Inquietudes Metafísicas I

Salvador Navarro Zamorano

 

   

 

                                               P R E F A C I O

 

          Casi todos los libros que tratan sobre el hombre se limitan a centrar su evolución milenaria, desde los tiempos remotos en que vivía como un animal salvaje en los bosques primitivos, hasta el hombre de la Era Atómica y Cosmonáutica, que ha llegado hasta la Luna e intenta la conquista de otros planetas.

          Esos libros tratan de la evolución física y mental del hombre, pero pasan silenciosamente su origen metafísico y racional; hablan de los canales, pero no dicen nada de la fuente.

          La ciencia integral de nuestros días exige una base metafísica para todas las cosas físicas, porque según Einstein, “del mundo de los hechos no hay camino para el mundo de los valores; porque estos vienen de otra región”.

          Los valores de la metafísica no se pueden derivar de los de la física, pero tienen su origen “en otra región”, en el mundo metafísico. Los hechos son analizables por la inteligencia, mientras que los valores son intuídos por la razón espiritual, a la que Einstein se refiere muchas veces: “Las leyes fundamentales del cosmos no pueden ser descubiertas por la lógica, solamente por la intuición”.

          Esta síntesis de hechos físicos y valores metafísicos forman la ciencia integral de nuestros días.

          Los que hablan sólo de las condiciones históricas del hombre a través de sucesivas potencialidades, no hacen justicia a la ciencia integral, que incluye también la Potencia, de la que se derivan todas las potencialidades.

          El hombre solamente puede ser comprendido cuando es visualizado a la luz de su realidad integral, como un hecho físico y como factor metafísico. Con la ciencia parcial aceptamos que el hombre haya vivido a través de diversas formas y potencialidades históricas, como los exponentes de la ciencia integral admiten que todas las potencialidades son canales que provienen de una fuente o Potencia; el hombre físico supone lógicamente una fuente o causa metafísica. De lo contrario una potencialidad menor (forma animal) no podría desarrollar una potencialidad mayor (hombre), porque el mayor no está contenido en el menor. Dice la lógica y el buen sentido de la matemática, que un efecto no puede ser mayor que su causa, pero puede servirse de una condición o canal menor, a través del cual fluye.

          Ningún hombre sensato admite la teoría mitológica de ciertos teólogos, según la cual el primer hombre había aparecido en la tierra como hombre perfecto, que después se habría vuelto imperfecto por intervención de una entidad no divina. La historia sabe que el hombre surgió con el mínimo grado de perfección, pero dotado de perfectibilidad, que le vino de la propia Potencia inicial, que se manifiesta a través de varias potencialidades, por medio de la evolución. El fenómeno evolutivo deriva de la Potencia inicial, y ella se manifiesta gradualmente en el tiempo y el espacio, a través de potencialidades sucesivas.

          La expresión de Moisés en el Génesis, de que el cuerpo del hombre está hecho de “la substancia de la tierra”, es cientificamente exacta, cuando se considera que no hay nada en el cuerpo humano que no exista en los elementos de la naturaleza. La idea de que Dios haya hecho una figura de barro es una interpretación falsa de una gran realidad, de la que Moisés algo sabía o intuía.

          Con la admisión de una Potencia como causa o fuente de todas las potencialidades evolutivas, enfrentamos el punto neurálgico del problema que divide a la ciencia integral de los grandes genios, de la ciencia parcial de los talentos mediocres. En el siglo 17, escribía Descartes, que nada puede ser probado analíticamente, si no supusiera algo como un postulado intuitivo.

          La intuición no es una hipótesis  vaga e incierta, sino una evidencia inmediata y cierta. Ejemplo: un grifo de media pulgada y pocos metros de longitud emite millares de toneladas de agua, que jamás se agotan; nadie diría que esta enorme cantidad de agua haya estado contenida en los tubos, o en el estanque al que está conectado; todo hombre sensato admite que esas toneladas incontables de agua vienen de una fuente perenne, no situada en las calles de la ciudad, sino en una montaña lejana, donde el agua es canalizada; el agua viene de la fuente y fluye a través de la red de distribución. Y, aunque los habitantes de la ciudad no hayan visto jamás esa lejana fuente, todos suponen, consciente o inconscientemente, su existencia como un postulado cierto y no como una hipótesis más o menos probable.

