ALCORAC

SALVADOR NAVARRO ZAMORANO

 

Dirigida a la Escuela de:

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                                                       Circular nº  12, año XVI

                                                       Bunyola, 1º   de Diciembre  de 2.010.

AGUSTÍN DE HIPONA.-

Mientras tanto, quien conocía el genio de Agustín podía adivinar que semejante impetuosidad de su sentimentalismo no tardaría en ceder para otras llamas no menos intensas, dejando tras de sí un puñado de cenizas frías.

En poco tiempo, Agustín decidió volver a Cartago con el fin de abrir un curso de Retórica. Posiblemente, recibiría también algún recado de su amante, comunicándole el próximo nacimiento de su heredero.

Marchó entonces, por más que a tal paso se opusiese Romanianus, que se quería servir del inteligente joven  como fuego de artificio para iluminar su ciudad natal y el municipio que administraba. Pero, sugestionado por Agustín acabó por ceder y aún más, pagó los gastos del viaje a su protegido.

Con el regreso a Cartago, comienza el más doloroso período de su angustia interior, preludio de su redención espiritual.

En la noche espesa se cerraron todos los horizontes de su alma.

El espíritu de Agustín descendió hasta el más profundo estado de desprecio de sí mismo. Y desde el fondo de ese abismo un día sería arrojado por el poder de la Gracia a la más alta cumbre de la espiritualidad.

El ser humano pasa nueve meses para su formación en el útero materno y poder, finalmente, contemplar la luz de la vida, y nueve años llevaría todavía esa “alma naturalmente cristiana” hasta surgir definitivamente del paganismo del “hombre viejo” para la vida de la “nueva criatura en Cristo”.

Tal vez, nunca existiese un hombre que en medio de sus pecados, se hallase más cerca de Dios, que Agustín.

Espíritu aprisionado por el error, alma esclavizada por la carne, se sentía ese “santo pecador” tan infeliz, tan lleno de desarmonías, tan enojado de sí mismo, que el silencioso clamar de su ser era un grito inmenso de la humana miseria por la divina misericordia.

Cuanto más consciente nos fuera nuestro vacío interior, tanto más cerca estamos de la plenitud de Dios.

“¿Dónde estabas en ese tiempo cuando de procuraba, Señor?”, pregunta más tarde; y responde con estas palabras tan suyas y tan de millares de místicos de todos los siglos. “No sabía encontrarme a mí mismo; ¿cómo sería entonces posible encontrarte a Ti?  “Conocerme yo a mí para conocerte a Ti”.

Realmente, el hombre que no se encuentra a sí mismo, jamás encontrará a Dios; el Dios desconocido inmanente en el hombre desconocido.

En Cartago fue saludado con júbilo por su casi esposa y tal vez por el vagido de su primer hijo. Ingrata sorpresa, esa, de la aparición del niño. En ese tiempo Agustín no deseaba ser padre. Pero, cuando tomó en los brazos al pequeño ser plasmado de su sangre, sintió el delicioso orgullo de quien contempla el propio Yo reflejado en un pequeño Tú. Confesó su paternidad orgullosamente. Impuso al recién nacido el nombre de Adeodatus “dado por Dios”. El hijo, fruto de su incontinencia, nacido de aquella que no era su esposa, y ese hijo era un “regalo de Dios”. ¡Cuánta ironía y cuánta verdad en este nombre!

Pero ese nombre es más bien un símbolo de la vida paradojalmente sublime de ese “cristiano gentil” pero religioso, más que muchos de aquellos que nunca anduvieron tan lejos del camino de Dios, ni nunca tan cerca de Dios como él.

Con el nacimiento del hijo, se estrecharon todavía más las relaciones entre Agustín y aquella mujer anónima, adquiriendo visos de matrimonio legítimo.

Durante largos años fue Agustín fiel a esa joven cartaginesa, señal de que ese voluble nómada de la inteligencia y del corazón la amaba realmente, fuese por causa de su belleza, por la bondad de su corazón o por cualquier otro motivo. No le prohibía la ley repudiar a la mujer y quedar con el hijo. No lo hizo en cuanto una nueva norma de vida no le impulsara hasta ese extremo.

