REVISTA ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

      

 

 

Dirigida a la Escuela de:

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                        Las Palmas

                                                                                 

 

 

                                                                                  Circular INVIERNO,  año XIV

 

                                                                                  Bunyola, 1º de Diciembre de 2.008.

 

 

 

 

DISFRAZES PARA EL TERCER MUNDO.-

 

Hay expresiones ambiguas. Nacieron en momentos históricos distintos. América latina es de origen norte-americano. Designa las naciones de colonización latinaal sur de Río Grande, con connotaciones peyorativas de incompetencia, desorden e indolencia. Tercer Mundo es un término formado en la reunión de Bandung, en 1955, para expresar una consciencia de solidaridad común de los 29 Estados de Asia y África, recientemente emancipados. País subdesarrollado es una expresión que no solamente designa un estadio de evolución económica como consagra la industrialización como ideal para todo progreso de civilización y cultura. Pero estas expresiones no son diferentes en sus localizaciones históricas. Arrastran consigo connotaciones distintas y diseminan una penumbra de asociaciones, fluida e imprecisa. Pero a pesar de complejas, diferentes y ambiguas, las tres expresiones denotan una realidad innegable para la historia del mundo en la segunda mitad del siglo XX. Se trata de una dialéctica para una servidumbre voluntaria.

 

¡Existe un mundo diferente!

 

En primer lugar es diferente por el espectáculo de miseria. Es una indigencia radical sin nombre y sin número. Es radical porque está fuera de cualquier posibilidad de elegir. Nadie puede escoger la miseria extrema por un simple motivo: si hubiera posibilidades de preferir, la miseria no sería excesiva. Es sin nombre porque nace del cociente de iniquidad inherente a la condición humana. Todos somos responsables y consentidores por la miseria extrema. Es sin número porque no puede ser medida por ninguna cifra. Quien entra en contacto con la miseria última, transformará su vida para el bien o para el mal.

 

En segundo lugar, es un mundo diferente por la omnipresencia de la crisis. Por todas partes ronda la revolución. Una sensación de asfixia oprime las gargantas y la angustia del pecho estrecha los corazones. Es un mundo convulso, donde la turbulencia es constante. Todo se vuelve inestable o imprevisible. Tanto las grandes catástrofes como las paciencias prolongadas pueden ser predichas con la misma facilidad con que la meteorología predice las condiciones del tiempo. Por eso, la represión se viste de retórica revolucionaria. Todos los gobiernos del Tercer Mundo se proclaman revolucionarios. Ahora bien, si todo es revolución, nada es revolucionario. De ahí se sigue que la revolución del Tercer Mundo tendría que ser la libertad.

 

En último lugar, el Tercer Mundo es el mundo de la libertad. Libertad de las carencias elementales: mala nutrición, mala habitación, analfabetismo y desempleo. Liberación de las iniquidades sociales: distanciamiento entre las clases privilegiadas y las marginales; represión política, burocrática y tecnológica; explotación de las zonas agrícolas y artesanales por centros industriales; discriminación racial que mantiene un mundo de separación entre los hombres. Con esta liberación el Tercer Mundo demuestra que su problemática histórica proviene de un desafío universal. Eso es lo que tiene difícil de entender las sociedades industrializadas. El Tercer Mundo no puede transformarse solo. La marginalidad exige la abdicación total de los dominadores, que solamente podría suceder con el cuestionamiento de la industrialización. Liberación de la deshumanización: la transformación que requiere el Tercer Mundo, alcanza al propio corazón del hombre. El hombre está separado del hombre en las grandes enemistades colectivas que se revisten de formas inusitadas de crueldad o de inhumanas inconsciencias. El hombre está separado de su humanidad, un desgarramiento que alcanza las raíces de su ser. El desafío del Tercer Mundo es una amenaza de homicidio radical, de la muerte de la humanidad del hombre.

 

La expresión humanidad no se discute. Pero ¿y la realidad? ¿Existe una comunión humana? ¿Un valor humano y una fe en la dignidad del hombre? La crisis del Tercer Mundo resuena en la historia y repercute en la humanidad.

 

Mientras tanto, el pensamiento vive. Vive en la renuncia al conocimiento y en la pobreza de tener. Pero para testimoniarlo, se debe penetrar en el corazón de la existencia y en el misterio del ser. Ahí es donde se libra el buen combate. El pensamiento no sería tal si no correspondiese a la reclamación del Tercer Mundo y al desafío de transformación del mundo actual. Más que conocimiento, más que acción, está en juego y en jaque el pensamiento, por la pobreza esencial de la existencia, por el misterio insondable de la realidad.

