INQUIETUDES METAFÍSICAS 2.5

Salvador Navarro Zamorano

 

 

 

                             

LA POTENCIA ÚNICA Y LAS MÚLTIPLES

      

    La naturaleza, origen y evolución del hombre, son comprensibles solamente a la luz de una visión universalista, de la unidad que se manifiesta en la diversidad.

          Frente a esto, todo y cualquier finito (forma) viene del Infinito (Uno) que, todavía, no excluye la posibilidad de tener los finitos fluyendo a través de otros de igual forma.

          El hombre, tanto a la luz de la lógica, como de los hechos históricos, fue transportado a través de otros organismos vivos; pero todos esos canales, menores y mayores, fluyeron de una fuente única.

          La Potencia Única se revela a través de las potencias múltiples; el Uno del Universo se manifiesta por la forma; la Esencia única se revela por las existencias varias.

          Nadie diría, en buena lógica, que el agua viene de la espita, ni de ningún depósito, porque ninguno de esos factores la produce, pero todos pueden recibir y canalizar el agua que viene de una fuente.

          En la naturaleza física, ni la fuente es el último factor del agua, ni el mar y los ríos de donde suben los vapores que originan la lluvia y las fuentes. En el mundo físico, nada es lo último ni absoluto; todo es derivado, relativo.

          En último análisis, todos los relativos de la física, suponen el absoluto de la metafísica, que no está hecha de otra causa, sino de una causa no causada, causa-prima.

          Einstein, autor de la teoría de la relatividad de todas las cosas analizables, no se cansó de repetir que “del mundo de los hechos no lleva ningún camino al mundo de los valores; porque ellos vienen de otra región”.

          Los valores son el absoluto de la metafísica, que no vienen de los hechos relativos de la física. Los actos relativos vienen del valor absoluto, pero pueden fluir incesantemente a través de otros hechos relativos.

          En otra ocasión, afirmó Einstein que, por la ciencia descubre el hombre los acontecimientos ya existentes como las leyes de la naturaleza; pero por la consciencia crea el hombre valores que él hace existir; el decubrimiento de los hechos hacen al hombre erudito; la creación de valores lo hace bueno y feliz.

          Por la consciencia crea el hombre valores, cuando armoniza su consciencia individual con la Consciencia Universal, por la verdad, la justicia, el amor y la fraternidad universal.

          La ciencia analítica solamente puede probar los hechos relativos, pero la consciencia metafísica sabe de un valor absoluto.

          Ese valor absoluto, esto es, el Uno de la Esencia, la Realidad, la Causa-prima, no son objeto de demostración analítica como los hechos; pero el hombre de consciencia intuitiva tiene plena seguridad de ese Absoluto, que es su “postulado” fundamental.

          El “postulado” no es una hipótesis, pero sí una evidencia inmediata, que no puede ni debe ser probada; es la propia consciencia intuitiva de la seguridad, supuesto que el hombre no obstruya la actuación de tal consciencia.

          La seguridad intuitiva, dice Einstein, es anterior a cualquier prueba analítica; las pruebas son apenas una tentativa para justificar la certeza a los que no la tienen.

          Un año antes de su muerte, en 1.954, escribe Einstein a un amigo: “Las leyes fundamentales del Universo no pueden ser demostradas por la lógica, sino por la intuición”.

          Las leyes son el Absoluto, los hechos son lo Relativo.

          Todos los hechos relativos vienen de la ley Absoluta y Einstein identifica esta ley con el Infinito, diciendo: “Dios es la Ley”.

          Ningún científico de nuestro siglo habla tanto de Dios como Einstein; pero él no entiende como Dios a ninguna persona individual sino al “alma del Universo”, como escribió antes Spinoza.

          El “alma del Universo” es la Ley, lo Absoluto, la Esencia, el Infinito, la Fuente, el Uno, el Todo, cuya íntima naturaleza es manifestarse sin cesar a través de infinitas existencias.

          Una de esas existencias finitas de la Esencia Infinita es el hombre, la más perfecta manifestación conocida del Absoluto, aquí en el planeta Tierra. El hombre emanó del Absoluto, no directamente en la forma que conocemos hoy; sino que precedido, a través de milenio, por formas pre-hominales.

