INQUIETUDES METAFÍSICAS 2.4

Salvador Navarro Zamorano

 

 

   

 

 

LA RUTA HUMANA A TRAVÉS DE LA VIDA, LA INTELIGENCIA,                          RUMBO A LA RAZÓN

 

Cuando la vida alcanzó su máxima perfección en el organismo del animal, surgió en él la inteligencia y, más tarde, la razón.

Pero la naturaleza típica del hombre consiste en la inteligencia que lleva a la sabiduría y en la razón de la espiritualidad; o, según el Génesis, en el silbido de la serpiente y en el soplo de Dios.

Estas dos consciencias, la inteligencia del ego y la razón del Yo, nacieron con el origen del hombre; antes de esto solamente había vida animal.

La inteligencia del ego nació llena de consciencia de sí, en estado consciente, mientras que la razón del Yo continuaba semi-consciente, como sigue hasta hoy en la mayoría de los hombres.

Frente a ese despertar del ego y ese adormecimiento del Yo, era inevitable que el uno fuese derrotado por el otro.

En esa derrota del logos y en esa victoria de la inteligencia, consiste lo que los teólogos denominan la caída del hombre, la cual es el preludio de su posterior evolución, hecha de una larga cadena de caídas y volver a levantar el vuelo, porque Dios creó al hombre lo menos posible, para que pudiese crearse lo más posible.

Cuando el ego consciente de la inteligencia despertó en el hombre, en el hombre animal, entró en conflicto el intelecto con el instinto, la inteligencia con el cuerpo animal.

Toda la biosfera de la vitalidad conoce la líbido del sexo, que en el plano físico, es un medio necesario para procrear, como finalidad sexual. El instinto sexual del animal funciona infaliblemente en armonía con las Leyes Naturales. Todo animal usa la líbido como medio y nunca como un fin, porque la naturaleza del animal está en sintonía automática con las leyes cósmicas.

Pero, cuando aparece la inteligencia humana, entra el hombre en conflicto con el instinto animal, usando la líbido como un fin y no simplemente como un medio para un fin superior, pervirtiendo las Leyes Cósmicas. La inteligencia descubrió que se puede gozar la líbido por su misma causa, el placer sexual por la simple búsqueda del gozo, independiente de su finalidad natural.

Nació así la primera rebeldía de una criatura contra la Ley natural, que es portavoz de las Leyes Cósmicas. Nació la lujuria, la líbido pervertida, falsificada.

La inteligencia pervirtió al instinto.

El intelecto pervirtió a la naturaleza.

Esta fue la primera rebeldía del libre albedrío, recién nacido en el hombre primitivo.

Y esta desarmonía, intelecto como instinto, no puede ser vuelta a armonizar mientras no despierte en el hombre el logos de la razón, único factor capaz de realizar un tratado de paz entre el intelecto y el instinto.

En cuanto el intelecto se sirva del sexo como lujuria y no como un medio para alcanzar un fin superior a través de la potenciación de la energía de la líbido, la vida humana será guerra o armisticio, pero nunca paz.

Esta es la situación de la humanidad hasta hoy, y por esto perdura la triple maldición de la inteligencia de la mujer y del hombre, de la que habla el Génesis. El hombre se encuentra aún en el primer estadio evolutivo: rebeldía del intelecto contra el instinto.

Este estado primitivo de discordia proseguirá mientras no despierta la razón como supremo árbitro y pacificador en ese campo de batalla y realizar el gran tratado de paz.

Solamente la victoria del soplo de Dios sobre el silbido de la serpiente podrá llevar al hombre de su actual estadio evolutivo hacia otro superior de evolución: el estado del hombre cósmico, del hombre integral.

Cuanto más la líbido se convierta en amor, tanto más el hombre se convertirá en un ser realizado.

Incluso es posible que cese totalmente la líbido y reine soberamente el amor, y entonces surgirá la alborada de una nueva humanidad: habrá creación por el logos, en vez de procreación por el físico-mental.

Y, por fin,culminará toda la procreación racial en pura creación individual; la vasta horizontalidad de la criatura de procreación, culminará en la alta verticalidad de la creación individual: el “Hijo del Hombre”.

Este es el camino milenario del hombre, desde el Alfa hasta el Omega, desde su primitiva perfectibilidad; con, sin o contra las veleidades humanas.

De la líbido sin amor al amor sin la líbido.

