EINSTEIN

MÍSTICO Y CIENTÍFICO

ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

      

 

 

 

Dirigida a la Escuela de:

                        Mallorca

                        Las Palmas

                                                                                 

                                                                         Circular nº 9 , año XIV

                                                    Bunyola, 1º de Septiembre de 2.008.

 

A.EINSTEIN – MÍSTICO Y CIENTÍFICO.-

Meditar no es pensar. Es vaciarse totalmente de cualquier contenido del ego y colocarse plenamente consciente, como canal vacío, ante la plenitud de la Fuente, o en lenguaje de las Sagradas Escrituras: “Sé quieto y sabrás que Yo soy Dios”, o “Dios resiste a los soberbios (llenos de ego) y da su gracia a los humildes (vacíos de ego)”. Según la eterna matemática cósmica, el cosmos llena solamente a los egos vacíos, pero nunca a los egos que están llenos.

El silencio – presencia y el silencio – plenitud, son una ausencia y vacuidad del ego humano que tiene intenso deseo de Dios- presencia y de Dios-plenitud.

En el terreno meramente humano esta matemática vale: el hombre que superó y rompió la ilusión de la esperanza de encontrar en la zona exterior de relatividad e inconstancia, la verdad del Uno, se dirige como un girasol al centro del Absoluto,

Podemos decir que la Teoría de la Relatividad es una fuga de todas las cosas relativas y un refugio dentro de la Realidad.

Quien no ve el Absoluto, el Uno, en largos y profundos momentos de silencio, no siente el vacío de lo Relativo y el deseo del Absoluto.

Por la vacuidad del silencio prolongado, la plenitud del alma fluye irresistible dentro del vacío del cosmos humano.

El silencio es el lenguaje del espíritu.

En cuanto a la actitud de Einstein con respecto al Uno del Universo para recibir la intuición de la Teoría de la Relatividad, me he referido a una condición peculiar que el hombre debe cumplir para que esta revelación de la verdad cósmica le sea concedida.

Y es precisamente aquí donde comienza lo más difícil de nuestra tarea, por no decir imposible.

Antes de todo he de referirme más de una vez a la naturaleza y constitución del propio Universo del cual el hombre es parte integrante.

Felizmente, la propia palabra, Universo, nos da una pista para la solución. El Cosmos es un sistema bipolar, compuesto del Uno de la causa y del Verbo de los efectos. El Uno puede ser llamado Fuente y el Verbo sería los canales. La propia palabra Verbo, quiere decir “derramado”, siendo la declinación del verbo latino “vertere”, que significa difundir, derramar. Así, la propia filología del término nos da el sentido exacto de su significado.

La fuente única del Uno se difunde por los canales múltiples del Verbo. El Uno es el mundo de la Causa Infinita y el Verbo es el mundo de los efectos finitos.

Se dice que el hombre para intuir o ver dentro de sí la verdad integral, debe identificarse totalmente con el Uno, la Causa, la Fuente, la Realidad, el Infinito; solamente así podrá tener una visión total y adecuada de todo el mundo Maya de las cosas finitas, creadas.

Pero como esta total identificación no obedece a un proceso de finitos, por cuanto el Uno de la Realidad Infinita no es el resultado o la suma total de todas las partes de la materia, surge la tremenda paradoja o enigma; ¿de qué modo alcanza el hombre a la posesión del Uno, una vez que no lo alcanza por la suma de las partes de su materialidad?

Apuntamos desde ahora, que esta es, ciertamente, la parte oscura de todas las preguntas de la filosofía y la religión.

Estamos a primera vista ante un compás de espera sin ninguna solución.

Y la respuesta final sería una total desesperación: ningún hombre puede alcanzar a Dios, o sea, la Verdad.

Y, por más absurdo que parezca, en serena y tranquila consciencia, aceptamos este tremendo absurdo: ningún hombre puede alcanzar a Dios, la Verdad, la Redención.

