ALCORAC

SALVADOR NAVARRO 

 

 

 

Dirigida a la Escuela de:

                    Mallorca

                                                                                  

                                                                                   Circular nº 8 , año XI

                                                                                   Bunyola, 1º de Agosto de 2.005.

 

 

          VIDA DE SAN PABLO.-

 

 

          En los cuatro primeros capítulos de la Epístola escribe Pablo del espíritu partidario nacido del personalismo.

          "¿Qué importa Corintios que seais bautizados por fulano o por ciclano? Todos fuisteis bautizados en nombre del Cristo que os confirió la gracia y no el bautista que os llevó de las tinieblas a la luz.

          ¿Y qué valor tiene a los ojos de Dios la filosofía humana? Mirad a vuestro alrededor y ved cuántos sabios profanos hay entre vosotros. La mayor parte de vosotros sois de humilde condición, operarios y hasta esclavos. Si la filosofía intelectual o la "gnosis" humana pudiese reajustar al hombre y salvar al mundo, en vano murió Jesús y la obra de redención sería obra superficial e inútil. El cristianismo es autónomo e independiente; no tiene que menester levantar crédito en Atenas ni mendigar sabiduría a los pensadores profanos; la filosofía cristiana va más allá de todos los conocimientos naturales: es una sabiduría divina.

          ¿Dónde está el sabio? ¿dónde el escriba? ¿dónde el retórico de este mundo? ¿Acaso no declaró Dios locura la sabiduría de este mundo? Una vez que el mundo con su sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría, aprobó Dios salvar a los creyentes por un mensaje que es tenido por locura".  (1ª Corintios 1: 20-21).

          Por eso, también Pablo, no pregonó el  Evangelio con argumentos filosóficos, pero sí confiado en en el espíritu del Cristo y en el poder de Dios.

          "Por lo que, también yo, hermanos, cuando fui a estar con vosotros, para daros testimonio de Dios, no me presenté con aires de sabio ni con palabras altisonantes. Pues entendí que no convenía ostentar ante vosotros otra ciencia que no fuera de la Jesús el Cristo, el Crucificado. Fue con sentimiento de flaqueza, de temor y de gran duda que aparecí en medio de vosotros; y lo que os dije y prediqué no consistía en palabras persuasivas de sabiduría, sino en demostración de espíritu y poder, para que vuestra fe no se basara en sabiduría humana, pero sí en el poder de Dios.

          Verdad es que también nosotros predicamos la sabiduría para los que aspiran a la perfección, sin embargo no es la sabiduría de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que han de perecer; más lo que anunciamos es la sabiduría de Dios, misteriosa y oculta, sabiduría que Dios tenía reservada para nuestra glorificación, antes que el mundo existiese. Y ninguno de los príncipes de este mundo la comprendió; pues, si hubiesen comprendido, no habrían crucificado al Señor de la gloria. Viene a propósito lo que dice las Escrituras: "Ni ojos vieron, ni oídos escucharon, ni jamás penetró en corazón humano lo que Dios preparó para aquellos que lo aman.

          Sin embargo, a nosotros las reveló Dios por su espíritu; porque el espíritu penetra todas las cosas, incluso las profundidades de Dios. ¿Quién sabe lo que hay en el interior del hombre, a no ser el espíritu que dentro del hombre está? Así también nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el espíritu de Dios. No recibimos el espíritu de este mundo, sino que el espíritu viene de Dios para que conozcamos los dones que nos fueron prodigados por Dios. Y es lo que anunciamos, con palabras dictadas, no por la sabiduría humana, sino por el espíritu, declarando lo que es espiritual a los hombres espirituales. El hombre mental no comprende lo que es del espíritu de Dios; no tiene en cuenta la estupidez ni lo puede comprender, porque es en sentido espiritual que debe ser entendido. El hombre espiritual, por el contrario, lo comprende todo, al paso que él mismo no es por nadie comprendido. ¿Pues quién comprende la mente del Señor, que lo pueda enseñar? Nosotros tenemos el espíritu del Cristo".  (1ª Corintios 2: 1-16).

          Por tanto, lo que vale no es la persona y su saber natural y por eso no hay motivo alguno para establecer diferencias entre uno y otro apóstol, entre uno y otro predicador. Todos nosotros somos sólo siervos de Dios, sus portavoces: no somos salvadores ni medianeros entre Dios y los hombres, somos simples vehículos de la revelación y la gracia divina.

