ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

 

 

 

Dirigida a la Escuela de:

                    Mallorca

                                                                                  

                                                                                   Circular nº 4 , año XI

                                                                                   Bunyola, 1º de Abril de 2.005.

VIDA DE SAN PABLO.-

Éfeso  “la primera metrópolis de Asia”, era en ese tiempo uno de los más poderosos centros de atracción del mundo conocido. Así como Jerusalén y Atenas, era considerada como “la ciudad sagrada”. El “Artemisium” o templo de Artemis (Diana) una de las siete maravillas de la antigüedad, edificado en la soberbia eminencia de una gigantesca plataforma, era el mayor foco de magia y superstición religiosa de Asia.

La venerada diosa de ese santuario era antes la grosera Astarthé de los fenicios y ahora la graciosa protectora de la caza que los romanos apellidaron  Diana y los griegos Artemis . Su imagen esculpida en madera oscura, caída del cielo, decía el pueblo, a guisa de piedra negra de la Diosa Madre de Pressius y la Kaaba sagrada de la Meca. Símbolo de fecundidad, tenía todo el cuerpo cubierto de senos hinchados y el cuerpo cubierto de fórmulas mágicas.

El templo de la diosa, dentro del cual funcionaba también una gran tienda de cambios, era un edificio gigante y de notable valor artístico. Sustentaban el techo 127 columnas jónicas que reposaban sobre figuras de mármol primorosamente trabajadas. Una de esas columnas se encuentra hoy en el Museo Británico. Admirables esculturas de Fidias y Policleto, de Scopas y Praxíteles, hermoseaban el santuario. Lisipo erigió en él la estatua de Alejandro el Magno. Los grandes pintores Parrasio, Zeuxis y Apeles, tenían puestos sus pinceles al servicio del mayor sagrario de Diana.

Constantemente se organizaban comitivas y procesiones que, entre músicas y cánticos, desfilaban por el interior y alrededores del templo, así como por las calles de la ciudad y cercanías. Millares de sacerdotes y sacerdotisas vivían a la sombra de la fantástica divinidad y mantenían encendida la llama del entusiasmo religioso. Los sacerdotes, todos ellos eunucos, obedecían la suprema dirección de un gran sacerdote.

¡Sabe Dios cuántas veces fue Paulo molestado en sus discursos por las voces insultantes de ese ejército de servidores de Diana, cuyas manifestaciones religiosas degeneraban casi siempre en auténticos delirios y no era raro terminaban en escenas horripilantes de violentas mutilaciones físicas.

Y, mientras tanto, a pesar de tan repugnantes orgías religiosas, vivía en lo íntimo de esos adoradores de Diana una centella de verdad: el inconsciente deseo de purificación moral y sublimación de las potencias siniestras del instinto.

En las playas bucólicas de Jonia filosofaban un día los sabios de la Hélade sobre los principios del mundo.

-   En el principio era el agua -  decía Tales.

-   En el principio era el fuego – sentenciaba Heráclito.

-   En el principio era lo intangible – exclamaba Anaximandro.

-  En el principio era la lucha entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal – adoctrinaban otros.

Y después de extinguido el espíritu filosófico de Jonia, apareció un poeta, con los ojos bañados en luz divina y escribió esta sentencia de suprema sabiduría.

En el principio era el Logos  - el Verbo – y el Verbo era Dios, de cuya plenitud todos recibimos, llena de gracia y de verdad.

En otoño del año 53 entraba en Éfeso un grupo de viajeros exhaustos de fatiga, cubiertos de polvo y con las sandalias rotas, hechos harapos los vestidos. Pasando al pie del soberbio “Gymnasión” y por el Ágora, se encaminaron hacia el Stadium, inmenso campo circular destinado a los juegos públicos. Del “Stadium”, del que hoy restan apenas unos bloques de piedra y el Arco de Triunfo romano, se dirigieron a la casa de una pareja, venida recientemente de Corinto. En la modesta vivienda de esos buenos amigos, reposaron algunas horas Pablo y los suyos. Después planearon los trabajos de siempre. Era necesario conquistar la ciudad para el Cristo.

Muy pronto comienza Pablo a sondear el terreno y procura tomar contacto con los pocos cristianos que vivían en Éfeso. Eran unos pocos y con ideas bastantes primitivas.

