VIDA DE SAN PABLO

ALCORAC

SALVADOR NAVARRO   

 

 

Dirigida a la Escuela de:

                        Mallorca

                        Las Palmas

                                                                                 

                                                                                  Circular nº 2 , año XIV

                                                                                  Bunyola, 1º de Febrero de 2.008.

VIDA DE SAN PABLO.-

Exhausto de sufrimientos y privaciones, siente desfallecer sus fuerzas cada vez más y presiente el fin de su vida, aunque fuese absuelto por el Tribunal.

Pide unas hojas de papiro, pluma y un poco de tinta y en cuanto el tupido Sol de primavera derrama sobre el mundo océanos de claridad, el prisionero del Cristo se pone a escribir su testamento en la penumbra de la cárcel.

Sí, su testamento. No nos legó oro ni plata, no dejó tierras ni casas, sino que transmitió a la cristiandad de todos los siglos aquellos tesoros espirituales de los que su alma era mina profunda e inagotable.

Pablo escribe su carta última y nombra a Timoteo testamentario de su última voluntad. Pide al discípulo venga a Roma porque desea verlo una vez más antes de cerrar los ojos para siempre; y que traiga consigo a Marcos, en cuya persona quiere abrazar a Bernabé, amigo de juventud y compañero de la primera expedición evangélica.

Recela que Timoteo llegue tarde. El proceso está alcanzando intensidad.

“Cuando vengas trae contigo la capa que dejé en Triade, en casa de Carpo, como también los libros, sobre todo los pergaminos”.

¡Cómo habrá sufrido Pablo en aquel subterráneo húmedo y frío! De nada le valían las mañanas primaverales, de nada los fulgores del estío, allí, abajo, era noche e invierno perpetuo. Su capa, tal vez la única, había quedado en Triade, y él la pide porque la necesita.

Añora sus libros sagrados, también dejados en Triade. Desea entregar a Lucas sus manuscritos para su ulterior elaboración.

Una vieja capa, unos libros sagrados y algún manuscrito, es toda la fortuna de e3ste hombre que por espacio de treinta años trabajó por el bien de la humanidad y enriqueció a millares de almas. Para morir con tamaña pobreza es necesario haber vivido con el alma repleta de una inmensa riqueza.

En cuanto algún “apóstol” piensa levantar palacios, acumular dinero, hacer política profana o enriquecer a sus parientes, todo su “apostolado” es una comedia. Sólo en el día que pueda decir en verdad: “Cristo es mi vida y el mundo me vale tanto como un puñado de basura”, su apostolado será una realidad. Sólo el hombre que nada quiere para sí puede darlo todo, dándose en holocausto a los demás.

Del hombre que nada espera del mundo, todo puede el mundo esperar.

En medio de las vicisitudes del proceso que decidirá sobre la vida o la muerte, Pablo solamente piensa en evangelizar y toda su consolación está en poder lanzar el nombre del divino Maestro en medio de las galerías del Foro y entre las togas romanas.

Pasan los días y Pablo se convence de que su proceso va a terminar en una sentencia de muerte. En el caso de que Timoteo no llegue a tiempo para darle un abrazo de despedida y recibir las últimas recomendaciones, las hace por escrito:

“Sé fuerte, hijo mío, en virtud de la gracia que está en Cristo-Jesús. Lo que de mí oíste, transmítelo a los hombres de confianza e idóneos para enseñar a otros. Sufre conmigo como buen soldado de Cristo. El luchador en la arena no es coronado sin que haya luchado legítimamente. Yo sufro y estoy esposado como criminal, pero la palabra de Dios no lo está. Huye de las pasiones juveniles. Aspira a la justicia, la fe, la esperanza, al amor. Vive en paz con los que de corazones puros invocan al Señor. Toma por norma mi doctrina, mi modo de vida, mi ideal, mi generosidad, mi caridad, mi paciencia, mis persecuciones, mis sufrimientos. Todos los que quieren llevar una vida piadosa en Cristo sufrirán persecuciones”,

Surge ante los ojos del anciano un idilio suave: un débil niño, sentado en la falda de su madre, estudiando los divinos mensajes del Antiguo Testamento: Timoteo y Eunice en Listra.