          "¿Por qué, quién es Apolo? ¿Quién es Pablo? Siervos, solamente, os llevan a la fe, cada cual según el modo que el Señor les dio. Yo planté, Apolo regó, pero quien dio el crecimiento fue Dios. Por eso, lo que vale no es quien planta, ni quien riega, sino aquél que hace crecer, que es Dios.  Quien planta va de acuerdo con el que riega, y cada uno tendrá su recompensa, según el trabajo que hubiere prestado; pues nosotros somos cooperadores de Dios y vosotros sois cosecha de Dios, arquitectura de Dios".  (1ª Corintios 3: 5-9).

          Así como en la planta, a despecho de la diversidad de sus partes y órganos, reina un solo principio director, así también es en ese divino organismo de la Iglesia del Cristo.

          Recurre Pablo a otro símil, hablando de arquitectura. La Iglesia de Dios no es un conglomerado arbitrario, heterogéneo, de elementos dispares y contradictorios; pero sí una construcción llena de plano y unidad, un edificio de estilo uniforme, homogéneo, artístico. Sobre la base divina de la revelación, sentó Pablo los cimientos de su concepción espiritual, orientada por la gracia; y todos sus compañeros y auxiliares cooperan armónicamente en la construcción metódica del templo del cristianismo.

          "Yo, según la gracia que Dios me ha dado, eché en vosotros, cual perito arquitecto, el cimiento del espiritual edificio; otro edifica sobre él. Pero mire bien cada uno como alza la fábrica o que doctrina enseña;

          Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya ha sido puesto, el cual es Jesús el Cristo.

          Que si sobre tal fundamento pone alguno por materiales oro, plata, piedras preciosas, o maderas, heno, hojarasca,

          Sepa que la obra de cada uno ha de manifestarse. Por cuanto el día del Señor la descubrirá, como quiera que se ha de manifestar por medio del fuego; y el fuego mostrará cuál sea la obra de cada uno.

          Si la obra de cada uno sobrepuesta subsistiere sin quemarse, recibirá la paga.

          Si la obra de otro se quemara, será suyo el daño; no obstante, él no dejará de salvarse, , si bien como quien pasa por el fuego". (1ª Corintios 3: 10-15).

          Seguidamente comenzó Pablo a jugar con una serie de paradojas y a comentar con ironía, en tono cáustico, la presunción y el desatino de los pretendidos intelectuales de Corinto. Notamos en casi todas las Epístolas paulinas ese amor por la paradoja, herencia de la Escuela de los estóicos que, posiblemente, frecuentó en su juventud en Tarso. También la filosofía socrática era fuerte en el uso de ironías y antítesis. El sabio  - decía Sócrates -  debe ante todo saber que nada sabe. La convicción de la ignorancia es el principio de la sabiduría.

Pablo escribe:

" Nadie se excuse, quien se juzga sabio a los ojos del mundo, tórnese tonto, a fin de ser sabio; por cuanto la sabiduría de este mundo pasa por locura ante Dios; tanto es así, que está escrito: "Atrapa a los sabios en su propia astucia y más aún: Sabe el Señor que son vanos los pensamientos de los sabios.

No haya, pues, entre vosotros quien se enaltezca a favor de uno y con perjuicio de otro. ¿Quién es que te da distinción? ¿Qué posees o qué no recibisteis? Pero si recibisteis, ¿por qué te afanas, como si no lo recibieras?"

En este momento, parece, recuerda el apóstol del ridículo intelectualismo de los atenienses y de la repulsa de la sabiduría cristiana en el Areópago: y, viendo entre los corintios algunos de esos filósofos fatuos, saturados de su pretendido saber, lanza al papel frases de candente sátira.

"Vosotros, en verdad, ya estáis hartos . . . sois ricos . . . estáis reinando sin nosotros".

Y con dolorosa tristeza:

"¡Ojalá reinaseis de hecho, pero vuestro reino no deja de ser una ilusión y espejo falaz; en realidad sois esclavos de vuestra ridícula vanidad intelectual".

Y prosigue con ironía:

"Parece que Dios nos asignó a nosotros los apóstoles, el último lugar como condenados a muerte - espectáculo para el mundo, para los ángeles y los hombres. Hasta la hora presente andamos sufriendo hambre, sed y desnudez; somos maltratados, vivimos sin casa y nos fatigamos con el trabajo de nuestras manos; nos lanzan maldiciones - y esparcimos bendiciones; nos persiguen y nosotros lo sufrimos; nos calumnian y nosotros consolamos; hasta esta hora somos considerados como basura del mundo y la escoria de todos.

