ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

 

 

                                               

Dirigida a la Escuela de:

                    Mallorca

                                                                                  

                                                                                   Circular nº 1 , año XI

                                                                                   Bunyola, 1º de Enero de 2.005

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          VIDA DE SAN PABLO.-

          No habían transcurrido tres meses después de la primera carta de Pablo a los neófitos de Tesalónica, cuando le llegaron noticias de nuevas inquietudes y malentendidos de parte de esos cristianos. Algunos aguardaban la llegada del Cristo de un día a otro. Estribaban esta ilusión en parte por la revelación profética de un iluminado entre ellos y en parte en una pretendida afirmación, oral o escrita, del propio apóstol.

          Terror y consternación se apoderaron de los nuevos cristianos, mientras que otros se entregaban a ociosidades y negligencias de sus deberes sociales. Mendigos y vagabundos deambulaban por la ciudad hablando a media voz sobre lo que estaba por suceder.

          Responde el apóstol a los tesalonicenses, aclarando los equívocos y recomendando calma y criterio.

          “En cuanto a la venida del Señor Jesús el Cristo y nuestra reunión con él, rogamos hermanos, que no perdáis tan aprisa la serenidad del espíritu y no os dejéis aterrar ni por una profecía, ni por palabra o carta que se nos atribuyan, como si el día del Señor ya estuviese próximo.”

          Seguidamente, viene una página oscura, una de las más oscuras y enigmáticas del Nuevo Testamento que hace recordar el Apocalipsis de San Juan. Afirma el apóstol que, antes de la Parusia del Cristo glorioso debe venir el “hombre de iniquidades” el hijo de perdición, el adversario que se adorna como un ser superior a todo cuanto se llama divino o Dios, llegando a sentarse en el templo de Dios y queriendo pasar por Dios.”

          Los destinatarios de la epístola comprenderán, sin duda alguna, el sentido de estas palabras, porque habían escuchado la explicación oral del maestro. ¿“No os decía esto, cuando estaba con vosotros?” Para nosotros, sin embargo, es un misterio.

          No menos misteriosa es la alusión a un factor que, por entonces, embargaba la aparición del Anticristo. “El misterio de la iniquidad – afirma el apóstol – ya está trabajando; pero es necesario que primero sea eliminado aquél que le pone entorpecimiento. Entonces aparecerá el perverso.”

          Pero el triunfo definitivo será el del Cristo, “porque el señor Jesús matará (al perverso) con un soplo de su boca y lo destruirá con el esplendor de su venida.”

          Múltiples explicaciones se han dado a través de los siglos, a esas misteriosas palabras. Hubo quien las aplicó a los acontecimientos políticos y sociales del tiempo de Pablo. Sabía él que 14 años antes, mandara el Emperador Calígula colocar en el templo de Jerusalén una colosal estatua de su persona, exigiendo le prestasen honores divinos, como castigo de haberse negados los judíos a homenajear la persona del César.

          En el tiempo que Pablo escribía esta carta, en el año 51, presidía el Emperador Claudio los destinos del Imperio. Su ahijado Nerón ya había sido proclamado “heredero del trono”. Séneca, revocado su exilio en la isla de Córcega, había sido nombrado por Agripina preceptor del joven príncipe. La serenidad filosófica del pensador y la prudencia administrativa de Claudio, impedían el desencadenamiento de las fuerzas volcánicas que se acumulaban cada vez más en la psiquis enfermiza de Nerón, amenazando romper los vínculos del orden público y derrumbar los cimientos del orden espiritual. Después del destino trágico de Séneca y su amigo Burrus, aquella fiera humana soltó las redes de su temperamento indisciplinado y, dominado por el energúmeno de Tigelino, puso en juego la propia existencia del imperio romano. Por orden suya, sitió Vespesiano la ciudad de Jerusalén. El templo, después de profanado, fue presa de las llamas. Y el pueblo de Israel, exterminado o arrastrado al cautiverio.

          En el reinado de Nerón, como se sabe, tuvieron inicio las crueles persecuciones de los cristianos. La ferocidad de ese soberano corría pareja con sus supersticiones. Rara vez ha existido un hombre más crédulo. Todos pensaban era un iniciado en los misterios de la Magia Negra. Muchos años después de su muerte, creían sus contemporáneos que regresaría de las tenebrosas regiones de los infiernos.

          Entretanto, el espíritu perspicaz de Pablo y su visión profética, sin duda iban más allá de los acontecimientos históricos y políticos de su tiempo y descorría el velo de esos eventos preliminares y sintomáticos, el “misterio de iniquidades” de todos los siglos y milenios de la historia, esto es, la eterna y siempre renovada tentativa del poder temporal en desbancar el poder espiritual, las tendencia absorbentes del Estado totalitario, el incesante ensayo traicionero de los poderosos del mundo, en el sentido de hacer de la religión un pedestal, escala o trampolín para sus ambiciones personales e intereses políticos.