 

Pero, ¿y el Tercer Mundo siente en sí la llamada del pensamiento? Si fuera así: ¿Dice el pensamiento algo respecto a este mundo terciario? ¡Sin duda alguna! ¿De dónde provienen los fermentos que trabajan en este Tercer Mundo? ¿De quién aprende que todo hombre es libre y digno de las condiciones indispensables para la realización de sus habitantes? ¿Quién enseñó que un hombre vale tanto como otro, principio que rige y mueve la revolución de los mundos, sea primero, segundo o tercero?

 

El pensamiento no sería pensamiento si no fuese y tornase en cada instante, en cada situación, la palanca de Arquímedes para remover los mundos, la palanca del Tercer Mundo. Este mundo y el pensamiento se entrelazan en un abrazo global, en una simbiosis inscrita en la historia del mundo.

 

La originalidad del Tercer Mundo no se da directa e inmediatamente. Toda originalidad se remite al pensamiento y ninguno nos lleva a datos y hechos, cosas y causas. El pensamiento no tiene semántica. Al contrario, los datos y actos, las cosas y sus causas son las que nos remiten al pensamiento. Por eso, en el esfuerzo de pensar, discernimos varios niveles y dimensiones. Así, encontramos un nivel de conocimiento construido por análisis de varias disciplinas y encontramos otro nivel de participación constituido por ordenaciones de naturaleza espontánea, mítica, ritual o religiosa.

 

De esta manera el pensamiento se instala en la confluencia de muchos hilos. Es el punto de divergencia de varias salidas, la encrucijada de múltiples caminos. Y es que el movimiento de pensar corta siempre y atraviesa una totalidad de vértices resultantes de las ciencias y de la filosofía. Tanto las teorías como los modelos y acciones incluyen y exigen una integración de la totalidad. Ninguna ciencia, arte o acción, llevadas hasta el final, no llegan a la realidad en la que sus realizaciones tienen de siempre nuevo y, en último caso, de inaprensible.

 

Por primera vez en la historia del mundo aparece la figura de la miseria total en el proletariado de la revolución industrial. Esta nueva figura resulta de dos mecanismos históricamente desconocidos: la descomposición y la expropiación estructurales, ambas constitutivas de la industrialización. Las poblaciones de sociedades agrarias conocerán grados cuantitativamente mucho más intensos y extensos de pobreza. Pero su miseria no era radical, pues las estructuras sociales y culturales de su origen aseguraban una existencia integrada del individuo, comunidades e instituciones. La riqueza de la convivencia personal y social ofrecía contenidos y niveles que las sociedades desarrolladas de orden industrial no conocen ni sospechan.

 

Lo que tiene de novedad histórica el orden industrial, es que toda la sociedad viene siendo trabajada por la miseria básica, desde arriba hacia abajo, en todos los estamentos de sus estratificaciones sociales. El proletario proviene de un proceso violento de desarraigo y destierro. Lo que se pierde cultural y socialmente es, sobre todo, la tierra en el sentido de territorio y familiaridad. El hombre es arrancado violentamente a una cultura y estructura que lo protege y acoge, sin ser integrado al nuevo orden de organización urbana e industrial, que se va construyendo por él, pero no se edifica para él. Estas poblaciones extraídas a la fuerza de su antiguo orden y todavía no insertas en el nuevo, están al mismo tiempo en el fin de un proceso de desintegración y a la espera de otro de integración, que tarda para traerles una nueva socialización y cultura. En consecuencia, ellas se mantienen en transición, en migración y al margen de cualquier orden y de todo ordenamiento. Todas las deficiencias del perfil humano y social que describen y apuntan a los individuos y grupos, tienen aquí, en este desarraigo y marginalización, su principal fuente y origen.

 

Tres siglos de este proceso histórico de industrialización, han desfigurado el perfil del proletariado industrial. El trabajador de la industria ya no es el proletariado en migración del orden agrario para el orden urbano. La masa de los operarios asalariados de las grandes sociedades industrializadas ha dejado de constituir el proletariado de la historia. Más de un siglo de luchas de legislación social y combates sindicales ha creado una red de seguridad y fue integrando poco a poco a operarios en las sociedades industriales. Un proceso histórico lento y doloroso construido con grandes injusticias y mucha sangre, hambre, enfermedad y sufrimiento.