Afortunadamente, existe otra alternativa, gloriosa y redentora, pero es conocida por muy pocos. La mayoría de la humanidad juzga poder alcanzar a Dios o la Verdad por sus esfuerzos personales; otros creen que Dios salva arbitrariamente por su gracia a los que Él quiere, dejando perder a otros.

Es absolutamente imposible en la más pura lógica y la más genuina matemática, que un ser finito, mortal, pueda con la suma total de sus recursos materiales, perecederos, alcanzar una meta infinita.

Ningún hombre puede alcanzar a Dios.

Pero……Dios puede alcanzar al hombre.

Es diametralmente contrario a la matemática que algo mortal alcance la Eternidad, pero es perfectamente lógico, dentro del más riguroso cálculo, que el Infinito alcance lo limitado.

Dios puede invadir al hombre, en el supuesto de que el hombre lo permita.

El hombre no puede ser causa, autor de tal invasión divina, pero puede ser canal de tal ocupación. No puede iluminar su sala con luz solar, pero puede abrir una ventana para que el Sol lo ilumine.

Pasando esta cuestión al terreno común, el hombre que se encuentra en el campo de sus actos empíricos-analíticos, no puede crear la intuición de la Realidad del Uno; puede todavía crear dentro de su ser una condición tan favorable que el Uno, según sus propias leyes, pueda visitar su cuerpo material.

¿En qué consisten esas condiciones propicias?

Es necesario recordar que el Uno es absoluto y eterno silencio, y tanto más favorable es la invasión del Uno en la materia, cuanto más silencioso fuera esta. Por regla general, el hombre es ruido, ruido material, emocional y mental.

En razón directa que el ego disminuye sus ruidos, tanto más fácilmente puede ser tomado por el silencio del Uno.

Conviene recordar que ese silencio no es ausencia y vacío, sino presencia y plenitud. El más intenso silencio del Uno es la más absoluta asistencia y total ocupación.

El silencio del ego creado por el Yo, es todo consciencia y nada pensamiento.

Perfectamente silencioso es quien tiene consciencia de su Yo cósmico y ningún pensamiento de su ego humano.

El individuo capaz de imponer silencio total a su ego mental y permitir la voz total de su Yo racional, esta en la fuente de todos los conocimientos, contemplando desde arriba en una visión cósmica, toda la precipitación de las leyes cósmicas.

Esta voz del silencio ha de ser sentida diariamente, durante algunas horas, hasta que sea fácil y espontánea, convirtiendo en actitud permanente los actos intermitentes.

Finalmente, cuando el hombre así entrenado pueda decir: los actos que hago ya no son míos, sino que vienen de mi actitud, de mí mismo, de mi Yo Superior, y nada puedo hacer, pues quien causa estos hechos es mi Yo cósmico, entonces contempla el Universo desde las alturas del Uno y todas las cosas del mundo le son fáciles y evidentes. Desde la altura de su visión cósmica ve todas las subidas y bajadas de su mundo y todas se vuelven absolutamente claras y sin misterio.

Entonces el hombre universal tiene la visión única de todas las diversidades.

No creo que sin esta visión unitaria del Cosmos, nacida de un grande y prolongado silencio, pueda ser debidamente comprendida la Teoría de la Relatividad de Einstein.

Él profundizaba constantemente en esas simas cósmicas, permitiendo que sus canales fuesen llenos por la plenitud de la Fuente.

En ese sentido, el científico afirma categóricamente:

Es en las matemáticas donde reside el poder creador”.

“La intuición es la Fuente de los grandes descubrimientos”.

Sigue en la Circular de Octubre de 2008.   

