ALCORAC
 
 
SALVADOR NAVARRO  
 

 

 

        

                       

Dirigida a la Escuela de:

                        Mallorca

                                                                                 

                                                                                  Circular Extra verano , año X

                                                                                  Bunyola, 1º de Julio de 2.004.

 

A mi amiga Dolores con la expresión de mi

tristeza que comparto con la suya por la

ausencia de su esposo q.e.p.d.

 

 

 

        El poder de la fe.-

        La fe no consiste en creer ciegamente cualquier afirmación. La fe es la consecuencia de una percepción ejecutada por otros órganos que poco tienen que ver con el cerebro. Podríamos decir que es la inteligencia del corazón.

        Cuando nuestro cerebro es pasivo podemos tener conciencie de ello hasta despiertos. Una gran fuerza desciende entonces hacia nosotros por medio de esta visión íntima de nuestro corazón y nuestro cerebro.

        Si queremos realmente saber lo que es en realidad un poder, acordémonos que muy bien podemos dar este nombre a la común manifestación exterior de nuestra inteligencia, nuestra voluntad, de nuestra razón.

        Si nuestros músculos ejercitados nos permiten levantar con facilidad objetos que otros no pueden ni siquiera mover ¿no podríamos decir que poseemos un poder que ellos no tienen? Y no obstante todos estos poderes son el resultado de dones de la Naturaleza; no nos pertenecen en propiedad y no podríamos ponerlos en evidencia sin los órganos que la tierra nos ha prestado y que un día, tarde o temprano habremos de devolvérselos. Muchos creen que los poderes de clarividencia, de curación, de acción sobre los espíritus, de mandato a la Naturaleza, de comunicación consciente con el mundo invisible, no les pertenecen y que les es imposible de hacerse dueños. Debemos convencernos de que no poseyendo en propiedad ningún poder, ni tan sólo el de la palabra, en nuestro cuerpo físico, ya que la más sencilla causa nos la puede quitar, no somos dueños, con mayor motivo, de los poderes que dependen de nuestros organismos desconocidos.

        Es evidente que si somos incapaces, si no tenemos el poder de resistir una contrariedad, una impaciencia, un deseo, de evitar un impulso de celos o de odio hacia nuestro prójimo, una palabra fea contra un ausente, será inútil hacer pruebas para el desarrollo voluntario del germen de los poderes magnéticos, de clarividencia, de desdoblamiento o salida astral, etc. Evidentemente estos gérmenes existen pero sólo una Voluntad Superior dispone del derecho y del poder de desarrollarlo con armonía y en el momento deseado.

        Hay maestros del alma y del espíritu. Pues bien, tales maestros existen sobre la tierra, viven entre nosotros, comparten nuestros sufrimientos, repitiendo que ellos no son nada, que hay una Voluntad Superior que lo es todo y que si uno es recto, dulce, paciente, sometido a las leyes de su país, dando lo que se le ha dado en todos los terrenos, se puede hacer mucho por él.

        Todo saber se paga; todo poder también. La ley del sacrificio, del superior hacia el inferior, es absoluta. La Naturaleza nos lo demuestra en todas partes, ya que una planta no puede salir a la tierra sin que el sol, fuerza superior, deje de sacrificarse por ella; una idea no puede nacer en el hombre, sin que una fuerza nerviosa, la célula cerebral deje de sacrificarse y morir. Cuando se alcanza un poder cualquiera, se nos pide al mismo tiempo el sacrificio de nuestra personalidad, de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas, hacia los que sufren. Hay que ser muy fuerte o, por el contrario, muy débil, para poder pagar el precio que se exige por el menor poder confiado.

        Es necesario comprender bien que si no tenemos ningún poder, es sencillamente porque no cabe ponerlo en acción. He ahí cuál es el origen de los verdaderos poderes, y cuáles son las leyes que en virtud de ellos se manifiestan en nosotros.

