ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

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                                                            Circular nº7  , año XV

                                                             Bunyola, 1º  Julio de  de 2.009.

A.EINSTEIN – MÍSTICO Y CIENTÍFICO.-

¿Qué son las matemáticas en el plano abstracto? Es el contacto consciente con la Realidad, y esto es también Metafísica y Mística.

Ningún hombre puede encontrar a Dios; pero Dios puede encontrar al hombre, si estuviera dispuesto a recibirlo.

Ningún canal puede encontrar la fuente, pero el manantial puede fluir por canales, si estuvieran debidamente vacíos para recibir sus aguas.

Cuando el hombre hace de sí, un vacío suficiente, la plenitud de la fuente, del Yo, trasborda la vacuidad de los canales.

Todo el secreto de la iniciación, de la redención, está en el acto de establecer en sí un total vacío, sin ego; y entonces la plenitud fluye infaliblemente dentro del espacio abierto.

Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes”.

Estas palabras de Einstein, “Dios es sutil, pero no malicioso”, son enigmáticas, de las más profundas del gran pensador.

Ante todo, conviene recordar que el científico no entiende por Dios alguna entidad en personalidad divina, como enseñan algunas teologías. Dios es, para él, la Invisible Realidad del Universo, Inteligencia Universal, Consciencia cósmica, el “alma del Universo”, como decía Spinoza.

Einstein dijo aquello tan famoso: “Dios no juega a los dados con el mundo – Dios es sutil pero no malicioso”.

La Inteligencia Cósmica es la Real Realidad, el alma del Universo, que no puede ser comprobada por los sentidos del cuerpo, ni analizada por la inteligencia humana, pero que puede ser sentida por la intuición espiritual. Los actos de este mundo son cosas groseras, poco sutiles, y por esto pueden ser percibidas y analizadas por la inteligencia. Pero Dios no es una hecho concreto, sino una realidad abstracta.

Por esto el hombre, para probar o juzgar probar la existencia de Dios es ateo, porque prueba la existencia de un hecho que, en hipótesis alguna, es Dios, sino cualquier falso dios, fabricado por los sentidos o por la inteligencia humana. El salvaje africano fabrica un dios de madera o de barro y lo adora, y por esto es llamado idólatra. El hombre sabio de nuestros días fabrica un dios de sustancia mental y ¿por qué sería él menos idólatra que el africano?

Cualquier dios materialmente o mentalmente fabricado es un falso dios, un ídolo. El Dios verdadero no es objeto de los sentidos o de la mente; él es la infinita y única realidad, que se revela por la intuición espiritual. Es por esto mismo el Dios verdadero no es pensado ni pensable, no puedo ser dicho por ser invisible. Todo lo que es pensable o decible es un hecho ilusorio, pero no la verdadera realidad.

Y por esta razón, ningún hombre puede descubrir a Dios, pero Él puede descubrir al hombre, si el ser humano lo permitiera.

Esto mismo es lo que afirma el científico cuando dice que Dios es sutil.

Esto me trae a la memoria “los argumentos teológicos” con los que Tomás de Aquino y otros escolásticos medievales intentaron probar la existencia de Dios, que para ellos no sería sutil, una vez que puede ser intelectualmente probado. Naturalmente, quien como esos teólogos, entiende por Dios una o tres personas, pueden recurrir a esos malabarismos de probar o demostrar la existencia de tal Dios en los actos. Pero el Dios – Realidad no es un acto que se puede probar. Felizmente, al final de su vida, Tomás de Aquino confesó:”Todo lo que escribí es paja”.

La verdadera certeza, dice Einstein, no viene de pruebas empíricas, sino de consciencia inmediata de la realidad. Y esta consciencia sólo funciona debidamente en medio de un grande y prolongado silencio auscultándose a sí mismo. No es en una plaza pública, ni en una biblioteca, sino en el desierto donde el hombre recibe la seguridad de la existencia de Dios.

Esto quiere decir que Dios es “sutil”.

