MEDICINA NATURAL

Salvador Navarro Zamorano

NOVIEMBRE 2002 (2)

 

  

                            EL SECRETO DE LOS ADITIVOS QUÍMICOS

          Guardar alimentos por un año o más es un privilegio de la vida moderna, pero eso es sólo gracias a los aditivos químicos. ¿Vale la pena correr ese riesgo?

          E 322, E 407. No, esto no es un mensaje interplanetario. Ciertamente ya habrá visto códigos semejantes en alguno de los embalajes de alimentos industrializados que llenan las estanterías de los supermercados. Los códigos de los aditivos químicos nada dicen, a pesar de que significan mucho para la salud. En verdad, constituyen la única indicación sobre el contenido de aquello que estamos comiendo, desde el más inocente caramelo hasta un sofisticado enlatado de mariscos. Cuando la dosis no es normal o excesiva, puede tener efectos nocivos que va desde un pequeño dolor de cabeza hasta tumores cancerosos.

          Desde el momento que el hombre ahumó el primer pedazo de carne, la búsqueda por formas de conservación de alimentos no cesó. Ahumar, congelar, adición de especias como pimienta, hierbas aromáticas y sal fueron, durante siglos, los medios disponibles para mantener acopios de zafras y durante los viajes largos. Eso fue suficiente hasta que el crecimiento demográfico trajo gradualmente la necesidad de poner alimentos en mesas muy lejanas. Paso a paso, las industrias alimenticia y química crecieron y se relacionaron hasta el punto de que hoy sólo en los Estados Unidos se producen más de 8.000 tipos de aditivos. Además, un complejo sistemas de investigaciones científicas se dedica a buscar nuevas drogas que hagan a los alimentos más duraderos, sabrosos y con un color atractivo.

          Todo muy bonito si no fuesen los posibles efectos de los aditivos en el organismo humano. Y llegamos a la cuestión que preocupa a las autoridades sanitarias en diversos países: ¿sería posible producir, sin aditivos, toneladas y toneladas de alimentos que a un mismo tiempo no perjudiquen y sean saludables? La respuesta “no” es simple. En verdad, los investigadores buscan una solución. El esfuerzo implica al Comité Mixto de la FAO/OMS (Food Agriculture Organization/Organización Mundial de la Salud) donde se actualizan los descubrimientos en torno de esas drogas. Al final, los efectos de algunas de ellas sólo pueden ser detectadas pasado años de uso y, a veces, después de hacer algunas víctimas.

          De cualquier forma, especialistas han identificado últimamente un aumento importante de casos de reacciones alérgicas, crisis asmáticas, asfixias por espasmos de glotise intoxicaciones cuyo origen se remonta, comprobadamente, a los aditivos químicos de los aliemntos.

          La OMS define el aditivo como una substancia no nutritiva “intencionadamente”, adicionada a los productos alimenticios en pequeñas cantidades, a fin de darles una mejor apariencia, sabor, textura y garantizar su conservación. Su uso es permitido desde que se respete el límite de seguridad establecido a partir de experiencias con animales en laboratorios.

          La propia OMS no generaliza el criterio de seguridad. “Se debe tener en cuenta que pueden existir grupos, en una determinada población que, debido al estado fisiológico o enfermedades orgánicas, sedan especialmente sensibles al aditivo. En tales grupos figuran los que sufren de diversas afecciones crónicas, como desnutrición, parasitosis y ciertos estados degenerativos”. (Métodos de ensayos toxicológicos de los aditivos alimentarios).

          Para complicarlo, cada país adopta un concepto diferente de aditivos. Con eso, la legislación también varía mucho. Resueltos a encontrar un lenguaje común con vistas a la salud, pero también a facilitar los trámites de comercio internaciona, la OMS creó en 1.962, una Comisión del Código Alimentario. Ella determina los aditivos aceptables y cuáles las dosis máximas diarias, consideradas hasta hoy inofensivas para el ser humano.

          Los hechos prueban que las investigaciones buscan respuestas sobre la toxidad de los aditivos y muestra que la lista de ellos no da ninguna seguridad a los consumidores. Indica sólo que aún  no se han registrado efectos relevantes.

          Desde el punto de vista legal, el consumidor está protegido. Pero los intereses económicos son muchos y no siempre tenemos plena seguridad de una fiscalización. Basta un caso como el del aceite de colza y, especialmente, todos los problemas surgidos con las carnes  en nuestro país. Casos así demuestra que la legislación no es suficiente. Sus determinaciones son desobedecidas y la falta de preparación de las autoridades sanitarias encargadas del control es evidente.

