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SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

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                                                          Circular nº 5, año XVI

                                                           Bunyola, 1º de   Mayo de  de 2.010.

AGUSTÍN DE HIPONA.-

En su libro “Confesiones” escribe los desvaríos de sus años mozos. Los describe en colores tan vivos, acusándose de tamañas maldades, que el lector sereno e imparcial llega a desconfiar del valor histórico de ciertos pasajes y tiene la voluntad de defender a Agustín contra San Agustín. En efecto, quien escribe aquella autobiografía no es el hombre, es el santo. Aunque sea real el fondo de todo cuanto expone, está fuera de duda que en ese libro el santo traiciona muchas veces al historiador. Después de convertido, contemplaba Agustín todos los pecados de su juventud con el prisma de su acendrado cristianismo y siente dentro de sí el deseo, tal vez inconsciente, de reducirse al último abismo de depravación moral, a fin de exaltar tanto más el poder de la gracia divina, que de tan lejos fue él a buscar en el seno del Evangelio.

Papini, en su conocido libro sobre Agustín, no consideró debidamente el carácter de las “Confesiones”. Llega hasta el punto de querer reducir al hijo de Mónica a un vulgar homosexual invertido, a fin de poder después, con más intenso brillo, ceñirle en la frente la aureola de santo.

Nada encontramos en las “Confesiones” del genial africano que justifique esta opinión. Agustín era un joven de profunda y ardiente sensualidad, que no ponía freno a sus instintos naturales. Pero su sensualidad era demasiado natural para no descarriarse en el vicio desnaturalizado de la homosexualidad. El invertido adultera su propia naturaleza. Si es hombre, varón, ¿por qué es que deja de ser lo que es, para ser lo que no es? Tenga al menos la sinceridad sexual, la lealtad, el coraje de ser lo que es, y no cometer la repugnante mentira orgánica, la monstruosa paradoja sexual de adulterar su virilidad e invertir los imperativos categóricos de la propia naturaleza.

La Biblia considera la homosexualidad como uno de los más horrorosos delitos contra la ley natural. Fue en castigo de este pecado que Yahvé destruyó Sodoma y Gomorra “porque toda carne corromperá su camino”.

Difícilmente el hombre pervertido y contaminado en el profundo manantial de su energía vital y de sus potencias creadoras llegará a construir algo grande y notable para la humanidad, sea en el campo intelectual, en el terreno social o en la esfera espiritual.

¿Cómo levantar un edificio sólido sobre ruinas y pantanos?

Puede el hombre sensual prestar grandes hechos, porque la sensualidad es, en último análisis, un exceso de energías orgánicas, vitales. La erótica es una formidable potencia que puede y debe ser canalizada y disciplinada, con efectos saludables al hombre integral y dará impulsos hacia mundos de belleza, grandeza y sublimidad.

No es necesario ser freudiano para comprender una verdad tan antigua como la propia humanidad.

El invertido envenena la propia fuente de sus energías constructoras, neutralizando un poderoso torrente en su ser, cuando debía dirigirlo para aprovechar grandes maravillas.

Poderosa es la gracia, que del abismo de la lujuria normal levanta a un pagano que de tal abismo no quería salir.

El provinciano que desde la soledad de cualquier punto del interior de su país visita por primera vez una de sus metrópolis, queda boquiabierto, ante la magnicencia de sus rascacielos y otros edificios singulares.

Adora a su patria ante la espléndida capital.

Aprueba en género, número y caso todo cuanto se escribe sobre la historia de su nación. Esto más o menos es lo que debieron haber sido las impresiones que se apoderaron del alma del joven Agustín cuando a los dieciséis años fue por primera vez a visitar Cartago.

Treinta años más tarde, llega a detestar los años pecaminosos en la “ciudad de Venus”. Sin embargo, el lector no deja de percibir entrelíneas en todas las obras de Agustín la sincera admiración que dedicaba a la opulenta capital, dulcemente mecida en las aguas del golfo de Túnez. Cuando obispo de Hipona muchas veces visitó a la encantadora “princesa de África” que fascinaba su espíritu culto y el corazón enamorado de la belleza.