          En ese tiempo, aún vivía la iglesia cristiana a la sombra de la sinagoga y era considerada por los romanos como una secta judaica. La organización cristiana no estaba en el momento de aparecer como algo autónomo y peligroso a los ojos de los legisladores y estadistas de Roma. Sin embargo, los judíos no descansaban  - y bien lo sabía Pablo -  mientras no convenciesen al Gobierno de que los cristianos no se identificaban con ellos, los hijos de Abraham, de que los peores enemigos del Imperio eran esos cristianos que no se adaptaban al espíritu de las leyes civiles vigentes. Tanto era así, que en el año 64, reinando Nerón, consiguieron los judíos su intento: por intermedio de Popea, esposa del Emperador, llamaron la atención de las autoridades civiles de la rápida y peligrosa expansión de la nueva organización espiritualista.

          En el fondo de la ideología escatológica de esta epístola, encontramos la lucha del bien y del mal, del Cristo y del Anticristo, concretizados en el Yo y en el ego del hombre. Esta lucha puede asumir formas diversas, pero en el fondo es siempre el mismo antagonismo. Dios permite esa guerra, porque dio a las criaturas conscientes el don del libre albedrío; la tolera, porque es poderoso y sabio para hacer revertir al orden cósmico las peripecias y el caos final de ese conflictor milenario.

          Así es que Pablo, condenando el futurismo estancado de ciertos soñadores de Tesalónica, combate la desvalorización de la vida presente y, tomando la gran realidad del Más Allá, afirma al mismo tiempo la pequeña realidad del aquí y ahora. Lo que él exige es que ésta se subordine a aquella y de ella reciba orientación, luz y perspectiva.

          En esto concuerda integramente con el gran Maestro de Nazaret, que no exigía la extinción de la vida civil por amor a la vida religiosa, pero quería ver aquélla valorizada y sublimada por ésta. En la parábola de los talentos condena Jesús al siervo que no trabajó e hizo fructificar su riqueza. Al centurión gentil de Cafarnaum, hombre de fe como no encontrara otro igual en Israel, no le recomendó Jesús que solicitase la dimisión del cargo que ocupaba en el Ejército de un soberano pagano, sino que lo espiritualizara.

          De modo análogo procede Simón Pedro con el oficial gentil Cornelio.

          Ni el propio Pablo aconseja a Sergio Paulo, procónsul de Chipre que dimita de su mandato para poder abrazar el Evangelio.

          El espíritu del cristianismo, siendo genuino y sano, como también poderoso para espiritualizar la vida humana, sin desvirtuarla,  la sublima de tal modo que el hombre puede ser un perfecto cristiano, y ese cristianismo auténtico lo prepara para ser un hombre integral y un ciudadano prestigioso.

          Por eso exige Pablo a los tesalonicenses que, con los ojos en el futuro, vivan en el presente, y que oren como si Cristo apareciese al día siguiente, y trabajen como si todavía los aguardase un largo período de expectación y sufrimiento.

          Es primavera, mayo del año 52 d.C.

          La provincia romana de Acaya estaba sin gobernador. Para la administración de zonas de esa importancia Roma acostumbraba escoger personas de cualidades excepcionales. La elección recayó en uno de los hombres más inteligentes y distinguidos de la época siendo, además de esto, un estadista con criterio y un verdadero caballero, como se diría en lenguaje moderno.

          Se llamaba Marcus Annaeus Novatus, más conocido por el nombre de su padre adoptivo Junius Gallio, nombre que usaba. La existencia y el cargo de ese hombre se encuentran inmortalizados en una carta que el Emperador Claudio dirigió a Delos, como se comprueba en una inscripción en piedra encontrada en dicha ciudad. “Gallio, mi amigo y procónsul de Acaya”, le llama Claudio.

          Era Gallio hermano del célebre filósofo romano Séneca el cual, como he dicho antes, fue nombrado por la Emperatriz Agripina preceptor del joven Nerón. Era también tío del escritor Lucano. Séneca no encontraba palabras para elogiar suficientemente la personalidad, la inteligencia, el saber y la amabilidad de su hermano. “Ningún mortal  - dice él  -  puede ser tan amable para con su amigo como Gallio lo es para con toda la gente. Nunca mi hermano será tan amado como merece.”

          A ejemplo de Séneca, era también su hermano adepto a la filosofía de los estóicos, que hacían consistir la ética y la felicidad en una imperturbable serenidad de espíritu y absoluta indeferencia frente a los gozos y dolores de la vida.

          En ese año, pues, cuando Gallio fue puesto en el gobierno de la provincia de Acaya y fijó su residencia en Corinto, se hallaba Pablo en la misma ciudad, en plena actividad apostólica. Se encontraron el mayor apóstol del Cristo y la más refinada encarnación del gentilismo. El Evangelio del Nazareno estaba frente a frente con un representante típico de la filosofía de Atenas y de la política de Roma.

Continuará en la Circular de Febrero de 2.005.