LA REALIDAD OCULTA.-

En los primeros núcleos agrícolas se abrieron caminos que iban de campo a campo, de campo a poblado y de poblado a poblado, formando progresivamente una red que agrupaba a varios poblados en unidades regionales de mayor extensión. Los antiguos caminos eran del tipo que ahora llamamos “espacial” porque su curso estaba determinado por el contorno de la tierra y otras consideraciones topográficas. Con el tiempo, estas redes viales se unieron para formar complejos sistemas nacionales que conservaron los trazos esenciales de su origen, aun sufriendo profundas transformaciones con la aparición de la moderna tecnología de construcción de carreteras. Contrastando con esta configuración, las calzadas romanas seguían cursos muy distintos de los caminos espaciales del Neolítico y de la Edad de Bronce, puesto que su construcción no respondía a propósitos de comunicación local sino de unión entre las diversas partes del Imperio Romano.

En los EE.UU. de América, la tendencia general de la evolución de las vías de comunicación fue muy semejante a la de Europa. Las rutas migratorias de los bisontes y los senderos indios se convirtieron en los “rastros” de los comerciantes, que se ensancharon para convertirse primero en caminos y finalmente en carreteras. Una cañada en lo que entonces se llamaba Nueva Ámsterdam ase convirtió en Broadway, que sigue serpenteando entre la geométrica disposición urbana de Nueva Cork y actualmente continúa a lo largo del Hudson hasta Yonker. La Old Albano Post Road, abierta hacia 1670 para facilitar el tráfico de diligencias entre Nueva York y Albany, apenas cambió su curso al ser convertida durante el pasado siglo en la transitada carretera 9; uno de los paradores construido para efectuar el relevo de caballos en el siglo XVIII esa hoy un restaurante. Las primeras factorías estaban situadas en su mayoría a lo largo de antiguos senderos, en el emplazamiento de los poblados indios que disponían de ciertas ventajas naturales. Muchas de aquellas de las que dependía el abastecimiento de aguas de la región se han convertido en ciudades como Albano, Pittsburg, Detroit, Chicago, Saint Louis y Kansas City, que con el tiempo han llegado a ser enclaves importantes del transporte aéreo y ferroviario. En transformación progresiva de los rastros en carreteras y vías ferroviarias y de las factorías en ciudades industriales y comerciales da justificación histórica al lema publicitario de la New York Central, cuya red ferroviaria atraviesa los valles del Hudson y del Mohawk en dirección a la región de los Grandes Lagos y a Chicago.: “Los indios lo descubrieron, el hombre blanco lo utilizó y New Cork Central lo explotó”.

Las técnicas utilizadas para abrir los antiguos caminos y las calzadas romanas afectaron profundamente a la tierra y a la botánica local. Sus efectos fueron tan duraderos que las fotografías aéreas nos permiten descubrir diferencias en la vegetación, proporcionándonos un indicador botánico del curso original  del sendero o de la calzada, incluso donde ha sido alterado mediante atajos y puentes.

De que el hombre primitivo emprendiera el trazado de vías de comunicaciones ya en los primeros compases de su evolución social no debemos inferir que éste fuera un ser errante y vagabundo. La idea de una horda humana vagando a la deriva es un mito sin el menor fundamento: el hombre primitivo se ciñó siempre a un territorio concreto y bien definido. Cierto que durante los períodos Paleolítico y Neolítico tuvieron lugar grandes migraciones, como la de ciertos grupos reducidos de hombres que llegaron al continente americano desde Asia, pero los pueblos primitivos rara vez se alejaban de sus poblados si no se veían obligados por circunstancias tales como la superpoblación, las amenazas por parte de un grupo más fuerte o la necesidad de establecerse en otro lugar a causa del empobrecimiento de la tierra de cultivo.

Al mismo tiempo, ciertas formas de vida implicaban largos desplazamientos, como era el caso de los cazadores obligados a perseguir una pieza de caza mayor o el de los pastores que tenían que seguir las migraciones estacionales de su ganado. De todos modos, el hombre tendía por regla general a permanecer dentro de un territorio que le era familiar y del que conocía la situación de los recursos y el acceso fácil y rápido al agua y al cobijo. La gran movilidad no fue común hasta tiempos históricos; de hecho aún hoy la mayor parte de la población mundial nace y muere en un radio de unos pocos kilómetros.

