ALCORAC

SALVADOR NAVARRO   

 

 

 

 

Escuela Barcelona

            Palma de Mallorca

            Las Palmas de G.C.

                                                           Circular nº 10. Año XI

Bunyola (Mallorca), 1º de Octubre de 2005.

 

 

VIDA DE SAN PABLO.-

La intensa actividad misionera de los apóstoles y sus auxiliares en esos dos años; la fundación de numerosos centros cristianos; el gigantesco auto de fe de los libros de magia arrojados en la hoguera en la plaza pública que, ciertamente, no quedaron sin efecto represivo para la literatura popular de Éfeso; todo esto debía disminuir notablemente el tradicional esplendor de las solemnidades religiosas de ese año. Los joyeros y artesanos de artículos devocionales no tardaron en darse cuenta de la disminución de las ventas de tales productos; disminuyó el entusiasmo religioso, las mercancías se acumulaba, parte en las tiendas y en los puestos de venta que rodeaban el templo y llenaban las plazas.

Todos comprendieron el por qué de esos cambios en las cosas. Era Pablo, el judío fanático, que disuadía al pueblo de tributar culto a la excelsa divinidad y de adquirir estatuillas de oro, plata, plomo y arcilla, que reproducían la imagen de la diosa y el santuario. Demetrio, propietario del mayor establecimiento de recuerdos religiosos, que ocupaba a centenares de diseñadores, grabadores, mecánicos, escultores, pintores y vendedores, viéndose gravemente perjudicados en sus intereses comerciales, reunió a los operarios de su firma y, en un discurso inteligentemente elaborado, hizo una solemne protesta contra el sacrilegio del sacrílego causante de desórdenes y enemigo de Éfeso.

Lucas, fino observador y hábil narrador, nos dejó una relato magistral.

“En aquél tiempo, se levantó gran tumulto, por causa de la doctrina del Señor. Cierto joyero, de nombre Demetrio, fabricaba unos templecillos de Diana y daba con esto no poco beneficio a los artífices.

Convocó, pues, a esos tales y otros trabajadores de la misma profesión, y les dijo: “ Hombres, no ignorais que esta industria es la fuente de nuestra prosperidad. Ahora, estáis viendo y oyendo, que no tan sólo en Éfeso, sino en casi toda Asia, ese Pablo ha persuadido y hecho desertar a mucha gente, enseñando que no hay dioses hechos por manos humanas. Por lo que, no solamente nuestra industria corre peligro de ser perjudicada, sino también el santuario de la gran diosa Diana caerá en descrédito, y ella misma, a quién toda Asia y el mundo entero veneran, acabará por sufrir disminución en su majestad”.

Con mucha habilidad, como se ve, supo Demetrio entrelazar los problemas económicos de su gremio con las ideas religiosas del pueblo. Argumentar sólo con la religión, no siempre surte efecto; pero hacer una llamada a la plenitud de la bolsa y el vacío del estómago es, casi siempre, éxito garantizado. Ese orador era un psicólogo. Y sus discípulos son innumerables. El credo filosófico o religioso de la mayor parte de los hombres está pautado por la mayor o menor vibración de los nervios, por los buenos o malos humores de la sangre o por el estado más o menos lisonjero de las vísceras, especialmente cuando se trata de la clase proletaria.

No deja de tener un no se qué de moderno ese comicio de Éfeso, esa espectacular exhibición de un “agitador de masas”, plantado en la extensa plataforma del templo, gesticulando como un energúmeno, expresando una elocuencia incendiaria, vociferando sapos y culebras contra un jefe religioso que, con la promesa de un paraíso de felicidad futura, robaba a la clase trabajadora el pan de cada día y con ello la felicidad de la vida presente.

En pocos momentos, millares de peregrinos, de ociosos, de transeúntes, de estudiantes y operarios, una multitud anónima se estacionó en la plaza del templo, escuchando atentos la elocuencia torrencial del ardoroso demagogo.