 

 

 

LA SABIDURÍA ANTIGUA.-

          En el lenguaje espiritual moderno, los planos pueden ser designados como físico, emocional y mental, además de los planos de intuición y de voluntad espiritual, y otros dos planos más espirituales, difíciles de expresar en términos humanos. Son designados por ley de analogía por funciones humanas, no sólo porque existen en toda la Naturaleza, sino porque comprenden los diferentes niveles del ser del hombre. El nivel más obvio de este esquema séptuplo es el mundo físico familiar de los sólidos, líquidos y gases, que nuestros sentidos registran, el mundo de la Naturaleza y de las cosas. Interpenetrando el plano físico visible, hay un nivel denominado etérico, que consiste en estados suprafísicos más refinados que los gases, pero aún próximos al mundo físico. Es una esfera de energía potente, estrechamente asociada con el prana o energía universal, que infunde vitalidad en los organismos físicos. El nivel etérico se transforma gradualmente en el campo “astral” o emocional, que se dice es muy fluído y brillante con colores psicodélicos. Ese reino está señalado por todos los impulsos de ansias, retraimientos o sentimientos agresivos, así como por emociones elevadas, tal como la apreciación estética y la devoción. Seguidamente viene el campo de Manas o mental, aún más sutil que el campo astral, y que se caracteriza por una cualidad más estable y ordenada. Hay dos aspectos relacionados con este campo, uno de los cuales gravita en dirección de los mundos astral y físico y el otro en dirección a reinos más espirituales. De este campo se originan el propósito y el significado y refleja el orden de la Mente Divina que encontramos en todas partes en la Naturaleza. El próximo campo de Buddhi, o intuitivo, es radiante y esplendoroso. Está próximo al Uno y su característica más notable es la Unidad. El nivel de Atma es el más raro, es esencialmente Uno con la Realidad.

          Cada uno de nosotros tiene su propia localización en todos estos niveles. Estamos hechos de campos que se interpenetran y mezclan en nosotros. El hombre es una unidad global, compuesta de Materia y Espíritu, actuando juntamente en siete planos de existencia y consciencia.

          Aunquen todos los campos penetran en toda la Naturaleza, podemos ver la característica especial de cada uno más fácilmente a través de la introspección. Pronto podemos percibir la cualidad estable, sólida, de nuestros cuerpos físicos, dominados por la gravedad, de modo que pueden permanecer en sus lugares, mostrando su cualidad compacta y pesada, característica del mundo físico. La estabilidad física contrasta con la cualidad maleable y mutable de las emociones y su energía dinámica. Los antiguos llamaron a este último reino de Elemento Agua y el agua es un símbolo adecuado por su fluidez, tanto en nosotros como en la esfera emocional o astral de la Naturaleza. Lo etérico une los niveles físico y emocional, de manera que las reacciones físicas acompañan los estados emocionales.

          Podemos ver en nosotros mismos cómo las emociones difieren del pensamiento lógico, con sus procesos ordenados paso a paso. El pensar es estructurado, ordenador, organizador y no difuso o con repentinos relámpagos, como son las emociones. El pensamiento es una función de la mente. Por contraste, la intuición, en sentido espiritual, suministra iluminaciones súbitas. Ellas son siempre unificadoras si fueran genuinas. Podría reunir elementos diferentes en una síntesis o revelar relacionamientos inesperados. El reino de la intuición es también la fuente de inspiración y de muchos estados místicos y espansiones de consciencia. Refleja la unidad del Uno de varias maneras.

          La voluntad espiritual es el propio Uno mirando, por ley de analogía, en dirección al mundo manifestado. En nosotros ella es el propio sentido del Yo, de ser un indivíduo y, al mismo tiempo, ser uno con el Todo. La Voluntad o Atma es como un punto de luz en medio de un mar de luz, mucho mayor que lo grande y menor que lo pequeño.

          El arco iris puede simbolizar el espectro formado por esos distintos niveles. La cualidad única de cada nivel puede ser comparada con los colores diferentes, cada cual con su belleza específica, siendo todos necesarios para dar la plena expresión. En la medida que la luz blanca se fracciona en los colores del arco iris, asi la Vida Una se fracciona en las cualidades de los siete planos. Su ordenada estructura revela la Mente Divina con su orden luminoso. Los siete niveles representan la verdadera estructura del Cosmos, la auténtica base fundamental sobre la cuál es construido.

          La imagen del arco iris es imperfecta porque los diferentes niveles no son realmente fajas separadas y distintas con apenas una pequeña superposición. Sería conveniente estudiar los planos por separados, pero ellos jamás están aislados de los otros, como los sistemas corporales pueden estudiarse por separados, aunque no funcionen el uno sin el otro. Los siete campos son formas de energía que se interpenetran recíprocamente, desde el más sutil hasta el mundo físico, visible, que interactúan constantemente. Todos los niveles ocupan el mismo espacio y todos los niveles, hasta los más sutiles, impactan en el plano físico. Podemos ver una analogía de tal interpenetración de los planos en un imán en forma de barra que está sujeto tanto al campo gravitacional (puede caer) como al campo electromagnético (resultado de su atracción y repulsión).

          Podemos experimentar esta interacción de diferentes campos en nosotros mismos. Cada pensamiento nuestro es marcado por un grado de emoción, y todos los sentimientos tiene algún pensamiento que los acompaña. Tanto pensamiento como sentimiento afectan al cuerpo y su fisiología.  Esto ocurre cuando nos sonrojamos o tenemos sensación de miedo o cuando nos lanzamos a la acción repentinamente, dando paso a un impulso. La medicina psicosomática también demostró esta relación.