Añade Einstein que Dios no es malicioso, queriendo decir que no actúa arbitrariamente; Dios es la Ley, al Infinita causalidad, contraria a cualquier casualidad. En un juego de azar, como es el juego de dados, el hombre no puede prever lo que va a suceder, pero tratándose de Dios, el hombre puede tener plena certeza de los acontecimientos, porque Él es la Ley, la causa, la suprema racionalidad del Universo. Si el hombre no percibe esa absoluta racionalidad de Dios es porque todavía no se ha preparado debidamente. Pero, para el hombre preparado, la suprema racionalidad divina no es maliciosa, deshonesta, mentirosa, no juega a los dados, no procede arbitrariamente.

Dios es sutil pero no es deshonesto; esta frase de Einstein revela más que cualquier otra el carácter intuitivo del gran matemático, toda su tendencia deductiva, la visión nítida de que Dios es el gran Uno.

Muchos hombres, hasta grandes científicos, juzgan poder descubrir la suprema realidad del Universo por la fuerza del pensamiento analítico. Los hombres intuitivos, saben que pensar es necesario, pero no suficiente; pensar es una condición, pero no es la causa de la seguridad; después de pensar noventa y nueve veces, debe el hombre profundizar en un gran silencio auscultándose, y esperar que Dios se revele, por cuanto “el discípulo (el ego) está preparado, el Maestro (Dios) aparece”.

No hay ningún camino que del mundo horizontal de los hechos nos lleve al mundo vertical de la realidad, aunque los actos sean necesarios para abrir el camino para la llegada de la realidad.

Las matemáticas no es una ciencia que opera en el mundo de los hechos, sino la consciencia de la propia realidad. La ciencia investiga las manifestaciones dentro del ámbito del tiempo y del espacio, mientras que la consciencia (la sabiduría) recibe la revelación de la realidad fuera de las barreras del tiempo y del espacio, en lo Eterno y en lo Infinito.

Para todos ellos, Dios no es malicioso, sino muy sutil.

Dice Einstein que las matemáticas ante las otras ciencias, goza de un prestigio especial, y esto es por una razón única: que sus tesis son absolutamente ciertas e irrefutables, mientras que las otras ciencias son controvertidas hasta cierto punto y siempre en peligro de ser derribadas por hechos recién descubiertos. Las matemáticas tienen este prestigio porque ella es la que da a los otros conocimientos cierta medida de seguridad que ellos no podrían alcanzar sin sus principios.

Y aquí aparece el enigma. ¿Cómo es posible que las matemáticas, que son un producto de la mente humana, independientes de cualquier experiencia, se adapte tan perfectamente a todos los objetos de la realidad? ¿Será que la razón humana puede descubrir atributos de las cosas reales sin ninguna experiencia, sólo por el poder de la mente?

Y responde Einstein:

“Las tesis de las matemáticas no son seguras cuando están relacionadas con la realidad y cuando son completamente ciertas, no se relacionan con la realidad”.

No olvidemos que Einstein emplea la palabra “realidad” en el sentido tradicional popular de “hechos”. Para nosotros, habituados a la filosofía cósmica, la realidad no son los actos, sino que es anterior a ellos, y los hechos dimanan de la realidad. En una terminología de alta precisión, diríamos: “Las tesis matemáticas no son exactas cuando se relacionan con actos concretos y, si lo fueran, no se relacionan con los hechos; son exactas solamente en su realidad abstracta”.

Y precisando más nítidamente su pensamiento:

“Las matemáticas cuando son independientes de sus aplicaciones objetivas, se llama “axiomática”, que se refiere solamente a la “lógica formal” de las matemáticas y no a su aplicación material”.

¿Qué quiere decir “axiomática”?

Sigue en la Circular de Agosto de 2009.