Dada la relatividad relativa de las poblaciones, las modas locales cobraron forma en tiempos muy antiguos. En el continente americano, por ejemplo, las sandalias que confeccionaban los pueblos primitivos diferían en diseño y hechura según el área que ocupaban sus usuarios dentro de una misma región. También las costumbres, creencias y ceremoniales reflejaban estas diferencias locales, como lo demuestran los diferentes estilos de talla, pintura, escultura y diseño de armas y útiles.

Asimismo, monumentos, lugares de culto y centros de comercio cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos persisten en la actualidad a pesar de los cambios políticos, religiosos y económicos. El misterio ancestral de las inmensas alineaciones de Carnac, en Francia. En Inglaterra, Stonehenge, cuyo origen se sitúa entre el 1900 y el 1700 a.C., han sobrevivido a los invasores sajones, a los cristianos y a los picapedreros del siglo XVIII, que tenían por costumbre retirar piedras de estos antiguos vestigios para emplearla en la construcción. La catedral de Canterbury, que fue construida sobre el emplazamiento de un monumento presajón, se convirtió en un santuario cristiano que desde entonces ha constituido uno de los focos principales de la vida inglesa. Lo mismo puede decirse de todos los centros religiosos y ceremoniales importantes de Europa y Asia.

La santidad atribuida a un lugar concreto es tan antigua como la vinculación del hombre a las cuevas de Altamira y de Lascaux. El cristianismo nunca llegó a desplazar por completo a la religión de la naturaleza, es más, se da la circunstancia de que construyó sus templos en lugares donde el culto se había practicado desde tiempo inmemorial.

En un libro titulado “La tierra, el templo y los dioses”, el historiador del arte Vincent Scully sugiere que los antiguos monumentos de culto estaban situados en lugares propicios para la contemplación del firmamento, que constituía un componente esencial de la experiencia religiosa.

En los monumentos de la antigua Grecia, la fisonomía del horizonte y, por lo tanto, la situación del edificio, solían formar parte del proyecto arquitectónico. Al parecer, los lugares sagrados de Bretaña y otros monumentos prehistóricos eran lugares donde el pueblo se reunía para rendir culto a la bóveda celeste. Las alineaciones de Carnal nos sugieren puntos de partida de procesiones sacerdotales y de peregrinaciones al campo circundante. Ciertamente, la fuerza de la tradición constituye una razón de peso para explicar la persistencia de un lugar, pero el impacto emocional que provocaba el escenario físico debió contribuir también a que ciertos lugares no perdieran su condición mística a pesar de los cambios en las creencias religiosas y en las estructuras sociales.

En el curso de la historia, el desarrollo de la civilización ha estado asociado a la persistencia de los centros urbanos. La Biblia debe su nombre a la ciudad de Biblos, palabra cuyo significado es “rollo de papiro”, pero que también es topónimo de un antiguo puerto de mar de las costas libanesas situado cuarenta kilómetros al norte de Beirut. Basándose en antiguos textos fenicios, Filón de Biblos escribió en el siglo II que “Cronos levantó una pared en torno a su morada y fundó Biblos de Fenicia, la primera ciudad”.

Sigue en la Circular de Octubre de 2008.

¿QUÉ ES EL DIABLO?

El dios Pan ha muerto y una nueva religión está a punto de aparecer.

El despotismo del Imperio romano había igualado en la corrupción a todos los hombres. Los pueblos sometidos a Roma, se fundían en ella cual nueva Babilonia en la inmensa fiesta de su triunfo. El romano fraternizaba con el griego, con el ibero, el celta, el galo, el germano, el judío, el árabe, el persa, el escita, el sirio, el caldeo, el fenicio, el cartaginés, el fenicio y el etíope.