          Los siete hilos están estrechamente enlazados en la Naturaleza y en nosotros. Constituyen la materia prima de la cual sale moldeadas las formas del mundo físico, estando todos los niveles entremezclados en un todo único, la paleta de siete colores que constituye el sustrato de los matices de la vida. Los múltiples niveles de la realidad se mezclan para formar el todo que conocemos como Naturaleza.

          La visión del mundo de la física moderna es mucho más compatible con la idea de las realidades suprafísicas de lo que fue el mecanicismo y materialismo del siglo XIX. Einstein demostró que la materia puede ser convertida en energía. Como existe innumerables tipos y grados de energías y estados de materia, la doctrina esotérica de diferentes estados de materia y energías es plausible. Así, la física abrió las puertas a las posibilidades de reinos imperceptibles, cuando mostró la realidad de frecuencias que van más allá de la percepción humana.

          Existen datos experimentales del campo de la parapsicología que muestran una imagen materialista del mundo y sugieren la presencia de energías y de campos hasta ahora desconocidos de la ciencia. Por ejemplo: el tratamiento de aguas por imposición de manos. Plantas regadas a partir de esta agua crecieron significativamente a más altura que otras plantas tratadas con agua corriente. No podemos encontrar otra explicación sino la de que una energía desconocida penetró en el agua a través de la energía magnética que desprendía las manos del sanador. Otro ejemplo de energía desconocida la encontramos en la habilidad de tratar la materia por medios no físicos. Niños con capacidad psicocinética son capaces de doblar cucharas de aluminio, dándoles un formato de S, sin tocarlas, aún cuando ellas estén cerradas en tubos transparentes. Campos de fuerza detectados alrededor de seres vivos están ahora siendo investigados. Se descubrieron estos campos, los cuales han sido denominados campos de vida o campos L. La fotografía Kirlian revela campos eléctricos vinculados con mutaciones en cosas vivas.

          Biólogos que trabajan dentro de la estructura de la filosofía holística, han ampliado el concepto de campos L, como campos morfogenéticos, que ayudan a explicar la aparente influencia que moldea los organismos vivos a medida que van creciendo. Se piensa que estos campos moldean las células, tejidos y organismos en desarrollo. Por ejemplo, un corazón que se forma en un embrión sería moldeado por un campo con una estructura semejante. Podemos ampliar la idea de los campos morfogenéticos para explicar el “fenómeno del centésimo mono.” Hay evidencia de que algunos monos en una isla próxima al Japón comenzaron a lavar patatas recientemente recolectadas y llenas de arena y que, seguidamente, ese comportamiento se esparció entre toda la colonia de monos de la isla. Curiosamente, los monos de las islas próximas, sin contacto físico con los “lavadores de patatas”, también adquirieron el hábito. Se estableció la hipótesis de un campo de energía por medio del cual puede ocurrir la comunicación a distancia dentro de una especie y hasta para especies futuras. Imaginemos que este proceso de transmisión ocurre de acuerdo con el principio de resonancia, de la misma manera como sucede cuando se toca una tecla en el piano, evocando una respuesta de octavas por encima y debajo de la propia tecla. La hipótesis de los campos morfogenéticos contribuye para explicar muchos misterios en la embriología y en el crecimiento de plantas y animales, en el comportamiento animal y hasta en la misma Percepción Psíquica Extrasensorial.

          William Tiller, renombrado especialista en la composición de cristales, después de estudiar los datos sobre P.S.E. y campos L, concluyó que “parece que estamos tropezando con  nuevos campos de energía, completamente diferentes de aquellos que conocíamos a través de la ciencia convencional.” Reconoce que algunos procedimientos experimentales en parapsicología son cuestionables por ser difícil obtener una experiencia “insospechable” en algunos casos: “todavía, el conjunto de los datos experimentales de este tipo es tan amplio y se expande tan rápidamente que no puede seguir siendo negados.” Siguiendo la filosofía del yoga (que coincide sobre la visión espiritual del hombre), se postula siete principios que operan en el hombre, cada cual con su propio tipo de sustancia y cada uno obedeciendo a uno de los siete conjuntos singulares de leyes naturales. Se presupone que esas sustancias están en todas partes de la Naturaleza que interpenetra el cuerpo humano. El universo parece organizar y transmitir informaciones en otras dimensiones y no sólo en la estructura espacio-tiempo física. La evidencia también hace que se concluya que “en algunos niveles estamos todos interligados reciprocamente y con todas las cosas en este planeta.”

          Hay hombres en la vanguardia de la ciencia, que están abriendo para estos misterios un pequeño espacio. Hasta la moderna parapsicología araña la superficie de los mundos invisibles presentados en la filosofía esotérica, que contienen enormes profundidades no imaginadas por ningún investigador moderno no familiarizado con el tema. Estos científicos que se atreven a explorar las antiguas tradiciones, procurando su relación con los modernos descubrimientos, podrían desvelar una parcela progresivamente mayor de los reinos ocultos de la Naturaleza. Tiempos vendrán, tal vez, cuando científicos y espiritualistas, en vez de preocuparse en trabajar en esferas separadas, investiguen los mismos aspectos de la realidad y llegasen a una visión compartida.