Aún no había terminado Demetrio su arenga, cuando en medio del auditorio rompieron en delirantes vivas a la gran diosa, ultrajada por aquél extranjero. Y, como una sugestión repentina, toda aquella masa popular lanzó al espacio este grito unánime: “¡Grande es Diana de Éfeso! ¡Grande es Diana de Éfeso!”

 “¡Al teatro! ¡Al teatro!”, gritaban algunas voces. Y luego, como un rayo se esparció esta señal. “¡Al teatro! . . . . ¡Abajo Pablo! . . .  ¡A las fieras con él!”

Y allá se fue la ola de cuerpos humanos esparciéndose por medio del barrio judío, donde residían Aquila y Pablo. Estaban decididos a arrastrar al sacrílego al teatro, que en gigantesco semicírculo abría sus gradas a lo largo de las dependencias de Pion, con vista sobre el mar. En pocos minutos, la multitud fanatizada llenó los 25000 asientos de piedra, aguardando la llegada del infame que despreciaba a Diana.

Entretanto, estaba siendo arrasada la modesta residencia de la pacífica pareja Aquila y Priscila, donde Pablo se hallaba hospedado. Este, afortunadamente, no estaba. Probablemente hablaba en la escuela de Tirano sobre la doctrina del Cristo. Aquila y Priscila procuraban calmar las iras de Demetrio y sus colegas llegando hasta el punto de ofrecerse como rehén por la persona de Pablo: “Arriesgaron su cabeza por mí”, dice el apóstol en su carta a los romanos.

En la calle apresaron a dos amigos y colaboradores de Pablo, Gayo y Aristarco de Macedonia. Los golpearon brutalmente y los arrastraron hasta el teatro.

Pablo escuchó de lejos el vocerío del tumulto popular. Suspendiendo su discurso durante unos minutos, escuchó con atención. Entonces llegó corriendo un amigo con la alarmante noticia de que sus compañeros Gayo y Aristarco estaban siendo linchados por el pueblo. Aquila estaba preso y toda la ciudad envuelta en un levantamiento popular.

Pablo, ciudadano romano, decidió presentarse inmediatamente en el teatro y hablar al pueblo. Bien sabía él que en tales momentos nada valían los foros de “civiles romanos”.

Sin embargo, los amigos le cerraron la puerta, impidiendo saliese a la calle. Sería una muerte cierta . . .

En este momento acuden nuevos mensajeros, pidiendo, suplicando que no aparezca en público, que guarde su vida por amor a la cristiandad que aún tenía necesidad de su persona. Entre estos últimos había algunos hombres influyentes que poseían las llaves de las jaulas de las fieras. Conocían de sobra los instintos del pueblo que sólo quería ver luchas de gladiadores y escenas truculentas de cuerpos humanos desgarrados por las panteras de Mesopotamia y leones de Numidia.  Ellos estimaban a Pablo y lo retuvieron.

Entretanto, el teatro se había convertido en una babel de confusiones que imaginarse pueda. Del ghetto acudían algunos jefes judíos y querían explicar al pueblo que Pablo no era uno de ellos sino enemigo de Israel y predicaba a un Maestro crucificado por la sinagoga; que ellos eran inocentes de los desórdenes provocados por ese rabino forastero. Para ello mandaron al frente a su orador Alejandro. Sin embargo, la multitud había perdido la cabeza; mal avistaron al hombre, se desataron vociferando: “¡Judío! ¡Judío!” Y seguidamente retornaron al estribillo, gritando y ululando por espacio de dos horas: “¡Grande es Diana de Éfeso! ¡Grande es Diana de Éfeso!”

Observa Lucas con ironía, que unos gritaban esto, otros aquellos y que la mayor parte ni sabía por qué habían venido.

Es la clásica “sugestión de masas”, esencialmente ciega e irracional.