¿Por qué no contrajo matrimonio con la madre de Adeodatus?

Lo que sabemos es que ni más tarde en Milán, cuando procuraba regularizar su vida, consintió Mónica tal casamiento. No faltó quien viese en la amante de Agustín una joven de condición inferior, tal vez sin cultura de espíritu, pero que cautivó el corazón del ardiente filósofo en virtud de aquellas “razones de las que la razón nada sabe”.

En el terreno sexual y afectivo, por lo que se deduce, era Agustín bien humano, simpáticamente humano. No entraban en sus cálculos, como factores ponderables, la fortuna, los lazos de familia, el prestigio social, las luces del saber de su compañera; entraba sólo ella, el eterno femenino, quizá potencializado por un irresistible sex-appeal, como se dice en nuestros tiempos. Pero Mónica no admitía una nuera de condición inferior a la de su hijo.

Esos nueve años en Cartago fueron también años de intensa labor.

Agustín, por más afectivo que fuese, nunca dejó de ser el sensato intelectual y un hombre de buen sentido.

Gracias a la influencia de Romanianus, consiguió una colocación entre los rectores de la metrópolis. Dos hijos del poderoso amigo se hallaban entre sus alumnos, tal vez viviendo en la misma casa con el maestro.

Eulogius y Alypius lograron escapar del “negro vaso del olvido” gracias a la futura celebridad de Agustín. El último, tenía de sus padres la prohibición de frecuentar las lecciones del peligroso maniqueo, pero el joven no consiguió resistir por mucho tiempo la acción envolvente de las “vibraciones simpáticas” del maestro.

A la luz de los hechos históricos, es de suponer que esas “vibraciones” – para usar una terminología moderna – fuesen ignoradas por mucho tiempo por todos los que entraban en el campo magnético de Agustín, sucumbiendo a la extraña fascinación de su personalidad; el joven africano desarma a sus poderosos adversarios; conquista para sus ideales filosóficos y religiosos, espíritus opuestos a su ideología y desprovistos de todos los antídotos contra los invisibles venenos que emanaba ese poderoso mago de la inteligencia y del corazón.

Sólo Mónica resistía, invicta, a esa silenciosa ofensiva del hijo, gracias a alguna poderosa fuerza que venía de lo alto.

Si no fuesen esos nueve años de intensas labores intelectuales, sería inexplicable la cultura enciclopédica que Agustín revela en sus páginas del libro “Civistas Dei",  la más vasta y profunda obra que nos ha llegado hasta nuestros días. ¿Qué saber poseía un rector formado por la Academia de Cartago? Conocía escritores y poetas griegos y latinos, sabía revestir de ropajes lujosos sus ideas, pero ¿serían esas bellas exterioridades tan resistentes para contrabalancear la potencia demoledora de los siglos? Todo hombre llegado a la madurez espiritual sabe por experiencia propia, que lo que lo impresiona, empuja y convence, en último análisis no son las ideas, a no ser que sean la cristalización de la propia vida humana.

Puede el hombre vulgar extasiarse ante una deslumbradora fraseología, pero el hombre formado por la vida y sobre todo por el sufrimiento, procura ante todo el alma de la idea, y sólo admira la envoltura literaria en la medida que actúe como vehículo o prisma para presentar el hombre en su naturaleza belleza y plenitud.

En ese período estudió Agustín todo cuanto el espíritu humano había producido en el campo de la ciencia y del arte.

Sigue en la Circular de Enero de 2011.

LA REALIDAD OCULTA.

Lo más que puede decirse, por tanto, es que el hombre es capaz de aprender mucho más y con mucha mayor rapidez que cualquier otro ser vivo, y es también capaz de comunicar con tal eficacia sus habilidades recién adquiridas que éstas no tardan en propagarse al resto de la humanidad. Aunque su superioridad sobre el resto de los animales en este aspecto es más relativa que absoluta, no deja de ser considerable y constituye una de las explicaciones de la celeridad de su evolución social.

