Inquietudes Metafíscias 2.9

Salvador Navarro Zamorano

 

 

   

 

                                                ¿CRISTIANO O CRISTIFICADO?

          Un líder cristiano hindú cambió su religión por la católica romana con el fin de encontrar paz y felicidad para su alma hambrienta y sedienta de Dios. Pero no encontró lo que buscaba, aunque cumplía meticulosamente todos sus deberes de cristiano.

          Años más tarde, oyendo hablar sobre “el renacimiento espiritual”, pasó por una gran crisis; entró en verdadero contacto con Dios; encontró al Cristo . . .

          Después de esto dijo:

          “Había encontrado la religión cristiana, pero no encontré el Cristo. Había aceptado el cristianismo como un cambio religioso, pero no había entrado en contacto con el Cristo”.

          Sucede a millares de esos cristianos y a muchos otros, lo que ocurrió a este hindú cristiano, pero no espiritualizado. Abrazan el cristianismo, pero siguen ignorando al Cristo.

          Por otro lado, puede haber muchos que encuentran al Cristo, aunque nada sepan sobre el cristianismo.

          Está claro que esto es tremendamente herético y absurdo a los oídos de los teólogos ortodoxos que aún no han salido de la estrecha cápsula de su concepción sectaria o eclesiástica.

          Se cuenta de un abad que durante 16 años vivió enamorado de los libros de Santa Teresa de Jesús, la conocida mística española; pero, después de ese tiempo, se enfrascó en los escritos de San Juan de la Cruz, que fue director espiritual de Santa Teresa y comprobó que había perdido todos esos años. ¿Por qué? Porque los libros de Santa Teresa son como esponjas repletas de cristianismo; pero analizando todo el cristianismo que ellos contienen, nada queda, mientras que estudiando todo el cristianismo de San Juan de la Cruz, el Cristo se revela en cada página . . .

          Palabras como estas, heréticas y absurdas para cualquier teólogo sin verdadera experiencia espiritual, revelan un auténtico místico que comprende al otro místico no menos genuino. El teólogo simplemente erudito no admite que, más allá de las líneas del cristianismo pueda existir el Cristo, porque falto de verdadera experiencia espiritual, identifica al cristianismo con el Cristo. Por ejemplo: la idea de que una  persona no cristiana, pueda haber tenido una profunda experiencia de Cristo, y haber sido un hombre espiritual, sin ser miembro oficial del cristianismo, como pensamiento no entra en la cabeza de un erudito estudioso de la letra del cristianismo, pero sí para el que está en contacto con el espíritu del Cristo. En la opinión de un ignorante espiritual, eliminando de un libro toda la substancia del cristianismo, se elimina también al Cristo. Pero este abad, como San Juan de la Cruz y todos los verdaderos místicos, saben por experiencia personal que esto no es verdad. El cristianismo es una forma de religión que, con mayor o menor felicidad, procura representar a Cristo; es una taza que contiene algo del divino licor llamado Cristo, pero no lo contiene totalmente; puede lo mismo pasar que la taza, por bella y preciosa que sea, esté totalmente vacía del espíritu de Cristo, como también puede acontecer que haya abundancia de genuino licor “Cristo” en copas que no lleven el rótulo de “cristianismo”.

          Además, el abad católico ya citado, va mucho más lejos, afirmando literalmente que lo que sobra de los escritos de San Juan de la Cruz, después de haber extraído de ellos todo el cristianismo, queda el budismo, palabra con la que quiere designar la espiritualidad universal, cósmica, sin forma sectaria, eclesíastica, ya que Buda quiere decir “iluminado”, lleno de luz. Yo, a mi entender, preferiría decir que sobra el Logos que, en el principio estaba con Dios y que es Dios; por cuanto el Logos, el eterno Espíritu de Dios, la Luz del Mundo, la Vida Infinita, no está confinado en esta o en aquella forma de religión, ni en el más perfecto cristianismo que los católicos, protestantes y ortodoxos, hayan conocido sobre la faz de la tierra.

          Si extinguiéramos todas las luces individuales de la tierra, no estaría desaparecida la Luz Universal; si destruyésemos todos los indivíduos vivos del Universo, no estaría destruída la Vida Cósmica, por cuanto la suma total de las partes no iguala al Todo. Si fuese aniquilado el cristianismo, continuaría existiendo el Cristo, así como ya era antes de que el mundo fuese.

