ALCORAC

SALVADOR NAVARRO   

 

 

 

Dirigida a la Escuela de:

                    Mallorca

                                                                                  

                                                                                  Circular nº 9 , año XI

                                                                                   Bunyola, 1º de Septiembre de 2.005.

VIDA DE SAN PABLO.-

En ese contexto llega a hablar también de la virginidad. Para Pablo, no hay antagonismo entre el estado matrimonial y el de la virginidad voluntaria; ambos, cuando considerados a la luz del Evangelio, radican en el misterio del Cristo. La virginidad como tal no es superior al matrimonio, sino sólo cuando es escogida por motivo sobrenatural, como expresión de una completa e indivisa entrega a Dios.

“Acerca de las vírgenes no tengo precepto del Señor, pero puedo daros consejo, como quien ha obtenido del Señor la gracia de ser fiel. Creo, pues, que por la instante necesidad es bueno que el hombre sea así. ¿Está ligado a mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer. Si te casares, no pecas, y si la doncella se casa, no peca; pero tendréis así que estar sometidos a la tribulación de la carne, que quisiera yo ahorraros.

Dígoos, pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorasen; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que compran, como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo. Yo os querría libre de cuidados. El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado ha de cuidarse de las cosas de este mundo, de cómo agradar a su mujer, y así está dividido. La mujer no casada y la doncella sólo tienen que preocuparse de las cosas del Señor, de ser santas en cuerpo y en espíritu. Pero la casada ha de preocuparse de las cosas del mundo, de agradar al marido. Esto os lo digo para vuestra propia conveniencia; no para tenderos un lazo, sino, sino mirando a lo que es decoroso y fomenta el trato asiduo con el Señor sin distracción. Si alguno estima indecoroso para su hija doncella dejar pasar la flor de la edad, y que así deba ocurrir, haga lo que quiera; no peca; que la case.

Pero el que, firme en su corazón, no necesitado, sino libre y de voluntad, determina guardar virgen a su hija, hace bien. Quien, pues, casa a su hija doncella hace bien, y quien no la casa hace mejor. La mujer está ligada por todo el tiempo de vida de su marido; más una vez que se duerme el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero en el Señor. Más feliz será sin permanece así, conforme a mi consejo, pues también creo tener yo el espíritu de Dios”.

 

Pablo, como sabemos, no era casado. Pero, siempre fiel a la orientación del divino Maestro, no niega el apóstol ese derecho. Apela al ejemplo de los “hermanos del Señor” – Tiago, José, Simón y Judas – y, principalmente, para el de Simón Pedro, el cual, como consta en el Evangelio, era casado.

Tener el derecho, pero renunciar al uso de ese derecho – ese es uno de los trazos característicos de Pablo. Como en la cuestión del sustento material por parte de los fieles, mantenimiento al que tenía derecho, pero al cual renunció libre y espontáneamente; así también en el caso del matrimonio, bien podía Pablo seguir el ejemplo de otros discípulos del Cristo, una vez que a ninguno de ellos prohibiera el Maestro constituir familia; pero abre mano de ese derecho y, cada día sin ley ni coacción de parte alguna, renueva este libre resolución de vivir célibe, por amor al reino de Dios.

Un celibato compulsivo constituiría un verdadero peligro, no sólo para la Iglesia, sino para el propio carácter del apóstol. Para la Iglesia sería notable el detrimento, porque excluiría del apostolado sacerdotal a muchos de los mejores elementos por un lado, y le impediría la eliminación de elementos inútiles y nocivos por otro. No menos funestos sería el celibato obligatorio para el carácter del apóstol que, sin vocación ni aptitud para su obligación, tendría que continuar en ese estado, acabando fatalmente en una “hipocresía profesional” destruyendo así por esa causa, un precepto obligatorio del Evangelio.