Sigue en la Circular de Febrero de 2.005.

 

 

LA ANTIGUA CIENCIA GRIEGA.-

          Los fenómeros de la atmósfera en movimiento contienen también medios de explicación para los siguientes ensayos cosmológicos de los físicos jonios. Así como en ella se enlazan la húmeda decantación del calor y el aire inquieto, a estos ensayos primitivos de explicación les parecerá que todo sale del aire, del fuego o del agua.

          También la ciencia de las colonias de la Italia meridional, cultivada por la cofradía de los pitagóricos, encuentra su punto de partida, su interés esencial y su significación para el desarrollo intelectual en la orientación progresiva dentro del espacio cósmico con los recursos de la matemática y de la astronomía. En esta Escuela se desarrolló el estudio de las relaciones numéricas, desprendido de la finalidad práctica de las formas espaciales, es decir, la ciencia matemática pura. Sus investigaciones tenían como objeto las relaciones entre números y magnitudes espaciales, y así surgió entre ellos la idea de lo irracional en el campo de la matemática. También su esquema del cosmos era astronómica: en el centro del mundo lo limitado, lo que forma, que es para ellos, en bello espíritu griego, lo divino; al atraer lo ilimitado surge el orden numérico del cosmos.

          Todas estas explicaciones del cosmos, si bien opera como explicaciones en la liquidación progresiva de la representación mítica, se hallan mezcladas en proporción considerable con elementos de la creencia mítica. El principio de que derivaban estos primeros investigadores conservaba todavía muchas propiedades de la conexión mítica. Poseía una fuerza formativa afín a las fuerzas míticas, capacidad de transformación, teleología, conservando en su acción algo así como las huellas de los dioses. También se hallaba entretejida, por raíces apenas visibles para nosotros, con la fe mítica en los dioses mantenida por algunos de estos físicos. La convicción de Tales de Mileto de que el mundo está lleno de divinidades, no debe ser interpretada en el sentido del panteísmo moderno. La creencia mítica de Anaximandro hace que todas las cosas expíen con su desaparición la injusticia de su ser particular, según el orden del tiempo. Apenas otra doctrina puede ser atribuida a Pitágoras con tanta seguridad como la de la transmigración  de las almas y la cofradía fundada por él se mantuvo en el culto de Apolo y en los ritos religiosos con conservadora firmeza. Representaciones de lo perfecto condicionan la imagen cósmica de las Escuelas itálicas. Y se presenta esta idea, tan característica del espíritu griego, de que lo limitado es lo divino, a lo que se podría oponer la frase de Spinoza: “todo lo determinado es negativo.” Por eso no es posible reducir esta visión cósmica antigua, como ha ocurrido con frecuencia, a una forma primitiva del panteísmo.

          Tan lentamente, tan poco a poco, la ciencia explicativa, aun una vez emancipada, pudo reducir el poder de la aclaración mítica, de la conexión mítica. Con tan áspero trabajo ha podido conquistar su independencia la conexión del fin del conocimiento científico, a partir de la primitiva vinculación de la total vida espiritual en la que se le da al hombre la realidad y se le dará siempre. Tan difícil le fue a esta ciencia sustituir las representaciones primitivas por otras más adecuadas a su objeto. Porque la conexión de las cosas se fabrica originalmente por la totalidad de las fuerzas del ánimo y sólo poco a poco ha podido desprender  el conocimiento y lo puramente inteligible. La vida es lo primero y siempre presente, y las abstracciones del conocimiento son lo segundo y se refieren sólo a la vida. Así surgen importantes rasgos fundamentales del pensamiento antiguo. No comienza con lo relativo sino con lo absoluto, y lo abarca con determinaciones que proceden de la vivencia religiosa; lo real es para él algo vivo; la conexión de los fenómenos algo psíquico o, por lo menos, análogo a lo psíquico.

          Sin embargo, en ninguna época ha realizado la inteligencia humana un progreso mayor que en esa centuria transcurrida, cuando aparecen Heráclito y Parménides. Ya existía la ciencia. De manera preponderante, los fenómenos se derivaban en su regularidad y conexión de causas naturales. La analogía de esta autonomía de la ciencia griega es la expresión “cosmos”, que los antiguos atribuyen a Pitágoras; “Pitágoras fue el primero que llamó al mundo cosmos, en virtud del orden que reinaba en él”. Esta palabra es como el espejo de la inteligencia griega, sumida en la regularidad inteligible y en la conexión armónica de las relaciones y movimientos del mundo. Se expresa en ella el carácter estético del espiritu griego de modo tan original y profundo como en los cuerpos esculpidos por Fidias y Praxiteles. Ya no se rastrea en la naturaleza la huella de un dios arbitrario; los dioses rigen la bella y regular conexión de formas del cosmos. En el mismo sentido, las expresiones “ley” y “discurso racional” se transfieren de la sociedad, ordenada por el pensamiento en formas que actúan regularmente, a las circunstancias del universo.

