Inquietudes Metafísicas 1.3

Salvador Navarro Zamorano

 

   

  

       EL PODER DEL ESPÍRITU Y FLAQUEZA DE LA MATERIA

          El 30 de Enero de 1.948, fue asesinado Gandhi, a quien el pueblo hindú llamaba el “Mahatma”, que quiere decir “gran alma”. Fue muerto por un extremista, cuando terminaba uno de sus acostumbrados períodos de ayuno y oración por la paz de los hindúes y árabes.

          Más tarde, ante el tribunal, el asesino, Narayan Vinayak Godse, declaró que mató a Gandhi “por el bien de la humanidad”, y pidió a la Corte de Justicia que le infligiese la pena máxima, ahorcándole, a fin de que el castigo correspondiese de algún modo a la grandeza del beneficio que él (Godse) había prestado a su país y al género humano.

          “Personalmente –confesó el criminal-  admiraba la santidad de Gandhi, y por esta razón, antes de matarlo a tiros, me incliné ante él con reverencia, deseándole felicidad. Pero la política de ese hombre era la de arruinar a millones de hindúes, una vez que reclamaba un mejor trato para los árabes de Pakistán, enemigos de la India; y esa política infeliz había culminado, cuando en Enero último, Gandhi inició un intenso período de ayuno y oración, presionando así al gobierno de la India a hacer concesiones a los árabes”.

          Estas declaraciones del criminal fueron ampliamente divulgadas por los diarios de todo el mundo.

          Tenemos aquí una confesión de supremo interés: el gobierno hindú, con toda la potencia de sus ingenios bélicos, no pudo resistir la acción de un hombre que nunca tocaba un arma y predicaba un sagrado e inviolable principio de no-violencia, un hombre que no creía en la violencia de la materia, sino en el poder del espíritu, convencido de su omnipotencia y de la fragilidad material. Era por el poder del espíritu que Gandhi dominaba a millones de hindúes; fue por el poder del espíritu que consiguió la libertad de su país, caso único e inédito en la historia de la humanidad. El propio asesino confesó ante el Tribunal esa irresistible soberanía espiritual del Mahatma.

          Por otro lado, es extraño lo mal que nuestra mentalidad occidental ha comprendido e interpretado el espíritu de Gandhi. Todas las veces que iniciaba una de sus campañas de ayuno y oración, decían los diarios que pretendía obligar al Gobierno británico y a su propio pueblo a curvarse ante sus exigencias, bajo el chantaje de suicidarse a fuerza de prolongados ayunos.

Leemos en el Evangelio que, cierto día, intentaron los discípulos de Jesús expulsar un demonio del cuerpo de un niño y no lo consiguieron. Preguntaron entonces al Maestro por la razón de aquel fracaso, a lo que les respondió: “Es por causa de vuestra falta de fe . . . Esta casta de demonios sólo se expulsa a fuerza de oración y ayuno”.

Ghandi, aunque no perteneciera a ninguna religión cristiana, sabía del misterio que reside en la prolongada abstención de alimentos materiales, unida a una intensa concentración del espíritu. Todos los grandes líderes espirituales de la humanidad, gentiles, judíos y cristianos, praticaban el ayuno vinculado a la oración, máxime cuando se disponían a una campaña espiritual de gran alcance, como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

Nosotros, cristianos, creemos más o menos en la eficacia de la oración, pero somos en general ignorantes frente al trascendente significado del ayuno. Hay quien lo considera como simple penitencia y penalidad, en atención al cual Dios, compadecido de la palidez del ayunador, está dispuesto a perdonarle los pecados. Semejante disparate es incompatible con la comprensión de quien alcanza madurez espiritual. Está escrito que Jesús, después de cuarenta días de ayuno, sintió hambre; no dice el evangelista que la sintiera durante ese período, y hay en esto un profundo misterio espiritual. No es posible que un hombre, intensamente concentrado en el mundo espiritual, sienta las exigencias del mundo material.

De manera que, no se puede afirmar que el valor del ayuno consiste en el sufrimiento producido por el vacío del estómago: la verdadera razón es más trascendente. Y, para comprenderla, conviene no olvidar, que los grandes iniciados de la espiritualidad poseen una profunda intuición de la íntima naturaleza de las cosas; saben de la esencia y última realidad de los seres de la Naturaleza, mientras que la ciencia en general, solamente conoce los fenómenos exteriores.