          Aplicando a los hombres ese símil, los genios de la ciencia integral admiten como postulado una Potencia inicial, de la que se derivan las potencialidades, como los canales derivan de su fuente. Los representantes de la ciencia parcial se contentan con el análisis de los canales o potencialidades físicas, mientras que los genios de la ciencia integral saben intuitivamente que cualquier canal repleto de agua supone como cierto una fuente de aguas perennes, una Potencia como causa de todos los efectos o potencialidades. Quien nada supone como postulado nada puede probar, así como el arquitecto no puede construir un edificio sin suponer la tierra del suelo; pero esa tierra no es obra de él; es un postulado, una evidencia inmediata para el constructor.

          En este Curso admitimos todos los hechos históricos que la ciencia probó como etapas evolutivas del hombre, incluso los hechos anteriores a la propia humanidad; pero, más allá de esos actos históricos afirmo la irrefutable necesidad de una Potencia que justifique esas potencialidades. Y admito ese postulado intuitivo, no en virtud de una tal o cual creencia religiosa, sino como el imperativo categórico de la ciencia integral, que no admite efectos mayores o menores, sin admitir un causa máxima, como fuente o Potencia. Es por el buen sentido de la lógica y la matemática, que estamos obligados a aceptar ese postulado intuitivo como base indispensable para la ciencia analítica.

          Este Curso, por tanto, no se basa en ninguna teoría mitológica ni zoológica, sino en una tesis cosmológica de la propia realidad integral. El hombre no puede ser comprendido a no ser a la luz de la ciencia integral.

          Hay quien intenta invalidar este argumento alegando que de una causa menor puede venir un efecto mayor, como prueban los actos de la naturaleza. Pues, ¿no es la planta mayor que la semilla?  Y, ¿no es el ave más perfecta que el huevo de dónde nació?

          Respondo: En el mundo orgánico nada prospera sin ciertas condiciones, como agua y luz, humedad y calor. Una semilla sin agua y calor no brota; un huevo sin humedad y calor muere. De esto sabe hasta la gallina, cuando calienta los huevos con su cuerpo, a fin de provocar humedad por el cambio de calor y frío; también el criador de aves por incubación eléctrica sabe de esto; por ello mantiene el calor y la humedad en la incubadora.

          Agua y luz, humedad y calor, son las Potencias Cósmicas que se sirven de la semilla y el huevo para transformar la planta y el ave. La semilla y el huevo funcionan como condiciones, de las que las Fuerzas Cósmicas se sirven para producir el efecto.

          Las Fuerzas Cósmicas son de ilimitada potencia, que como causa necesitan de condiciones limitadas para producir sus efectos.

          También el hombre es un efecto de la Potencia Cósmica que se revela en potencialidades telúricas.

          No extrañe, pues, si en este Curso encontramos repetidas veces ciertas verdades fundamentales. Estas reiteraciones son a propósito, porque siendo el hombre el fenómeno menos comprendido, estamos obligados a iluminar ese misterio, a fin de inducir a los estudiantes a una auto-comprensión.

          Repito que no me guiaré por ninguna de las teorías tradicionales sobre el origen del hombre, ni mitológicas ni zoológicas, sino que remontaremos a una tesis cosmológica, tal vez de más difícil comprensión, pero de absoluta verdad.


 


 

 

                    EL HOMBRE COMO PARTE INTEGRANTE DEL UNIVERSO

          Uno de los equívocos tradicionales que hacen incomprensible al hombre es la teoría de que él no sea un factor integrante del cosmos, sino un elemento extraño y heterogéneo.