          Una de esas formas o potencialidades, emanadas de la Potencia, adquirió la idoneidad de manifestar la potencia en forma consciente y libre, cuando las otras formas o potencialidades eran inconscientes y automáticas.

          Entretanto, cuando digo que el hombre fue reencarnado por organismos inferiores, no entiendo que esa reencarnación haya sido un flujo sucesivo de organismo en organismo, del mundo mineral hasta el mundo vegetal o animal. La Esencia Infinita es omnipresente y siempre presente, independiente de tiempo y espacio, simultánea y totalmente presente, y por eso no se puede decir que la esencia de la naturaleza humana haya fluído a través del tiempo y el espacio, hasta la forma humana.

          Cuando la Potencia hubo llevado una de las potencialidades pre-hominales a cierto grado de evolución, entonces esa potencialidad, un organismo de elevada perfección, reveló consciencia y libre albedrío, emanadas de la Potencia omnipresente.

          Toda la creación es simultánea, solamente la evolución posterior es sucesiva, como ya escribía San Agustín en el siglo V. Todos los efectos finitos son eternos en la causa prima, en la Potencia, en la Esencia, aunque sus existencias relativas sean temporales.

          La llegada del hombre no fue un acontecimiento sobrenatural, fuera de la serie anterior; fue la culminación de una creatividad, el punto Omega, de una larga serie de creatividades inferiores.

          Como ya dije, es de la íntima naturaleza del Uno, de la Esencia, manifestarse de mil maneras en la forma de las Existencias; todas estas potencialidades existenciales son emanaciones de la Potencia Esencial.

          El mundo mineral, vegetal y animal son potencialidades inferiores, inconscientes, o menos conscientes, mientras que el hombre es, aquí en la Tierra, la potencialidad más consciente; lo que no excluye que pueda volverse más consciente y libre.

          Además, este es el camino cósmico del hombre: intensificar y extender cada vez más su consciencia inicial. El hombre es indefinidamente perfeccionable, por el poder de su consciencia y libre albedrío. No fue creado perfecto, pero sí perfectible; y la tarea del hombre es ser cada vez más perfecto.

          El hombre en la Tierra, es la única criatura que tiene en las manos las riendas de su destino evolutivo. En las otras criaturas, la evolución depende de la “Inteligencia Cósmica”. También la envoltura material y mental del hombre participa de esa evolución: cuanto más auto-consciente es el Yo Superior del hombre, tanto mayor su posibilidad de evolucionar también con el ego, mente y cuerpo. En vez de ser solamente iluminado unilateralmente, como una tabla opaca, puede el hombre ser totalmente un ser de Luz, atravesado e invadido por la luz del espíritu, así como un cristal es totalmente penetrado por una intensa luz.

          El hombre en evolución ascensional, puede diafanizar su mente y cuerpo por el espíritu, aproximándose al Cristo, del cual escribió Pablo de Tarso: “En él habita corporalmente toda la plenitud de Dios”.

 

 

 

 

                      ORÍGENES Y EL DRAMA EVOLUTIVO

 

 

 

          En la primera mitad del III siglo, vivía en Alejandría, el gran filósofo neo-platónico Orígenes, que escribió una obra monumental titulado en griego Apokatástasis, que se podría traducir por “Conciliación” o “Síntesis”.

          En esta obra mostraba Orígenes que la evolución de la especie humana está condicionada a dos factores: positivo y negativo. El factor positivo está representado históricamente por el Cristo y el negativo por el Anticristo.

          Esos factores evolutivos, aparentemente contrarios, tienen una función de complementaridad, rumbo a una síntesis armoniosa, a una elevada evolución.

          Este libro, del que solamente existía un original manuscrito, fue quemado por orden de la jerarquía eclesiástica de la época y Orígenes fue destituído del puesto de maestro de catecúmenos (candidatos al cristianismo) y de los neófitos (los recien convertidos al cristianismo). Orígenes se retiró pacificamente a Palestina, donde siguió viviendo como filósofo y místico cristiano el resto de su vida.

