ALCORAC

SALVADOR NAVARRO   

 

 

                  

Dirigida a las Escuelas de:

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                                                                                    Circular nº 8 , año VIII

                                                                                    Llubí, 1º Agosto de 2.002..

                    Preocuparse con la salvación individual es, para Spinoza, prueba de falta de confianza en la rectitud o en la justicia del Universo; él se sujeta enteramente al pensamiento del carpintero, filósofo y profeta de Nazaret: “Procurad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las otras cosas os serán dadas por añadidura”. El “reino de Dios y su justicia” es la completa integración del querer humano en el querer divino, la definitiva integración del ego en el Cosmos, la concentricidad de la voluntad humana con la voluntad divina (“hágase tu voluntad . . .”); una vez realizada esa sintonización, “todas las otras cosas” ya no nos deben de preocupar, porque ellas nos “serán dadas por añadidura”, esto es, vendrán infaliblemente como consecuencia lógica e inevitable de esa premisa ética.

          Ser bueno, es conmigo.

          Ser feliz, es con Dios.

          Está en mi poder ser bueno; ser feliz es un don de Dios, inseparablemente unido a mi ser – bueno.

          El reverso de la medalla del ser – bueno, se llama ser feliz (el cielo).

          El reverso de la medalla del ser – malo es ser infeliz (el infierno).

          Pero solamente el anverso es algo propio, el reverso pertenece a Dios.

          No es de mi cuenta la salvación, sino el ser bueno.

          Por esto, Spinoza se abstiene de cualquier especulación meramente intelectual y analítica sobre lo “qué” y el “cómo” de la vida futura.

          Basta que el hombre tenga certeza de dos cosas, una objetiva y otra subjetiva, a saber: 1) que el mundo de Dios es un Cosmos y no un Caos y, como un Cosmos, el Universo actúa con absoluta rectitud e imparcialidad; 2) que el hombre procure invariablemente estar en perfecta armonía con ese eterno e infalible orden cósmico del Universo, o sea, con la voluntad de Dios.

          Sobre la base de estas dos certezas a su alcance, el hombre puede vivir tranquilo y feliz, sin ansiedad ni dudas internas.

          ¿Cómo realizar esa sintonización entre el Yo humano y el Tú divino?

          Por el amor, en su doble aspecto, vertical (Dios) y horizontal (hombre).

          El amor es la ley básica del cosmos. En el Universo todo es cooperación, que supone diversidad. No habría posibilidad de integración si no hubiese partes variadas e individualmente diferenciadas. Para que esa integración sea armonía y no monotonía, se requiere la existencia de la diversidad de los indivíduos.

          Unidad sin diversidad sería monotonía.

          Diversidad sin unidad sería caos.

          Unidad en la diversidad es armonía.

          Spinoza es esencialmente el filósofo de la armonía cósmica del Universo, como también de la armonía cósmica (ética) de la humanidad. Esa misma armonía, resultante de la unidad en la diversidad, reina tanto en el macrocosmos como en el microcosmos.

          Es inútil especular sobre la inmortalidad y sus atributos, porque ningún hombre puede, en el presente estado de evolución, tener claridad sobre esto, infinitamente mayor que él, en su actual grado; la inmortalidad consiste esencialmente en la voluntaria integración de la parte en el Todo, en el Amor universal.

          De dos modos se puede negar la inmortalidad: 1) negando la “distinción” entre el indivíduo humano y el Universal Divino, esto es, haciendo que aquél se diluya en éste, de tal modo que el primero desaparezca y quede sólo el segundo, como ha de hacer lógicamente todos los que no hacen distinción real entre lo individual y lo Universal y los que niegan la realidad objetiva del indivíduo, tachándolo de simple ilusión subjetiva; 2) los que abogan la “separación” entre lo individual y lo Universal porque es intrinsicamente imposible que aquél exista separado de éste. Si los del primer grupo afirman de “menos”, los del segundo grupo afirman de “más”. Un “indivíduo” no diferente de lo Universal, es un pseudo-indivíduo, pero no un indivíduo real, porque es indéntico con el Todo, lo Universal. Por otro lado, un “indivíduo” separado de lo Universal es una pura Nada, una simple ficción, una realidad con visos de realidad, un Algo aparente que es una Nada radical. Todo efecto separado de la Causa es una Nada que parece ser Algo.

          Lógicamente, ni el panteísmo, que niega la distinción, ni el dualismo, que afirma la separación entre lo individual y lo Universal, pueden admitir, lógicamente, la inmortalidad del alma o del hombre, porque, o identifican al hombre con Dios o reducen al hombre a la Nada. Sólo una filosofía que afirme la distinción pero niegue la separación entre el hombre y Dios puede, lógicamente, defender la inmortalidad.