Nos falta saber en qué se reconocen los falsos poderes y los falsos maestros y cuál es la enseñanza sobre este particular.

        El falso maestro es un hombre hinchado de orgullo que tiene la manía de las palabras inútiles y de las disputas, de las cuales nacen la envidia, las querellas, las injurias, y las malas suposiciones; vanas ocupaciones de gentes que tienen el espíritu estropeado, que se alejaron de la verdad, que a menudo tratan las cosas del Espíritu como un medio de sacar dinero.

        Los falsos poderes serán generalmente apreciados por su inutilidad. Será una potencia magnética extraordinaria, pero empleada más bien para experimentos curiosos o para cualquier otra cosa, que para aliviar un sufrimiento; será el poder de materializar flores, de hacerse invisible, de salir del cuerpo, de elevarse por los aires, de mandar a los espíritus inferiores, etc.; pero nada de verdaderamente útil como los auténticos poderes de los cuales la realización viene siempre seguida de la suavización de un dolor de la vida, de una impresión de calma y de paz, de un verdadero deseo de mejorarse, de ser apto un día para servir a los necesitados. Los falsos maestros se conocerán por sus hechos, ya que no podrán desarrollar en el corazón de sus discípulos otros gérmenes que los del orgullo y de las pasiones terrenales. Su fruto será también el temor exagerado de perder su “pureza” al contacto de los hombres, el deseo de encerrarse en su torre de marfil, de hacer servir su ciencia para satisfacción de sus bajos apetitos humanos.

        Asombran con sus prestigios: admiración, deslumbramiento, poder. Tales son las palabras de las cuales se valen aún los adeptos de la izquierda.

        Vemos la vida como dolor: dolor del cuerpo, dolor del espíritu, dolor del corazón, dolor del alma, dolor de todo el ser. Y, sin embargo, no fuimos hechos para sufrir. En todo ello, y sobre el fondo del dolor, existe algo que escapa a nuestra percepción, algo que desconocemos, que no adivinamos. Pasamos toda nuestra vida en lucha contra el dolor sin llegar a conseguir casi nada.

        Si tenemos creencias religiosas, imploramos el socorro divino, hacemos peregrinaciones a vírgenes y a santos y, algunas veces volvemos aliviados o curados, pero generalmente el mal persiste y perdemos la fe. ¿Por qué? Porque no hemos encontrado el remedio, el solo y único remedio.

        No es difícil de descubrir dicho remedio; y no obstante, nadie ha pensado en él, y confieso para vergüenza mía, que si lo facilito desde hace pocos años es porque no lo había hallado antes.

        Dos remedios pueden aplicarse a todos los sufrimientos: La Fe y la Buena Voluntad.

        La Fe es el primero, pero no es el más eficaz ni el más perfecto.

        La Fe nos une el alma con una dimensión divina; sólo sirve para hacerla ascender. Pone en tensión los resortes del alma.

        La Fe ha realizado grandes cosas y milagros.

        La fe es un medio de ascensión poderoso, mitad divino, mitad humano, que lo mismo puede apoyarse sobre Dios como sobre el hombre, y es difícil conocer sus causas y medir sus efectos.

Hay, para los que sufren, un remedio que deriva de la Fe: es la oración. Pero muchas veces nos exponemos a pedir precisamente lo contrario de lo que nos conviene; y si se atendiesen nuestros ruegos, en vez de hacernos bien, nos causaría daño.

        No sucede lo mismo con la Buena Voluntad. Ella nos une enteramente a Dios, porque nos une a su Voluntad. Producto de esta unión es una infinita compasión por nuestro prójimo.

        Someterse a esta Voluntad no es aminorarse, no es hacer desaparecer nuestra personalidad; no es perder nuestros deberes de acción ni nuestro derechos de libertad en una indiferencia culpable. Es reconocer que tenemos un Maestro y vemos en este Maestro un Ser tan compasivo y sabio, que preferimos ser guiados por él más que por nosotros mismos.

