ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

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                                                                     Circular nº 6 , año XVI

                                                                      Bunyola, 1º de Junio de  de 2.010.

AGUSTÍN DE HIPONA.-

Agustín no ama sólo con el corazón, con el espíritu, con los nervios; ama con todo su ser, con toda la plenitud de su personalidad; ama con todas las potencias del ego, con todas las energías de la virilidad, con todas las tempestades de su juventud y con toda la profundidad de su alma esencialmente metafísica.

Él cree que el hombre nació para amar. Cree que el hombre que no ama equivoca su destino.

Y en esta convicción vivió y murió el gran pensador, aunque más tarde comprendiese que una potencia tan sublime, vasta y profunda como es el amor, necesita de una diana igualmente grande y sublime para poder encontrar sosiego y definitiva quietud; pues una gran potencia no puede ser actualizada por una realidad mezquina y mediocre.

A los ojos del joven provinciano se exhibía la sonriente metrópoli con todos los deslumbramientos de su estallante lujuria; Carthago Veneris, como la apellidaban acertadamente los contemporáneos, “Cartago de Venus”.

Cuando Agustín, desde la gigantesca plataforma del templo de Esculapio, situado en lo alto de la acrópolis, contemplaba la ciudad, tenía a sus pies todo aquel inmenso tablero de edificios, de construcciones casi geométricas, cortada por jardines y huertos, plazas y alamedas, de soberbios monumentos y refrescantes rincones. A su izquierda murmuraban las aguas por entre las pilastras del puente llevando sus aguas plácidas al golfo de Túnez, recordando una soñadora laguna veneciana de nuestros días. A la derecha, el gran puerto colmado de navíos, ondeando con la calurosa brisa el variado colorido de sus velas. Detrás, los azulados picos del Atlas. A su frente, la planicie líquida del Mediterráneo donde se confunde la línea del horizonte con el misterio de sus aguas, más allá de las cuales se adivinaban los litorales de la isla de Sicilia.

¡Cómo es bella Cartago, reina de África!

La atmósfera de la ciudad era generalmente tibia, amenizada por las brisas marítimas, voluptuosas caricias que envuelven el cuerpo y el alma en aquella dulce languidez que tanto predispone al amor y a los gozos sensitivos.

Todo cuanto se veía, escuchaba y sentía en Cartago era para embriagar el corazón y diluir con sutil veneno la voluntad y el carácter del hombre que no fuese precisamente de bronce y granito.

Por otro lado, la metrópolis africana no carecía de notables centros de cultura. Era un orgullo para los señores de Roma haber hecho de su antigua rival una de las más bellas y confortables ciudades del mundo.

El Anfiteatro de Cartago era del mismo tamaño que el de Roma. Un acueducto de 24 kilómetros de largo canalizaba las fuentes de Zaghonan que abastecían a la ciudad. Las termas de Antonio, de Maximio, de Gargilio, gozaban de fama en todo el Imperio. Numerosos teatros, gimnasios, academias y centros de arte y diversión proporcionaban al pueblo cultura y gratos pasatiempos.

En el campo religioso se ofrecía una babel de creencias que imaginarse pueda. Adeptos de todos los credos, de todos los cultos cristianos y gentiles, alardeaban de sus sistemas, disputando encarnizadamente  y forcejeando por conquistar prosélitos.

Los escritores de la época hablan de catorce iglesias cristianas en Cartago.

¿Habría Agustín frecuentado alguna de ellas?

Las visitó – como confiesa – para ver mujeres hermosas e invitarlas a una cita.

Usos y costumbres, como se ve, no han cambiado mucho desde el 4º siglo al 21º.

Abundan los cristianos donatistas, al frente de los cuales estaba el obispo Parmenianus. Se sentían orgullosos de ser católicos genuinos, mientras que consideraban “bastardos” a los católicos romanos, guiados por el obispo Genetilus, difamándolos por todas partes como intrusos en la verdadera Iglesia del Cristo.

En el período en que Agustín estudiaba en Cartago, abjuró el Donatismo el obispo Rogatus, en Túnez, lo que provocó gran sensación. Pero, al mismo tiempo, Tyconius, prestigioso orador y escritor, defendía victoriosamente la doctrina cristiana según el espíritu de Donatus.

¿Qué partido tomaría Agustín, si cada una de esas facciones afirmaba y probaba ser la única y verdadera Iglesia del Cristo?

