ALCORAC

SALVADOR NAVARRO                             h

 

Dirigida a las Escuelas de:

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                                                                                    Circular nº 3 , año VIII

                                                                                    Llubí, 1º Marzo de 2.002..

 

 

                    El libre albedrío, dice Hobbes, es una de las grandes ilusiones del hombre. No puede haber libertad en un mundo de causas y efectos necesarios. Somos determinados por apetitos, pasiones y emociones, de hacer o dejar esto o aquello; pero, como muchos de los motivos de nuestro actuar se hallan, y no es raro, ocultos en la oscuridad de nuestro subconsciente, más allá de la frontera de lo accesible a nuestra consciencia de vigilia, tenemos la impresión de actuar libremente, porque ignoramos la causa de nuestros actos, que se desarrollan con la misma necesidad mecánica con la que una piedra demanda el centro de la tierra; si una roca filosofase y fuese interrogada actuando en virtud de una libre elección, probablemente afirmaría su libertad con la misma insistencia con que algunos afirman la suya, aunque esa libertad sea la gran ilusión de nuestra vida humana.

          El bien y el mal, en su sentido ético, son por tanto conceptos relativos, dice Hobbes. Bien es aquello que favorece la paz y la armonía de la sociedad; mal es lo que la destruye o pone en peligro.

          Hobbes no quiere ser epicurista egocéntrico, identificando el bien con lo agradable y el mal con lo desagradable; proclama la necesidad del altruísmo social, abogando por el concepto del utilitarismo colectivo como base de la ética.

          Afirmar que éticamente bueno es aquello que conserva la paz y armonía de la sociedad, es entrar en flagrante conflicto, no sólo con la metafísica y el buen sentido, sino con la más alta filosofía racional que haya aparecido en el mundo, el Evangelio del Cristo, según el cual habrá persecución y desarmonía, hasta en la misma familia, a causa del Cristo; discordia entre padres e hijos, hijas y madres, etc.

          La verdad no depende de las consecuencias agradables o desagradables que pueda producir, como Hobbes supone; ella es absoluta en sí misma, y no relativa.

          También en este punto, el pragmatismo británico arruinó la filosofía del estadista.

          La filosofía política de Hobbes, culmina en la conclusión de que “el poder equivale a derecho”. Defiende la idea de que el estado primitivo del hombre era el de “guerra de todos contra todos” y, como nadie puede modificar fundamentalmente la naturaleza humana, sigue esa ley en vigor en las actuales sociedades civilizadas de los Estados modernos. Mientras tanto, el hombre es inteligente y percibe que la vida social y la convivencia nacional e internacional sería imposible sin un cierto grado de armonía mutua; por esto, el hombre inventó los gobiernos, cuya función es la de refrendar, hasta cierto punto, esa inevitable guerra de todos contra todos, manteniendo una relativa paz y concordia externa. La guerra, estando basada en la íntima naturaleza humana, nunca será abolida definitivamente; solamente podrá ser contenida y mantenida dentro de ciertos límites; una paz armada es lo máximo que los gobiernos pueden conseguir.

          El gobierno es la suprema norma ética dentro de un país; no hay ética contra el gobierno; el jefe de gobierno es, en último análisis, el punto de referencia en cualquier controversia sobre el bien y el mal. Todo lo que favorece la prosperidad nacional es bueno; aquello que la desfavorece es malo.

          La conocida doctrina de Monroe, sintetizada en la frase “bueno o malo, mi país”, sigue fielmente la filosofía política relativista de Hobbes.

          Hitler, ciertamente, hubiera concordado plenamente con ese relativismo ético-político del filósofo británico, aunque Hobbes nunca se considerase un político totalitario.

          La última consecuencia lógica de la filosofía de Hobbes es el absolutismo estatal, la dictadura entronizada como ley suprema.

          Es que los pensamientos tienen sus leyes que los pensadores muchas veces ignoran. Y, una vez se acepta determinada premisa, cierta conclusión la sigue con inexorable necesidad. ¡Cuidado, pues, con ciertas premisas . . .!

          Afortunadamente, reside en las profundidades de la naturaleza humana una misteriosa lógica vital y subconsciente, que no siempre permite que la nave de nuestra vida o sociedad naufrague en los invisibles escollos creados por nuestras ideas . . .