No obstante, la capacidad del hombre de provocar cambios sociales no depende únicamente de la rapidez con que puede aprender nuevas técnicas y transmitirlas a las diversas comunidades de su especie. A diferencia de los animales, puede y suele, rechazar procedimientos o costumbres previamente adquiridas y actitudes sociales a las que había sido condicionado. De hecho, su propensión a alterar e incluso abandonar ciertas formas de vida hacen posibles o acelera notablemente los cambios involutivos y le distingue por ello del resto del reino animal.

El taoísmo, el budismo y el cristianismo son doctrinas específicas que determinan el lugar del hombre en el orden de las cosas y en relación con los demás humanos. Pero la influencia de Lao-Tsé, Buda  y de Jesús el Cristo comenzó, más que con la presentación de un cuerpo sistemático de pensamiento, con el rechazo de ciertas ortodoxias religiosas y sociales que imperaban en su tiempo. El repudio de una situación censurable y la fidelidad a un nuevo credo han sido casi siempre el detonante de las revoluciones sociales, ya fueran iniciadas por reformadores religiosos como Martín Lutero, reformadores sociales como Carl Marx u oradores callejeros anónimos.

El origen de algunos de los movimientos más espectaculares y de mayor alcance de la historia humana puede atribuirse a una persona determinada, o más precisamente, a la concepción del mundo que dicha persona tenía. La razón de que las ciencias naturales aporten tan poco a la predicción o explicación de los grandes acontecimientos sociales tal vez haya que buscarla en la singularidad del concepto visionario que dio lugar a estos hechos; el método científico es más fructífero cuando se ocupa de fenómenos susceptibles de repetirse y de ser manipulados mediante la experimentación.

El Islam, por ejemplo, surgió de forma imprevisible a comienzos del siglo VII por obra de Mahoma, un mercader de mediana edad, nacido en La Meca, Arabia. El grupo del cual formaba parte no era más que una pequeña tribu extremadamente pobre y aislada, casi por completo, del resto del mundo cuyos componentes eran en su mayoría analfabetos. Sin embargo, Mahoma y sus inmediatos seguidores convirtieron a aquellos árabes desvalidos en una potencia guerrera que en poco más de un siglo creó un inmenso imperio, próspero y refinado, tanto artística como intelectualmente. El imperio árabe acabó desintegrándose, pero el legado espiritual de Mahoma sigue siendo una de las grandes fuerzas del mundo moderno.

De forma tan misteriosa como en el caso del Islam, la idea de la primera Cruzada fue concebida, al parecer, por Pedro el Ermitaño, un monje cuya preocupación por la suerte de los Santos Lugares era tan obsesiva que en época más reciente se le habría enviado a un sanatorio mental. Pero Pedro el Ermitaño lograba transmitir su pasión a todo aquel que le escuchaba, y así se convirtió en el impulsor de la larga serie de Cruzadas durante las cuales los toscos y rudos barones europeos aprendieron de los árabes los refinamientos de la civilización y construyeron posteriormente por todo el Próximo Oriente los extraordinarios monumentos que aún hoy admiramos.

Las voluntades de Mahoma y de Pedro el Ermitaño pusieron, pues, en movimiento fuerzas sociales de enorme alcance cuyo impacto se extendió por todo el mundo y perduró durante siglos. De hecho, si todos los grandes movimientos de la historia han surgido de decisiones individuales. Los Estados Unidos de América sería un país muy distinto si Abraham Lincoln no hubiera decidido presentarse a la candidatura del Partido Republicano, lo cual supuso su elección como presidente justo antes de la Guerra de Sucesión. ¿La Historia? No existe tal cosa. Hay solamente Su Historia. Un acto carece de significado mientras no conozcamos al actor. Pero lo verdaderamente importante es determinar qué mueve al actor para actuar.

Sabemos mucho sobre los fenómenos físico-químicos que hacen posible la vida y somos capaces de formular hipótesis razonables sobre su origen y evolución. Podemos imaginar, aunque no lo comprendamos por entero, cómo cada ser vivo está determinado por su constitución genética, sus experiencias y su entorno. Pero esta clase de conocimiento no explica los procesos completos que tuvieron lugar en las mentes de Mahoma, de Pedro el Ermitaño y de Lincoln, y que les hicieron tomar la decisión que acabaría por desencadenar los correspondientes movimientos sociales, alterando así el curso de la historia humana. El libre albedrío, al menos tal como se entiende actualmente, tal vez no sea compatible con el determinismo científico, pero sin duda es la fuerza más enérgica e interesante de cuantas entran en juego en la vida humana. Constituye lo que se puede llamar “la zona de inseguridad” donde reside todo el interés dramático; las fuerzas físico-químicas no proporcionan más que el decorado y la organización del escenario.