          Pero el modo de derivación de los fenómenos que se ofrecía en la ciencia del cosmos no podía satisfacer a las exigencias crecientes del conocimiento. Si se atribuye a cualquier elemento de la naturaleza vida, capacidad de transformarse en otro elemento, de extenderse y contraerse, es indiferente de cuál de estos elementos parta la explicación, pues todo puede ser derivado de todo. ¿Y no es cierto que los físicos habían explicado alternativamente, pero con igual ligereza, las demás partes de la conexión natural mediante la transformación del agua, del fuego y de la luz? Con Heráclito, la especulación desarrolla esta intuición de una interna capacidad de transformación como la propiedad general de todo estado cósmico; con Parménides, enfrenta a este cambio infinito las exigencias del pensamiento. Así surgió la metafísica en sentido estricto.

                                                           F I N

 

 

 

                                                                 BUSCANDO  LA  PERFECCIÓN

          La piedra filosofal es uno de los temas más misterioso de toda la Alquimia. Aparentemente  es una búsqueda sin sentido por no decir ridícula, de algo que pudiese transformar metales comunes en oro. Pero, detrás de eso hay una realidad: la busca de la perfección del hombre. Uno de los temas más misteriosos y difíciles del ocultismo y la alquimia en particular, es la llamada “piedra filosofal”. Aunque sea un tema discutido por alquimistas chinos y egipcios hace 5.000 años, sigue envuelto en una nube de preconceptos, falsificaciones, mentiras y de más misterio.

          Según se afirma, pueden ser encontrados cerca de 100.000 manuscritos, a partir del siglo X, que tratan exclusivamente de la obtención y las maravillosas propiedades de la piedra. Ninguno de esos manuscritos narra en detalles cómo llegar a conseguirla: siempre hay algo qué decir, algo que sólo un iniciado puede captar.

          Para la Alquimia, el alquimista es todo: es imposible llegar a buenos resultados sin la presencia física y la actuación psíquica del hombre que pretende desencadenar reacciones alquímicas. Él mismo es parte del laboratorio, aunque otros opinan que él es el laboratorio.

          Se dice que Alberto Magno (canonizado más tarde por la Iglesia como San Alberto) religioso y alquimista del siglo X, dejó una serie de consejos para todo aquél que se inicia en el arte de la Alquimia. Son:

El alquimista debe ser silencioso, discreto y no revelar a nadie el resultado de sus investigaciones y operaciones.

Debe habitar lejos, en casa particular, donde destine dos o tres departamentos a las sublimaciones, soluciones y destilaciones.

          Escoger bien el tiempo y horas convenientes a su trabajo.

          Ser paciente, y perseverante hasta el fin.

Ejecutar, según las reglas del arte, la trituración, sublimación, fijación, calcinación, disolución, destilación y coagulación.

Poseer recipientes de vidrio o cerámica barnizada, pues los líquidos ácidos atacan los vasos de cobre, hierro y plomo.

Prevención suficiente para comprar lo necesario para las operaciones.

Evitar toda relación con príncipes y grandes nobles.

          Con esas reglas, se puede comprender la importancia del propio operador para la Alquimia. La gran transmutación, no sería conseguir oro a partir del plomo, sino llegar a lo divino a partir del hombre.

          Los modernos estudiosos de la Alquimia, afirman que la manipulación de los elementos, la soledad, la meditación, el humanismo y las radiaciones que emanan del laboratorio alquímico, sirven tanto para transformar los elementos así como al propio operador, convirtiéndose en aquello que se llama “hombre despierto”. Entonces, el alquimista es un mutante, un hombre que alcanzó un estado de consciencia superior.

          Eso no quiere decir que no haya una búsqueda física, práctica, de transmutación de metales comunes en nobles, o del elixir de la eterna juventud; los alquimistas realmente buscaban tales milagros.

          Para la transmutación  - trasnformar el plomo en oro  -  los alquimistas medievales partían del principio de que los antiguos filósofos griegos estaban en lo cierto. O sea: el mundo estaba formado por cuatro elementos, agua, tierra, fuego y aire. Pero, cada uno de esos elementos tenía un poco de los otros tres en su interior.

          A partir de esa idea y, recordando que todos los demás elementos surgieron a partir de esos cuatro elementos primordiales, es posible concebir que un elemento pueda transformarse en otro.

          Aristóteles dio un ejemplo de cómo funcionaría el paso de un elemento a otro: calentando un trozo de madera verde, la primera cosa que se ve son gotas de agua, señal de que ese elemento es parte de la constitución de la madera.

          Después aparece el humo, lo que indica que el aire también está contenido en dicho material. Seguidamente surge el fuego y restan las cenizas, que son la tierra.

          El hecho de quemar la madera con facilidad, según Aristóteles, indica que en su composición el elemento fuego predomina sobre los otros tres. Una piedra, al contrario, donde predomina la tierra, normalmente no se quemará, a no ser caso de altas temperaturas.

          Si está aceptado que todo elemento tiene parte de los otros tres, puede concluirse que cualquier sustancia puede transformarse en otra. Basta que se modifiquen convenientemente los elementos que las diferencian. De este modo, para pasar de la madera para la roca, es necesario hacer el cambio del exceso del fuego que hay en la primera, en tierra que es el elemento que predomina en la segunda.