          La filosofía de John Locke es esencialmente idéntica a la de Thomas Hobbes y de la escuela empírica en general, razón por la que no voy a hacer ningún comentario especial sobre ella.

 

 

          IMPOSIBILIDAD DE UN CONOCIMIENTO TOTALMENTE ANALÍTICO

          René Descartes es llamado el “padre de la filosofía moderna”.

          Fue él, después de la Edad Media, el primer pensador europeo que situó el problema del conocimiento en su verdadera perspectiva. Y, como la filosofía contemporánea gravita, preferentemente, en torno del problema del conocimiento, está claro que nadie puede alcanzar la verdad sin obedecer a un proceso cognoscitivo correcto, aunque no sea necesario tener noción explícita de ese proceso.

          Hay quien habla de Descartes como siendo el filósofo de la “duda universal” o de la “duda metódica”. Conviene saber, todavía, que Descartes no es un escéptico; no recomienda la duda a causa de la misma, sino como medio preliminar para investigar la verdad. La duda universal es, para él, lo que para el constructor de una casa son los andamios del edificio en construcción. Descartes recomienda a sus discípulos que sean 100% no dogmáticos, no aceptando nada simplemente porque fulano o zutano lo dice, o por ser tradición o rutina general. Sólo puede conocer algo quien se pone como en campo raso, sin ninguna construcción ajena a su mente.

          ¿Qué es conocer?

          Vamos a dar un ejemplo: cuando un botánico encuentra una planta desconocida, dice que no sabe lo que es. No la “conoce”. ¿Qué quiere decir con esta palabra, “conocer”? ¿No está viendo nítidamente la planta? ¿Cómo es que no la “conoce”?

          Es que el simple testimonio de los sentidos no es, para él, un verdadero conocimiento, sino mera percepción externa. El animal no tiene un real conocimiento, porque se limita a ese proceso puramente perceptivo. El hombre, sin embargo, va más allá de la percepción sensitiva; no se contenta con esa “noción”, sino que quiere una “co-noción” una “noción en conjunto”. El verdadero conocimiento, como la propia palabra indica, supone una relación entre dos términos. La noción aislada, no es cognición o conocimiento. Por esto, dice el botánico al ver la planta, que no sabe lo que ella es y, que no tiene de ella un conocimiento científico. Lo que falta es la noción de la relación, la integración de ese pequeño indivíduo en algún Todo mayor, más vasto, o sea, la incorporación de ese indivíduo aislado en su especie, en su género, en una gran familia botánica, para que esa planta individual forme parte integrante.

          Cuando entonces el botánico, después de un estudio, descubre cual es el lugar que compete a ese indivíduo dentro de un Todo mayor, dice que “conoce” la planta.

          Después de descubrir el grupo inmediato superior a ese indivíduo, el científico poseerá cierto conocimiento, aunque este sea apenas relativo. En caso que descubriese el género más genérico, último, absoluto, el Todo universal de ese indivíduo, el científico tendría un conocimiento absoluto de esa planta.

          Entretanto, como ese Todo Absoluto no es la suma total de sus partes, está claro que el conocimiento absoluto no es posible en el plano de los sentidos y del intelecto, que son facultades relativas e individuales que, en hipótesis alguna, puede abarcar (comprender) el Absoluto y Universal.

          A estas alturas, tenemos que avanzar la más audaz de todas las afirmaciones de la epistemología; es necesario conocer el Todo antes de que podamos conocer realmente alguna de sus partes, porque ellas radican en el Todo y ninguna es cognoscible sin que preceda el conocimiento del Todo.

          Los que viven en la ilusión de que el Todo sea la suma total de sus partes, y la adición de éstas a aquél, no aceptarán, naturalmente, esta afirmación, que todavía expresa más la Verdad. Para los empiristas, el Todo puede ser conocido, sucesiva y analíticamente, por la progresiva suma o yuxtaposición de parte a parte; si cada una de ellas fuera conocida, dicen ellos, el Todo sería conocido, así como es conocida una biblioteca cuando cada uno de los libros que la componen también lo es.