Os escribo esto, no para avergonzaros, sino para amonestaros, como hijos míos carísimos. Aunque tuviéseis millares de preceptores con Cristo, no tenéis todavía muchos padres. Ahora,  por la predicación de Su Evangelio yo me torné vuestro Padre en Cristo-Jesús".

Acababa Pablo de dictar estas consideraciones cuando se escuchó golpear en la puerta del bazar de Aquila.

Abrieron.

Tres hombres de Corinto  -Estéfanos, Fortunato y Acaico - estaban con una carta de los presbíteros que, en nombre del apóstol, pastoreaban la recién fundada cristiandad.

Pablo abrió la carta. Se le ensombreció el semblante. Malas noticias.

La primera carta de Pablo a los corintios (que no conocemos) parecía haber exasperado a algunos neófitos de espíritu "emancipado" e insumisos. ¡Imposible! Decían ellos. ¡Ese Pablo exige imposibles! ¿Cómo se puede vivir en Corinto sino a la moda corintia? (Vivir a la moda corintia significaba vivir sin disciplina). ¿Cómo renunciar a las tradiciones de la sociedad? ¿Qué vida sería esa?

Un neófito de posición vivía maritalmente con su madrastra. Otros pregonaban el amor libre en la más alta escala. El "casamiento de camaradas" estaba de moda por todas partes.

Si  a unos desagradaba el matrimonio por la incontinencia otros lo desprestigiaban sistemáticamente por snobismo de sus exóticas doctrinas; una secta judaica, como también una escuela ética de Grecia prohibían las relaciones conyugales como inmorales y pecaminosas. En Corinto, sin embargo, se añadía un nuevo elemento a esos desvaríos: había quien condenaba el matrimonio en nombre del cristianismo.

Los corintios bien intencionados resolvieron consultar a Pablo al respecto, y aprovecharían sus consejos para proponer una serie más de dudas y controversias agitadas entre ellos; si era mejor casarse o no casarse; si era permitido el divorcio; si los cristianos podían confiar un proceso a tribunales paganos; si les era lícito comer de las carnes sacrificadas a los ídolos; si podían aceptar invitaciones para asistir a los festines rituales de los paganos.

Tenía, además de esto, no pocas dificultades concernientes a celebraciones de culto; las mujeres de Corino reclamaban en la iglesia igualdad de derechos que los hombres, hablaban en reuniones litúrgicas y, en señal de igualdad, habían abolido el velo. Los ágapes degeneraron en bacanales y glotonerías, donde aparecían brutalmente las diferencias entre ricos y pobres.

Querían aún más, los corintios: saber si era mejor hacer uso de los dones de las lenguas en las asambleas culturales o de la interpretación profética.

Finalmente, la resurrección de los muertos les causaba enormes dificultades.

La carta-consulta no debía ser lectura muy agradable para Pablo; para nosotros y para toda la cristiandad fue verdaderamente providencial, porque dio pie a los apóstoles para exponer uno por uno los asuntos en cuestión.

La primera Epístola a los corintios es de todas las cartas paulinas la del más rico contenido y de más palpitante interés.

En la puntualización de los numerosos problemas sociales, religiosos y éticos de ese documento bíblico sobresale el seguro criterio de ese conductor de almas. Pablo no es optimista ni pesimista, es siempre bien equilibrado, realista. Sabe que los cristianos, por más espiritualizados que estén, nunca dejan de ser hombres, con todas sus flaquezas y miserias. Sabe que también el discípulo del Cristo, aunque muerto para el pecado y resucitado del mundo por Jesús, para una vida nueva, sabe que ese "hombre nuevo" tiene que vivir en medio del mundo sin ser de este mundo; que aunque espiritual, tiene que luchar hasta el último suspiro por su espiritualización. El hombre impulsado por las grandes realidades del más allá, es siempre preso de las mezquinas realidades del mundo material, queda como suspendido entre dos mundos: ya no le satisface la materialidad profana, pero esta misma esfera material lo atrae y arrastra constantemente para la tierra como un plomo pesado, empobreciendo al espíritu deseoso de establecerse en regiones de la divinidad.