          Afirmar que el hombre, por la separación del cuerpo material, pierda la consciencia de su identidad, equivale a negar su inmortalidad. Todas las cosas son eternas en sus últimas consecuencias, tanto el mineral como el vegetal así como lo sensitivo; pero esa eternidad de elementos últimos no es inmortalidad. La inmortalidad es mucho más que una eternidad elemental, es una eternidad consciente, esto es, la conservación de la identidad del Yo. Si la materia prima de mi cuerpo y la materia prima de mi espíritu, después de perder su cohesión focalizada en la consciencia del ego, volvieran a entrar en nuevas combinaciones de donde resulte un nuevo ego consciente, ese ego no sería yo; sería un segundo ego, diferente del primero. En tal caso, no soy yo el inmortal, sino que es alguien diferente de mi Yo, que se apropió de la materia prima de mi Yo extinto y con ella construyó su propio Ego, que sería de él y no mío.

          La verdadera inmortalidad requiere, como elemento esencial, la identidad del Yo. Si ese Yo dependiese de cualquier sistema particular de materias o energías, no sería posible defender la indentidad del mismo. Pero ese Yo, aunque extrínseca y temporalmente dependiente de la materia de mi cuerpo y de las corrientes de mis nervios, es intrinsicamente independiente de esos vehículos, porque ese Yo, aunque individualizado, no es, por así decirlo, un indivíduo en sí mismo; ese Yo es el propio Universo en forma individualizada, es la infinita Esencia como finito en esta “existencia” que se llama mi Yo. Ahora, la eterna Esencia se revela en innumerables existencias. En el mundo infra-consciente, esas existencias aparecen y desaparecen, viven y mueren, son y dejan de ser; no se cristalizan, no se focalizan en Yoes auto-conscientes; pero, una vez que una existencia se ha centrado en auto-consciencia, descubriendo su identidad con la infinita Esencia, con el Ser Divino, esa existencia nunca más se va a descentrar, esa auto-consciencia nunca más se va a disolver, esa personalidad nunca más se va a despersonalizar, sino que continúa auto-consciente y tiende a intensificar su auto-consciencia a través de sucesivos grados de conocimientos de su identidad con la Consciencia Universal.

          La inmortalidad, en forma potencial, es un atributo de la naturaleza humana, una dádiva de nacimiento; pero la inmortalidad actual es una conquista del hombre, la más alta de sus conquistas. En todos los hombres existe el “reino de Dios”, en estado potencial, embrionario, oculto; pero para entrar en ese reino el hombre debe descubrir, ver y vivir esa inmortalidad como el botón de una flor, haciéndolo abrirse plenamente en flor de inmortalidad actual. Debe “renacer por el espíritu”.

          Entretanto, como decía, especular sobre el modo de vida fuera del cuerpo físico es innecesario y supérfluo para quien vive en perfecta sintonía con el Infinito.

          Spinoza defiende la doctrina de que la Realidad es una y absoluta, en el plano objetivo del ser, pero que en el plano subjetivo del conocer esa misma Realidad, es múltiple y relativa. Un ser finito no puede jamás alcanzar la Realidad infinita en su totalidad. Todo nuestro conocer es necesariamente imperfecto, parcial, fragmentario, susceptible de perfección cada vez mayor. Esa perfectibilidad o ese perfeccionamiento depende de la sucesiva expansión de nuestra consciencia, alcanzando zonas cada vez mayores de la Realidad objetiva.

          Por esto mismo, no puede haber forma de religión ni régimen político definitivos, para todos los tiempos y para la humanidad, como un todo. La forma de religión y política es necesariamente condicionada por su mayor o menor grado de evolución del hombre. Lo que es lo más perfecto para una época o una parcela de la humanidad, puede ser muy imperfecto para otra época u otra parte del género humano, así como lo más perfecto para la infancia es imperfecto para la adolescencia; y lo que es considerado lo máximo posible para ésta, puede ser considerado como inferior para el hombre en su madurez.

          La realidad es absoluta e infinita, pero el contacto con esa Realidad, que llamamos “conocer”, es siempre relativo. Por esto, lógicamente, cualquier forma de religión y política, dependiendo de ese conocimiento, es necesariamente finita y relativa. De ahí la necesidad de mantener el camino abierto para una ulterior evolución. Por ello la insensatez que hay en querer establecer reglas absolutas y dogmas inmutables, en el terreno religioso o político, para todos los tiempos y todos los hombres.