          Para Descartes y todos los verdaderos filósofos, el Todo no es la suma total de las partes, y por esto el conocimiento de éstas no equivale al conocimiento de aquél. El ejemplo de la biblioteca y sus volúmenes integrantes es inexacto, porque la biblioteca no es un verdadero Todo, sino un indivíduo colectivo. Comparación análoga sería la de una planta viva y sus elementos químicos: conocer una por una cada elemento químico de la planta (hierro, fósforo, calcio, yodo, hidrógeno, oxígeno,etc.) no es lo mismo que conocer la planta; falta nada menos que lo principal, la vida, que no es ninguno de los 92 elementos de la química, ni aún la suma total de ellos.

          Ahora, no siendo el Todo, esto es, el Todo Universal y Absoluto, equivalente a la suma total de las partes, y como ese conocimiento de ellas es esencialmente una función de los sentidos y del intelecto, se deduce que el Todo no es cognoscible por vía físico-mental.

          La célebre frase de Descartes “pienso, luego existo”, resume, con concisión matemática, esta verdad.

          El principal elemento de esta sentencia es “yo pienso”.

          ¿Cómo es que sé que estoy pensando? ¿Se puede probar que estoy pensando?

          ¡No!

          ¿Debo probarlo?

          ¡Tampoco!

          No es posible ni necesario probar, analítica o individualmente, lo que estoy pensando. ¿Por qué no?

          Porque este proceso que está ocurriendo dentro de mí, me es inmediatamente consciente y meridianamente evidente, no por intermedio de algún vehículo externo, sino por el propio estado interno, directo e inmediato, de mi ser.

          Pero, dirá alguien, si no lo pruebo, no tengo seguridad de este hecho . . .

          Aquí está el gran error. Aquí se dividen los caminos de la filosofía cartesiana y la empírica. El empírico, y todos los sectores de la escuela empírica, de matices varios, encuentran que la certeza viene de pruebas y desmostraciones analíticas. La primera o última seguridad, no viene de las pruebas. Antes de que yo dé el primer paso para demostrar algo, ya supongo algo anterior a cualquier prueba. Quien nada supone nada puede probar, por más extraño y poco científico que esto sea, es pura verdad.

          “No supongo nada”, “pruebo todo”, “no acepto nada sin pruebas”; estas frases, es verdad, aparentan una gran ciencia y espíritu crítico, pero no traducen la verdad objetiva.

          Es tan imposible comenzar con análisis en el terreno lógico como imposible es, para un arquitecto, lanzar su cimiento de piedra o de hormigón sin tener un fundamento pre-existente, o sea, la tierra. El constructor que se obstinase en ser un “arquitecto científico” y nada quisiera suponer que no fuese obra de él, ese no podría construir cosa alguna; sería, en el terreno material, el tipo clásico del escéptico absoluto, en el terreno del conocimiento.

          Todo análisis supone un postulado pre-analítico, o un “postulado”. Si el arquitecto quiere construir y no hacer castillos en el aire, tiene que “postular” el suelo, la tierra, como un hecho dado y no como obra suya; solamente así podrá levantar algún edificio real y sólido.

          Lo que es tan evidente, cuando tratamos del plano material, nos es generalmente oscuro, cuando pasamos al nivel mental.

          Para que un pensador pueda iniciar la cadena de sus análisis, debe suponer algo pre-analítico; si quisiera ser absolutamente “sin suposición”, tendrá el doble privilegio de quedar eternamente suspendido en el vacío, sin certeza de cosa alguna.

          Cuando digo “suponer” no entendamos esto como simple “hipótesis de trabajo” que, posiblemente, pueda resultar falsa. El postulado de Descartes, y de todo pensador serio, no es una hipótesis precaria, sino una realidad primaria, un hecho básico, original, inmediatamente evidente, tan claro que no necesita prueba alguna sino su propia existencia, y por esto mismo no pueda jamás ser demostrado analítica e inductivamente. Lo que puede ser probado es apenas probable, pero el postulado no es probable, sino que es cierto, evidente.

          Bergson llama a ese postulado primario el “dato inmediato de la consciencia”, quiere decir algo que la consciencia interna alcanza directamente sin ningún intermediario externo. El “dato inmediato de la consciencia” no es derivado de algo, anterior, ni es transportado por alguna otra facultad; es meridianamente claro y evidente en sí mismo; el cimiento original, virgen, no lanzado por el consciente, y sobre el cual la consciencia levanta su edificio cognoscitivo.

          He aquí, como decía, que fallan todos los sistemas empíricos: ellos quieren lanzar el primer fundamento del conocimiento; quieren derivar el conocimiento de algo externo, inmediato, indirecto. No comprenden que probar algo implica suponer algo anterior a cualquier demostración y demostrabilidad.