“Queda con lo que aprendiste; conoces las Sagradas Escrituras desde pequeño; de ellas podrás sacar la sabiduría para salvarte por la fe en Jesús el Cristo. Por cuanto toda Escritura divinamente inspirada es útil para siempre enseñarla, para convencer, para corregir, para educar en la justicia. De esta forma llega el hombre de Dios a la perfección, habilitado para toda buena obra”.

Pablo se vuelve a ver herido en Listra, arrojado de su montura, en un delirio profundo dado por muerto; cuando abre los ojos percibe a través de un velo de sangre el semblante de esa criatura frágil que debía tornarse un día su gran discípulo: Timoteo.

“En cuanto a mí estoy preparado para ser inmolado. Se aproxima el tiempo. Peleé un buen combate…..Terminé mi carrera….Guardé la fe….Me está reservada la corona de la justicia, que en aquél día me dará el Señor, justo juez; y no solamente a mí, sino a todos los que, amorosos, ansían su llegada”…..

La suave cadencia de estas pequeñas frases es como el extinguirse gradual de un día otoñal….

Declina el Sol en el horizonte….

Se alargan las sombras por el Poniente…..

Se escucha a lo lejos el rumor de grandes aguas….

Susurran entre los cipreses la brisa vespertina….

Caen las hojas marchitas….

Se pierden en la penumbra los contornos de las cosas….

Flota en el espacio una inmensa paz….

Anochece….

A mediados del año 67 ocurrió la segunda fase del proceso contra Pablo. Nuevamente comparece el “prisionero del Cristo” en el Tribunal del César y esta vez para oír su sentencia de muerte.

Cara a cara se encuentran dos hombres: Pablo y Nerón, el mejor y el peor hombre del siglo.

La virtud encadenada y el vicio sobre el trono.

Escucha Pablo la sentencia con serenidad, pero no con la indiferencia artificial y ficticia de los falsos estoicos.

Pablo no es de esa categoría de “héroes” que recuerda a algunos niños que al atravesar la oscura floresta, hablan en voz alta consigo mismos, en el intento de disfrazar el miedo a la soledad con la ilusión del coraje. Pablo es tan realista como Jesús en Getsemani. Pero conoce también la resignación del Maestro.

Sabe que “la muerte es el último enemigo”. Adversario que conoce desde mucho tiempo. ¡Cuántas veces se vio cara a cara con la muerte! ¡Cuántas veces sintió el hálito letal, contempló la calavera sin ojos y escuchó el chocar descarnado de los huesos!

Quien como Pablo murió en la cruz mística de los cristianos verdaderos, ve en la muerte corporal una transición para la fase espiritual de la existencia, una nueva etapa en esa metamorfosis que llamamos vida humana.

En una de aquellas mañanas, pasa por la “Porta Trigemina” rumbo a la “Ostia Tiberina”, un grupo de lictores imperiales escoltando a un anciano de cuerpo quebrado, cabello nevado, mirada espiritualizada, vestido con andrajos….

Pasan silenciosos al pie de la pirámide de Cestius. Doblan a la izquierda y entran en la Vía Ardeatina.

A la derecha se extiende el valle del Tiber; al otro lado, la vía Apia, por donde seis años antes, llegara Pablo a Roma por primera vez.

Media hora después, siguiendo por la Vía Laurentina, descienden a una bajada pantanosa llamada “Aquae Salviae” Hacen alto entre los eucaliptos, donde actualmente está el convento de las Tres Fontanas.

Fue aquí, en esta inmensa soledad, abierta a la vastedad del mar; fue aquí que, sin la presencia de un amigo, cayó la cabeza de Pablo de Tarso, bajo el golpe de la espada romana.

Fue aquí donde el indómito apóstol del Evangelio plantó la última bandera de su Maestro y Señor ruborizada con la sangre de su corazón.