A cada una de las consultas dio Pablo cabal respuesta.

Admirable sobre todo su criterio en la orientación del problema sexual: condena las aberraciones del instinto, pero no proscribe el matrimonio, como ciertos místicos de la época; llega al punto de aureolar con un nimbo sobrenatural la sociedad conyugal, trazando un paralelo entre el amor natural y la unión del Cristo para con la Iglesia.

Sigue en la Circular de Septiembre.

 

 

 

 
 

 

 

VOSOTROS SOIS DIOSES.-

 

 

 

 

          El pensamiento humano es la manifestación del Espíritu Santo, el Dios Creador, cuya suprema energía creadora se manifiesta en nuestra fuerza mental, que es un arma de dos filos, mucho más peligrosa para quien desconoce su poder.

          Al pensar, forjamos y creamos en nuestro cuerpo mental una forma repleta de divina energía creadora que concluye en acción. A veces se necesita de cierto número de reiterados pensamientos para que la carga de energía creadora se plasme en acción; y si el pensamiento se repite muchas veces, establecemos un hábito o costumbre, de modo que en más de una ocasión no podemos resistir la forma mental que nosotros mismos creamos.

          Pero la energía mental no sería dañosa si el ego determinase conscientemente las imágenes que serían formadas en el cuerpo mental. El peligro, el terrible peligro de toda nuestra vida, está en consentir la representación de imágenes mentales por incitaciones externas, en tolerar que los estímulos del mundo exterior forjen imágenes en el cuerpo mental en formas de pensamientos cargados de energía y que, forzosamente, tendrán que concretizarse en acción.

Esta indisciplinada actividad del cuerpo mental es causa de todas nuestras luchas internas y dificultades espirituales. La ignorancia consiente el funcionamiento indisciplinado de un cuerpo que debería ser nuestro útil servidor en vez de utilizarnos como si fuéramos siervos. Cuando consentimos que los estímulos del exterior muevan el cuerpo mental para forjar imágenes, nos extraviamos y comienza la lucha.

Consideremos el caso de un alcohólico habitual, ansioso por bebidas alcohólicas. Conoce el sufrimiento que sus debilidades le ocasiona. Conoce cómo malgasta su salario y condena a su familia a pasar hambre y, en sus lúcidos momentos, resuelve abandonar el vicio. Pero pasa delante de una taberna, ve a la gene entrar y salir, y acaso le llega al olfato el olor de las bebidas. Hasta aquél momento estuvo libre de tentaciones y de la lucha consecuente. Pero ¿qué va a suceder ahora? En aquella fracción de segundo se imagina bebiendo; visualiza una imagen mental y durante un instante vive y actúa aquella forma mental, como si, en efecto, gozara bebiendo. Experimenta la posible satisfacción de sus ansias  pero en realidad no hace más que intensificarla, de suerte que sin remedio tiene que seguir la acción. Una vez forjada la imagen, evoca tardíamente a su voluntad, diciendo: No quiero beber”;  pero es demasiado tarde y de nada vale luchar, porque una vez creada la imagen mental, casi siempre subyace la acción. Sin duda, a veces la imagen no es bastante vigorosa y es posible repetirla, a costa de lucha, sufrimiento y desgaste que resultan de rechazarla. El mejor medio es impedir que se forme la imagen mental creadora, e intervenir cuando todavía sea eficaz la intervención.

La indisciplina imaginativa ocasiona sufrimientos más graves de los que podamos suponer. Las innumerables ocasiones en que tanto nos pudieron dominar las bajas pasiones y especialmente la lujuria, fueron resultado de una indisciplinada imaginación y no de una voluntad débil. Se puede sentir un vivo deseo, pero el pensamiento creador lo plasmará en acción.

La mayoría de las personas no dan importancia a sus imágenes, representaciones mentales, sueños y pensamientos, porque no son tangibles ni visibles a simple vista. Con todo, constituyen el único peligro. Porque, a quien experimente un intenso deseo sexual, no le será peligroso ver o pensar en el objeto de su deseo, a menos que al pensamiento acompañe la imagen mental de imaginarse satisfaciendo su apetito. El peligro comienza cuando se imagina a sí mismo en el acto de satisfacción de su apetito y consiente que el deseo vigorice la imagen forjada.