          Si alguien insiste en no admitir ese primer “dato inmediato de la consciencia”, solamente le queda la alternativa de no afirmar ni negar cosa alguna, o afirmar o negar todo como incierto o dudoso. El empirista lógico acaba fatalmente en el abismo del escepticismo universal, suspendido en el vacío neutro de una inseguridad permanente. David Hume tiene el mérito de haber sido un empírico totalmente lógico y por ello se tornó el rey de los escépticos.

          No todos los empíricos llegan a la desoladora conclusión final de Hume, porque no todos ellos osan ser integralmente lógicos, en la derivación de las consecuencias de sus premisas.

          Se ha dicho que ese postulado original cartesiano es un dogma, un artículo de fe, que el filósofo hace creer a sus adeptos.

          Si por dogma o artículo de fe se entiende alguna imposición autoritaria desde el exterior, como sucede en el plano eclesiástico, es falsa esa alegación; pero si se entiende una imposición desde el interior, nacida de la propia constitución del hombre pensante y del acto cognoscitivo, entonces es exacto que el postulado básico de todo conocimiento equivale a un dogma o artículo de fe, porque debe ser aceptado anteriormente en cualquier análisis, por ser meridianamente evidente.

          Hay dos clases de cosas que no son susceptibles de demostración; las de la media noche y las del mediodía; quiero decir, las cosas absolutamente oscuras y las cosas absolutamente claras; aquellas, por deficiencia total de luz o demostrabilidad; estas, por abundancia total de luz. Demostrar sólo se puede con cosas penumbrales, mixtas de tinieblas y luz. Ahora, el postulado en consideración es algo meridianamente claro y, por esto mismo, no sujeto a prueba o demostración. Nadie puede probar lo que es evidente en sí mismo. Tengo plena seguridad, por la consciencia inmediata de la realidad de mi proceso cognoscitivo, en este momento.

          Continuará en la Circular de Abril de 2.002.

 

 

POEMAS DE KABIR

                   

“¡Oh hermano! cuando fui descuidado y desatento,

                    mi verdadero Gurú me mostró el Camino.

                    Entonces, abandoné todos los ritos y ceremonias,

                    no volví a bañarme en las aguas sagradas:

                    entonces aprendí que sólo yo estaba loco,

                    y que todo el mundo, a mi alrededor, estaba sano;

                    y perturbé aquellas personas sabias.

                    Desde ese tiempo no supe más como rodar

                    por el suelo, en señal de obediencia;

                    no toqué más las campanas del templo:

                    ni coloqué más la imagen en su trono:

                    ni volví a reverenciar la imagen con flores.

                    No son las prácticas de la mortificación de la carne

                    lo que agrada al Señor.

                    Cuando te quitas las ropas y maltratas tu cuerpo,

                    no estás agradando a Dios:

                    el hombre que es generoso y actúa con probidad,

                    que permanece pasivo en medio de las cosas del mundo,

                    que considera todas las criaturas de la tierra como a él mismo,

                    alcanza el Ser inmortal, el verdadero Dios está siempre con él.

                    Kabir dice: “Él alcanza el verdadero Nombre, cuyas palabras son puras

                    y está liberado del orgullo y la vanidad.”

          ¿Qué es religión? Es entrar en sintonía con el Todo, apasionarse por el Todo, estar en unión con Él. Una persona religiosa es aquella que no está en contra del Todo, y la que no es religiosa es la que está luchando contra Él. El religioso es positivo en relación a la vida, el ateo es negativo. Para el primero todo es bueno, su positividad es absoluta y total. Nada está equivocado; y, aunque parezca a veces errado, no puede estarlo. Debe ser una mala interpretación, a causa de nuestra ignorancia, pues no conocemos toda la historia. Por eso, tal vez, una parte parezca no estar encajando con la Vida. No escuchamos toda la canción, y por eso algunas notas parecen no sonar bien. Si existe Dios, todo tiene que ser bueno. Él es la garantía del bien. El mal, como tal, no puede existir. Si llega, debe ser una pesadilla de nuestras mentes; nosotros lo creamos.