          Spinoza defiende la idea que podríamos llamar “luz verde”, y rechaza el concepto de “luz roja”, esto es, no admite que en punto alguno de su evolución, tropieze el hombre con una frontera definitiva, que no pueda traspasar.

          Niega que el pueblo de Israel haya sido el “pueblo elegido” en el sentido de que Dios solamente se haya servido de él como vehículo de su mensaje a la humanidad. Hay en cada pueblo hombres capaces de servir de vehículos de revelación divina; depende únicamente de una mayor o menor receptividad interna de tales indivíduos, una vez que Dios es una realidad omnipresente, inmanente en todas las cosas y personas.

          Spinoza podría haber aprobado plenamente frases conocidas como estas: “El reino de Dios está dentro de vosotros”, “El alma es cristiana o divina por naturaleza” (Tertuliano), “Dios estaba siempre presente en mí, pero yo andaba ausente de Él” (San Agustín); Dios es aquel ser “en el cual vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser” (Pablo de Tarso), “somos partícipes de la naturaleza divina” (San Pedro). De hecho, en su réplica a la excomunión de la Sinagoga, él se refiere a textos bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, incluso a las citadas palabras de San Pablo, para mostrar que su difamado “panteísmo”, estaba tanto en la filosofía antigua como en los libros inspirados de la humanidad, no solamente oriental sino occidental.

          Las verdades bíblicas, reveladas por recipientes humanos imperfectos, aparecen necesariamente en trajes modificados por tales vehículos, esto es, representan en la forma en que las poseemos, la Realidad absoluta. Podemos y debemos guiarnos por esos mensajes divinos, pero no las podemos considerar como la última palabra de la Verdad, debido a la relativa imperfección de sus transmisores. Todos los mensajeros de Dios son, en mayor o menor grado, influenciados en sus mensajes por el ambiente social, nacional e incluso biológico en los que han vivido, así como por la educación que recibieron, contemplando la Verdad Eterna a través de los prismas temporales de su vida particular.

          Del resto, Spinoza niega que haya cualquier necesidad de dogmas inmutables para guiar al hombre con seguridad en su camino ascensional a Dios. Puede un hombre ser profundamente religioso y éticamente bueno sin admitir un único dogma religioso inmutable, por cuanto la religión y la moral consisten únicamente en el hecho de que el hombre se ha de guiar por la verdad más alta que le sea accesible, en el estado evolutivo en que se encuentra como, por otro lado, el mal o pecado consiste en que se deje vencer por tendencias y hábitos inferiores al plano superior que ha conquistado. Por tanto, para que el hombre sea éticamente bueno, basta que se guíe por aquello que para él, es lo más alto que pueda concebir, subjetivamente, aunque no lo sea objetivamente. Así, por ejemplo, para el tiempo de Moisés, en la esfera del pueblo de Israel, la ley del talión (“ojo por ojo y diente por diente”), era la más alta norma de ética que ese pueblo podía concebir, porque vivía en un tiempo en que la venganza “ilimitada” era la regla general ; de manera que la venganza limitada rigurosamente a la ofensa recibida era un gran avance en el camino de la evolución ética y religiosa de ese pueblo, aunque, a la luz del Evangelio, deba ser considerado como algo inmoral. De ahí se sigue que la misma norma pueda ser buena para cierto grado evolutivo, y puede ser mala para un estado evolutivo superior. Entretanto, ese inevitable “relativismo” de la norma de moralidad no es “arbitrario”, subordinado al mero capricho del hombre; esa norma, aunque no del todo absoluta es, con todo, una norma “relativamente absoluta” para cada hombre, porque no le permite guiarse sino por lo que él puede concebir como mejor.

          Esa “libertad de pensamiento y de consciencia” que Spinoza defiende es, pues, de carácter racional y ético.

          “Puedo no estar de acuerdo con una sola de las cosas que decís, pero defenderé hasta la muerte el derecho que tenéis para decirlas”, dice Voltaire.

          Y Jefferson dice:”Juré ante Dios, eterna hostilidad a todas las formas de tiranía sobre la mente humana”.

          Spinoza, aunque admita el carácter absoluto e inmutable de la Realidad en sí, la “Substancia Única”, la “Natura Naturans” (Dios), defiende la relatividad del conocimiento humano frente a esa Realidad.

Sigue en la Circular de Septiembre de 2.002

Conclusión versos de Kabir

          Dice Kabir: “No vivo por los sentidos, ni por la ley”.