¿Quién consigue arrancar del corazón lo que una vez amó sinceramente?

El universalismo afectivo de Agustín abarca todo lo que es bello, armónico, estéticamente perfecto. Su amor masculino es sólo un aspecto de su alma esencialmente afectiva. Supo tan bien amar a la naturaleza tropical de su patria, como la belleza de los cuerpos de las cartaginesas y, sobre todo, amar más tarde las eternas e intangibles realidades del mundo espiritual.

Cartago fue siempre uno de los grandes amores del célebre númida, gentil y cristiano.

Cartago era al mismo tiempo, una de las cinco grandes metrópolis del Imperio Romano: Roma, Constantinopla, Antioquia, Alejandría y Cartago. De las ciudades marítimas era de todas la más importante. Si el gigantesco emporio de Cartago dejase de exportar cereales a Italia, ¡Adiós Roma! Moriría de hambre la famosa urbe.

Residía en Cartago un célebre joyero natural de Tagaste, de nombre Romanianus, humanitario mecenas de muchos estudiantes pobres y amigo de la familia de Patricio y Mónica.

Se interesó por el talentoso paisano y le facultó parte de los medios necesarios para proseguir sus estudios. Posiblemente le ofreció generosa hospitalidad en su casa.

De esta forma estaban garantizados los estudios y la subsistencia de Agustín.

Sin embargo, para su alma no encontraba ningún mecenas. Ni el joven quería saber de tutor ni mentor. Quería vivir según su voluntad, vivir en toda plenitud, vivir sin obstáculos ni freno de ninguna especie.

Grande era su sed de saber, pero mayor todavía la sed de amar.

Agustín aun no sabía lo que era el amor.

No se sabe lo que no se vive, lo que no se sufre.

Lo que él gozara en los últimos años era primitivo sensualismo. No era propiamente amor.

Para amar se ha de ser más hombre que animal.

El cuerpo goza; el alma ama.

“Amar es ser amado”  dice él en su autobiografía. Esto le parecía el supremo ideal de la vida pero, como dice, ya estaba “enamorado del amor”.

“Llegué a Cartago y espumeaba en torno a mí, cual caldera en ebullición, la infamia de vergonzosos amores. Aun no amaba, pero ansiaba amar. Procuraba amar, estaba deseoso de amor; detestaba la seguridad y el camino sin peligros. Amar y ser amado me era suave; más aún cuando gozaba del cuerpo amado. Y con ser tan feo y deshonesto, en el exceso de mi vanidad hacía cuestión de aparecer elegante y bien educado. Caí en el amor que deseaba me cautivase”.

No hay poeta gentil que con tanta pasión haya cantado el delirio del amor, ese martirio tan dulce del corazón.

El amor de Agustín no era esa exquisitez tan amorosa de ciertos románticos.

No era esa suavidad lánguida y anémica de ciertos poetas de nuestros días.

El amor de Agustín tenía algo de trágico y metafísico. Recuerda la siniestra vehemencia de los elementos de la fuerza de la Naturaleza. Hace pensar en un vendaval, en relámpagos, en terremotos, en la propia muerte…..

Amar es vivir; no amar es morir.

Existe un amor mortífero.

El hombre, empujado por la invisible e invencible vehemencia de una fuerza natural, no sabe si de ese titánico y apretado abrazo va a salir vivo o muerto; no sabe si el huracán raptor lo arrastrará hasta el seno de Dios o el infierno de Satanás.

El amor es como el Destino de que hablan las tragedias de Sófocles.

Sigue en la Circular de Junio de 2010.

LA REALIDAD OCULTA.

