ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

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                                                                     Circular nº 10, año XVI

                                                                     Bunyola, 1º   de Octubre  de 2.010.

AGUSTÍN DE HIPONA.-

El hombre menos inteligente encuentra una torpeza cambiar de ideas y se aferra de un modo fanático a opiniones profesadas y proclamadas como ciertas e infalibles. Las ideas fijas impiden tener nuevos pensamientos. Un pensamiento puede convertirse en otro, porque es movible, fluido, elástico, en permanente estado de evolución, mientras que una idea choca casi siempre con otra, procurando eliminarla, suplantarla, destruirla. El hombre de ideas fijas es un camino estrecho ladeado de muros muy altos; el hombre del pensamiento es un campo abierto para todos los horizontes.

El espíritu tacaño, no es raro que se fosilice en sus ideas que, generalmente, no son suyas, mientras que el espíritu evoluciona, progresa, abandona antiguas opiniones menos exactas, por otras más probables.

El sabio sabe que nada sabe. El ignorante, desconoce que nada sabe.

Conocer la propia ignorancia es cerrar las puertas a todo progreso.

Durante mi larga peregrinación terrestre, puse fuera de circulación algunos de mis libros, porque con el tiempo me di cuenta de que no representaban a mi propio Yo; reeditarlos sería ser poco sincero conmigo mismo y mis lectores. Para poder crecer, como ciertos reptiles, hay que despojarse de la vieja piel. El hombre en evolución, que no quiera ser una vieja pieza de museo, sino planta de un jardín vivo, no puede fosilizarse en ideas fijas: tiene que ir más allá de su estado evolutivo para proseguir su evolución ascendente.

El hombre pensante se considera en esta vida como un viajero incansable; por más que camine y alcance metas, no se considera jamás llegado al término final de su jornada, ni poseedor integral del ideal que demanda.

El espíritu juvenil, incluso cuando habite en cerebros de ancianos, no conoce ideas fosilizadas, estereotipos inmutables. Acepta consejo, instrucción, mejoramiento; abraza sin rechazo ni humillación ideas ajenas, cuando se convence de que son mejores que las suyas.

Decenios más tarde, se trabaron entre Agustín y San Jerónimo, una calurosa correspondencia epistolar sobre el origen del alma humana. Defendía éste la creación divina del alma, y el otro defendía la idea de una especie de generación por parte de los padres. Cuando el ermitaño de Belén lo censuró acremente por esta opinión, Agustín confesó con simplicidad y sin pretensiones: “Prefiero aprender a decir, para no enseñar lo que ignoro”.

En período alguno de su larga existencia, se sentía Agustín llegado al término final de su vida interior. Incluso, cuando las canas le cubren la cabeza, todavía se considera al principio de su itinerario espiritual y sigue como indefenso pionero demandando nuevas zonas de conocimiento.

Agustín fue un eterno peregrino del espíritu y del corazón.

A los veinte años, estando en Tagaste, no era un místico de la Divinidad, pero ya sentía en sí, vaga y oscuramente, la verdad de las palabras que, más tarde, escribió: “Me hiciste para ti, Señor, e inquieto está mi corazón hasta que encontré quietud en ti”.

Pensó atravesar el Mediterráneo para visitar la capital del Imperio. ¿Con qué fin? Ni él mismo lo sabía. Tampoco lo sabía como el ave migratoria no sabe la existencia de otros países de clima más moderado y, mientras tanto, siente la irresistible nostalgia de las distancias, el instinto de horizontes lejanos.

Agustín quería escapar de lo conocido para lo desconocido, para el misterio, para el infinito. Tenía el ímpetu de huir de sí mismo, del viejo ego para, por así decirlo, nacer de nuevo y comenzar otra vida. Tenía enojo de sí mismo y todo con lo que se relacionaba con su infeliz ego. Y por no poder soportarse a sí mismo, el mundo entero le parecía insoportable.

En esa alma de pagano profano, dormitaba un alma de místico, pero él no lo sabía.

Tierno y doloroso al mismo tiempo fue el nuevo encuentro de Agustín con su madre. Después de la muerte de Patricio, más se había concentrado Mónica en el ardor de su afección, mezcla de insatisfacción de mujer y amor de madre, aunque rechazara al pagano, al hereje, el maniqueo. En ese doloroso conflicto se debatía el alma de Mónica.