LA REALIDAD OCULTA

La verdadera importancia de salvar a una especie animal de su extinción no estriba tanto en que tengamos necesidad de su existencia como en que necesitemos salvarla. Precisamos desarrollar y ejercitar los atributos humanos que se requieren para salvar al animal, porque éstos son necesarios para lograr nuestra propia supervivencia. La conservación está basada en sistemas de valores humanos; su significado más profundo forma parte de la condición humana y yace en el corazón del hombre. El hecho de salvar los bosques de cedro o de secuoyas no necesita mayor justificación biológica que la que hace falta para oponerse a la insensibilidad y al vandalismo. El culto a la naturaleza no es un lujo; es la necesidad de proteger la naturaleza humanizada y de mantener la salud psíquica o mental.

San Francisco de Asís predicó y practicó la identificación absoluta con la naturaleza, pero incluso sus inmediatos seguidores no tardaron en abandonar tan romántica e ingenua actitud. Probablemente se dieron cuenta de que el hombre nunca había sido un mero adorador de la naturaleza ni testigo pasivo de su entorno y del devenir natural. Durante la Edad de Piedra la vida humana estaba muy vinculada a la naturaleza, pero los cazadores del Paleolítico y los agricultores del Neolítico alteraron el medio ambiente.

Al dominar y utilizar el fuego, al domesticar los animales, al talar los bosques y al aprender a cultivar, iniciaron un proceso que acabó por humanizar a una gran parte de la superficie terrestre. Desde entonces, toda forma de civilización ha contribuido a su manera a la configuración de la superficie terrestre y ha alterado en consecuencia la composición de la atmósfera y de las aguas. Aquellas mismas personas que creyeron estar volviendo a la naturaleza transformaron su entorno más de lo que supieron advertir. Thoreau en su Diario escribe: “A veces, mientras me deslizo sobre las aguas dejo de vivir y comienzo a ser”. Pero para deslizarse sobre las aguas del estanque utilizaba una pequeña piragua, y en su orilla limpió un trozo de terreno para construir una cabaña y cultivar la tierra.

Así pues, la vida humana produce necesariamente cambios en la naturaleza. El hombre da forma a su humanidad al actuar constructiva y recíprocamente sobre el mundo que le rodea y al transformar la naturaleza para que se adecue mejor a sus necesidades, deseos y aspiraciones. Stonehenge, Angkor, el Partenón, los templos budistas y otros lugares de culto creados por el hombre antes de la era judeo-cristiana son formas de intervención humana que hicieron pagar a la naturaleza un tributo no menor que el exigido por los santuarios judeo-cristianos o los inmensos puentes y complejos industriales modernos.

La cristiandad pronto advirtió que los seres humanos difieren en aspiraciones y en necesidades espirituales; cada uno de sus santos importantes simboliza una manera distinta de abordar el problema humano. El ejemplo de San Francisco puede ayudar a la humanidad a alcanzar la armonía con el resto de la creación, como si los animales, las plantas e incluso las cosas inanimadas fueran realmente nuestros hermanos y hermanas. Yo no puedo decir que comparta esta actitud en toda su complejidad, pues me gusta la jardinería y tiendo por tanto a imponer mi propio sentido del orden sobre los procesos naturales.

Cuando San Benito de Nursia fundó el monasterio de Montecassino en el siglo VI, su principal intención era que él y sus seguidores dedicaran sus vidas al culto divino. Sin embargo, aun perteneciendo a una clase alta, posiblemente aristocrática, era consciente de los peligros de la indolencia física y decidió instaurar una regla  según la cual todos los monjes debían trabajar con sus manos en los campos y en los talleres. Gracias a tal disposición, los benedictinos alcanzaron una íntima relación con el mundo que le rodeaba. Uno de los aspectos todavía dominantes en la regla benedictina es que trabajar es orar. San Benito no pretendía que sus monjes se convirtieran en eruditos. Pero en el curso del tiempo y junto con la perseverancia en el trabajo físico, se creó en las abadías benedictinas una gran tradición de estudio y de dedicación a las tareas artísticas.

Por primera vez en las instituciones humanas, la abadía benedictina estableció un modo de vida en el que las habilidades prácticas y teóricas se aunaban en la misma persona. Esta nueva atmósfera demostró ser de gran importancia para el desarrollo de la tecnología y de la ciencia europea. Las abadías benedictinas no se lanzaron inmediatamente a la investigación científica, pero al fomentar la combinación del trabajo físico con el intelectual destruyeron la antigua barrera que separaba lo empírico de lo especulativo, las artes manuales de las liberales. Con ello se creó un ambiente favorable para el desarrollo del conocimiento basado en la experimentación.