Cada pueblo había traído a la capital su dios. El Panteón latino que era ya cosmopolita en los cultos, lo era también en las orgías. En sus festines adoraba a todas las Venus, Astarté, Salambó, Mirmilitta, Cibeles, Isis, la Diana de Éfeso, habían adquirido la misma consideración que la Venus clásica. La crápula era general. De la borrachera de los pretorianos surgía el nuevo Emperador en los cuarteles; la orgía ensangrentada de Cibeles conmovía la plebe en las encrucijadas de los caminos; los lupercales invadían las plazas; las saturnales habían entrado en las viviendas; la bacanal se desbordaba por los campos; la sociedad romana estaba ebria.

Aquel pueblo nutrido con los restos del banquete de los Césares, aplaudía los espectáculos más desenfrenados, entonaba las canciones más obscenas, recitaba los versos más provocativos, respiraba todos los perfumes, revestía todas las afeminaciones, probaba todas las embriagueces, extremaba todas las voluptuosidades, aplaudía todos los despropósitos y legitimaba todos los crímenes. Aquella era la descomposición anticipada a la muerte, el “delirium tremens” del vicio.

Pero disfrutar extenúa; la voluptuosidad agota; la borrachera debilita; el sensualismo enerva; la crápula embrutece; de las orgías salen anemias, neurosis, histerismos y nostalgias. A la sobreexcitación sucede la languidez; después del erotismo viene la parálisis; en pos del goce el hastío; tras de la gula el ayuno; el apetito exagerado provoca la inapetencia. El placer es sólo la primera parte del dolor.

Así, la carne que fue objeto del culto es ya estigmatizada. La Naturaleza antes divina es aborrecida. Baco se va, y los sátiros aúllan en las selvas; Atis espira entre los suspiros de las mujeres; desaparece Osiris del Sol donde habitaba; Mitra se perdió en la derrota de los ejércitos; Adonis está enterrado para siempre allá en el Líbano. Se acabó el divino Carnaval: va a comenzar la Cuaresma.

Esos dioses-hijos habidos de un incesto, dioses de amor sensual, cuyo nacimiento era celebrado con sacras orgías y cuya muerte, coincidiendo con las de la Naturaleza, llenaba de dolor a sus adoradores; esos dioses que bajaban al mundo a redimir a los hombres, y a los infiernos a libertar las almas, habían preparado el advenimiento de otro dios – hijo, engendrado espiritualmente en el seno de la virgen, también dios de amor, pero amor místico, y sobre todo dios de expiación y de penitencia, hijo de un dios casto, que para crear no necesitaba la unión con una diosa, de un dios de un pueblo árido como el desierto que habitaba, de un dios de un pueblo que en odio a los dioses de la Naturaleza que adoraban en Babel, sus vencedores se habían divorciado de ella; de un dios de un pueblo tan desgraciado que, desconfiando ya de la justicia en esta vida la reclamaba en otra de ultratumba. El hijo de ese dios, se presentaba, no con el carácter de un rey que sometiera todos los pueblos al hebreo, no con el carácter de un Mesías humano y batallador, sino con el de un Mesías místico, lleno del Espíritu Santo, que venía a salvar al hombre del mal que le domina en este mundo de pecado que ha de desaparecer en breve.

No es aún hijo de Dios por encarnación, lo es sólo por generación figurada, porque en sí lleva el espíritu divino que le anima y que por su boca difunde la nueva doctrina. Sólo se identifica con la emanación de Dios al entrar en el terreno de la especulación griega. En el cuarto Evangelio es ya el Verbo divino anterior a todo lo creado que desciende al mundo para hacer brilla en él la Luz que estaba eclipsada; él en sí es la nueva doctrina. Este dios es símbolo de pobreza, de misticismo, de odio a la Naturaleza ya considerada como una caída; y se propaga por la mortificación y el ascetismo para salvar las almas de la prisión material en que viven y conducirlas al supremo Bien del que proceden. Después de la corrupción extrema, predomina la abstinencia exagerada. Así lo exige la ley de los contrarios.