En esto aparece en la entrada del proscenio del teatro el “escriba” de Éfeso, o como diríamos en lenguaje moderno, el alcalde de la ciudad. Afortunadamente, éste no era un demagogo, sino un funcionario consciente de su responsabilidad y, además, un sagaz conocedor de los hombres. Él sabía que la fiera cuando está en la arena, al quedar exhausta, es dominada con facilidad. Dejó vociferar al pueblo por espacio de dos horas y, cuando todos los pulmones estuvieron cansados y roncas las gargantas, se asomó a la boca del palco. Su firme actitud, la serena placidez de su semblante, la calma absoluta de todo su ser, el largo silencio con que contempló a la multitud amotinada, todo esto actuó sobre los espíritus como un calmante. Poco a poco se hizo el silencio en el vasto recinto del teatro y en medio de esa cayeron, acompasadas y graves, las primeras palabras del alcalde. Palabras sobrias, sensatas.

“Hombre de Éfeso! ¿Habrá en el mudo quien ignore que nuestra ciudad es la protectora del templo de Diana y de su imagen descendida de los cielos?

Un murmullo de satisfacción salió del auditorio. La autoridad civil era del partido de los devotos. Prosiguió el escriba: “Pero ¿quién profanó el santuario? ¿Quién cometió sacrilegio contra la diosa? No está en juego la religión. Se trata de una cuestión económica. Ahora, para resolver cuestiones de tal naturaleza tenemos el recurso de los tribunales competentes, tenemos una ley que faculta asambleas populares, con el fin de garantizar a cada uno su derecho. Nosotros somos un pueblo ordenado y pacífico. Pero, con los acontecimientos de hoy, corremos peligro de ser considerados como desordenados y Éfeso perdería el gran prestigio de que goza en Asia y en el mundo entero”.

El pueblo, escuchando palabras tan calmas y sensatas, despertó de su embriaguez, volvió en sí del delirio febril y se disolvió la reunión. Cada cuál regresó a su casa vuelto al sentido común.

Acabó como humo todo aquella inmensa explosión de indignación popular.

Continuará en la Circular de Noviembre.

 

 

 

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

¡Qué poco nos conocemos a nosotros mismos! En nuestra consciencia despierta miramos como a través de una estrecha ventana que obligara a la mayor parte del mundo y a nuestra propia naturaleza interior. La mayor parte de nuestro ser se encuentra, sin duda, en las profundidades recónditas de nuestro inconsciente. Usamos apenas una pequeña parte de nuestras ilimitadas capacidades.

Nuestra consciencia normalmente despierta es un tipo especial de consciencia y, en cuanto toda de ella se proyecta en un espejo más tenue, existen formas potenciales de consciencia totalmente diferentes. Podemos vivir toda la vida sin sospechar de su existencia, pero si se aplica el estímulo necesario estará toda, en su totalidad, a nuestra disposición.

El espiritualismo tiene en consideración muchas capas en la consciencia del hombre. La imagen espiritual del hombre está en una escala grande que las pequeñas preocupaciones frecuentes y transitorias que tienden a eclipsar nuestros horizontes. De acuerdo con esta visión, somos parecidos al legendario árbol africano, el baobab , que parece crecer hacia abajo desde sus partes más altas, teniendo sus raíces en el cielo. Somos originados del Suelo divino que da origen a la vida. La religión tiene al hombre como un potencial espiritual infinito, el Yo Superior. Ese Yo nunca puede estar separado de nuestras raíces trascendentes en la Consciencia pura del Uno.

El Yo Superior es consciencia pura, no afectada por cualquier experiencia o condicionamiento de cualquier nivel. Es percepción simple y clara que no puede ser dividida  o colocada en compartimentos de la consciencia. La consciencia como tal es ubicua y no puede ser localizada ni centrada en cualquier sujeto específico y tampoco puede ser limitada. Así, el Yo Superior aparece como el campo universal continuo e indivisible, pero, de alguna forma, al mismo tiempo, constituye puntos discretos, sin dimensiones. Podríamos imaginar un campo infinito de esplendor que se torna centrado en innumerables puntos de luz, de la misma manera como las estrellas parecen unir y centrar la ampliación de la luz que precede al amanecer. Como Yo, cada uno de nosotros es un punto de consciencia en el campo de la Consciencia Divina.