          La mente religiosa no niega. Su positividad es absoluta, incondicional. Dice sí a la existencia, sin condiciones. Si encuentras a una persona que niega la existencia, recuerda: ella es una egoísta, está luchando contra la Vida, intentando probar que es un conquistador, o alguien especial, pero está destinado al fracaso. Más pronto o más tarde habrá frustración; eso ya está predestinado y no puede ser evitado por mucho tiempo, debido a la propia actitud conflictiva de la persona. Religión es cooperación con todo lo que existe.

          Intenta entender eso lo más profundamente posible, porque sólo así serás capaz de entender a este poeta místico. Es un amante de la vida. No rechaza, ni niega, ni condena, no ve el mal en ningún lugar. Cuando se tiene una visión del Todo, se sublimizan las cosas y nada es profano; todo es sagrado, y la Vida es el templo de Dios, la existencia es una oración. Cuando andas, caminas con Dios. Durmiendo, duermes con Dios.

          Dios significa el bien y esto significa el substrato de todo lo que existe, por eso el mal no es posible. Debemos haberlo malinterpretado, haber traído nuestras propias ideas, conceptos y doctrinas; debemos haber creado nuestras estúpidas nociones particulares sobre cómo deben ser las cosas. Ellas simplemente son. No existe un “debería” en la existencia. Esa palabra fue creada por el hombre y una vez incorporada al lenguaje se dividió la vida en una dualidad: buena y mala. Cuando dices: “las cosas deberían ser así,” te apartas de la realidad, de aquello que es. Y, solamente aquello que es, es; nada más. La realidad está aquí, tal como ella es; cuando dices: debería, nace la condena.

          Albert Schweitzer creó una noción falsa del Oriente. Fue un gran pensador, pero estaba poco enterado del pensamiento oriental. Nos dio una noción de que el Oriente y las religiones orientales son negativas en relación a la vida. Si penetramos en las palabras de Kabir, veremos que ni más positividad ni más amor por la vida es posible. ¿Dónde podríamos encontrar un tan absoluto? Vida es Dios y no existe otro como Él; el culto a la Vida, al Amor y a la Verdad es un único culto y no hay otro.

          Pero Schweitzer formó esas ideas porque los misioneros cristianos han interpretado las religiones orientales de una forma que las hace parecer negativas. Está claro que existen algunos pensadores orientales que son negativos, pero son pocos, y no ocupan la principal corriente del pensamiento oriental. No están en el flujo principal de la consciencia del Oriente. Pero ese énfasis de los misioneros cristianos ha sido para crear una atmósfera para que el cristianismo parezca más positivo. Pero la verdad es exactamente a la inversa: el cristianismo no es positivo en relación a la vida, no ama al hombre ni al mundo.

          Si entras en una iglesia cristiana sentirás algo así como cuando se entra en un cementerio, todo es serio y tú comienzas a sentirte de la misma manera. La vibración no es de alegría. Parece como si Jesús nunca riera, cuando fue todo lo contrario. Cuando fue crucificado, tuvo que reir, pues todo era tremendamente ridículo. Matar a aquél que no podía morir, es una idea estúpida. Él tiene que haber reído bastante. Pero los cristianos no han escuchado esa risa; han basado su religión en la cruz y no en el Cristo resucitado.

          El cristianismo se hubiera beneficiado bastante si la cruz hubiese sido olvidada, pues con ella viene la muerte. Es una religión seria y triste. Si se hubiese dado más atención a Jesús, habría habido una visión del mundo totalmente diferente. Un Jesús resucitado es superior a un Jesús crucificado y muerto. El cristianismo habría sido más positivo en relación a la vida; ni la muerte podría matar, ni la cruz destruir, porque ¡Jesús ha resucitado! La iglesia hubiese sido más humana y no tan apegada al dolor de la cruz.

          En verdad, todos estamos muy apegados a la muerte, porque nos impresiona más que la vida. Si alguien vive, le damos menos importancia, pero si muere, lloramos y sentimos su ausencia. Nunca hemos pensado en eso.

          Algunas cosas más antes de entrar en los versos de Kabir.

          La religión no es tradicional, ni puede serlo, por su propia naturaleza. Tradición es lo que está muerto. Tradición es pasado, polvo viejo, memoria. La religión está siempre viva, respirando, nunca puede ser tradicional. Cuando una religión se refugia en la tradición, en el pasado, sirve más al diablo que a Dios, más a la muerte que a la vida. Sirve a los políticos, a los sacerdotes, a los militares, a las organizaciones, pero no sirve al espíritu del hombre, y deja de ser una abertura para el futuro. La tradición está siempre mirando hacia atrás y nosotros tenemos que andar hacia delante, pues caso contrario habrán problemas.