          Si fiscalizamos lo que comemos las cosas se complicán todavía más. Aunque tengamos a mano la lista de las dosis máximas de la OMS, la legislación nacional con los aditivos permitidos, las cantidades por producto y la descodificación del lenguaje cifrado, dificilmente tenemos la absoluta certeza sobre lo que estamos poniendo en nuestro estómago.

          Al lado de la fiscalización precaria, de bajo nivel técnico en la manufactura de los alimentos y las ganancias de algunos fabricantes, tenemos que considerar las dificultades que crea la propia ley.

          ¿Hemos intentado leer la lista de aditivos escrita en la etiqueta de un producto alimenticio? Inténtelo. A menos que tenga una lupa, porque las letras son diminutas y muy juntas, es prácticamente imposible poder adivinar lo escrito.

          Hay otros considerados “secreto industrial”, no revelado. ¿El aceite para cocinar? Utiliza conservantes, estabilizantes, antioxidantes y espesantes, por lo que rara vez hay un aceite 100% puro.

          ¡Todo eso es legal! ¡Asómbrese! Como también es legal el uso de las palabras “artificial” y “natural” o “bio”. Lo “natural” viene siempre de manera destacada, pero eso no significa que no contenga aditivos. Y lo “artificial” generalmente se oculta bajo un diseño con mucho color y letras finas que dificultan su lectura.

          No acabo. Existe una infinidad de productos que escapan a cualquier control. Como los dulces de panaderías y dulcerías, pipas y algodones dulces de colores. ¿Quién manda analizar los componentes cada vez que fuéramos a comer o dar a nuestros hijos? Nadie, aunque el riesgo sea grande.

          Para quien no domina los códigos, aumentan las dificultades. La tetraciclina, un poderoso antibiótico presente en muchos alimentos como conservante, mantiene bajo control las bacterias, y aparece en las etiquetas (cuando aparece) como P.VI. Es para no asustar al consumidor, en muchos casos conocedor de los efectos acumuladores de los antibióticos, que disminuyen la resistencia del organismo a las infecciones.

          Otro dato preocupante es que cuando se hacen denuncias, si se hacen, llegan al consumidor de forma incompletas. Raramente hay transparencia en nombres y marcas. ¿Quieren un ejemplo? Se ha denunciado la presencia de antibióticos en la carne de cerdo, pollos, etc., pero nunca se sabe quienes venden esa carne a sabiendas de lo que están vendiendo, ni los canales de distribución.

          Un simple pastel puede tener hasta 15 aditivos, todos declarados como seguros. Vamos a ver: fungicidas a base de mercurio en las semillas del trigo para evitar parásitos, insecticida para plantas, permanganato de potasio, espesantes, emulsificantes, enzima de huevos para acelerar la fermentación, flavorizantes para mejorar el olor y sabor; colorantes para rellenos y cobertura, etc.

          Al final, ¿son realmente necesarios?  Esos productos químicos fueron exigidos por la “necesidad de almacenar, acopiar, conservar y distribuir los géneros alimenticios”, pero la utilización sólo considera el estímulo comercial, sin tener en cuenta la salud. Ella no ve razón, por ejemplo, para aromatizantes y colorantes, los más controvertidos aditivos, usados con el objetivo de atraer al consumidor.

          La verdad es que el gusto de la población definida en estudios de mercado, está influenciada por la publicidad. Y el resultado está en los gastos significactivos en la importación de colorantes. Los colorantes naturales tienen el problema de perder color fácilmente. Otros inconvenientes: inestabilidad química, cualidad dependiente de la cosecha, necesidad de mayores cantidades, posibilidad de alterar el sabor, incompatibilidad con otros productos y eventuales riesgos de toxidad.

          ¿Cómo evitar los efectos que implica el consumo de alimentos con aditivos? Consumiendo el mínimo de comidas industrializada. Alimentarnos en casa todo cuanto sea posible, especialmente los niños. Verificar en cualquier compra, si en el embalaje está el número de registro sanitario. Rechazar dulces y configuras de colores fuertes. Evitar la cobertura plateada en pasteles. Los colorantes metálicos se depositan en el organismo. Pasar de largo ante margarinas y pastas enlatadas. No comprar carnes, salchichas y otros embutidos, con colores muy fuertes. Si compramos enlatados verificar el aspecto de la lata y el olor al abrirla. Preferir los champiñones frescos. Si los usamos en conserva, observar su color después de hervidos. Si no oscurecen, tienen exceso de aditivos.

          A cualquier sospecha o al contactar reacciones alérgicas, comunique el hecho a los órganos de vigilancia sanitaria o de defensa del consumidor.

                                                           Salvador Navarro Zamorano

                                                           Especialista en Homeopatía.

 

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