          En este mismo sentido afirma San Agustín que el cristianismo no comenzó con Cristo, esto es, con la encarnación de él en Jesús, sino con Adán, con el primer hombre que entró en contacto con Dios, aunque en ese tiempo el cristianismo no tuviese aún ese nombre, porque el eterno Cristo todavía no había aparecido visiblemente en Jesús de Nazaret; en su esencia, sin embargo, afirma el filósofo africano, era el mismo, porque la esencia del cristianismo está en el conocimiento intuitivo de Dios, como existía en Jesús; por esto mismo es nombrado el “Christos”, esto es, el Ungido o lleno por el Espíritu de Dios, por el eterno Logos.

          Este hindú, hombre espiritual, después de haber sido cristiano durante largos años, sin llegar a ser feliz, se cristificó finalmente y encontró la salvación y la felicidad.

          Hay quien afirma que el cristianismo puede salvar al mundo. ¡Se engañan! Hace casi 2.000 años que el cristianismo viene cometiendo los mayores crímenes de que hay memoria en los anales de la historia del género humano, incluyendo cruzadas, inquisiciones, guerras de exterminio, infiernos de odio, delitos de avaricia y de apropiación indebida de bienes, ríos de sangre y lágrimas, excomuniones, prepotencias, engaños y nadie puede decir que esto sea salvación.

          El único factor, absolutamente único, que de hecho puede salvar a la humanidad y hacerla feliz, ahora y para siempre, es el Cristo; el Cristo real de la historia y de la eternidad, que apareció visible en Jesús de Nazaret. Pero este Cristo auténtico es, para la inmensa mayoría de los cristianos, un Dios lejano, como era a la mitad del primer siglo, para los filósofos de Atenas.

          Dijo alguien que si Cristo volviese al mundo en nuestros días, la primera declaración pública que haría sería esta: “Sabed, cristianos de todo el mundo, que yo no soy cristiano: yo soy el Cristo” . . .

          ¿Y no sería el Cristo crucificado por los cristianos no espiritualizados?

          ¿No rechazarían muchos de nuestros teólogos cristianos el Cristo, incompatible con el cristianismo de ellos, como fue rechazado en el año 33, por los teólogos de la sinagoga? . . .

         

 

 

          LO QUE LA BIBLIA ES Y LO QUE NO ES

          Hace siglos que ciertos cristianos procuraron la salvación por medio del análisis de los textos bíblicos. Existe una literatura entera en este sentido. Hay predicadores que no hacen nada desde lo alto de los púlpitos y en las escuelas dominicales, sino comentar meticulosamente texto por texto, las Sagradas Escrituras, buscando así alimentar y consolidar la vida cristiana de sus fieles. Aunque no se pueda negar la buena fe y sinceridad de esos guías espirituales, está fuera de duda que ese proceso de análisis o anatomía bíblica es uno de los mayores desastres del cristianismo. No solamente ha creado centenas de denominaciones y sectas varias que luchan entre ellas, sino que ha dado origen a la existencia de millones de agnósticos y de ateos.

          Si un botánico lleva a su laboratorio una planta viva y la estudia cuidadosamente, a fin de descubrir en ella hasta sus últimos componentes, después de terminar ese minucioso análisis físico y químico y conocer a fondo todos los elementos que la constituye, la planta misma ha dejado de existir. El análisis de las partes acabó con el Todo. La anatomía de los componentes desintegró el compuesto. El analista jamás descubrirá, a fuerza de estudios, aquello que es la verdadera esencia de la planta, la Vida, porque ese misterio cósmico no es algo que pueda ser clavado en la punta de un estilete y ser exhibido triunfalmente a los ojos del observador. Escapa a toda y cualquier tentativa de análisis . . .

          De la misma forma, si un cirujano secciona los tejidos vivos de un organismo humano, nunca descubrirá el alma, porque ella no es una cosa individual, que se pueda explorar con la punta de un bisturí y conservar en un tubo de ensayo en el laboratorio o en la estantería de un museo.

          Igualmente, el más inteligente analista de la Biblia, ese organismo milenario donde palpita el espíritu de Dios con tanta intensidad, no descubrirá jamás, a fuerza de especulaciones intelectuales, el alma divina de ese libro. Cada frase, cada palabra, cada letra de la Biblia, puede ser explicada humanamente. Los mayores herejes del cristianismo salieron de las escuelas de los estudios bíblicos, así como en el campo de la ciencia natural, los mayores ateos y materialistas son, en general, los médicos y fisiólogos que la estudiaron, y por esto concluyen que el alma es una simple ficción de los creyentes o ignorantes.