 

 

 

 

                    LOS ALBORES DE UNA NUEVA HUMANIDAD

Hay en el Génesis de Moisés, unas palabras de buena nueva, jamás comprendidas en el sentido de una lejana cosmo-visión de la humanidad.

Dicen los Elohim, las Potencias Creadoras, de las que Moisés era un buen transmisor, que pondría enemistad entre la serpiente y los otros animales y entre la mujer y su generación; el descendiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente, y ella armará celadas en el calcañar del vencedor.

En lenguaje no simbólico, diríamos:

Hay, de momento, amistad entre la humanidad y la inteligencia; pero llegará el día en que esa amistad acabará en enemistad; el descendiente de una mujer, en el futuro, derrotará la inteligencia que, hasta hoy, domina la humanidad, descendiente de aquella  mujer que hizo amistad con la inteligencia. Pero, a pesar de derrotada, la inteligencia continuará hostilizando al vencedor, aunque no pueda derrotarlo como antes; aunque con la cabeza aplastada por el vencedor, la inteligencia intentará atacar su talón de Aquiles; no enfrentándose, porque está derrotada, sino que se arrastrará tras el vencedor para ver si, al menos, consigue morder su calcañar.

Esa es la misteriosa visión de una humanidad que superó a la actual, dominada y tiranizada por la inteligencia analítica que, según el Bhagavad Gita, es enemiga irreconciliable de la razón intuitiva. La visión alude a la victoria del logos sobre la inteligencia. Por desgracia, nuestro lenguaje es tan confuso que confunde inteligencia con razón, dificultando enormemente una filosofía exacta.

Si Moisés hubiese escrito en griego, podría haber hablado de la victoria de la razón sobre la inteligencia; si hubiese escrito en sánscrito, podría haber hablado del ego que siempre hostiliza al Yo.

En estas palabras alude Moisés, o mejor, aluden los Elohim, a una humanidad superior a aquella que conocemos, a una humanidad de racionalidad cósmica, distante de nuestra humanidad de intelectualidad materialista.

Pondré enemistad entre ti (serpiente) y la mujer; entre tu descendencia y la descendencia de ella”.

Evidentemente, aquí los Elohim se refieren a una mujer que no sucumbió a la sugestión de la antigua serpiente, madre de nuestra humanidad, de inteligencia intelectual; se refiere a una mujer con la cual comienza la nueva humanidad del logos racional.

Logos es el nombre que el cuarto Evangelio dá al Cristo: “En el principio era el Logos . . .”

Es sabido que Nostradamus y otros videntes del futuro, sin exceptuar al propio Cristo, vaticinaron la destrucción de nuestra humanidad en la “plenitud de los tiempos”. El pueblo entendió que esa catástrofe se daría al final del segundo milenio, atribuyendo a Jesús las palabras: “Dos mil años pasarán”.

A juzgar por los indicios, la actual humanidad está preparando gradualmente su suicidio colectivo, no sólo por el desencadenamiento de fuerzas nucleares, sino por la creciente rebeldía contra las leyes cósmicas que debían gobernar los manantiales biológicos de la vida humana.

Entretanto, ese fin de nuestra humanidad no coincide con el fin de la humanidad en sí. Una élite no contaminada por el silbido de la antigua serpiente servirá de semilla para la nueva humanidad.

Los planes cósmicos de los Elohim no pueden fallar; si ellos hicieron del hombre la obra-prima de creación material, ellos han de cumplirse infaliblemente. Pero el cuándo y el cómo de ese cumplimiento, depende de la creatividad del propio hombre.

Quien puede, debe; y quien puede, debe y no hace, crea débito; y todo débito genera sufrimiento. Esta frase concretiza con precisión toda la lógica y matemática de la Constitución Cósmica del Universo.

Nuestra humanidad puede realizarse, pero no lo hace. Por esto es debedora ante la justicia del Universo; y todo débito genera sufrimiento.

Esos sufrimientos de nuestra humanidad debedora, son inevitables porque son la reacción automática contra la acción del debedor.

Pero, una vez purificada por sufrimientos sin precedentes, la humanidad que sobreviva entrará en un nuevo estadio evolutivo: de la inteligencia para la razón, del ego para el Yo.

El descendiente de la nueva Eva aplastará la cabeza del descendiente de la primera mujer.

Extrañamente, dice el Génesis que la antigua serpiente, aunque derrotada, no dejará de hostilizar a su vencedor, aunque ahora disfrazada y traidoramente.