El hombre no iniciado sabe solamente que los alimentos, cuando son asimilados, dan vigor físico, porque las energías latentes en ellos son absorbidas por el organismo y transformadas en su propio ser. El iniciado, sin embargo, conoce mucho más que esto; sabe que las energías íntimas de los alimentos no son materiales, sino espirituales, una vez que la Realidad Absoluta es espiritual, y todas las cosas individuales son efectos de esa causa suprema. Las energías materiales de la comida son asimiladas por el principio vital del organismo pocas horas después de la ingestión, mientras que las energías invisibles necesitan varias semanas, cerca de 40 días, para ser asimiladas por el principio espiritual del hombre, siempre que esas energías sean sometidas a una intensa concentración espiritual y no se ingieran durante ese período nuevos alimentos, que perturbarían la espiritualización de los anteriores.

Moisés, Elías, Juan el Bautista, Jesús y muchos otros ayunadores mencionados en las páginas bíblicas o en la historia de las religiones, sabían de la existencia de esas energías latentes y conocían el proceso para aprovecharlas para fines superioes.

Gandhi dirigía las voluntades de millones de hindúes; pero sabía nítidamente que ese dominio espiritual sólo era posible en caso de que él mismo intensificase cada vez más su potencia espiritual, lo que conseguía por medio del ayuno espiritual y la oración concentrada.

A cada una de esas campañas espirituales, como es sabido, le seguía una onda de triunfo a favor de los ideales del Mahatma, onda tan intensa que, conforme confesión de Godse su asesino, el propio gobierno hindú era incapaz de conseguir algo en sentido contrario.

En su biografía “Historia de mi experiencia con la verdad”, escribe Gandhi:

“La purificación del propio Yo, quiere decir purificación de todos los caminos de la vida. Y, siendo la purificación altamente contagiosa, redundará en la purificación de nuestro Yo necesariamente, y en la purificación de los que nos rodean.

Entretanto, árduo e ingrato es el camino de esa purificación propia. A fin de alcanzar perfecta pureza, es necesario que seamos libres de toda y cualquier pasión (en pensamientos, palabras y obras), y estaremos a una altura superior a las corrientes antagónicas del amor y del odio, del apego y la renuncia.

Sé que tengo delante un difícil camino por recorrer. Forzado estoy a reducirme a la nada. En cuanto alguien no se coloca a sí mismo, libre y espontáneamente, como el último de todos sus semejantes, no hay salvación para él”.

Interrogado, para saber dónde aprendió esta actitud, Gandhi respondió:

“La aprendí del Sermón de la Montaña, de Jesús y, más tarde, también la encontré en las obras de León Tolstoy”.

Después de recibir el impacto de los tres disparos, Gandhi se llevó la mano a la frente, gesto que significa entre los hindúes: “Yo te perdono”.

Tan grande es el poder del espíritu; y tan grande es la fragilidad de la materia.

 

 

  ¿RITUAL O ESPIRITUAL?  

 

          Ritual; espiritual . . .

          Dos palabras a partes iguales.

          Espiritual es el Todo, ritual es una parte. Lo espiritual comprende el ritual, pero el último no comprende al primero.

          Esto, naturalmente, es mera coincidencia etimológica, lo que es todavía un elocuente símbolo de la realidad: el hombre espiritual comprende al ritualista; pero el ritualista no comprende al hombre espiritual. ¿Qué admira? El Todo abarca la parte, pero la parte no encierra al Todo.

          Va a través de la historia de todas las religiones un permanente paralelismo ritual – espiritual, o sea: sacerdotal – profético, o técnico – místico.

          En el Antiguo Testamento esta tendencia dual es acentuada: los sacerdotes insisten con energía en el elemento ritual, mientras que los profetas, ante todo, inculcan el elemento espiritual. Ritualismo sacerdotal contra espiritualismo portador de la voz de Dios.

          El sacerdote considera la técnica externa, digamos la moldura del cuadro, como lo principal, mientras que el profeta insiste, sobre todo, en la pintura. Para el primero, la religión consiste en que el hombre se coloque dentro de esa moldura que es para él religión, o parte esencial de la religión; no cree que ningún hombre sea religioso si no está encuadrado en esa moldura. El espíritu del sacerdote es esencialmente ténico, geométrico, burocrático, formalista.

          Un teólogo jesuíta, Bellarmino, en su libro “De militante Eclesia”, adopta este criterio cuando escribe que, para ser miembro de la iglesia católica, debe el hombre cumplir tres requisitos: 1 – profesar la fe enseñada por la iglesia; 2 – recibir los sacramentos administrados por la iglesia; y 3 – obedecer a la legítima autoridad eclesiástica, sobre todo al Pontífice romano. Y prosigue: “Ninguna virtud interna se requiere para ser miembro de la iglesia”.