El primer capítulo del Génesis habla del dominio del hombre sobre la naturaleza. La regla benedictina parece inspirarse en el segundo capítulo, donde se dice que Yahvé puso al hombre en el Jardín del Edén no como amo, sino más bien como administrador. A lo largo de la historia de su orden, los monjes benedictinos han tomado parte activa en los procesos y en la configuración de la naturaleza  - ya fuera como agricultores, constructores o eruditos -  llevando a cabo transformaciones en el suelo, en el agua, en la flora y en la fauna, pero de manera tan inteligente que su proceder se ha revelado la mayoría de las veces compatible con la conservación de la calidad ambiental. A este respecto, la figura de San Benito es más acorde que la de San Francisco con la vida humana en el mundo moderno y con la condición humana en general.

La orden benedictina se extendió de tal manera a comienzos del medievo que sus monasterios se contaban por miles en Europa. Entre éstos existían diferencias en cuanto a la interpretación de la regla, pero todos estaban organizados según modelos religiosos y sociales semejantes. Los monjes y monjas benedictinos aceptaban la vida en clausura y, para ellos, la labor manual no era una necesidad lamentable sino una parte esencial de la vida espiritual. Se administraban según un sistema democrático de autogobierno y se esforzaban por entablar una relación viva con el mundo que les rodeaba. La regla monástica era tan profundamente humana que permitía diferentes actitudes sobre la naturaleza y el hombre. Por ejemplo, mientras que los benedictinos originales solían establecerse en las colinas, los monjes de la rama cisterciense preferían los valles. Esta variación topográfica en el emplazamiento de los monasterios tuvo gran importancia económica y tecnológica, porque incrementó la influencia de los benedictinos en el desarrollo de Europa.

Los cistercienses desempeñaron un papel social de particular importancia porque edificaron sus monasterios en cuentas fluviales arboladas y en zonas pantanosas infestadas de malaria, poco apropiadas para ser habitadas. Ayudados por sus servidores laicos, talaron los bosques y desecaron las ciénagas, convirtiendo aquellas insalubres extensiones en prósperos y saludables campos de labranzas. Tan famosos se hicieron por haber dominado la maleza al hacer desaparecer los pantanos, que se les confió la tarea de drenar la Campania romana.

Naturalmente, la creación de terrenos de cultivo no era el objeto de la vida de cisterciense. No hay duda de que eligieron lugares apartados para rendir culto a Dios movidos por una actividad mística hacia la naturaleza. San Bernardo no era insensible a la calidad poética de Clairvaux cuando lo eligió para fundar su monasterio.

Sigue en la Circular de Agosto de 2009.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

En el siglo IV San Efrén apoya esta opinión resueltamente: “Si Satán cayó de la categoría de ángel fue sólo por su soberbia, por su envidia, por su rebeldía en contra de Dios”. Y San Gregorio de Nacianzeno añade: “Si el orgullo hizo perder a Satanás su luz y su belleza, los demonios se esfuerzan y son diestros para inspirar el amor carnal; para tener compañeros de desgracia son falaces e impostores. Pero el poder de Jesucristo les espanta y tiemblan sólo al invocar su nombre”.

Luego varios doctores afirman que los diablos se transforman en mujeres y en hombres, según el sexo de que quieren atraerse, valiéndose de sus pasiones. Pero San Clemente lo niega rotundamente, diciendo que no puede existir comercio carnal entre diablo y seres humanos.

Así es como en el siglo segundo era Valentín con la Gnosis el que amenazaba preponderar en el cristianismo, en el siglo tercero era Manés y sus partidarios, a los cuales se vio obligado a combatir San Agustín en el siglo cuarto.

Manés deriva el origen del mal de la oposición que de toda la eternidad existe entre la luz y las tinieblas, según Zoroastro.