Pero, no es sólo el pueblo judío el que por odio a los dioses de sus vencedores y por sus desgracias colectivas trajera la tendencia mística a Occidente. Al mismo tiempo que el judaísmo llegaba a tales consecuencias, las mitologías orientales decadentes injertándose en los cultos de Grecia y Roma los transformaban en supersticiones ultramundanas, y la Filosofía helénica por evolución natural llegaba a concebir un Dios único del cual la creación y todos los seres salían por emanación, cayendo en la imperfección y el Mal, al alejarse del Ser Supremo que era el Bien absoluto.

Hemos visto el elemento mitológico que contribuyó a las personificaciones que la ideal del Mal luego afectó en el cristianismo. Veamos la teoría que le suministró la Filosofía griega.

Después de la elucubraciones aritméticas de Pitágoras la filosofía estuvo a punto de perderse en las miserias de la sofística. La levantó Sócrates por el sentido común y el moral, pero Platón la hizo subir tan alto que, perdiendo las realidades terrestres hasta creer la materia apariencia pura, anduvo volando en el vacío en busca de un dios, todo idea. Con Platón la dialéctica, remontándose del individuo a la idea y de idea en idea hasta la más general, hasta la del Bien, colocaba a la cúspide de su edificio un Dios incomprensible, sustancia inefable que en su seno contenía todos los arquetipos de todas las cosas.

Para Platón la idea era lo que constituía el ser en cada cosa: la cosa, el individuo, eran el no-ser. A medida que de la Idea suprema se iba descendiendo al objeto, aumentaba la materia hasta llegar a su predominio completo, al “no ser absoluto” en el ínfimo grado del descenso. No obstante, para Platón el no-ser y el ser no se excluían, pues si no sería imposible el paso del “no-ser” al “ser”; sólo eran gradaciones diversas de caída, diferentes estados de alejamiento de Dios, siendo la idea general que en sí contiene todas las particulares, debía ser el uno, y por lo tanto, superior al ser y al no-ser que de él se derivan.

Para Platón, el Mal era sinónimo de materia, a la cual creía causa de diversidad, de cambio, de inconstancia; y el Bien sinónimo de idea, de orden, de medida, de identidad y vida. La dialéctica de Platón, partiendo de la apariencia fenomenal múltiple y cambiante como grado inferior de la Creación, quiso levantarse a la Idea suprema, y al considerar a ésta como medida y a aquella como desorden fue a afectar formas matemáticas, y degenerando como Xenocrates y Espeucipo en pitagorismo, se perdió por completo en la teoría de los números.

Pronto la escuela platónica, para combatir a sus contrarios, inventa argucias y sutilezas; pero sólo produce sofismas y se confunden por completo con el escepticismo que le ha prestado sus armas para la lucha. Fiel en la forma aún a las doctrinas del maestro, su espíritu se les ha escapado. Un extraño discípulo, Carneado, despliega un ardor infatigable, un arte increíble para conservar el dogmatismo platónico en toda su pureza. Pero es ilusorio. Ha querido conservar un muerto y éste se le descompone. El gran Aristóteles sujeta la Filosofía a la Naturaleza, elevando la experiencia al nivel de la especulación. Dándole más lastre logra que su marcha sea más segura, tanto que, gracias a él, con paso firme atraviesa la oscuridad de la Edad Media, llegando hasta nosotros, y todavía hoy a todos nos admira.