De año en año, más espiritualizaba ella su vida cristiana. Dos veces al día visitaba la basílica de Tagaste; por la mañana a la hora de la oración y por la tarde para asistir a la predicación.

A su hijo le insistía para que abandonara sus herejías; pero sus esfuerzos era una pérdida de tiempo. Agustín, en su intelectualismo, se sentía superior a la fe irracional de los buenos cristianos y de las piadosas mujeres de su tiempo. Amaba a su madre, pero no estaba dispuesto a inmolar en aras de ese amor su inteligencia y convicciones personales.

El novel maniqueo aprovechaba todas las ocasiones para hacer propaganda de sus ideas. Llevó a numerosos amigos para profesar en la secta que había abrazado. Hasta en la plaza pública discutía con sus adversarios y gracias a su dialéctica rebatía con facilidad los argumentos en contra, sustrayendo al cristianismo un gran número de adeptos, precisamente los más cultos e influyentes de su ciudad natal.

Este estos, se contaba Romanianus, el hombre más rico y poderoso de Tagaste, amigo y protector del filósofo.

A tal punto llegaron las cosas que Mónica prohibió a su hijo la entrada en su casa.

Agustín, sereno y calmo – por lo menos exteriormente – abandonó la casa materna y fue a residir en la lujosa villa de su gran amigo Romanianus. Estaba dispuesto a sacrificarlo todo al ídolo de su intelectualismo.

Con esto, inició el futuro asceta y místico un tren de vida mundana, en medio del más exquisito lujo, entre juegos, banquetes, partidas de caza e indolentes pasatiempos. La vasta propiedad de su protector era una especie de hacienda o parque, con termas y piscinas de natación, bosques y jardines de elegante gusto. La sombra de una pérgola de perfumadas plantas trepadoras, enclavada en uno de los pintorescos rincones de manzanos, era llamado “el rincón de los filósofos”, donde la dueña de la casa se distraía reclinada en un diván, leyendo obras de poetas y pensadores. En ese espacio, a menudo se encontraba Agustín y Romanianus discutiendo las opiniones de los filósofos de la época.

Romanianus, hombre de maneras distintas y de extraordinaria liberalidad, no poseía convicciones personales sobre cosa alguna, y menos todavía sobre los grandes problemas de la vida. Aceptaba con facilidad las ideas de los hombres que consideraba superiores. Así como había adoptado sin resistencia el maniqueísmo de su inteligente protegido, y como perfiló las ideas platónicas del mismo, así se convirtió al cristianismo del convertido de Milán. El aristocrático potentado de Tagaste, nada tenía de espíritu demoledor ni del genio creador de Agustín. Sólo se sentía seguro sobre caminos perfectamente alineados por otros. Ingería dócilmente lo que otros cerebros habían matizado debidamente.

Con la transferencia de Agustín para la casa de campo de su rico amigo, parecía haberse extinguido en plena aurora aquél gran sol que debía aclarar el universo cristiano durante siglos. Nada más funesto para anquilosar el caudal de un gran espíritu que esa atmósfera de comodidades. Cuando la energía eléctrica no encuentra paso la necesaria resistencia no torna incandescente el hilo conductor; cuánto más difícil el paso, más intenso es el fulgor que produce la misteriosa corriente.

Para Agustín ya no había resistencia, luchas, dificultades que vencer; al menos, así lo parecía. La vida en la villa del amigo era demasiado agradable y deliciosa para que el águila de su espíritu pudiese expandir las alas hacia grandes vuelos y exigir ignotas alturas más allá de las suaves y queridas molicies que proporciona las riquezas, como un vegetar de sonámbulo.

Mientras tanto, no permitió la Providencia que se consumiese en esa paz indolente y anónima la gran alma del genial africano. Más dolorosa que la adversidad externa, son las tormentas nacidas en el corazón de un gran espíritu.

Sigue en la Circular de Noviembre de 2010.

LA REALIDAD OCULTA.

Por desgracia todo nuestro vigor y optimismo están ligados al crecimiento continuo; la “adicción al crecimiento” es la religión inconfesada y no escrita de nuestro tiempo. Hay que detener esta demencial expansión cuantitativa.