Avances sociales y tecnológicos que al principio eran indiscutiblemente beneficiosos se vuelven peligrosos sólo tras haber sido aplicados a fines inadecuados o cuando se les ha permitido crecer más allá de los límites razonables.

Al principio, la construcción de carreteras es útil y provechosa, pero las autopistas destruyen el medio ambiente rural y empobrece la vida humana. Los útiles mecánicos eliminan de nuestra existencia trabajos fatigosos, pero las herramientas motorizadas arruinan la pureza y calidad de los paisajes. Solemos utilizar la palabra “progreso” en su sentido etimológico restringido de “avance”, aun cuando sea evidente que el camino que estamos recorriendo conduce al aburrimiento, al trastorno psicológico y al desastre social.

No es fácil descubrir el período concreto en que la fórmula del progreso, que hizo de la tecnología uno de los aspectos más emocionantes de la civilización, comenzó a distorsionarse hasta acabar por destruir los valores humanos. De todos modos, ya en a principios del siglo XX aparecieron claras señales de advertencia.

Una visita al Palacio de las Máquinas en la Exposición Universal que tuvo lugar en Paris en el año 1900 convenció a Henry Adams de que las fuerzas mecánicas habían comenzado a sustituir a las motivaciones emocionales y espirituales en el gobierno de las cuestiones humanas. Según su visión del futuro, el vapor y la energía eléctrica no sólo estimularían la industria, sino que se convertirían al mismo tiempo en los dioses de una nueva religión. Al aumentar la capacidad de manipulación de la naturaleza, la tecnología alteraría la calidad de las relaciones entre el hombre y las fuerzas vitales; el culto a la Dinamo reemplazaría el culto a la Virgen. A pesar de su perspicacia, Adams no había advertido hasta qué punto la tecnología había comenzado a dominar y alterar la vida humana ya en su tiempo. El cambio se hace evidente cuando se r4epara en el contraste entre las dos Exposiciones Universales que tuvieron lugar en Chicago en los años 1893 y 1933. La Exposición Universal de Chicago de 1893 se mantuvo en la tradición clásica de las Bellas Artes, sin referencia alguna a los nuevos estilos de arquitectura y mobiliario industriales que se estaban creando en Estados Unidos. Sólo los visitantes europeos alababan la belleza funcional de las modernas herramientas y artículos domésticos, considerándola como la auténtica expresión del genio americano.

Cuarenta años más tarde, los organizadores de la Exposición Universal se habían convertido a la religión de la tecnología. Su propósito principal era celebrar “El Siglo del Progreso” transcurrido desde la fundación de la ciudad en 1833. Estaban tan impresionados por el papel de la tecnología científica en la creación de riqueza que abogaban por un mundo en el que las máquinas determinaran los rasgos de la vida humana.

Decía una guía de la Exposición: “La ciencia descubre; el genio inventa; la industria aplica; y el hombre se adapta a, o es moldeado por, las cosas nuevas. Individuos, grupos, razas enteras de hombres caminan al paso que marcan la ciencia y la industria”.

El voluminoso grupo escultural del Palacio de la Ciencia era aún más explícito que la guía en dar a entender que las máquinas habían llegado a ser más poderosas que los hombres. La escultura representaba a un hombre y una mujer con los brazos extendidos, como en un gesto de temor a la ignorancia; entre ambos se alzaba un enorme y anguloso robot que casi los doblaba en tamaño, inclinado sobre ellos y rodeándoles con un brazo rígido y metálico, en además protector. La tecnología que reconforta y guía a la humanidad era sin duda el tema de la Exposición.

Dado que los organizadores creían que todo producto de la tecnología científica era bueno para el hombre, les pareció apropiado utilizar como encabezamiento de la guía la máxima siguiente:

“La ciencia descubre. La industria aplica. El hombre se conforma”.