Puede un hombre estar rodeado de objetos de deseo y, con todo, no experimentar perturbaciones ni dificultades algunas, en tanto que no permita que su creadora energía mental reaccione ante tales objetos. Nunca nos capacitaremos suficientemente para pensar que los objetos concupiscentes no tienen poder alguno, a menos que permitamos a la mente influir en ellos y comience a crear imágenes creadoras de acción. Pero, una vez forjada la imagen empieza la lucha. Podemos, entonces, recurrir a la imagen que nos figuramos y que es nuestra voluntad, con el intento de liberarnos, mediante una frenética resistencia, de los resultados de nuestra imaginación. Pocos saben aún que la anhelosa o frenética resistencia inspirada por el miedo es algo muy distinta de la voluntad.

Cuando Coué, al hablar del poder de la imaginación o del poder creador del pensamiento, dice que en la lucha entre imaginación y voluntad siempre vence la imaginación y ésta con la razón, mientras que por voluntad se entienda la ansiosa resistencia que en la mayoría de las personas es el sucedáneo de la voluntad. Así, cuando andamos en bicicleta y vemos un poste en medio del camino nos precipitamos directamente contra ese obstáculo, con riesgo de accidentarnos; el error proviene de la indisciplinada imaginación, pues formamos la temerosa imagen de que vamos a chocar contra el poste, y nos representamos a nosotros mismos en el acto de tropezar y reforzamos la imagen por la emoción del temor. Entonces resistimos a la imagen, pero esta ansiosa y frenética resistencia no merece el nombre de “voluntad”. Al contrario, aquella resistencia fortalece seguramente la imaginación, incluso ayuda a provocar el accidente que queremos evitar. Pero si empleamos la genuina voluntad no consentiremos que la imaginación reaccione ante el poste. En efecto, una vez visto serenamente el poste, no hemos de consentir que influya en nuestra consciencia, por el contrario, tenemos que fijar la imaginación en el claro y abierto camino que deseamos tomar. Entonces será como si el poste no existiese para nosotros y solamente veremos el camino abierto.

Muy viejo es el cuento de los tres arqueros que apostaron cuál de ellos podría atravesar un pájaro posado en un árbol lejano. El primero acertó en el árbol y no en el pájaro; el segundo, apuntó al pájaro prescindiendo del árbol e hirió al pájaro; el tercero no se preocupó con el árbol ni con el pájaro, solamente con su intención acertó en el blanco. Por cierto, debió haber sido un pájaro tonto para seguir en el árbol.

Tal es el poder de la voluntad, el poder de no pensar más que en el objeto que deseamos alcanzar y en ningún otro. Si el borracho de nuestro ejemplo hubiese empleado su verdadera voluntad, habría pensado exclusivamente en seguir su camino hasta llegar donde quería ir, sin que la taberna lo incitase con su tentación.

El poder de la genuina voluntad nos capacita para concentrar la imaginación, en el único propósito que hubiéramos determinado realizar. La función especial de la voluntad no es hacer algo, ni luchar contra algo, sino mantener un propósito en la consciencia con exclusión de todo lo demás.

Seguirá en la Circular de Septiembre.

 

 

 

 

  LA SABIDURÍA ANTIGUA.-  

 

 

          Como raramente pensamos en la evolución de largas Eras que duermen detrás de nuestro actual estado de ser, así, encarcelados en el momento presente, no vislumbramos el inmenso potencial que tenemos frente a nosotros. Toda la capacidad y habilidad destinadas a evolucionar en la Humanidad, se encuentran latentes dentro de cada uno de nosotros en este preciso momento. Todo el potencial del Uno, de la Mente Divina, está presente desde el inicio, aguardando solamente el tiempo y ambiente apropiados para emerger en la manifestación. Poseemos potencialidades incontables en nuestro interior.

          No necesitamos aguardar que el horario de la Naturaleza se abra y despierte. Podemos ampliar nuestras mentes para comprender grandes principios, desarrollando así niveles más elevados de pensamientos. Podemos también penetrar en la esfera intuitiva a través de la profunda contemplación y meditación silenciosa para encontrar una fuente interior de sabiduría original. Podemos intentar universalizar nuestras actitudes con relación a terceros, experimentando cada uno como expresión de la Vida Una, en un nivel específico de evolución, comenzando a expresar el amor universal y la compasión. En la medida que trabajamos conscientemente para desarrollar nuestras capacidades mentales y espirituales, nos estamos moviendo en la dirección del proceso evolucionista cósmico global.