Ninguna otra clase de muerte habría sido tan digna de Pablo como esta. Solo…. Sin una lágrima amiga….Sin un gemido de mujer o hijo….Sin un cariño de madre o hermana….Sin una alma que recibiese un última mirada….Sin un corazón que acompañase las últimas pulsaciones de su corazón…

Él solo…..con Dios…..

Así mueren los héroes.

Ciudadano romano, muere por el filo de la espada.

Apóstol del Cristo, muere mártir.

Dice la tradición que al recibir el golpe fatal, tenía el rostro vuelto hacia oriente y recitaba en lengua hebrea la última oración de su vida, fundiendo la oración vespertina de su vejez con la oración matutina de su juventud.

Entre esas dos oraciones – la de Tarso y la de Roma – sólo existe una añoranza inmensa que se llama el Cristo. Desde Tarso a Damasco, la ansia por el “Dios desconocido”; de Damasco a Roma, la verdad del Cristo resucitado.

Manos caritativas retiraron el cuerpo y lo llevaron a Lucina, matrona y discípula del Cristo. Lo sepultaron en un punto donde hoy se eleva la basílica de “San Pablo extra-muros”.

Allí reposaron los restos mortales del gran evangelizador hasta el III siglo, cuando bajo el reinado de Valeriano, procuraba el paganismo destruir y saquear santuarios y cementerios cristianos. Los fieles ocultaron el cuerpo en las catacumbas de San Sebastián, en la Vía Apia.

Es lo que dice la tradición vaga e incierta.

En 1823 la basílica de San Pablo fue destruida por un incendio y más tarde fue reconstruida, siendo una de las más bellas del mundo.

Así fue la vida y muerte de Pablo de Tarso, el mayor discípulo del Cristo, intrépido misionero  del Evangelio.

                                                        F  I  N

LA REALIDAD OCULTA.-

El hecho de aceptar el mundo tal como es, no nos impide adoptar una actitud activa ante la vida que permite descubrir lo que hay de auténtico en su propia naturaleza y dar expresión a nuestro verdadero Yo. No hay nadie que escuchándose a sí mismo, no descubra alguna norma exclusivamente suya, una norma dominante que lucha contra la educación. Vivir de acuerdo con esta norma nos da oportunidad de crear nuestra mayor obra de arte. Forjar nuestro carácter es nuestra tarea.

Gran parte de la literatura moderna se ocupa del deber de forjar nuestro carácter o de nuestro derecho de afirmar la personalidad que hemos elegido. Vamos a dar unos ejemplos:

“Vivir es precisamente la necesidad de definirse, de entrar en un destino exclusivo y de aceptarlo, es decir, de resolver serlo. Nos guste o no, tenemos que hacer realidad nuestro “personaje”, nuestra vocación, nuestro programa vital, nuestra entelequia, no faltan nombres para la terrible realidad que constituye nuestro auténtico yo”. (José Ortega y Gasset).

“Lo que pudiera haber dicho cualquier otro, no lo digas; lo que pudiera haber hecho cualquier otro, no lo hagas; de ti mismo, interésate sólo por aquellos aspectos que no existen más que en ti, con paciencia o sin ella, haz de ti mismo el más singular e irreemplazable de los seres”. (André Gidé).

“El individualismo es la autoafirmación del ser individual como tal, sin tener en cuenta su participación en el mundo”. (Paul Tillich).

La creación y la afirmación de la propia personalidad parece constituir uno de los más firmes imperativos del ser humano, pero a menudo genera actitudes antisociales y también autodestructivas. Dostoyevsky reflejó este conflicto con gran patetismo en Memorias del subsuelo: “El hombre sólo existe para probarse a sí mismo que es un hombre y no un objeto y lo hace aunque tenga que sufrir por ello; aunque tenga que volver la espalda a la civilización”.

Nietzsche fue aún más nihilista cuando escribió en Asi hablaba Zaratustra: “Este es mi modo de obrar, ¿cuál es el tuyo?, porque en cuanto a el modo de obrar, no existe”.