          Nada sabríamos del contenido de este libro, si algunos discípulos de Orígenes no hubiesen hecho sus copias sobre las enseñanzas del maestro, algunas de las cuales han llegado hasta nosotros.

          Según la jerarquía eclesiástica de su tiempo y la teología hasta hoy, el Cristo y el Anticristo son irreconciliables; el Anticristo debe ser destruído para que el Cristo pueda triunfar. Orígenes, sin embargo, como pensador lógico y profundo, defiende la bipolaridad, tanto del macrocosmo sideral, como también del macrocosmo humano. Su pensamiento es lo que hoy llamaríamos filosofía universalista: el Uno (Yo) del hombre, necesita de lo físico-mental (ego) para su evolución indefinida; la Esencia debe esencializar toda la Existencia, realizando la convergencia rumbo a la síntesis del hombre integral. En su parte existencial, el Universo está en permanente evolución fluída; es antes un proceso dinámico que un estado estático.

          También el hombre participa de esa bipolaridad; para su evolución necesita tanto de lo positivo como de lo negativo, tanto de la antítesis Cristo, como de la síntesis Anticristo, tanto del pro como del contra.

          Como gran conocedor de la Biblia, Orígenes sabía que el soplo de Dios, en el Génesis, y el silbido de la serpiente, son dos factores espiritual y mental, del hombre en evolución. La perfección o auto-realización  del hombre, no consiste en afirmar su Cristo (Yo) y negar su Anticristo (ego), sino en establecer una perfecta armonía y equilibrio entre esos dos factores de su naturaleza, la cual está en indefinida evolución, una especie de sinfonía sin fin.

          Además, toda la armonía del Universo consiste en el equilibrio armonioso entre la fuerza centrípeta y la fuerza centrífuga del cosmos. No es necesaria, ni es posible, mantener el positivo y destruir el negativo; la armonía del Universo consiste en una síntesis complementaria entre esas dos antítesis en lucha.

          En el macrocosmo sideral, esas dos fuerzas se hallan equilibradas automáticamente; pero, en el microcosmo humano, debe el libre albedrío del hombre establecer el equilibrio armonioso entre el Uno del Yo y el mental-físico del ego, entre su Cristo interno y su Anticristo externo.

          Enseñar tan gran verdad en un ambiente primitivo, como el del III siglo, y aún en el siglo XXI, es una temeridad. Las grandes verdades son alimento para los espiritualmente adultos, pero pueden ser veneno para los espiritualmente inmaduros e infantiles.

          En los primeros siglos, escribía Pablo de Tarso a los cristianos de Corinto: “A los que entre vosotros son niños en Cristo, que se les de leche para beber, pero los adultos en Cristo han de comer comida sólida”.

          Orígenes quiso dar a comer alimentos sólidos a los niños de su tiempo, a los catecúmenos y neófitos de Alejandría, a lo que parece. Por esto, la jerarquía eclesiástica tomó la defensa del jardín de infancia espiritual, quemando la obra monumental de Orígenes; a los niños del catecismo y la escuela dominical, se les ha de decir que el Cristo debe existir y el Anticristo ha de morir.

          Entretanto, es sabido que todos los maestros espirituales de la humanidad realzan, unánimemente, el polo positivo del Yo y combaten el polo negativo del ego.

          ¿Por qué?

          Porque en una humanidad en evolución primitiva, como la nuestra, el polo negativo y superficial del ego, se desarrolla en primer lugar y amenaza impedir el despertar del polo positivo del Yo. La ego-consciencia es una herencia racial, un regalo por nuestro nacimiento, que los teólogos llaman pecado original, atribuyéndolo a Adán, del cual nuestra humanidad lo habría heredado, no se sabe en virtud de qué lógica e justicia . . .

          La verdad es que la intelectualidad del hombre es más antigua que su espiritualidad o racionalidad. Esta última, hasta hoy, tiene que ser una conquista de la consciencia de cada indivíduo, al no ser un patrimonio de la raza.