Pablo, calcando las palabras del divino psicólogo y Maestro, comprendió todo el alcance de esa cuestión, cuando defendió el carácter libre del celibato apostólico, abrazado “por amor al reino de Dios”.

En ese tiempo eran frecuentes el don de milagros, de lenguas y profecías. Pablo aprecia y defiende esas manifestaciones del Espíritu Santo; pero pone el amor de Dios por encima de todo y como prueba suprema de perfección cristiana. Este amor a Dios debe manifestarse en obras de caridad al prójimo, como tan magistralmente expone  en el evangelista Juan en sus epístolas.

En el capítulo 13 de su primera carta a los corintios cuenta Pablo las bellezas de ese doble amor con palabras tales como tal vez nunca más brotarán de labios humanos. En el momento que Pablo dictó esa sublime “apoteosis del amor”, vibraba en su alma algo así como un intenso éxtasis de amor divino.

“Si, hablando lenguas de hombres y de ángeles, no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y si, teniendo el donde profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia, y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada. Y si repartiese toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad nada me aprovecha. El amor es paciente, el amor es benigno, el amor no es celoso, no es ambicioso, no es orgulloso, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera..

La caridad jamás decae; las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá. Conocemos sólo en parte y profetizamos también parcialmente; pero cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser hombre, me despojé de las niñerías. Ahora vemos por un espejo y oscuramente, pero entonces veremos cara a cara. Al presente conozco sólo parcialmente, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de ella es la caridad”.

Ese fue ciertamente el propósito que Pablo dejó para el final de la carta, la explicación de su doctrina sobre la resurrección universal, uno de sus temas predilectos.

En el Areópago de Atenas, cuando aborda este asunto, fue despreciado por los filósofos griegos. También en Corinto no faltaban pretendidos “intelectuales” que relegaban ese punto al reino de los mitos y las fábulas. Sin embargo, Pablo consideraba la resurrección de los cuerpos como un corolario de la resurrección del Cristo.

“Hermanos, he venido a explicaros el Evangelio que os prediqué. Vosotros los abrazasteis y en él perseverais firmes. Es en él que está vuestra salvación, si lo guardais tal como os lo prediqué; de lo contrario, en vano habreis abrazado la fe”.

Transcurría el mes de Mayo del año 57.

Acababa Pablo de regresar de un largo viaje. Es posible hubiera visitado Corinto. Su regreso coincidió con las grandes solemnidades que la ciudad de Éfeso celebraba de cuatro en cuatro años, durante todo ese mes, en honor de su idolatrada patrona y protectora Diana.

Ya en ese tiempo engalanaba la primavera con su exuberante naturaleza la fértil tierra. Las dependencias de la ciudad sonreían en un deslumbramiento de flores y el follaje de la tierra. Los jardines y parques de la metrópolis jónica llenaban la atmósfera de embriagantes perfumes. En lo alto de todas las casas, palacios y murallas tremolaban banderas y gallardetes. El puerto estaba cuajado de embarcaciones y navíos. Calles y plazas, así como los alrededores, hervían de peregrinos venidos de los archipiélagos del mar Egeo, de las ciudades marítimas y de las colonias asiáticas. El templo de la diosa y las extensas áreas adyacentes, estaban fantásticamente iluminados. Todos los días se sucedían una serie interminable de actos religiosos, sacrificios, holocaustos, mascaradas, juegos olímpicos y actos litúrgicos. De noche, a la luz de las estrellas, danzas, serenatas, orgías y bacanales. Un comité de diez “asiarcas”, ciudadanos acomodados, designados para cada cuatrenio, custodiaban los presupuestos de las solemnidades y rivalizaban en aumentar cada vez más el esplendor de la “Neocore”, esto es, “conservadora del culto”, como titulaban a la diosa.

Esas solemnidades se designaban de “Eplesia”, “Artemissia” o “Oecumenica”.