Incluso en las condiciones más favorables, la preservación de una personalidad sana requiere un esfuerzo constante, pues cohabitan en nuestro interior muchas tendencias conflictivas y al mismo tiempo, nuestra supervivencia depende de una compleja serie de relaciones sociales. Todo adulto mínimamente lúcido se sabe en parte bestia y en parte santo, una mezcla de locura y razón, de amor y odio, de valentía y cobardía. Puede ser al mismo tiempo crédulo e incrédulo, idealista y escéptico, altruista y ególatra. La coexistencia de estos rasgos conflictivos provoca tensión, pero aun así es compatible con la cordura. De manera misteriosa, la búsqueda de la propia personalidad y la prosecución de los objetivos elegidos armoniza los opuestos y facilita la integración de los rasgos discordantes en una especie de convenio de trabajo.

Partiendo de que el hombre es partícipe de alguna estructura social, su integración en la totalidad orgánica afecta no sólo a sus atributos biológicos y mentales, sino también a su interacción con los demás miembros del grupo social. La cordura es, por lo tanto, un estado de equilibrio precario entre las fuerzas personales y las sociales, que pugnan constantemente y amenazan con trastornar incluso al más cabal, sobre todo cuando el sujeto se enfrenta a una situación completamente nueva. Cualquier vaivén o desviación que le lleve a traspasar el estrecho margen de seguridad existente, puede hacerle resbalar y perder el equilibrio. La vida es un número de equilibrista en la cuerda floja.

El hombre, el funámbulo, no suele aceptar de buen grado las limitaciones y controles que la sociedad impone a su actuación, pero tampoco puede evitarlas por completo. La vida humana no sería posible sin restricciones sociales. Los imperativos sociales que limitan las expresiones de la personalidad son probablemente Nietzsche tenía en mente al afirmar que la ética última es la biológica y que necesitamos una “nueva valoración de los valores”. El consentimiento de Abraham a sacrificar a su hijo simboliza la ley biológica que antepone el bienestar del grupo a la vida de cada uno de sus miembros. La obediencia a los dictados del grupo puede llevar en ocasiones a tener prioridad sobre el amor.

La tesis según la cual el individualismo es la afirmación del ser individual “sin tener en cuenta su participación en el mundo”, es biológicamente insostenible. No hay población que pueda sobrevivir mucho tiempo sin la integración de sus componentes en una estructura coherente. Al igual que las expresiones del cuerpo y del cerebro se ven influidas por el entorno en el cual se desarrolla el organismo, la gama de características personales se ve limitada por las restricciones que impone el medio social total.

Sigue en la Circular de Marzo de 2008.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

Sólo separándose de la Naturaleza, y en el seno de un pueblo exclusivista, podía un dios adquirir una personalidad tan potente y acentuada que predominara en la lucha por la existencia sobre los dioses de la Antigüedad, llegando, aunque modificado, hasta la época actual con el carácter de Dios único.

Cuando todo lo antiguo decaía, cuando la sociedad pagana, hastiada de la Naturaleza, declaraba por boca de sus poetas que el dios Pan había muerto, y por los escritos de sus filósofos que la materia era una degeneración del Logos divino o una caída de las emanaciones que de Dios se había separado; cuando no creyendo nadie en la libertad todos buscaban su salvación en un poder arbitrario; cuando cansados de la tierra los hombres buscaban en el cielo su morada, si Yavé hubiera sido un dios-naturaleza, con ella hubiera muerto como todos los dioses antiguos; si no hubiese sido el más autocrático, nadie le hubiera aceptado como Ser Supremo. Pero tenía estas cualidades, y estas le valieron el que todos los dioses por Él quedaran derrotados, y el que todos los hombres del Imperio a Él se sometieran al terminar la Edad Antigua.

Hemos visto como Yavé, dios de los hebreos, era dual en su proceder. Haciendo el mal a la par que el bien, excluía a toda otra potencia, a toda otra entidad que produjera algo, aunque este algo fuese negativo. Donde estaba Él ni la destrucción podía tener una personalidad aparte. Hay que notar también como ejercía su poder omnímodo, unas veces por sí mismo, otras por medio de servidores que habían sido sólo manifestaciones de Elohim, en un principio, y que luego pasaron a ser enviados de Yavé, llamados Beni-Elohim. Entre estos se presenta a Yaveh un ser que por su carácter especial merece nos ocupemos detenidamente en él, puesto que en el período cristiano viene a ser una potencia antitética al mismo Dios. Este es Satán.