          Otra cosa: la religión no está en las Escrituras, porque ellas contienen palabras tradicionales. Hubo religión un día, vibrando en todas esas palabras, al ser pronunciadas por los profetas y Maestros vivos. Cuando ellos desaparecieron, las palabras se volvieron muertas. Puedes analizarlas, interpretarlas de mil maneras . . . Existen millares de comentarios sobre la Biblia, todas opiniones personales, algunas de ellas famosas. El significado dado por Jesús desapareció junto con él. El león ha pasado . . .  sólo queda su rastro en la arena. Y esas huellas son las que cultivamos como unas Escrituras.

          Cuando Jesús andó sobre la tierra y habló a sus discípulos, sus palabras eran realmente vibrantes, palpitantes de vida. Eran palabras de vida, era la palabra de Dios, era la propia Verdad. Tenían en sí un corazón, llenas de amor, experiencia, existencia, ser. Cuando Jesús murió, la vida se fue. Después, coleccionamos palabras e hicimos varios Evangelios, pero ellos nos sirven de poca ayuda.

          La religión real nunca está en las Escrituras, y la persona religiosa que busca sinceramente, no va detrás de ellas sino de un Maestro, un Maestro vivo. Ese es uno de los principios básicos a comprender de Kabir. ¡Busca un Maestro vivo! Si puedes encontrarlo, entonces las Escrituras muertas vuelven a tornarse vivas nuevamente; ellas resucitan a la vida a través de un Maestro vivo, y no hay otra manera. Cuando un Maestro vivo habla de la Biblia, esta revive. El Maestro dará su propia vida a esas palabras y ellas comienzan a latir. Pero, directamente, no puedes encontrar religión en las Escrituras.

          Así, la religión no está en la tradición, ni en las escrituras ni en los rituales. Las ceremonias son formalidades. A menos que estés en comunión con un Maestro vivo, los ritos son un peso muerto. Con un Maestro vivo nace un nuevo ritual, que viene con el contacto; existe una referencia viva para ese ritual, que no se aprende de tradiciones muertas, transferidas de generación en generación.

          Cuando ves a un Maestro vivo, en el fondo, alguna cosa se curva dentro de ti en reverencia. No es que tengas que cumplir alguna formalidad, pues si este fuera el caso no tendría ningún valor. Pero algo dentro de ti, en tu centro, quiere reverenciar. Inclinarse no es ahora un gesto vacío. Puedes curvarte ante cualquier persona, porque has aprendido esa cortesía, pero no tiene ningún valor. Intenta darte cuenta de la diferencia. Cuando algo nace en ti, espontáneamente, es auténtico. Cuando haces algo como un deber, es falso. Si algo nace a partir del amor, eso es positivo. Si alguna cosa surge a partir del deber, evítalo, no lo hagas, porque es peligroso. Si te apegas demasiado al deber olvidarás los caminos del amor.

          La religión no está en los rituales. Siempre que hay religión, existe un ritual, pero eso es diferente. Si está Jesús a tu lado, ¿cómo puedes evitar tocar sus manos o sus pies? Imposible. Puedes hacer dos cosas y ambas son rituales: o tocas sus pies o le tiras piedras. Un ritual para un amigo y otro para un enemigo. Lo principal es que no te puede ser indiferente, no puedes ignorarlo, o eres su amigo o su enemigo. Tienes que escoger.

          La religión, donde quiera que exista, tiene consigo un ritual; cuando la religión desaparece, los rituales son gestos muertos. Es cargar un cadáver. Si amas mucho a tu madre y ella muere, ¿qué vas a hacer? ¿Cargar su cadáver toda la vida? Tienes que enterrarlo. Y lo mismo sucede con la religión. Amas a Jesús, siente pasión en tu alma . . . él ha muerto y tú sigues hablando con él. Pasan los años, el eco de su voz se va haciendo distante y, con el tiempo, dejan de sonar, es el eco del eco . . . desvaneciéndose.

          Cuando el Papa habla en el Vaticano, no tiene nada que ver con lo que dice Jesús. Cuando el Maestro habla, lo hace basado en su propia autoridad. Cuando habla el Papa, se basa en la autoridad de Jesús. Un Maestro real habla por su propia autoridad, él es su única autoridad.