          Este es el fundamento de la transmutación alquímica; y si él podría ser aceptado cuando se habla de madera o de roca, puede serlo también cuando se habla de oro y de plomo. El único y gran problema que sigue existiendo es la técnica para llegar a ese fin teóricamente posible.

          Hoy se sabe que los grandes laboratorios atómicos del mundo están en condiciones de hacer transmutaciones con descargas atómicas que modifican la composición de los átomos de los elementos. Esto es: pueden transmutar plomo en oro, aunque sea una operación cara y sofisticada.

          Con eso, se puede afirmar que la ciencia moderna, especialmente la atómica, derribó los mitos repetidos hace siglos por los que criticaban la Alquimia: la imposibilidad de las transmutaciones y la necesidad de concentraciones de energía no imaginadas para conseguirlas.

          Tanto la transmutación como la energía necesaria para hacerla, son hoy posibles en laboratorios, pero ¿cómo era eso posible en la Edad Media? Fulcanelli, autor del “Misterio de las Catedrales” lo explica de la forma siguiente: “Ya sé que van a decirme que los alquimistas no conocían la estructura del núcleo, ni la electricidad, ni tenían medios de detectarla. No podrían, pues, realizar transmutación alguna ni liberar la energía nuclear. No intentaré demostrar lo que voy a decir, bastan ciertas disposiciones geométricas de materiales extremadamente puros para desencadenar las fuerzas atómicas, sin necesidad de usar electricidad.”

          El alquimista prosigue:: “El secreto de la Alquimia es éste: existe un medio manipulador de la materia y la energía de modo que se produzca aquello que los científicos llaman un “campo de fuerzas”. Este campo de fuerzas actúa sobre el observador y lo coloca en una situación previlegiada ante el universo. Bajo este aspecto tiene acceso a la realidad que el espacio y el tiempo, la materia y la energía, acostumbran ocultarnos. Es lo que llamamos la Gran Obra. La fabricación del oro no deja de ser una aplicación de casos particulares. Lo esencial no es la transmutación de los metales, sino la del propio experimentador. Es un antiguo secreto que varios hombres han encontrado en el transcurso de los siglos”.

          La piedra filosofal parece ser el soporte de una energía capaz de actuar sobre las reacciones nucleares de modo que no incorpora violencia.

          Una duda que los estudiosos de Alquimia se preguntan siempre; si la piedra no tuviese una existencia real  ¿cómo es que puede haber sido buscada, y en algunos casos encontrada, en los últimos 2.000 años, por hombres que fueron reconocidos como inteligentes y hasta hoy su memoria respetada por su contribución al mundo del pensamiento?

          En 1.758, Antoine-Joseph Pernety, benedictino y estudioso del ocultismo, escribía en su Diccionario Mito-Hermético que la piedra filosofal era el “resultado de la obra hermética, a la que los filósofos también llaman polvo de proyección. Se considera a la piedra filosofal como una pura quimera y los que la procuran son tomados por locos. Este desprecio es consecuencia del justo juicio de Dios, que no permite que un secreto tan precioso sea conocido por los malintencionados e ignorantes. Los más célebres sabios químicos modernos no consideran la piedra filosofal como una quimera, sino como algo real.

          El físico francés George Ranque afirma que la piedra está formada, después de diversas manipulaciones y de la incidencia de los rayos solares y lunas sobre el recipiente en que es preparada, de forma que crea un campo de energía. Esa energía es un flujo inmaterial esparcido por la atmósfera, y que los tratados llaman El Gran Mar de los Sabios. Su abundancia varía según las estaciones, alcanzando su máximo en primavera y al parecer, sometida, como una especie de mar, a la influencia del Sol y la Luna.

          Algunas Escuelas Herméticas afirman que esta energía espiritual sólo puede actuar sobre la materia mineral por medio de un receptor psíquico, esto es, el hombre.. O sea: para que el proceso se complete, es necesaria la presencia del operador, que actuaría como una especie de receptor-emisor de energía.

          Asi, en un determinado momento de su trabajo, el alquimista deberá estar preparado para servirse de su arte, a través del estudio, la meditación y el silencio, los cuales deben llevarlo a una adecuada tensión espiritual que le permita vibrar con esa energía. Esto es: el alquimista y su Obra estarían unidos en el camino de la perfección.

          ¿Pero, cómo sería la piedra filosofal, desarrollada y usada por algunos iniciados? Según Fulcanelli en Las Moradas Filosofales, "lo más importante es recordar que la piedra filosofal se nos ofrece en forma de un cuerpo cristalino, diáfano, de un rojo intenso, amarillo después de la pulverización. Es denso e inalterable a cualquier temperatura y sus propiedades específicas lo hacen incisivo, ardiente, penetrante e incombustible. Añade que es soluble en vidrio fundido y que se volatiza instantáneamente cuando es proyectado sobre un metal fundido. Tenemos aquí agrupadas en una sola materia, las propiedades físico-químicas que se apartan singularmente de la naturaleza metálica y vuelven muy nebuloso su origen”.