Dice el libro de Job: “Y un día vinieron los hijos de Dios a presentarse delante de Yavé, entre los cuales vino también Satán.

Y dijo Yavé a Satán: “¿de dónde vienes”; y respondió Satán:”de recorrer la Tierra y andar por ella”.

Y Yavé dijo a Satán: “¿no has reparado tú a mi siervo Job, que no hay otro como él en la Tierra, varón íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal”

Y respondiendo Satán, dijo: “”¿Por ventura tiene Job a Dios de balde? ¿No le has puesto tú cercado que le defienda a él y a su casa y a todo lo que le pertenece? Has bendecido el trabajo de sus manos, su hacienda ha crecido por todas partes sobre la Tierra. Extiende ahora tu mano, toca sus bienes y pronto haz de ver si no reniega de ti a tus propias barbas”.

Y Yavé dijo a Satán: “Pues bien; todo lo que él tiene sea en tu mano, con tal de que no la extiendas sobre su persona”.

Y salió Satán de delante de Yavé”.

Desde este momento comienzan a caer sobre el justo las desgracias que Satán desencadena. Apenas se ha marchado éste de la presencia divina que Job sabe por boca de un criado suyo que los sabeos, cayendo de improviso sobre una de las fincas, se llevaron los bueyes y las caballerías, degollando sus siervos. Apenas recibida esta noticia le dice otro mensajero que en otro lugar el fuego del cielo ha consumido a los esclavos que le pertenecían, junto con sus rebaños; y pronto un tercero le anuncia que un vendaval del desierto había desplomado la casa de uno de sus hijos, en la cual estaban comiendo todos los demás. Y no obstante, Job no peca, sino que bendice la omnipotencia divina.

Otra vez Satán se presente a Yavé, mezclado con el coro de los hijos de éste, y otra vez le pregunta Yavé si ha reparado en Job, su siervo, ser justo por excelencia. “Persevera aún en la piedad” le dice, habiéndome tú incitado a que le arruinara sin causa. Y el maligno le contesta dudando de la virtud humana, que el hombre es poco sensible a las pérdidas que no afecta directamente a su persona: “lo dará todo por su vida” le dice, “pero tócale la piel y verás cómo reniega de ti a tus barbas” a la cual Yavé contesta entregándoselo por completo, a condición de respetar su vida. Se retira entonces Satán de la presencia divina a infecta a Jacob de una lepra maligna, desde la punta de los pies hasta la raíz de los cabellos. Tal es la miseria en que se ve sumido, que tiene que “rascar” con una teja. Se le cae la carne a pedazos; su propia mujer le dice que abandone a su Dios y que se muera, y sus amigos apenas si le reconocen al verle sentado encima de un montón de escombros.

Se lee en el libro primero de las Crónicas XXI: 1-7, que para más afligir al pueblo de Israel, Satán sugirió la idea a David de hacer la estadística de todas sus tribus, a cuyo fin mandó a Job que recorriera el territorio y contara sus habitantes. Esto irritó a Jehová, de tal manera, que por poco no destruye a todos los israelitas. Se lee también en Zacarías 3:1-5, que dicho profeta vio al gran sacerdote Josué de pie delante del ángel del Señor, y a su derecha a Satán para oponérsele, cuyas acusaciones fueron severamente rechazadas por Yavé en el acto.