          Existe otra manera igualmente estúpida, pero un poco más respetable: las personas que viven por la ley, que siempre siguen la autoridad, el Estado, el sacerdote, la Iglesia. Son las personas de reglas y principios, que aplastan sus propios deseos. Los deseos vienen del inconsciente, y esa ley es impuesta por la sociedad, no viene de la consciencia. Esa ley también funciona a partir del inconsciente. Es por eso que todas las religiones y sociedades intentan condicionar a los niños desde que nacen; intentan convertirlos inmediatamente religiosamente. Si una criatura nace en el seno de una familia judía, tiene que ser circuncidado inmediatamente, y así comienza el condicionamiento. O, si el niño nace en una familia cristiana, ha de ser bautizado. El condicionamiento comienza a partir de ahí.

          Durante los primeros siete años de vida de una criatura, todas las sociedades comienzan a condicionar sus mentes, y condicionar significa simplemente hipnosis: forzar la autoridad, la ley, la tradición, la religión, las Escrituras, el sacerdote, la iglesia, en el inconsciente más profundo del niño para desde ahí poder controlarla. En el futuro, las sociedades lo harán mejor; no tendrán tanto trabajo innecesario y encontrarán métodos mucho más rápidos. Esos métodos están ya disponibles; se puede insertar electrodos en el cerebro del niño y ya no habrá necesidad de crear condiciones. A través de esos electrodos, el político que esté en cualquier parte del mundo, puede dar órdenes y cualquiera que sea el mensaje recibido, será como si se recibiera desde el interior del propio ser.

          Yo nací en una familia católica romana; desde pequeño fui condicionado a la idea de que comer carne en Cuaresma era pecado. Y eso fue hasta mis doce años, que respeté el dogma de que comer carne en tal fecha era un paso seguro hacia el infierno por desobediencia. Era un pecado, y todo mi ser luchaba contra mi condicionamiento.

          Ese es el método de la autoridad, del Estado, del sacerdote: condicionar la mente.

          Kabir dice: “Algunas personas viven a través de la sensualidad, de la satisfacción del placer; otras andan a través de la ley, de la autoridad. Aquél que vive satisfaciendo sus pasiones está bajo el yugo de la naturaleza; los que viven en la ley son ciudadanos muy respetables; en todas partes serán tenidos como buenas personas, como todos “deberían” ser. Pero son apenas momias, cadáveres controlados por el Estado; no tienen alma propia”.

          Quiero decirte una cosa: no existe mandamiento que no pueda ser roto, ni los que yo digo ni los que sean dichos por otros. No hay mandamiento que no pueda ser quebrado, pues un mandamiento es una cosa muerta y tú eres un ser vivo. No te digo: “¡Vete y rómpelo!”. Estoy simplemente diciéndote que no hay mandamiento que no pueda ser roto. El factor decisivo tiene que ser tu consciencia espontánea. Tienes que ver las cosas a partir de tu propia consciencia y no por el instinto del cuerpo, ni por el intelecto, ni el modo de entender de la sociedad. Tienes que mirar dentro de tu ser, totalmente alerta y ver lo que debe ser hecho y vivir de acuerdo con esa comprensión. Ese es el camino de la trascendencia.

          Por eso, el segundo sutra es para la espontaneidad. El primero es para la trascendencia y la espontaneidad es el camino. Si algún día realmente quieres ir más allá de la naturaleza y de la sociedad, y Dios está más allá de ambas, entonces tendrás que seguir un camino tremendamente arriesgado: el de la espontaneidad. Tendrás que escuchar tu propio corazón. La sociedad te ha corrompido; por eso tendrás que limpiarte, como quien separa la paja del trigo. Tendrás que estar continuamente en guardia, pues la sociedad es muy ladina; ella coloca cosas que quedan tan enraizadas que parecen ser tu propia consciencia, pero no lo son.

          Es por eso que la consciencia de todos difiere: la consciencia de un cristiano es diferente a la de un musulmán. ¿Cómo la consciencia puede ser diferente? Esas consciencias son falsas, fueron creadas. La verdadera consciencia es igual, la misma para todos. La verdadera moralidad es solamente una; si has nacido en Oriente o en Occidente, si eres blanco o negro, no hay diferencia.

          Si existe algo diferente, debe ser la sociedad quien lo ha enseñado, que ha colocado cosas que te manipulan en el fondo de tu ser. No seas un esclavo de los instintos, ni de la sociedad. Así nacerá la verdadera religión, la trascendental, que está más allá de todas las religiones. Eso trae verdad y bendición.

          “No soy un orador ni un oyente . . .”

          Tienes que haber escuchado, o por lo menos intentado oír el silencio. Cuando no hablas, él te envuelve. Pero ese no es el verdadero silencio; es ausencia de palabras.

