha dominado nuestra economía a todo lo largo de nuestra historia.

Sigue en la Circular de Octubre de 2010.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

Desde los primeros años, cuando estaba aún la Iglesia luchando para hacer callar a los nominalistas, el Diablo se le manifestó por un movimiento herético entre las gentes de lengua de “oc”. Estos, por sus frecuentes relaciones con moros y judíos, y por sus expediciones a Oriente, habían sufrido una evolución en sus creencias, a lo cual contribuyó no poco su contacto con Italia y su dependencia o federación con Cataluña.

En Italia, hablando propiamente, la tradición clásica no se había extinguido. Existían allí desde mucho tiempo sectas pitagóricas. Los epicúreos eran numerosos; véase cómo los considera Dante en su infierno. Los Gibelinos no tenían religión y profesaban el naturalismo; su jefe Fariata creía que el Paraíso debíamos buscarlo aquí en la Tierra. Las dos Sicilias bajo los Hauhenstaufen, llegaron a ser un foco de ateísmo. De otra parte, la casa de real de Barcelona se oponía al Papado casi por sistema; abundaba en toda la comarca catalana los que creían que lo mismo valía la religión católica que la mahometana; en sus villas se celebraban Concilios a los que asistían con igual derecho católicos, islamistas, judíos e incrédulos para discutir cada cual sus opiniones. La ley protegía al que no quería reverenciar las manifestaciones externas del culto cristiano, mandando se les abriesen las puertas de las casas para que pudiera en ellas esperar a que pasaran. El panteísmo árabe de Avicena y de Averroes, estaba generalizado en las Universidades del reino de Aragón. Avempace nació en Zaragoza en 1.080. Avicebron, nacido en Málaga, publicó en Zaragoza su “Fons vital” y falleció en Valencia. Pedro Oller, Durando de Boldach, Bononato, Jacobo, Justo, Nicolás de Calabria, Bartolomé Genovés, Arnaldo de Montaner, y más tarde Arnaldo de Vilanova, fueron condenados por los Papas por anticristianos los primeros y por disidente el último.

¿Qué de extraño tenía, que el Languedoc, en comercio continuo con tales países, hablando la misma lengua que el último y una análoga con el primero, fuera eminentemente anticristiana en esta época? Los condes del Mediodía, emparentados con los de Barcelona que tales ideas protegían, amigos de los italianos, con relaciones con el rey Juan de Inglaterra, el gran enemigo del Papa, no podían tener las mismas creencias que los feudales francos, bretones o normandos; y lo mismo les pasaba a los opulentos burgueses que traficaban con los países citados, que vivían en un régimen de libertad dentro de sus ciudades, régimen más próximo de la república que del feudalismo,

El espíritu cristiano de sumisión y de miseria no había penetrado allí. Todo se celebraba con fiestas y banquetes; las gentes de puro generosas, llegaban a ser pródigas. En los regocijos públicos se tiraba el oro; nadie hacía caso de las excomuniones; los capellanes eran allí objeto de risa; ninguno se atrevía a vestir sus hábitos e insignias. A veces, las tropas ligeras de Cataluña con las del país invadían las tierras de la Iglesia, apaleaban a los clérigos y mutilaban las imágenes de Jesús; esos soldados de Satanás los trataban peor que los sayones de la leyenda.

Ramón IV de Tolosa se sirvió siempre de tales bandas de excomulgados; al frente de ellos se batía en días de fiesta y en Semana Santa y echaba a los obispos de sus dominios. A una indicación suya uno de sus hombres de armas acuchillaba al legado del Papa don Pedro de Castelnau. Sus bufones, para darle gusto, se burlaban de la misa; sus primeros amigos eran los herejes insabatatos; y los demás señores obraban lo mismo que el conde de Tolosa.

Las creencias contrarias al catolicismo, que se profesaban en el país, según aseguran algunos autores, fueron importadas de Oriente por un griego. A punto fijo, se sabe muy poco de ellas. Una especie de gnosticismo, o mejor, un maniqueísmo, a lo que parece era lo que explicaba, según su comprensión, la Creación y la lucha material y moral que en ella existe. El Bien era un principio divino que tenía por antagonista el dios del Mal. La Creación era hija del Diablo; si no, ¿cómo explicar tanta imperfección en el hombre; cómo darse cuenta de la guerra que todo lo hace en la Naturaleza, como si todo se conjurase en ella para aniquilarle? Pero si el Diablo es un dios que dispone de la Creación, igual en poder al Dios bueno, si es él quien nos ha dado este cuerpo nuestro y todo el mundo material que lo rodea; una de dos, o hay que sustraernos a la carne domándola y aún anulándola por la mortificación, y no engendrar para quitarle al maligno todo lo que pueda entrar bajo su dominio, o hay que darle lo que él ha producido, la carne, los sentidos, y entregarnos a la voluptuosidad para que tome el cuerpo que le pertenece, y nos deje libre el alma que procede del Dios bueno.