        La Buena Voluntad genera confianza; he ahí los dos grandes remedios que alivian y curan todos los sufrimientos.

        El segundo medio para ser feliz, es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

        El Amor es unidad. La desdicha procede del mal, de la desunión, la separación. Pero, sería demasiado cómodo decir que estamos en las manos de Dios y dormir en ellas; no es esto lo que se espera de nosotros.

        No incurrir en faltas es poco; es necesario, además, practicar el bien, ya que dejar de hacerlo es una falta total.

        No pensamos más que en nosotros; fuera de nosotros no hay nada o poca cosa. Cuando nos sale un pequeño grano, en seguida nuestra imaginación lo abulta y hace de él una enfermedad. Sufrimos una contrariedad cualquiera, la más insignificante y nos damos por infelices o perseguidos por la mala suerte.

        A eso tenemos un remedio a mano, sencillo y eficaz para alejar o atenuar el mal: pensar en el mal de los otros y desear sinceramente que sean curados.

        Es el medio más rápido y sencillo para la autocuración. Y aunque parezca paradójico diré que existen desdichados que son felices porque no piensan jamás en su situación y seres felices, en cambio, que sufren constantemente porque no hacen otra cosa que pensar demasiado en sí mismos.

        La oración es depositaria de fuerzas espirituales; es el motor del cual se sirve el pensamiento para estimular las facultades del espíritu que representan para él, sus instrumentos en el espacio.

        La plegaria es el imán poderoso que atrae el magnetismo espiritual, que no sólo puede aliviar y curar, sino que abre al Espíritu horizontes inmensos, y le permite satisfacer ese deseo de conocer y acercarse a la Fuente Superior de la cual todo dimana.

        Pero hay maneras de orar. Hay la oración infantil y egoísta que hace que uno se lamente ante Dios porque no quisiera sufrir lo más mínimo.

        De esa ya se ha hablado mucho; pero la oración a favor de los demás, el rezo por nuestro prójimo que sufre, ése, no es sólo un acto de caridad, sino que sirve para atraer hacia ellos y hacia nosotros mismos, el auxilio de las fuerzas superiores.

        Que no diga nuestra alma: iré hacia Dios. No; que no se mueva el alma; la ciudad, el templo de Dios está dentro de nosotros; aquí tiene Su morada.

        No hay, pues, que llamar ni solicitar. Si alguien sufre o está enfermo, tiene una pena o pasa por un trance grave en la vida y se encuentra lejos y tenemos imposibilidad de acercarnos, pues pidamos por él y la Divina Providencia acudirá en ayuda de nuestro hermano.

        Siempre se nos devuelve en Amor cuanto nosotros damos en Amor. Pidamos con fe pues, unos por otros, con fervor, con paciencia, con fe. El rezo es un Amor. Practicad el bien, practicad la caridad. Por ella borra todas las faltas; y cuando no hay faltas, el sufrimiento ya no es una justicia, huye y uno encuentra la paz.

        Y hay algo más a nuestro alrededor: muchas entidades que pueden ayudar, pues hay un mundo invisible lleno de maravillas. La fuerza espiritual de los grandes Maestros no se ha extinguido; nuestro planeta está impregnado de estos buenos fluídos y pueden seguir curando y produciendo milagros.

        Ahora vamos al centro de la cuestión. El ser humano posee tres grandes potencias, tres grandes fuerzas: la Fe, la Voluntad y el Amor.

        Por una de estas tres potencias – y mejor aún por esas tres potencias reunidas -  puedes conducir tu vida, disminuir tus instintos, comprender tus deberes, aumentar tus virtudes, curar tus enfermedades, lo mismo las del cuerpo que las del alma; abreviar los males, sufrimientos y enfermedades de tus semejantes.