Los grandes líderes aceleran los cambios históricos y puede que incluso les impongan unas pautas determinadas. No obstante, muchas de las revoluciones sociales y culturales del pasado, parecen haberse producido espontáneamente, como si las circunstancias infundieran en la gente una voluntad colectiva capaz de superar las condiciones existentes.

Las estructuras sociales, aunque débiles y defectuosas, suelen mantenerse estables durante largos períodos de tiempo porque la gente adquiere una tolerancia superficial que le permite transigir incluso con los prejuicios y situaciones más censurables. Así, durante mil años, la gente humilde de Europa aceptó que los nobles tenían derecho a gobernar porque Dios les había dotado de sangre más azul y que los burgueses debían su riqueza al hecho de poseer un talento superior. Durante tres siglos, la población negra de los Estados Unidos pareció tolerar la idea de que sus amos blancos pertenecían realmente a una raza superior. En las sociedades industriales de nuestros días, la gente parece convencida de que la contaminación ambiental, la estricta reglamentación social y demás formas de degradación, no pueden evitarse porque son el precio del progreso. De todos modos, la tolerancia hacia una situación no deseada, rara vez implica verdadera adaptación; antes bien, corresponde a una aceptación pasiva, a una forma de resignación que lleva inevitablemente a retraerse del sistema y con el tiempo a una abierta repulsa. A su vez, esta fase negativa suele desembocar en una búsqueda de nuevas experiencias y de modos de vida distintos.

A finales de la Edad Media, la insipidez de las sutilezas escolásticas y la verborrea de las discusiones, produjo una reacción que se reflejó en las obras de escritores, tales como Bocaccio, Villon y Rabelais y que llevó a la exuberante creatividad del Renacimiento. Mediado el siglo XIX, un grupo de jóvenes brillantes y desenfadados, hartos de las comodidades de la vida burguesa y de sus rígidas convenciones, buscaron nuevas experiencias en la vida de bohemios. Este estilo de vida no fue adoptado más que por un escaso porcentaje de la población, pero aun así bastó para restablecer en el mundo occidental unas relaciones humanas más sensatas y una forma más directa de relacionarse con la naturaleza.

Sigue en la Circular de Enero de 2011.

¿POR QUÉ EL DIABLO?

Se imaginó que aquella materia privilegiada era el propio valor convertido en pasta, y se figuraron que sólo atormentando la Naturaleza en un crisol, que la ayuda del Diablo, rey de los antros, podía obtenerse. El dinero sólo se multiplicaba dentro de las arcas de ciertos mercaderes y de los israelitas; ¿cómo se efectuaba esta germinación metálica, esta fecundación mineral en el fondo de la cueva de un judío  o en la cala de una galera catalana o genovesa? Era un misterio. Luego se observó que el oro se ablandaba por el fuego, que la llama y el carbón lo purificaban y que lo disolvía aguas cargadas de espíritus de olor infernal y de color de fuego. Y se dijo: “El oro pertenece al Señor de los infiernos. Él, que habita en las entrañas de la Tierra, es el que debe estar en posesión del inmenso tesoro subterráneo. Él sólo puede darlo. Los metales se extraen de allí, ¿quién sabe si es Él quien los ha creado? Y luego, Jesucristo es enemigo de las riquezas. El Anticristo será un alquimista que hará oro, piedras y toda clase de valores; de fijo, estos deben pertenecer al Adversario”. Y Satán perseguido y derrotado como padre de herejes, se presentó de nuevo como Rey del dinero y todos lo aclamaron.