La prédica para “profundizar en la conversión”, iniciada por el austero profeta a los márgenes del Jordán, había trazado grandes círculos de espiritualidad por Asia y África. En muchas partes era el Precursor del Mesías, más conocido que el propio Cristo. Así también en Éfeso. Los discípulos de Juan el Bautista, se reunían periódicamente, celebraban actos culturales, ayunaba, oraban y cantaban. Habían oído algo sobre el gran profeta de Nazaret y veneraban como podían, sin tener de ello alguna idea nítida y definida.

Escuchó Pablo por intermedio de esos “jóvenes cristianos” que en su ausencia habían estado en Éfeso y partido hacia Corinto, un representante de esa ideología religiosa. Venía de Alejandría. Era de origen judío, pero de cultura griega. Su nombre era Apolo, forma abreviada de su verdadero nombre, Apolonio. Por las palabras de sus informadores dedujo Pablo que ese hombre debía ser muy inteligente, de carácter sin mancha, gran conocedor de las leyes de Moisés, orador vibrante, pero deficiente en conocimientos cristianos. Era más cristiano de voluntad y de corazón que de experiencia.

Pablo supo ganar a este intelectual alejandrino para la causa del Evangelio.

Con Apolo entra en el ámbito de la primitiva iglesia un nuevo factor cultural, el “elemento alejandrino” que, más tarde, con el nombre de “Escuela alejandrina”, debía aportar un importante contingente para la evolución de la filosofía cristiana. Se distinguía esta escuela por su enseñanza metafísica y una espiritual exégesis alegórica.

Alejandría era en ese tiempo el foco de aquella teología judaica de lejanos horizontes y cuño internacional que procuraba sintonizar con una moiseísmo luminoso y la sabiduría de todos los pueblos; la ética de la escuela estoica y la filosofía helénica sobre el “Logos”, los “gérmenes divinos” del Universo y la “razón creadora” del cosmos. Autoridad máxima y alma de ese movimiento era el célebre Filo, que trabajaba infatigablemente por armonizar las ideas del “divino Platón”, con libros sagrados del Antiguo Testamento, hasta tal punto que corría por el pueblo el proverbio, “o Platón filoniza o Filo platoniza”. Estos teólogos hebreos-alejandrinos se servían del lenguaje filosófico de Grecia como vehículo para la difusión de conceptos bíblicos. Y con esto favorecían los planes de la divina Providencia, contribuyendo para que se volviese el idioma griego la lengua clásica de la verdad cristiana. En el loable afán de familiarizar el mundo pagano con la ideología mosaica, llegaron a crear un modo de pensar más libre e independiente, para escándalo de sus hermanos tradicionalistas de Palestina. Poseían un templo propio, en Leontópolis, cerca de Alejandría, edificio de gusto helénico y sobriedad egipcia.

Es posible que Apolo haya sido discípulo de Filo, lo que definiría sobradamente su actitud frente al cristianismo. Su religión era un cristianismo de elegancia platónica, resintiéndose de una ausencia de profundidad mística. Entusiasta admirador de la ética de Jesús, pregonaba por todas partes la “adoración a Dios en espíritu y en verdad”. “Hablaba con ardiente entusiasmo – dice Lucas -  y daba enseñanzas exactas con respecto a Jesús, aunque no conociese sino el bautismo de Juan.” Ahí está una caracterización tan concisa como enigmática de ese extraño personaje. Apolo, al parecer, conocía a fondo el lado histórico de la vida de Jesús; sabía probar, con admirable perspicacia la arrebatadora elocuencia, el mesianismo de Jesús, pero todavía no penetraba en el alma divina: el sentido trascendente de su muerte, la resurrección espiritual del cristiano, la unión mística del Cristo con el hombre, el misterioso soplo del espíritu de la Verdad enviado por el Mesías; todo esto le era desconocido o vago.

Llegado Apolo a Éfeso, los cristianos de allí le aclamaron como su guía espiritual. Hablaba en la sinagoga y en la plaza pública. Oyentes de todas clases sociales y credos lo escuchaban. Pablo no estaba en Éfeso, como ya he dicho. Aquila y Priscila asistieron a las famosas conferencias filosóficas del gran orador. Lo que escucharon fue una deslumbrante apoteosis del Cristo. El Mesías vaticinado por los profetas. A tal excelsas alturas se elevaron los discursos intelectuales del gran apologista alejandrino que la piadosa pareja no siempre podían seguir los vuelos metafísicos. El genial paralelismo que Apolo estableció entre el “Logos” de la filosofía y el “Cristo” del Evangelio, arrebató a la clase más erudita de sus oyentes.