Sabía Pablo cuán propicia era esa afluencia popular para la propagación de las ideas cristianas. Resolvió, pues, aprovechar el mes de Mayo para una intensa campaña evangélica. Los devotos de Diana volverían a sus lugares distantes con el germen del cristianismo en el alma. Su gran entusiasmo apostólico impidió a Pablo evaluar el peligro que tenía esa movilización cristiana en medio de un mundo fanático, pagano e idólatra. Los peores enemigos de Pablo no eran los millares de sacerdotes de Diana, los eunucos, los magos, los astrólogos, los cantantes, los histriones religiosos. Mucho más peligrosos eran los industriales y hombres de negocio, los artífices y mecánicos, los fabricantes y vendedores de imágenes, estatuas y recuerdos del templo de la diosa; pues era intuitivo que, en razón directa del avance del Evangelio, disminuiría el fervor para con la divinidad pagana, y, consecuentemente, sufriría un colapso el comercio de artículos religiosos explotado por los profesionales. Quien tejía ardientemente la apoteosis de Diana de Éfeso eran precisamente esos traficantes interesados, la mayor parte de los cuales nada daba por el culto a la diosa: lo que valía era la bolsa llena; y tanto más sublime era para ellos la fantástica divinidad cuanto más pesados se hacían los cofres de sus negocios. La tempestad vendría de una parte donde Pablo no esperaba.

Sigue en la Circular de Octubre.

 

 

VOSOTROS SOIS DIOSES.-

Así vemos que la cuña tiene que penetrar en el cuerpo mental. No hemos de consentir que se forje en el cuerpo mental imagen alguna que no haya sido determina por el Yo. Hemos de barrer y limpiar la mente de toda clase de formas de pensamientos, imágenes, representaciones mentales y secuelas de pensamientos negativos. Después, hagamos lo mismo que hicimos con los otros cuerpos, esto es, invertir la polaridad de modo que todas las partículas del cuerpo mental respondan y obedezcan a la consciencia del Yo y no se subordinen al mundo circundante. También aquí el cambio es notorio para la visión clarividente y el cuerpo mental aparece entonces iluminado con la luz del Yo interno, como un radiante objeto armonizado, concordando con nuestra genuina consciencia manifestada.

Pero todavía esto no basta porque, en resumen, podemos con eso sólo impedir que el cuerpo mental nos perjudique y aún sea un obstáculo en nuestro camino. Además, hemos de convertir el poder creador del pensamiento en una definida fuerza para el bien, no sólo de modo que no nos perjudique, sino que al contrario, nos beneficie. Esto significa que  con nuestras emociones debemos crear y fortalecer aquellas imágenes mentales que desearíamos ver realizadas en nuestra vida diaria.

La perfección es la meta en nuestro camino evolutivo, no por el propósito egoísta de ser perfectos y sí más por el anhelo de aliviar las cargas del mundo. En vez de imaginarnos siendo y haciendo lo que no necesitamos ser ni hacer, debemos imaginarnos como el hombre perfecto que deseamos ser y algún día seremos.  Pesar con toda la energía mental en nosotros mismos, como si fuésemos divinos en amor, divinos en voluntad, divinos en pensamientos, palabras y hechos y llenemos nuestro cuerpo mental con esta imagen, fortaleciéndola con placenteras emociones de júbilo y amor, de consagración y aspiración. Esta imagen se plasmará por sí misma. La misma ley rige tanto para ella como para las siniestras imágenes mentales que bastante nos atribulan. Cuando hubiéramos dominado conscientemente el poder de la imaginación, no seremos entonces sus esclavos, ni ellos se servirán desde ese momento de nosotros, sino que seremos quienes los dominarán a ellos y, si en el pasado fue nuestro enemigo, se convertirán ahora en nuestro amigo.

De infinidad de modos se puede emplear el poder de la imaginación constructivamente, en vez de emplear de manera destructiva. No sólo en nuestra conducta y acciones diarias, sino en la obra que estamos realizando y en la reforma de nuestro carácter, podemos usar este ilimitado poder, cuando hacemos de nuestro cuerpo mental un obediente y dócil instrumento.