La consciencia universal o Espíritu, que es la esencia de toda vida, constituye el punto de consciencia individual o ser último en cada hombre, su identidad fundamental con el Uno o el Todo, pues la consciencia es un singular cuyo plural es desconocido.

 

Como el árbol baobab brota del cielo hacia abajo, así nosotros crecemos en la dirección a la tierra, a partir de nuestras raíces espirituales. Nosotros, como Yo girado en la dirección del mundo manifestado, asumimos un organismo psicofísico complejo, a través del cual funcionamos. Somos seres complejos compuestos de varios campos que se interpenetran. Cada uno de esos campos tiene su característica única que expresa un aspecto del potencial divino. No obstante, los innumerables poderes y capacidades que florecen en nosotros no están confinados a la humanidad, sino que constituyen nuestra expresión de principios universales que operan en toda la naturaleza. El hecho de que la naturaleza humana expresa la naturaleza universal es obvio en nuestros cuerpos físicos, en los cuales operan las leyes de la física, química y biológica. Esto se hace menos obvio en niveles suprafísicos, que no pueden ser conocidos con nuestros sentidos físicos. Con todo, videntes y clarividentes, a través de los tiempos, confirmaron las enseñanzas de la Sabiduría Antigua, de que el aspecto visible, físico, del hombre y la Naturaleza es sólo la esfera exterior de una serie de reinos vivos, vitales y radiantes, que existen dentro y a través del mundo físico. En contraste con la Realidad inmaterial que las genera, esas esferas, que existen en el espacio y el tiempo, poseen algún grado de materialidad, aunque sean memos frecuente que en el mundo físico.

Más cercano al físico está el nivel vital, etérico, en el cual el hombre tiene un vehículo llamado “doble etérico”. A partir de este nivel, flujos de energía atraviesan el cuerpo físico, energetizándolo y afectando profundamente nuestra salud. Esta energía, conocida en muchas culturas, fue llamada Ki, Chí, prana. La enfermedad está asociada con la congestión o arritmia de este flujo vital. La acupuntura, el toque terapéutico y muchas otras formas alternativas de cura, manipulan esta energía. Podemos estar sensibles al flujo energético en nuestros cuerpos. Por ejemplo, podemos experimentar la diferencia antes y después de un ejercicio saludable o sentir cómo las técnicas respiratorias alteran su flujo. Clarividentes que desarrollaron su sensibilidad a los mundos suprafísicos, cuentan que la energía vital existe abundantemente en la Naturaleza. Podemos tomarla de los árboles cuando nos abrimos a su armonía, tonicidad y energía fluida. Se dice que los cuerpos naturales del agua también están cargados con energía vital, que absorbemos cuando estamos próximos o dentro de ellos. El nivel vital constituye el lado energético de la naturaleza física y de nosotros mismos y continuamente permutamos vitalidad con el ambiente en este nivel. Es algo así, como una esponja sumergida en un mar. El agua es prana, la esponja un ser vivo. Prana o aliento de vida, “es el principio motor de la vida”.

El cuerpo etérico está inoculado por el aspecto emocional o de sentimiento de nuestro ser, que es una manifestación del Yo en la psiquis. Esto es lo que se podría llamar elemento psíquico en la naturaleza sensorial, ansioso, ocupado. Expresa un aspecto de lo Real que es fluídico, en flujo incesante, siempre cambiante. Animales y hasta plantas, participan de este elemento psíquico en algún grado. Esta cualidad está incorporada en los sentimientos agitados que palpitan a través de nosotros en una corriente interminable de emociones cambiantes. Aquí se encuentran gran parte de los opuestos más prominentes de la vida, el drama de la vida, las intensas experiencias humanas de desespero y éxtasis, victoria y derrota, amor y odio. Una parcela mayor de lo que podríamos inicialmente sospechar de esta experiencia emocional que se revela estar basada en las sensaciones  - gustar, querer, atracción o rechazo hacia aquello que es agradable o desagradable evitar, no gustar. Tanto las emociones como las sensaciones, cuando son intensas, se introducen forzosamente en nuestra consciencia. Proporcionan variedad y contraste vividos en la existencia. Sin embargo, incluso en nuestros momentos tranquilos, existe alguna base de emoción, por más suave que sea y por menos que de ella podamos estar conscientes.