          En realidad, el Universo estaría incompleto sin el hombre. Faltaría el factor auto-determinante para completar los hechos extra-humanos. En el hombre converge la pirámide cósmica en un ápice culminante.

          El origen del hombre no marca un discontinuidad en el flujo general del ciclo vital de los seres terrestres; la vitalidad marcada por el hombre no es una heterogeneidad, sino una fase avanzada de la homogeneidad vital del Universo. No ha habido, con la llegada del hombre, una intervención fuera del tiempo en los acontecimientos cósmicos, sino la más alta eclosión del Uno del Universo en el plano horizontal del Verbo.

          El hombre no señala un nuevo ciclo absoluto, sino un inicio relativo, una continuación de la creatividad universal.

          Con la aparición del hombre, la entropía de la degeneración energética del cosmos creó el polo complementario de su intensificación energética, lo que nos ha llevado a afirmar que el hombre es “el punto Omega del Universo”.

          Ni la teoría mitológica de la teología, ni la teoría zoológica del darwinismo, hacen justicia al fenómeno hombre; solamente la tesis cosmológica justifica integralmente la realidad humana. El hombre de hoy estaba, desde el inicio del Universo, contenido potencialmente en la Potencia inicial, donde más tarde fluirían todas las potencialidades del mundo mineral, vegetal, animal, culminando en el hombre. Todos los canales existenciales del Verbo brotaron, a través de los períodos cósmicos, de la única fuente del Uno; todos los finitos emanaron del Infinito. Ningún finito vino de otro finito, pero todos los de fluyeron a través de finitos anteriores. Es lógica y matemáticamente imposible que un menor sea causa de un mayor; pero es admisible que un menor haya servido de canal o vehículo para un mayor.

          Está fuera de duda e históricamente probable, que el cuerpo humano fluyó a través de organismos infra-humanos: animales, vegetales y minerales; pero es lógicamente imposible que algo no-hominal haya sido causa y fuente del hombre. Lo que nos prohibe aceptar un factor no humano como causa del hombre, no es ninguna creencia o dogma religioso, sino la matemática de la lógica o del buen sentido.

          El hombre es parte integrante del Universo, porque todos los efectos finitos vienen necesariamente de una causa infinita; todas las potencialidades derivadas nacen de una Potencia original sin derivación.

          A través de millones de años el hombre, gracias a la Potencia original, alcanzó el nivel en el que hoy se encuentra; fluyó a través de la materia por la vida y se halla ahora en el plano de la inteligencia, pudiendo trazar su itinerario ascensional hasta la razón.

          En el estado actual de la evolución, el hombre inteligente se halla en conflicto con la vida, pervirtiendo con su intelecto el instinto vital de la naturaleza; pero cuando el hombre alcance el plano de la razón, la racionalidad de este nivel establecerá la paz y armonía entre el instinto de la vida y el intelecto e inteligencia. El hombre integral  - vital, mental y racional – proclamará el gran tratado de paz entre todas las facultades humanas.

          Esta pacificación universal, depende de la función del libre arbitrio humano, que puede también provocar lo contrario. Donde hay libre albedrío nada es previsible, porque el hombre es auto-determinante y no obedece a su naturaleza inferior.

          El poder de la auto-determinación no destruye el orden del Universo, sino que realiza o frustra el destino del hombre como indivíduo. El hombre, realizado o frustrado, en nada afecta al orden cósmico del Universo, como saben los monistas.

          Verdad es que, según la ideología primaria del monoteísmo, que ve en Dios una persona, la realización o frustración del hombre afectaría a la propia Divinidad y al orden cósmico.

          El hombre es una parte integrante del Universo, sea en su función positiva de realización, como en su función negativa de frustración. El mosaico cósmico está hecho de piedras blancas y negras. La integración universal es cósmica, pero el aspecto de integración individual depende del hombre.

 

 

 

 

                              LA NATURALEZA INTEGRAL DEL HOMBRE

 

          La naturaleza humana puede ser considerada como un compuesto orgánico de tres componentes fundamentales: 1) vida; 2) intelecto; 3) razón.