Para cúmulo de confusión, surgió en medio de ese caos religioso una secta cristiana, bajo la bandera de Manes o Mani, religión denominada Maniqueísmo.

Millares den hombres, muchos de las clases cultas, se adhirieron prontamente a ese nuevo movimiento.

Agustín asistía a los discursos y leía las disertaciones de los protagonistas de todas esas corrientes religiosas, pero sin abrazar ninguna de ellas. Si los más eruditos oradores discutían y se contradecían unos a otros, ¿cómo podía un joven de 18 años decidir entre la verdad y el error? ¿No sería mejor quedar al margen de todas las religiones y profesar una especie de religión universal y gozar de la vida todo cuanto en ella fuera posible?

Independencia de espíritu, independencia de la carne; ese era el lema del estudiante en Cartago.

Con estas ideas se juzgó Agustín al servicio de Carthago Veneris.

En medio de sus estudios y amores, recibe Agustín la muerte de su padre.

En las “Confesiones” menciona con pocas palabras, como que de paso, este hecho que no parece haber abatido su alma,

¡Qué diferente no vendría a ser, mucho más tarde, la impresión que le causaría el fallecimiento de la madre!

Aunque material y económicamente mucho debiese el estudiante a su padre, poca afinidad existía entre los dos hombres en el terreno espiritual.

Muerto Patricio, ¿qué sería de los estudios de Agustín?

Mónica era bastante “hombre” para no permitir sufriese perjuicio la formación de su más querido hijo. Desde pronto inició un sistema de intensa actividad y estrecha economía para conseguir los recursos necesarios para la decente manutención de la familia y para facultar al estudiante la permanencia en la capital.

De Navigius, el primogénito, nada o casi nada sabemos. Los fulgores de Agustín parecen eclipsar las fosforescencias de otro astro cualquiera.

Felizmente, allí estaba también Romanianus, el generoso amigo, que no olvidaba a su protegido, en cuya creciente celebridad adoraba el poderoso mecenas su propio ego.

Agustín, aunque envuelto por el torbellino de una vida de amores y aventuras, con todo supo mantener sobre sí mismo el necesario control para no comprometer su carrera. Grande era su sed de amores, pero igualmente poderosa la ambición de gloria que le devoraba el corazón. Si cediese a los instintos, si perdiese en orgías la salud precaria, ¿qué sería de su futuro? ¿De la soñada celebridad de jurista, de magistrado?

Así una pasión vino en socorro de otra.

Derrotó al Lucifer del orgullo y al demonio de la lujuria.

Lanzó a los abismos de Sodoma, un puente para alcanzar las alturas de la torre de Babel..

Sigue en la Circular de Julio de 2010.

LA REALIDAD OCULTA.

A principios del Renacimiento, Pico della Mirándola expresó la fe del humanismo científico al afirmar que el hombre tiene la posibilidad de elegir su destino y de hacer de sí mismo un ángel o una bestia:

“Ni morada fija ni forma que sea exclusivamente tuya ni función específica te hemos dado, Adán, con el fin de que según tus anhelos y según  tu juicio puedas obtener y poseer cualquier morada, forma y función que tú por ti mismo desees. La naturaleza de todos los demás seres es limitada y se ve constreñida por los confines de las leyes por Mí prescritas. Tú, sin confín que te limite, y de acuerdo con tu propia y libre voluntad, a cuya mano te hemos confiado, dispondrás para ti mismo de los límites de tu propia naturaleza. Con libertad de elección y con honor, como hacedor y moldeador que eres de ti mismo, podrás forjarte la forma que prefieras. Tendrás la capacidad de degenerar en las más bajas formas de vida, que son bestiales. El juicio de tu alma te conferirá el poder de renacer a las más elevadas formas que son divinas”.

Hay un doloroso contraste entre la desafiante afirmación de la dignidad humana de Pico della Mirándola y la actitud fatalista de aquellos científicos contemporáneos que quisieron hacernos creer que haremos ciertas cosas solamente porque sabemos hacerlas o que debemos resignarnos a no comprender los procesos de los sistemas sociales aunque los hayamos creado nosotros mismos.

Esta peculiar forma de fatalismo es la verdadera fuerza demoníaca del mundo moderno, porque destruye el incentivo de elegir entre lo posible y lo que más valga la pena. Hace desistir de todo intento por reformar las estructuras sociales cuando éstas han llegado a ser incompatibles con las operaciones del cerebro humano.