“En la parte superior está la Tierra Santa y resplandeciente de la luz; en la inferior, la tierra de las tinieblas”. En el pináculo de la primera está el dios impasible, debajo, su hijo frente a frente de Satán, soberano señor de la materia. Las tinieblas se acercaron al reino de la luz y resultó la dicha. La luz victoriosa penetró en el seno de las tinieblas y éstas le encerraron. Pero la luz es activa y su impulso produjo las formas múltiples y cambiantes que el Universo nos presenta. Ella es el alma de todo lo que existe, el alma universal que en cada ser se expresa de distinto modo. Ella es el verbo que habló por boca de Zoroastro, de Orfeo, de Sócrates, de Platón, de Jesús y de tantos otros. El mal lo produce la materia; de ella vienen todas las acciones bajas, torpes, irreflexivas, criminales. El hombre es libre, pero en él la materia le impulsa a veces al pecado. Y su espíritu peca, no obstante ser parte de Dios mismo.

Esta especie de libre arbitrio, modificado por la eternidad del Bien y del Mal, daba por resultado el que el alma parte de Dios mismo, fuera pecadora, y esto era una herejía. Hacer pecar a Dios, aunque fuera en sus partes, era incomprensible, pues Dios era impecable, porque era impasible.

San Agustín fue quien se encargó de refutar las teorías maniqueas, muy extendidas en su tiempo. Para descargar a Dios de toda responsabilidad en los crímenes humanos, sentó que el Creador había hecho al hombre completamente libre: “Él quiso que el hombre fuese bueno, y si éste lo hubiera sido por necesidad ningún mérito hubiera habido en ello”. Como tampoco hubiera tenido culpa si hubiera sido malo fatalmente. Porque es libre es que puede hacer el bien o el mal, y tiene responsabilidad en ello. “Sin libertad no hay pecado. Este se castiga en la otra vida, sólo porque es una violación voluntaria del orden divino”.

El mal no es una sustancia existente de por sí, es un vicio del bien, es su corrupción o su decrecimiento. El mal es “contra natura”; por tanto no puede ser parte de la Naturaleza misma. El hombre es bueno naturalmente, ya que está en su mano el serlo siempre que quiere.

Pero a tales razonamientos, los maniqueos le replican: “¿De dónde vienen los innumerables males que nacen con nosotros, o que independientemente de nuestra voluntad se nos vienen encima? Ved la miserable raza humana. Los unos tienen enfermedades en el cuerpo; los otros son estúpidos o locos. Los hay sensuales, inclinados a la crueldad, propensos a la mentira, y aun atraídos como por un poder fatal al crimen. Explicadnos, pues, el origen de los vicios innatos en nuestro cuerpo y en nuestra alma”. Aquí San Agustín se encontró cogido. Para salirse del paso le fue preciso salir del sistema. Las objeciones de los maniqueos le obligaron a refugiarse en el de Tertuliano. El pecado original, el alma deteriorada por la primera falta, le sirvieron para continuar la lucha. Y así respondió: “Si el hombre sufre desde que nace, si es desgraciado aun antes de ser culpable, lo debe al pecado original, que viciando la naturaleza humana desde un principio, nos ha entregado a la corrupción y a la miseria”. “El hombre, hoy, por sí solo, únicamente puede producir mal”. Así, remontando la libertad a la época anterior a la caída, se salió del conflicto. Pero después tuvo ya que admitir la corrupción innata, es decir, la Fatalidad, que era lo que él no quería en un principio. Y para coronar su nuevo sistema hizo intervenir la arbitrariedad en él. Dios impulsa al bien y salva sólo a un pequeño número de elegidos de entre la inmensa turba de los condenados.

El maniqueísmo, en la discusión, había triunfado; era más lógico que San Agustín. Para él el mal, coexistiendo con el bien, desde un principio compartía con él nuestra naturaleza. La proporción desigual que en nosotros estaban dichos elementos, er4a lo que producía nuestros caracteres, tendencias y luchas internas. San Agustín, si quiso salvar el dogma, tuvo que admitir el principio de sus contrarios, la Fatalidad. Se distinguió de ellos en la manera más brutal de desarrollarlo. ¿Son otra cosa la Predestinación y la Gracia, que la fatalidad eterna en el bien y en el mal, además de cuando añade que los justos “gozarán y penarán los condenados por los siglos de los siglos”?