Ahora, retiramos también del cuerpo mental el centro de la consciencia y vamos a mantener como responsable al Yo interno, tal cual mantenemos los cuerpos emocional y físico. Así, estarán en servicio los tres cuerpos en los tres mundos de la ilusión. Son los tres caballos que arrastran nuestro vehículo en los mundos inferiores; pero el Yo es el divino cochero que no permite a los caballos ir por donde a ellos les plazca, sino por donde él los dirige. El Yo ha desprendido su consciencia de los tres cuerpos en que estaba enmarañado y vuelve a su mundo peculiar, donde puede valerse de los tres cuerpos inferiores como de siervos dóciles.

Cuando la consciencia se libera de los tres cuerpos en que estaba aprisionada, se reintegra naturalmente al Yo, en quien verdaderamente reside.

Así es que se ha de reintegrar la consciencia en el Yo; más aún, tratar de reconocer sin sombra de duda que somos el Yo, un alma divina que estaba desterrada. Tenemos que transferir la consciencia para el mundo al que pertenece y entrar en el mundo que es realmente nuestro, pues en este mismo momento nos reconocemos como siendo el divino Yo interno, en unidad con el divino de todas las cosas. De ahí en adelante, ya no podemos tener dudas de si somos el Yo superior o el ego inferior, ni habrá la agotadora lucha entre los dos polos opuestos de nuestra naturaleza, pues ya no son dos, porque la consciencia presa y desterrada se restituye a su Patria, consciente de que se desvió y, de nuevo, el hombre es uno, es el divino Yo interno, que se vale conscientemente de los tres cuerpos como de sus instrumentos, pero sin estar unido a ellos.

No tenemos que reintegrar la consciencia al Yo tan sólo con el pensamiento. No lo tenemos que reconocer como un mero ejercicio del intelecto, sino de manera positiva y real, que somos el Yo y que vivimos en nuestro propio mundo.

Si conseguimos desprender la consciencia de los cuerpos, no habrá dificultad en transferirla al Yo superior, porque realmente es su consciencia y el mundo del Yo es nuestra verdadera Patria.

Cuando volvemos de esta manera al mundo del cual tanto tiempo habíamos estado desterrados, nuestra primera impresión es un predominante sentimiento de júbilo y libertad. Como quien estuvo largos años preso en una mazmorra y al salir libre, a la luz del día, su vista se ofusca; así nosotros, al entrar en nuestro propio mundo después del destierro en la cárcel de la materia, nos sentimos sobrecogidos por la luz que nos rodea, al vernos libres de limitaciones que nos limitaban. En el mundo del Yo todo es luz y júbilo, y allí vive el Yo una vida tan incomparable, bienaventurada y hermosa, que si solamente hubiésemos visto ese mundo una vez, ya no volveríamos a caer víctimas del mundo de la ilusión. Porque ahora sabemos quienes somos. Nos vimos en nuestra belleza en el mundo que es nuestra casa y ningún poder terreno será capaz de obligarnos a creer que somos un cuerpo. Se rompió el hechizo que nos fascinaba, y por vez primera disfrutamos de paz sin temor de lucha.

Es admirable lo simple que se vuelve todo, súbitamente, cuando entramos en el mundo del Yo y qué natural es, entonces, actuar rectamente. Nuestra vida anterior se nos mostraba llena de complicaciones y casi incomprensible en sus problemas. Una vez nos hayamos atrevidos a reconocer lo que verdaderamente somos, cesa toda lucha innecesaria, todo esfuerzo; la vida se torna simple y natural, todo va transcurriendo dentro de la más grande armonía.

Sigue en la Circular de Octubre.