 

La lucha de clases organizada por la industrialización ya no es la única realidad principal que pueda dar cuenta hoy de las situaciones históricas de conflictos y luchas revolucionarias. Actualmente, esta realidad del paso y transición histórica es sustentada, en el Tercer Mundo, por la marginalidad de un nuevo proletariado:

Aquellos que llevan la comida al trabajo por no poder volver a casa. En el movimiento histórico, la miseria total no disminuye, sino que se multiplica. Tampoco se transformó la nobleza de su dinámica: sigue siendo el resultado de una descomposición de las estructuras y culturas agrarias arcaicas. La miseria está hoy en proporción directa de las transformaciones estructuras del orden cultural, mental y social, que le dan origen y sustentan el movimiento.

 

Los descubrimientos de la ciencia y los progresos de la técnica abrirán para la humanidad perspectivas inauditas de deshumanización y humanización. Fueron ambas factores responsables del paso y transición de una cultura para otra. Las sociedades agracias comportan una infinita variedad de ordenamientos rituales y costumbres totalmente heterogéneas, en cuanto las sociedades industriales dan la espalda paulatinamente a este tipo de cultura. Poco a poco se van destruyendo trazos y aniquilados las fisonomías originales de la convivencia humana. El gran desafío de esta transición está en pasar sin perder la identidad de una creación tanto antigua como nueva. Lento y doloroso trabajo de un parto histórico que abre la humanidad en un todo y no sólo para un pequeño número de hombres, una pequeña esperanza de realización, y no se cierra para las grandes multitudes. Mientras no se revierta esta situación de revolución industrial, no se estancará la fuente que ha engendrado la miseria básica de ayer, hoy y mañana.

 

Si se entiende por revolución la transformación súbita, consciente y deliberada de una estructura y orden social en otro, la revolución industrial de la técnica y la ciencia no es, en cierto modo, una revolución. Pues no fue repentina, ni consciente ni deliberada. Lo que fue consciente y deliberado fueron los progresos de la ciencia y las conquistas de la técnica y no la mutación que les sirvió de consecuencia. En la historia del mundo, la humanidad nunca preguntó por los cambios y transformaciones que sufriría la existencia como consecuencia de sus progresos; en cada época histórica, la humanidad fue sorprendida por los acontecimientos. Hace un siglo nadie preveía la explosión demográfica, excepto algunos teóricos. Hace un cuarto de siglo, la polución de la tierra, del agua, del aire, la destrucción de las condiciones de vida del ambiente, no constituían ningún problema para nadie. En esta imprevisión de los procesos históricos-culturales está la base de todas las revoluciones de nuestra era. La miseria total que acompaña a todas ellas presenta una figura dinámica: la del proceso mental, social y cultural de la marginalidad.

 

Es que la disgregación de las sociedades de tipo agrario resulta de la convergencia de tres dinámicas de desorganización. Las sociedades agrícolas se desintegran cuando las costumbres y estructuras que les aseguran el equilibrio y la estabilidad, son corroídas y aniquiladas por modelos de convivencia y de existencia de orden industrial de las sociedades urbanas.

 

El primer proceso de desintegración fue desarrollado por la medicina técnico-científica industrial. Con vacunas, antibióticos y asepsia de desinfectantes, fue destruyendo el equilibrio milenario entre una generosa natalidad y una mortalidad elevada. Con la inestabilidad inherente a la dinámica de los patrones de comportamiento y hábitos de orden industrial, se desmoronaron los ritmos estables de integración de las bases sociales y las estructuras mentales de las diversas instituciones de la familia patriarcal, iniciación mítica, ceremoniales rituales, obligaciones sagradas sociales y culto a las tradiciones. Un largo período de transición será necesario para que estas poblaciones agrarias encuentren nuevamente, en el seno del orden urbano e industrial, otro equilibrio basado en tres sustentos: 1º, en la familia, aislada de la protección del clan y reducida a parejas de dos o tres hijos; 2º, en la división del trabajo individualizado y tecnificado por el sistema técnico; 3º, en el ordenamiento simbólico abstracto e impersonal construido por mecanismos de oposición lineal y regido por reglas sintetizadas.

 

Millones de seres humano, todavía apegados a los principios familia-clan y procreación generosa, del trabajo artesanal de participación comunitaria y la comunión mítica concreta, pero alcanzados y corrompidos por las poderosas fuerzas de disgregación de la medicina, viven en la miseria radical con prole numerosa y van engrosando continuamente las grandes metrópolis urbanas, los “marginales”, poblaciones periféricas, vagabundos y obreros eventuales con todo el modelo de comportamiento antisocial y anticomunitario, reprimido como criminal y desarreglo por el poder del ordenamiento de la sociedad moderna. Es necesario largo tiempo de transferencia social para modificar las actitudes grupales frente a todo este desordenamiento y para reconstruir nuevas estructuras en modernas bases. Mientras perdure esta transición y la nueva integración no viniera, restan la explosión demográfica y la disolución de las antiguas instituciones y ordenamientos.