Afortunadamente, la superación de la adicción al crecimiento cuantitativo es compatible con los grandes cambios cualitativos. Si la sociedad centra su atención en los cambios tecnológicos necesarios para mejorar la calidad de vida, puede seguir siendo viable y creativa dentro de las limitaciones de una situación de estabilidad dinámica. Podemos llevar nuestro crecimiento por mejores cauces. Las innovaciones no deben cesar, sino llevarse a cabo en una dirección totalmente nueva. En lugar de trabajar ciegamente para producir más y mejor, debemos hacerlo con vistas a elevar la calidad de vida, a alcanzar una nueva armonía, un nuevo equilibrio.

Dirigir la tecnología científica hacia nuevas metas es esencial, pero mucho más difícil que dejarla siga su curso actual. El complejo científico-tecnológico que tan eficazmente ha funcionado durante los últimos doscientos cincuenta años tenderá de forma natural a casi automática a seguir en su línea de producción, llevado por su propia inercia. Según la primera ley de Newton, la inercia es “la propiedad que posee todo cuerpo de mantenerse en movimiento uniforme si no actúa sobre él ninguna fuerza externa”. Es de esperar que las fuerzas extra-científicas generadas por los cuerpos político y social superen en breve a la inercia de la tecnología científica. El número de científicos que se ven obligados a ocuparse de la crisis ecológica es cada vez mayor, y no como resultado del acontecer científico, sino debido al nuevo clima de opinión creado por las presiones políticas y sociales.

Mejorar la calidad de vida es evidentemente más importante que aumentar el volumen de producción, pero no resulta fácil decidir cuáles son los cambios más convenientes para el ser humano. De hecho, la propia palabra “conveniente” implica juicios de valor y sugiere que la calidad de vida es una cuestión puramente personal. Esta subjetividad explica la vaguedad de expresiones tales como “mejores cauces”, “nueva dirección”, “nuevo equilibrio” y “nueva armonía”, al sugerir que la tecnología debería centrarse en la consecución del bienestar humano. Los estilos de vida son mucho más difíciles que definir que los aumentos de producción, ahora bien, si los estilos de vida fueran absolutamente individuales, sería imposible crear un modelo aceptable de sociedad. Sin embargo, aunque cada uno de nosotros viva en un mundo privado y vaya a la suya, las elecciones y juicios de valor deben hacerse dentro del margen determinado por las características inalterables de la especie humana y por los usos y costumbres del grupo social.

Considerados desde esta perspectiva humanista, los problemas sociales no puede ser terreno exclusivo de los expertos. Por supuesto que para la planificación y ejecución de programas necesita de los conocimientos especializados, pero la toma de decisiones corresponde tanto al público como a los expertos, porque en la determinación de los proyectos sociales los fines son tan importantes como los medios. La sociedad que acepta la tiranía del experto es una sociedad enferma.

Las civilizaciones suelen desaparecer a causa del desarrollo excesivo de ciertas particularidades que al principio contribuyeron a su esplendor. Nuestra sociedad industrial peca de haber permitido a los expertos hacer de la eficiencia y de la expansión el principal criterio del éxito. Entre los signos esperanzadores de nuestro tiempo se cuentan el mar de fondo de insatisfacción ante la situación actual y la conciencia de que si las cosas se nos ha ido de las manos es por culpa nuestra. Quiero repetir que la fuerza demoníaca que actúa en nuestras vidas no es la tecnología, sino la afición a considerar los medios como fines.

Debido principalmente a la opinión pública, los cuerpos legislativos y gubernamentales empiezan a abrir cauces para evaluar el impacto de las innovaciones tecnológicas y sociales en nuestro bienestar. El interés actual por calcular el auténtico valor de la tecnología da a entender que, en el desarrollo de la civilización industrial, los objetivos están cobrando tanta importancia como los medios, lo cual puede representar un paso importante hacia el retorno al antiguo interés por la buena vida. Al parecer, en éste y otros aspectos somos más refinados de lo que éramos hace unas décadas. La mayoría hemos descartado la ilusión de estar creando una utopía tecnológica, pero también hemos superado en parte el temor de hallarnos próximos al ocaso de la raza humana. La sociedad industrial no puede perdurar en su forma actual, pero hay indicios de que, a la manera del ave fénix, resurgirá de sus cenizas bajo la forma de una civilización más humana.