Estas últimas palabras revelan una cosmo-visión de gran alcance, y hacen ver que habrá siempre hostilidades entre el silbido de la serpiente y el soplo de Dios, entre el ego y el Yo, entre el anticristo y el Cristo, porque la evolución seguirá indefinidamente, una vez que sin resistencia no hay evolución.

En la vida de Jesús tenemos la incesante tentación del ego contra el Yo; pero, al mismo tiempo, una constante victoria del Yo sobre el ego. En un estadio de avanzada evolución, no puede haber derrota de lo superior por lo inferior, pero habrá y deberá haber, una lucha permanente entre el ego y el Yo, porque sin esa lucha la evolución acabaría; y el mundo de las criaturas es de una evolución sin fin.

La evolución ascensional va rumbo al Infinito, sin jamás coincidir con él; la involución va rumbo a la nada existencial. La existencia de los seres vivos puede dejar de ser esta vida, pero su esencia no puede dejar de ser, que es una y eterna.

La nueva humanidad, orientada por el logos de la razón, no será más cuantitativa por la procreación sexual, sino que será cualitativa por la auto-creación individual; la erótica horizontal será superada por la mística vertical.

Esta existencia mística será como una vertical sin fin, una sinfonía inacabada.

La actual existencia erótica es como un zig-zag en el plano horizontal, cuantitativo, que culminará en la línea recta de la vertical cualitativa.

La cantidad temporal sirve de base a la cualidad eterna, así como la base de una pirámide es necesaria para la cúspide de la misma.

Las Leyes Cósmicas, sobre todo en el sector humano, son nítidamente verticales, aunque basadas en la horizontalidad.

El espíritu divino, que después de la encarnación llamamos alma, necesita de la horizontal del cuerpo para poder verticalizarse por esfuerzo propio; heredó la libertad y debe adquirir la liberación. Del Infinito recibió el hombre su libertad; a través de lo finito del cuerpo debe conquistar su liberación.

Quien no se libera no es plenamente libre; una libertad sólo heredada es una semi-libertad; solamente una libertad adquirida por esfuerzo propio, una liberación, es libertad en toda su plenitud.

La única tarea del hombre, aquí en la tierra y en todas las existencias cósmicas del futuro, es su auto-liberación.

Los avatares, poseedores de una alta libertad, sienten la necesidad de liberarse cada vez más; por esta razón procuran resistencia, lucha, sufrimiento, porque saben que solamente así pueden traspasar el nivel de su actual evolución.

La humanidad materialista que pierde la visión de su evolución cósmica, entra en un estancamiento, que más tarde o temprano, desciende al plano de la involución, para terminar en la nada existencial.

El hombre, con los ojos fijos en su evolución cósmica, está en la línea recta de la verdad, sea cual fuera la distancia que lo separa del Infinito. La vida eterna no es una llegada final, sino una jornada real sin fin.

 

 

 

 

            LA ILUSIÓN QUE SEPARA Y LA VERDAD QUE UNE

Con el origen del hombre inició el Uno del Universo una nueva forma de manifestación: con el Verbo, apareció una criatura dotada de consciencia. Todas las otras formas de la Tierra solamente tienen consciencia de su indentidad con el Todo, aunque sea inconscientemente.

Nació el ego humano. Y el ego se contempló y vio que no era idéntico al Uno o Todo del Infinito. Y surgió en esa criatura la personalidad, la ilusión de la separación.

Lleno de sorpresa y entusiasmo se miró el ego de modo narcisista y se adoró en el espejo de su personalidd ilusoria.

Y, como poseía una débil consciencia, recién creada por el ego-personalidad, el hombre hizo lo posible para reforzar esa consciencia egoística. Y, de tanto afirmar su diversidad, el ego llegó a hipertrofiarse, corromperse y olvidar su identidad con el Todo. Cayó en la ilusión de que podía existir separado del Infinito.

Nació entonces lo que los teólogos llaman el “pecado original”.

El ego personal sucumbió a la ilusión de la separación y hasta hoy, todo hombre nace con esta ilusión: la de ser ajeno al Todo.

Esta ilusión de la personalidad separada es, hasta ahora, el regalo de nacimiento de toda criatura humana y, en esta ilusión, sigue viviendo el hombre, mientras no conquiste la consciencia de su unión con el Todo. Ningún bautismo lo puede liberar de ese “pecado original”. Solamente la luz de la verddad puede disipar las tinieblas de esa ilusión.