La frase “el hombre se conforma” y “los hombres caminan al paso que marcan ciencia e industria”, tenían connotaciones siniestras ya en 1933. Implicaban que el hombre debía de adaptarse al entorno creado por la industria, en lugar de utilizar la ciencia y la tecnología para establecer unas condiciones que se adecuaran a sus necesidades fundamentales. La etimología de la palabra “conforma” sugiere que el hombre ha de ser realmente moldeado por las fuerzas tecnológicas. No obstante, estas connotaciones no fueron reconocidas por la mayoría hasta que la lista de problemas ambientales puso en evidencia que la tecnificación de la vida no conduce necesariamente a la salud y a la felicidad.

Si pasamos revista a la evolución de la relación entre el hombre y la máquina desde el siglo XIX, advertimos que los peligros de la tecnología no provienen del hecho de que sus complejidades la convirtieron en un monstruo de Frankenstein ajeno al control social, sino de la disposición del hombre a caminar al paso que marca la industria y a conformarse con los imperativos tecnológicos. La última variante de esta rendición intelectual es la sumisa aceptación de que “la mente humana no está lo suficientemente adaptada para poder interpretar el comportamiento de los sistemas sociales” y que debemos por tanto creer, casi a ciegas, la información y las instrucciones que recibimos de los cerebros electrónicos a los que alimentamos con todo hecho o dato que somos capaces de reunir o programar. Sin embargo, parece legítimo suponer que si aceptamos nuestra incapacidad de comprender los sistemas sociales en los que nos hallamos inmersos, con el tiempo perderemos todo incentivo para cambiarlos y dejaremos que nuestro destino lo decidan fuerzas anónimas.

Una de las fuerzas más demoníacas de la civilización tecnológica es el ansia de crecimiento, que se ve intensificada por mecanismos institucionales que van desde el prestigio nacional al fomento de la adquisición de bienes inmuebles y otras formas de publicidad comercial. Si al hombre moderno se le alienta a expandir aún más su apetito por los productos industriales, si continúa dándose por sentado que vale la pena adquirir toda innovación y se justifica el abandono de costumbres dignas sólo porque son antiguas, si la población sigue aumentando sin tener en cuenta la capacidad del planeta para mantenerla y absorber sus desechos, entonces los desastres son inevitables, independientemente de las mejoras en los procesos tecnológicos. Ni la riqueza ni el conocimiento son capaces de proporcionar formas eficaces de lucha contra los excesos humanos.

Así pues, los demonios a exorcizar no están en la tecnología sino en las mentes de los hombres. El futuro de la civilización tecnológica depende de la capacidad y de la voluntad del hombre para establecer objetivos asequibles, convenientes e inocuos. Resultará que estos objetivos son los más compatibles con la naturaleza fundamental e inmutable del hombre y con las condiciones más favorables para su salud, su felicidad y su desarrollo mental.

Sigue en la Circular de Junio de 2010.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

Su moral es superior a la de todas las religiones: se mantiene entre la libertad y la fatalidad, considerando la primera propia del alma, y la segunda como el límite que le opone la Naturaleza exterior. No entran a considerar esa especie de fatalidad interna que el hombre lleva en sí, producto de la herencia o de la adaptación, esos hábitos que a veces traban su voluntad libre, pues a causa de su falta de conocimientos, relativamente a la época moderna, creían al alma igualmente apta para determinarse indistintamente entre dos motivos contrarios de igual potencia; ignoraban todo el funcionalismo de las predisposiciones. No obstante, para algunos de ellos la libertad no era capricho ni azar, sino que se asemejaba a la necesidad. Averroes sienta que las potencias activas no conocen el estado de indiferencia. Para este filósofo, el ideal de nuestro estado sería el de no haber de menester jueces ni médico; ni mal moral ni mal físico.

El concepto que tienen de la mujer es contrario a todo lo que se cree generalmente de los árabes. La consideran diferente al hombre en grado, no en su naturaleza; y la creen apta en menor escala para la guerra, la filosofía, el arte y todas las grandes funciones humanas. Averroes condena el estado de la mujer que pasa la vida entera como la de una planta, dentro de su casa a cargo de su marido; dice que “se diría que tales mujeres sólo están destinadas a dar hijos y a amamantarlos y esta posición servil destruye en ellas la facultad de las grandes cosas” y aboga enérgicamente para que salgan de un tal estado vegetativo.