Habría coraje y grandeza humana en la respuesta de George Mallory cuando se le preguntó por qué había deseando intensamente escalar el monte Everest: “Porque está ahí” respondió. Pero esta filosofía no es aplicable a los problemas de la sociedad. Parece más bien la expresión de una conducta animal compulsiva: el loro está programado para posarse en la percha; el ratón para meterse en el agujero; el oso para hurgar en los cubos de la basura. El animal no puede escapar a esta conducta compulsiva y por lo tanto cae fácilmente en la trampa, pero el hombre tiene mayor capacidad de discernimiento y libertad para elegir su curso de acción. No necesita caer en trampas tecnológicas.

Aceptar como hecho irrefutable que nos serviremos de cierta tecnología por el simple hecho de que sabemos usarla, o que seguiremos viviendo bajo determinado sistema social una vez que sea demasiado complicado para nuestra comprensión, equivale a abdicar de nuestra responsabilidad social e intelectual.

Por fortuna, los precedentes históricos no garantizan que esta abdicación se prolongue por mucho tiempo. En el pasado los hombres rechazaron en repetidas ocasiones la forma de vida de sus predecesores, ya fuera porque las condiciones habían cambiado, para afirmar su independencia o, con mayor frecuencia, porque decidieron exorcizar las fuerzas demoníacas ocultas que amenazaban con deshumanizar la vida.

Los verdaderos profetas del Apocalipsis no son los pesimistas que ven a la humanidad abocada a la auto-destrucción, sino los fatalistas descaminados – fatalmente llamados optimistas – que ven el futuro como una extrapolación del presente. En la tecnología hay un demonio. Lo puso el hombre y el hombre tendrá que expulsarlo para que la civilización tecnológica pueda alcanzar la idea de vida civilizada.

En los últimos días del siglo XIX, los periodistas trataban de imaginar cómo sería el mundo en el siglo XX. Algunas de sus especulaciones constituyen una entretenida lección de humildad para aquellos aspirantes a profetas que escriben sobre el futuro. Los cambios predichos en los artículos recogidos no se han hecho realidad; además, los artículos no contienen alusión alguna a las innovaciones tecnológicas que han marcado la diferencia entre ambos siglos.

A finales del siglo XIX, las máquinas de vapor permitían construir rápidamente lujosos barcos con dos o tres chimeneas. En consecuencia, los observadores predijeron tremendos navíos dotados de varias chimeneas y capaces de cruzar el Atlántico en pocos días, pero no mencionaron el avión. Por aquel entonces, los agricultores producían nuevas variedades de frutas y hortalizas, con lo que se habló de fresas tan grandes como manzanas, pero no de alimentos congelados. La moda femenina escapaba a la tiranía de la era victoriana y se predijo que los vestidos llegarían a acortarse hasta exponer los tobillos, pero ni los más avanzados modistos soñaban con minifaldas, pantalones cortos y ajustados o bikinis.

Imaginar el futuro es una empresa arriesgada, y no sólo porque los descubrimientos científicos y tecnológicos son considerablemente imprevisibles, sino también y sobre todo, porque los hombres no son robots. Una y otra vez han rechazado el modo de vida de sus predecesores sólo para reafirmar su independencia. Las nuevas tecnologías y actitudes no son necesariamente el resultado del desarrollo lógico de las condiciones existentes. De hecho, rara vez ocurre así, porque la lógica de los acontecimientos siempre cede el paso a la arbitrariedad de las decisiones humanas. El futuro que es producto de la voluntad siempre es distinto del futuro lógico.

A pesar del alto grado de imprevisión en las cuestiones humanas, las predicciones son necesarias para el buen funcionamiento de la sociedad. La construcción de carreteras, aeropuertos, fábricas y nuevas ciudades, los sistemas de educación, los programas de relaciones internacionales y todas las complejas estructuras del mundo moderno requieren una previsión del futuro a largo plazo. Pero, a pesar de la utilidad de la previsión, no hay razones para suponer que el cambio y el progreso seguirán las direcciones actuales y que el desarrollo social y tecnológico del futuro será una extensión del que existe hoy en día.