          Esos tres elementos: profesión de fe, recepción de los sacramentos y obediencia a la autoridad, son elementos de la moldura, y no de la pintura. De ellos se puede hacer un catálogo, y así es fácil saber quién de hecho pertenece a la iglesia católica. La conclusión lógica es que alguien, aún siendo el mayor de los pecadores, estando por tanto separado de Dios, puede ser miembro de la iglesia. Puede ser eclesiásticamente bueno y éticamente malo. Puede ser un buen católico y un mal cristiano. Puede vivir en paz con la iglesia, cumpliendo estos tres requisitos, y estar en pie de guerra contra Dios, no cumpliendo los mandamientos éticos.

          Este dualismo burocrático adoptado por la iglesia romana es, ciertamente, uno de los mayores males que ha infectado el organismo de la iglesia y la razón última de su ineficacia moralizadora entre los pueblos católicos. En cuanto esa parte de la iglesia cristiana no vuelva a considerar la “interna virtud”, la unión vital con Dios, como elemento primordial de la pertenencia a la iglesia, ningún regreso al catolicismo cristiano es posible dentro de tal moldura eclesiástica. Lo que es decisivo y vitalizante es la pintura, o sea, la ética o espiritualidad interna, y no los reglamentos externos que, sin aquella, son cáscaras vacías, brillantes vacíos.

          Este era el mal funesto de la sinagoga de Israel en los tiempos de Jesús. Cerca de 400 años antes de que Jesús fuera crucificado, el último de los profetas de la antigua ley, fue Malaquías. Desde entonces, por espacio de cuatro siglos, estuvo la iglesia de Israel sin profetas, bajo el exclusivo dominio de los sacerdotes que, ante todo, insistían en el rito externo, organizando la sociedad eclesiástica. Hasta tal punto prevaleció en ese largo período el formalismo sacerdotal, que la sinagoga acabó en deslumbrantes ritos exteriores, brillante cáscara sin contenido, o en el decir de Jesús, en “sepulcros blanqueados”. Fue esta atrofia del espiritualismo profético y esa hipertrofia del ritualismo sacerdotal, la más profunda razón por la que Israel no comprendió a su Mesías y exigió su crucifixión, porque el Cristo era la continuación y culminación del espíritu profético de Israel. La sinagoga, ritualizada en extremo, cultivadora de la “letra muerta” y asesina del “espíritu vivificante”, era incapaz de comprender el espíritu del Cristo, a pesar de haber sido vaticinado por los profetas de Israel. Si Jesús hubiera aparecido en los tiempos de Jeremías o Isaías, cuando el espíritu profético de Israel alcanzó su máximo esplendor, posiblemente la nación judía hubiera reconocido al Cristo.

          La iglesia romana desde el siglo IV, se decantó por el formalismo ritualista de la sinagoga decadente y heredó el legalismo burocrático del imperio romano en descomposición. Constantino el Grande, un emperador falsamente cristiano, fue el agente de esa decadencia espiritual, concediendo a la jerarquía eclesiástica privilegios políticos, sociales, económicos y militares. Y la iglesia, de perseguida que fuera durante tres siglos, se transformó en perseguidora.

          Vienen a mi mente estas consideraciones, cuando hace mucho tiempo leía unas disposiciones de un Sínodo de obispos. Leí con atención, punto por punto, y nada pude descubrir más que técnicas externas, ritualismo clerical, legalismo burocrático, hierbas de museo en vez de flores vivas de jardín. Ninguna referencia al punto central sobre el cual se basa todo el cristianismo vivo: la persona del Cristo, no ese “Señor muerto” de ciertos devotos, sino “el Rey inmortal” de San Pablo. Ninguna palabra sobre “el reino de Dios dentro del hombre”, latente, en estado potencial, que debe ser actualizado, revelado, vivido por el hombre genuinamente cristiano.

          Sin la experiencia interna y vital del Cristo, ninguna insistencia en reglas exteriores es suficiente, aunque pueda ser necesaria. Cuando el hombre pueda en verdad, decir con San Pablo: “Estoy crucificado con el Cristo; ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”, los demás problemas estarán resueltos; sin esta transformación del Yo interno, nada puede darse por terminado.

          No hay verdadero catolicismo sin ese elemento espiritual, profético, místico; el contacto vital con Dios por medio de la experiencia mística, cuya naturaleza no se puede explicar a ningún profano, así como un ciego de nacimiento no puede tener idea de lo que es la luz.