La filosofía griega después de haberse metamorfoseado en tierras de Andalucía, adquiere no sé qué de mágico atractivo. Los doctores de las universidades se dejan seducir por ella, prefiriendo la mezcla impura de lo pagano con lo árabe a los beatíficos escritos de los Santos Padres. La Universidad de Córdoba y la de Toledo, imponen sus ideas a la de París y a las de Italia. Aristóteles hace enmudecer a Santa Agustín. Santo Tomás queda oscuro al lado de Averroes.

La mayoría de la Europa cristiana, preocupada de ideas de sufrimiento y de otra vida, debía de recibir las atrevidas conclusiones de la filosofía árabe como inmensas impiedades inspiradas por el Diablo. Producía libros como los de la física de Averroes que rechazaban la Creación; otros que negaban la inmortalidad del alma individual; en otros se describía un Dios demasiado indeterminado para que pareciera tal a los ortodoxos católicos, cuando no lo reducían a un mero punto matemático, centro imaginario del inmenso círculo del Universo.

Además, apenas entrada la tendencia al arabismo en las Universidades, sólo salen herejías y blasfemias de la boca de los doctores, como si estuvieran inspiradas por Satanás. Se oye en las salas que “el mundo es eterno”, que jamás existió “un primer hombre”, que “el alma se corrompe con el cuerpo; que nada tiene que ver la Providencia con los actos humanos” y que “Dios no puede hacer que el hombre sea inmortal, corruptible que es de sí, y por tanto perecedero”,etc. Así es que el ser partidario de la metafísica árabe, viene a ser sinónimo para los buenos creyentes, de haberse entregado al Diablo.

Y todas estas herejías le llegaban a la cristiandad de España, de esta península, donde los moros, judíos y cristianos tenían iguales derechos ante la ley; en donde habían príncipes que protegían y remuneraban a los que cometían el sacrilegio de descuartizar los cadáveres para saber por qué procedimientos la Providencia nos quitaba la vida; en donde los reyes de Castilla falsificaban el derecho godo con el derecho pagano de Roma, y los de Aragón hacían la guerra al papado, por sistema.

Uno de los focos de emisión era la Universidad infernal de Toledo, en la que el arzobispo Raimundo, gran canciller de Castilla, había organizado un cuerpo de traductores judíos la mayor parte de ellos, presidido por Domingo Gonzalvo, para dar a la cristiandad esas obras de moros, que ni en su Dios creían, mientras que otros llegaban de Barcelona, en cuya ciudad sus Príncipes excomulgados protegían a los judíos que las vertían al latín y las enviaban a todos los puertos del Mediterráneo.

Todos los principales doctores ortodoxos, se apresuraron a combatir las herejías del greco-arabismo, desde santo Tomás a Raimundo Llull, secundados por los anatemas de los prelados. Los obispos de París, Guillermo de Auvernia y Esteban Tempier, condenan las principales proposiciones averroístas de la Universidad. Eymeric, en Aragón, propone al rey que persiga a los comentadores de Aristóteles, de Avicena, de Averroes y de Moyai, junto con los alquimistas y evocadores de demonios.

La Universidad de Toledo pasaba en Europa en la segunda mitad de la Edad Media por una Universidad del Diablo. Todo el mundo se figuraba que en sus cátedras se enseñaba la magia. Los estudiantes de Baviera y de Suabia iban a Toledo a instruirse en la magia y en la nigromancia. Se decía que Carlomagno, Silvestre II y que el mismo Virgilio, el gran encantador, habían estudiado en dichas aulas.

