MEDICINA NATURAL

Salvador Navarro Zamorano

COMO PROTEGER LA AUDICIÓN

 

 

 

                                                 COMO PROTEGER LA AUDICIÓN

 

       Una tarde, en cualquier teatro, centenares de jóvenes vibran con la música estridente de un famoso conjunto de heavy metal. A decenas de kilómetros, un agricultor pone su tractor en marcha para iniciar su trabajo de labores agrícolas. Al mismo tiempo, un joven ejecutivo ajusta los auriculares para escuchar el sonido de su música predilecta.

          Las tres escenas, aunque completamente diferentes, tienen en común actividades que pueden provocar serios daños en la capacidad auditiva.

          Personas particularmente sensibles están sujetas a una pérdida parcial de la audición, cuando se exponen a sonidos de alta intensidad. Música moderna, tractores ruidosos y aparatos de radio con auriculares a todo volúmen, son ejemplos de sonidos de alta intensidad.

          Algunos sonidos molestan, pero no causan lesiones, como el de la máquina cortadora de césped, aunque puedan producir efectos psicológicos adversos como irritación, pero no llegan a provocar daños físicos.

          ¿A partir de qué nivel, el sonido agrede físicamente el aparato auditivo? Antes de responder, veamos cómo el ruido afecta la audición.

          Un sonido exageradamente alto provoca ondas (movimientos en el aire) tan intensas que, al penetrar en los oídos, lesionan la cóclea (tubo en espiral situado en el oído interno). En la cóclea existen millares de minísculas pestañas (pelos) que captan las vibraciones de las ondas sonoras y, a través del nervio auditivo, las transfiere al cerebro, donde se registra la sensación sonora.

          Cuando son motivados por vibraciones de gran potencia, algunos de esos minúsculos pelos son arrancados de sus bases, como si fueran árboles abatidos por un vendaval. Aunque algunos pelos se recuperan, muchos se pierden. Si el proceso es continuo la persona, con el tiempo, sufrirá una significativa deficiencia de audición.

          Hay que puntualizar que, agresiones cortas y ocasionales de sonidos fuertes, causan menos daños que la exposición continua por largos períodos.

          La música puede ser algo así como un refresco o un tormento para los oídos. Algunas horas en una discoteca o en un concierto de rock pueden hacer tanto daño como una jornada de trabajo en un ambiente cargado de polución sonora.

          Un animado concierto de música juvenil llega fácilmente a los 110 decibelios. Veamos lo que eso significa: el decibelio (unidad de medida de intensidad sonora) corresponde al más débil sonido captable por el oído humano. Un martillo neumático perforador (usado para romper el asfalto) vibra a 85 decibelios si nos situamos a 15 metros de distancia. Y el ruido de un avión de propulsión a chorro cuando despega, para quién estuviera situado a 70 metros, alcanza los 120 decibelios, o sea, poco más que una animada banda de heavy metal. Un ruido de 118 decibelios provoca inquietud, desasosiego, mientras que a los 140 decibelios, la mayoría de las personas sienten dolor en los oídos.

          Los parámetros de los Ministerios de Medio Ambiente de los países occidentales, establecen un nivel de ruido de 90 decibelios durante 8 horas diarias como tolerables para el ser humano. Si fueran 92 decibelios serían admisibles por un máximo de 6 horas y 95 decibelios hasta 4 horas. El riesgo de daños permanentes comienza por encima de esas fronteras sonoras.

          No es de admirar que muchos jóvenes aficionados a la música de moda presenten pérdidas de audición. El problema es que el sonido a toda máquina entontece, provoca una euforia contagiosa, una cierta permisividad que hace soportable hasta una descarga de 130 decibelios. Si el “musicólogo” estuviera usando auriculares la cosa puede empeorar, pues la exageración de sonido ambiental queda sin testigos. Así, es importante concienciar a la juventud que la música es buena, pero el sonido fuera de control es un pésimo compañero.

          Bares y restaurantes con mucho ruido y música ambiental, forman una pareja desafinada. La conexión entre alcohol y audición aumenta el riesgo de daños al oído.

          Al tomar bebidas alcohòlicas, el sonido parece disminuir de intensidad y la persona soporta niveles más elevados de ruido. Tranquilizantes y calmantes provocan la misma reacción. Eso es porque tales sustancias disminuyen la eficacia del mecanismo de defensa que el oído posee para defenderse de la polución sonora.

          Ciertos músculos en el oído medio contraen la membrana del tímpano cuando están sometidos a ruidos por encima de los 90 decibelios. El alcohol y los tranquilizantes comunes provocan relajamiento muscular, de modo que se hace necesario un ruido más fuerte para que los mecanismos de defensa entren en acción. Además, las reacciones de los músculos, después que se accionan, es menos efectiva.

          La deficiencia auditiva tiene diversos orígenes: edad, traumatismos, algunas enfermedades. En muchos casos hay poco qué hacer. Lo preocupante, según los especialistas es la disminución o pérdida de audición por puro y simple mal uso de los oídos; la sordera innecesaria de la cual es perfectamente posible pasar de largo, si se adoptan medidas de prevención. Calcúlese que en el mundo occidental hay más de 20 millones de personas que sufren problemas auditivos relacionados con causas ambientales.

          La precaución más sencilla es usar protectores para los oídos. Han de ser protectores adecuados para el ruido y no aquellos que utilizan los nadadores para impedir la entrada de agua en el canal auditivo. Se fabrican de goma y se encuentran en tiendas donde se vende material quirúrgico.

          Los buenos protectores atenúan los sonidos en unos 20 decibelios. Conviene usarlos ante un ruido continuo e intenso, como el provocado por una motosierra. Igualmente, los protectores de oídos usados por el personal de tierra de los aeropuertos, son aún mucho mejores.

          El número cada vez mayor de personas que trabajan en locales ruidosos está habituando a la gente a omitir el uso de protectores de oídos. Para los que frecuentan locales de conciertos de música moderna, existen soluciones menos drásticas. Es evitar estar frente a las fuentes de ruidos como son los altavoces. Además, existe un test simple para saber si el nivel de ruido está pasando de lo permisible: si fuera imposible conversar con la persona que está a tu lado o los oídos comienzan a doler, cambia de lugar antes de que sea tarde.

          Hoy en día hay ruidos en cualquier lugar. La polución sonora así como la atmosférica, es el precio, a veces demasiado alto, impuesto por el progreso industrial. Pero no vamos a dejar que el ruido de las máquinas o del tránsito amenaze el placer de escuchar las cosas buenas de la vida. El tema es cuidar de la audición, luchando por más silencio en las calles, locales públicos y ambiente de trabajo. Y, si es necesario, auxiliarnos con los utilísimos protectores de oídos que, por los menos a nivel personal, evitan el desgaste prematuro de uno de los sentidos que nos mantienen conectados al mundo.

                                                                               Salvador Navarro Zamorano

                                                                               Especialista en Homeopatía.

 

 

 

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