          Las disposiciones legales que promulga la iglesia para su rebaño son buenas en sí, pero ineficaces si no remontan hasta la fuente suprema de toda vida espiritual, como ineficaces son los dispositivos idénticos durante el período de los años 400 a 1.900, cuando el catolicismo romano ejercía un dominio absoluto en Europa, y no consiguió crear una verdadera comunidad cristiana, ética, espiritual.

          Occidente entero está a la espera de la cristiandad espiritual.

 

 

                              PSICOANÁLISIS O PSICOSÍNTESIS

          Hace muchos años, vino a verme un joven para ver si podíamos solucionar sus problemas íntimos. Eran muchos. Mientras trabajaba en mi pequeña oficina de Sa Cabaneta, en Mallorca, mi consultante me hablaba.

          Después de media hora me dijo que acababa de exponerme uno de sus problemas psico-filosófico-religioso que, como ví, debían ser más de mil. Le hice ver que era inútil exponer los restantes: primero, porque el día no llegaba para tanto y yo tenía que dar clase aquella noche; segundo, porque no iba a adelantar ni un solo paso para la solución.

          Y, además, este es el error fatal de mucha gente: pretender solucionar sus problemas uno por uno, al detalle, separadamente.

          Me dijo el pobre mártir que había recorrido toda clase de psicoanalistas, psiquiatras, psicoterapéutas, y no sé que más . . .

          Por fin, después de dejar mi trabajo, sentado en la mesa de mi despacho, me enfrenté con calma al visitante y le dije:

          “¡Escucha, querido amigo! Tú has bebido de tantos psicoanalistas como otros beben vino o ginebra; pero, en vez de resolver la trama de tus problemas, te has enredado cada vez más, hasta tal punto que ahora te ves perdido en un laberinto donde no hay salida”.

          Él me miraba con ojos llenos de expectativa  . . .

          Proseguí: “¿Nunca has intentado la psicosíntesis en vez del psicoanálisis?”

          “¿Psicosíntesis? Nunca he escuchado esa palabra. ¿Qué viene a ser?”

          “Es la gran ciencia del siglo XXI”, respondí.

          “¿Del siglo XXI? . ¿Pero si estamos en el siglo XX . . .?”

          “Tienes razón. Pero en el siglo XXI la humanidad sensata llegará a comprender que la síntesis es más importante que el análisis. Del resto, hace siglos que los mayores, dentro de los hijos de los hombres, sabían de esa ciencia suprema. Los sacerdotes de Egipto, los magos de Mesopotamia y Caldea, los maharashis en la India, los videntes de China, los sufis de Arabia, todos sabían y saben de esto . . .

          El análisis es bueno, sin duda, y hasta cierto punto necesario; pero no es suficiente. Cuanto más analiza el hombre sus problemas sin pasar después a la síntesis, tanto más confuso e insatisfecho queda. Hay una tranquilidad de espíritu de carácter negativo: es la del hombre que nunca pensó seriamente sobre los problemas centrales de la existencia; hay hombres que viven ¿ o vegetan? tranquilamente, a la manera de los animales; no saben de problemas, como tampoco los conocen los habitantes del cementerio o los niños de un jardín de la infancia.

          Pero cuando el hombre deja de ser tabla rasa y pasivo, y comienza a pensar sobre el “dónde”, o “hacia donde” y el “por qué” de la vida, problemas y más problemas surgen de las ignotas profundidades del alma . . . Y cuanto más trata de resolverlos analíticamente, más se multiplican e intensifican”.

          “Esto es lo que me pasa a mí”, murmuró el joven, pensativo.

          “Pero – proseguí – hay una salida de esa selva de problemas acuciantes. No hay solución de un problema tras otro, sucesivamente, individualmente, separadamente; esto acabaría por llevarnos al manicomio, al cementerio o al infierno. Hay una solución global, panorámica, integral, una solución en conjunto. Esa solución no consiste en “hacer” alguna cosa, sino en “ser” alguien. No es por medio de cierto número de hechos transeuntes”, aislados, sucesivos, que alguien resuelve sus problemas; sino por medio de una “actitud permanente”, total, simultánea, donde los más dolorosos problemas de la vida encuentran solución. ¿Conoces el Sermón de la Montaña?”