La ilusión del ego es necesaria para iniciar la evolución del hombre; de lo contrario, no habría habido evolución, que sólo se origina frente a una resistencia. La ilusión inicial es necesaria para conseguir la auto-liberación.

Quien no se libera por su propio esfuerzo, no es plenamente libre.

La corrupción del ego se refiere solamente a su existencia, mientras que en esencia tiene identidad con el Todo del Infinito; pero el ego no contempla esa identidad.

En la síntesis del egoísmo existencial con la identidad esencial, consiste toda la misión del hombre sobre la tierra y su auto-realización. Quien no logre esa gran síntesis entre el Ser del Yo y el Existir del ego, no ha entendido el por qué de su existencia terrenal. Su realización existencial acabará en frustración.

Quien hiciere la gran síntesis entre la diversidad existencial y la identidad esencial, ha realizado la verdad liberadora.

Todo lo que hace el ego por amor a su identidad separada es ilusión. El ego solamente conoce un falso actuar, un hacer por amor a los objetos externos, y nada sabe de una recta acción por amor al sujeto interno.

Sólo son posibles tres actitudes del hombre frente al sujeto y los objetos:

1.- El hombre profano, espiritualmente analfabeto, sólo se interesa por los objetos de su ego ilusorio, los sentidos y la mente.

2.- El hombre místico descubrió su sujeto real y, de tan encantado, abandonó los objetos ficticios; es un iniciado en la verdad que libera.

3.- El hombre cósmico descubrió su sujeto real y, más que esto, verificó que puede intensificar cada vez más la consciencia de esta verdad sin servirse de los objetos, sin ser dominado por ellos si actuara intensamente en cualquier sector de la vida, sin apegarse a nada material, sino realizando todas sus actividades únicamente por amor a su verdadero sujeto, el Yo; ese hombre es un auto-realizado.

Y, como toda criatura auto-consciente es finalmente realizable, el hombre cósmico sigue su evolución ascendente, realizando cada vez más su Yo central a través de las actividades de su ego periférico, tornándose así un hombre integral.

En este hombre, la consciencia de su Esencia, el Yo, traspasa y llena todas las existencias de su ego, así como la luz atraviesa un cristal transparente, de modo que difícilmente se pueda distinguir uno de otro, la luz y el cristal.

El hombre integral es, pues, un hombre cuya esencia divina llenó de esencia toda la existencia humana. A veces, esta penetración espíritu-materia llega hasta el punto de volverse perceptible físicamente, perdiendo el cuerpo opacidad y gravedad, diafanizándose como ocurrió con el cuerpo de Jesús en el monte Tabor.

El hombre cósmico auto-realizado, espiritual-corporal ha logrado la gran síntesis, armonizar las antítesis complementarias del sujeto-Yo del objeto-ego.

El camino evolutivo del hombre es, pues, este: antes de la encarnación terrestre, existe el puro espíritu, emanación individual del Espíritu Universal; este espíritu, sabiéndose realizable, pero aún no realizado, va en demanda de materia a fin de sufrir resistencia, porque sabe que sin ella no hay evolución. Encarnado en un cuerpo material, el espíritu actúa con el alma como ánima, animando a la materia corporal.

De aquí en adelante, hay dos alternativas: o el alma se realiza a través de sus experiencias con el cuerpo físico, o ella es dominada por la materia, iniciando su involución negativa, que puede descender hasta el cero de la existencia como hombre, perdiendo su naturaleza humana.

La alternativa del espíritu encarnado es: o una evolución ascendente y sin fin o una involución descendente, que hace inútil la encarnación espíritu-materia, extinguiendo así la naturaleza humana.

Estas son las opciones del libre albedrío.

Y esta la ruta evolutiva, donde el Alfa inicial puede alcanzar el Omega final.

 

 

 

 

                                    

   EL NARCISISMO DEL EGO

          Cuenta la mitología que vivía en Grecia un adolescente de inigualable belleza, llamado Narciso. Cierto día, se recostó el joven a la orilla de un lago plácido, cuyas quietas aguas parecían un espejo y fue contemplando en ellas la hermosura de su rostro. Y hasta tal punto se idolatró a sí mismo que se precipitó dentro del lago, donde murió ahogado.

          El ego mental del hombre es esencialmente narcisista. Nunca desvía la atención de sí mismo, porque no conoce nada superior a su propio egoísmo, que es su único Dios, al lado del cual no se permite adorar otros dioses.

          Cuando ese ego se vuelve algo virtuoso, permite egos ajenos a su lado, repartiendo su egoísmo en alter-ego o altruísmo.