 

 

 

 

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

 

El karma también actúa íntimamente y precisamente en los asuntos de las personas. En cuanto que el karma cósmico se desarrolla en grandes ciclos, el karma individual reúne tendencias y las descarga como eventos en nuestras vidas y evoca nuestras características inherentes, sean físicas, emocionales o intelectuales. Todos nosotros recibimos las repercusiones de nuestros propios actos y pensamientos, nuestro karma personal. De la misma manera como cada persona posee un olor individual que puede ser detectado por un perro, parece que cada individuo puede ser “descubierto” por las fuerzas del karma. En las corrientes karmáticas de inimaginable complejidad, de alguna misteriosa manera, nuestras propias ondas se expanden y retornan precisamente hacia nosotros. Podemos comparar este proceso a los efectos creados por una piedra que cae en un lago, dando origen a ondas que se extienden y retornan, hasta que el equilibrio vuelve a estar restaurado y las aguas del lago nuevamente tranquilas. Toda la acción, no importa en qué nivel, produce tales perturbaciones..

Pero como cada perturbación se inicia desde algún punto específico, es evidente que el equilibrio y la armonía pueden solamente ser restaurado por la convergencia repetida hacia aquel mismo punto, de todas las fuerzas que a partir de él fueron puestas en movimiento. Aquí tenemos la prueba de que las consecuencias de los actos de un hombre, de sus pensamientos, etc., necesitan necesariamente actuar sobre él mismo con la misma fuerza con que fueron puestas en movimiento.

De acuerdo con la filosofía espiritualista, en la medida que la humanidad avanzó en dirección a niveles más elevados de la mente, volviéndose capaz de elegir, los individuos se hicieron más responsables por sus acciones de una forma que no es posible entre animales inferiores. Con esta responsabilidad surgió el karma personal. De acuerdo con esta doctrina, nosotros mismos somos responsables por nuestras vidas, nuestras circunstancias, dolores y alegrías, nuestras oportunidades y limitaciones y hasta por los rasgos de nuestro carácter, talentos, neurosis y bloqueos de la personalidad. Todo lo que nos dice al respecto es el resultados de fuerzas que nosotros mismos colocamos en movimiento, sea en esta vida o en un pasado distante. Estamos bajo el imperio del destino construido por nosotros mismos. El karma nos devuelve las consecuencias efectivas de nuestras propias acciones. La manera como vivimos, acciones y pensamientos, entran en una corriente continua de causas que determinan nuestras vidas. Nada se pierde. Todos los pensamientos, motivaciones, emociones que generamos en el pasado se integran en la corriente compleja que hace de nosotros aquello que hoy somos. No es el karma que nos recompensa o castiga, sino nosotros los que nos recompensamos o castigamos.

No obstante, así como el karma opera con los ciclos y la evolución en gran escala, así también opera con la evolución para promover el crecimiento en nuestras vidas individuales. El karma “ajusta de forma sabia, inteligente y equitativa cada efecto a su causa”, reflejando nuestras acciones pasadas en nuestras vidas exteriores y en nuestra constitución interna. Así, nuestras vidas nos dan como una especie de “regresión”, si supiéramos como leerla, mostrándonos un registro de cómo estaremos actuando, lo que está siendo bueno, donde erramos y lo que fallamos. En virtud del karma, podemos aprender con la propia vida.

Se debe señalar todavía, que el karma no es fatalismo o determinismo. Hay que destacar que nuestras vidas no están absolutamente determinadas ni absolutamente libres. Vivimos de acuerdo con una “trayectoria determinada dentro de cuya potencialidad no formada está la oportunidad de cambio y crecimiento”. No podemos apagar influencias que generamos en el pasado, pero podemos influenciar el curso de nuestras vidas en cualquier ocasión, si esparcimos nuevas energías en nuevas direcciones. No podemos ver los resultados inmediatamente, pero el karma asegura que vendrán, así como cualquier energía que producimos debe tener su efecto. Escrutar en nuestras vidas en busca de modelos recurrentes, puede revelar aquellas áreas que necesitamos trabajar. Si reprimimos tendencias perjudiciales, intentamos eliminar defectos y reaccionamos contra elementos negativos en nosotros, damos origen a nuevas causas que alteran el resultado kármico de acciones pasadas. Cualquier ayuda que ofrezcamos a terceros, cualquier servicio que realizamos en pro de causas dignas, cualquier pensamiento y emociones útiles y positivas que emitimos, afectarán el equilibrio kármico. En esta esfera, los rectos motivos, sentimientos y pensamientos, son más importantes que la recta acción, porque las energías de planos o campos superiores son más poderosas que las energías físicas.