Aquila y Priscila admiraban sinceramente la inteligencia, la facundia y el idealismo religioso del conferenciante, pero no se sentían plenamente satisfechos. Faltaba a los discursos de Apolo alguna cosa . . .  un elemento sagrado . . . aquél fuego divino que ardía siempre en el fondo de los sermones de Pablo, aquella vehemencia de la fe, aquella mística sublime que, cuando salía de los labios de Pablo, parecía rasgar todos los velos de la materialidad y descorría las cortinas que ocultaban nuevos mundos de belleza sobre natural. Los discursos de Apolo eran profundos y geniales, pero intelectuales. Les faltaba sacralidad mística, que constituye la suprema armonía de la ciencia con la fe. Apolo insistía más en la “gnosis” (conocimiento) que en la phistis (la fe).

Al final de uno de estos discursos, Aquila y Priscila felicitaron al orador y lo invitaron para que les visitara a su modesta vivienda. Él aceptó la invitación. Desde entonces se trabó una estrecha amistad entre el genial intelectual alejandrino y el simpático matrimonio de operarios llegados de Corinto. El filósofo, ávido de futuros conocimientos sobre la persona y doctrina del Nazareno, venía todos los días y pasaba muchas horas en la tienda de los tejedores, entre las alfombras de colores, oscuros ovillos de pelo de cabra y el primitivo telar. En cuanto Aquila manejaba velozmente la lanzadera. Priscila, inteligente y discreta catequista, exponía a su dócil discípulo las grandes verdades y divinas bellezas del Evangelio, que escuchara de labios de Pablo y meditaba continuamente.

¿Cuándo fue el cristianismo tan bello, tan atrayente, tan él mismo, como en esos primeros tiempos, cuando sus discípulos eran una sola alma y un solo corazón? ¿Cuándo un famoso filósofo se sentaba a los pies de una simple operaria y bebía de sus labios las aguas vivas del Evangelio? Y esas almas, sintonizadas por la misma onda de idealismo emprendedor, salían por el mundo a iluminar los espíritus y calentar los corazones con el fuego que Cristo vino a lanzar a la tierra.

Lucas es el pintor entre los Evangelistas; si de él no poseemos tela de color, sí tenemos una galería de paneles literarios de incomparable encanto y plasticidad.

De esa catequesis en el bazar de los tejedores, salió el filósofo platónico hecho un perfecto teólogo cristiano; de ahí salió con su “gnosis” divinizada por la “phistis”; fue allí donde él nació en perfecta sintonía entre la razón y la fe.

Cuando Aquila y Priscila hablaron a Apolo de la floreciente vida religiosa en Corinto, él manifestó el deseo de conocer de cerca esa cristiandad. Y, en la primera oportunidad, embarcó para la Acaya con una carta de recomendación a los presbíteros de la iglesia de Corinto.

Parece que en esa ciudad fue Apolo recibido oficialmente en la iglesia.

“Ahí llegado  - dice el historiador  -  prestó excelentes servicios a los fieles, gracias a sus talentos, porque rebatía con vigor a los judíos públicamente, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Mesías.”

Tal vasta fue la repercusión de sus discursos, que en breve se hicieron el tema obligatorio de todas las conversaciones en Corinto. Hablaba al aire libre, porque no había local en la ciudad que albergase a la multitud de sus oyentes.

Este sí que es nuestro hombre  -  exclamaban los “intelectuales” de Corinto  -  No es como aquel Pablo que de filosofía nada entiende. Aquél bárbaro sin estilo ni retórica. ¡Éste sí! Orador para la “élite”, era esto lo que faltaba en Corinto . . .

Y se formaron dos partidos:

-  ¡Yo soy del partido de Apolo!

-   ¡Yo también!

-  ¡Yo también!

- ¡Yo soy de Pablo!  -  decían otros, que no creían en filosofías ni retóricas.

Apolo, perspicaz y sincero, percibió el peligro de una crisis entre los neófitos de Corinto y, para evitar tan gran mal, decidió embarcar rumbo a Asia, prueba de la integridad de su carácter y lealtad de sus intenciones.