          Este proceso de aceleración interna, conocido como la Senda, es abordado en el yoga y en todas las religiones. Es como dos polos de consciencia operando dentro de nosotros en la medida que crecemos internamente. Podemos comparar nuestra consciencia que se expande dentro de su envoltorio, a un molusco que vive dentro de varios caparazones progresivamente mayores para en ellos vivir, en la medida que se expande.

Controlo para ti más mansiones majestuosas, ¡oh! Mi alma,

a medida que pasan veloces las estaciones.

Deja tu pasado de bajas bóvedas.

Que cada nuevo Templo, más noble que el último,

te excluya del cielo con el domo más vasto,

hasta que finalmente estés libre,

dejando tu concha que para nada te sirve

en el mar agitado de la vida.

          Karma, el concepto de causa y efecto del Budismo y el Hinduismo pasó a ser ampliamente conocido en Occidente, como siempre lo fue en Oriente. La palabra pasó a participar de las conversaciones de personas de todos los niveles de la sociedad occidental y surgió hasta en la música popular. Con todo, la mayoría de las personas familiarizadas con la idea la consideran como modelando nuestras vidas personales, como una especie de “restitución” por nuestras buenas o malas acciones. Esta sea, tal vez, la esfera en la que el karma parece estar más próximo a nosotros. Es una ley universal, inherente en el Uno y abarca toda la manifestación, todos los reinos de la Naturaleza, desde átomos a galaxias, desde rocas a seres humanos. Toda criatura está sujeta al karma y ningún punto en el universo manifestado está libre de su influencia.

          La Vida Una está estrechamente vinculada a la Ley que gobierna el mundo del Ser (el Karma) y ésta es la Ley última del Universo. Existe a partir de y en la Eternidad, porque ella es la propia Eternidad. Su alcance es mucho más amplio que nuestros pequeños problemas humanos. Como todos los principios delineados en la filosofía esotérica, el Karma es un aspecto de la Realidad inmaterial Una que actúa en la medida  en que prosigue la manifestación, como la ley de Causa y Efecto, está implicada en todas las diferencias y todas las relaciones, tanto espirituales como físicas. Por tanto, debe haberse vuelto activa en el despertar del Universo con la polarización de la consciencia y la materia. La primera manifestación de Causa y Efecto ocurrió cuando la consciencia, como Mente Divina, comenzó a crear un mundo al imprimir organización en la materia pre-cósmica. Esto, supuestamente, representa el comienzo de la acción kármica, que continúa en cada nivel del ser por medio de todo el ciclo de manifestación.

          En la primera manifestación de la vida que renace, la irradiación mutable de las tinieblas inmutables inconscientes en la Eternidad, pasa, a cada nuevo nacimiento del Cosmos, de un estado inactivo a un estado de intensa actividad; luego se diferencia y después comienza su trabajo a través de aquella diferencia. Este trabajo es el karma.

          El Karma es la ley infalible que ajusta el efecto a la causa en los planos físico, mental y espiritual del ser. Se describe como una ley de armonía que continuamente restaura el estado naturalmente armonioso del cosmos siempre que él se sienta perturbado. El único decreto del karma, un decreto eterno e inmutable, es armonía absoluta en el mundo de la materia como es en el mundo del Espíritu. El karma restaura el equilibrio perturbado en el plano físico y la armonía rota en el mundo moral. Se compara a una caña de bambú que si fuera doblada con excesiva fuerza, se lanzaría al lado opuesto con una potencia igual a la empleada para torcerla. Así el karma no aparece como una ley externa que actúa desde el exterior, sino como una cualidad elástica del propios cosmos que hace con que él retorne a la armonía siempre que esta fuera rota.

          No es que la doctrina del Karma sea la del “ojo por ojo” como algunos han interpretado, en la cual ciertos tipos de acciones tienen siempre las mismas consecuencias karmáticas. El karma no es un sistema mecánico en el cual la actuación de un engranaje mueve un eje y, a su vez, eventualmente mueve una rueda de manera lineal preestablecida de causa y efecto. Este tipo de causalidad implica un determinismo rígido que no está en conformidad con la filosofía espiritualista. En vez de esto, el karma es fluido y flexible, ya que los resultados son continuamente moldeados por la llegada de nuevos factores. El karma no actúa siempre de esta o aquella forma específica. En cambio, opera en un sistema interconectado, en el cual todo afecta a todo el sistema.