Las ondas de emoción que experimentamos en forma de ira, afecto, depresión y excitación, son verdaderas ondas de energía, más tenues que en el etérico. Nuestros sentimientos producen una gama de colores y de ritmos, que fueron observados por clarividentes, en nuestro campo emocional o astral, frecuentemente llamado áura. Esta áura consiste en parte de materia astral y emocional que se extiende más allá del cuerpo, aproximadamente cincuenta centímetros, en forma oval. A medida que cambian nuestros sentimientos, los colores y ritmos del áura se modifican. Sentimientos que repetimos muchas veces producen modelos casi permanentes en este campo. Proyectamos también nuestras energías emocionales hacia un campo mayor que nos circunda, donde podemos afectar a otras personas, iniciando en ellas ritmos similares. Inversamente, con mayor frecuencia de lo que sabemos, nuestro humor es el resultado de influencias originadas de un campo mayor que nos envuelve. Todos influenciamos a todos, en ese nivel emocional, y somos vulnerables a influencias emocionales a nivel nacional e internacional, que se expresan en forma de ansiedad y temor en épocas de crisis. Nuestra mejor defensa, es a través de prácticas, aprender a irradiar sentimientos positivos, como amor, buena voluntad y alegría. Esta acción no sólo nos protege de molestias en el campo circundante, sino que también contribuye para auxiliar a otras personas a través del campo.

Continúa en la Circular de Noviembre.

 

VOSOTROS SOIS DIOSES.-
Una de las cosas que más nos sorprenden al reconocernos como egos, es que la vida en nuestro propio mundo supera y trasciende lo que llamamos “vida en la tierra”. Todavía, aquellos que reconocen que el ego inferior no es más que una temporal manifestación del divino Yo interno, acostumbran incurrir en el error de considerar esa temporal manifestación como si fuese de suprema importancia y absorbente interés para el Yo Superior. La realidad es muy diferente. El Yo, nuestro verdadero ser, tiene vida propia, en la cual la secundaria actividad que llamamos vida terrenal no tiene en modo alguno la importancia que le atribuimos. Cuando somos conscientes de nosotros mismos como Yoes, también lo somos de las actividades del ego. Muy difícil, si no imposible, es dar ideas de estas actividades. En nuestra consciencia vigilante solamente conocemos las cosas del mundo físico, y estas cosas no tienen realidad para nosotros, a menos que las describamos en términos peculiares del mundo físico.
 
En su propio mundo, el ego está siempre activo en la gran obra de la Creación. En compañía de entidades angélicas y otros seres superiores, el ego coopera en la obra de la creación del mundo, por la cual subsiste este universo. La obra de Dios es creación y como el Yo es divino, está ocupado en la misma divina actividad creadora. Solamente el arte puede hablar de este genuina obra del hombre divino y, por tanto, a los poetas y músicos tenemos que recurrir sin queremos comprender algo de nuestra labor como Yo. Así, en la tragedia de Esquilo, titulada “Prometeo encadenado”, vemos algo de la obra del Yo, cuando en el coro de los Espíritus y Horas, se canta:
 
Tejamos la tela de la mística medida. De los abismos cerúleos y de los confines de la tierra, venid, diligentes espíritus de potencia y placer, y bailad la danza y música del júbilo, como aguas de millares de ríos que desembocan en un océano de esplendor y armonía”.
 
Y más adelante, canta jubilosamente el coro de Espíritus:
 
Y nuestro canto construirá, en el ilimitado campo del vacío, un mundo para ser gobernado por el Espíritu de la Sabiduría”.