Durante los años sesenta del pasado siglo, diversos eruditos y científicos publicaron artículos y libros profetizando que el año 2000 marcaría el comienzo de una utopía social y tecnológica. Las drogas eliminarían el dolor, los robots harían innecesario el trabajo físico, las máquinas sustituirían el esfuerzo mental, la vida estaría totalmente mecanizada y el aire debidamente acondicionado en las ciudades cubiertas de grandes cúpulas y situadas no sólo sobre la superficie terrestre sino también en el espacio y en el fondo del mar; los científicos tendrían poder suficiente para programar los sueños, alterar la constitución de los seres vivos – incluidos los hombres – y producir niños en tubos de ensayo. Esta euforia tecnológica  fue un marco para la especulación sobre los próximos treinta y tres años, publicados en 1968. Otros artículos más recientes escritos por científicos siguen expresando su fe en que la tecnología científica puede hacer nuestros sueños realidad.

El futuro que describen los utopistas tecnológicos se mantienen dentro de los límites de las posibilidades científicas, pero es probable que su parecido con lo que vaya a ocurrir en el siglo XXI no sea mayor que el que guardan las profecías realizadas hace más de cien años con las condiciones actuales. Es posible que el futuro esté más determinado por la necesidad de corregir el daño que se inflige al hombre y a su entorno que por una continuidad en la carrera de innovaciones tecnológicas.

Sigue en la Circular del mes de Julio de 2010.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

A nuestro entender no es lógico el haber hecho en la Historia esa división llamada Edad Media, que comienza con la entrada de los bárbaros en Roma, y acaba en la toma de Constantinopla. Lo lógico sería hacer un período que podría llamarse: La Decadencia, que comprendiera la gran crisis que ha atravesado la Humanidad en Occidente, partiendo de Sócrates y Platón, los cuales representan la tendencia al predominio de la religión de lo sobrenatural, del absolutismo, y acabando en el siglo XII, época en que empiezan las tentativas de reivindicación de la personalidad humana, tentativas que, a pesar de ser contrarrestadas, se presentan cada día más imponentes, llegando a producir el estado actual de civilización. Este último período en el cual todavía nos hallamos, podrá darse por terminado el día en que la religión no tenga influencia alguna sobre la evolución de los organismos sociales, ni sobre la de sus individuos, quedando sólo su práctica entre ciertos seres de mente primitiva, como sucede hoy con diversos estados de cultura que pasaron, de los cuales quedan sus vestigios entre las tributos no civilizadas que conservan degenerado el tipo de civilizaciones anteriores.

Las tendencias anti-religiosas de un lado, y las extremadamente místicas de otro, que se manifestaron después durante el siglo XIII, tienen su origen en el siglo XII. Si las primeras derivan en parte del nominalismo, vienen preludiadas las segundas por la idea de que Cristo no es más que la unión del Espíritu Santo con el hombre, que toda persona puede ser receptáculo viviente de la emancipación divina y que así cada cristiano es un miembro del Cristo, pues que el Cristo sobre la tierra viene formado por la unión de todos los fieles.

Anuncian esta idea en el último tercio del siglo XII. En un Concilio tenido en París en 1209, en que fueron condenados catorce discípulos de David de Dinán, entre los varios que merecieron el anatema. Estas ideas no son más que la reproducción del cristianismo primitivo de los alejandrinos y de los gnósticos; todo el cristianismo helénico tuvo la idea de la impersonalidad del Cristo, considerándolo tan sólo como emanación del Dios desconocido, que vivifica a los hombres, los reanima y con su luz los salva. El mismo San Pablo, amenazando a los fornicadores, les dice: “yo cortaré los miembros del Cristo”. Los que tenían esta idea no conocían aún el “Jesucristo” dios-hombre, impuesto en Nicea por una especie de golpe de Estado. David de Dinán y Amaury de Chartres, vuelven a reproducir el cristianismo primitivo y son continuados por los partidarios del Evangelio eternal, por los valdenses y albigenses.

Se deduce de esto que pasó la época del Dios-padre; que ya el Dios-hijo ha terminado su misión en la Tierra; y que la época le ha llegado al Espíritu Santo. “La época del Padre fue la Edad Antigua, que siguió a la Creación, y el Padre salvó al pueblo judío. La época del Hijo fue la del apostolado, la del martirio, y el Cristo salvó a los latinos. Sólo los padres griegos tuvieron la intuición del Espíritu Santo; la época de éste va a empezar. El Antiguo Testamento lo mismo que el Nuevo son inútiles. El orden clerical va a desaparecer para ser reemplazado por otro más perfecto, el orden de los “mínimos”, de los menores.

En la primera época predominaban los patriarcas, los sacerdotes estaban casados. En la segunda, los clérigos célibes se encargaron de realizar la doctrina de mortificación del Hijo. En la tercera época la misión de vida será reservada por el Espíritu Santo a “uno o varios” de la orden de los monjes, que harán resplandecer la gloria sobre la Tierra.