          La falsa premisa de todos esos analistas es invariablemente la misma; parten todos ellos del falso supuesto de que el Todo sea idéntico a la suma total de las partes. Si así fuese, está claro que por el análisis de cada una de las partes podríamos tener una noción exacta del Todo; como por el conocimiento del contenido de un libro en una biblioteca, podamos tener una noción exacta del contenido de cada libro de todas las estanterías. Ignoran que el Todo, en el caso de la Biblia o de la Vida, no significa un indivíduo colectivo, como en el caso de la biblioteca; sino que el Todo es el Absoluto, el Infinito, el Eterno, la Realidad como tal. El Todo, de hecho, es Dios manifestado como Vida, Alma, Espíritu o Consciencia.

          En mis Circulares sobre filosofía y espiritualismo, el punto de más difícil explicación es este: hacer comprender a mis lectores que Dios no es la suma total de los fenómenos del Universo, o que el hombre eterno e integral, no es la suma total de sus componentes individuales.

          En el fin de cualquier análisis está la suma total de sus partes, pero no está el Todo. El Todo real no es el resultado de mi análisis intelectual, sino el fundamento de una síntesis intuitiva.

          Dios no es el resultado de un silogismo correctamente construído, sino la esencia de una vida rectamente vivida.

          Silogismo es análisis; vida es síntesis.

          El análisis crea aglomerados desconectados; la síntesis nace de la armonía orgánica.

          Análisis es sinónimo de caos; síntesis es el nombre del cosmos.

          Puedo ser un científico por el análisis; pero sólo la síntesis me hace sabio.

          La ciencia tiene que ver con la agudeza intelectual; la sabiduría es el resultado de la experiencia intuitiva.

          La Biblia no es analítica, intelectual; es sintética, espiritual.

          Jesús y los demás genios espirituales de la humanidad, nunca procuraron analizar la Biblia; la vivían en toda su plenitud.

          No se comprende la Biblia estudiándola; se comprende viviéndola.

          Se vive la Biblia en la oración, en la meditación, en la frecuente e intensa comunión con Dios.

          Y es precisamente aquí donde tocamos el punto neurálgico del mundo de hoy: el cristiano de nuestros días no es, en general, hombre de oración, meditación, comunión con Dios. Sabe estudiar, analizar, discutir, polemizar con gran erudición, pero es, generalmente, analfabeto en el mundo de la oración, en ese contacto profundo e íntimo con el Eterno, el Absoluto, el Infinito; Dios es, para él, una palabra sagrada, o una idea hermosa, pero no una maravillosa realidad; no es el Dios vivo y verdadero, alma de su vida, vida de su alma, el gran Sol y centro dinámico en torno del cual gravita jubilosamente el alma humana.

          Muchos son los hombres que ignoran a Dios.

          Muchos los que temen a Dios como un peligro.

          Pocos son los que Lo conocen intuitivamente, que lo amen y adoren con alegría.

          Lo que tengo dicho y escrito en este sentido ha sido considerado “herético” por amigos, estudiantes y oyentes de mis charlas públicas y privadas. Niegan a Dios pero afirman la Biblia. Si Dios fuese aquel Ser mezquino, parcial, cruel, vengativo y rencoroso que ellos juzgan haber descubierto en los Libros Sagrados, serían los ateos los únicos hombres lógicos, porque ese tal “Dios” es un Anti-Dios. Hay quien aún me pregunta con aires de triunfo y desafío: “¿Aceptas la Biblia desde el Génesis hasta el Apocalipsis, como única fuente y norma de fe y vida?

          Esta simple pregunta revela una de las mayores llagas crónicas del cristianismo de nuestro tiempo; es un síntoma inquietante de una molestia profunda, molestia que, aun superficialmente, es considerada como la perfecta salud y sanidad. Porque esta pregunta provocadora se basa sobre una premisa absolutamente falsa. Supone tácitamente que la Biblia sea una especie de “libro de texto” o “manual de religión” que Dios, en tiempos remotos, dictó a la humanidad, para que en ella encontrara todo lo que se pueda saber sobre Él. ¡Idea falsa y sumamente funesta ¡ . . .

          Yo acepto la Biblia desde el principio hasta el fin; pero acepto también todo lo que está antes del primer libro y después del último; por cuanto el Dios revelador no comienza con el Génesis ni acaba con el Apocalipsis.

          ¿Qué es, pues, la Biblia?