Canto, música, sonido: he aquí las palabras más apropiadas a la idea de la obra del Yo en su propio mundo; y, con todo, no hay, por cierto, en el mundo del Yo, nada que en la Tierra podamos llamar sonido. Pero la obra en conjunto impresiona como una sinfonía cuyas notas y cuerdas son seres vivientes que entonan el himno de su propia naturaleza y crean por su poder. También podemos representar la obra del ego en su propio mundo como la textura de una tela de luz en la cual los seres vivientes parecen puntos radiantes enlazados por líneas de luz. Pero nada puede dar idea de la inefable felicidad que llena el mundo del Yo, ni de la sensación de estar bañado en luz y en “profunda beatitud y belleza”. Dice el libro de Job que cuando fue creado el mundo “se regocijaron todos los hijos de Dios”, y esta expresión recuerda un poco al Yo, verdadero hijo de Dios, lleno de gozo en su propio mundo.

En conjunto, la obra se parece a un potente ritual, a un ceremonioso himno a la creación que mantiene los mundos, y lo que llamamos ritual aquí en la Tierra es una sombra del verdadero y magno ritual que todos bien conocemos en nuestro propio y verdadero mundo. Por esto, los rituales de las grandes religiones del mundo y los de la masonería, nos recuerdan el mundo al que pertenecemos. En esos rituales escuchamos débiles ecos y fragmentarias melodías del canto que siempre estamos entonando en el mundo del Yo.

Cuando, en estado de Yo consciente, pensamos en nuestra vida terrena, en la vida que tan importante nos parece cuando nos hallamos en estado de simple consciencia despierta, esa vida terrenal se vuelve ilusoria, casi como un sueño y, ciertamente, sin la importancia que generalmente le atribuimos. Como Yo, consideramos la vida material como una tarea que tenemos que ejecutar, una lección que hemos de aprender, esto es, la lección del “auto-reconocimiento”. Únicamente en los mundos de materia densa hay la resistencia necesaria y separatividad para nutrir el sentimiento individual en la consciencia del Yo, que luego se ha de restituir a la unidad superior.

Al observar nuestra vida terrenal desde el mundo del Yo, conseguimos mayor ecuanimidad en la existencia que después tenemos que vivir en la Tierra, porque es una profunda verdad que nada en la vida material importa mucho, y que la mayor parte de las cosas carecen de importancia. En cuanto nos reconocemos en la plenitud de nuestra gloria como Yo, la vida terrena nos parece una actividad subsidiaria a la cual tenemos que prestar un poco de nuestra consciencia, un poco de nuestra atención, de la misma suerte que el estadista atareado en una obra magna concede parte de su atención a una obra personal en la que está interesado.

En el mundo del Yo no hay formas ni colores como conocemos en la Tierra, pero hay lo que podemos expresar en términos de color y forma. Así, cabe hablar del aspecto del Yo, aunque no se muestre como lo hacen los objetos en el mundo fenoménico. Por tanto, no será equívoco decir que el Yo es visualizado en glorificada forma humana y que esta figura humana en que allí nos vemos es, al mismo tiempo, representativa de nuestro verdadero tipo o genio, de nuestra misión en la gran obra. Así, cada Yo proyecta su aspecto peculiar, radiante y hermoso, que expresa su misión o genialidad.

Cuando se restituye la consciencia al mundo del Yo, nos reconocemos como tal y debemos procurar ver el aspecto que tenemos en nuestro propio mundo y, de ahí en adelante, pensar en nosotros mismos únicamente con ese aspecto. Una vez visto, ya no tenemos que volver a pensar en nosotros como la imagen que vemos cuando nos contemplamos en el espejo. Desde que reconozcamos que somos el divino Yo interno, no debemos ni por un momento ceder a la vieja ilusión de que somos un cuerpo físico y tenemos un divino Yo en una plano superior. Desde entonces queda invertida la posición y, al hablar de nosotros, hablaremos del radiante Ser que verdaderamente somos y no de los cuerpos a través de los cuales se manifiesta temporalmente parte de nuestra consciencia.