La inflexible ley de la lógica en los acontecimientos hizo de Agustín el primer doctor de la Iglesia. Sus teorías de que una multitud estaba predestinada a condenarse, y de que Dios salvaba a los que elegía para la gloria, a un a pesar suyo repugnaban a la razón. Pero la Iglesia se había divorciado de ella, como antes se divorciara de la Naturaleza.

Dado el principio de la Revelación, dada la venida de Dios sobre la Tierra, debió de adoptarse las teorías del doctor de la Gracia. ¿Para qué la intervención divina, si el hombre hubiera sido capaz de regenerarse por sí mismo? Si Dios no era árbitro de salvarnos, ¿por qué apareció sólo en una época determinada dejando condenar a los que antes habían nacido? Así dice San Agustín: “Si la Virtud sin la Fe salvar pudiera, sería preciso decir que Cristo murió en vano”.

Pronto este dogma injusto que entregaba casi toda la humanidad al diablo, tuvo su protesta. Un monje bretón, del que sólo se sabe de él que se llamaba Pelagio, de alma fuerte y conciencia recta, se levanta indignado, y echa a San Agustín en cara el que combatiendo a Manés se había vuelto más maniqueo que éste. Con pleno conocimiento del proceso moral, y con una confianza robusta en el poder de la voluntad humana, le dice con Crisóstomo: “Basta con querer para que ni la muerte ni el diablo puedan hacernos nada”.

Más moralista que teólogo combate por la libertad con un vigor desconocido en aquellos tiempos de servilismo y de bajeza. Sus argumentos trituran las teorías del doctor africano, su lógica contundente le pulveriza sus sofismas. Le dice: “Tu doctrina sólo sirve para relajar la moral, para legitimar la crápula”. Debajo del Padre de la Iglesia descubre al libertino. “Sólo por su propio esfuerzo adelante el hombre en el camino del bien. Si los gentiles se levantaron a tan altos ejemplos de dignidad y de virtud, antes de Cristo ¿qué no podemos hacer nosotros, los cristianos? Y llevado por la ley de los contrastes, por negar el pecado original, cae en la exageración opuesta. “Somos santos de origen. El pecado es el producto de la voluntad; si no, no habría justicia en el castigo”. “Las tendencias carnales no son el fruto de nuestra naturaleza, no son la marca de una corrupción innata, ni de un pecado que cometiera el primer padre, que Dios no puede poner en nuestra cuenta las faltas que otro haya cometido. El que nos perdona hasta las propias. Las tendencias al mal son el efecto del hábito que con el tiempo toma tal fuerza, que parece formar parte de nosotros mismos. Todo el que quiera puede salvarse, pues que querer es poder. Las existencia nos viene de Dios; la justicia nosotros la hacemos, y luego Él viene y nos juzga”.

Tal idea tiene Pelagio de la libertad que, exaltando el poder de la voluntad en el hombre, llega a hacer inútil a Dios, en contraposición a la teoría de San Agustín, de la “humildad absoluta”. El obispo de Hipona era un representante nato del cristianismo, los pelagianos lo eran de la libertad humana. Si no hubieran sido excomulgados, si las tendencias de la época no hubieran rechazado teoría tan viril, siguiendo la lógica de las ideas, pronto hubiera aparecido la teoría de la revolución, el dogma se hubiera venido abajo, y la Edad Media no hubiera sido una época de superstición y de tinieblas. Pero todo marchaba a engrosar y a anular la dignidad; y los pelagianos eran los más dignos y lo menos religiosos posible. Era preciso apurar la tendencia reinante para que cayera en descrédito, y por esto los pelagianos pasaron sin dejar rastro, ahogados por la corriente. Su protesta fue como lanzada en el desierto.