Sienta que el objetivo de la ciencia no es imaginar “a priori” la realidad sensible, sino el explicarla, y que la Filosofía debe de ser la ciencia que lo explique todo, que halle la razón de las razones, la razón más general. Para Aristóteles la materia es el ser en potencia, es la condición de la forma, que es el ser en acto; y no le admite existencia positiva y sustancial separada de ésta. Define el mal “todo lo que es contrario al fin” y, para él, el fin es el bien. El mal, como la materia en sí, no existe, y es sólo un tipo abstracto como aquella. El mal real es la imperfección del ser, el ser ínfimo, la menor cantidad de ser posible, el punto de donde parte la Naturaleza para elevarse por grados hasta el ser. No se pregunta el por qué de las imperfecciones, y como consecuencia práctica sus discípulos consideran bueno todo lo conforme a la Naturaleza, malo todo lo contrario, y caen en su optimismo naturalista.

Se remonta a un Dios que es la Inteligencia abstraída del individuo, que piensa por sí misma. Era el Dios de Platón una sustancia inefable, incomprensible, Idea suprema, que contenía en sí a todas las demás; el de Aristóteles, es Razón de razones, abstracción pura, inconcebible también como el otro. Hacía entrar la dialéctica a todos los seres en Dios, que los pre-contenía, fuera del cual sólo dejaba un vacío, una sombra, una quimera, la “materia”. La metafísica ponía fuera de Dios a toda la creación con todos los seres, de modo que éste comparecía como mero producto de la abstracción de la mente humana.

Sigue en la Circular de Octubre de 2008.

EL LENGUAJE COMO METÁFORA.-

La aparición de la palabra fue acompañada por una atención al contenido de la intimidad, con aquello que es dicho. Sucede porque los dioses crean pronunciando nombres por los cuales las criaturas se hacen individuales, no habiendo diferencia entre la palabra y el Ser de un ente. Al contrario, ambos son los mismos (1): el Ser se arraiga a la palabra, puesto que nombrar significa dar esencia. La palabra adquiere su relevancia en cuanto es pronunciada, se hace audible la sonoridad primordial de una cosa. Hablar nombrando, es revelar y la Psicología se basa en esta relación profunda del Hombre consigo mismo y con lo real. Nombrar es inaugurar: acto primero de penetración que abre, lleno de encantamiento, magia y magnetismo que atrae al oyente llevándole a lo más profundo de la dimensión simbólica. La palabra es el camino del hombre que lleva a lo que debe ser dicho primordialmente. Es sonoridad, aquello que se muestra una sola vez, irrepetiblemente, en toda su magnificencia. En la palabra que nombra brilla la apertura del Ser, que lo habita y lo abriga. Todo lo que es, pasa a existir en la palabra y por la palabra.

Las primeras palabras de Aton como las de Yaveh, son un “hágase la luz”. Jung demuestra que la etimología indo-europea de “lo que es la luz” es la misma que la del término que significa “hablar”: esta simultaneidad se encuentra también en el lenguaje egipcio. Jung, relacionando el radical sven con el sánscrito svan que significa zumbar, concluye que el canto del cisne, pájaro solar, no es más que la manifestación mítica de la etimología de la luz y la palabra. Es que la palabra, como la luz, es un supuesto de omnipotencia. “El propio nombre de Varuna significa “canto épico”, que quiere decir “hablar”, “secreto”. Odin, a veces es llamado “el dios del bien decir”, el poder da facultades de bien decir, de llamar correctamente a las cosas. Brama se manifiesta primero como nombre sagrado, causa real del universo, el Logos hindú, que quiere decir: “abierto, florido, puesto en evidencia, estallar bruscamente como un grito”.