          El intelecto y la razón, son los elementos tipicamente hominales. La vida es el elemento común a todos los seres vivos. Y, en realidad, todo está con vida, hasta los minerales.

          Los seres vivos son la manifestación existencial de la vida, que constituye la esencia del Universo. El Uno del Universo es la Vida, la Esencia, el Absoluto; y el Verbo son los vivos, las existencias, los relativos.

          Entre los vivos hay innumerables diferencias de grado o perfección, según la consciencia de cada uno. Hay quien identifique el mundo mineral con el inconsciente, el mundo vegetal con el subconsciente, el animal con el semi-consciente y el humano con el ego-consciente, pudiendo este evolucionar hacia el auto-consciente o Yo – consciente.

          Según Teilhard de Chardin, el hombre se encuentra actualmente en el plano de la noosfera intelectual, en demanda de la logosfera racional. El noos intelectual y la naturaleza periférica del hombre, mientras que el logos racional forma su centro.

          En la noosfera predomina el análisis intelectual, mientras que en la logosfera domina la intuición racional.

          El noos  intelectual del hombre se manifiesta como su ego periférico, que Moisés en el Génesis, simboliza por la serpiente; el logos racional (espiritual) se manifiesta como el Yo central de la naturaleza humana, simbolizado como el soplo de Dios.

          La mayor parte de la humanidad se encuentra actualmente en el nivel de noosfera intelectual e intenta sustituir la biosfera de la naturaleza instintiva.

          Esta lucha entre la inteligencia humana y la vida instintiva de la naturaleza es responsable de las enfermedades que afligen a nuestra humanidad.

          Mientras el hombre racional no complete al hombre intelectual, habrá conflicto entre el intelecto humano y el instinto de la naturaleza y su consecuencia es la enfermedad.

          El noos del hombre intelectual no solamente entra en conflicto con el bios de la naturaleza, sino también con el logos de la razón; silbido de serpiente como soplo de Dios. Esta es la lucha anti-racional que el Génesis llama “pecado”, y la religión cristiana “el pecado realmente necesario” y “la culpa feliz”.

          ¿Cómo es que un pecado puede ser necesario? ¿ Y, cómo es que una culpa puede ser feliz?

          El himno místico del ceremonial religioso se refiere a la ley necesaria de la antítesis, que debe culminar en la felicidad de la síntesis, bajo los auspicios del libre arbitrio humano, porque sin resistencia no hay evolución.

          La humanidad de hoy aún se halla en plena lucha contra los dos frentes: contra la naturaleza del bios y contra el logos del espíritu. Cuando el hombre pase del noos del intelecto hacia el logos de la razón, cesará la lucha del intelecto contra la razón, y con esto acabará también el pecado; cesará también la lucha del intelecto contra la naturaleza, y con esto desaparecerán los males y las dolencias.

          Jesús de Nazaret no tenía pecado y, por consiguiente, tampoco enfermedad; ni maldad ni males, porque estaba perfectamente armonizado, tanto con el mundo espiritual (logos) como con el mundo natural (bios); él era el propio Logos (Verbo) como dice el cuarto Evangelio; en él “habitaba corporalmente toda la plenitud de Dios” como dice Pablo de Tarso. En Jesús la naturaleza humana había alcanzado su integral evolución, bajo los auspicios de la razón espiritual del Logos.

          En otros hombres, como Moisés, la evolución llegó a gran altura, tanto así que Moisés nunca estuvo enfermo, ni murió, sino que a los 120 años transformó su cuerpo material en un cuerpo astral, apareciendo 1.500 años después en tal estado en el Monte Tabor, al lado de Jesús transfigurado.

          Cuanto más evoluciona el hombre rumbo a la armonización por el Logos de la razón, tanto más se aproxima a su perfección, realizando en sí al hombre integral: bios, noos, logos, o sea, el intelecto bajo la protección de la razón.

          La humanidad de hoy está todavía en el inicio de su evolución, dominada por el intelecto en lucha con la razón y hostil a la naturaleza.