          Eso te da una cualidad; es la mitad del camino. El hablar cesa del lado de fuera, pero no de dentro. Puede cesar interiormente, pero entonces hay que entender algo más; si has parado de hablar del lado de dentro, y sigues interesado en escuchar, entonces el silencio no es perfecto. Alguien habla y tú oyes. En verdad, si estás en silencio, sigues interesado en escuchar lo que dicen a tu alrededor. Eso será un substituto; sigues satisfaciendo tu curiosidad y llenando tu mente.

          El verdadero silencio ocurre cuando no estás hablando ni escuchando. Entonces habrás ido más allá de las palabras. Kabir dice:

          “No soy un orador ni un oyente . . .”

          Quiere decir: “Ahora estoy realmente silencioso. No tengo nada que hablar y nada que escuchar. Estoy absolutamente satisfecho. No hay más curiosidad.”

          “No soy un siervo ni un señor . . .”

          Existen dos tipos de personas que intentan ser señores. Sintiéndose frustrados en la tentativa de ser dueños de otros, comienzan a ser dueños de sí mismos. Los dos tipos son los conquistadores de los demás y los autoconquistadores. Kabir dice: “No soy de un tipo ni del otro. Abandoné toda idea de conquista. No hay necesidad de conquistar a nadie: ni a los otros ni a mí mismo.

          La propia idea de conquistar es violenta, tonta, y crea conflicto y miseria. No hay necesidad; solamente ser. Cuando no eres un siervo ni un señor, surge una gran necesidad de libertad. No irás a permitir que nadie sea tu señor, ni intentarás forzar a nadie ser tu esclavo. Ambos están en el mismo barco: señores y esclavos. ¿Has observado que, si dominas a alguien de una forma sutil él te domina a ti? Eso es lo que ocurre. El marido intenta dominar a la esposa y piensa que la domina; pero un día, sorprendido, descubre que la esposa lo domina. Todos los maridos hacen alarde de su mando, pero todos son sumisos.

          ¿Has reparado que, cuando dependes de alguna cosa, ella se convierte en tu señor? Existen dos maneras de crear un dominio. Una es grosera: por la fuerza, el poder muscular. La otra es sutil: la manera femenina, por el llanto, por los trucos. Por ejemplo: la mujer no necesita discutir con su marido; basta la manera como ella le sirve la comida . . . y todo queda evidente. Y él no puede hacer nada, pues ella ni dice nada. Su argumento es muy sutil.

          Kabir dice: “Si realmente quieres ser libre, no permitas que nadie sea tu señor, ni seas señor de alguien: tienes que evitar las dos cosas. Cuando no eres señor ni esclavo, surge la libertad, la energía queda libre de todos los obstáculos. Eso no significa no amar; al contrario, si amas ¿cómo podrás ser dueño? Si amas, ¿cómo puedes reducir al otro a esclavo? Amor es libertad; el amor tiene sus raíces en la libertad y florece en ella. La suprema fragancia del amor es la libertad.

          Kabir no está diciendo que no ames: Dice: “Ama tan profundamente que la esclavitud y el dominio no puedan crearse”. Él no está diciendo: “No te relaciones”. Relacionarse no quiere decir ser esclavo o señor. Eso solamente destruiría cualquier posibilidad de relacionamiento. ¿Cómo te puedes relacionar con un esclavo? ¿O con un señor? Es imposible. El miedo estará presente. El relacionamiento sólo es posible entre iguales y cuando el miedo no existe.

          Es por eso que te digo que, hasta ahora, hombres y mujeres no han vivido en relacionamiento, pues las mujeres nunca han sido consideradas iguales. Y la relación solamente existe entre personas iguales; nunca entre desiguales. Al menos que sea dada a la mujer una total libertad, igualdad absoluta, no hay posibilidad de relacionamiento. Hasta ahora, el hombre ha explotado a la mujer y la mujer al hombre; no ha habido una relación real, ni puede haberla, pues el hombre ha tratado a la mujer de una forma básicamente errada. Solamente entre dos personas iguales ella es posible, pues el miedo no estará entre ambos y se puede estar abiertos, ser verdadero y honesto. Entre esas dos personas puede haber amor. El amor surge cuando el miedo deja de existir, pues si lo hay  no puede entrar: ellos “nunca” están juntos.

          “No soy prisionero ni libre . . .”

          Entonces Kabir trae una cualidad todavía más alta para la libertad. Dice:

          “No soy prisionero ni libre . . .”

          Cuando sientes que eres libre, de alguna forma quieres decir que aún no lo eres. Cuando estás realmente saludable, no piensas sobre tu salud. Las personas enfermas hablan mucho sobre salud y se interesan por cosas afines, como la medicina natural. Leen libros sobre naturaleza, salud, etc.