Y añaden otros que perseguidos los nuevos predicadores por el clero, tal vez se vean precisados a juntarse con los fieles para guiarlos al combate contra la Iglesia romana, de la cual se dice que sólo se hace cargo de la letra y no del espíritu de las Escrituras Sagradas. Comparece el reinado del Antiguo Testamento al primer cielo lleno de estrellas que resplandecen sobre su fondo oscuro; el del Nuevo Testamento, el segundo cielo iluminado por la luz pálida de la Luna, y el reinado del Evangelio del Espíritu Santo, al tercer cielo, bañado de continuo por la esplendorosa luz del Sol, en el cual siempre es de día. Y al acabar el siglo se dice haber aparecido el “Evangelio eternal”, libro que todos nombra, sin que nadie lo vea, y que se fija con la fecha de la nueva redención al año 1200.

El “Evangelio eternal”, fue atribuido al abate Joaquín de Flora de la orden del Císter, que vivía y predicaba en Calabria, a fines del siglo XII. La predicación consistía en profetizar la edad del Espíritu Santo y la caducidad de las Iglesias griega y latina. El Evangelio eternal fue tomado como bandera de combate por esa fracción de franciscanos que en medio del misticismo pasivo de la Orden querían pasar por contener en germen la reforma de la Iglesia. La tendencia, aunque nacida a últimos del siglo XII, dura todo el siglo XIII y parte del XIV.

Se atribuye dicho libro también a los dominicos, a los mendicantes y a Guillermo de Saint-Amour.

La ortodoxia romana considera que esta democracia mística está impulsada por el espíritu infernal en vez de estarlo por el Espíritu Santo, y la anatemiza; pero es en vano. Las verdaderas persecuciones de los partidarios del reino del Espíritu Santo estallaron en la mitad del siglo XIII, época de persecución general contra los disidentes. Por todas partes salen Mesías humanos. En Bretaña, un caballero que se apellida a sí mismo el “Eón”. En Amberes aparece otro vestido de púrpura y oro, trenzados los cabellos, montado en un caballo blanco ricamente enjaezado, y predica la abolición de la misa, la de los sacramentos, la de las jerarquías y la comunidad de las mujeres. “Terminó ya la Edad del Hijo y con ella el sufrimiento, pues llegó la del Espíritu Santo, la del goce, la de la igualdad. El Hijo sólo fue muerte y tinieblas; el Espíritu Santo es la vida”. Y la plebe le sigue a él y a sus tres mil discípulos, celebrando los goces de la Tierra en espléndidos festines.

En las orillas del Rhin, en Holanda y Bélgica, otra especie de misticismo diabólico estalla con toda su fuerza entre las clases proletarias. Los artesanos dentro de sus talleres, sitiados por la nieve durante todo el invierno, tapiadas las ventanas por el hielo, sin otra luz que la de sus mezquinas lámparas de aceite que sólo alumbran débilmente su trabajo, llevan una vida de pena y de aburrimiento. El diablo les inspira un deseo ardiente de ver los esplendores de una naturaleza que casi sólo conocen de oídas. Les presenta en sueños una vegetación exuberante, aves, ríos, cascadas, verdes praderas y flores multicolores; y en medio de este Edén, les muestra a los obispos y caballeros en festines, y a las damas rodeadas de sus cortes de galanes y pajes. Al despertar de tal visión, una nube de sangre ofusca la vista, que se levanta ardiendo en deseos de exterminio. Los holandeses invocan un Dios vengador, pobre y plebeyo, enemigo del Dios de los prelados y de los señores feudales; los alemanes toman por emblema la rosa mística llena de espinas, símbolo de la Virgen, pero de una Virgen agresiva y dura como una Diana o una Vestal druídica, fúnebre y mortífera, como Tahahut de Caldea. Las insurrecciones son locales, de cada villa, pero se suceden unas a otras como si el espíritu maligno desencadenara un remolino levantisco que las recorriera todas. El herrero empuña el martillo, el tejedor la barra, el escultor la gubia, el carpintero la maza, los armeros dan lanzas y espadas; truena la campana desde la torre del municipio; todos se agrupan alrededor de la bandera del burgomaestre; todos se mueven en la ciudad; se oye un murmullo que pronto es un prolongado mugido que va creciendo hasta que estalla en un estrépito de disonante armonía de imprecaciones. Las turbas derriban las puertas de las iglesias, entran en las abadías, asaltan los castillos, pronto se ven balancear en sus almenas, pendientes de la improvisada horca, los cuerpos rígidos de los barones y de los obispos.