¿Se alcanza el bien combatiendo al Diablo y negándosele todo, o se obtiene dándole la materia a fin de que nos deje libre el espíritu? Esta cuestión que surgiera en los primeros tiempos del cristianismo, volvía a plantearse entre la gente del Mediodía de Francia, después de más de diez siglos.

Afirmaban los buenos creyentes que en este país se había resuelto la cuestión de una manera opuesta al ascetismo; que las gentes del Languedoc, de la Provenza y de ambas vertientes de los Pirineos, aceptaban la solución sensualista; que en aquellas ciudades se adoraba lo mismo a Dios que al Diablo; que la crápula y la orgía habían sucedido al culto católico; que la mujer era la sacerdotisa y las Cortes de Amor los concilios, cuyos impúdicos decretos legitimaban la poliandria, la poliginia y el adulterio. En cuanto a la preponderancia del amor y de la mujer y a la sensualidad, fue cosa general de la época y no del Mediodía de Francia en especial. En el Mediodía, el carácter expansivo de sus habitantes daba un poco mas de extensión a sus tribunales de amor. “El matrimonio no era un obstáculo para el amor”. “El amor no puede rehusar nada al amor”. “Nada se opone a que una mujer pueda tener dos amantes ni a que uno pueda tener dos mujeres”. La decisión de que el verdadero amor no podía existir entre dos personas que estuvieran casadas la una con la otra, es de la Condesa de Champagne.

Se decía del Castillo de Beziers que reinaba en él la poligamia; del de Foix, que allí reinaba la orgía presidida por el conde; los clérigos acusaban al de Cominges de tener tres mujeres; del de Tolosa contaban que, ya joven, dormía con las concubinas de su padre, y que no contento con esto, abusaba de su propia hermana y le llamaban “miembro del diablo, perseguidor encarnizado de la cruz y de la Iglesia, apoyo de herejes, verdugo de católicos, ministro de perdición, apóstata cubierto de crímenes, cloaca de todos los pecados”.

Se contó que Santo Domingo volviendo de combatir a los valdenses, unido a los monjes del Cister, vio en estado de iluminación que en el Mediodía se perdía diariamente muchas almas. La visión le reveló que en el Languedoc había castillos en los que en treinta años no se había comulgado; que “la noche de la ignorancia cubría este país y las bestias del bosque del Diablo se paseaban por él libremente. Corrió el santo a predicarles, pero fue en vano; los hijos de los condes y barones del país lemosín continuaban asistiendo a las cátedras heréticas y rehusaban ir a los conventos. El Obispo de Osma unió sus predicaciones a las del santo, pero no obtuvo mayor resultado. Entonces el Obispo vasco, dirigiéndose al cielo, exclamó: “Señor, baja tu mano y castígales, para que tus vejaciones los iluminen”.

En esto, el Papa Inocencio escribía unas cartas llenas de un furor piadoso. Los frailes del Cister sueñan en un Dios airado como el de Israel que les demanda víctimas. Dios de muerte y de ruina, especie de Cristo sangriento que exige la sumisión absoluta a sus poderes. Dios, soberano señor de los ejércitos, invasor como Mitra, con todos los caracteres feroces del primitivo Yavé. Se apodera del clero un apetito desordenado de venganza; una sed insaciable de exterminar le devora. Las quemas, las carnicerías, los actos de crueldad de lo más feroz y las devastaciones llevadas a cabo u ordenadas por el clero que acompañaba a la Cruzada, son inaudita. La descripción que de ellos hace Guillermo de Tudela en su poema, indigna a toda persona bien nacida. Entre varios de los actos de crueldad llevados a cabo por los cruzados, la muerte de la desgraciada condesa de Lavaur espanta. Después de haber colgado a su hermano con mas de ochenta de los caballeros que se opusieron a los bárbaros barones que guiaba Montfort y que habían sido presos en buena lid, y después de haber quemado más de cuatrocientos albigenses, cogieron a Giranda y la tiraron a un pozo, echándole gruesas piedras encima. Lo mismo le hubiera pasado a las otras damas prisioneras si un caballero francés, cortés y amable, conmovido por tal crimen, no las hubiera hecho escapar a todas ellas.

El Papa se dirige a todos los príncipes, a todos los caballeros, a todos los pueblos, señalando el Languedoc y la Provenza como nuevo país de Sodoma y Gomorra, sobre el cual debe llover el fuego divino. ¡Sangre!, es lo que piden los piadosos frailes del Cister, y que mane a torrentes; para los que la viertan, todas las riquezas, todos los bienes, tierras y castillos con las gentes que en el país se encierran, y la bendición del Papa. Y los menesterosos barones del Norte se conmueven.  