                                       *      *      *      *      *

Sobre un fondo de murales que representaban escenas de las Cruzadas, matemáticos, naturalistas y filósofos, discutían una vez más la posibilidad de encontrar explicaciones fisio-químicas para el fenómeno de la vida y de la conducta humana. En 1971 se celebró en París, en el Palacio de Versalles, un Congreso Internacional organizado por el “Instituto de la Vida”, en torno al tema “De la física teórica a la Vida”. Las sesiones científicas se celebraran en el Salón de las Cruzadas, que debe su nombre a las pinturas del siglo XVII que decoran sus paredes y que ilustran los hechos más notables de las Cruzadas. Quizá con intención, pero muy probablemente por accidente, el estrado del conferenciante estaba situado justamente debajo de un cuadro del Papa Urbano II, con los brazos extendidos hacia la multitud, arengando a la primera Cruzada desde la Catedral de Clermont. El Congreso pretendía demostrar que todos los fenómenos de la vida son expresión de fuerzas físico-químicas. Pero aquellas escenas de cristianos y musulmanes que se destrozaban mutuamente o en aquellas otras de éxtasis o desesperación, según los cristianos conquistaban o perdían Jerusalén. Las Cruzadas parecían muy distantes de las explicaciones físico-químicas.

En el Congreso participaron unos cincuenta científicos cuyos campos de especialización abarcaban desde la filosofía y las matemáticas hasta la psicología  y la medicina, pasando por la física y la química. Nueve de ellos habían recibido el Premio Nobel. Las primeras discusiones fueron sosegadas. Todos coincidían en que no hay en los seres vivos, incluido el hombre, constituyente o proceso que no obedezca a las leyes de la materia inanimada. También estaban de acuerdo en que la vida surgió aproximadamente tres mil millones de años en la materia orgánica producida por la irradiación solar sobre sustancias químicas simples. Sin embargo, tan pronto como las discusiones trascendieron los problemas puramente técnicos para centrarse en la relación del conocimiento científico con la conducta humana y el acontecer social, el ambiente se hizo más tenso. Al discutir los aspectos sociales de la ciencia, los diversos Premios Nobel y demás científicos discrepaban tanto entre sí, en sus actitudes y argumentos, como lo habrían hecho un grupo humano de extracción normal.

El Congreso de la Sala de los Cruzados demostró que los problemas técnicos planteados por la relación de la física y la química con la vida, se hallan actualmente dentro de las posibilidades de la comprensión científica. Pero la última fase del programa confirmó una vez más, que es mucho más difícil  vincular los aspectos físico-químicos de la vida a los aspectos realmente importantes de la conducta humana. Cuando en la época medieval la multitud gritaba “Dios lo quiere”, en respuesta a los ruegos del Papa de que fueran a liberar los Santos Lugares, el sonido de sus voces y sus arrebatos emocionales constituían la expresión de fuerzas físicas y hormonales que han llegado a descifrarse y comprenderse. Pero los procesos que tenían lugar en sus cuerpos no explican sus motivaciones.

Sigue en la Circular de Noviembre de 2010.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

Una Cruzada se levanta de francos, bretones, normandos, flamencos y germanos para defender a Dios y arrebatar los tesoros al Diablo. Las huestes mandadas por Monfort y el abate del Císter y dirigidas por el Obispo de Beziers, se precipitan sobre el Mediodía. El santo obispo entrega su villa para que sea la primera en sufrir la ira divina, cual el pecador que entrega su cuerpo al castigo para dar ejemplo de penitencia. El buen prelado había hecho una lista de los que estaban entregados al Diablo, pero en el furor de la acometida el abate de Clíster encuentra engorrosa la distinción en tales circunstancias, y tirando de la espada, exclama: “Matadlo a todos; Dios ya reconocerá a los suyos”. Y tras de Beziers van sucumbiendo las villas y castillos que se defienden valerosamente. No les vale el refuerzo que con don Pedro II les llega de Barcelona. Era un impío; se le quiebra la espada; en Muret para su crimen con la vida. Allí el rey don Pedro II fue muerto en combate y a traición. Vestía una armadura común y los cruzados lo confundieron con uno de sus acompañantes que llevaba las cuatro barras rojas en el escudo, como todos los de Barcelona. “Este no es el rey” gritaron algunos; y él, a fuer de buen caballero, saltó a larga distancia de de sus huestes, el caballo al trote y el cuerpo descubierto, diciendo: “aquí me tenéis”. Entonces, se le echaron todos encima rodeándole, y mientras por delante se defendía de unos, los otros por detrás lo acuchillaron. Fue verdaderamente un asesinato digno de católicos. El día anterior con su tropa y las de Tolosa, había batido de tal suerte a los cruzados en Muret, que después de tomada la población, arrinconó a todos los que quedaron con vida en una almena. Él opinó que no se debió guardar la villa, sino dejar que entrara en ella Monfort con los suyos y luego coparlos a todos dentro; efectivamente, llegó Monfort, entró en la población quedando parte de sus numerosas huestes fuera de la villa. Don Pedro le atacó entonces y le obligó a replegarse deprisa dentro de las fortificaciones, hiriendo a sus soldados en ellas, con las armas arrojadizas de mano, tanto que las puertas de la muralla quedaron tintas de sangre.