          La Biblia es el reflejo de las experiencias personales que ciertos hombres de gran receptividad espiritual tuvieron de Dios y del universo invisible. Evidentemente, esas experiencias no son todas del mismo valor, una vez que reflejan la realidad en diversos grados, conforme la capacidad del recipiente. No deben, pues, ser puestas todas en el mismo nivel horizontal, como ejemplo y paradigma para la humanidad de todos los tiempos. Un antiquísimo axioma de la filosofía tiene perfecta aplicación en este caso; “lo que es recibido, se recibe según el modo del recipiente”. Cada hombre experimenta a Dios conforme su capacidad o receptividad personal, algunos de un modo imperfecto, otros de un modo óptimo. En general, no experimentamos a Dios así como Él es, sino como nosotros somos. Contemplamos a Dios a través del prisma de nuestra capacidad interna y externa, de nuestro ambiente y clima biológico, psicológico, sociológico, nacional, religioso, etc.

          Hay entre los autores de libros bíblicos algunos que concibieron a Dios, como si fuesen alumnos de un jardín de la infancia o de una escuela elemental. Así, por ejemplo, cuando atribuyen a Dios todas las emociones y pasiones del hombre; cuando admiten que Dios sea un amigo de la pequeña tribu de Israel y al mismo tiempo enemigo mortal de todos los otros pueblos del mundo, como los egipcios, babilonios, asirios, persas, griegos, romanos, etc.; cuando admiten que Dios haya dado orden a Israel para exterminar todos los habitantes de Jericó, hombres, mujeres y niños, para que el pueblo “elegido” pudiese tomar posesión del país, bañados en sangre; cuando establecen, por orden de Dios, que toda mujer adúltera (no los hombres adúlteros) fuese apedreada sin piedad; o cuando hacen a Dios responsable de la monstruosa ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”; quiere decir que, si alguien te rompe un diente, rómpele tú también uno a tu agresor (no toda la dentadura, porque no sería ético); si alguien te arranca un ojo, arráncale también tú uno a él (no los dos, que sería inmoral); o cuando el Salmista, en nombre de Dios, clama venganza contra los babilonios, previendo gozosamente el día en que algún mensajero de Jehová agarre por los pies a los niños inocentes de los malditos opresores y les quiebre la cabeza contra las rocas, como se lee en el Salmo 137.

          Quien, frente a esto, todavía exige que se acepte la Biblia como infalible manual de religión y ética, debe ser un verdadero analfabeto del espíritu, aunque sea tal vez doctor de la letra del libro sagrado. No hagamos de la Biblia lo que ella no es, ni nunca pretendió ser. Jesús no aceptó la Biblia en el sentido de esos estudiosos. Innumerables veces dijo: “Fue dicho a los antiguos; yo, sin embargo, os digo”;  o “no vine para abolir la ley, sino para llevarla a la perfección”. No se puede llevar a la perfección sino lo que es imperfecto, señal de que Jesús admite explícitamente que el contenido de la Biblia no es, toda ella, de la misma perfección. Esas imperfecciones no provienen de Dios, sino de los hombres, que no fueron capaces de recibir con perfección la perfecta revelación de Dios. La revelación divina es infalible, pero la interpretación humana es falible y siempre lo será.

          La confusión entre revelación divina e interpretación humana ha sido, a través de siglos, uno de los más deplorables errores de la iglesia de Roma. No imitemos sus errores, bajo el pretexto de corregirlos. Poca diferencia hace que esa infalibilidad sea atribuída a un solo hombre en Roma o a un grupo de hombres en Israel; ella es tan irreal, tanto en este como en aquel caso.

          Del resto, ¿qué especie de Dios sería ese que se revelase a un pueblo pequeño, minúsculo que, en ese tiempo, no representaba siquiera el 1% de la humanidad, dejando en la ignorancia al 99% del género humano? ¿Cómo podía esas centenas de millones de hombres, fuera y lejos de Israel, cuya existencia nadie conocía, llegar a conocer a Dios a través de las Sagradas Escrituras? . . . Y ¿qué hizo Dios antes del principio de la Biblia, así como después del Apocalipsis, último libro? La Biblia, como libro escrito, comienza unos 15 siglos antes de Cristo, y termina 100 años después de él. Ahora, ¿podríamos admitir que, en un larguísimo tiempo anterior al tiempo de Abraham, Isaac y Jacob, Dios no haya tenido nada que decir a la humanidad? ¿Y que, después de 100 años de la era cristiana, haya “cerrado el expediente de su trabajo”, como si fuese un funcionario público o un burócrata del siglo XXI? . . . Quien admite a semejante Dios es ateo, porque un Dios tan imperfecto y limitado no es ningún Dios.