          El ego monoteísta pasa a ser ego politeísta, pero el objeto del narcisismo, adorador y siempre el ego, quiere lo suyo y lo ajeno.

          El paso del egoísmo para el altruísmo es socialmente benéfico, pero individualmente ineficaz. No ha salido de la línea horizontal de la egoicidad, aunque haya trazado diversas horizontales en vez de una.

          La evolución del hombre exige que su horizontal egoísta se mueva rumbo a la vertical del Yo cósmico.

          Esta transición de la horizontal para la vertical no es repentina, no se da espontáneamente; se realiza de un modo paulatino, a través de numerosas líneas ascensionales, intermediarias entre la horizontal y la vertical.

          Según nuestra geometría, la vertical forma con la horizontal un águlo recto de 90º; pero entre los 0º de la horizontal y los 90º de la vertical, hay numerosas ascensiones de 1º, 2º, 3º,10º, 20º y más.

          Cuando la evolución de un hombre llega a los 10º, siente la tendencia gravitacional de recaer hacia el 0º horizontal. Cuando alcanza los 20º de subida, la tendencia gravitacional disminuye y va diluyéndose en razón directa que la separación de la horizontal aumenta y se aproxima a la vertical. En la línea de los 45º, medio ángulo recto, la fuerza gravitacional es mucho menor que en el grado 10º.

          Cuando el hombre alcanza la vertical y completa el ángulo recto, acaba toda tendencia gravitacional, porque la vertical es el punto neutro entre las ascensionales de todos los lados, siendo imposible la recaída.

          La línea vertical no es afectada por ninguna de las ascensionales ni por la horizontal; tiene plena inmunidad e invulnerabilidad.

          Esta es la experiencia que todo hombre tiene en su camino evolutivo, cuyo inicio es difícil y cuyo fin se torna fácil.

          Jesús de Nazaret llamó a las primeras líneas ascensionales “camino angosto y puerta estrecha”; y comparó el fin de las ascensionales y el principio de la vertical “yugo suave y peso leve”.

          En el principio de su evolución ascensional, obedece el hombre a un doloroso deber, a un maldito tú debes; en el fin, ese doloroso deber se convierte en un gozoso querer, y el maldito tú debes pasa a ser un bendito yo quiero.

          La sabiduría del Bhagavad Gita dice que el ego es el peor enemigo del Yo, pero luego añade que el Yo es el mejor amigo del ego.

          En los primeros estadios ascensionales, prevalece la fuerza gravitacional del ego hostil; en los estadios superiores impera más la succión ascensional del Yo amigo.

          El libre albedrío del hombre es responsable por esta prevalencia del ego o del Yo. Estos dos polos de la naturaleza humana son complementares y no contrarios; en el ego está contenido el gérmen del Yo; hay una perfecta identidad esencial entre ellos: el Yo potencial o gérmen del ego y el ego actual.

          Pero el gérmen del Yo, presente en el ego, está envuelto en una capa rígida, casi sin vida; esta cáscara es una protección necesaria para el gérmen que contiene.

          A su debido tiempo, la cáscara protectora deja de serlo y se transforma en un obstáculo.

          En ese estado evolutivo, debe disolverse la cáscara protectora, debido a los humores terrestres, para que el gérmen latente pueda manifestarse e iniciar su evolución rumbo a la planta.

          Y aquí es, precisamente, donde se evidencia el gran problema: si la semilla se identifica con su envoltura, rechazará ser disuelta y la simiente no podrá brotar, sino que morirá sin llegar a ser planta. Pero, si la semilla se identifica con el gérmen vivo y no con la cáscara, permitirá la disolución de ella y entonces brotará el futuro árbol.

          En la naturaleza física, la cáscara de la semilla siempre se deja disolver, cuando llega el tiempo de la germinación. En la naturaleza metafísica del hombre, puede la cáscara vivir en la ilusión de ser el propio gérmen; y, debido a esta fantasía narcisista, la piel se resiste a morir y la planta no nacerá; la semilla muere en su estirilidad, asesinada por una ilusión funesta, por el narcisismo del ego.

          El único camino de evolución para el hombre conduce al conocimiento de sí mismo.

          Esta puerta, se mantiene cerrada por el narcisismo del ego ilusorio, que identifica su superficie con el centro, o su contenedor con el contenido.

          En razón directa que disminuye el narcisismo mortífero del ego, crece la germinación vital del Yo.

 

           

 

 

 

   

 

 

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