Más tarde, Monfort salió por otra puerta y se dirigió al campamento catalán-albigense, cuando las tropas de Aragón estaban comiendo, y entonces fue cuando don Pedro le fue al encuentro seguido de unos pocos, perdiendo la vida como hemos descrito. Y los cruzados infaman su memoria diciendo que había sido en defensa de los albigenses instigados por una dama herética con la cual sostenía amores adúlteros, según probaba una carta suya que habían interceptado.

Muerto don Pedro, deshechos los albigenses, la Iglesia ya ha vencido al mayor obstáculo; pero todavía le queda al Diablo un auxiliar en el poder: Federico II de Sicilia. Este poeta ateo, este hereje coronado, reúne en Sicilia un gran número de doctores musulmanes, de traductores judíos y de astrónomos de Bagdad que paga espléndidamente. Se rodea de materialistas, como Ubaldini; ningún buen cristiano está en su corte. También mantiene una Universidad sarracena en la cual se traducen y comentan los textos paganos de Hipócrates y Galeno, y en la cual permite que los doctores infieles profanen el cuerpo de los cristianos destrozándolos para hallar su mecanismo. No falta quien asegura que tiene un harén para su recreo. No contento aún con esto, se dirige a los pensadores del Islam para que le den la solución de los grandes problemas: “La eternidad del mundo”, “¿En qué consiste el alma?”, ¿Qué método hay que seguir en la especulación intelectual?”. Tales son las cuestiones sobre las cuales les pide respuesta. Y para colmo de escándalo de la cristiandad, va a Jerusalén a los Lugares Sagrados a burlarse de Jesús, y delante de los infieles y de su ejército, envaina la espada, tiende la mano al Sultán Saladito, y se pone a departir con él sobre la existencia de Dios, la formación del Universo y las leyes matemáticas que lo rigen. El Sultán le manda una esfera celeste que es un boceto de la Creación; en ella se ve la trama con que el Creador ha urdido los mundos. Y cuando se ve en peligro, el Sultán es quien le apoya contra los templarios que no quieren obedecerle por impío.

Todos le tienen por el Anticristo. Gregorio IX le excomulga y ella produce su efecto. Su propio suegro le arrebata el reino de Nápoles. Uno de sus hijos se apodera de su corona de Alemania. Pero vuelve de Palestina, y como Satanás le ayuda, lo reconquista todo; hasta hace un Papa hechura suya; pero Dios se lo quita. No importa, elige otro, uno de sus amigos, impío como él. La Providencia le toca el corazón, se convierte y es el enemigo más acérrimo del hereje Emperador que le elevara al solio, al cual excomulga y declara depuesto de su trono, nombrándole otro que le suceda. Quiere transigir; “no hay transacción con el Diablo”, le dice Celestino VI, y ni se le permite que se retire a Oriente. Su Canciller y amigo trata de envenenarle. En fin, muere luchando contra cristianos y la Iglesia persigue a sus descendientes; hasta la tercera generación paga sus culpas, como entre los malditos. Manfredo, ese Sultán de Nocera, perece a manos de los fieles de Anjou. Conradino, sube al cadalso en Sicilia y muere echando el guante al Pontífice. El papado había exterminado aquella “raza de víboras”.

Acabada la guerra que la Iglesia sostenía contra las herejías defendidas por los príncipes, se dedica a perseguir con ardor las que inspira el Diablo de la investigación.