Es una ley de la dinámica oculta, aquella que dice que determinada cantidad de energía empleada en el plano espiritual o astral, produce resultados mucho mayores que la misma cantidad desprendida en el plano físico objetivo de la existencia.

Así, el amor y el odio son factores poderosos en la formación de nuestro karma.

Esta exposición sobre el karma también abarca el karma del grupo y el nacional. Las líneas de nuestro karma individual están entrelazadas con aquellas de nuestra nación y de otros grupos con los cuales tenemos fuertes vínculos. Todos los males sociales son kármicos, como también lo son las oportunidades sociales. Cada uno de nosotros participa kármicamente en acciones de nuestra nación, apreciemos o no estas acciones. Como los grupos son interdependientes en el mundo, cada individuo de alguna manera está kármicamente vinculado con todos los demás, y todos nosotros compartimos el resultado de los eventos mundiales.

Así, en cierto sentido, nuestras acciones afectan a toda la humanidad. Tenemos la tendencia de ver nuestras vidas como en una esfera limitada, extendiéndose nuestra influencia hasta aquellos que forman parte de nuestra inmediata vecindad. Pero, como hemos leído, el universo no está creado con pedazos aislados. Es una vasta red de interconexiones que se extienden en todas direcciones, en todos los niveles. Nuestras acciones no se detienen en la periferia de nuestra visión, sino que afectan a toda la vida en alguna medida, de una u otra forma.

En el libro Una luz en el Camino una obra mística de Mabel Collins, hay un pequeño ensayo sobre el karma atribuido a un gran sabio y Maestro. Él compara la vida individual a una cuerda hecha de innumerables filamentos muy finos. Ocasionalmente, algunos de esos filamentos quedan presos o vinculados a algo, creando un enmarañado desorden en toda la cuerda. A veces uno o más de dos filamentos quedan manchados, y esta sombra se esparce y desbordan otros filamentos. Pero, con el correr del tiempo, los filamentos pasan de la sombra a la luz, volviéndose dorados y quedando justos y lisos. Finalmente, la armonía queda establecida. Esta imagen reveladora ilustra la naturaleza holística del karma.

Lo que es necesario comprender primero es que el futuro no está formado de un modo arbitrario por cualquier acto separado del presente, sino que el todo del futuro es una continuidad no fragmentada del presente, como el presente lo es del pasado.

Como cada vida individual está compuesta de filamentos entrelazados, así toda la humanidad está compuesta de vidas individuales entrelazadas y que continuamente se influencian recíprocamente. En el grado en que deliberadamente intentamos mejorar las energías con que contribuimos para el todo, así en este mundo de interconexiones seremos capaces de “levantar un poco del pesado karma del mundo”.

 

 

Sigue en la Circular de Octubre.

 

 

P L A T Ó N

 

La actividad filosófica de Platón llena la primera mitad del siglo IV a.C. Nació en Atenas el año 427 y murió a los 80 años, el 347, sin interrumpir hasta la muerte su producción filosófica y su enseñanza en la Academia, en el camino de Eleusis, junto al Cefiso, en la cercana  vecindad ateniense. Platón recogió el discipulado socrático y lo llevó a la madurez de una metafísica que en Sócrates no existió actualizada. La investigación de la verdad mediante el diálogo cortado, de pregunta y respuestas, que había caracterizado la acción filosófica de su maestro, fue convertida por Platón  el método mismo de la filosofía  - la dialéctica  -  y en el género literario en que realizó su obra  - el diálogo  - . Como es bien sabido, la filosofía platónica arranca de la figura y la doctrina de Sócrates, en los escritos juveniles, para irse independizando poco a poco y convirtiendo en un pensamiento autónomo; pero siempre, salvo en las Leyes, Platón conserva la presencia de Sócrates en sus diálogos, y lo hace portavoz de su propia filosofía.