Hay un libro escrito en el siglo XVI por Exímenes, muy curioso y escrito sobre pergamino, titulado “Vita Christi” cuyo único ejemplar completo, existe en la Biblioteca de la Universidad de Barcelona, en el que se describe al Anticristo como un judío, buen mozo, nacido en Babilonia, el cual tendrá el poder de hacer oro y plata y dar tanto cuanto necesiten aquellos que le sigan, para lo cual tendrá diablos que en caso necesario se lo sacarán del fondo del mar o de las minas del centro de la Tierra.

No hay como la necesidad para vencer repugnancias. Desde este momento ya nadie repara en que por adquirir el oro se tenga que acudir a un judío. El altivo señor baja del castillo, cuando la villa está envuelta por las sombras de la noche y tapada la cara con el embozo de su capa, se dirige atravesando por tortuosas callejuelas a la Aljama. En ellas aguanta que el judío le haga esperar a la puerta hasta que, a través del enrejado ventanillo y a la luz mezquina de su lámpara, haya inspeccionado quien llama. Sufre todas las vergüenzas; hasta baja el embozo para ser admitido en una casa en la cual, según le ha dicho el capellán del castillo, se crucifican niños cristianos el día del Viernes Santo. Nada le importa con tal que se le de dinero.

Así los barones empeñaban sus futuras cosechas cuando, a pesar del tormento, sus infelices siervos no podían darle nada. Así los castillos y palacios venían a vaciarse en los silos de las juderías. Y merced a estas operaciones onerosas, verificadas en el misterio de la noche y sin testigos, el capital del prestamista se multiplicaba como por encanto. Pero muchas veces el judío pagaba caras sus ganancias; los frailes predicaban que en sus barrios se ultrajaba a Jesucristo en Viernes Santo; se contaba casos horrorosos; y las turbas, dirigidas por los barones y sus secuaces, entraban en las juderías, se apoderaban de los capitales y el fuego se encargaba de anular los pagarés y los recibos.

Además de matanzas parciales y la de los otros reinos de Europa, por los años 1391, hubo en España una matanza general de judíos. El 15 de Marzo estalló un tumulto en Sevilla; el pueblo excitado por el arcediano de Écija, cometió mil tropelías y tuvo completa inmunidad. El 6 de Julio hubo un terrible degüello. Luego otro en Córdoba. Cundió el ejemplo en Jaén y más tarde en Castilla y Valencia, en donde hubo una carnicería espantosa con destrucción de la judería; pero como esta ciudad dependía de reyes más liberales y justicieros, se detuvo a los revoltosos y el conde de Montblanch rescató lo robado y se formaron jurados. Hubo nuevas matanzas en Aragón, Mallorca y Castilla; pero si en Castilla quedaron impunes por estar la nobleza metida en el asunto, se indignaron los nobles y los ciudadanos de Cataluña y se castigaron severamente a los autores de tantos atropellos. Entre los prisioneros se encontraron varios nobles caballeros como incitadores. Don Juan I, más imparcial que católico, hizo completa justicia a los judíos.

El imperio del oro, la supremacía de la Banca, ¿fue un mal? De ningún modo. El primer poeta que llamó vil al metal acuñado, cometió una injusticia. Podrá ser vil el modo de adquirirlo, injusta su posesión, malos los usos que de él se hagan, podrá ser infame el obtener conscientemente mayor valor en oro del que tiene el trabajo producido que cambiamos por él; pero la reducción del metal a moneda, y su supremacía, significó la movilización del valor antes fijo en la tierra y en la casa, del valor que estaba muerto, inerte, paralizado. Fue desligar al hombre de la tierra, haciendo presentes en todas partes sus valores producidos; fue reducírselos y concentrárselos en poco espacio, haciéndolos manejables. Del valor de la moneda al de la finca va la diferencia que hay entre la esclavitud y la libertad, entre la muerte y la vida.