          Dios y el diablo nada tienen que ver con esto; es simple cuestión de libre albedrío. El libre arbitrio es el poder que puede provocar tanto la evolución como el retroceso del hombre; tanto su realización como su frustración.

          El empeño de todos los Maestros espirituales de la humanidad siempre consistió en promover la evolución o auto-realización del hombre, mostrando que toda la evolución y felicidad de los humanos consiste en el acto de que hagan triunfar la razón sobre el intelecto, y así establecer la perfecta armonía entre todos los factores componentes de la naturaleza humana.

 

 

 

 

         

 

 

                     ¿POR QUÉ EL HOMBRE ES UN ENIGMA?

 

          Muchos escritores afirman que el hombre es un enigma, una paradoja, un desconocido.

          Si la ciencia desvela cada vez más los misterios de la naturaleza, ¿por qué sigue siendo una eterna incógnita sin solución, un señor X?

          Existen muchos libros sobre el hombre: libros de antropología, fisiología, psicología, etc., ¿ y, por qué ninguno de ellos descubre el enigma del hombre?

          Si el hombre fuese sólo un objeto de la naturaleza, la ciencia ya tendría una respuesta satisfactoria para la pregunta: ¿Qué es el hombre? Así como tiene respuesta para preguntas sobre átomos, astros, sobre minerales, vegetales y animales.

          Sucede, sin embargo, que hay en el hombre un factor que no se encuentra en la naturaleza. ¿Qué factor enigmático es este?

          El hombre, sobre todo, cuando llega a la plenitud de su madurez, no obedece totalmente al impacto del propio determinismo automático que rige todos los seres de la naturaleza. Cuanto más el hombre, en su evolución, se distancia del plano horizontal, que rige el mundo extra humano, tanto menos prevalece en él el factor de determinación pasiva y tanto más se le revela el factor tipicamente humano de auto-determinado activo, que la ciencia no conoce. La palabra tradicional y corriente para ese factor determinante y activo es “libre albedrío”, que algunos identifican como ausencia de causalidad. Entretanto, el factor activo de auto-determinación o libertad no es ausencia de causalidad; es una causalidad o causación, que reside en el propio hombre. Ese factor interno es idéntico a consciencia, al Yo interno del hombre. Nada en el Universo ocurre sin causa; la ley de causa y efecto rige todos los fenómenos de la naturaleza, sin excluir al hombre.

          Sin embargo, acontece que hay causas externas e internas. Designamos el primer grupo de causalidades con el nombre de determinación y el segundo de auto-determinación. Pero tanto esta como aquella forman parte de la causalidad: los objetos que están fuera del área de influencia del hombre obedecen a una causa extrínseca, ajena, mientras que el hombre de gran evolución, se guía por una causa intrínseca y propia. Determinación es obediencia automática a una causa ajena, mientras que la auto-determinación es actuación por una causa propia, un factor que forma parte de la intrínseca naturaleza humana. Podríamos dar al primero el nombre de causalidad trascendente y al segundo el nombre de causalidad inmanente. Quien obedece al determinismo está obligado por una compulsión externa, heterogénea, ajena; quien es auto-determinante, se guía por un impulso interno, homogéneo, inmanente.

          Hay filósofos y escritores que niegan la existencia de una auto-determinación, que ellos identifican erróneamente como ausencia de causalidad, o libertad sin causa. Posiblemente, las experiencias de esos científicos fueron realizadas unilateralmente con cobayas humanas de baja evolución, tipo que prevalece en la gran masa de la humanidad que es, de hecho, un objeto más de causas ajenas al sujeto que de causas propias. Si por el gabinete de estos investigadores pasara un Buda, un Jesús, un Einstein u otro representante de la humanidad de élite, bien diferente sería el resultado de sus investigaciones “científicas”. Es un error fundamental de lógica tener experiencias con centenas o millares de hombres y después llegar a la conclusión de que representan al género humano, pasando en silencio precisamente por la parcela más genuinamente humana.