Platón, el enemigo de la sofística, que afirma los derechos de la verdad frente a toda retórica, llevó, sin embargo, el buen decir  a una altura que nunca alcanzó en los sofistas. Es, seguramente, el primer prosista griego; pero hay que advertir que el supremo valor literario de Platón reside en que no es sólo literatura, y que por debajo de sus maravillosos mitos late nada menos que toda una metafísica. Esto es lo que confiere su sobrecogedora grandeza a los diálogos y no la mera destreza de escritor que, por lo demás, poseyó en grado eminente. Platón tenía un prodigioso don de la palabra; él supo encontrar los términos y las metáforas necesarios para expresar un pensamiento nuevo, de incomparable riqueza y profundidad. La lengua griega adquiere en sus manos una perfección desconocida, y con ello hace posible una enorme expansión de las posibilidades filosóficas helénicas. Desde entonces, la metafísica va a poseer plenamente el instrumento adecuado para su realización.

La idea que Platón tiene del hombre depende de su hallazgo filosófico capital: la teoría de las ideas. La verdadera realidad no está en las cosas; éstas son sólo por participación de las ideas, y éstas, entes metafísicos suprasensibles y universales, son el verdadero ser. Las ideas es, pues, quien hace que las cosas sean lo que son; el mundo que tenemos ante los ojos, el mundo visible, queda descalificado, y se le opone otro mundo, inteligible, superior, compuesto por las ideas, en donde reside la verdadera realidad. Por primera vez aparece en la filosofía griega, de un modo central y explícito, la doctrina de los dos mundos. Las cosas remiten a las ideas, y hay una constante referencia de uno al otro. Así, al interpretar el hecho del conocimiento, Platón verá en él una reminiscencia o recuerdo de las ideas, vistas por el hombre en una vida anterior y celestial. De ahí toda la antropología platónica.

En primer lugar, Platón toma una posición dualista, que recoge claros antecedentes pitagóricos; hay alma y cuerpo, y tiene que hacerse cuestión separadamente de ambos, y a la vez de su unión en el ente humano. Por otra parte, el hombre es una cosa que participa , como los demás, de una idea; pero su relación con el mundo de éstas no se agota en la mera dependencia ontológica; el hombre ha visto las ideas, y sólo esto le confiere su humanidad; hay, por tanto, un modo superior y más hondo de participación. Esta vinculación del hombre a la realidad ideal explica la teoría platónica del alma y de su encarnación corpórea. Y, finalmente, la doctrina de la inmortalidad del alma y de su referencia a lo divino proceden de esta interpretación del ser humano desde las ideas.

Platón escinde, pues, el estudio del hombre, y aborda la comprensión somática, de un modo en principio independiente de la psíquica. Tiene una estrecha relación con la labor de la escuelas griegas de la medicina, e incluso se plantea de un modo temático la cuestión de la enfermedad. Por otra parte, se refiere al alma como realidad autónoma y subsistente, radicada en lo divino, inmortal como ello y definida por la capacidad de alcanzar su conocimiento. Esto ha hecho posible la utilización en el pensamiento cristiano de la antropología platónica; así, sobre todo, en San Agustín, y luego en toda la Escolástica anterior del siglo XIII, momento en que la influencia platónica cede  - parcialmente -  frente a la aristotélica.

“ – Respóndeme – continuó Sócrates -, ¿qué es lo que al unirse al cuerpo hace de él un ser vivo?