          Una persona saludable no se preocupa ni piensa en salud. En verdad, pensar en salud es una forma de enfermedad. Si tienes un dolor de cabeza piensas en ella, pero si no lo tienes no vas a estar hablando a la gente: “No tengo dolor de cabeza”. Las personas pensarían que estás loco.

          Una persona realmente libre, no proclama: “Soy una persona libre”. Si lo dices, es porque de alguna manera la prisión está presente. Por eso, dice Kabir:

          “No soy prisionero, ni libre.

          No estoy desapegado ni apegado”.

          Ambos están equivocados, pues son extremos. Las personas se apegan al dinero, luego se desapegan. Cualquier actitud de apego o desapego significa que aún sigues obcecado por el dinero. Dices: “Estoy desapegado del dinero”. ¿Por qué? ¿Cuál es la importancia? La idea del desapego existe cuando sigues apegado. Cuando no lo estás, todo está bien  . . . ¡dinero es dinero!

          Existen pesonas que piensan que el dinero es el único dios: esas son personas apegadas. Y existen las que dicen que el dinero es sucio. No son diferentes de las otras; simplemente se han situado en el otro extremo.

          Kabir dice:

          “No estoy desapegado ni apegado.

          Estoy lejos de nadie; estoy cerca de nadie”.

          Y Kabir dice: “Nadie está cerca de mí y nadie está lejos. Todos son iguales; los veo a todos con los mismos ojos. Nadie es mi amigo ni mi enemigo. La existencia entera es mi hogar.

          “No iré al infierno ni al cielo”.

          Infierno significa miedo, miedo proyectado. Cielo significa codicia, codicia proyectada. Si piensas en términos de cielo o infierno, eres el mismo, no has cambiado. Una persona de comprensión no piensa en términos de recompensa y castigo; no piensa absolutamente en términos de futuro. Su vida está aquí y ahora. Conoce dos cosas: aquí y ahora. En verdad, no son dos cosas; son parte de un único fenómeno: “Aquí y ahora”.

          Las personas que viven en el futuro, crean el cielo y el infierno: de la codicia, el cielo y del miedo, el infierno. Está claro que, para ti mismo, creas el infierno para tus enemigos . Y todas las religiones dicen: “Crean en nosotros, vengan, porque caerán en el infierno. Si no eres cristiano, ten cuidado, pues Cristo no irá a salvarte en el último momento. Serás arrojado al infierno y sufrirás para siempre. Cristo no te salvará, a no ser que te declares cristiano. Y así dicen los musulmanes, los hindúes, los judíos . . . todos están atraídos por la codicia y el miedo. Todos prometen un cielo mejor, con más facilidades, equipamiento moderno, aire acondicionado y todo lo necesario.

          Lo que realmente está siendo manipulado es el miedo y la codicia. Tienes miedo porque has hecho cosas malas en tu vida, como todo el mundo. Es imposible evitar hacerlas, pues todo lo que es natural dicen que está equivocado, por eso es imposible no hacerlas. Si amas a una persona, estás equivocado. Si comes demasiado, serás acusado de gula. Si te diviertes y eres feliz, dirán que eres un holgazán que nada más piensa en pasarlo bien. Parece que suicidarse sea la única virtud. Pero hasta eso no está permitido.

          En primer lugar, los sacerdotes te hacen sentir culpable. Ellos lo condenan todo: ese es el truco. Primero, condenan y después pintan el infierno con los colores más horribles, hasta que sientas miedo. Así se hace el trabajo. Ya estás a punto para caer en la trampa de ellos, porque ahora tienes que ser salvado, por haber cometido tantos pecados. El infierno está descrito, la muerte va llegando y solamente Cristo puede salvarte, o Alá, o Buda. De una forma o de otra, tienes que pertenecer a alguien, para tener la seguridad de que te van a salvar.

          Nadie puede salvarte a menos que vayas más allá del miedo y la codicia. Ningún cristiano, hindú, mahometano, ni judío, puede salvarte, pues el miedo y la codicia son tus auténticas miserias.

          Dice Kabir: “No iré para el infierno ni para el cielo”.

          El cielo y el infierno es pura mitología. Existen el miedo y la codicia. Cuando los dos se disuelven, el cielo y el infierno desaparecen. Y en ese estado nace el verdadero paraíso. Se alcanza lo espiritual, el Nirvana, donde no hay miedo ni codicia, sólo consciencia. Y eso es posible aquí y ahora. El cielo o el infierno llegan después de que mueras. El paraíso es posible “aquí y ahora”.

          “Hago todos los trabajos, pero estoy separado de ellos”.