Después que los “ribauds”, una especie de milicia popular francesa, dirigidos por su rey hubieran dado el saqueo a Beziers y se hubieran instalado, los barones franceses, alemanes y normandos, los echaron a palos y se apoderaron del botín, por lo cual aquellos en venganza dieron fuego a la villa.

Un refrán muy común en esta época en el Norte de Cataluña y en tierras de Languedoc, decía “Vale más ser ladrón que clérigo”.

Sigue en la Circular de Septiembre de 2010.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.

Ahí comenzó la distinción entre “poeta” y “compositor”. Se manifiesta probablemente con mayor nitidez en la rítmica, pues hasta ahí era el lenguaje el único determinante del ritmo. La relación entre sílabas largas y breves era imitada en el lenguaje. Se comenzó a tratar las sílabas con más libertad. El lenguaje perdió su firmeza rítmica y corporal. Las palabras perdieron su voluntad propia. Dejaron de adaptarse no sólo a un ritmo musical autóctono como a la voluntad del sujeto. Era como si ese bloque de hielo del griego arcaico, hubiese perdido su carácter inamovible y gradualmente se hubiese fundido y transformado en un tibio torrente.

La música ritual, imbuida por el lenguaje de lo sagrado, inspirada por intermedio de la audición de un mensaje divino, mantiene su carácter esencial: conservarse como un lenguaje rítmico, como organización sonora. En ella, el contenido que alcanza y fascina al oído humano, uniéndose a la intencionalidad de generar nuevos sonidos en los cuales se fundamenta, permiten que éste se desdoble y mantenga, para la instauración de un orden. Este orden, con todo, alcanzará su plenitud solamente en cuanto contuviese la fusión de lo sensorial con lo espiritual, de lo dionisiaco y lo apolíneo: el punto más alto del efecto hipnótico de la exaltación que se eleva, teniendo impresa en sí el carácter sublime que propiamente lo designa.

Como se ha visto en el transcurso de la lectura de este tema, la Música es sonoridad, cuya materia básica es la vibración, causada por el acompañamiento de instrumentos musicales. Accesible al oído, alcanza los sentidos y penetrando en el cerebro - receptáculo del sonido -  incentiva la Memoria y sus asociaciones, al nacimiento de imágenes, provocando la plenitud de reposo y tensión. El elemento diurno continuará presente en la armonía de la consonancia, y el nocturno en el dramatismo de la disonancia, en las cuales residen las vibraciones.

Lo que mantiene un grado de proximidad entre la Música y el Arte es el símbolo: el orden que ambas buscan establecer, inspirándose en la Naturaleza. La función del Arte es primeramente dar representación a lo que es apenas posible. Así es como anula la gravedad del mito; desde que no es la propia realidad que se revela, estamos sujetos a un encantamiento, a una ilusión; ilusión que literalmente significa “jugar dentro”, es una lúdica inclusión en un encuadramiento ficticio. Si existir significa decidirnos en función de lo que nos importa, es decir, ganarnos o perdernos como hombres, el arte parece envolver cierto peligro, precisamente porque desvela las múltiples posibilidades de la existencia humana, se satisface con la pura contemplación, sin exigir del individuo una decisión definitiva. Una actitud claramente estética lleva a la impotencia del sentimiento ante el conflicto de la existencia.

Arte y Música ensambladas en el ritmo sagrado, así como la danza, se establecen en el mundo mítico como un movimiento que vincula imagen y sonido a lo eterno que, a su vez, se presenta como orden en el cual el devenir se renueva.

Disociándose del renacer cíclico, el Arte carga en sí la semilla del conflicto originario de traer al Ser, de hacer surgir y dar forma al que todavía no es, de hacer visible lo que antes era invisible trayéndolo a la luz. El Arte nos hace pertenecer al Tiempo, aquello que se va, pero que en él se eterniza mientras sus colores no se diluyan. Dando fe de un modo de existir y sentir, está ante nosotros mostrándose en un encuentro significativo, como lo demuestra el Arte Paleolítico, las cavernas donde las pinturas de animales desafían al tiempo. En sus paredes, la tensión del re-crear, de dar vida, desencadena imágenes que nos devuelve a lo real, que esconden al hombre técnico en la contemplación de la Belleza que contienen, llamados a un penetrar en la originalidad que en ellas se encierra. Con todo, el peligro que ronda al Arte profana y lo encierra en el ámbito de la Estética que pasa a regir lo artístico.

Sigue en la Circular de Octubre de 2010.

 

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