          Las operaciones del karma podrían ser comparadas con las complejidades de los patrones meteorológicos. Extensas áreas de alta y baja presiones atraviesan velozmente la atmósfera, sustituyéndose recíprocamente y dando origen a los vientos y otros fenómenos atmosféricos. La humedad de la tierra se eleva y forma nubes que pueden recorrer miles de kilómetros antes de liberar su humedad en forma de lluvia o nieve. Las corrientes, por encima de la tierra, tienen un efecto así como los desiertos creados hace siglos por nómadas que esquilmaron los pastos con sus rebaños. Mares de asfalto y cemento en las ciudades modernas también hacen su parte. Las condiciones climáticas en determinada zona y día resultan de una combinación de numerosos factores, pasados y presentes, locales y lejanos, y nuevas influencias siguen integrándose al sistema para cambiar el resultado. El karma, también es multidimensional y no lineal. Es afectado y opera en los niveles físicos, mentales y espirituales, en todos los planos y campos de la Naturaleza. Pone en acción influencias del pasado lejano como también aquellas del presente. Aunque determinado por el pasado, el futuro está lejos de ser establecido. Él es el resultado de innumerables causas.  Destaquemos la totalidad dentro de la cual opera el karma:

“Ninguna cosa da origen a cualquier otra, pues la causalidad no reside en las cosas, sino en el todo. Casos particulares ocurren no porque exista algún poder en algunos otros casos que se dicen ser sus causas, pero en virtud de una interconexión orgánica del todo de la experiencia cósmica, una vinculación de tal orden hacen que todas las cosas en el Cosmos sean conectadas en una correlación armoniosa. El movimiento de cualquier “parte” o elemento del Cosmos, requiere movimientos de todos los demás elementos, no por causa de cualquier “poder causal” directo, ejercido por el primero, sino porque todos coexisten en un vestido sin costura que es el Todo”.

          El karma participa de vastas extensiones de vida cíclica que está subyaciendo en la evolución y que son ordenadas con anticipación, por así decir, por la Ley karmática. En cuanto la ley de los ciclos activa la manifestación que se expresa en modelos concurrentes, es el karma quién moldea los casos específicos dentro de los ciclos.

          Es el misterioso poder inteligente y orientador que da impulso y regula el ímpetu de los ciclos y de los eventos universales; el regulador visible del karma en una gran escala.

          El karma conecta cada ciclo de manifestación a todos los anteriores, visto que la operación del karma está en las renovaciones periódicas del universo. Las edades geológicas, el nacimiento y muerte de especies y tipos de plantas y vida animal, la llegada y desaparición de grandes razas de hombres, la ascensión y caída de civilizaciones, todos están envueltos en una continuidad kármica. Existe una predestinación en la vida geológica de nuestro globo, así como en la historia pasada y futura de razas y naciones. Esto está estrechamente vinculado con aquello que puede ser llamado de “ley de conservación universal”; asegurando que nada sea perdido, que los frutos de un ciclo sean transferidos al próximo.

Sigue en la Circular de Septiembre.

 

 

 

 

BLAS PASCAL.-

 

Blas Pascal nace en 1623 y muere, antes de cumplir los 40 años, en 1662. Su vida precoz, atormentada y genial es bien conocida. Sus descubrimientos matemáticos, sus polémicas teológicas, su relación con los jansenistas franceses, determinan su figura, especialmente interesante y enigmática. Por otra parte, su pasión, su apelación a lo que llama “coeur”, su carácter de pensador agónico, como decía Unamuno, le han dado un extraordinario atractivo, no sin algún riesgo de error. La misma índole fragmentaria de toda su obra, y en particular de sus Pensamientos, ha contribuido a hacer difícil la recta comprensión del pensamiento pascaliano.

En cierta medida – sobre todo en la medida en que se opone a él – Pascal es cartesiano; no se puede entender a ningún pensador del siglo XVII sin incluir en él una referencia – de cualquier signo que sea – a Descartes. Pero, por otra parte, Pascal es, rigurosamente, una mente cristiana; quiero decir con esto que su pensamiento filosófico está determinado por supuestos religiosos. El hombre filosofa siempre, quiera o no, desde una situación concreta, parcialmente histórica, y esa situación condiciona su filosofía; pues bien, la situación de que Pascal parte, si bien es en una dimensión del mundo intelectual cartesiano del XVII, es ante todo, simplemente, el cristianismo, en una de sus formas más vivas y auténticas.