          Siendo que, como dice la filosofía oriental, el ego es el peor enemigo del Yo, este ego hace lo posible para impedir que despierte el espíritu, el logos.

          Es ilusión tradicional entre los teólogos que el bautismo puede anular tal pecado original. El único factor capaz de superar el ego pecador es el Yo redentor, si éste consigue prevalecer contra aquél. Sabiamente decía Juan el Bautista: “Yo os bautizo con agua, pero después de mí vendrá alguien que os bautizará con el fuego del Espíritu Santo”, aludiendo a ese despertar del Yo-Cristo en el hombre.

          Ante esto, todos los maestros espirituales enfatizan la necesidad del Yo espiritual y reprimen todo lo posible el dominio del ego mental; lo que es correcto frente a una humanidad de primitiva evolución. Orígenes, a lo que parece, escribió su obra para una humanidad venidera, que no existía ni existe hasta el presente, donde tiene apenas algunos anticipadores esporádicos. El Cristo siempre mandaba al Anticristo a la retaguardia como dócil servidor, y no lo toleraba como arrogante señor; pero nunca lo anuló ni lo expulsó..

          El libro de Orígenes es más crístico que cualquier otro cristiano, si por esta palabra entendemos nuestra teología dominante.

 

 

 

                              LA EVOLUCIÓN POR EL SUFRIMIENTO

 

 

 

         El sufrimiento es un fenómeno universal en todo el mundo de las existencias vivas.

          A primera vista, parece una paradoja, y no falta quien invoque el sufrimiento universal como un argumento contra la existencia de Dios.

          Si la vida física, existencial, del Universo, el mundo de los finitos, fuese un estado estático y no un proceso dinámico, sería incompresible el fenómeno del sufrimiento universal.

          Pero el mundo de los finitos, como decía Einstein, es el mundo de la relatividad universal. Todo es un fluído devenir, nada es un rígido ser. Si hay un ser sin devenir o venir a ser, entonces es el Uno del Universo.

          La paradoja del sufrimiento universal en el mundo de las existencias finitas, es la mayor de las verdades, la gran verdad evolutiva.

          Pero no debemos confundir el sufrimiento-débito con el sufrimiento crédito. El primero es enfermizo y el segundo es saludable.

          Por encima de todo, si no hubiese sufrimiento en el mundo de los vivos, no habría garantía para la conservación de la vida y su integridad. El sufrimiento, el dolor, es el gran protector de la vida e integridad de los vivos. Toda vez que un organismo es herido de cualquier forma, surge una alerta de dolor, para que el ser vivo tome las precauciones necesarias para evitar males mayores.

          También el propio camino de la evolución es una especie de sufrimiento, porque es un sendero ascensional y toda ascensión lleva en sí un dolor, pero sufrimiento sano, sufrimiento-crédito.

          ¡Ay del mundo de los vivos, si no hubiese dolor, sufrir protector y evolutivo!

          En el mundo del hombre, aparece una nueva especie de sufrimiento, sobre todo de sufrimiento-creador, porque la consciencia y libre albedrío son puertas abiertas para una evolución ilimitada, inseparable del fenómeno del sufrimiento voluntario, del sufrimiento-crédito, que también se podría llamar metafísico. Cuanto más el hombre evoluciona rumbo a las alturas, tanto más nitidamente percibe su futuro glorioso. Solamente el hombre de baja evolución puede estar satisfecho con su estado, sin sentir la feliz insatisfacción de una posibilidad superior.

          La infeliz satisfacción consigo mismo, mantiene al hombre primitivo en un nivel de estancamiento estático.

          Pero, cuanto más sabe el hombre tanto más siente la feliz insatisfacción con su nivel actual, y tanto más crece su ansia rumbo a un nivel superior. Su crecimiento aumenta en razón directa de su evolución.

          En un salto evolutivo de gran altura entra el hombre, no propiamente en una feliz satisfacción, como sería de esperar, sino en gozo sufrido, una felicidad al mismo tiempo feliz e insatisfecha; feliz por estar en la línea recta de su destino; insatisfecha, porque la consciencia de su distancia del Infinito se hace cada vez más nítida e intensa.