Un monje estudioso, no de los giros de los nombres ni de las entidades vacías de la escolástica, sino de los fenómenos de la Naturaleza, talento enciclopédico, matemático, astrónomo, físico, químico, médico, psicólogo y filósofo, estaba llamando la atención del mundo desde el Norte de Europa. Todavía, dentro de las aulas de Oxford y de París, para apreciar los textos en toda su fuerza, quiso aprenderlos en la lengua en que fueron escritos, a cuyo fin estudió griego, latín, hebreo y árabe. Verdadero profeta del positivismo, afirmaba con ardor que las matemáticas eran la base de toda la Ciencia. Estudiando a Aritósteles, vio el punto del cual éste había partido para llegar al saber, y lo aceptó. El mundo real fue la base de su especulación, pero se remontó por un procedimiento más sólido, que estaba expuesto a menos extravíos. Decía: “Aritósteles fue un gran pensador, pero nosotros podemos llegar a una mayor altura” y estimándole en lo que valía rechazaba su autoridad que comenzaba ya a aplastar la inteligencia en las escuelas, sustituyéndola por la de los experimentos. Espanta a lo que llega el “doctor admirable”  con la Naturaleza por objeto y la observación ayuda por la experimentación por método. Se da cuenta del error relativo al año solar del calendario “Juliano” y en 1264 propone corregirlo. La ignorancia monacal le trata de loco, pero él no se arredra. Después de haber estudiado los medios de que los árabes españoles se valían para ver de cerca los objetos, estudia los efectos de los vidrios lenticulares e inventa los anteojos para la presbicia; luego formula la teoría del telescopio explicando en virtud de qué leyes el hombre puede ver de mayor tamaño los astros, y por qué medios puede seguir su curso en los espacios y estudiar sus respectivas posiciones. Conoce la pólvora y la manera de disparar fuegos y destruir obstáculos y entrevé los buques de vapor, las locomotoras y la navegación aérea.

Además, perfecciona la destilación y halla el secreto de las combustiones. “El aire es el alimento del fuego”, escribe, y después de muchos descubrimientos químicos, trata de combatir la manía de la alquimia. “Hacer plata con plomo, oro con cobre, es tan absurdo como crear algo de la nada”. No advertía que declaraba absurdo el dogma fundamental de la creación del mundo. “Los que han dicho obtenerlo, o han obrado de mala fe, o sólo obtuvieron en el fondo del crisol algún metal brillante que les engañó con sus reflejos”.  “La magia es una farsa de los ventrílocuos y prestidigitadores que llenan el mundo”. “Todos los grandes resultados se obtienen naturalmente”. “Sólo el estudio de la Naturaleza es fecundo”. “La desgraciada humanidad aun está dispuesta a creer en lo maravilloso, y no se toma la molestia de escrutar, de interrogar a la Naturaleza directamente con su razón”.

Era demasiado el saber de Bacon para aquella época. Sus descubrimientos parecían imposibles realizaciones, sus afirmaciones locuras o herejías. A pesar de sus refutaciones de la alquimia y de la magia, se le acusa de mago. Los franciscanos de París, le prohíbe que revele a nadie lo que escribe. Si un Papa le protege, otro le condena. No se niegan sus inventos pero se les pone en la cuenta del Diablo. Los portentos los realiza con la ayuda del maligno. Se dice que con la cooperación del maestro Satanás ha construido unos instrumentos que hacen ver las hormigas grandes como perros, y que permite contar los granos de arena de una playa desde una altura. Por medio de ellos las hierbas se presentan crecidas como árboles, y las gentes y los pueblos que están lejos se trasladan cerca; con su ayuda él lee a distancias que ni siquiera se percibe el libro a simple vista. Se añade que ha encontrado la receta del trueno y del rayo. Con un polvo negro como las tinieblas que se inflama como un relámpago, puede destruir ciudades en un momento. Y él exclama: “Podéis llamar a estas cosas obras del Diablo porque son superiores a vuestro intelecto. Si son aborrecidas y tachadas de magia sólo es a causa de la ignorancia de los canonistas y de los teólogos”. Pero nada le vale. “El Diablo se hace negar por los que inspira”, le responden; y le meten en un calabozo; y sus libros son, como él, atados con cadenas. Clavados en un poste en la Biblioteca de su convento de París, expían las herejías que contienen, pudriéndose roídos de gusanos.

Sigue en la Circular de Noviembre de 2010.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.