En esa situación volvió Pablo de sus excursiones por la Galacia y llegó a Éfeso.

Cierto día encontró un grupo de doce hombre que se decían ser cristianos. De hecho lo eran, aunque más por los votos de sus corazones que por las luces de la razón.

Les preguntó Pablo si habían recibido el Espíritu Santo.

“¿Espíritu Santo?” –  dijeron, mirándole sin comprender nada. – “Pues ni sabíamos si existe el Espíritu Santo . . .”

“¿Qué bautismo, pues, recibisteis?”  –  preguntó el apóstol.

“El bautismo de Juan.”  Respondieron.

Comprendió Pablo que se trataba e aquella categoría de devotos que veneran con ardor al Precursor del Mesías, pero que no sabían nada de ese Mesías. Les explicó que “Juan administraba al pueblo el bautizo de la conversión, exhortándole a creer en aquél que vendría después de él, esto es, Jesús.”

Oyendo esto, quisieron saber más del nombre del Señor Jesús. Pablo les impuso las manos y descendió sobre ellos el Espíritu Santo: hablaban en diversas lenguas y profetizaban.”

En la iglesia primitiva se consideraba la “imposición de manos” como símbolo de la plenitud del cristianismo; con ella se remataba la iniciación sagrada del neófito, así como la venida del Espíritu Santo en Pentecostés completara la Pascua y daba cierre a la obra de redención.

Quien no profundizó en el fuego del Cristo, como los 120 del primer Pentecostés, no es crístico, aunque sea cristiano por el sacramento del bautismo.

Sigue en la Circular de Mayo.

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

Un creciente número de científicos están creyendo, como los espiritualistas, que todas las condiciones necesarias para que la vida pudiese aparecer en la tierra, no se podrían haber realizado al mismo tiempo, sino por casualidad. Sir Frederik  Gowland, que fue el primero en descubrir determinados aminoácidos necesarios para la nutrición humana, describió el origen de la vida como “el ejemplo más improbable y significativo en la historia del universo.” En recientes décadas, los aminoácidos, los grupos complejos formadores de proteínas, surgieron en los laboratorios bajo condiciones simuladas que prevalecían en la primitiva tierra y fragmentos de DNA y azúcares vitales para la vida fueron sintetizados. Pero el misterio todavía encubre la manera cómo innumerables factores complejos necesarios para la aparición de la vida se combinaron en la Naturaleza para componer organismos vivos. H. Quastler, un bioquímico, está entre los numerosos científicos y matemáticos que intentaron pesar las probabilidades contra la coincidencia de todos los factores necesarios a la vida. Su número es 10-301, una posibilidad inimaginablemente remota de que la vida pudiese haber surgido sólo por accidente. Algunos encuentran que la edad desconocida de la Tierra hiciese más probable la hipótesis de la casualidad, pero las matemáticas que avalan las probabilidades no comparten la misma opinión.

Mucho antes que la ciencia haya progresivamente retrocedido a la explicación de la vida ella no respondió a cuestiones fundamentales sobre el impulso en la dirección de formas de vida cada vez más desarrolladas y sensibles. La sobrevivencia del más apto, no puede explicar por qué la vida debería haber avanzado más allá de organismos unicelulares que están suficientemente adecuados y siguen sobreviviendo actualmente. Las cosas vivas “ascienden”, por así decirlo, para un orden progresivamente mayor, al revés de seguir a la Segunda Ley de la Termodinámica que prevé la muerte termal a través de la entropía máxima, en la medida en que el calor y la energía se dispersan igualmente a través del espacio. ¿Qué gobierna este impulso y esfuerzo? ¿Habrá un principio dentro del propio proceso de la vida que impele a luchar para la realización propia? ¿Cómo podrían los seres vivos ver el resultado del acaso?

Albert Szent-Gyorgy, premio Nobel en bioquímica sugirió que el impulso en la dirección de un orden mayor y más complejo puede constituir un principio fundamental de la Naturaleza. Ilya Prigogine, químico y físico belga, avanzó más con estas explicaciones. Conquistó el Nobel por sus fórmulas matemáticas que explican como nace una mayor complejidad. Demostró matemáticamente que sistemas abiertos como semillas, huevos o cualquier criatura viva, al alcanzar determinado grado de complejidad, tienden a desintegrarse. La energía que mantienen unidad sus células, partículas subatómicas y otros niveles de organización, está unida de forma menos estable en sistemas complejos.  Con todo, los componentes en vez de dispersarse simplemente, tienden a reorganizarse en un nuevo todo, pero con un nivel de complejidad más elevado. Es como si un juguete complejo se desintegrase en virtud de su propio peso. Pero, al revés de quedar amontonado, las piezas se reagrupasen en otra forma más compleja.