-        El alma – dijo-

-        ¿Acaso es así siempre?

-        ¿Pues cómo ha de ser de otra manera? – dijo Kebes.

-        Por consiguiente, cuando el alma llega a alguna parte ¿aparece allí siempre como portadora de vida?

-        Así se presenta, en efecto.

-        ¿Podemos decir que existe algo contrario a la vida, o no?

-        Existe – repuso.

-        ¿El qué?

-        La muerte.

-        ¿No es verdad, por lo tanto, que el alma no podrá recibir nunca en sí misma lo contrario de lo que ella misma aporta, y que así resulta de todo lo que llevamos dicho?

-        Completamente – dijo Kebes.

-        Pero dime: lo que no puede recibir en sí la idea de lo que es par, ¿cómo lo llamábamos hace un momento?

-        Impar – contestó.

-        ¿Y a lo que no admite lo justo? ¿Y a lo que no admite lo hábil?

-        A lo uno lo llamaremos injusto – dijo – y a lo otros inhábil.

-        ¿Y cómo llamaríamos a lo que no admite la muerte?

-        Inmortal – contestó.

-        Por lo tanto, ¿el alma es incompatible con la muerte?

-        Sí.

-        ¿El alma es, pues, inmortal?

-        Inmortal.

-        Adelante  - prosiguió Sócrates -  Porque esto debemos darlo por probado. ¿no te parece?

-        Completamente probado ¡oh! Sócrates.

-        ¿Y que más, ¡oh! Kebes? – continuó – Si lo impar tuviese que ser indestructible por necesidad, ¿podría el número tres dejar de ser indestructible?

-        ¿Cómo había de serlo?

-        Y si lo no caliente hubiera de ser también indestructible necesariamente, tantas veces como alguien acercase calor a la nieve, ¿no se apartaría la nieve para conservarse intacta y sin fundirse? Pues no se destruiría, ni toleraría tampoco la aproximación del fuego sin dar un paso atrás.

-        Es verdad lo que dices.

-        De la misma manera, se me ocurre pensar que si fuera indestructible lo que no se enfría, cuando algo frío se allegara al fuego nunca se extinguiría ni se destruiría, sino que se pondría a salvo escapando y manteniéndose a distancia.

-        Así ocurriría por necesidad – repuso Kebes.

-        ¿No tendremos, pues, que expresarnos también así  - continuó Sócrates -  acerca de lo que no es mortal? Si lo que no es mortal es al mismo tiempo indestructible, para el alma no cabe la posibilidad de perecer cuando la muerte se lanza sobre ella. Pues como se deduce de lo que venimos diciendo, no la admitirá nunca cerca de sí, ni el alma será nunca inanimada, por la misma razón que el número tres no puede ser número par, como hemos dicho, ya que lo impar no puede serlo; como tampoco puede ser frío el fuego, puesto que no lo es el calor que está en el fuego. “Pero ¿quién será capaz de  impedir  - podría decir alguno -  que sin llegar a ser par lo impar, en lo que ya hemos convenido, al aproximarse a él lo que es par, lo impar se destruyese y ser convirtiese en su contrario?” Al que nos arguye de esta manera no podríamos explicarlo diciendo que lo impar no se destruye, pues lo impar no es indestructible, ya que, si nos hubiéramos puesto de acuerdo en este punto, habría sido más fácil responder que al aproximarse lo que es par, el número tres y lo que es impar se apartan y se van. Y por lo que se refiere al fuego y al calor y a las otras cosas, nuestra réplica hubiese sido la misma. ¿No es así?

-        Sin duda.

-        Por consiguiente, en cuanto a lo que no es moral, si convenimos desde ahora en que es también indestructible, el alma sería indestructible al mismo tiempo que inmortal. Pero si no es así, tendremos que volver a empezar nuestro razonamiento.

(Fedón)

 

 

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