          Ese es el significado de estar consciente. Tú haces; cualquier cosa que es precisa, lo haces, pero recuerda que no eres el hacedor; es Dios. Tú eres un vehículo, un instrumento.

          “Pocos comprenden mi significado . . .”

          Ciertamente. El significado es tan profundo, que sólo unos pocos lo comprenderían . . . pero esos pocos trascenderán inmediatamente. La propia comprensión de las palabras de Kabir será una gran luz, un vislumbre de verdadera iluminación.

          “ . . . aquél que puede comprenderlo, se sienta inmóvil e impasible”.

          Kabir dice: “Si me escuchas, si me comprendes, si ves la realidad que te estoy mostrando, quedarás sentado inmóvil e impasible. ¿Qué significa estar sentado inmóvil e impasible después de haber comprendido?

          Nuevamente existen tres tipos de personas. Primero: cuando estás de acuerdo con alguna cosa que escuchas, y mueves la cabeza afirmativamente y dices: “Cierto”. Segundo: No estás de acuerdo, sacudes la cabeza negativamente y dices: “No estoy de acuerdo”. Las personas que están conforme o no lo están, no pueden entender.

          Kabir dice: “Aquél que puede comprenderlo, se sienta inmóvil e impasible”. La verdad es esta . . . ¿cómo puedes concordar o discordar de ella? Acuerdo y desacuerdo son de la mente; la verdad está más allá. Cuando la verdad es comprendida, quedas simplemente en silencio, inmóvil. No es una cuestión de concordar o no; cuando la verdad está presente, no dices ni sí ni no. En realidad, quedas tan silencioso . . . el sí y el no son abandonados. La verdad es tan grande que te disuelves en ella.

          “Aquél que puede comprenderlo, se sienta inmóvil e impasible.

          Kabir no procura establecer ni destruir”.

          Kabir dice: “No estoy aquí  para establecer ninguna teoría, filosofía o dogma. Estoy simplemente contando mi propia experiencia.”

          Dice: “Por favor, no acuerden ni desacuerden conmigo. Escuchen. Oigan atenta y totalmente. No tengan prisa en decidir o en concluir. No estoy predicando nada, ni intentando establecer ni destruir ninguna tradición. Simplemente estoy hablando de algo que me ocurrió, que creció en mí, que experimenté. Estoy cantando mi propia canción”.

          “Escuchen como si oyesen el murmullo de un río . . . la canción del viento pasando entre los árboles. ¿Cómo puedes estar de acuerdo o discordar? Cuando escuchas los pajarillos por la mañana, ¿estás de acuerdo o disientes? No es algo intelectual. Simplemente deja que ocurra . . . y vuélvete silencioso. Una cosa tan vasta está presente; ¿cómo puedes ser tan tonto para estar de acuerdo o en desacuerdo con ella?

          Cuando la verdad toca en tu puerta, de repente, quedas silencioso, inmóvil. Esa es la verdadera concordancia, que no es del intelecto, ni de la mente. No viene de ti; viene de algo tan profundo en tu ser que casi puedes decir que viene de Dios.

          “El arpa produce sonidos murmurantes . . .”

          Y Kabir dice: “Soy como el arpa”-

          “El arpa produce sonidos murmurantes;

          y la danza sigue sin pies ni manos”.

          ¡Mírame! Soy un danzante . . . aunque mis pies y manos no se muevan.

          “. . . la danza sigue sin manos ni pies.

          Ella es tocada sin dedos, y escuchada sin oídos:

          pues Él es el oído, y Él el escuchante”.

          Solamente Dios es. Cuando la verdad es pronunciada, siempre que es dicha, el que habla y escucha son uno. No hay nadie para concordar o discordar. Y eso lo sientes aquí, cuando me lees, muchas veces; cuando concuerdas, estás pisando en falso, cuando disientes, también.

          La verdad une al Maestro y al discípulo. En el momento de la verdad, el Maestro y el discípulo desaparecen . . . solamente la verdad se esparce por todas partes.

          “Ella es tocada sin dedos, y escuchada sin oídos,

          pues Él es el oído, y Él es el oyente.

          La puerta está cerrada . . .”

          Y, siempre que eso sucede, ese momento de la verdad, cuando Maestro y discípulo desaparecen . . . pues el Maestro no está proponiendo una doctrina y el discípulo no está intentando recoger informaciones . . . cuando acontece la verdad tan vibrante, en esa vibración, en esa danza, en esa canción, Maestro y discípulo se disuelven y entran en sintonía con la gran armonía que trae la verdad, “la puerta es cerrada”.