 

Pero la medicina no fue el único agente de desintegración de la sociedad agraria. La escuela acompañó a los agentes de salud. La acción corrosiva se puede resumir en una palabra: analfabetismo. En cuanto la cultura agraria se confeccionaba y comunicaba oralmente, cara a cara, no sólo no había escuela. Lo que no había era la necesidad de una escuela para consolidar y transmitir cohesión y cultura. Esta cultura llamada “primitiva”, para encubrir y esconder la falta de cultura de la civilización industrial y urbana, es de una creatividad incesante y de gran riqueza de formas, como testimonian todos los que suplantaron los prejuicios de las sociedades técnicas y pudieron disponer de un diario contacto con la dinámica de convivencia de las comunidades agrarias. Al lado de la gran riqueza y creatividad, los colectivos agrarios poseen una gran coherencia e integración de todas las diferencias. Todo el grupo y todo individuo encuentran en el propio ambiente donde viven cualquier elemento necesario y suficiente para su existencia: habitación, trabajo, iniciación, educación, fiesta, religión, valor y estima. Son verdaderos elementos de un conjunto. No están disociados perteneciendo a un orden incompatible. Todos se interpenetran y se constituyen recíprocamente. Es una misma estructura, la misma sabiduría, un mismo saber vivir, hacer y actuar heredado de sus ancestros y asegurado por la tradición que inspira toda la existencia de individuos, grupos e instituciones.

 

En este orden es imposible haber analfabetismo y alfabetismo. Esther, reina de Babilonia, María madre de Jesús o Juana de Arco, no sabían leer ni escribir, pero no eran analfabetas. Poseían la riqueza de la cultura de su pueblo. En las sociedades urbanas, toda la estructura informativa es polimorfa y polivalente, casi cuantitativamente, y se transmite por una pluralidad de sistemas alfabéticos, todos en función de un aparato ideológico: la televisión, el libro, la revista, el periódico, el cine, la radio, la escuela, suponen todo un sistema alfabético de codificaciones y descodificaciones. Al contrario de la lectura de McLuhan, los medios electrónicos no aseguran la aldea global. Al contrario, ejercen una saturación de todos los niveles de comunicación. Es que todas las estancias de convivencia y coexistencias dejan de ser un territorio elástico de integración, para ser lugares y posiciones indiferentes más, multiplicadas del sistema de coordenadas de la producción industrial.

 

Hogar, trabajo, escuela, templo, diversión, ocio, están disociados y separados unos de otros. Y no solamente eso. Cada institución proporciona modelos de información, no solamente resintonizados, sino incompatibles entre sí. Es que la asombrosa movilidad de orden industrial y urbano es factor de desintegración social. En consecuencia, las poblaciones marginales no escolarizadas y semi-analfabetas no encuentran en su medio los modelos de acción, hábitos de pensamiento y las formas de vida que necesitan. La desaparición de la sabiduría milenaria que les aseguraba por generaciones una orientación en la escuela, aceleró este proceso. Entre los miembros de una misma familia, en el comportamiento del propio individuo, los conflictos culturales, las oposiciones estructurales y las contradicciones de los impulsos, son del orden y manera que imposibilita cualquier integración y niega toda necesidad.

 