Teniendo tras nosotros durante siglos de evolución, en los que estuvimos contentos de sufrir destierro en las tinieblas del mundo exterior, resulta ahora que, aunque durante cortos momentos, nos reconozcamos como Yoes, siempre hay una predisposición a volver a los antiguos hábitos de identificación con los cuerpos.

Tal es nuestro frecuente error. Cuando durante la meditación o transcurso de alguna ceremonia, experimentamos un instante de intenso arrobamiento espiritual, nos decimos después: “¡Qué hermoso fue esto! ¡Siento que haya terminado!” Pero es una equivocación en la que no debemos de incurrir. En cambio, cuando experimentamos algo sublime, cuando nos reconocemos como el divino Yo, digamos: “¡Esto es muy hermoso y ha de subsistir en mí!” Esa es la gran diferencia. Nuestra debilidad está en que al experimentar estos sublimes sentimientos, dejamos que se desvanezcan. No debemos tolerar esto, sino rebelarnos diciendo: “No quiero que éste sentimientos se desvanezca. He de mantener este divino reconocimiento. Mi Yo, el divino Ser, lo mantendrá”. Esto es posible porque lo que ya se hizo y debe seguir haciéndose. Todos reconoceremos algún día nuestros divinos poderes y aprenderemos a mantener como una permanente realidad la consciencia que, generalmente, sólo tenemos durante pocos minutos. ¿Por qué no comenzamos desde ahora?

Si nos reconocemos como Yoes participantes de la vida del divino gozo e inefable felicidad, hemos de decidir permanecer en ese estado. No volvamos a la oscuridad del destierro. ¿Por qué retornar a entumecer la existencia, a la oscura mazmorra de la vida personal, cuando podemos vivir en el brillo de la Vida Divina? ¿Por qué no permanecer allí, no actuar desde allí, no vivir desde allí?

Sigue en la Circular de Noviembre.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    P PL O T I N O . –

En el siglo II de nuestra Era, en las postrimerías del mundo helénico, aparece la pujante escuela neoplatónica, el último esfuerzo de la mente griega para dar una interpretación metafísica de la realidad desde sus propios supuestos. Plotino (204 – 270) fue el gran maestro de este período. Nacido en Egipto, convertido en jefe de escuela y hombre importante en la misma Roma, Plotino desenvuelve una vida extraña, misteriosa y ascética, que le confiere enorme prestigio. Su obra, celosamente conservada por sus discípulos, fue dividida por Porfirio en seis grupos de nueve libros, llamados por esto Enéadas. Su influencia ha sido extraordinaria en toda la Edad Media, en especial desde San Agustín a San Buenaventura, y más tarde en todas las corrientes de pensamiento determinadas por el misticismo.
 
Plotino se remite primeramente a Platón: los platónicos era el nombre que se daba a sí misma la escuela que nosotros llamamos neoplatónica. Pero recoge a la vez la especulación aristotélica y la de las filosofías helenísticas; frecuentemente surgen en sus páginas las alusiones a los peripatéticos, a los epicúreos y a los estoicos. Y, sobre todo, el pensamiento plotiniano está determinado por la presencia cercana del cristianismo. En rigor, en Plotino se atreve la mente griega, por primera vez, a pensar el mundo como algo producido; bajo la presión de la idea cristiana de creación, el mundo va a aparecer como algo cuyo ser ha sido producido por la Divinidad  - el Uno - ; pero el pensamiento helénico no es capaz de enfrentarse con la nada; y de aquí su concepto de emanación y, en definitiva, el panteísmo. La metafísica emanista de Plotino es el intento de pensar la creación sin la nada, es decir, la reacción mental griega frente a los nuevos supuestos, que arrancan del primer versículo del Génesis.