Las ciudades de Barcelona y Valencia se unieron para echar y perseguir al dicho Eymeric por atacar la libre emisión del pensamiento consignada en las leyes de dichas ciudades, y el rey de Aragón, Juan I, lo desterró de todos sus dominios, encargando a todos los hombres de armas, agentes de justicia, empleados de la ley, caballeros y ciudadanos, de arrestarlo y entregarlo a los poderes públicos, allí donde lo encontrasen, si antes del término de diez días no se había marchado de su reino. La carta de Juan I dice así: “De la misma manera que un aguijón y que un veneno mortal, Nos os desterramos de hoy en delante de toda compañía de nuestras villas y de toda estancia y morada de nuestros reinos y tierras, por enemigo de Nos y de nuestra gente….etc.”.

Los franciscanos que se han dejado influir por estas ideas, se ven acosados por los dominicos con la argumentación y con el fuego. El mismo cielo se encarga de castigar en vida a los averroístas. Simón de Tournai se vuelve mudo e idiota, y hasta después de muchos años en que se aplaca la cólera de Dios no puede aprender de su joven hijo el Credo y el Padrenuestro, pues perdió la razón rugiendo como una fiera, en el momento en que afirmaba que la religión de Cristo era tan falsa como la de los judíos y los moros. Gerard d´Abbeville muere leproso y paralítico. Siger tiene una horrible visión del infierno, y espantado se convierte tomando el hábito. Todos los partidarios de esta filosofía del demonio mueren con las señales de la condenación. Así lo afirman los hermanos mendicantes.

A partir del siglo XIII Averroes es considerado ya como uno de los jefes de la filosofía árabe y tachado como autor de una horrible blasfemia: se dice que ha compuesto un libro infame titulado “De Tribus Impostoribus”, una obra que jamás existió en la Edad Media y fue también atribuida a Federico II, a Pedro de Levignus y a Alfonso X de Castilla. En ella se trata de demostrar que Jesucristo, Moisés y Mahoma sólo fueron tres farsantes que engañaron al mundo con sus patrañas; que los dos últimos tuvieron al menos más talento, pues murieron en el poder, que el primero sólo lograr parar en un patíbulo; y de sus tres religiones dice: que el cristianismo es una religión imposible, el judaísmo una religión de niños y el islamismo una religión de puercos. Además, se afirma de este rey de pestilencia, como le llamaba Gregorio IX, como daba igual nombre a Federico II, que se burla de la Santa Eucaristía, echándole en cara a los cristianos el comerse el Dios que adoran; que niega que la Virgen pudiera concebir sin contacto de varón alguno; y que no cree en el diablo. Y no falta quien asegure que, hijo de judíos fue cristiano cuando adolescente, renegado y luego moro, y que acabó por blasfemar de todas las religiones. Gersón le llamaba “maldito ladrador, demente, enemigo encarnizado de los cristianos” y la pintura religiosa en Italia le representa a los pies de Santo Tomás entre los heresiarcas, estrangulado por una serpiente infernal, con su gran comentario de Aritósteles en el suelo.

Y no obstante todo esto, el peripateticismo terminó por imponerse en los siglos XIV y XV, y fue durante la segunda mitad de la Edad Media, el reflector de la luz con que Aristóteles nos alumbraba aún desde el fondo de la Antigüedad perdida.

Además de sus enemigos exteriores ponían en peligro la Iglesia los que nacían de su propio seno. Conforme a la ley del desdoble, producían herejías dentro del catolicismo; de una parte los que impulsados por la fe querían extremar el espíritu cristiano hasta anular todas las fórmulas que le imponían la disciplina de Roma, y de otra los que, demasiado pensadores, intentaban penetrar las oscuridades de los dogmas a la luz de la razón, sin sospechar que ésta pudiera desvanecerlos al destruir las tinieblas en que venían envueltos.