          “Si que lo conozco . . . “

          “No estoy de acuerdo. El Sermón de la Montaña es desconocido, porque no es un programa moral o ético; es infinitamente mayor que esto, porque no es una regla de lo que se debe” hacer. Es una actitud espiritual sobre lo que se debe “ser”. Enseña al hombre a ser justo, verdadero, amigo, bondadoso, conciliador; su fin es crear dentro del hombre una vitalidad espiritual tan poderosa que pueda producir permanentemente, con la jubilosa espontaneidad y facilidad de genuino artista, todos esos actos, que no son sino la manifestación visible de la invisible realidad divina, del “reino de los cielos dentro del hombre. Esto es la síntesis, psico-síntesis, si quieres”.

          Hubo una pausa silenciosa, profunda . . .

          “No hay problemas”, seguí diciendo. “Hay un solo problema para el hombre pensante. Es el problema de la recta actitud de nuestro pequeño Ego humano frente al gran Yo divino. Este es el único problema real, todos los otros son ficticios o secundarios, derivados de ese único problema original y básico. Una vez resuelto el problema central, los demás están en vías de solución”.

          “Pero . . . ¿será posible resolver ese problema central? . . .

          “Es posible, porque Dios es Dios. Si no lo fuera, Dios no sería Dios. Un Dios tirano, no sería Dios. Es posible, pero no es fácil la solución de ese único problema. Es falso decir que la solución es un juego de niños, como muchos pretenden explicar. Una y mil veces, dice Jesús que “estrecho es el camino y angosta la puerta que conduce al reino de Dios”. Se requiere una disciplina férrea, una voluntad firme, una sinceridad absoluta; es tan grande nuestra manera de mentirnos . . . Queremos creernos que nadie ha descubierto la llave para la solución de ese gran problema. Escribimos libros para forjar llaves que abran esa puerta secreta, cuando esa llave es conocida y usada hace millares de años por grandes y pequeños, dentro de los hijos de los hombres . . . Así procedemos en nuestro faquirismo ilusorio, con el fin de no someternos al deber ingrato de ciertos sacrificios que la solución de ese problema acarrea. No queremos “negarnos a nosotros mismos”, no queremos “cargar con nuestra cruz”. Queremos viajar en primera clase, en barcos o tren de lujo, rumbo al cielo. Queremos arrastrar con nosotros un panteón de ídolos profanos, como si ese bagaje entrase por la “puerta estrecha” que conduce a la vida eterna . . . como si todo esto no fuese tomado como contrabando y mercancía ilegal, en las fronteras del Infinito”.

          “Un análisis se hace en un laboratorio de física y química”.

          “La síntesis se hace con oración, meditación, sufrimiento, voluntad, amor”.

          “En el análisis, Dios es quien hace conmigo algo grande, contando que yo Le abra la puerta de mi interior. Las cosas verdaderamente grandes no son hechas por el hombre, como causa o autor, sino por Dios, aunque a través del hombre-vehículo, del hombre-canal. Lo que inutiliza ese vehículo, lo que obstruye ese canal, es únicamente mi estrecho egoísmo, mi egocentrismo, mi falta de amplitud, de receptividad, de “pobreza de espíritu” de “pureza de corazón”, mi falta de fe, como dicen las religiones, esa fe que cuando es plenamente madura, se llama amor . . .”

          “Ahí está la gran síntesis, que nos redime de todos los problemas de la vida”.

          “Una vez hallada e intimamente vivida esa gran síntesis de la fe madurada en el amor y devoción al gran Yo divino, se disuelven como las nieves al calor del Sol los problemas del pequeño hombrecillo humano”.

          Se retiró mi consultante, con el alma ansiosa de luz y de paz.

          Y yo tomé mi máquina de escribir, pensando en aquel misterioso carpintero de Nazaret, que nunca tuvo problema para resolver los de todos los que en verdad quisieron ser sus discípulos.

          Estos cuadernos de “Inquietudes metafísicas y evangélicas”, no componen un Curso, aunque sus lecciones se impartan bajo este título. Son charlas sobre diferentes temas, que intentan aclarar algunos aspectos del espiritualismo y, aunque su intención es didáctica, no pretenden figurar bajo una denominación común, sino que se ajusta al título “inquietudes”, y se afanan en responder a muchas preguntas que me han sido formuladas durante tantos años de charlas, clases y cursos.

          En su conjunto, pretenden responder a la inquietud y curiosidad de cuantas personas me han visitado y que transcribo, para satisfacer a muchos lectores que, por razón de distancia o tiempo, no han podido escucharme.

          Tienen solamente un valor testimonial y no pretendo dar pautas de conducta ni dogmatizar, simplemente explicar, aclarar y dar fe de lo que pienso.

          Vale.

 

 

 

 

 

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