Si un dios o un hombre son cada cual su nombre, éste debe ser preservado, incluso después de la muerte. Olvidar un nombre significa la extinción del contenido vital de aquél a quien designa. Por otro lado, en el transcurso del tiempo, muchos nombres, como el del Yahvé, no eran pronunciados, puesto que nombrar es contener algo, tenerlo en las manos, y Dios es incontenible; el hombre solamente se refiere a Él por sinónimos que representan aquello que Él

(1) Ver libro “Monólogo del Hombre-Dios”.

es y lo esconde detrás de un nombre inaccesible o impronunciable. La Noche es disolución, mientras que la palabra que nombra simbolizando el Día, instituye lo real que, creado por la sonoridad se reorganiza en la palabra. Designa el lugar propio y propicio en el cual brilla el desvelarse del Ser. Cabe al mago-cantor nombrar y repetir reiteradamente el nombre de la divinidad para que éste permanezca inmaculado, puro y potente. En muchas tribus, el hábito de no revelar el nombre de sus dioses es una tradición, puesto que el enemigo al conocerlo podría, al capturarlos, usar sus propiedades contra los miembros de su comunidad-madre. En el nombrar, el brillo del Día, renovación primaveral, fulgura aquello que es. La divinidad, creadora, que en el Verbo instaura el Cosmos: luz que centellea en las tinieblas, cantando órdenes que arroja claridad oculta en la masa homogénea que a todo envolvía.

Nombrar es el poder divino y sagrado otorgado al Hombre, para que llamando un ente a la existencia, por medio de la pronunciación del sonido propio o esencial, alcance también a la dimensión de los dioses. Estos, con su característica uraniana, designan el Cielo o el Sol, o en términos ontológicos, la trascendencia del ente (signo) rumbo al Ser (símbolo) contenido en el lenguaje. El poder celestial de la palabra, pasaje de lo oculto a lo revelado, de la Noche al Día. Este pasaje es un escenario del mundo mítico, la esencia sonora de lo real, la palabra como grito primario, clamor de lo desvelado que concede vida a todo lo que es: ánima que designa aquello que está más allá del Tiempo.

Sigue en la Circular de Octubre de 2008.

I N T E R E S A N T E

Si estás interesado en leer alguno de los libros, Circulares atrasadas o cualquiera de mis escritos, puedes hacerlo contactando con  las páginas web de Internet, siguientes:

OBRAS PUBLICADAS

Entre el silencio y los sueños (poemas)
Cuando aún es la noche (poemas)
Isla sonora (poemas)
Sexo. La energía básica  (ensayo)
El sermón de la montaña (espiritualismo)
Integración y evolución (didáctico)
33 meditaciones en Cristo  (mística)
Rumbo a la Eternidad  (esotérico)
La búsqueda del Ser (esotérico)
El cuerpo de Luz  (esotérico)
Los arcanos menores del Tarot  (cartomancia)
Eva. Desnudo de un mito (ensayo)
Tres estudios de mujer (psicológico)
Misterios revelados de la Kábala  (mística)
Los 32 Caminos del Árbol de la Vida (mística)
Reflexiones. La vida y los sueños   (ensayo)
Enseñanzas de un Maestro ignorado (ensayo)
Proceso a la espiritualidad (ensayo)
Manual del discípulo  (didáctico)
Seducción y otros ensayos (ensayos)
Experiencias de amor (místico)
Las estaciones del amor (filosófico)
Sobre la vida y la muerte (filosófico)
Prosas últimas   (pensamientos en prosa)
Aforismos místicos y literarios (aforismos)
Lecciones de una Escuela de Misterios (didáctico)
Monólogo de un hombre-dios (ensayo)
Cuentos de almas y amor (Cuentos) Isabel Navarro /Quintín
Desechos Humanos (Narración) Ruben Ávila/Isabel Navarro
Nueva Narrativa (Narraciones y poesía)Isabel Navarro/Q
Ensayo para una sola voz (Ensayo)
En el principio fue la Magia   (ensayo)
La puerta de los dioses   (ensayo)
La Memoria del tiempo Cuentos,Poesía Toni Coll/Isabel Nav.
El camino del Mago Ensayo Salvador&Quintín
Crónicas Ensayo Salvador&Quintín

  

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         Salvador Navarro Zamorano

         Madre de Dios de la Nieve nº 8

BUNYOLA  (Mallorca).

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