Simultáneamente con la medicina científica, tecnológica e industrial y con la acción destructora y constructora deficiente de escuelas, avanza la industrialización progresiva del campo y las órdenes agrarias. También la industria destruye y construye un equilibrio urbano. En el orden agrario de subsistencia, el trabajo es artesanal. Esto significa, en primer lugar, que presenta una productividad muy baja. Todos colaboran, participan del trabajo colectivo, niños, jóvenes, adultos, viejos, hasta el límite de sus fuerzas. Todos se hallan integrados e insertos al régimen de producción y sobrevivencia comunitario. La agricultura, como todas las demás actividades productivas, sólo requiere y exige una media de un centenar de días útiles por año. Toda acción colectiva sigue el gran ir y venir de las estaciones y el calendario lunar y del horario solar. La artesanía supone técnicas de gran complejidad, cuyo aprendizaje requiere años de trabajo de poco rendimiento. ¿El tiempo no tiene precio? No mide la proporción entre esfuerzo y rendimiento, entre inversión y beneficio. El trabajo no requiere parámetros. Las grandes unidades colectivas e individuales se complementan y difieren por las satisfacciones de las exigencias elementales. La sabiduría inmemorial de la tradición aconseja a cada individuo evaluar sus deseos a la condición concreta de la vida del grupo. Ahora, las técnicas industriales vinieron a deshacer esta armonía milenaria. Los ritmos de alta rotación de la producción imponen otra lógica, la de la rueda de las Danaides: el orden y producir más para ganar más. Sintonizar los ritmos de las cadenas de producción con los de las ruedas de consumo y lucros. Con esta sintonía no se producen sólo bienes que satisfacen, sino necesidades de consumo. El tiempo es oro, no hay tiempo para largos aprendizajes. La relación sagrada de la jerarquía y ritos de producción desaparecen. Nadie es maestro de nada. Se deshacen las corporaciones. Los sabios se debilitan. La experiencia y la creatividad no cuentan. No se hacen obras primas. Todos son asalariados al servicio de la tecnología. En la periferia de los centros de organización e información, se aglomeran los desempleados de la tierra en busca de trabajo y empleo, que los ciudadanos de orden dejan a un lado como si fueran sobras de comida.

 

El trazo esencial de los cambios de la industrialización es la red extraordinaria de integración entre innumerables trabajadores, participando con la fuerza de su trabajo, de manera anónima e impersonal de la producción de un mismo bien de consumo. En el orden agrario, tanto en latifundios como en minifundios, tanto en la artesanía como en los trabajos manuales, el bien confeccionado es el resultado de un esfuerzo de un pequeño número de artesanos. Así, la lana es cortada, lavada, cardada, hilada y tejida en el mismo lugar donde se crían las ovejas. En la industria, tanto de campo como en la ciudad, cada producto es el resultado de miles de hombres: los que crían las ovejas, los que trasquilan, quien hila y quien teje la lana; no son las mismas personas. Además, las máquinas automáticas suponen todo un mundo de obreros, técnicos y hombres de ciencia, sin olvidar a los transportistas, productores de piezas para máquinas y accesorios y fabricantes de productos semi-manufacturados.

 

Las pequeñas oficinas artesanales, las pequeñas células de trabajadores manuales, son sistemáticamente abolidas y sustituidas por nuevas unidades con dimensiones multinacionales. Y este es el fenómeno decisivo y esencial de la industrialización, que se encuentra hoy en expansión por la microelectrónica, un medio eficaz para sintetizarlo todo en un proyecto planetario multidimensional. No es de admirar que tal mudanza en las estructuras de sustentación de la humanidad venga provocando revoluciones en serie.

 

Desde este fenómeno universal de transformación proviene el caldeamiento que trae consigo e implica la relatividad de los procesos históricos: la humanidad está en busca de una integración y una sabiduría capaz de ofrecer, tanto a los sistemas agrarios como al industrial, un continente de transformación para una nueva historia y otro mundo de reconciliación humana y promoción de todas las diferencias de creatividad de los hombres.

 

Esperando en la miseria total de su esfuerzo este nuevo amanecer, poblaciones enteras vegetan acorraladas en su ambiente de vida, sin cultura ni estructuras, en busca de un futuro que esperan contra toda esperanza.

 

Con la marginalidad, la inseguridad se abate sobre los emigrantes periféricos y marginales. En el orden de los clanes, la comunidad no abandona a ninguno de sus miembros. Por eso no conocen la miseria radical. Los enfermos, viejos, huérfanos, locos, no son dejados a su propia suerte. Los rituales sagrados de la tradición los protegen y colocan bajo la protección de alguien. Normas estrictas organizan un orden de protección que cuida de los desamparados y desheredados del destino.

 

La falta de religión, de moral y disciplina en las costumbres y hábitos comunitarios, es la consecuencia inmutable de esta migración de orilla a orilla. El grupo primitivo aseguraba la cultura  de todos y cada uno de sus miembros: les ofrecía una sabiduría de la vida y una esperanza de fe. Con su disolución, cada uno sin estar preparado, tiene que constituir para sí sus propias convicciones y código moral. Este es otro drama de la marginación. Todavía unidos a prácticas rituales de los antepasados, las poblaciones de la periferia de las ciudades industriales se van distanciando poco a poco de sus tradiciones sin sustituirlas por modelos mutables de relaciones de orden industrial y urbano.

 

 

                                               F I N

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I N T E R E S A N T E

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