          Si la vida eterna fuese un cielo gozado, no sería aconsejable una evolución superior. Pero el cielo del hombre superior es al mismo tiempo un cielo gozado y un cielo sufrido, una felicidad insatisfecha.

          Cuanto más se posee a Dios, tanto más se va en Su busca; y ese más de poseer y ese más de buscar es su vida eterna, su eterna felicidad; no una vida estática, sino una existencia dinámica.

          Con mucho acierto dice la matemática: la distancia entre cualquier finito y el Infinito es siempre infinita.

          Esa infinitud y esa rectitud son los dos polos sobre los cuales gira toda la evolución del hombre superior: un cielo deliciosamente sufrido y dolorosamente gozado.

          Es sabido que todos los avatares, las entidades de evolución elevada, descienden a las regiones inferiores a fin de poder evolucionar más tarde. Pablo de Tarso, atribuye esa antidromia al propio Cristo que, por el hecho de su encarnación terrestre, se tornó un Cristo superior, según el texto de la Epístola a los Filipenses; después de sus voluntarios sufrimientos, el Cristo “entró en su gloria”, en una gloria evolutiva, mayor que la anterior.

          Ese querer subir más, nada tiene que ver con el egoísmo, como piensan algunos inexpertos, sino que es el destino de todo ser creador, la razón de ser de la propia existencia.

          No es exacto atribuir esa antidromia de los avatares al deseo de ayudar a otras criaturas existentes en planos inferiores. El avatar no desciende para fines de redimir a otros, sino para su auto-redención futura, o sea, su mayor auto-realización. Es por lo que todo amor incondicional se basa necesariamente en el amor a sí mismo, y esta es la sabiduría de todos los maestros de la humanidad: quien no se ama a sí mismo, no puede tener amor incondicional.

          Los avatares descienden a regiones inferiores a fin de encontrar la debida resistencia, indispensable para cualquier evolución. Pero, como toda plenitud rebosa el vaso que la contiene, necesariamente redunda en beneficio de seres inferiores, supuesto que ellos estén suficientemente abiertos o receptivos para recibir tanta luz.

          Sucede entonces, que muchos de esos seres inferiores, en medio de los cuales aparece el avatar, no tienen esa receptividad y entonces sienten la presencia del avatar como una ofensa, un desafío y los hostilizan por todos los medios. Dificilmente, un pigmeo tolera ser eclipsado por la sombra de un gigante, como aconteció al Cristo, que fue crucificado, muerto y sepultado, por la incompresión de sus semejantes.

          Tan grande es ese misterio que 2.000 años de cristianismo no ha comprendido todavía el por qué de la antidromia o encarnación del Cristo en la persona humana de Jesús de Nazaret.

          A estas alturas, el sufrimiento se hace decididamente positivo, tanto para el sufridor como para los receptores del transbordamiento de luz.

          Cuanto más liberado se encuentra un avatar, tanto más se esclaviza libremente, a fin de liberarse cada vez más. Solamente pocos liberados evitan la esclavitud voluntaria, porque no han conseguido aún descifrar el Abc de la evolución y la auto-liberación.

          Para los seres de alta evolución, el sufrimiento voluntario es un “yugo suave y peso leve” y no un “camino estrecho y puerta angosta”, como lo es para los recién alfabetizados o para los analfabetos de la evolución.

          Al principio, el ego humano es analfabeto total en esa experiencia; no anda siquiera por el camino estrecho y la puerta angosta, como hace el hombre virtuoso de ego ligeramente alfabetizado.

          El hombre de elevada evolución no es vicioso ni virtuoso, sino sabio. No venga las ofensas, como el analfabeto, ni las perdona, como el recién alfabetizado o virtuoso, sino que simplemente las ignora. La ofensa es de los egos, viciosos o virtuosos; la inofensividad es del Yo de la sabiduría.

          Quien esté en la fosa del ego es como el agua, que puede volverse impura; pero quien está en las alturas del Yo, es como la luz, absolutamente incontaminable por cualquier impureza.

          “Vosotros sois la luz del mundo”.

 

 

 

 

   

 

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