¿Quién tenía razón, Agustín o Pelagio? NI uno ni otro y ambos. Sólo cada uno la tenía en parte, en conjunto, ninguno. No sin fundamento sostuvo Hegel la necesidad de la síntesis, para resolver las cuestiones. Casi siempre, cuando dos disputan, nace el conflicto por no apreciar cada contrincante más que un elemento de lo discutido, la mitad del tema. Para hallar la verdad es preciso resolver las dos afirmaciones en una síntesis común y superior a ambas.

Sigue en la Circular de Agosto de 2009.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.-

Es importante reflexionar acerca de la instauración de la firmeza cósmica llegada con Zeus, para intentar alcanzar el sentido caótico, también concerniente a Cronos. El titán Cronos, el Tiempo, que con una hoz en las manos mutila a Urano, temiendo se cumpla su destino (ser depuesto por uno de sus hijos), siguiendo el ejemplo paterno, devora a todos a los que da la Vida. Su esposa Cibeles, prototipo de la Naturaleza todavía en fase de funcionamiento involuntario, cuando en el nacimiento de Zeus actuó como Urano: escondiéndose, haciendo que el marido tragara una piedra en su lugar. Zeus destrona al padre, haciendo que vomitara las criaturas ocultas en su propio cuerpo. Imbuidos por la búsqueda del equilibrio, los griegos, fieles a la época mítica, tienen como norma la Justicia: el establecimiento de los límites concernientes a cada ente. En lo tocante a Urano, el abuso de la procreación es castigado por la castración; en cuanto a Cronos, que oculta su prole dentro del propio cuerpo, impidiéndoles el nacimiento, su pena es expulsar todo lo que consumía su voracidad. Las víctimas son devueltas por la boca – ámbito de la ley, en el sentido de regla o norma, del sonido creador, del cántico-palabra que, nombrando da esencia -  pero él las lanza fuera de sí manchadas por el vómito.

En este contexto queda más claro el vínculo de Cronos con los animales devoradores, y podemos concluir que el castigo del Tiempo consiste en devolver la fertilidad, el poder de la concepción según el ritmo propio a cada especie. La lectura sexual de este relato, a nuestra manera de ver, es unilateral y empobrece la inserción de la totalidad, el eje con el sagrado contenido del Mito, que muestra el nacimiento y la capacidad de diferenciación de los individuos, dando la posibilidad de cumplir con su destino. 

El mito de la mutilación de Urano es el desorden concerniente a Cronos, y nos reconduce al régimen nocturno al cual pertenecen. Señalados por la impotencia o falta de transparencia, padre e hijo dan fe de sus decadencias constitutivas: la falta de medida, que trasciende a la pérdida de poder. La boca de Cronos, en cuanto a abismo, designa lo caótico.

Las tinieblas nocturnas constituyen el primer símbolo del tiempo, en casi todos los primitivos, como entre los indo-europeos o los semitas, “se canta al tiempo por las noches y no durante el día”. La noche negra aparece con la sustancia misma del tiempo.

Pero la Noche, representada por la Luna, comienza a retrasar una nueva modalidad de analogía, su vínculo con el Agua, símbolo del venir a ser, del futuro, de la transparencia o de lo que es turbio; el dolor se expresa en forma de lágrimas o la fluidez del ciclo menstrual, ambos estrechamente ligados a la imagen de la mujer que, en cuanto lunar, surge en sus aspectos más traicioneros.

La sangre es temible una sola vez, porque es dueña de la vida y de la muerte, pero también porque en su femeneidad es el primer reloj humano, el primer signo humano relativo al drama lunar. En otras palabras, el sexo de la Luna se invierte, se transforma en una joven hermosa, seductora. Se convierte en la temible virgen cazadora que lacera a sus amantes, y cuyos favores, como en el mito de Endimión, confiere un sueño eterno al margen de las heridas del tiempo. En esta luna menstrual se esboza la ambivalencia de ser el hijo enfermo y doce veces impuro.

Sigue en la Circular de Agosto de 2009.

I N T E R E S A N T E

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