Se manifestaba este doble movimiento en el siglo XII, en este siglo que se presenta en la historia preñado de libertad, pero que aborta.; que preludia la emancipación del pensamiento, sólo para provocar las sangrientas represiones eclesiásticas del siglo XIII y el malestar del siglo XIV. En el quiere dibujarse la personalidad humana, pero sólo se aboceta. Hasta allí el hombre había sido para la religión, para Dios; el mundo y sus realidades desaparecían a su vista. A partir de ese siglo, la religión ya es para el hombre; si Dios bajó a la Tierra fue sólo para dejar sus huellas en ella en provecho nuestro. “El Cristo nada tuvo más que yo”; “yo puedo divinizarme por la virtud”; estas frases de un discípulo de Pelagio, son la consigna a la cual inconscientemente obedecen las inteligencias en ese primer siglo de emancipación.

Esta idea produce sus frutos inmediatos, y cada cual obra como si tuviera un dios en el cuerpo.

Sigue en la Circular del mes de Junio de 2010.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.

Desarrollan la mnemotécnica griega fijando la distinción entre lugares e imágenes, precisando el carácter activo de tales diseños en el proceso de rememoración (imágenes agentes) y formalizando la división entre la memoria de las cosas (memoria rerum) y memoria de las palabras (memoria verborum).

La memoria es la quinta operación de la retórica: después de inventio (encontrar lo qué decir), la dispositivo (colocar en orden lo que se encontró), la elocutio (aumentar la floritura con palabras y figuras), la actio (recitar el discurso como un actor, por los gestos y la dicción) y terminar con la memoria (memorias mandare recorrer la memoria).

La distinción entre Naturaleza y palabra alcanza con la Retórica el nivel secundario: el contenido fijado reproduciendo mecánicamente, bien como su significado pasa a ser manipulado y apagado por los detentores del poder semántico, llevando a la despersonalización del dicho-escrito y de forma concomitante, a la anulación de la memoria como tal. Sócrates, que no escribió nada, preocupado con incentivar el ejercicio filosófico en lo más hondo de sus interlocutores y no en adoctrinarlos sistemáticamente, critica tanto a los sofistas como a la Retórica. Su base es la escritura que hace a los hombres esclavos del decir de los demás, en la medida en que sin interrogarse acerca de lo que se expresa, no se relacionan íntimamente con ellos. Pero es posible que en medio de estos escritos vacíos de contenido, surjan hombres que asciendan rumbo a un diálogo con el texto: saliendo del horizonte de la opinión, pueden comparar y discutir verdades, llegando a las propias certezas rememorándolas.

Escribir, de hecho ocasionará por falta de ejercicio de memoria, el olvido en las almas de quien aprende, pues recordará las cosas haciendo fe en lo escrito a partir de fuera, por medio de índoles ajenas, no por sí ni por procesos íntimos. No encontramos, por tanto, un remedio para conservar los recuerdos, sino para evocarlos. Así, una vez escrito todo el discurso vaga por todos lados, junto de quien sabe y de quien no sabe absolutamente nada, e ignora a quien debe y a quien no debe hablar. Cuando alguien, sirviéndose del arte de la dialéctica, tomando un alma apropiada, en ella pone la semilla de la planta con sabiduría, discursos que son capaces de ayudar a quien plantó y que no son estériles, sino que encierran en sí un germen donde brotarán otros discursos, plantados en otras almas.

En un primer momento, lo que nos importa propiamente es trazar el pasaje del mundo mítico y poético, aquél en el cual surge la Escritura. Al trazo básico de unión con la totalidad cósmica, en el seno de la cual los dioses y la Divinidad ceden su lugar al hombre. La palabra como tal deja de contener en su esencia la nominación; llamar a un ente a su existencia, es crear lo divino en el Cosmos y la continua misión humana es re-crearlo. Desvinculada del canto, de la música y del rito, el lenguaje invade los dominios del individuo que se torna un sujeto de lo real, del cual se aparta cuanto más asume para sí la imagen de soberanía.

Sigue en la Circular de Junio de 2010.

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