Las implicaciones de este sorprendente descubrimiento está apenas comenzando a ser analizadas, pero parecen constituir una nueva pieza que se ajustase a la visión espiritualista. Sugiere, específicamente, cómo la evolución es empujada por la inteligencia o consciencia interior, la Mente Divina, para desarrollar formas más complejas a fin de expresar grados de consciencia progresivamente mayores. Esto ayuda a explicar cómo, a pesar de las innumerables imperfecciones y callejones sin salida en la evolución, la vida sigue y crece en órdenes de inteligencia progresivamente más elevada.

Así se explica que la gran variedad de formas resulta porque la evolución revela sistemáticamente los arquetipos divinos, las Ideas de Platón. Las formas se desarrollan a través de la evolución de acuerdo con los modelos que les son impresos por el arquetipo que gobierna su estructura específica. Existen distintos tipos, familias y géneros porque diferentes grupos son moldeados por diferentes patrones o arquetipos estructurales inmateriales. Las lagunas en el registro de los fósiles podrían ser predichas con base en este concepto, así como diferentes tipos de forma son gobernados por diferentes patrones arquetípicos.

La evidencia muestra esta realidad. El movimiento de avance de la evolución no siempre es gradual. La diferencia en la vida consciente entre minerales, plantas, animales y seres humanos, no es sólo una cuestión de grado, sino, en realidad, una transformación, un salto hacia otro orden de existencia. Se llama este salto una “nueva trascendencia”. Hay lagunas visibles que aparecen entre células sin núcleo y entre aquellas que lo poseen, invertebrados y vertebrados, reptiles y pájaros, vida marina y formas terrestres. La teoría neo – darwiniana convencional, que postula un cambio continuo y progresivo desde lo simple a lo complejo, no puede explicar las innumerables lagunas abiertas en el registro fósil.

D´Arcy Thompson, zoólogo y matemático, postuló un “principio de discontinuidad”, para el cual encontró evidencia entre formas orgánicas e inorgánicas. Estudió a Pitágoras y, como el geómetra griego, vio en la Naturaleza trazos de formas abstractas de un mundo ideal. Los hexágonos de las colmenas y el caparazón de las tortugas, los cuernos del carnero, el vuelo de las mariposas, todos exteriorizan una perfección matemática. A través del análisis matemático de las formas, Thompson encontró que la “buena” forma frecuentemente muestra regularidad simple y numérica. Demostró que las formas y estructuras de diferentes animales relacionados reflejan variaciones de una forma constante, matemáticamente definida. Recientemente, esta percepción fue comprobada, dibujándose figuras en un ordenador. La forma básica de una concha en espiral puede ser modificada desde el formato de un nautilo para la de un molusco y desde ese para un caracol, cambiando simples grados como la tasa de crecimiento en una única dirección.

Continuará en la Circular de Mayo.

VOSOTROS SOIS DIOSES.-

El hombre es esencialmente divino. Como hijo de Dios participa de la naturaleza del Padre, cuya divinidad comparte. Por tanto, la verdadera patria del hombre es el mundo de la Divinidad, donde vivimos, somos y tenemos nuestro ser, “de eternidad a eternidad” . . .

El ego humano tiene su actividad en su propio mundo y ahí goza de una jubilosa y brillante vida más allá de todo concepto. Por consiguiente, en su propio mundo él no puede aprender las lecciones de la experiencia y por eso transfiere su consciencia para los mundos de manifestación externa, donde reacciona a la multiplicidad con la antítesis del Yo y el no-Yo. Solamente en esos mundos de manifestación externa y mediante cuerpos constituidos por materiales de los mismos mundos, puede el ego tener consciencia de sí mismo como individualidad separada.

Comienza entonces la secular tragedia del alma expatriada, que olvida su divina herencia y se degrada en la inconsciente sumisión a los cuerpos materiales que deberían ser instrumentos de su voluntad.