        El hombre que estuviese en posesión completa de estas tres fuerzas a la vez, alcanzaría un poder extraordinario hasta convertirse en un pequeño dios.

        Dos de esas potencias nos son familiarmente conocidas:  la Fe y la Voluntad. Durante todo el período de la Era Cristiana, la Fe ha sido el motor de casi todos los acontecimientos que se han producido en el dominio religioso.

        En todas las épocas, de todas las religiones, hubo sacerdotes que utilizaron esa fuerza espiritual para sanar a los enfermos.

        Hoy la Fe se extingue y sus prodigios disminuyen. Diríase que va borrándose ante esa otra fuerza prodigiosa que hace también verdaderos milagros: la Voluntad.

        La Voluntad no es un poder divino; es puramente una fuerza humana; sin embargo, debemos asignarle un lugar predominante en la armonía que regula las fuerzas de la Naturaleza y asimismo el Destino del Hombre.

        Casi todos los grandes hombres que se han destacado en la Humanidad han tenido una voluntad de hierro y han sido a la vez grandes creyentes. En ellos casi siempre ha sido la Fe el motor de su voluntad, y la Voluntad el motor de sus actos.

        Todos los grandes iniciados o innovadores, así en las artes como en las ciencias, en la filosofía y en la religión, han sido hombres que se han distinguido por su fuerza de voluntad extraordinaria que no han cejado ni un momento hasta que vieron prevalecer sus nuevos puntos de vista, rechazados tenazmente por los prejuicios de sus contemporáneos.

        En estos últimos tiempos, el cultivo de la voluntad ha experimentado una especie de rejuvenecimiento y han surgido por todas partes numerosos profesores que han enseñado la práctica de esta fuerza maravillosa.

        Se ha llegado a creer que todo es lícito si se alcanza por medio de la voluntad, y no se le señaló ningún límite, prescindiendo muchas veces de los dictados de la conciencia.

        La voluntad bien firme y bien dirigida es una fuerza preciosa y admirable; mal empleada o mal conducida, se convierte en uno de nuestros peores peligros, y puede llevarnos hasta el crimen.

        Con ella podemos destruir a nuestros semejantes o socorrerles, según nuestro capricho. La voluntad se condensa en esta otra expresión: “Yo quiero.”

        Pero, ¿qué es lo que se quiere? Recordar nuestro deber y observar esto en la práctica de la voluntad.

        Resumiendo: la Fe y la Voluntad son dos potencias poderosas de las cuales hay que servirse con gran tiento, porque se prestan a grandes abusos; con mucha facilidad se convierten en criados de nuestros errores e intereses, porque nuestro nivel moral no es, en general, tan elevado que nos permita servirnos mucho tiempo de ellas sin peligro.

        Todo lo que viene del Amor, viene de Dios. De esta premisa se desprende que el Amor no es un poder humano, sino divino. El Amor es el germen y el fin de toda vida; vida de las almas y vida de los cuerpos. Por todas partes, en todo donde hay amor, allí hay una partícula de Dios. El Amor es la emanación continua, eterna, infinita de Dios. Es su incorporación substancial al ser. Es la vida, es la conservación, es la perpetuidad de la vida. Es el orden en la Creación, en los seres y en las cosas. Es la paz en la serenidad de la vida. Es la alegría en las tristezas de la Tierra. Hemos nacido del Amor. Debemos poseerlo y devolverlo. Todo ama, desde el átomo a la estrella.

        Es preciso amar para entregarse, para elevarse, para sacrificarse.

        La religión es un amor. La sabiduría es un amor; la justicia es un amor; la caridad es un amor. Todo lo que hay de bueno en el hombre viene del Amor.

        Es el Amor quien ama; es el Amor quien disculpa; es el Amor quien perdona; es el Amor quien nos ayuda a hacer todo el bien que practicamos. Si no sentimos amor, no somos nada.