La Estética trae el dominio del Arte, la dicotomía entre lo sensible e inteligible, emoción y razón, elementos a ser elaborados al nivel artístico o filosófico. Esta dicotomía remonta a Platón que considerando la Verdad como atributo del intelecto define el Arte como ilusión, copia. Contrariamente al Arte helénico que valor básicamente la materia, la Estética da prioridad a la forma asociada al intelecto, la racionalidad, considerando la subjetividad del artista como el elemento mismo que esencializa la creación. Crear lo Bello es una tarea de genialidad, de aquellos que dominando el objeto con el cual trabaja, centrados en sus experiencias vividas, tienen prioridad absoluta en la ordenación de la materia. La obra de arte es la Verdad en ella contenida, es el resultado del hacer de un sujeto, de la espiritualidad enclaustrada en sí misma, que intenta generar algo, apartada de su relación con la Physis.

Cuando la palabra escrita pasa a pertenecer al dominio de la Retórica, y el Arte al de la Estética, se inaugura la fragmentación que separa al sujeto cognoscente del objeto conocido. Como palabras e imágenes se despersonalizan fuera del vínculo de remisión a la totalidad, el juicio viene a ser en lugar de la Verdad. Esta, diferenciándose del proceso de abertura del Ser, se torna un atributo de los sujetos: se sitúa en la dualidad entre sensibilidad y razón. El significado, que hasta entonces traducía la totalidad, se vuelve expresión de los valores individuales, puesto que es el sujeto quien da sentido a sus obras. Los símbolos, desprendidos del Ser como tales, deberán ser llevados a la reciprocidad con aquello que domina en cuánto armonía creadora. La obra transita desde el misterio inagotable de aquello que en esta está siendo la palabra o tela en que se cristaliza, agotando las formas. Siendo la escisión entre sujeto y objeto el criterio básico de una manifestación que se hace cada vez más humana, las frases y los contornos se reducen a la neutralidad de aquellos que las escuchan, leen o contemplan, exteriormente. Como no hay creación ni obra sin la comunión íntima con lo real que, desvelado conserva en sí el carácter inherente de lo velado, del cual es oriundo, el deseo de una revelación plena corrompe la trascendencia del artista y del contemplador. Retirada del devenir, de lo efímero y de lo ontológico, que busca perennizar, la creación, separada de su origen, es el desdoblamiento racionalizado que se postula como soberana. En ella, el “animal racional”, escapando de la compenetración mutua con la Naturaleza, busca la eternidad de lo real en las definiciones que, teniendo como paradigma la consciencia, se desarraiga de su esencia. El ímpetu de la auto-afirmación se parece a la unilateralidad en la cual hablar del ente ya no implica una referencia al Ser, puesto que todo depende de la experiencia humana que se quiere autónoma. Como sólo el desvelamiento posibilita comprensión e intercambio entre el Hombre y realidad, la creación apartada de su referencial ontológico, se ve envuelta por las directrices de la Lógica y la Técnica, desfigurándose como tal. Buscará a partir de entonces, aquello que es nuevo, que puede ser concebido en términos transitorios en el interior de los cuales un contenido oscilante de acuerdo con aquél que lo capta oscila en la vacuidad, en el no cuestionamiento, en la repetición, en suma, en vacío confuso en el cual el Hombre se asegura en la precisión y en la confirmación. Rota la remisión de los opuestos a la unidad, el Hombre adviene como soberano en un mundo creado de acuerdo con los criterios de su voluntad: universo re-creado, aquello que se estanca. La familiaridad conduce a lo superfluo y a lo banal: el género lógico agotado en la definición, excluye todo lo que se muestra como diferente y la dualidad entre esencia-existencia, cuerpo-alma, forman binomios que demuestran el olvido del Ser. Los conceptos, criterios incuestionables, transmitidos y uniformemente aceptados por las generaciones humanas, generan una apatía ante sus contenidos: no hay por qué cuestionar lo que es constante. Pero en esta falsa constancia se excluye el devenir humano. Es justamente en este dato fundamental de la mutación del Hombre y de la necesidad de buscar valores condicionantes con la época histórica en la cual se sitúa, que los cánones pueden ser superados, teniendo en vista asumir una nueva posibilidad de expresarse, yendo al encuentro y en la apelación al Ser. El Hombre, situado ante esta confusión conceptual caótica, buscará renovarla, como en el Mito.

Sigue en la Circular de Noviembre de 2010.

 

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