          La religión no está en la tradición, ni en los rituales ni en las religiones. La religión no tiene adjetivos. Religión es religión, como amor es amor. No hay un amor cristiano ni un amor musulmán. Dios no pertenece a ninguna raza ni la religión está en las religiones. Nadie puede nacer en una religión, sino que ella ha de nacer en cada uno de nosotros. Tenemos que abrir nuestra alma y recibir la religión. Ella se está derramando por todas partes . . . pero nosotros cargamos juguetes, sustitutos, talismanes, medallas, monedas falsas en nuestras manos pensando que es religión. De ahí la insistencia de Kabir: el verdadero Maestro.

          La religión es individual, cada uno tiene que buscarla por sí mismo. No es un fenómeno social ni tiene nada que ver con la gente, con ningún colectivo. Es algo privado, tan íntimo, como el amor. La religión es espontánea en el sentido de que no puedes aprenderla. Es tan espontánea como el amor. ¿Alguna vez aprendistes qué es el amor? El día que el hombre aprenda a amar, será el día del Juicio Final. Se escriben libros: “”Cómo amar”, “Cómo hacer amigos”, libros tontos, porque si el hombre olvidó como amar, ningún libro le puede enseñar a hacerlo. Enseñar a amar a la humanidad es lo mismo que querer enseñar un pez a nadar, un absurdo. Lo mismo pasa con la religión. Ella no se puede aprender, sino que funciona como algo contagioso, transmitido por otra persona. Si vas a un lugar donde haya un Maestro, puedes absorber la religión.

          Religión es rebelión. Rebeldía contra la muerte, contra todo lo que no tiene vida; es rebelión contra el exterior, contra la política, la ganancia, la sociedad, la cultura, la civilización. Dice que tenemos que escuchar la parte más profunda de nuestro ser, y seguirla donde quiera nos lleve. A donde fuere . . . sin miedo a las consecuencias, escuchando esa pequeña voz dentro de nosotros y seguirla. La religión es un riesgo. Las personas que buscan la seguridad nunca pueden ser religiosas, porque es muy peligroso. Si pasas por ese peligro, pasarás a través de la crucifixión . . . y solamente después de ella viene la resurrección.

          Ahora, escuchemos los versos de Kabir.

          “Él es el verdadero Maestro; aquél que puede revelar la forma

          de lo Informe para la visión de esos ojos . . .”

          Entonces, si el verdadero Maestro es la cosa básica que hemos de buscar, queda clara la necesidad de una definición: ¿quién es el verdadero Maestro? ¿Cómo saberlo? Kabir dice:

          “Él es el verdadero Maestro; aquél que puede revelar la forma

          de lo Informe para la visión de esos ojos . . .”

          . . . en cuya presencia lo Informe desciende y se transmuta en una presencia. . . a través de quien podemos vislumbrar la estrella más lejana . . . a través de quien podemos tener la sensación de que es el propio Dios . . . en cuyas palabras el silencio habla, en cuyos ojos el Infinito está mirando para ti.  Si el Maestro toca tus manos, tú verás que Dios está tocándolas. Él es un vehículo, una flauta en los labios del Infinito. Él da forma a lo informe, es la materialización de lo que no tiene forma.

          Tienes que estar muy abierto para ser capaz de sentir a un Maestro. No vayas a un Maestro con una actitud negativa, porque nunca lo verás, su vibración no te llegará y no entrarás en su misma longitud de onda. Por eso, la confianza es necesaria. Por eso, el amor es necesario. Caso contrario, llegarás vacío y dirás: “Este no es el verdadero Maestro. Vine vacío y vuelvo vacío”.  Si estás abierto hay una posibilidad de sentirlo. Y no tengas miedo de abrirte, porque si el Maestro no es verdadero, nada ocurrirá; tendrás la certeza de que él no es el hombre que buscabas. Si te cierras no habrá posibilidades y más tarde o temprano serás la víctima de un falso maestro, pues intentará convencerte con argumentos.

          Los auténticos Maestros son contradictorios, paradojales. Son como la vida, inconsistentes, no son lógicos sino super-lógicos, pues traen consigo algo que no puede ser aprendido con la lógica.