          Debido a ese factor activo e intrínseco de la auto-determinación, sigue el hombre siendo un enigma, una paradoja, un desconocido para la ciencia que solamente sabe de la determinación. Donde impera exclusivamente el factor compulsivo del determinismo, puede la ciencia sacar conclusiones de la causa de éste o aquél efecto; pero donde funciona el factor de auto-determinación o libre albedrío, allí termina toda la ley de cálculo y previsión. Un acto procedente del factor de auto-determinación es imprevisible, porque su actuación no es lineal o uniforme, como cuando hay determinación, sino que es de carácter esférico, por así decirlo.

          En la zona del determinismo no hay más que pura creación manifestada, mientras que en las alturas de la auto-determinción se manifiesta el fenómeno misterioso de la creatividad.

          La ciencia humana se siente segura en el plano lineal de la creación, pero queda desorientada en la dimensión circular de la creatividad. Muchos escritores intentan arrancar el velo de la esfinge humana, pero solamente conocen una ciencia analítica e intelectual, ignorando la sabiduría intuitiva y racional. Ningún pensador ego-pensante está en condiciones de comprender la naturaleza del hombre integral, que actúa impulsado por un factor cósmico de pensamiento.

          El ego-pensante es un intelectual.

          El cosmo- pensante es racional.

          El análisis es unilateral.

          La intuición es omnilateral.

          Apenas una pequeñísima élite de la humanidad ha llegado a las alturas de una evolución racional e intuitiva, mientras que las masas se mueven en las pendientes de una evolución intelectual y analítica. Quien es sólo ego-pensante, ego-agente, ego-viviente, no comprende al hombre cosmo pensante, vivo. En el siglo I escribía Pablo de Tarso: “El hombre intelectual no comprende las cosas del espíritu, que le parecen tonterías, ni las puede comprender, porque las cosas del espíritu deben ser comprendidas espiritualmente”.

          Para esta última clase debe el hombre ser necesariamente un enigma, un misterio sin solución.

          La evolución de la criatura humana es indefinida y su personalidad ilimitada; y en ese plano hay tantos estadios evolutivos como personas en proceso de evolución.

          El hombre racional, intuitivo, sabe lo que es el hombre, pero no de un modo que pueda definir analíticamente. Lo que se puede pensar y decir no es la verdad sobre el hombre integral; la verdad no es pensable ni decible. Podemos saber (saborear) la verdad, pero no podemos pensarla ni verbalizarla, y menos aún escribirla definitivamente.

          Si el hombre no fuese un enigma, una paradoja, un desconocido, no sería hombre integral. El hombre de baja evolución no es un enigma; actúa y reacciona como cualquier otro fenómeno de la naturaleza, odio contra odio, violencia contra violencia.

          Pero el hombre que se aproxima a su realización es, por esto mismo, un enigma; puede no oponer violencia a la violencia y puede, incluso, ir más allá, pudiendo oponer amor al odio.

          El Sermón de la Montaña es una paradoja y un enigma insoluble para el hombre que no ha ido más allá del nivel horizontal de su egoísmo.

          La sabiduría milenaria de Bhagavad Gita dice: “El ego es el peor enemigo del Yo; pero el yo es el mejor amigo del ego” ; “El ego es un pésimo señor de nuestra vida, pero es un gran servidor”.

          Cuanto más en alguien se revela el Yo y cuanto menos el ego, tanto más enigmático se torna. Todo el ego actúa y reacciona como cualquier factor físico, pero el Yo traspasa toda la física y sube hasta las alturas de la metafísica, desconocida del ego analítico y conocida por el Yo intuitivo. Quien puede oponer no violencia o benevolencia a la violencia, amor al odio, ese es necesariamente el enigma para otros, capaces solamente de responder con violencia a la violencia, al odio con odio.

          El triunfo máximo del hombre está en su total liberación de cualquier determinismo esclavizante y en la proclamación de una total autodeterminación.

 

 

 

 

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