        Todo ser, sea cual sea, debe ser algo: es decir, tener un cuerpo, una forma, una substancia.

        El Alma es una substancia, el pensamiento es una substancia, la vida es una substancia.

        El Amor a Dios es una substancia que penetra todo amor, con objeto de producir y conservarlo todo por medio del Amor.

        Toda la Creación no es más que una emanación de este Amor o de esta substancia y cada día es una creación nueva, por la reproducción de lo que muere, por la conservación de lo que dura.

        Dios tiene, pues, una substancia. No veo esa substancia con los ojos de mi cuerpo, pero la veo con los ojos del espíritu. Lo siento por medio de las fibras, con las afinidades de mi corazón.

Esta substancia, cuando yo amo, está dentro de mi; a mi alrededor, en el centro de la Tierra, en el Universo, en todo. Esta substancia la respiro cuando rezo; me nutro de ella cuando cumplo un acto de adoración, de caridad, de bondad.

En tanto los hombres se disputan por sus ideas, sus intereses, sus egoísmos; en tanto la guerra es a nuestro alrededor; guerra de corazones, de espíritus, de ambiciones; guerra del hierro y de la sangre; tú te mantienes tranquilo y sereno en medio de todas estas agitaciones y de todas estas tempestades. Con tu amor y con tu paz cubres toda la gran miseria de la humanidad.

        Sentimos el dolor de las cosas y de los hombres pero ya no sufrimos. Pequeñas y estériles nos parecen las disputas de los hombres. Estrechas y agitadas las almas. Se ha dejado de creer, no sabemos querer, no sabemos amar. No nos fiamos del amor. El amor se ha convertido en un vicio, una locura, y aunque podamos elevarnos por medio de la oración y volver a descender a la tierra mediante la Caridad, sólo parece que nuestro objeto sea la sonrisa irónica, la admiración o el desprecio hacia nuestros semejantes.

Lo que me sorprende es que la substancia divina se halle flotando aún sobre la Tierra; que no se haya vuelto a elevar a las regiones superiores donde la mezquindad humana no pueda llegar; que siga todavía reproduciendo la vida, animando con el amor a los seres que la ultrajan o que la niegan, viviendo  enmedio de esta muerte latente.

        La substancia divina se halla siempre en nosotros; nos atiende, nos vela y nos bendice. La respiramos en los rayos del sol; en el perfume de las rosas, en las emanaciones del agua, en el calor de los días, en el frescor de las noches. La respiramos en el rocío que cae, en el viento que pasa, en la tempestad que ruge, en todo cuanto vive y en todo lo que muere, tanto en la alegría como en la pena, en el castigo como en la recompensa.

        La respiramos en los buenos pensamientos, en los buenos sentimientos, en las buenas acciones de los hombres. La respiramos en la oración que sube, en la misericordia que desciende, en la piedad, en la justicia, en la fe y en la esperanza, en la risa y en las lágrimas, en el olvido y en el recuerdo, en la tristeza y en la alegría, en todo, por todas partes y siempre.

        Todo ser está compuesto de una substancia. Decía Santo Tomás de Aquino: “Dios – que es el amor substancial”. Palabras que justifican nuestra fe; palabras que explican la realidad divina en la visión de esta misma realidad.

        ¿Qué podemos hacer con esta substancia?

        El hombre cuando halla una fuerza, cuando arranca un nuevo secreto a la Naturaleza, lo primero que hace es preguntarse para qué puede servirle o serle útil.

        Preguntemos con humildad y respeto, para qué puede sernos útil y buena la substancia divina; cómo podemos asimilarla y hacerla reflejar en nuestros semejantes.

        Podemos atraer la substancia divina de varias maneras; sobre todo por medio de las buenas acciones. Después, por medio de nuestros buenos pensamientos, nuestra voluntad y la plegaria.