La finalidad de ese largo destierro es la redención o regeneración, que se efectúa cuando el alma recobra el conocimiento de su divinidad esencial y Cristo nace en el corazón del hombre.

La senda de la espiritualidad acostumbra también llamarse el Camino de la Aflicción.

No hay motivo para llamarla Camino de la Aflicción en vez de Camino del Júbilo. La misma conquista que significa aflicción para nuestra naturaleza inferior es júbilo para nuestro Yo superior y, dependiendo del punto de vista que consideremos, nuestra experiencia puede ser llamada de gozo o aflicción. El objetivo de la Senda de la Espiritualidad es la unión de lo que generalmente llamo el yo inferior con el Yo superior y esta unión se efectúa en la primera de las grandes iniciaciones.

Llamo Iniciación al acto de iniciar o comunicar a un profano los primeros conocimientos de la Ciencia del Espíritu. En la antigüedad era un ceremonial que admitía un candidato a los Misterios o doctrina espiritual o Vida Mística, que los Hierofantes o Sacerdotes enseñaban a aquellos que eran dignos de recibirlos.

Son cinco los grados de expansión de consciencia, representados en los Evangelios por Nacimiento, Bautismo, Transfiguración, Crucifixión y Ascensión del Cristo los cuales se desarrollan en el interior del hombre.

Desde el momento de la individualización no hay en la historia del alma humana mayor éxito que la Iniciación.

Llamo Individualidad a la humanización del alma animal o Centella Divina. Ocurre eso con los animales domésticos, cuando impulsados por una poderosa corriente evolutiva, abandonan el alma de grupo del reino animal y pasan a ser almas individualizadas en el reino humano.

Como la palabra indica, es un nuevo comienzo, el principio de una nueva vida, de una existencia consciente en nuestro verdadero ser y ego. Ego es una palabra de origen griego y corresponde al Yo, alma o espíritu. Se divide en Yo superior, que es la individualidad inmortal y eterna y ego inferior, personalidad mortal y transitoria.

Durante el tiempo en que el hombre en su peregrinación por la materia, se identifica enteramente con sus cuerpos, cuyos dictámenes obedece completamente, con olvido de su verdadera y divina naturaleza, no sufre; sin embargo, se satisface imitando a los animales. El sufrimiento comienza cuando el alma, en su cárcel terrenal, suspira por la vuelta a la Divina Casa, de la cual vive expatriada; cuando el amor, la belleza y la verdad despiertan la consciencia a su verdadera naturaleza.

Como Prometeo, estamos encadenados a la roca de la materia, pero hasta que tengamos consciencia de lo que realmente somos no nos daremos cuenta de que somos prisioneros y expatriados. Así nacería a la vida quien, desterrado de su Patria, en los días de juventud, hubiese permanecido muchos años entre extranjeros, recordando amargamente, en medio de miserias y privaciones de su destierro, que hubo un tiempo en que conoció algo diferente. Pero quizá un día escuche un canto olvidado que le recuerde su juventud y con agonía repentina recuerde lo que perdió, considerando penosamente que él es un desterrado, lejos de todo lo que antes le fue querido. Estas memorias resucitan el anhelo de la Patria nativa y este deseo adquiere mayor intensidad que nunca. Entonces comienza el sufrimiento y la lucha. El sufrimiento por saber lo que ha perdido y la lucha con el intento siempre más o menos penoso de recuperar lo que hace mucho tiempo poseyó.

De manera análoga, cuando en el transcurso de la evolución humana se despierta el alma, este no trae sólo gozo sino también dolor. En cuanto el hombre vive una vida animal en su cuerpo, en cierto modo estuvo contento; pero, con el recuerdo de su naturaleza real, con la visión del mundo al que pertenece, nace la secular lucha en que trata de liberarse de la maraña de los mundos de materia, creados por él mismo al identificarse con sus cuerpos.

En cuanto no juzgaba sus cuerpos hasta el momento de la iniciación, llega ahora para él algo así como la abrasadora túnica del centauro Neso, que tanto más se adhería a la epidermis cuanto más se esforzaba en quitársela. De ahora en adelante se reconoce el hombre como poseyendo dos entidades en una sola. Es consciente de un Yo interno, superior y divino, que lo incita a regresar a su Divina Patria, y de una naturaleza inferior y animal, que es su consciencia atada a los cuerpos y dominada por ellos.

Continuará en la Circular de Mayo.

 

 

 

 

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