          Es tiempo para enterrar a nuestros ídolos, por mas queridos y “sagrados” que sean; ídolos de nuestra estrecha teología medieval. Tengamos el coraje de poner en duda nuestras concepciones personales que nos separan y tengamos la humildad de aprender de la sabiduría de los siglos, que nos une. Vivamos el espíritu divino de la Biblia, en una comunión diaria con el Espíritu que la inspiró y apartémonos de la letra humana que tiende a falsificar y cubrir de mezquindad este libro. Sumerjamos nuestra alma en las profundidades del Libro Sagrado, en silencioso coloquio con el Eterno, en un amoroso diálogo con el Padre nuestro que está en los cielos, a ejemplo del Cristo que pasaba noches enteras en comunión con Dios y de esa beatitud divina regresaba a su diaria labor, armado de invencible coraje y penetrado por una tranquilidad, paz y felicidad, que iba más allá de toda comprensión.

          Solamente así, viviendo la Biblia como una grandiosa síntesis espiritual, comprenderemos intuitivamente el espíritu y nos apartaremos de cualquier discusión estéril de su letra.

 

 

          EL ACCESO DIRECTO DEL HOMBRE A DIOS

          El principio básico de la Reforma Evangélica del siglo XVI es esencialmente idéntico a la de los grandes profetas del Antiguo Testamento, principio que es, además, el de Jesús y San Pablo, y que proclama el acceso directo e inmediato del hombre a Dios, sin intermediación de cosa o persona humana alguna.

          Los sacerdotes de la sinagoga de Israel, sobre todo después de la muerte del último de los profetas, Malaquías (400 años antes de Cristo), abolieron prácticamente ese principio profético-espiritual por el principio sacerdotal-ritual, transformándose ellos mismos en indispensables intermediarios entre el hombre y Dios, acabando por crucificar al más alto representante del espíritu profético.

          Cerca de 400 años después de Cristo, en razón directa del paulatino declive del espíritu profético-espiritual, en el seno de la iglesia cristiana resurgió el viejo principio sacerdotal-ritual, que dio origen al movimiento político-jerárquico del catolicismo romano, del cual Tomás de Aquino, en el siglo XIII, se constituía supremo codificador; la “Suma Teológica” puede ser considerada como el certificado del óbito del principio profético, del acceso directo del hombre a Dios; es una permanente “luz roja” en medio del camino, señalado “prohibición de pasar” para la humanidad en marcha; la “luz verde” del camino abierto es, por esa teología como una herejía. Fuera de la iglesia, esto es, de la teología romana, no hay salvación.

          Desde el siglo XIII se observa, en diversos sectores de la iglesia cristiana, una creciente rebeldía contra esa adulteración religiosa en general y del cristianismo en particular. Hay un ansia vehemente de regreso al genuino concepto de la religión. Hombres valerosos dentro de la iglesia romana, intentaron rehabilitar el principio profético-espiritual, cayendo sin embargo víctimas de la prepotencia brutal del sacerdocio triunfante, como sucedió a Jesús, víctima del eclesiastismo de Israel.

          En el siglo XVI, los conocidos Reformadores tuvieron más éxito, consiguiendo proclamar nuevamente en la mitad de Europa el antiquísimo principio del acceso directo del hombre a Dios. Siendo que el alma humana es “imagen y semejanza de Dios”, “participante de la naturaleza divina”, de la “estirpe divina”, siendo que “el reino de Dios está dentro del hombre” (dentro de todo y cualquier hombre, por el hecho de serlo), siendo “que el alma humana es cristiana por naturaleza”, puede el hombre encontrar a Dios con su luz interna, contando con que alimente debidamente esa luz divina dentro de sí, por la fe y por la vida.