Apercibida la Iglesia del poder del oro y queriendo preponderar sobre los reyes, como éstos preponderaban sobre los barones, lo acepta, mal que venga del Diablo. Decía un escritor, Nicolás Clamangia, hablando de la Iglesia: “Desde el más chico al más grande, todos están roídos por la avaricia; y del profeta al sacerdote todos practican el fraude”. Ella lo bendecirá y al consagrarlo, el maligno habrá pedido sobre él todos sus derechos. El brillo de los metales nobles y el de las piedras preciosas la deslumbran. El oro le prestará el fulgor del Sol, la plata el de la Luna, los diamantes, esmeraldas y zafiros, el de las estrellas del firmamento. Venga, pues, a revestir la casa de Dios cuyo reino es el de los cielos. Es preciso fascinar al pueblo, es necesario tener brillo superior al de la monarquía. No importa que salga del trabajo impuesto por la maldición divina; su brillo borra la macha negra del pecado. No importa que salga del fondo del crisol de un alquimista; la alquimia empezó por ser arte sagrado, ella puede, pues, ser de Dios, si a su Iglesia sirve. Que tome forma eclesiástica, que sea cruz, altar, sagrario, cáliz, imagen de santo, casulla de presbítero, báculo de obispo y tiara del Papa; “Venga a nos el oro” dice la Iglesia; y añade diezmos sobre diezmos para adquirirlo; y los prelados perdonan los crímenes mediante ciertos pagos; hasta los hábitos perversos pueden conservarse satisfaciendo derechos que duren tanto como ellos. La violación, el incesto, el asesinato, la expoliación y el robo se absuelven por dinero; y no tardan los Papas en confirmarlo poniendo un precio fijo a la redención de cada pecado. ¿Quién no querrá comprar la salvación de su alma, que ya se vende? El cielo se abre con llaves de oro forjadas en el infierno.

En apoyo de estas afirmaciones y a fin de que no parezca exageración, transcribimos literalmente un trozo de la célebre “Tarifa de del Papa Juan XXII:

Por la absolución del que hubiera poseído una mujer en una iglesia y cometido otros desmanes                                                                                               6 gros de plata.

Por la absolución de un clérigo de concubinato, con dispensa de

La irregularidad y esto a pesar de las constituciones provinciales

Y sinodales                                                                                             7 gros de plata.

Por la absolución del que hubiere cometido incesto con su madre,

Su hermana o cualquier otra mujer que fuere su parienta por sangre,

Por alianza o bien con su madrina                                                                  5 gros de plata.

Por la absolución de quien hubiera desflorado a una virgen              5 gros de plata.

Por la absolución de un perjuro                                                             5 gros de plata.

Por la absolución del que hubiere muerto a su padre, a su madre,

A su hermano, a su hermana o a un pariente laico                              5 a 7 gros plata

Si hay un pariente clérigo entre los asesinados, deberá el matador

Ir a visitar la Sede Apostólica                                                                por muerte.

Por la absolución de un marido que hubiere apaleado a su mujer y

La hubiere hecho abortar por la paliza                                                  6 gros de plata.

Por la absolución de la mujer que con el auxilio de un brebaje o de

Cualquier otra maniobra, hubiera muerto al hijo que llevaba en su

Vientre                                                                                                     5 gros de plata.

NOTA.- Si el que hubiere empleado las maniobras antedichas fuere un clérigo, Y hubiera muerto el hijo en el seno de la madre, se le tratará como si hubiese muerto a un laico. La pena indicada es igual.

Por la absolución de pillajes, incendios, robos y asesinatos de laicos. Con

Dispensa                                                                                                 8 gros de plata.

Este libro puede verse en la Biblioteca Nacional de París. Edit.Toussaint-Denis. París 1520.

El uso de aceptar bienes y dinero de los penitentes en cambio de la absolución es muy antiguo entre los eclesiásticos, pero no estaba autorizado por los Pontífices ni por los Concilios antes del siglo XI. En 1080 el Concilio de Lillebonne dio una tarifa para la absolución de ciertos pecados. A principio del siglo XII el Papa Gelasio II autorizó al obispo de Zaragoza para que absolviera de sus culpas a los que dieran dinero para mantener el clero, y para la restauración de la Iglesia arruinada por los sarracenos. El Concilio de Execter en 1287 y el de Saumur en 1294, prohibieron a los archidiáconos, deanes y arciprestes, el apropiarse el oro de los penitentes y ordenaron, no que lo devolvieran, sino que lo depositaran en las cajas de la Iglesia. Al empezar el siglo XIV todo se generalizó: las “Extravagantes” de Clemente V dieron reglas para el empleo del dinero pagado a título de arreglo para la remisión y dispensas de los pecados. Y por fin, Juan XXII publicó la célebre Tarifa de la que hemos trascrito una pequeña muestra.