Y mientras tanto los montañeses de los Alpes, imbuidos por Pedro de Bruys de que el Verbo es continuo, de que su culto es la palabra, y que por tanto la Iglesia con su liturgia oprime el espíritu de Dios que se manifiesta por el pueblo, bajan como un huracán de un ventisquero, arrasando a su paso las ermitas, derribando cruces e imágenes y todo símbolo que fuera representación sensible de Dios, puesto por el clero. Llega este movimiento hasta Milán, por Italia; hasta Lyon, por Francia. Y luego continúa tal tendencia y la extienden, por este lado los valdenses; y la llevan a Roma, Arnaldo de Brescia, el discípulo de Abelardo, y sus partidarios con tendencias abiertamente republicanas,

El diablo se había hecho iconoclasta y triunfaba en toda línea por el momento.

Sigue en la Circular de Julio de 2010.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.

En la Tragedia floreciente a finales del siglo VI a.C. nos encontramos una vez más con un posicionamiento humano ante de Cronos y del Destino. Con todo, no comprendemos aquí la Tragedia desvinculada del universo mítico de la unidad, como auto-afirmación de la subjetividad, del modo como varios autores la enfocan. Esto es, porque situada en el nivel del embate originario entre los opuestos – Zeus y Dionisos – diurno y nocturno, el Hombre busca, como hasta entonces, conciliar los opuestos. Heracles, el héroe ejemplar, vinculado a la Tierra y a la Noche, no puede subordinar los principios de las Tinieblas y Luminosidad en los cuales se levanta el Cosmos, la Naturaleza. La misma temática pre-socrática, sobre todo de Heráclito y Parménides, aquí se conserva. La Tragedia, compuesta por el coro – grupal y anónimo, que traduce los sentimientos de la platea – y por el individuo que usando una máscara, incorpora al héroe ancestral, cantando poéticamente, representa el pasado y el presente. Como la máscara es vehículo para dejar que se manifieste lo divino bajo los trazos humanos, lo mismo ocurre con la danza que acompañando la coral expresa los sentimientos ansiando por el arquetipo que la polariza.

En la Tragedia se manifiesta el combate entre el Destino, compuesto por el dolor y la felicidad, como momentos constitutivos del Hombre, la muerte violenta que a tantos asola y la Vida, el oscuro designio de los divinos en un universo donde el Hombre busca ávidamente su temporalidad. Asumiendo el pasado no escogido, para poder proyectar un futuro en el cual, aun viniendo a sucumbir ante los augurios que escapan de él, luchar por hacerse trascendente, en cuanto se coloca ante los enigmas que ante él se desvelan y ocultan. Hablando de lo divino, declamado y danzando, el Hombre penetra en la totalidad musical que rige el orden del devenir, conciliando los opuestos, en un lenguaje que entona todavía lo sagrado.

La Vida, erigida trágicamente, en la tensión entre aquello que se puede retener y lo que, inexorablemente, escapa, en el final del siglo V a.C. se metamorfosea. El conflicto cede su lugar a lo lineal, en el cual la figura humana ocupará el lugar central, antes destinado a los dioses y a los ancestros. Enfocaremos este problema de acuerdo con el tema que se hace hilo conductor de nuestra reflexión: el Lenguaje, el poder sonoro-creador o disociador. Rota la unidad mítica, el Lenguaje se aparta del canto, de la danza, de la Música primordial, no retratando más el ritmo cósmico y pasa a variar de acuerdo con las aspiraciones del individuo, volviéndolo laico.

Vayamos al ritmo. Su papel profano se caracteriza por el hecho de que ningún valor sonoro ni movimiento se mantienen fijos y entran en el radio de acción de un orden formal cuyos criterios son personales y pueden ser arbitrariamente escogidos en el encuadramiento de cualquier tradición. Así adquiere en el mundo profano un carácter subjetivo. El locutor procede cada vez de consonantes en sus predilecciones, esto es, tal como un estado afectivo o un expresivo contexto a determinar. El lenguaje paso a ignorarlo, lo contrario de lo que sucedía en Grecia, con la rígida duración de las sílabas. Su ritmo se hizo dependiente del sujeto que habla.

Sigue en la Circular de Julio de 2010.

 

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