Aquél que diga todas las mañanas al levantarse y todas las noches al acostarse: “¡Dame tu substancia, concédeme Tu amor!” poco a poco irá saturándose de estas potencias y llegará a realizar prodigios. Dijo Jesús: “Alguien me ha tocado, porque he sentido una substancia que salía de mi.” San Pedro y Pablo curaban por las emanaciones que de ellos dimanaban y que no era más que la substancia divina de la que estaban poseídos.

        El cuerpo, como el alma, pueden convertirse en potentes acumuladores de la substancia divina.

        El amor, la voluntad, la plegaria, nos saturan de substancia divina. Cuando hemos podido hacer penetrar en nosotros esta substancia, podemos disponer de ella para repartirla entre nuestros hermanos; ya sea en caso de enfermedad, ya sea para sufrimientos morales.

        Pero no nos es posible absorber substancia divina en gran cantidad, a causa de nuestros defectos y de multitud de fermentos de mala calidad que residen en nuestra naturaleza.

        Cuando estemos plenamente convencidos de poseer cierta cantidad de substancia divina, la cual será fácil advertirlo al darnos cuenta de que gozamos de un buen bienestar, entonces podremos dirigirnos a nuestros semejantes para beneficiarlos.

        Se formará un aura que irradia a nuestro alrededor. Por este motivo podemos obrar a distancia o influenciar a sujetos y objetos que, a su vez, se saturan de dicha substancia.

        ¿De qué modo pues, sería posible ejercer el bien a favor de nuestros semejantes?

        Una manera sencilla es meditar y por medio de la voluntad, del deseo, del amor, pedir la mayor cantidad de substancia divina. Una vez sentimos que la obtenemos, la podemos enviar allí donde queramos y hacer el bien que nos plazca.

        El pensamiento puede llegar a todas partes, penetrar en todos los sitios y todo lo puede curar.

        Cuando escribas a una persona que sufre, a la cual quieres mejorar su estado, recógete pensando intensamente y con amor: “Quiero que la substancia divina que me envuelve salga de mi y vaya a aliviar, a consolar o a curar a Fulano de Tal, que tanto lo necesita.”

        Después de esta concentración ponte a escribir la carta a la persona que desees remediar o consolar, y conseguirás tu propósito, no te quepa la menor duda, pues con tu pensamiento habrás saturado de substancia divina a aquel ser que tanto sufría.

        Reuníos en pequeños grupos de 8 a 12 personas, fraternalmente. Unid todos vuestros corazones en uno solo, todas vuestras voluntades en una sola; la substancia divina llegará centuplicada, y podréis hacer verdaderos prodigios y los enfermos, las almas doloridas que se dirijan a vosotros, pronto serán curados, aliviados y consolados.

        Queda algo por hacer todavía y en la que parece no hemos pensado: la Fuerza del Amor.

        Unamos la FE, la Voluntad y el Amor, y llegaremos a conseguir cuanto queramos.

        Cada mañana, al levantarnos, cada noche, al acostarnos, de pie, con los brazos extendidos, respiremos profundamente y digamos lentamente: “Substancia Divina, Vida, Paz, Amor, Fe, Voluntad, venid a mi.”

        Retener la respiración todo el tiempo posible para que la substancia divina os penetre bien; seguidamente, expirar suavemente el aire retenido, dejando caer los brazos. Esto se repite tres veces.

        Seguidamente, con los brazos en alto y las manos juntas, en actitud de orar, se pronuncian las mismas palabras; luego se abren los brazos lentamente y respiramos fuerte. Después se dejan caer los brazos y repetimos el ejercicio tres veces.

        Y no olvidemos que si esta substancia divina es de Amor, también es la Vida. Es la Vida Universal de la cual todos los seres toman vida propia.   

                                                                              A T E N C I Ó N

            Las próximas Circulares de Agosto y Septiembre se enviarán juntas, por el motivo de que en las vacaciones de verano no se encuentra la mayoría de los destinatarios en su domicilio.

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