          Próximo a un verdadero Maestro, te sentirás cerca de un abismo . . . pero eso será si estás abierto. Caso contrario serás la víctima de alguien que te pueda seducir y convencer. Por ejemplo: si eres codicioso, te hablará de ganancias; te dirá cuánto vas a ganar con la meditación. Te hablará de que ganarás el cielo si lo sigues, te hará muchas promesas. Un verdadero Maestro nunca promete nada. En verdad, te destruye completamente: tus ganancias, tus deseos, tus ideas de ser alguien importante. Un Maestro es una roca contra la cual tu barco se despedaza.

          Pero nosotros somos egoístas. Vivimos por la ganancia y somos medrosos para que alguien nos consuele y seamos víctimas. Un verdadero Maestro no es una consolación. Él es la muerte para ti. Es destructivo . . . pero la creatividad solamente es posible cuando lo viejo es destruido.

          Un Maestro no está aquí para satisfacer tus ganancias; está para destruirlas, porque así estarás disponible para ti mismo. Si fueras egoísta, nunca lo estarás. La ganancia se hace deseo y el deseo se vuelve una proyección en el futuro. Y tú estás siempre soñando con algún espacio futuro; nunca estás aquí y ahora. La codicia te lleva muy lejos de ti mismo.

          Un Maestro nunca te promete nada, pero con él todo es posible. No te dirá: “Te libraré de la muerte o te haré inmortal”. Está claro que, al estar con un Maestro, una persona se torna inmortal, pero no es él quien te hace así. Solamente te lleva al fondo de la experiencia de la muerte.

          Presta atención: te lleva al fondo de la experiencia de la muerte. En eso consiste la meditación profunda: la experiencia de la muerte. Y, cuando absorbes tu muerte, de repente comprendes que estás separado de ella. La muerte viene, pero tú no morirás. Ocurre en la superficie, pero no alcanza el centro. El cuerpo no es más que la morada de la muerte, pero tú has cambiado tantas veces de cuerpo y cambiarás mucho más, por lo que te consideras inmortal. Y un verdadero Maesto no te promete esto. Si estás buscando un estado donde tus ganancias sean satisfechas, donde seas continuamente estimulado con placeres, entonces estás destinado a ser la víctima de un farsante.

          “Él es el verdadero Maestro; aquél que no puede revelar la forma

          de lo Informe para la visión de sus ojos:

          Aquél que enseña la manera simple de llegar a Él . . .

          La manera simple . . . y no métodos complejos, ni posturas de yoga, ni complicados rituales. Enseña maneras simples, tan simples que cualquiera que lo desee puede hacerlo ahora mismo. Sus caminos son tan sencillos y espontáneos que te llenará de sorpresa no haberlo descubierto por tu cuenta. ¡Son tan simples! Cuando el Maestro te los haya enseñado, y hubieras conocido su belleza, sentido su saber, te preguntarás cómo no pudiste descubrirlos.

         

AVISO.-   Para la última semana de Julio y primera de Agosto, se está organizando un Curso, titulado “El segundo nacimiento”, que se dará completo durante seis días. El precio es de 5.000.- Pesetas, más gastos de transportes y comida. El lugar será Gisclareny (Bagá), en Barcelona, donde se realizan habitualmente cada año. Para más información, llamar a Sefa, Teléfono 93 – 417  25  34 o a Epi Arqué, Teléfono 93 – 323 00 14. Gracias

NOTA.-       Desde el 4 al 10 de Marzo estaré en la calle Fontanella, l3-2º, de Barcelona, Tfno. 93: 270 39 23. Atenderé desde las 15 a las 21 horas, previa cita telefónica.

                        Atención: si desea suscribirse a las Circulares mensuales, así como recibir información sobre otras publicaciones,  libros y cintas para radio-cassette, dirigirse a:

                                    Salvador Navarro Zamorano

                                    Bernat Coll, 9 - Tfno.971-52 24 11

                                    07430 - Llubí (Mallorca)

                                    Antonio del P. Viera Almeida

                                    Edificio La Lajilla. Apartamento 106. Tfno. 609 - 58 91 48

                                    35120 - Arguineguín (Mogán) Gran Canaria

                                    Jesús Navarro Sánchez

                                    Olof Palme, 33  -bajo- Tfno. 928-27 11 70

                                    35006 - Las Palmas de Gran Canaria

 

 

 

 

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