          Curioso es que la piedra sea siempre descrita como un polvo cristalino rojo-amarillo, muy pesado y que, según el alquimista medieval Berigardo de Pisa, desprende un olor parecido a la sal marina.

          Durante los siglos XVII y XVIII, diversos personajes misteriosos recorrieron Europa intentando llamar la atención de ciertos científicos notables de cada país. Esos hombres, que todavía no se sabe exactamente quienes eran, realizaron una serie de experiencias alquímicas, inclusive transmutaciones, con el intento de convencerlos de la realidad de la Alquimia, en una época en que las bases de la ciencia occidental comenzaba a ser modificada.

          Gracias a las actas de esos encuentros y relatos de los presentes, disponemos hoy de una casuística bastante abundante sobre la forma de la piedra, aunque permanezca la duda sobre las cantidades de los metales que la componían.

          Otra constante, narrada por los que conocieron la piedra: la cantidad utilizada es mínima. En cuanto a eso, consta que, cierto día un alquimista se presentó en el laboratorio de Helvetius, médico y físico del siglo XVII.  Helvetius provocó la cuestión de la cantidad que debe ser usada en las experiencias, hasta que el desconocido alquimista,  partió un grano de cristal por la mitad y afirmó que con aquella partícula era suficiente.

          Según los relatos, las transmutaciones no fueron nunca realizadas por los alquimistas, sino por alguien que le servía como asistente y con eso evitar cualquier sospecha de manipulación personal. Después de colocado el polvo filosofal sobre el metal que sería transmutado, el fenómeno estaría completo en 15 o 30 minutos.

          Pasado ese tiempo, surgía en el fondo del recipiente una masa de oro de peso igual al del metal utilizado para la transmutación. Es interesante notar la coincidencia de opinión de los joyeros que tuvieron acceso al oro alquímico; todos ellos afirmaron jamás haber visto oro con tal grado de pureza.

          Estos hombres que visitaron tantos laboratorios durante dos siglos, desaparecieron por completo y todavía hoy se sabe muy poco sobre ellos. Algunos llegaron a ser visitados por varios convencidos de la utilidad de la Alquimia y, en esos casos, los relatos hablan siempre sobre la modestia en que vivían esos extraños hombres, confirmando la leyenda: que un alquimista lo tiene todo y, por eso, no tiene necesidad de cosa alguna.

          Otra información que es siempre comentada por los que convivieron con los viejos alquimistas: a veces las apariciones tenían intervalos de décadas. Tal vez la explicación esté en el “elixir de larga vida”, otra búsqueda de todo alquimista.

          La historia de la Alquimia comenzó hace 5.000 años, en Egipto y la China, a pesar de ciertos investigadores afirmar que las bases de esa ciencia superior nació en la prehistoria.

          Como nos recuerda Marcio Pugliesi en la introducción al Arte de la Alquimia y la Piedra Filosofal, las obras surgidas en el período alejandrino, o sea, la Escuela de Alejandría, Egipto, tiene como trazo común la posibilidad de ser dividida en 4 grupos:

          a.- Obras identificadas por sus autores reales (Zósimo, Sinesio,etc.).

          b.- Obras atribuidas a autores pasados ilustres (Platón, Aristóteles, Pitágoras).

          c.- Textos atribuidos a dioses (Hermes, Isis).

          d.- Escritos atribuidos a reyes del pasado (Alejandro, Keops).

          A partir de ahí comenzaron a aparecer libros alquímicos en Bizancio, de árabes y griegos, hasta llegar al siglo X, cuando la experimentación alquímica explosionó en toda Europa, incluso entre religiones cristianas, antes que la llegada de la Inquisición prohibiese la convivencia entre alquimistas y católicos.

          Ranque recuerda que, después de Lavoisier, los hombres que buscaron la piedra no eran científicos. Esos investigadores que sucedieron a Lavoisier siempre se enfrentaron con problemas para llevar adelante sus experiencias y donde serían necesarios profundos conocimientos de física y química.

          Esta dificultad fue fatal para la Alquimia: lse estancó y su conocimiento hasta hoy no ha ayudado a la humanidad a liberarse de sus problemas.

          Los grupos iniciáticos que, a lo que parece, poseían ese saber en los primeros tiempos, lo ha perdido por entero. Los que consiguieron reavivar esa ciencia a través de libros y de su propio esfuerzo, no tuvieron tiempo para llevar el Arte Real adelante. Y, si lo hicieron, fue de forma silenciosa, de manera que los que vinieron después no pudiesen repetir sus experiencias.

          ¿Qué ha llevado a muchos autores a escribir las más de 100.000 obras que se afirma que hablan de Alquimia?

          Dos respuestas pueden ser cuestionadas: los primeros alquimistas, a pesar de todas las dificultades, siempre esperaban obtener un resultado, cualquiera fuese. Se puede hablar hasta de un paralelo con los tantos hombres que soñaban volar, en la misma época, sabiendo no sería posible en aquel instante, pero sí en el futuro.

          Otra respuesta sería el puro placer de investigar y descubrir, un placer que aún permanece entre los hombres. Aún así, tratándose de Alquimia, no fue un placer estéril: llevó, como mínimo, a descubrimientos que abrieron caminos a la moderna física y química

 

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