Plotino, que recoge la antropología platónico-aristotélica, subraya enérgicamente el carácter peculiar de la vida  y, sobre todo, el puesto intermedio del hombre, su constante referencia a lo más alto, su capacidad de alcanzar lo divino, la posibilidad, incluso, de que el alma se separe del cuerpo, aún en esta vida  - el éxtasis -  para elevarse a la esfera superior, en la cual alcanza su felicidad. Todo esto animado de un espíritu extraordinariamente vivo , cuya influencia religiosa y filosófica  ha sido tan eficaz como, en ocasiones, peligrosa. El pensamiento cristiano acerca del hombre se ha nutrido durante centurias de la especulación neoplatónica, y a la vez ha tenido que bordear el constante riesgo de panteísmo que la amenaza.

Entre los muchos pasajes de las Eneádas, donde Platón se refiere con singular penetración y agudeza al hombre, he escogido los que me han parecido más característicos y a la vez más expresivos en su aislamiento. Pero hay que subrayar aquí, muy especialmente, el sentido puramente antológico de esta selección.

El hombre como intermedio.-

En todo viviente, las partes superiores, el rostro y la cabeza, son más bellas, y las medias e inferiores no tanto. Pues bien: los hombres están en la parte media y baja, arriba está el cielo y los dioses que hay en él; y la mayor parte del mundo está formada por los dioses y todo el cielo que la rodea; la tierra es el centro y como uno cualquiera de los astros. Extraña encontrar la injusticia entre los hombres porque se piensa que el hombre es lo más digno del universo, como si no hubiera nada más sabio que él. Está situado entre los dioses y los animales y se inclina a unos y a otros; algunos hombres se asemejan a los primeros; otros, a los últimos, y otros, la mayoría, con intermedios . . .

El hombre no es, pues, el mejor de los vivientes, sino que tiene un puesto medio, y en el lugar que ha escogido y en que está, no es abandonado por la Providencia, sino que llevado siempre hacia lo alto por todos los varios artificios de que se sirve la Divinidad para hacer prevalecer la virtud, el género humano no pierde su ser racional, antes bien participa, aunque no sea del modo supremo, de la sabiduría, del entendimiento, del arte y de la justicia en las relaciones de cada uno con los demás; y, cuando se perjudica a alguno, se cree que se hace esto justamente, pues lo merece. Así, el hombre es  una hermosa criatura, todo lo bella que es posible, y en la trama del universo tiene un destino mejor que todos los demás animales que hay sobre la tierra.

                                                                                         (Enéada III. II, 8 – 9)

Las jerarquías humanas.-

Todos los hombres, desde el principio, usan los sentidos antes que el entendimiento, y se aplican primero, necesariamente, a las cosas sensibles; unos permanecen aquí, creyendo toda su vida que esas cosas son las primeras y las últimas, y que el dolor y el placer que se encuentran en ellas son el mal y el bien, y se figuran que basta con vivir persiguiendo el uno y evitando el otro. Y entre éstos, los que usan de razón afirman que eso es la sabiduría: son como las aves pesadas, que participan mucho de la tierra y a causa de su peso no pueden volar altas, aunque la Naturaleza las ha dotado de alas. Los otros se elevan un poco de las cosas inferiores, pues la superior del alma los mueve de los agradable a lo mejor. Pero, incapaces de ver lo superior, y como no tienen otra cosa donde apoyarse, se precipitan, con el nombre de la virtud sobre las acciones y elecciones entre las cosas inferiores, de las que primero habían intentado elevarse. La tercera raza de hombres, divinos por su capacidad superior y por la agudeza de su vista, ve con su mirada penetrante el esplendor de lo alto, y se eleva como por encima de las nubes y de la oscuridad de aquí, y permanece allí, contemplando desde arriba todas las cosas de aquí abajo: se deleita en ese lugar de verdad que le es propio, como un hombre que después de alguna larga peregrinación llega a una patria bien regida.

                                                                               (Enéada, V. IX, I.)

         

 

                     M U Y   I N T E R E S A N T E

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