          Desgraciadamente, en el transcurso de los siglos siguientes a la Reforma, le pasó al Protestantismo lo mismo que a la sinagoga de Israel y a la iglesia primitiva: el Protestantismo acabó por abandonar, de manera notoria, ese principio profético-espiritual, recayendo gradualmente al nivel del sacerdocio de la sinagoga decadente y del catolicismo romano. En vez de la ley infalible de la sinagoga, en vez del Papa infalible de Roma, proclamaron una Biblia infalible, procurando una vez más obligar a la humanidad a admitir un intermediario humano entre el hombre y Dios. Y, para hacer aceptable ese intermediario bíblico, abogaron por la idea absurda de que todo cuanto los autores de los libros bíblicos habían escrito fue revelación divina, aun cuando esos intermediarios defendieran las cosas más anti-divinas, como la ley del talión, la matanza de inocentes, el robo, la mentira, el adulterio, etc. Quiero decir que, una vez más, encendieron en el camino entre el hombre y Dios, una permanente luz roja de prohibición para transitar, cuando el principio profético y genuinamente cristiano-evangélico mantiene una permanente luz verde de camino abierto. Esa infeliz orientación dentro del Protestantismo es un deplorable regreso al espíritu de la sinagoga decadente y del catolicismo romano.

          Así se comprende por qué muchos hombres genuinamente cristianos de nuestro siglo, responden invariablemente a todos los misioneros cristianos, católicos y protestantes, que intentaban “convertirlos”: “Acepto integralmente al Cristo, pero no acepto vuestro cristianismo”.

          Es profundamente trágico que todos los hombres realmente espirituales, integralmente evangélicos y realmente católicos (en el sentido primitivo del término), no sean tolerados por los semi-espirituales, por los semi-evangélicos y por los semi-católicos. Aquellos son los que se guían invariablemente por la “luz interna”, por el “Cristo interno” por el “Espíritu Santo”. Es una de las mayores ironías de la historia del cristianismo, que hombres 100% espirituales, sinceros estudiosos del espíritu de la Biblia, hayan sido barbaramente perseguidos y excomulgados como herejes, por los teólogos de la letra del libro inspirado. Todos los cristianos auténticos, los místicos, los verdaderos iniciados en el reino de Dios, consideran la ley, la iglesia, la Biblia, como auxiliares en su camino rumbo a Dios, pero no como intermediarios entre ellos y la Eternidad, y mucho menos como únicas fuentes o normas de fe y vida. Ellos son los verdaderos académicos de la espiritualidad, mientras que los esclavos de la letra no dejan de ser alumnos de la escuela primaria y deletrean las letras del abc de la religión.

          Se puede objetar que esa tal “luz interna” es algo vago, incierto, que no permite organización eficiente y que crea divisiones dentro de la iglesia.

         
          En cuanto al pretendido carácter vago de esa “luz interna” solamente puede hablar así quien es un perfecto analfabeto en el asunto y sólo conoce esa luz por “oir hablar” de ella, así como un ciego de nacimiento “conoce” la luz física después de haber estudiado unas teorías sobre ella. En realidad, esa “luz interna”, que no es sino el espíritu de Dios dentro del hombre” es la cosa más precisa y eficiente que se pueda imaginar, porque 1) anula radical y definitivamente el egoísmo en todos sus aspectos, individual, nacional y eclesiástico; tres tipos de egoísmo que han degradado a la humanidad; 2) proclama el amor universal e incondicional dentro de la vida humana, haciendo que todo sea un solo corazón y una sola alma, como sucedía entre los primeros cristianos, que aún poseían la plenitud de los carismas divinos o del espíritu profético-espiritual; 3) infunde al hombre una profunda alegría y un gran entusiasmo en el cumplimiento de los preceptos éticos, haciéndole “amar la ley”, aquello que los profanos rechazan y no hacen, aquello que los semi-espirituales odian y cumplen con sacrificio y disgusto.

          Aquí tenemos, pues, una prueba simple y cierta de un hombre guíado por la “luz interna”. Quien no anula su egoísmo, quien no proclama el amor universal, quien no siente verdadera alegría en cumplir los preceptos éticos, todavía está lejos del reino de Dios.

          ¡Es tiempo, pastores del rebaño de Cristo, para conducir las ovejas a los pies del Cristo, y no para vanas teologías sobre el Cristo!.

          NOTA IMPORTANTE

          En el próximo fascículo concluye estas lecciones sobre “Inquietudes metafísicas y evangélicas”. Son notas que he ido tomando durante más de 35 años y en ellas he procurado dar una síntesis de mi pensamiento sobre las circunstancias actuales del cristianismo católico y mi posición con respecto a sus enseñanzas y fines, que marcan las diferencias con los Evangelios. Espero haber aclarado algunos puntos que me parecen importantes y haber satisfecho la inquietud del lector. Gracias.

 

          Llubí (Mallorca) Noviembre de 2.001.

 

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