Esto se revela con la máxima claridad en su visión del hombre. Los Pensamientos inciden y reinciden una vez y otra sobre la realidad humana, y ésta aparece en ellos aprehendida en una peculiar y extraña inmediatez. Pascal subraya cartesianamente la esencia pensante del hombre, pero al mismo tiempo siente toda su frágil constitución, menesterosa y mística, es una caña pensante, llena de miseria, pero también llena de grandeza porque conoce esa miseria y porque puede llegar a Dios. Esta radicalidad del punto de partida hace que Pascal aborde con rara agudeza el tema del hombre; porque no sólo lo considera como un ente dotado de propiedades determinadas, sino que se detiene en la consideración directa de su vida y de los supuestos de ese vivir. La ontología del ente humano, que en Pascal está sólo esbozado, apunta, en cambio, a las dimensiones decisivas de aquél, con una actualidad que hoy resulta sorprendente comprobar. Su doctrina acerca del “corazón”, su análisis de la diversión, su íntima angustia por el problema de la inmortalidad personal, tomado a veces sólo en forma de adivinaciones, estratos decisivos del ser del hombre, que hoy interesan más que nunca a la filosofía, porque, acaso por primera vez en la historia, está en situación de dar cumplida cuenta de ellos, o al menos intentarlo con medios proporcionados al alcance de las cuestiones que plantean.

 

 

El hombre perdido.-

“Cuando considero la escasa duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y que la sigue, el pequeño espacio que lleno, y aún que veo, hundido en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me estremezco y me asombro de verme aquí y no allí, porque no hay razón alguna para estar aquí más bien que allí, para existir ahora y no en otro momento. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y mandato de quién me ha sido asignado este lugar y este tiempo?

¿Por qué está limitado mi conocimiento? ¿Mi duración a cien años y no a mil? ¿Qué razón ha tenido la Naturaleza de dármela tal, y de elegir este número mejor que otro, ya que ninguno incita más que los demás?

¿Cuántos reinos nos ignoran?

¡El eterno silencio de estos espacios infinitos me aterra!”

El coloquio interior.-

“El hombre está hecho de tal modo, que a fuerza de decirle que es tonto, se lo cree; y, a fuerza de decírselo a sí mismo, se lo hace creer. Porque el hombre hace a solar una conversación interior, que importa dirigir bien: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”. Es preciso mantenerse en silencio siempre que sea posible, y no conversar más que acerca de Dios, que sabemos que es la verdad; y así se persuade uno mismo de ella”.

La felicidad imposible.-

“La naturaleza nos hace siempre desgraciados en todos los estados, nuestros deseos nos fingen un estado feliz, porque añaden al estado en que estamos los placeres del estado en que no estamos; y, cuando llegásemos a esos placeres, no seríamos felices por esto, porque tendríamos otros deseos conformes a este nuevo estado.

No nos limitamos jamás al tiempo presente. Anticipamos el porvenir como demasiado lento en venir, como para apresurar su curso; o recordamos el pasado para detenerlo como demasiado pronto, tan imprudentes que erramos en los tiempos que no son nuestros, y no pensamos en el único que nos pertenece; y tan vanos que pensamos en los que ya no son nada, y dejamos escapar sin reflexión el único que subsiste. Es que de ordinario el presente nos lastima. Lo ocultamos de nuestra vista, porque nos aflige, y si nos es agradable, nos pesa verlo escapar. Tratamos de sostenerlo para el porvenir, y pensamos en disponer las cosas que no están en nuestro poder, para un tiempo al que no estamos seguros de llegar.

Examine cada cual sus pensamientos, y los encontrará completamente ocupados en el pasado y en el porvenir. Apenas pensamos en el presente; y si pensamos en él, no es sino para pedirle luz para disponer del porvenir. El presente jamás es nuestro fin; el pasado y el presente son nuestros medios, sólo el porvenir es nuestro fin. Así, jamás vivimos, sino esperamos vivir; y disponiéndonos siempre a ser felices, es inevitable que no lo seamos jamás.

El sentimiento de la falsedad de los placeres presentes y la ignorancia de la vanidad de los placeres ausentes causan la inconstancia”.

 

                      M U Y   I N T E R E S A N T E

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