          En ese momento, hay unos instantes de intimidad. “La puerta es cerrada  . . . “ siempre que un Maestro y un discípulo se encuentran, la puerta se cierra: es un secreto.

          “ . . . más dentro hay una fragancia:

          y allí, el encuentro es visto por nadie.

          El sabio lo comprende”.

          Solamente el sabio puede comprenderlo. ¿Quiénes son los sabios? Aquellos que no están concordando ni discordando, los que no vienen con ninguna opinión formada, aquellos que no vienen con conclusiones, los que no están ni a favor ni en contra, los que están abiertos, preparados para recibir la verdad: esos son los sabios.

          Un sabio no tiene conclusiones. Tiene verdades. Los tontos tienen conclusiones y no poseen ninguna verdad. El tonto es siempre un gran filósofo, teórico, dogmático, propagandista. Siempre cree, y cuando hay conclusiones, las puertas no se abren para la verdad.

          Cuando vas a un Maestro, vas sin conclusiones. Sin cabeza; dejas la cabeza donde has dejado los zapatos. Nadie te va a convencer para estar a favor o en contra.

          Cuando la verdad es tan real, tan tangible, que puedes tocarla . . . cuando la verdad es tan fuerte que te pierdes en ella . . . cuando la verdad viene como una inundación y tu pequeña ondulación se pierde en ella . . . “la puerta se cierra”. En esa intimidad, en ese espacio secreto, se da el encuentro. Y es visto por nadie; nadie puede verlo, porque no es un fenómeno objetivo.

          Por eso, cuando hablas con personas extrañas, encuentras difícil expresarte, pues dirás alguna cosa que ellas no entenderán. No puedes transmitir algo que has conocido; eso no lo puedes transmitir a un extraño. Por tanto, son necesarias grandes afinidades, abertura y amor.

          “Sabio” significa persona que no tiene conclusiones de antemano. El que está preparado para ir con la verdad donde ella quiera llevarlo. Libre de todos los “ismos”, teologías, libre para seguir la verdad y aceptar su desafío.

          Déjame que repita: no se trata de estar de acuerdo o no. No intento convencer ni convertir a nadie. Algo está disponible en estas páginas; si tuvieras suficiente valor para abrir tu corazón, quedarás disuelto, fundido, desaparecerás y saldrás totalmente libre y nuevo.

          Ahora, unas palabras de T.S.Eliot . . .

          “Existe apenas la lucha para recuperar lo que fue perdido.

          Y encontrar y perder muchas veces; pero ahora,

          bajo condiciones.

          Eso parece impropio. Pero tal vez, ni gano ni pierdo.

          Para nosotros, existe solamente el intentar.

          El resto no es de nuestra cuenta”.

          Tienes que intentarlo y no sacar conclusiones. Intenta quedar en silencio, sin estar de acuerdo o discordar.

          Si lo consigues, el resto llegará, siempre ha ocurrido y siempre ocurre.

          Otras línea de W.H. Auden . . .

          “Por tanto, mira sin ver, escucha sin oír,

          respira sin preguntar:

          Lo inevitable es aquello que parecerá te ocurre,

          puramente por acaso;

          Lo real es aquello que te parecerá realmente absurdo . . .

          A menos que estés seguro de que estás soñando, es . . .

          “Ciertamente un sueño tuyo;

          A menos que exclames: “¡Debe haber algún error!”

          debes estar equivocado.

          “Lo inevitable es aquello que parecerá te sucede puramente por acaso . . .” Lo inevitable puede ocurrir aquí, y tú has venido por puro acaso. Se trata de un encuentro por acaso; el hecho de que me estés leyendo aquí y yo haberte escrito . . . es meramente accidental, puro acaso.

          “Lo inevitable es aquello que parecerá te ocurre,

          puramente por acaso;

          Lo real es aquello que te parecerá realmente absurdo . . .”

          Por ser lo real tan vasto, no puede estar contenido en sus categorías de razón y de irracional; de bueno y de malo. Lo real es tan vasto que todas sus categorías tienen que disolverse en él. Lo real es aquello que hoy te parece absurdo . . . Entonces ¿qué hacer?  Por tanto, mira sin ver . . .

          ¿Cuál es el significado de ver sin mirar? Ver sin ninguna conclusión. Cuando tienes una conclusión, ya estás procurando otra cosa. No estás viendo; estás buscando algo. Si tienes una conclusión, entonces tu visión no es pura.

          “Por tanto, mira sin ver, escucha sin oír,

          respira sin preguntar:

          Lo inevitable es aquello que parece te ocurre

          puramente por acaso;

          Lo real es aquello que te parecerá realmente absurdo . . .”

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