Sigue en la Circular de Enero de 2011.

LA CARA OCULTA DEL TIEMPO.

La rivalidad entre la serpiente, animal lunar, y el hombre, parece resumirse en numerosas leyendas: la rivalidad de un elemento inmortal, regenerado, capaz de mudar de piel, y el hombre caído de su inmortalidad primordial. En numerosos mitos, es la Luna o un animal lunar, quien engaña al primer hombre y cambia la caída y el pecado por la inmortalidad del primer hombre. La muerte es el resultado del pecado.

Los contenidos míticos presentes en las metáforas bíblicas colocan la cuestión fundamental del combate trágico-humano con las normas de orden y de justicia divina y sagrada. Rompiendo estas leyes, el hombre se hace responsable por su desvío y es moralmente que esta ruptura se establece. No contemplando la conciliación de los contrarios, la voluntad de auto-imponerse, inherente al dominio humano se impone como inserción en la dicotomía en el orden. El cristianismo se instituye teológica y moralmente bajo la sombra de la Metafísica, en un universo donde cuerpo y alma, sensible e inteligible, mundo natural y sobrenatural, también caracterizan al hombre que se aparta de su Dios. Si el hombre fue creado según el paradigma divino, su unión andrógina a la mujer y su posterior separación, retratan el propio proceso instaurador del mundo. El proceso de centrar el pecado de la carne en el sexo proviene de una desvalorización del Eros, que en el principio generaba la vida.

Para la mayoría de los primitivos, la caída o la catástrofe del Diluvio fue provocada por una polución ginecológica más que por una falta sexual.

A partir del dato de la culpa vinculado al acto sexual no procreador, el encuentro entre hombre y mujer  - básicamente enfocado como unión fecunda -  se degrada en algo impuro  a ser trascendido por aquellos que buscan la salvación del alma. En este contexto, el ser-en-el-mundo instaura la culpabilidad en cuanto dato existencial, que se desdobla como posibilidad de gracia divina o de la búsqueda humana de ser lo que es, de traspasar lo cotidiano en lo cual se despersonaliza, yendo al encuentro de su verdad  y al mensaje divino que es la meta de su creencia, distorsionando el sentido de libertad de elección y adhesión, centrando la finitud en el sometimiento ante el sexo.

Para aquellos que tienen fe en el Dios cristiano es necesario que se cumpla también la metamorfosis de su postura ante la vida y la religión, que el hombre se una existencialmente a los ritos que profesa, como lo hicieron los hombres primitivos. Es importante que las dicotomías lógico-metafísicas sean colocadas en segundo plano, de modo que aquellos que se adhieran a la teología cristiana comprendan la vida como un estar más allá y aquí de sí mismo, concerniente a cada individuo. De esto resultará, principalmente, que Yavé no es un dios intemporal, puesto que fue en el Tiempo que él hizo un pacto de alianza,  un compromiso con una comunidad primitiva y ofrecerle como su espacio de habitación la tierra prometida, otorgada a un pueblo nómada y guerrero.

Partiendo del paso del lenguaje oral al escrito, intentamos señalar los riesgos de la dicotomía, infiltrados en la Gramática, la Lógica, la Metafísica, la Estética y la Teología, en lo tocante a la fragmentación del mundo unitario que hasta entonces se delineaba. No sólo la Memoria, sino sobre todo las relaciones del hombre para consigo mismo, el Ser y Dios, se empobrece en el seno de los conceptos incuestionables en los cuales se fundamenta su nueva modalidad de ser. Día y Noche se separan con pasos largos acompañados por el devorar humano de un Tiempo manipulado que, encubriendo la orden unitaria, entrega lo Bello a puntos de vista y al hombre a un sí mismo gobernado por la Cibernética.

Intentando romper este horizonte, se exige el pensar cuestionador de Martín Heidegger que, abierto al sentido del Ser y del existir en medio de una época indigente, busca la restitución del vínculo original entr5e hombre y mundo, engendrando un retorno al pensamiento original.

Sigue en la Circular de Enero de 2011.

 

 

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