Según se desprende de estos textos, a partir del siglo VIII, a.C. creían los hebreos que existía en la corte celestial un ser malo, desconfiado por naturaleza y escéptico de la virtud, que en toda acción justa suponía siempre un egoísmo oculto, en todo acto de amor a Dios o al prójimo, miras interesadas. Según él, nadie era bueno; si resultaba el bien de los actos de alguien, no era éste el propósito que guiara al que los había ejecutado. Hasta el mismo Job, el justo por excelencia, era a su manera de ver un refinado egoísta. Era una especie de crítico fatalista, un fiscal que a nadie hallaba sin culpa. Ante el Juez Supremo acusaba a los que en la Tierra había puesto en circunstancias de cometer las faltas que él deseaba, como prueba de su acusación preconcebida. Con toda perfidia se proponía hacerles faltas para echarles en cara aquello de lo cual a él le cabía la mayor parte de culpa. Los tentaba primero para poder incriminarlos después; tal era su proceder. Se semejaba a esos jefes de policía que tienen ciertos dictadores que simulan conspiraciones y urden complots instigando ocultamente a los contrarios, a fin de tener un pretexto para justificar sus excesos. Así servía a Dios para poner la Humanidad a prueba.

La Biblia lo llama Satán, es decir “contradictor”, Satán sólo significaba “el adversario”. En la guerra un Satán es un enemigo. Delante de un Tribunal significa un acusador, un denunciante, uno que pleitea. En otras partes es tenido como “contradictor” alguien que se opone. De modo que la palabra no nos revela la naturaleza del sujeto, que con ella se denomina. ¿Quién es ese contradictor? ¿Es un dios? ¿Es un ángel? ¿Es un demonio? ¿Es de origen judío? ¿Procede de Babel? Vamos al texto de Job. Dice éste: “Entre los hijos de Dios vino también Satán” Este “también” parece indicar en Satán un ser de una naturaleza distinta de la de los hijos de Dios; porque si no, habría dicho el texto: “Entre los hijos de Dios vino Satán” o mejor, “vinieron los hijos de Dios, y éste dijo a Satán”, etc., que el lector hebreo ya sabría ser uno de ellos. El decir, “vengo de recorrer el mundo”, podría hacer suponer en él uno de esos espíritus, en los que creían todos los pueblos semitas, parecidos a los demonios caldeos. Pero no se puede decir que proceda de ellos, pues los demonios caldeos son tan sólo las sombras de los malvados que salen del “país de las tinieblas” para atormentar a los vivos, y ninguno de ellos tiene esa facultad crítica ni esta personalidad que presenta el Satán hebreo.

Era demasiado exclusivo el imperio de Yavé para que comportara un poder contrario. Al ponerse en contacto con los persas en Babel, los israelitas prestaron a Satán alguno de los atributos del enemigo de Ahura.

En los libros más antiguos de la Biblia no se habla de Satán. Se encuentra en el libro de Job y luego en el de Zacarías y en las Crónicas y está probada la anterioridad del libro de Job a estos dos. Presenta en el libro de Crónicas señales de evolución. En este libro si aconseja a David que peque, no es por consentimiento ni orden divina, sino por su propia cuenta, como si a fuerza de suponer al hombre infiel a Dios, a él le hubiera nacido el deseo de oponerse a Yavé. Véase como induce a David, nada menos que a hacer la competencia al Creador, contando sus súbditos como si fueran cosa que le perteneciera. Casi podríamos decir que teniendo la intención de oponerse a Dios para empezar, se sirvió de David como de su instrumento a fin de provocar celos a la Divinidad. En los libros anteriores sólo supone móviles egoístas en el hombre justo y le envía desgracias; aquí cambia de táctica, le incita a que cobre mayor personalidad, a que ejerza el poder por sí mismo, a que haga lo que quiera hacer como por derecho propio, ejerciendo éste a expensa de la omnipotencia divina. Se marca un grado de transición entre el Satán de Job y de Zacarías, y el que luego aparece en el Evangelio. Sólo a partir del libro de Crónicas puede concederse una ligera influencia persa en el Satán bíblico.

Volviendo a la cuestión; ese Satán, diferente de los hijos de Dios, que no procede de Babel, ni del Irán ¿de dónde viene? ¿Cómo se le halla en la Biblia? ¿Nació espontáneamente en ella, creado por la necesidad de explicar los sufrimientos del ser justo? ¿Es uno de los Beni-elohim que se ha transformado y que por lo tanto difiere ya de estos?

Sigue en la Circular de Marzo de 2008.

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Reflexiones. La vida y los sueños   (ensayo)
Enseñanzas de un Maestro ignorado (ensayo)
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